22.8.16

El día que China quiso utilizar al hombre del tanque

Un hombre detiene con su presencia una columna de blindados en la plaza de Tiananmen. Cinco fotoperiodistas lo retratan impasible. China intenta usar la imagen para demostrar que nunca le harían daño a un ciudadano, pero la imagen perdura como demostración de lo contrario

El hombre del tanque frena una columna de blindados en la plaza de Tiananmen. STUART FRANKLIN/MAGNUM CONTACTO/elmundo.es
El mismo lugar en la actualidad, visto desde el lado opuesto. DANIEL CASE/elmundo.es

Si se aloja en la quinta planta del hotel Beijing, justo en la habitación que queda más a la derecha de la fachada, métase en el baño y mire dentro de la cisterna. Si usted hubiese sido un agente de la policía secreta china y estuviéramos en el 6 de junio de 1989, se hubiese encontrado con un rollo de película expuesta perteneciente a Charlie Cole, fotógrafo de Newsweek. Revelado ese carrete, se encontraría con varias exposiciones con una columna de tanques y un tipo plantado ante ellos con camisa blanca y una bolsa en cada mano. La gente en occidente lo conoce como El hombre del tanque.
El problema es que si usted está alojado en China, no podrá ver la foto ni buscar información alguna. Inmediatamente después de la matanza de estudiantes en Tiananmen, el gobierno pensó que tenía en la instantánea la mejor propaganda posible para mostrar "el cuidado del Ejército Popular del Pueblo para proteger a los chinos". Según esa idea, repetida por los órganos comunistas, el conductor del blindado tiene órdenes de avanzar, pero se niega a cumplirlas si eso implica hacer daño a uno de sus ciudadanos, por mucho que ese ciudadano sea, a sus ojos, "un delincuente o un alborotador". Pero alguien debió notar que el argumento no se sostenía porque la imagen sigue mostrando tanques contra estudiantes. Hoy, fallida esa estrategia, esta imagen ni existe ni existió en China. Su simbología es tan poderosa y tan temida que está censurada.
A decir verdad, cuando se habla de la foto de Tank Man nos referimos al conjunto de imágenes que tomaron cinco fotógrafos en aquel instante. Cuatro de ellos son conocidos: el citado Charlie Cole, Arthur Tsang Hin Wah, Jeff Widener y Stuart Franklin, todos ellos fotografiando desde balcones del hotel Beijing en tomas parecidas. El quinto, Terril Jones, mantuvo su foto tomada a pie de calle oculta durante 20 años. Dos hombres jóvenes corren agachados, lo que indica que llovían las balas. Al fondo, el hombre del tanque, con sus bolsas, ya espera a los blindados, que se recortan amenazantes al fondo.
Se registraron varios disparos hacia los balcones y otros fotógrafos decidieron quedarse dentro. Pero dos camarógrafos grabaron la escena. Está en Youtube. Cuando los carros de combate avanzan, el tipo ya está plantado en medio de la calle. Al llegar a su altura el primer blindado zigzaguea a derecha e izquierda, peroel hombre se mueve para impedirle el paso. No contento con eso, sube al carro, intenta gritarle a los conductores por alguna de las escotillas y habla con uno de ellos cuando saca la cabeza al exterior. De nuevo, regresa a su posición frente al tanque. En el plano entran cuatro personas. Dos de ellas se llevan al hombre del brazo y ahí se pierde su contacto para siempre. Para algunos, esas dos personas son estudiantes que pretenden salvarle la vida. Para otros, son agentes de la policía secreta que detienen al improvisado héroe para hacerlo desaparecer.
La identidad del hombre del tanque ha obsesionado y obsesiona a los medios de todo el mundo. Muchos han intentado largas investigaciones con conclusiones decepcionantes. Con los archivos del Gobierno chino cerrados con siete llaves, es casi imposible acceder a información oficial.
El tabloide británico Sunday Express dijo que su nombre era Wang Weilin, estudiante de 19 años, pero esa identificación fue rechazada por el Partido Comunista Chino.
Durante años han circulado numerosos rumores acerca de su paradero. El asistente personal de Richard Nixon, Bruce Herschensohn, aseguró en 1999 tener información fiable de su ejecución 14 días después del incidente, aunque no reveló su nombre. En el libro Red China Blues, el historiador Jan Wong comenta que sigue vivo (y oculto) en el interior del país. Varios periodistas han preguntado a Jiang Zemin, secretario general del Partido Comunista Chino en aquella época, sobre el destino final de aquel hombre: "Él nunca fue arrestado. No sé dónde estará ahora", dijo.
El hecho esencial sucedió el día anterior: los militares irrumpieron desde varias avenidas hacia la acampada en el centro de la plaza. La represión fue sangrienta. Las cifras de muertos bailan entre los 800 de una fuente de la embajada estadounidense a los 2.600 de una fuente anónima de la Cruz Roja china, con entre 7.000 y 10.000 trabajadores, intelectuales y estudiantes heridos. Pekín no ofreció cifras y se limitó a expulsar a la prensa extranjera y a detener a los cabecillas de la revuelta. El fotógrafo Stuart Franklin, que se sabía vigilado por la policía china, compró una pequeña lata de té en la tienda de regalos del hotel, metió el carrete dentro y se la entregó a un estudiante francés con billete de salida ese mismo día. Debía enviarla, una vez en Europa, a la redacción de la revista Life.A él le debemos la segunda versión del Tank Man, que además fue premio Pulitzer y World Press Photo.
Durante aquellos días el hombre del tanque no fue el único que se puso delante de los blindados, aunque sí fue el único captado por las cámaras y el que regaló un icono fotográfico para la Historia. Gracias a aquellos fotoperiodistas podemos conocer la verdad por encima de la propaganda china.

19.8.16

La paz sin mentiras

Colombia se encuentra frente a la oportunidad histórica de poner fin a medio siglo de guerra, pero el referéndum que debe ratificar el acuerdo de paz debe ser liberado de la manipulación de quienes se oponen a la negociación con las FARC


