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Cincuentaños de soledad multitudinaria

Cincuentaños de soledad multitudinaria
Le tenía cierta prevención al libro, porque guardaba el aura innegable de ser un best seller  y asumí leerla en el orden de las publicaciones que hasta entonces había publicado el autor

Primer capítulo de 'Cien años de soledad' publicado en 'El Espectador', de Bogotá.


Mi memoria conserva una nebulosa de recuerdos cuando fui voceador de periódicos y revistas y tengo muy vivo el momento, que en el paquete de ejemplares de El Espectador, en el suplemento literario,  Magazine Dominical, apareció Cien años de soledad. Yo tenía nueve años y la publicación fue el primero de mayo de 1966.Pero pasó inadvertida para mi infantil gusto de lector. Me gustaba más leer las aventuras de Santo, El enmascarado de plata, en las ediciones gráficas e ilustradas de  lo que hoy es boom mundial de la llamada novela gráfica.
En el año de 1973, mi hermana me entregó para leer el cuento La prodigiosa tarde de Baltazar. Como ya sabía, que tarde o temprano asumiría la escritura, me dediqué a leer a ese escritor nombradísimo que cada vez  más figuraba en los suplementos literarios y su mención notoria y notable permanentemente de su novela célebre Cien años de soledad. Le tenía cierta prevención al libro, porque guardaba el aura innegable de ser un best seller  y asumí  leerla en el orden de las publicaciones que hasta entonces había publicado el autor.
Me llegó la hora de leer la novela, porque ya había agotado leyendo toda su obra y era la única que me faltaba. La leí en quince días,fascinado en unas vacaciones escolares en el año de 1975, que también fue el año de la publicación de El otoño del patriarca
Es inolvidable cómo fue que escogí comprar en una librería de  libros usados de Quito. Pregunté: Tiene Cien años de soledad  y el librero al oír mi acento colombiano, me dijo: "De su paisano García Márquez". Pagué sesenta sucres de la época, en ese regateo infaltable de todo lector consumado.Me entregó un ejemplar de la mítica edición de soles y cabezas con la letra e invertida. Al lado había una cafetería y entré y pedí unas humitas, envueltos de maíz, muy suaves al paladar y con café negro. Y me hundí en la lectura embrujadora de la saga de los Buendía. A las diez de la noche el mismo mesero que me atendió me dijo que  ya cerraban. Pagué y salí ya embrujado de la prosa garciamarquiana.
Me confundían los José Arcadios y los Aurelianos.A los seis meses justos volví a releerla.Desde entonces , desde esa tarde y noche remota, la he leído cuarenta veces. Me volví un entusiasta gabófilo y ahora soy un gabólogo consumado, en este sencillo homenaje a los Cincuenta años de soledad multitudinaria. de su publicación en Buenos Aires.

Los siete capítulos olvidados de ‘Cien años de soledad’

Cincuentaños de soledad multitudinaria


García Márquez publicó episodios sueltos para sondear al público antes de terminar la novela
García Márquez, en octubre de 1965 cuando escribía 'Cien años de soledad'. 

Meses antes de terminar Cien años de soledad, Gabriel García Márquez arrastraba serias dudas sobre la calidad de una novela que acabaría convertida en un clásico de la literatura. “Cuando leí lo que llevaba escrito”, confesó por carta a un amigo, “tuve la desmoralizante impresión de estar metido en una aventura que lo mismo podía ser afortunada que catastrófica”. Algo poco conocido es que García Márquez publicó siete capítulos de Cien años de soledadpara aplacar esas dudas. Y lo hizo cuando aún no había acabado la novela (la concluyó en agosto de 1966) ni había firmado el contrato con la Editorial Sudamericana, que rubricó el 10 de septiembre del mismo año. La novela salió el 30 de mayo de 1967. El próximo martes se cumplirán 50 años.
Los siete capítulos se publicaron en periódicos y revistas que circulaban en más de 20 países. Representan más de un tercio de la novela, que en total tiene 20 capítulos. Ni siquiera hay copias de los mismos en el archivo personal de García Márquez en el Harry Ransom Center en Texas, que guarda su legado. Para encontrar su rastro hay que recorrer bibliotecas en Francia, Estados Unidos, Colombia y España.

