1.9.12

Las aventuras del mercenario

Un libro sobre barcos, mares y marinos de Arturo Pérez-Reverte permite releer la saga del capitán Alatriste y rastrear su estilo y sus influencias

VIGGO MORTENSEN. Interpreta al capitán en la película Alatriste, estrenada en 2006.foto.fuente:Revista Ñ.

Una vez por lustro –años más, años menos– se anuncia la aparición de la Gran Novela Americana (periodicidad similar asumen las veladas pugilísticas de Las Vegas al promocionar el Combate del Siglo, en cuyo transcurso, por lo general, es más probable contemplar un aerolito que un golpe franco). Tras el anuncio (que suele incluir portada de Time, esbozo de ensayo sociológico y cifras astronómicas de venta), el lector hispanoparlante, tanto como para no quedar desacompasado con semejante acontecimiento, suele verse compelido a interiorizarse en la idiosincrasia de las familias del Medio Oeste, adentrarse en los bosques de Vermont o recordar cuáles fueron los resultados de las primarias en el Estado de Maine promediando la década del cincuenta; temas todos ellos tan caros a sus afanes como puede serlo el manejo cotidiano del alfabeto cirílico. Por estos meses, la nominación de la nueva Gran Novela Americana escrita por el Autor del Siglo (hipérbole que no es menor teniendo en cuenta los años que restan para que termine el presente siglo) ha recaído en Jonathan Franzen, cuya primera novela, Las correcciones, editada en su momento por Seix Barral, hace gala de una ponderable escritura y de una extensión tan excesiva como los elogios que ha suscitado; de Libertad, editada por Salamandra, se puede decir exactamente lo mismo. Por todo ello, no resulta improcedente la pregunta formulada hace algunos meses por un crítico desde las páginas de Babelia, el suplemento cultural del diario español El País: “¿Ya no estamos todos un poco podridos de la Gran Novela Americana?” En tal caso, valdría la pena echar una ojeada a una saga que crece a la sombra de una lengua y una tradición comunes: la lengua castellana y la inagotable tradición cervantina.

El universo del Siglo de Oro español

La saga Las aventuras del capitán Alatriste, de Arturo Pérez-Reverte, de la cual se ha editado recientemente su séptimo y, por ahora, último título, El puente de los asesinos, es, en principio, un notable fresco del Siglo de Oro español donde el lector puede pasear por un Madrid en el que, en un radio de poco más de doscientos metros, vivieron Lope de Vega en su casa de la calle de Francos, don Francisco de Quevedo en la del Niño, donde murió Miguel de Cervantes en su casa de León esquina Francos, y que fue frecuentado por Tirso de Molina y el mexicano Ruiz de Alarcón; puede ver (en el sentido más cinematográfico del término; en este sentido, la prosa de Pérez-Reverte es de una notable plasticidad) a Lope de Vega en su vejez, aureolado por la admiración de sus pares y su leyenda de impenitente seductor, o a don Francisco de Quevedo, descendido del pedestal del Parnaso, desvelado por recuperar los favores de la Corte y del conde-duque de Olivares, echándose al coleto varias jarras de vino o dispuesto a batirse con quien se atreva a elogiar a Góngora en su presencia. Son los años, como bien se dice en el volumen quinto de la serie, El caballero del jubón amarillo, en el que la novela se consideraba un arte menor (prejuicio que Cervantes sufrió como pocos), el teatro era el negocio más rentable, y la gloria estaba reservada para los poetas.  Es la España del siglo XVII, ese imperio ávido y voraz, como todo imperio, por otra parte, en el que nunca se ponía el sol porque sus dominios abarcaban las Indias Occidentales, Brasil, Flandes, Italia, las posesiones de Africa, las islas Filipinas y algunos enclaves de las Indias Orientales. Pero lo que narra la saga de Alatriste es el revés de la trama del esplendor, vale decir, el barro, la sangre y la muerte que sostienen a semejante imperio. Don Diego Alatriste y Tenorio es un soldado veterano de los tercios de Flandes que se alquila como espadachín para casi todo servicio a fin de solventarse habida cuenta de las deudas que la Corona mantiene con los veteranos y que no termina jamás de pagar. Una figura que oscila entre el perfil de un mercenario y un mano de obra desocupado; un antihéroe paradigmático.
La saga abreva en la más antigua de las fuentes de la literatura: el relato de aventuras, aquél donde no hay tiempos muertos, donde cada cosa se cuenta a su tiempo sin la menor urgencia y cuya matriz son dos palabras que, manifiestas o tácitas, retroalimentan toda la trama: “Y entonces...”. No sería arriesgado suponer que el modelo privilegiado de Arturo Pérez-Reverte sea la que constituye la novela de aventuras por antonomasia y la que recortó, de una vez y para siempre el molde en el que confluyen hasta confundirse la aventura y el preciso y sincopado ritmo del folletín: El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas.