Adiós a las armas/Enrique Flóres./elpais.com 

Hace algunas semanas, después de cuatro años de negociaciones intensas que han transformado a Colombia, el Gobierno del presidente Santos y la guerrilla de las FARC llegaron a un acuerdo de paz frente al cual, por una vez, no era exagerado echar mano del adjetivo “histórico”. Tiene un nombre portentoso —cese bilateral y definitivo del fuego y las hostilidades— que sin embargo no alcanza a describir su trascendencia. Al día siguiente de esa firma, por primera vez desde 1964, el país se despertó en una realidad cambiada: una realidad donde esta guerra, que ha dejado seis millones de víctimas entre muertos, heridos y desplazados, había terminado por fin. En un municipio de Antioquía se retiraron las trincheras que habían rodeado la comandancia de policía durante años; las regiones más golpeadas de otros tiempos llevan casi quince meses sin sufrir secuestros, ni tomas, ni reclutamientos forzosos. Si todo sale como se ha acordado, seis meses bastarán para que la guerrilla más antigua del mundo deje las armas de manera irrevocable (un éxito notable, teniendo en cuenta que el desarme les costó siete años a los irlandeses). Los acuerdos de Esquipulas, que terminaron con el conflicto centroamericano, son de los años ochenta; la paz entre las guerrillas marxistas y la monarquía de Nepal se firmó en 2006. Mi país es el último escenario de la Guerra Fría, y ahora tiene la oportunidad —nuevamente: histórica— de llegar al siglo en que esperan los demás.
El plebiscito es un mecanismo incierto y frágil, como lo saben los británicos
Pero no va a ser fácil. Esta paz relativa (porque otros actores de la violencia persisten) depende de un plebiscito, todavía sin fecha, en que los colombianos deberán votar para aceptar o rechazar los acuerdos. Ahora bien, el plebiscito es un mecanismo incierto y frágil, como lo saben los británicos que ahora se asoman al despeñadero imprevisto del Brexit;pero fue la única manera que encontró el Gobierno colombiano de sosegar a la opinión pública frente a la cantidad inverosímil de calumnias, desinformación, mentiras y propaganda negra con que los enemigos del proceso de paz, tanto los que actúan dentro de la legalidad como los otros, intentaron desde el principio sabotearlo. Los principales agentes de esa oposición engañosa —que han ahogado a la otra oposición, la comprensible y necesaria— han sido los seguidores del expresidente Álvaro Uribe, cuya relación con la verdad ha sido siempre tenue. Los colombianos recuerdan todavía el incidente más escandaloso de las últimas elecciones, cuando el candidato de Uribe a la presidencia apareció en un vídeo conversando con un hacker contratado, según su propia confesión, para intervenir los correos electrónicos de los negociadores del Gobierno y desprestigiar el proceso de paz. Por comparación, lo demás parece tolerable: el bulo propagado por la cadena de radio uribista, según el cual Mario Vargas Llosa había condenado públicamente el proceso de paz (Vargas Llosa tuvo que desmentirlo); o los rumores de que el Gobierno está negociando el modelo de Estado, planeando abolir la propiedad privada o pagando un sueldo a los guerrilleros. Nada de eso es verdad; nada de eso es deseable, ni lo desea la mayoría de los que apoyamos el proceso.


Ha sido un espectáculo bochornoso, pero al cual parecemos acostumbrarnos. Hace dos años, Uribe publicaba en Twitter las 52 capitulaciones en que habría incurrido el equipo negociador del gobierno: todas las formas en que le habría “entregado el país” a la guerrilla. El portal lasillavacia.com, cuyo periodismo no ha abandonado la cordura y el buen oficio en medio de la borrasca de la desinformación, publicó un artículo en que desmenuzaba las acusaciones, las analizaba con rigor y llegaba a la siguiente conclusión espeluznante: de las 52, solo cuatro eran verdaderas de manera inapelable. El jefe del equipo negociador, Humberto de la Calle, tuvo que pedirle a la oposición que no dijera mentiras: las críticas al proceso de paz, dijo, eran bienvenidas, pero debían “corresponder a la verdad”. Y no era así: cualquiera que tuviera la paciencia de leer los documentos que los negociadores habían publicado se hubiera podido dar cuenta de ello. Pues bien, la cosa sigue igual dos años después. Las mentiras han calado en un electorado temeroso, han cobrado vida propia y hoy sobreviven a pesar de las pruebas en contrario que da el equipo negociador (por no hablar del sentido común) cotidianamente. La única diferencia entre una mentira y un gato, nos dejó dicho Mark Twain, es que el gato tiene solo siete vidas.
Pensando en eso, hace unas semanas entrevisté a Humberto de la Calle. Quería que me explicara las acusaciones que ha recibido el proceso. Hablamos, por ejemplo, de la impunidad que es esgrimida como principal objeción al proceso de paz. Entre todas, esta es la que responde a una inquietud más profunda y más emocional: en su medio siglo de existencia, las FARC han causado tanto dolor y tanto sufrimiento que a los colombianos les cuesta entender que no vayan a estar tras las rejas. Pero eso no significa impunidad, me explicó De la Calle, pues la amnistía solo se dará para quienes confiesen sus delitos y contribuyan con la reparación patrimonial a las víctimas: los demás irán a la cárcel. En cuanto a los delitos más graves, no habrá amnistía de ningún tipo. “Déjeme que lo diga bien claro”, me dijo De la Calle. “Esto es inédito. Una conversación sobre un conflicto en la cual una guerrilla dice que sí, que los responsables de crímenes internacionales deben responder, así sea a través de justicia transicional… eso es único”. De esa conversación de tres horas salió una conclusión sencilla: la única solución es decir la verdad, aunque la gente se tape las orejas.

La amnistía sólo se dará para quienes confiesen sus delitos y reparen a las víctimas

Sea como sea, los colombianos nos enfrentamos a la oportunidad irrepetible de cerrar un largo capítulo de violencia que nos ha marcado a todos: son pocos los adultos que recuerdan los tiempos remotos en que no nos estábamos matando. Nos hemos acostumbrado al conflicto; y esa costumbre ha producido una situación viciosa en que a muchos les parece mejor la certidumbre de la guerra —con sus reglas claras y sus riesgos predecibles, con muertos que pondrán otros, con sus rutinas de odio y sus enemigos bien definidos— que la incertidumbre de la paz. La decisión que ahora se nos viene encima exigirá de nosotros, los ciudadanos, responsabilidades inéditas. La principal, quizás, será paradójicamente la más sencilla: la de informarnos bien. Para eso habrá que buscar, en la maraña de la demagogia de la derecha y de los populismos de izquierda, los recursos más bien escasos de la verdad, la sensatez y la magnanimidad. Yo, por lo pronto, espero que estemos a la altura del momento

El misterio por el crimen de Federico García Lorca: investigan en Argentina su fusilamiento

A 80 años de la muerte.Una jueza que investiga la causa del Triple Crimen y el tráfico de la efedrina intenta desentrañar el asesinato del gran poeta y dramaturgo español, cometido en agosto de 1936 por el franquismo

Poeta Federico García Lorca./clarín.com


“No conseguirá nunca tu lanza herir el horizonte”, eternizó una vez, premonitoriamente, el gran poeta español Federico García Lorca. Pasaron 80 años de su fusilamiento en manos franquistas. 80 años sin que aparezca su cuerpo, en un crimen impune, enterrado en una fosa común en la ciudad andaluza de Granada. 80 años sin su voz de romancero popular, de sus movimientos de lirismo y de vanguardia. 80 años de estar de pie contra la muerte.
 Máximo Castex es abogado en la causa que se sigue en Argentina por la muerte de Federico García Lorca (Emiliana Miguelez)


“De 38 años en 1936, soltero, escritor, hijo de Federico y María, natural de Fuente Vaqueros (Granada), que tuvo a último domicilio en esta capital, Callejones de Gracia, ‘Huerta San Vicente’”.
Así, con este párrafo, comienza un documento clave, con fecha 9 de julio de 1965, de la 3° Brigada Regional de Investigación Social de la Jefatura Superior de Policía de Granada. Este escrito fundamental —redactado en aquellos años ante el pedido de una escritora francesa—reveló el año pasado, por primera vez, la versión oficial del franquismo sobre el crimen de Lorca. En él se afirma que fueasesinado por “socialista”, “homosexual” y “masón”
El expediente que se sigue en Argentina por la muerte de Federico García Lorca. (Emiliana Miguelez)