Los capítulos cayeron en el olvido porque se creía que eran idénticos a los publicados en la primera edición de 1967 de la novela. Pero la comparación de las versiones descubre una realidad diferente. Desde la primera página hay cambios en el lenguaje, la estructura, la ambientación y la descripción de los personajes. De ahí que estos capítulos olvidados sean de un gran valor literario para entender cómo fue escrita la novela. García Márquez afirmó haber quemado las notas y los manuscritos preparatorios tras recibir la primera copia del libro.

Hasta 42 cambios

El primer capítulo salió el 1 de mayo de 1966 en El Espectador de Bogotá, cuando aún le quedaban tres meses para finalizar la obra. Entre esa versión y la edición final de 1967 hay hasta 42 cambios significativos que aparecen desde la primera página. Las casas de Macondo, por ejemplo, no eran “de barro y cañabrava” como en la edición final, sino simplemente de “adobe”. El escritor buscaba un lenguaje más preciso.
También hay modificaciones importantes en la estructura general de la novela. Por ejemplo, en la edición de 1967, la acción destructora de las termitas que anuncia el declive de la casa de la familia Buendía se describe hacia el final de la novela. Pero en la versión de El Espectador, “el comején socavaba los cimientos de la casa” desde el primer capítulo. Referencias tan iniciales a las termitas restaban dramatismo a la futura decadencia de la casa.
En la edición definitiva, Macondo es un pueblo aislado de la civilización, cuyo emplazamiento exacto se desconoce. Por el contrario, en el capítulo de ElEspectador, Macondo se localiza con facilidad, pues limitaba “al occidente con los médanos del río de La Magdalena” de Colombia. García Márquez suprimió este y otros detalles sobre la ubicación concreta de la población para crear en el lector la impresión de que podía ser un pueblo típico de cualquier país latinoamericano.

El llanto de Aureliano

Otro cambio sorprendente tiene que ver con el nacimiento del coronel Aureliano Buendía. En la edición final, el coronel “había llorado en el vientre de su madre y nació con los ojos abiertos”, mientras que en el capítulo de El Espectador, el héroe recibía un trato poco heroico y hasta prosaico: la comadrona le daba “tres nalgadas enérgicas” para hacerle llorar.
El siguiente capítulo que García Márquez probó con los lectores salió en la revista Mundo nuevo en agosto de 1966. Publicada en París, esa revista se convirtió en el principal escaparate de la literatura del boom latinoamericano. Sus 6.000 ejemplares mensuales se vendían en 22 países, incluidos Estados Unidos, Holanda, España, Portugal y casi toda América Latina. En este capítulo localicé hasta 51 diferencias con respecto a la edición final. Por ejemplo, José Arcadio, cuya madre Úrsula temía que naciese con una cola de cerdo, vino al mundo como “un hijo saludable”, mientras que en la edición final, el autor aumentó el dramatismo al escribir: “Dio a luz un hijo con todas sus partes humanas”.


Primer capítulo de 'Cien años de soledad' publicado en 'El Espectador', de Bogotá.
Primer capítulo de 'Cien años de soledad' publicado en 'El Espectador', de Bogotá.