Como en toda novela de aventuras que se precie, el protagonista tiene un enemigo acérrimo, que siempre está a punto de ser ultimado pero que, por supuesto, no muere: el italiano Gualterio Malatesta, un sicario que, a la manera de los antagonistas borgeanos, se parece mucho a Alatriste, al punto de comentarle, en El caballero del jubón amarillo: “¿Alguna vez habéis pensado –dijo de pronto– en lo mucho que nos parecemos vos y yo?” Pero lo que no hay en esta saga de aventuras es lugar para el milagro o la maravilla. Basta ver el “Epílogo” del sexto volumen, Corsarios de Levante, que narra con brutal y despojado realismo el combate naval en las bocas de Escanderlu: cada vez que se preservan la vida y la libertad es a costa de sangre, combate y sufrimiento, de galeotes enloquecidos por el esfuerzo y de soldados al límite de sus fuerzas; el precio siempre es un precio pagado en carne humana.

La novela de iniciación
La saga también es, y acaso fundamentalmente, una novela de iniciación, una bildungsroman a la manera de la novela de iniciación por excelencia: Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, de Goethe, de 1796.

Quien narra la saga es el joven Iñigo Balboa Aguirre, cuyo padre, Lope Balboa, murió peleando junto a Alatriste en un baluarte de Jülich y cuya madre pone bajo la tutela de Alatriste cuando Iñigo está a punto de cumplir trece años. Al comienzo de la saga –El capitán Alatriste–, Iñigo tiene, en efecto, trece años y se desempeña como criado y paje de Alatriste; cinco años después (El puente de los asesinos) ha participado en el sitio de Breda (El sol de Breda, tercer volumen de la saga), tomado parte en combates navales (Corsarios de Levante, sexto volumen), ha estado en manos de la Inquisición y a punto de ser ejecutado públicamente (Limpieza de sangre, segundo volumen) y recuperado un cargamento de oro para el rey Felipe IV (El oro del rey, cuarto volumen).

La saga es, pues, la novela de iniciación de Iñigo Balboa y su educación sentimental: si el capitán Alatriste vive y padece su amor imposible por la actriz María de Castro, Iñigo también tiene el suyo en la figura de Angélica de Alquézar, la sobrina del secretario real, Luis de Alquézar, y que, de todas las mujeres que conoció en su vida, al decir de Iñigo, “fue sin duda la más bella, la más inteligente, la más seductora y la más malvada” (Limpieza de sangre).

También es la iniciación literaria de Iñigo Balboa, inevitable teniendo en cuenta que vive y respira el aire de la España del Siglo de Oro. En el curso de la saga lee las dos partes del Quijote, el Guzmán de Alfarache, las Novelas ejemplares, los Sueños quevedianos y, guiado por el propio Quevedo, algunos clásicos griegos y latinos. Y aún hay lugar para que en El oro del rey, Pérez-Reverte, en un alarde de anacronismo, le rinda merecido homenaje a José Saramago y a La balsa de piedra, pues se une a los combatientes un tal Saramago el Portugués de quien se dice que está escribiendo “un interminable poema épico en el que trabajaba desde hacía veinte años, contando cómo la península Ibérica se separaba de Europa y quedaba flotando a la deriva como una balsa en el océano, tripulada por ciegos.”

Y si la saga es una novela de iniciación en varios planos también es, por fuerza, heredera de la mejor tradición de la picaresca española. Iñigo y Alatriste se mueven en un ambiente que se hamaca entre lo mejor y lo peor de cada casa. Frecuentan a Quevedo, a condes-duques, cortesanos, clérigos y validos, pero tampoco le hurtan el cuerpo a malandrines, desertores y tahúres que respetan a rajatabla códigos y reglas no escritas. En especial cuando la acción se traslada, como ocurre en Limpieza de sangre, a sitios como el Patio de los Naranjos de la catedral de Sevilla, surge la España más baja y oscura, la que bulle de malhechores, rufianes y buscones, falsos tullidos y mendicantes maquillados que evocan la estremecedora corte de los milagros que Victor Hugo describe en Nuestra Señora de París.