A partir del conocimiento de la existencia de este documento, el organismo español Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) presentó, en abril de este año, una denuncia ante el juzgado federal de María Servini de Cubría, la cual se incorporó a una megacausa abierta el 14 de abril de 2010, en el mismo juzgado federal, que tiene unos 104 cuerpos con 200 fojas cada cuerpo y más de 400 querellas. Esta causa abierta sobre Lorca, hasta donde se sabe, es la única en el mundo.
Según precisaron a Clarín fuentes judiciales de Comodoro Py, esta megacausa investiga “posibles hechos atroces de lesa humanidad entre los que se encuentran torturas, asesinatos, desapariciones forzadas y sustracción de menores, cometidos por la falange y otras organizaciones afines entre el 17 de julio de 1936 al 15 de junio de 1977”.
Estos delitos “consistieron en un plan sistemático generalizado, planificado, para aterrorizar a ciudadanos españoles que eran afines a la República. Lo hacían a través de la eliminación de sus más representativos exponentes”.
La jueza Servini de Cubría investigará la desaparición y muerte del poeta. (Pedro Lázaro Fernández)


Desde Comodoro Py aclararon que la Justicia argentina puede investigar sobre estos crímenes cometidos en España a través delprincipio de jurisdicción universal que habilita a cualquier país a investigar siempre que no lo esté haciendo la Nación donde se cometieron.
El 11 de julio pasado, a partir de esta denuncia por García Lorca, Servini de Cubría —que en Argentina investiga el Triple Crimen de General Rodríguez y el tráfico de la efedrina— envió un exhorto a España dirigido al juzgado de Instrucción que corresponda por turno en la ciudad de Madrid.
En éste “pedía una remisión de prueba documental y se le solicita que por su intermedio le requiera al Ministerio del Interior toda ladocumentación vinculada a la detención y homicidio de García Lorca”, aseguró a este diario el abogado Máximo Castex, apoderado de la ARMH. En otras palabras, se pidieron copias autenticadas del documento de 1965 para poder avanzar en la causa.
Los últimos días de Federico García Lorca
En el mencionado escrito de 1965 García Lorca aparece caracterizado como “socialista” por su vínculo con el entonces funcionario de la Segunda República, Fernando de los Ríos, y otros “jerifales de igual signo político”. Se lo define como “masón”, perteneciente a la logia “Alhambra” con el nombre simbólico de Homero. Y redactan que“estaba tildado de prácticas de homosexualidad, aberración que llegó a ser vox pópuli, pero lo cierto es que no hay antecedentes de ningún caso concreto en tal sentido”.
Según el escrito, cuando se produjo el golpe de Estado franquista el 18 de julio de 1936, el autor de “La casa de Bernarda Alba” y “Bodas de sangre” ya estaba en Granada. Había llegado días antes desde Madrid, la capital española, donde residía.
Hubo dos registros en su domicilio de Granada, por los que el poeta se refugió en la casa de sus amigos los Rosales Camacho, una tradicional familia falangista. Allí permaneció hasta su detención, que el documento data “entre finales de julio y principios de agosto”. Aquella es la única referencia concreta a la fecha sobre el asesinato de Federico García Lorca. No hay otra que precise el día de su fusilamiento. El texto, asimismo, deja entrever que uno de los miembros de la familia Rosales facilitó la entrada a las milicias y guardias de asalto, que habían tomado, acechándolo, las bocacalles y los tejados próximos.
“Una vez efectuada la detención —prosigue la denuncia— se condujo a García Lorca a los calabozos del Gobierno Civil. Se interesaron por él, y por su libertad, los hermanos Rosales Camacho y el Jefe Local y el Jefe de Milicias de Falange, además de personas cuyos nombres se han ocultado en el documento. Tras entrevistarse con el entonces Gobernador Civil de la provincia, no consiguieron la libertad del detenido pero ‘obtuvieron la impresión de que ya no corría peligro la vida’ de Federico García Lorca”.
Precisa el documento original que, a partir de ese momento, “los datos son muy confusos y sólo se ha podido precisar que dicho detenido fue sacado del Gobierno Civil por fuerzas dependientes del mismo y conducido en un coche al término de Viznar (Granada) y en las inmediaciones del lugar conocido por ‘Fuente Grande’, en unión de otro detenido cuyas circunstancias personales se desconocen, fue pasado por las armas después de haber confesado, según se tiene entendido”.
La expresión “pasado por armas” es un eufemismo para referir al fusilamiento. García Lorca fue “enterrado en aquel paraje, muy a flor de tierra, en un barranco situado a unos dos kilómetros a la derecha de dicha ‘Fuente Grande’, en un lugar que se hace muy difícil de localizar”. A 80 años de su crimen, continúa el misterio y las investigaciones sobre el paradero de su cuerpo. Se calcula que hay 130.000 cadáveres enterrados en fosas comunes por todo el país.
Una de las tantas búsquedas del cuerpo del poeta Federico García Lorca, en Alfacar, Granada, España.
El panorama judicial
“Se maneja con el silencio como política general, desde siempre, por el reconocimiento internacional que tenía Lorca. Todo bajo un manto de duda y olvido”, planteó Castex. Y amplió: “Primero hay que ver si desde España envían la certificación de las pruebas documentales o alguna cuestión más. De acuerdo a lo que manden veremos si hay que recanalizar otra medida posible, como por ejemplo declaraciones testimoniales o exhumaciones. Hay que esperar a ver qué figura en el Ministerio del Interior”.
¿Cómo evalúa el panorama? “No sabría decirte si lo van a contestar, hay medidas que se cumplen y otras no. Por ejemplo las declaraciones indagatorias, respecto a la megacausa en general, no se están cumpliendo: no se contesta, se contesta tarde o con artilugios pueriles”.
El abogado relató los obstáculos que pone el Estado español, cuyo presidente en funciones es actualmente Mariano Rajoy, para investigar los crímenes del franquismo. Puso como ejemplo el caso del primer exhorto enviado a fines de 2010: demoraron un año en contestar. Desde que se abrió el megaexpediente hubo unos 24 “pedidos de detención preventiva con miras de extradición con efectos de recibir declaración indagatoria”. Pese a que se abrió el proceso, no se logró ninguna extradición. Asimismo, cuando en una de las etapas se involucró a ex ministros franquistas, ni siquiera se logró abrir la instancia judicial.
Aún más, cuando la jueza argentina, meses atrás, solicitó viajar a España para tomar declaraciones indagatorias, la respuesta fue pedir que la magistrada envíe el pliego de preguntas. “Lo cual es improcedente, están actuando casi como un defensor”, cuestionó el abogado. Finalmente se envió un “pliego amplio” y se solicitó un pedido de viaje para octubre de este año, aún sin respuesta. Está previsto que se indague a 20 imputados españoles.
El monolito en memoria a Federico Garcia Lorca, en el paraje de Fuente Grande de Alfacar (Granada).