La alquimia, tan importante en los capítulos iniciales, se mencionaba en el del Mundo nuevo con el término experto “la Opera Magna”. El escritor simplificó la lectura y optó solo por alquimia.
Tras la publicación del segundo capítulo, pasaron cinco meses hasta la salida del siguiente. García Márquez debió emplear ese tiempo para revisar la novela, porque el nuevo capítulo era el más arriesgado: el ascenso al cielo de Remedios la bella. El escritor eligió para su divulgación Amaru, una revista peruana dedicada a la literatura de vanguardia internacional. Sus lectores eran exigentes escritores y críticos literarios. García Márquez no solo comprobó la solidez literaria de ese capítulo con ellos, sino que también se lo leyó en voz alta a su círculo de amistades en su casa de la Ciudad de México. “Convoqué aquí a la gente más exigente, experta y franca”, escribió en una carta dirigida a su amigo Mendoza en el verano de 1966. “El resultado fue formidable, sobre todo porque el capítulo leído era el más peligroso: la subida al cielo, en cuerpo y alma, de Remedios Buendía”.
En la revista literaria colombiana Eco apareció otro capítulo “peligroso”: la muerte de Úrsula tras vivir entre 115 y 122 años. Entre los cambios más reseñables destaca la eliminación de una frase, ausente en la edición de 1967, de Fernanda del Carpio tras la marcha de Amaranta Úrsula a Europa: “Dios mío —murmuraba Fernanda—, se me olvidó decirle que mirara a todos los lados antes de atravesar la calle”.
En marzo de 1967, salió en la revista Mundo nuevo el capítulo de la peste del insomnio que azotó a Macondo. Como García Márquez explicó en varias entrevistas, su intención era que el lenguaje de Cien años de soledad fuese más anticuado en la primera parte (por ejemplo, usó el arcaico “instrumentos músicos” en vez del moderno “instrumentos musicales” o “grande alboroto” en vez de “gran alboroto”). Y luego, afirmaba el escritor, el lenguaje se iría modernizando hacia el final de la novela.

Último cartucho

García Márquez disparó su último cartucho en abril de 1967, cuando la revista mexicana Diálogos imprimió el capítulo de la lluvia que cayó sobre Macondo durante cuatro años. Entre los cambios importantes figura uno que revela cómo el autor no solo suprimía frases o cambiaba palabras, sino también su técnica para añadir nuevos contenidos. Cuando Fernanda del Carpio termina de abroncar a su marido Aureliano Segundo después de un monólogo que ocupa varias páginas, en la versión de Diálogos ella concluye que su marido estaba “acostumbrado a vivir de las mujeres”. Pero en la edición de 1967, Fernanda culmina su bronca monumental con una frase pletórica, cargada de fuerza mitológica y religiosa. Afirmó que su marido estaba “acostumbrado a vivir de las mujeres, y convencido de que se había casado con la esposa de Jonás, que se quedó tan tranquila con el cuento de la ballena”.
Por último, la semana previa al lanzamiento de la novela, el magacín argentino Primera Plana publicó un fragmento del capítulo sobre las 32 guerras del coronel Aureliano Buendía. Primera Plana estaba diseñada para el gran público, y sus 60.000 ejemplares semanales circulaban dentro y fuera de Argentina. Aunque ya no tenía tiempo de añadir cambios, García Márquez envió un capítulo que debía cautivar al público de un continente que seguía marcado por las guerrillas insurgentes contra el poder, como la guerrilla del propio coronel Aureliano Buendía.
Como revela la correspondencia de García Márquez, al publicar los capítulos más novedosos y “peligrosos”, el escritor tomó buena nota de las sugerencias hechas por sus amistades y lectores. La historia detrás de estos capítulos olvidados de Cien años de soledad descubre el arduo trabajo de edición que García Márquez desplegó, en especial para aplacar esa “desmoralizante impresión” que tuvo al leer lo que llevaba escrito de una novela que a partir del 30 de mayo de 1967 había de cambiar el rumbo de la literatura.
Álvaro Santana-Acuña es investigador y profesor asistente de Whitman College


UNA ESTRATEGIA SIMILAR A LA DICKENS O PÉREZ GALDÓS


Gabriel García Márquez puso toda la carne en el asador al difundir los siete capítulos. Salvo el final de la novela (por razones obvias), decidió publicar los que para él eran los más innovadores y arriesgados, como los que narran el comienzo de la historia, el ascenso al cielo de Remedios la bella, la peste del insomnio y la lluvia en Macondo que duró cuatro años, entre otros. El objetivo del autor estaba sondear la reacción de los lectores y así realizar cambios si fueran necesarios.
Esta estrategia literaria era parecida a la usada por escritores como Charles Dickens y Benito Pérez Galdós, que publicaron varias novelas por entregas y modificaban el argumento dependiendo de la reacción de sus lectores. En la correspondencia de García Márquez queda constancia de ello. “Me ha dado mucha alegría lo que me dices del capítulo de Cien años de soledad. Por eso lo publiqué", le respondió a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza, quien leyó el primer capítulo en El Espectador de Bogotá.