El interminable Cervantes

Pero si hay una influencia –deliberada, visible, indisimulada– en toda la saga de Alatriste, ésa es la de Cervantes; no sólo porque se lo mencione decenas de veces, se transcriban fragmentos de entremeses, poemas y novelas, Iñigo no deje de leerlo y Quevedo de recordarlo, sino y fundamentalmente porque la estructura de la saga es eminentemente cervantina.

Aquello que funge como la célebre traducción de Cide Hamete Benengeli es un manuscrito de cuatrocientos setenta y ocho páginas, editado en Madrid y sin fecha de impresión, que se titula “Papeles del alférez Balboa”; estos papeles, o memorias, de Iñigo son los que un narrador encuentra, ordena y reescribe.

Ello deriva, necesariamente, tanto en la saga como en su confeso modelo, en el planteo de un tema sustancial: el del punto de vista. En un libro notable, El Quijote como juego, Gonzalo Torrente Ballester (el eximio novelista de, entre otras, Los gozos y las sombras, Don Juan o La saga/fuga de J.B.) se pregunta: ¿quién cuenta el Quijote? Un narrador, propone Torrente, que por ciertas señas fáciles de identidad, resulta evidente que no coincide con su autor; más aún, se puede pensar que este autor parece dispuesto a dotar de personalidad propia a su narrador; es un narrador que cuenta de oídas, a veces miente, vacila y se rectifica. De igual manera, se advierte en la saga de Pérez-Reverte un rasgo estilístico en el que no parece haberse detenido la crítica (en especial, la española): la vertiginosa muda de puntos de vista que la obra presenta. En la saga, hay un narrador privilegiado y testigo: el joven Iñigo Balboa, pero no es un testigo a tiempo completo: hay muchos momentos en que Iñigo, por meras razones espaciales, no está junto a Alatriste ni presencia sus acciones. Por lo tanto, aquí hay una muda de punto de vista en la cual surge otro narrador (un narrador a la segunda potencia) que sigue contando la acción. Tal como ocurre en el Quijote con el recurso de Cide Hamete Benengeli, en la saga la verosimilitud se asienta en los ya referidos “Papeles del alférez Balboa”, pero estas memorias no alcanzan para abarcar toda la trama; son los momentos en que se recurre a un narrador que, claramente, no es Iñigo, pero que resulta necesario para cubrir el requisito de la omnisciencia que le es connatural al relato de aventuras.

Enmarcada la acción en el Siglo de Oro y con los relieves de picaresca que ya se han mencionado, no se puede dejar de subrayar el trabajo de lenguaje que Pérez-Reverte realiza, en especial en lo tocante al uso de la germanía. La germanía fue una jerga de ladrones y rufianes compuesta de voces del idioma español pero cuyo significado difiere del consagrado por la Academia, compuesta por vocablos de orígenes harto diversos. El pasaje más ilustrativo de germanía de la saga es un diálogo mantenido entre dos marginales en el capítulo VII (“La posada del Aguilucho”) de El caballero del jubón amarillo. Nuevamente aquí, quien se levanta es la sombra de Cervantes: no hay ejemplo de uso más eximio de la germanía que Rinconete y Cortadillo, una novela ejemplar en más de un sentido.

La saga comienza con una ya mítica frase (es la misma frase con la que termina la película Alatriste, dirigida por Agustín Díaz Yanes, con Viggo Mortensen en el papel de Alatriste y estrenada en 2006) que define al protagonista por boca de Iñigo Balboa: “No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente.” En El oro del rey se da cuenta de la muerte del capitán (grado que nunca alcanza oficialmente, pero que le otorgan sus pares en batalla): muere en combate el diecinueve de mayo de 1643 en la llanura de Rocroi junto con los restos del último cuadro de la infantería española. Pero también en El oro del rey, Iñigo confiesa: “Ahora, en este viaje que para mí sigue siendo interminable –a veces rozo la sospecha de que Iñigo Balboa no morirá nunca–, poseo la resignación de los recuerdos y los silencios.” No hace falta decir que la eternidad de Iñigo Balboa garantiza la eternidad del capitán. Por más que Pérez-Reverte amenace de tanto en tanto con el fin de la saga, se puede presumir que hay Alatriste para rato. Larga vida, pues, al capitán.

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