Sin embargo, la exhumación de uno de los cuerpos, en enero de este año, en el marco de una de las presentaciones de la megacausa, ha creado un antecedente fundamental y abre otras perspectivas. “No esperábamos que salga esa medida. Nos da fuerza para ir por más. Con lo de Lorca va a depender mucho de la actitud del juez que intervenga en el asunto”, resumió Castex.
Rondando las cosas del otro lado
El autor de "Romancero Gitano" fue un referente de la ‘Generación del 27’, junto con poetas españoles como Pedro Salinas, Vicente Aleixandre. Luis Cernuda y Jorge Guillén. Sus versos van desde el canto popular y sentimental de sus primeros libros al surrealismo de “Poeta en Nueva York”, con un lenguaje más violento, oscuro y erótico. Su romance —su gran amor— con el pintor Salvador Dalí fue decisivo en la obra de ambos artistas, en una España católica cruzada por la homofobia.
 Federico García Lorca en una foto histórica

Lorca tuvo una relación muy estrecha con Buenos Aires. El poeta estuvo en la ciudad desde el 13 octubre de 1933 hasta el 27 de marzo de 1934. Recitaba poesía en las radios y teatros. Caminaba por la Avenida de Mayo. Tomaba café con poetas como Oliverio Girondo. Cuentan que el propio Carlos Gardel lo invitó a su casa y cantó para hacerle un homenaje. "Buenos Aires tiene algo vivo y personal, algo lleno de dramático latido, algo inconfundible”, dijo el dramaturgo antes de subir al barco de regreso.
Federico García Loca, parafraseando uno de sus versos, fue un pulso herido que rondó las cosas del otro lado. Dialogó con la intensidad de su época y fue cambiando con ella. Fue un poeta vibrante, con una permanente declaración de la ternura. Fue un horizonte de años futuros.
La habitación 704 que ocupó Lorca en el Hotel Castelar de Buenos Aires. (Juan Manuel Foglia)

Federico García Lorca, 80 aniversario de su asesinato

Homenaje


15 de agosto de 1936: El recluso

Federico García Lorca en la radio.
¿Si me mataran, lloraríais mucho?, le preguntó Federico García Lorca a Angelina Cordobilla, la niñera de los hijos de su hermana Concha, en cuclillas, refugiado bajo el piano junto a las mujeres y los niños, mientras las bombas de los sublevados franquistas sonaban de fondo. El poeta más famoso, el autor de los poemas instalados en la vida cotidiana de la gente, el hombre que ha dado su apoyo a la República aunque no se haya casado con ningún partido en concreto, que ha pateado todos los pueblos para llevar el teatro donde no había llegado nunca, García Lorca, tiene miedo. No ha hecho caso de los amigos que le aconsejaron quedarse en Madrid porque los tiempos estaban muy revueltos y como cada año ha decidido pasar el día de su santo, todo un jolgorio familiar, el 18 de julio (qué ironía) en la Huerta de San Vicente, la finca de veraneo en Granada. El levantamiento frustró toda diversión, mientras en la radio atronaba la voz estridente de Queipo de Llano y la ciudad tomada se iba sumiendo en el caos.
Hoy 15 de agosto va a hacer casi un mes de todo aquello. Federico ha abandonado la casa familiar empujado, como si se tratase de uno de sus dramas, o como en el ‘Romance del emplazado’, por señales y predestinaciones, o así queremos verlas. Ha habido varios registros de Falange en la quinta y el poeta finalmente ha decidido refugiarse, desde el pasado 9 de agosto, en la casa de los padres de su amigo Luis Rosales, poeta y falangista de última hora, en Granada. Pasa las horas con las mujeres de la familia –lo cuenta Ian Gibson- porque los hermanos Rosales y el padre apenas si están en casa. Toca el piano, oye la radio, escribe y suele hablar por teléfono con los suyos. Es posible que le oculten que le buscan empecinadamente. Federico no sabe que está apurando las horas en el que será su último refugio.

16 de agosto de 1936: El prendimiento

Federico García Lorca, en Madrid.

La mañana del 16 de agosto la tensión era patente en casa de los Rosales. En días anteriores, Federico había intentado ocupar el tiempo componiendo un poema junto a su amigo Luis dedicado a todos los muertos de uno y otro lado en la contienda, que a menos de un mes, ya empezaban a amontonarse. Quedó la cosa solo en el intento (y propició el infundio de que Lorca se sintió obligado a escribir la letra del himno de la Falange). El gran golpe de esa mañana fue la noticia del fusilamiento de su cuñado, Manuel Fernandez-Montesinos, alcalde socialista y marido de su hermana Concha, fusilado en la madrugada. Esa muerte disparó todavía más las alarmas. Los Rosales barajaron las posibilidades de trasladar al poeta bien a casa de su amiga Emilia Llanos o bien, y ese parecía el lugar más seguro, a la quinta de Manuel de Falla, católico y conservador y una figura respetada internacionalmente.
A las cinco de la tarde –“en todos los relojes”- un pelotón de policías y guardias civiles rodean la casa de tres pisos de los Rosales. Cortan el tráfico de la calle Angulo. Incluso –recoge Ian Gibson- se apuestan hombres en los tejados. Excesivo despliegue para cazar a un hombre que es todo un símbolo pero que, claramente, por su talante, no se va a resistir con violencia. Lleva la voz cantante Ramón Ruiz Alonso,un exdiputado de la CEDA, padre de la que luego sería la actriz Emma Penella, que ha demostrado sobradamente su odio por Lorca labrándose una fama de fanático y pendenciero en la provincia –“poeta de la cabeza gorda”, le llamaba-. La familia Rosales se resiste a entregar al amigo, pero la presión es muy fuerte y este decide vestirse para bajar a recibir a sus captores y entregarse. Antes de marchar reza ante una imagen del Corazón de Jesús con las mujeres de la casa. Según Agustín Penon, Lorca está desmoronado, pero la hermana de los Rosales, Esperanza, en declaraciones posteriores le recuerda entero. “No te doy la mano Esperanza porque no quiero que pienses que no nos vamos a ver otra vez”, le dice.

17 de agosto de 1936: La espera

Federico García Lorca, en una foto de la época víspera de su asesinato.