'Cien años de soledad' en 49 idiomas diferentes

La novela y la procreación

Cincuentaños de soledad multitudinaria
Milan Kundera destaca que Cien años de soledad abre un espacio nuevo a la forma de narrar
Gabriel García Márquez por esa época de la publicación y el impacto mundial de Cien años de soledad, en Buenos Aires./Sara Facio.


Mientras releía Cien años de soledad, se me ocurrió una extraña idea: los protagonistas de las grandes novelas no tienen hijos. Apenas un uno por ciento de la población no tiene hijos, pero al menos un cincuenta por ciento de los grandes personajes  novelescos salen  de la novela sin haberse reproducido. Ni Pantagruel, ni Panurgo, ni Don Quijote tuvieron descendencia. Ni Valmont, ni la marquesa de Merteuil, ni la virtuosa Presidenta de Las amistades peligrosas.Ni Tom Jones, el más célebre personaje de Fielding. Ni Werther. Todos los protagonistas de Stendhal carecen de hijos; al igual que muchos de los de Balzac; y de Dostoiesvski; y en el siglo que acaba de terminar, Marcel, el narrador de En busca del tiempo perdido, y, por supuesto, todos los grandes personajes de Musil, Ulrich, su hermana Agata, Walter, su mujer Clarisa y Diotima; y Svejk; y los protagonistas de Kafka, con la excepción del joven Karl Rossman, que le hizo un hijo a la sirvienta, aunque precisamente por eso, para borrar el niño de su vida, huye a América y puede nacer la novela. Esta infertilidad no se debe a una intención consciente de los novelistas; a la procreación le repugna el espíritu del arte de la novela(o el subconsciente de este arte).
La novela nació en los Tiempos modernos, que hicieron del hombre, por citar a Heidegger, el “único verdadero subjetum”, el “fundamento de todo”. En gran parte es gracias a la novela por lo que se instala el hombre, como individuo,  en el escenario europeo. Lejos de la novela, en nuestravida real, poco sabemos de nuestros padres tal como eran antes  de que naciéramos; apenas conocemos fragmentariamente a nuestros parientes cercanos; les vemos llegar y partir; en cuento desaparecen son reemplazados por otros: conforman un largo desfile de seres reemplazables. Sólo la novela aísla a un individuo, ilumina toda su biografía, sus ideas, sus sentimientos, lo vuelve irremplazable: lo convirte en el centro de todo.
Don Quijote muere y termina la novela, este final sólo es tan perfectamente definitivo porque no tiene hijos; con hijos, su vida se prolongaría, sería imitada o cuestionada, defendida  o traicionada; la muerte de un padre  deja la puerta abierta; por otra parte, es lo que oímos desde nuestro nacimiento: tu vida continuará en tus hijos; tus hijos son tu inmortalidad. Pero si historia puede seguir más allá de mi propia vida, quiere decir que mi vida no es una entidad independiente; quiere decir que  está inacabada; quiere decir  que algo hay muy concreto y terrenal en lo que el individuo se funde, consiente en fundirse, consiente en ser olvidado: familia, descendencia, tribu, nación. Quiere decir que el individuo, como “fundamento de todo”, es una ilusión, una apuesta, el sueño de algunos siglos europeos.

Con Cien añosde soledad, el arte de la novela parece salir de ese sueño; el centro de atención ya no es un individuo sino un desfile de individuos; son todos  originales, inimitables, y no obstante cada uno de ellos no es más que la luz fugaz  de un rayo de sol en las aguas de un río; cada uno de ellos lleva  en sí su olvido futuro, y todos y cada uno son conscientes de ello; ninguno permanece en la escena de la novela de principio a fin; la madre de toda esta tribu, la vieja Úrsula, tiene ciento veinte años cuando muere, y eso ocurre mucho antes de que la novela termine; y todos llevan nombres parecidos, José Arcadio Buendía, José Arcadio,  Aureliano Buendía, José Arcadio Segundo, Aureliano Segundo, con el fin de ir borrando las pinceladas que los distinguen y de que el lector acabe confundiéndolos. Al parecer, el tiempo del individualismo europeo ha dejado de ser su tiempo. Pero ¿cuál es, pues,  su tiempo? ¿Un tiempo que se remonta al pasado indio de América? ¿O un tiempo futuro en el que el individuo humano se fundirá en el hormiguero humano? Tengo la impresión de que esta novela, que es una apoteosis del arte de la novela, es a la vez un adiós dirigido a la era de la novela. Tomado de Un Encuentro, Milan Kundera. Barcelona : Tusquets Editores, 2009.Traducción del francés de Beatriz de Moura.
‘Cien años de soledad’ se oyó en voz alta en España