Hay poca distancia entre la casa granadina de la familia Rosales y el Gobierno Civil de Granada, donde llevan a García Lorca. La noche anterior Luis Rosales, figura significativa en la Falange, se personó en el lugar para pedir responsabilidades por la captura de su invitado y la acción, justo es reconocerlo, le pone en la cuerda floja ante sus correligionarios. Hoy nadie duda de su generosidad y valentía. José Rosales, el padre, tuvo más suerte, y llegó a conversar con el poeta apenas un rato, pero su denuncia tampoco tuvo éxito. Se le informó de los cargos: tener una radio clandestina para estar en contacto con los rusos, ser homosexual y ser amigo del dirigente socialista Fernando de los Ríos.
Las teorías sobre la estancia de Lorca en el Gobierno Civil se bifurcan. El investigador Miguel Caballero Pérez en su libro 'Las trece últimas horas en la vida de García Lorca' sostiene que el paso de Lorca por el  Gobierno Civil fue breve y que fue la madrugada del día 17 y no la del 18 (fecha comúnmente admitida) cuando se produjo el asesinato. Su relato verifica el del periodista falangista Eduardo Molina Fajardo que recogió no pocos documentos y entrevistas con el fin de exculpar a su partido. Los interesantes testimonios que Molina Fajardo no llegó a elaborar (fue su viuda quien los editó como libro en 1983) abren una vía de investigación respecto a su paradero final.
Gibson, basándose en las declaraciones de Angelina Cordobilla, tres décadas después de los hechos, sostiene que Lorca estuvo tres días en el Gobierno Civil. La niñera de los Lorca llevó al poeta una tortilla y le vio en una celda en la que no había cama pero sí una mesa de despacho con utensilios de escritura. Mientras tanto el gobernador civil, José Valdés Guzmán, habría contactado con el vociferante Queipo de Llano que dictaminaría su ya célebre:"Dadle café, mucho café". Sea o no cierta la sentencia, está claro que Valdés, benemérito hijo del cuerpo, fue el responsable de la orden. Un documento hecho público el año pasado testimonia que no fue, como sostuvo, un asesinato callejero, sino un crimen político.

18 de agosto de 1936: El asesinato


Monolito en Homenaje a Federico García Lorca y las víctimas del franquismo./Samuel Aranda.


A las tres y cuarto de la mañana del 18 de agosto, un amigo de Federico García Lorca contó a Ian Gibson que le vio salir del Gobierno Civil de Granada escoltado por guardias y falangistas. Ricardo Rodríguez Jiménez venía de jugar a las cartas y se cruzó con el siniestro grupo. El hombre se puso a vociferar: “Criminales, vais a matar a un genio” y a poco no le detienen a él también. Federico, que había llamado a su amigo por su nombre, iba esposado con un maestro de escuela, Dióscoro Galindo González, apresado pocas horas antes.
Un coche los trasladó hasta La Colonia, ocho kilómetros al norte de Granada, que había pasado de ser una zona infantil de vacaciones de verano a una cárcel franquista. Promesas de ascenso en el escalafón y una prima de 500 pesetas eran el acicate para los soldados presentados como voluntarios a las cuadrillas de fusilamiento. Unos pocos fueron obligados como castigo. Uno de los soldados de guardia, José Jover, evocó a Agustín Penón que al anunciarle que iba a ser ejecutado, Lorca quiso rezar el ‘Yo, pecador’ pero no atinó a recordar entera la oración que le había enseñado su madre. Como en una vieja película de Hollywood el poeta habría fumado junto a Jover su último cigarrillo y prometió hacerle llegar su mechero.
Dos banderilleros anarquistas, Joaquín Arcollas y Francisco Galadí, pasaron a integrar el grupo. Según sostiene Gibson, Lorca y sus compañeros fueron trasladados un kilómetro hasta Fuente Grande, muy cerca del barranco de Víznar donde tradicionalmente se había situado la tumba (el hispanista Claude Couffond defendió esa localización). La versión de Miguel Caballero traslada el lugar de los hechos a un cercano campo de entrenamiento de Falange. Sea como fuere, la práctica habitual es que la muerte solía llegar siempre antes del amanecer, a la luz de los focos de los coches. Un testimonio recogido por José Navarro Pardo evoca, sin muchos visos de verosimilitud, que el poeta no murió en el acto y recibió un tiro de gracia. Gibson preguntó a un astrónomo del Real Observatorio de Greenwich si aquella noche hubo luna. Y no. No la hubo.

19 de agosto de 1936: El mito

Una mujer deposita un ramo de flores en homenaje al asesinato de Fedderico arcía Lorca./Pepe Torres.


Es un poco prematuro decir que Federico García Lorca se convirtió en mito al día siguiente a su asesinato. Si no fue así fue porque las noticias sobre el mismo tardaron unas semanas en abrirse paso. Pero esa piedra lanzada al agua de la ignominia empezó a formar círculos concéntricos y llegar cada vez más lejos en todo el planeta hasta convertirle en el símbolo de la España progresista y, más tarde, vencida.
Sin embargo, la familia supo de su muerte la misma tarde, a través deun acto repugnante en el más perfecto estilo de la picaresca española. Un miembro de la escuadra asesina acompañando por otros miembros del pelotón se presentó en casa de la familia Lorca con una nota firmada de puño y letra por el poeta: "Te ruego papá que a este señor le entregues 1.000 pesetas como donativo para las fuerzas armadas". El padre pagó religiosamente pensando que salvaba la vida de su hijo, pero –como cuenta Gibson- a poco de marcharse los escuadristas, el chofer de la familia, que había estado hablando con los soldados, le informó que el crimen ya se había realizado y como prueba se aportó un paquete de Lucky Strike, la marca que fumaba Federico.
A principios de septiembre los periódicos republicanos dan por cierta la muerte. Madrid, donde tantos amigos tiene, llora al poeta. Barcelona, que disfrutó de sus estrenos teatrales más sonados, también. H. G. Wells, autor de 'La máquina del tiempo' y de 'La guerra de los mundos', amén de socialista convencido se dirige a las autoridades rebeldes de Granada desde su presidencia del PEN Club. Al otro lado del Atlántico, en Argentina, donde en el pasado se había recibido a Lorca como hoy a una estrella de rock, Jorge Luis Borges junto a una treintena de autores argentinos protesta en una carta a Miguel Cabanellas presidente de la Junta de Defensa Nacional en Burgos.  Pero quizá la reacción más visceral sea la de Antonio Machado: "Te cantaré la carne que no tienes, / los ojos que te faltan, / tus cabellos que el viento sacudía, / los rojos labios donde te besaban…".
fuente:elperiodico.com

Visita guiada a la biblia del mal

Ensayo. La historia de  Mi lucha de Adolf Hitler, libro que marcó el siglo XX, es analizada con lucidez y profundidad por el historiador Kellerhoff

Sven F. Kellerhoff. Historiador alemán. Analiza Mi Lucha./revista Ñ.

“Todo el mundo conoce el título del libro de Hitler, pero casi nadie sabe nada acerca del contenido de sus casi ochocientas páginas”. Bajo esta provocativa premisa, Sven Kellerhoff se lanza a una indagación sobre Mein Kampf , ese clásico atroz que muchos mencionan –y hasta citan– sin conocer de primera mano. Bien documentada y organizada, la investigación lleva a cabo una doble tarea, que a su vez expresa la condición dual del autor, periodista e historiador. Por un lado se expone una relación sinóptica de cómo surgió ese libro y cuál fue su recepción a corto y largo plazo, dentro y fuera de su país. Por otra parte, al capitalizar la escasa o nula circulación del texto en sí, se resumen sus contenidos esenciales, señalando sus ideas recurrentes y sus cuantiosas contradicciones; en esta labor es donde Kellerhoff está más propenso a los juicios explícitos y condenatorios, aún necesarios en un mundo en el que la pesadilla del totalitarismo vuelve a aflorar cada tanto.
Si se considera que el subtítulo original del trabajo es “La carrera de un libro alemán” (y no “La historia del libro que marcó el siglo XX”, como lo quiere monumentalmente la versión española), se comprenderán mejor sus intenciones. Porque se trata de poner en evidencia la consabida “banalidad del mal” propia del hitlerismo y, parejamente, toda la red de malentendidos y casualidades que posibilitaron el Tercer Reich, delatando que la singularidad de una figura individual o de un proceso colectivo nada tienen de providencial o de genial.
Mi lucha surgió como un mero producto editorial de dos volúmenes y más de 800 páginas, que se transformó en un best-séller hacia la década de 1930 y que le procuró al Führer una fortuna personal (¡con la que empezó por comprarse un Mercedes Benz!). Falsa en sus datos autobiográficos y contextuales, la farragosa obra no mentía, sin embargo, en sus propuestas, y si bien no parecía una buena fundamentación de gobierno, constituía en cambio un programa de acción más o menos claro; que el mundo haya tardado en tomarse en serio tales exabruptos acaso fue una de las claves del éxito del Nacionalsocialismo.
El lector actual se sorprenderá, quizás, al conocer el interés rayano en el afecto de Hitler por los británicos o al saber que Rudolf Hess sólo jugó un papel subsidiario en su redacción. Pero esas revelaciones menores son apenas un condimento, pues lo crucial aquí son las urticantes cuestiones de fondo: el cómo y el porqué de la irrupción del nazismo, y más aún, de sus sistemáticas intentonas de reactivación. En la masa de factores que aportan a una posible respuesta, la maldad, la casualidad y la ignorancia en torno a su texto doctrinal juegan un rol determinante.
No es gratuito que el autor hoy ostente un cargo directivo en un importante periódico berlinés. Su estudio es oportunísimo porque este año Mi lucha pasó al dominio público (las autoridades de Baviera han perdido control del copyright ), y el texto puede reimprimirse a voluntad, incluso en Alemania. Hábil para actualizar archivos históricos y para cubrir baches editoriales, Kellerhoff elabora un volumen que sirve como aceptable síntesis para quienes no quieran aventurarse en el mamotreto que cimentó la carrera de Hitler como “pensador” y estratega, y que ante todo cumple con la meta de complementar una historia que dejó casi tantos enigmas como víctimas.

12.8.16

Tesoros bibliográficos en busca de lectores plurales

El futuro de las bibliotecas privadas. El aura tradicional de los grandes acervos heredados ha declinado. En la Argentina, muchas colecciones se dispersan a falta de una política nacional de patrimonio

Legendarias estanterías en el piso de la calle Posadas. Reunían los patrimonios de Bioy Casares y Silvina Ocampo y muchos tomos de Borges, hoy en un sótano./revista Ñ

En septiembre de 1907, Roberto Payró estrenó, en el Teatro Odeón, su comedia en tres actos El triunfo de los otros , cuyo protagonista, Julián Gómez, es un escritor con talento pero sin suerte, que trabaja a destajo como periodista y ghost writer . Explotado por el sistema, enfermo y apremiado por las deudas, encuentra en la venta a cuentagotas de su querida biblioteca el único modo de subsistencia. Pasan los amigos vividores. Pasan los usureros. Pasa el tiempo y la biblioteca, que durante años había sido erigida con voluntad y esfuerzo, de pronto desaparece. La pérdida de la biblioteca se convierte en símbolo de la destrucción de Julián y su irreversible caída en la locura.
Junto a la quema, ese puede ser uno de los desenlaces más tristes para los libros de un escritor. Una biblioteca personal representa el itinerario de la historia intelectual y hasta sentimental de su propietario y, quizás también, un preciso mapa de sus obsesiones. La polémica ocurrida en mayo en torno de las idas y vueltas de la donación de 250 libros que el filósofo Mario Bunge hizo a la Facultad de Filosofía y Letras reabrió este debate. El rechazo de la donación (en un principio, por carecer de los dos mil dólares para hacerse cargo del flete desde Canadá) más que un argumento parecía una broma. Y entonces, la pregunta se vuelve pertinente: ¿Cuál es el destino de las bibliotecas de los escritores en la Argentina?
No hay una sola respuesta. El historiador Horacio Tarcus, que en 1998 cofundó el Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas (CeDInCI), considera que en el país no hay políticas públicas, de modo que las bibliotecas particulares tienen tres destinos posibles: quedan en manos privadas; se donan o se venden a instituciones del exterior; o se venden en remates, en librerías de viejo o a través de Internet. Es excepcional el caso de las que se preservan en instituciones públicas. Cuando se trata de las grandes bibliotecas de figuras de la vieja élite (esas bibliotecas que forman grandes colecciones, normalmente encuadernadas en pasta y guardadas en antiguos muebles vidriados), pasan de generación en generación. La biblioteca formaba parte ineludible del prestigio y, para sus hijos y nietos, preservarla significa conservar algo de aquel aura perdida. No fue así en todos los casos. Cuando las viejas casonas empezaron a venderse o los hijos eran muchos, las bibliotecas solían terminar en remates para ser desguazadas en lotes. Para Tarcus, uno de los desguaces más crueles de una colección extraordinaria fue el de la colección de Federico “Fico” Vogelius en 1997. Quien fuera en 1973 el fundador de la revista Crisis a su vez había formado su patrimonio comprando las colecciones de Dodero, Santamarina, Carbone y Marcó del Pont. Allí poseía miles de ediciones originales de los más relevantes escritores latinoamericanos, libros de viajeros, periódicos antiguos, la colección etnográfica más completa del país, documentos de la época colonial y los libros con los que se educaba a los niños en el siglo XIX.
Otro rumbo posible que toma el legado bibliófilo de nuestros autores son los institutos europeos y las bibliotecas universitarias de Estados Unidos, adquisiciones que son alternativas formas del márketing. Contra la voluntad del filósofo ítalo-argentino Rodolfo Mondolfo, por ejemplo, su biblioteca se repatrió a Italia mientras que la del historiador Luis Sommi fue embarcada a la antigua Unión Soviética. La extraordinaria biblioteca del jurista Ernesto Quesada, que incluía la de su padre Vicente, se convirtió en uno de los pilares sobre los que se fundó el Instituto Iberoamericano de Berlín al tiempo que la del escritor anarquista Diego Abad de Santillán recaló en el Instituto de Historia Social de Amsterdam. “Pero las bibliotecas y los fondos de archivo de los escritores latinoamericanos tienen un destino seguro en universidades como Harvard o Princeton”, explica Tarcus. “Cuando no se trata de escritores de prestigio, o cuando los descendientes ignoran su valor, las bibliotecas son vendidas a las librerías de viejo: ese fue el destino de la gran biblioteca del filósofo argentino Carlos Astrada, que se desguazó entre varios libreros de la costa atlántica”. Tarcus alcanzó a comprar algunos ejemplares para el CeDInCI, que además de estos está compuesto por colecciones de José Ingenieros, Córdova Iturburu, José Sazbón, Samuel Glusberg y Raúl Larra, entre otros.
“La preservación de bibliotecas importantes debe ser ejercida tanto desde la esfera de las políticas culturales como desde las que preservan archivos como fuente historiográfica”, entiende la ensayista Beatriz Sarlo y da como ejemplo a la Biblioteca del Maestro, donde se encuentran aquellos volúmenes que pertenecían a Leopoldo Lugones: “Muchos de sus libros tienen anotaciones de puño y letra, y ese catálogo nos permite ver qué obras Lugones leía en traducciones y cuáles en su original, un dato decisivo para la investigación”, dice Sarlo.
Visibles o invisibles
En el año 2007, cuando muere el intelectual mexicano José Luis Martínez, comienza en México la tradición por parte del Estado de resguardar y preservar grandes bibliotecas personales de notables hombres de letras del país. La primera colección adquirida fue la de Martínez y luego se sumaron las del último rector de la UNAM antes de la autonomía universitaria, Antonio Castro Leal, la del editor y director del Fondo de Cultura Económica, Jaime García Terrés, la del poeta Alí Chumacero y la del brillante escritor y ensayista Carlos Monsiváis. En su conjunto, forman la memoria bibliográfica y hemerográfica de las letras mexicanas y españolas del siglo XX. Esos espacios, reconstruidos como eran originalmente y convertidos en salas de estudio e investigación, se encuentran en lo que se conoce como La Ciudadela, un edificio construido entre 1793 y 1807 para albergar la Real Fábrica de Tabacos, que tras sucesivas remodelaciones ha pasado de ser fábrica de armas, prisión militar, hospital y cuartel, para convertirse, desde 1946 y por iniciativa de José Vasconcelos, en sede de la Biblioteca de México. Recorrer esas salas es sumergirse en las derivas y fascinaciones de un lector y esa es, precisamente, la experiencia de enfrentarse a cualquier biblioteca.