50 años padeciendo a Gabo

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Celebramos el medio siglo de Cien años de soledad con una especie de admiración cansada
Gabriel García Márquez y algunos de sus libros más célebres./elespectador.com

Los libros de Gabo siguen tersos como en la primera mañana de la creación, sin duda, pero de él ya sabemos mucho, demasiado. Sabemos más que Luisa Santiaga Márquez, Mercedes Barcha y Fernando Jaramillo juntos (Jaramillo es el autor de Memorabilia, el único blog que el escritor consultaba).

Es tanto lo que sabemos de él por sus obras y por sus desvelados notarios (Saldívar, Plinio, Martin, Ayén) que ya nadie nos puede sorprender. Nos encantaría tener noticias frescas de ese fabulista antiguo que usaba técnicas narrativas modernas, pero todo lo que nos llega son pétalos resobados. Amarillos, claro.

Admiramos incluso sus bobadas, su fobia por los adverbios terminados en mente, por ejemplo, como si otras desinencias (aco, itis, ismo) fueran bellísimas. Su manía de cazar los versos alejandrinos que se le colaban, y destriparlos con tachones rencorosos. Sus mariposas. Sus agüeros y sus filias, pruebas palpables del desvarío que el genio debe padecer. Y exhibir. Su avaricia, de la que tenemos el testimonio de un juguete caro del escritor, Alba Lucía Ruiz, nuestra primera top model. Su arribismo estratosférico, esa manera suya de ahondarse en cóncavas zalemas ante los símbolos del poder, ante reyes obscenos, emisarios del imperio y asesinos de alto rango, es decir, en lengua vallejiana, “esa impudicia para lamer culos sin el más mínimo recato”.

Es tanto el sahumerio incinerado en los altares de la gabolatría, que uno agradece la irrupción de alguna voz herética, como la de Vallejo o la de Octavio Paz. “La prosa de García Márquez es un compromiso académico entre la fantasía y el periodismo. Poesía aguada. Continúa una doble corriente latinoamericana: la épica rural y la novela fantástica. No carece de habilidad, pero es un divulgador o, como llamaba Pound a este tipo de fabricantes, un diluter”.

O como Pasolini. “Es la novela de un guionista o de un costumbrista, escrita con gran vitalidad y con derroche del tradicional manierismo latinoamericano, casi para el uso de una gran empresa cinematográfica norteamericana. Los personajes son todos mecanismos inventados —a veces con espléndida maestría— por un guionista de Hollywood: tienen todos los tics demagógicos destinados al éxito espectacular”.

Temo que Pier Paolo tenía razón. Si exceptuamos a Amaranta, que evoluciona de una manera compleja y natural a lo largo del libro, los personajes de Gabo tienden a ser caricaturales. Sin embargo, el concepto del italiano es sacrílego. Quizá fue por esto, no por ser un cacorro-católico-marxista, que fue brutalmente asesinado en una playa de Ostia por tres mozalbetes putos.

En una entrevista realizada en 1994, Antonio Caballero le pegó una “peinada” tremenda. Le dijo que “Del amor y otros demonios” estaba plagada de horribles laísmos, de guacamayas suicidas y caballos inmortales, que le sobraba un personaje, el segundo exorcista, y que le faltaba otro, Dominga de Adviento. En vez de rajar la calva de Antonio con la pesada medalla Nobel, Gabo lo miró consternado. Tienes razón, dijo con voz triste, no volveré a escribir en computador.