En la Argentina, algunos que formaron su propia colección (o sus descendientes) deciden a favor de una institución pública. Aunque este destino suele ser resistido, entiende Tarcus, porque allí “no hay garantías de transparencia, ni de pronta catalogación y puesta a la consulta; normalmente, una vez en la biblioteca a la que se han incorporado, pierden su identidad y unidad dentro de un patrimonio mayor”. Tarcus empatiza con los donantes: “Sienten que entregaron un tesoro y no recibieron a cambio ninguna garantía de nada”.
En las precarias condiciones edilicias con las que cuentan algunas instituciones públicas, ciertamente es difícil ofrecer una sala nueva a cada nueva biblioteca particular que se lega, como ocurre en México, aunque esas sean, tan sólo, cinco bibliotecas, pero sí puede ofrecerse a los donantes sellar todos y cada uno de los libros con el nombre de su antiguo propietario y preservar en la catalogación la información de la procedencia. Eso permitiría recuperar la información sobre la totalidad de los libros que formaron una biblioteca particular, lo que puede parecer superfluo para quien busca un libro singular, pero es muy útil para el investigador. Y, desde luego, una garantía para la familia, una forma de transparentar las relaciones entre la institución receptora y los donantes.
Hasta junio de 2016 son 72 los fondos que integran el archivo de la Biblioteca Nacional, de los cuales 56 son personales. No todos están disponibles para consulta. Entre ellos, se encuentran la colección de Alejandra Pizarnik, Antonio Di Benedetto y los fondos de César Tiempo, Bernardo Canal Feijoó, Francisco Soto y Calvo, Rodolfo Puiggrós y David Viñas, entre otros. Aunque se intentó, la fabulosa biblioteca de Bioy Casares (que en vida del escritor ocupaba varios ambientes del departamento de la calle Posadas y que comprende también la de Silvina Ocampo en su totalidad y una par de la del propio Borges) nunca pudo ser adquirida por la Biblioteca Nacional. Según la última noticia, aún permanece en 400 cajas en el subsuelo de un depósito del Banco Central. Son otras las cajas que hoy descansan en la Sala del Tesoro de esta institución. Pero esas 22, que contienen 312 valiosos libros raros y antiguos, no pertenecen a un novelista sino al empresario Lázaro Báez, procesado por lavado de dinero. La Biblioteca se ha convertido en “custodia” de esas ediciones que van del siglo XVI hasta una colección interesante de cartas peronistas. Si Bioy todavía escribiera su diario, el caso sería tema de ironías en la implacable dupla que hacía con Borges.
No todas las historias son tristes. La colección de Juan José Hernández y José Bianco, comprendida por 2795 libros, se encuentra disponible en la Universidad Torcuato Di Tella. Un acervo que incluye desde la obra de Cesare Calino, miembro de la Compañía de Jesús, publicada en 1739, el Primer diccionario general etimológico de la lengua española de Roque Barcia publicado en Madrid entre 1881 y 1883 y hasta ejemplares dedicados que pueden trazar el mapa de las amistades culturales de ambos escritores. La biblioteca del crítico Jaime Rest, que compartió junto a Borges la cátedra de Literatura Inglesa y Norteamericana en la UBA, puede consultarse en la Universidad de San Andrés. Está compuesta por cuarenta cajas, donde se encuentran desde cartas hasta libros dedicados por Alejandra Pizarnik, Angel Rama, Bioy Casares y su mujer, Virginia Erhart.
La fotógrafa Sara Facio tiene el proyecto de crear la Fundación María Elena Walsh, donde se reúna tanto la biblioteca de la popular narradora y poeta argentina, abocada a la poesía en español, francés e inglés, como la suya dedicada íntegramente a la fotografía y las artes visuales. La relevancia de sus dueños hizo que estas bibliotecas tengan una trascendencia. Otras todavía permanecen invisibles en el interior de los departamentos. En el ecosistema del libro, los libreros de anticuario se mantienen agazapados y expectantes ante la fortuna posible que los espera.
Javier Moscarola recuerda el día en que una mujer irrumpió en su exquisita librería La Teatral y le dijo que tenía muchos libros para vender. Moscarola sabe –porque suele ocurrirle– que para ciertas personas “muchos” son tan sólo doscientos libros pero otra cosa sería que el volumen de ejemplares ocupara toda su librería. La mujer recorrió con la mirada los estantes, los libros apilados en el suelo, calculó, volvió a mirarlo y dijo: “Ojalá fuera sólo esto”. Moscarola la invitó a sentarse y le pidió que le contara. Era una de los cuatro hijos de Amaro Fernández, dueño de la Compañía General Fabril Editora. “Existe el mito del intelectual que fallece y los hijos no se interesan por su legado y rematan todo –explica Moscarola–, pero no siempre es así: los hijos también son lectores, ya tienen su biblioteca, y de pronto se encuentran con el problema de asimilar la biblioteca del padre o del abuelo. Todos tenemos mil ejemplares pero imaginate que, de un día a otro, tengas que sumar ocho mil ejemplares más. Es imposible. Es una cuestión mucho más lógica de lo que pueda parecer”.
El día en que Moscarola llegó a esa casa conoció el paraíso: eran ocho o diez ambientes frente al Palacio Estrugamou. Moscarola empezó a recorrer esos estantes: libros dedicados a la familia, libros que Fernández había editado en las ediciones originales, las pruebas de tapa, los libros de tipografía que conseguía en Londres para que después desembocara en el trabajo de Fabril. “Era la historia viva de una empresa, la historia intelectual de una persona absolutamente desconocida”. A medida que los hijos se independizaban, Fernández y su mujer, traductora y discípula de Angel Battistessa, ocupaban el vacío con libros. Un ambiente entero estaba dedicado a Shakespeare. No sólo tenían libros en lengua original sino también ejemplares antiguos (como una famosa edición del siglo XVIII ilustrada por Füssli y Blake) y una sección dedicada a crítica shakespeareana con libros que estudiaban tanto la presencia de pájaros como el uso de la coma en la obra del Bardo. Había pequeños tesoros en esos estantes. Los cinco tomos del Diccionario de Autoridades, que entre 1726 y 1739 publica la Real Academia Española, en edición original y en estado impecable. Otros tantos de los poetas John Keats y Mallarmé y sobre sus obras, que Moscarola compró y catalogó para fascinación de expertos.
Entre el menudeo y las joyas
“Vender la biblioteca de un muerto tiene algo de inmoral”, sentencia Salvador Gargiulo, de la exótica librería conocida como Club Burton. “Vender la biblioteca de alguien al margen de la situación tiene, en cambio, algo delictivo, vergonzante”, concluye. A las buenas bibliotecas, explica Gargiulo, un verdadero experto en ediciones antiguas, papeles y grabados, el dueño o sus herederos les ponen un precio. Eso se llama “a paquete cerrado”. La biblioteca del geógrafo Federico Daus, por ejemplo, fue vendida de ese modo y halló inmediatamente comprador. Los libreros suelen rehuir estos convites, confiesa Gargiulo, porque en las casas de remate tienen que pujar codo a codo con grandes coleccionistas y suelen salir perdiendo. Otras bibliotecas van a remate a casas importantes como Naón, Saráchaga o Roldán y, si son extraordinarias (es decir aquellas que contienen libros antiguos), se subastan directamente en Christie’s o Sotheby’s. En 2010 salió a subasta en la Casa Saráchaga, de la calle Juncal, la colección de Bonifacio del Carril, un editor emblemático. En la selección había piezas únicas, lotes deliciosos, como el volumen de Charles Darwin sobre sus impresiones de la zoología en el canal de Beagle, que reúne las observaciones del viajero que acompañó la gira exploratoria del capitán Fitz Roy. El precio que salía a la venta fue de 50 mil dólares. Libros ilustrados, volúmenes encuadernados en finas texturas, algunos del siglo XVI, formaban parte de esta biblioteca que incluía las obras completas de Anatole France impresas en papel de Holanda, ofrecidas con una base de 250 dólares, y una edición del Quijote de la Real Academia Española a seis mil dólares para empezar a hablar. Imposible no admirar ese ejemplar de la Relación de comentarios , de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, impreso en Valladolid en el año 1500. Un rarísimo ejemplar de este libro, considerado el primer relato impreso de un viaje por suelo americano, tuvo una base de 40 mil dólares.