Me gustaría agregar alguna blasfemia de mi propia cosecha, pero no puedo. Soy un devoto incondicional de ese señor que nos conocía perfectamente a todos, como si fuéramos salamandras traslúcidas. Le agradezco muchas cosas, todas esas potencias verbales que los críticos han subrayado, claro, pero sobre todo aprecio una lección suya: me recordó que la vida no está en otra parte ni en otro siglo, que también la casa es un espacio poético, y que el cilantro no es inferior a la rosa.

La cubana que ha leído 'Cien años de soledad' 510 veces

Las leyendas de 'Cien años de soledad', de García Márquez

Cincuentaños de soledad multitudinaria
Conozca cuáles son los secretos y mitos detrás de la historia que logró que el escritor colombiano se hiciera merecedor de un Nobel de Literatura
Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura, 1982./bbcmundo.com

Todos los amantes de la obra de Gabriel García Márquez deben conocer la anécdota:

En septiembre de 1966, después de trabajar 18 meses como un galeote en ‘Cien Años de Soledad‘, Gabriel Márquez fue a la oficina de correo más cercana de su casa en Ciudad de México para enviar a Buenos Aires el voluminoso manuscrito de casi 500 páginas.


Una vez allí, él y su esposa Mercedes descubrieron que sólo tenían dinero suficiente para enviar la mitad. Recontaron los billetes y las monedas, volvieron a pesar las hojas. Pagaron. Y sólo se fue la mitad.

Regresaron a su casa, empeñaron los únicos electrodomésticos que les quedaban -el secador, el calentador y la batidora- y volvieron para enviar el resto.

Al salir de nuevo -según recordaría múltiples veces Gabo- Mercedes descargaría en una frase todo el peso que llevaba 18 meses acumulándose en su corazón:

-Lo único que falta ahora es que la novela sea mala.

Mito y realidad

Como muchas otras escenas en su vida, es posible que Gabriel García Márquez haya fabulado la realidad para hacerla más atractiva.

-"la vida no es como uno la vivió, sino como uno la recuerda y cómo la recuerda para contarla", dijo famosamente en el epígrafe de sus memorias.

Y no sería la única vez que sucedió con ‘Cien años de soledad‘. De hecho, García Márquez se cuidó de que el origen mismo de la novela se hundiera en la bruma del mito.

En el artículo ‘La novela detrás de la novela‘, publicado en la desaparecida revista colombiana Cambio en 2002, relató así el origen de la obra:

"De pronto, a principios de de 1965, iba con Mercedes y mis dos hijos para un fin de semana en Acapulco, cuando me sentí fulminado por un cataclismo del alma tan intenso y desgarrador que apena si logré eludir una vaca que se atravesó en la carretera. Rodrigo dio un grito de felicidad:

-Yo también cuando sea grande voy a matar vacas en la carretera.

No tuve un minuto de sosiego en la playa. El martes, cuando regresamos a México, me senté a la máquina para escribir una frase inicial que no podía soportar dentro de mí: ‘Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo‘. Desde entonces no me interrumpí un sólo día, en una especie de sueño demoledor, hasta la línea final en que a Macondo se lo lleva el carajo".

Exactamente 20 años antes, en ‘El olor de la guayaba‘, libro de conversaciones con su amigo Plinio Apuleyo Mendoza publicado en 1982, Gabo había dado una versión aún más fabulosa de lo ocurrido.

"(...) Un día, yendo para Acapulco con Mercedes y los niños, tuve la revelación: debía contar la historia como mi abuela me contaba las suyas, partiendo de aquella tarde en que el niño es llevado por su padre para conocer el hielo.

-Una historia lineal 

-Una historia lineal donde con toda inocencia lo extraordinario entrara en lo cotidiano


-¿Es cierto que diste media vuelta en la carretera y te pusiste a escribirla?

Es cierto, nunca llegué a Acapulco".

La famosa portada

En su biografía de Gabo ("Gabriel García Márquez, una vida") el británico Gerald Martin le da, por supuesto, más credibilidad a la versión de que la familia siguió su viaje a Acapulco, donde el escritor tomó extensas notas sobre el tema. Sin embargo añade: "Sea cual sea la verdad, desde luego ocurrió algo misterioso, por no decir mágico".