Es conocida la historia del barón Jérome-Frédéric Pichon, uno de los grandes coleccionistas del siglo XIX, cuya pasión bibliófila llegó al punto de organizar una subasta para vender sus libros pero una vez terminada no soportó el peso de la ausencia y dedicó los últimos diecisiete años de vida a recuperarlos. Aunque pueda parecer contradictorio, no fue el caso de Borges. Según Félix della Paolera, su amigo no poseía más de mil quinientos libros. Estaban distribuidos entre las estanterías del departamento de la calle Maipú y las dos bibliotecas “Thompson” que conservaba en su dormitorio junto a la cama: allí estaban los 16 tomos de la traducción de Richard Burton de Las mil y una noches , lasSagas en la edición de William Morris, la Naturalis Historiae de Plinio, La Divina Comedia y algunos libros de Schopenhauer. De esos libros Borges no se desprendió jamás. No así con otros. Aquellos que estaban en el living se los prestaba sin problema a sus amigos. Periódicamente, además, expurgaba varios que no le gustaban. En El señor Borges , Fanny Uveda Robledo, que durante más de 30 años trabajó en la casa de Borges, recordó las veces que el escritor pedía que le hiciera un paquete con algunos libros para irse a la librería La Ciudad y dejarlo en cualquier hueco que encontrara. “En otra ocasión salió con otro paquete para la Biblioteca Nacional y paró a tomar algo en un café al paso que estaba en Tucumán y Florida y dejó los libros olvidados, como al descuido, debajo de la silla. Era el método para deshacerse de ellos”. Como señalan Laura Rosato y Germán Álvarez en el estudio preliminar a Borges, libros y lecturas , esta actitud desprendida del escritor, carente de todo fetichismo por el libro en tanto objeto, fue determinante para la donación que hizo a la Biblioteca Nacional antes de abandonar su cargo como director, en 1973.
En junio pasado, esta institución anunció que había adquirido, a través de Mercado Libre y por 25 mil pesos, un ejemplar de Amérika de Kafka con las marcas de lectura que había hecho Borges. Cómo leía el mayor escritor de la Argentina es una de las obsesiones de los especialistas. Todo bibliófilo es un flâneur de librerías de usados y ahora también un explorador ansioso del ciberespacio, donde plataformas como Mercado Libre o Abebooks (o su versión en español: Iberlibro) acercan en una simple búsqueda libros que parecían inhallables. El escritor Luis Chitarroni, uno de esos exploradores de tesoros que aún revuelve mesas y anaqueles polvorientos, confiesa que compró a un precio baratísimo libros muy valiosos que habían quedado flotando por ahí y que habían pertenecido a las bibliotecas de Susana Thénon, para él una de las mejores poetas argentinas, y de ese otro gran poeta que fue Basilio Uribe. Ambos hallazgos los hizo en un lugar como La Teatral.
Ahora, puertas adentro de esa librería, Javier Moscarola trabaja en otro descubrimiento. Hace unos meses Miguel de Torre, hijo menor de Norah Borges y de Guillermo de Torre, separó unos libros de la biblioteca familiar para vender. Había libros firmados por Azorín, Valle-Inclán, Ramón Gómez de la Serna. También otros firmados por el dueño original de los libros. La extraña rúbrica que Moscarola al fin consiguió descifrar pertenecía a Fanny Haslam. La abuela inglesa de Norah, y por supuesto también de Borges. A veces los libros son sorpresas que aparecen de manera imprevista. Saber que un libro está firmado por la abuela de un escritor no deja de ser una efeméride. Un dato de color. Pero cuando se sabe lo que significó esa abuela inglesa para Borges, las lecturas que hizo gracias a ella y cómo se fueron derramando en sus ensayos, cuentos y poemas, entonces esa marca se convierte en algo revelador y el libro cobra una identidad totalmente diferente. “La clave del librero –entiende Moscarola– es acercar ese libro a una institución o una persona que pueda entender su valor simbólico y no tachar la firma. El descubrimiento del objeto y la puesta en valor. Esa es la clave”.