Y es que, 50 años después -la novela fue publicada en mayo de 1967- la historia de cómo se escribió y publicó ‘Cien años de soledad‘ parece rodeada de un halo mágico.

Desde el nombre del cuarto en el que la escribió (la "cueva de la mafia" en el número 19 de la calle de La Loma en el barrio San Ángel de Ciudad de México), hasta la portada que tuvieron que improvisar para la primera edición -con un galeón azul contra un bosque espectral y unos lirios amarillos- porque la diseñada por Vicente Rojo (con la famosa E al revés en el título) no alcanzó a llegar a tiempo. Se utilizó para la segunda edición.

Desde la versión (al parecer falsa) de que el gran editor español Carlos Barral rechazó el manuscrito de la novela, hasta la historia (cierta y confirmada a mi por el propio Vicente Rojo) del librero ecuatoriano que se dedicó a corregir la E al revés en cada uno de los ejemplares que vendió, pues creyó que se trataba de un error tipográfico. O cómo Mercedes Barcha se encargó de resolver todos los problemas económicos del día a día durante los 18 meses que le tomó a Gabo escribir la obra.

Y unida indisolublemente a esa leyenda está la ciudad de Buenos Aires, donde la editorial Sudamericana publicó por primera vez la novela.

En su libro "Tras las claves de Melquíades", Eligio García Márquez (hermano menor del escritor), dice que sólo en la primera semana de publicada se vendieron 1.800 ejemplares de la novela. La cifra se triplicaría a la semana siguiente. Los 8.000 ejemplares de esa primera edición (una cifra enorme para le época) se agotaron en tres semanas.

Después de Buenos Aires nada volvió a ser lo mismo para Gabriel García Márquez.

El escritor argentino Tomás Eloy Martínez era entonces el jefe de redacción de la revista Primera Plana. Paco Porrúa, editor de Sudamericana, le había mostrado el manuscrito del libro y quedó tan fascinado que decidió enviar a un periodista a México para escribir un reportaje especial sobre el escritor.

Los García Márquez llegó a Buenos Aires en la madrugada (del 20 de junio de 1967, según las biografías de Gerard Martin y Dasso Saldívar; el 19 de agosto según el artículo "Los cien años años de García Márquez" de Tomás Eloy Martínez). En el aeropuerto de Ezeiza los estaban esperando Porrúa y Eloy Martínez.


En el mencionado artículo, Tomás Eloy Martínez dice que vio el momento exacto en que la fama cayó sobre García Márquez "como un rayo". Así lo describió:

"Aquella misma noche fuimos al teatro del Instituto de Tella. Estrenaban, recuerdo, "Los siameses" de Griselda Gambaro. Mercedes y él se adelantaron a la platea, desconcertados por tantas pieles tempranas y plumas resplandecientes. La sala estaba en penumbras, pero a ellos, no sé por qué, un reflector les seguía los pasos. Iban a sentarse cuando alguien, un desconocido, gritó "¡Bravo!", y prorrumpió en aplausos. Una mujer le hizo coro: "por su novela", le dijo. La sala entera se pudo de pie. En ese preciso momento vi que la fama bajaba del cielo, envuelta en un deslumbrado aleteo de sábanas, como Remedios la bella, y dejaba caer sobre García Márquez uno de esos tiempos de luz inmunes a los estragos de los años".

La vida de Gabo nunca volvió a ser igual. Y jamás quiso regresar a Buenos Aires.

Eso también forma parte de la leyenda que rodea la publicación de ‘Cien años de soledad‘.

No se conoce una explicación del propio García Márquez, pero según el diario argentino Página 12, Jaime Abello Banfi, amigos cercano y director de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, trató de dar una respuesta en la Feria del Libro del 2015 en esa ciudad.

"Cuando terminó ‘La hojarasca‘, le envió el manuscrito a Guillermo de Torre, de Losada, quien le recomendó "que no debía dedicarse a la literatura". (La obra, la primera novela de Gabo fue finalmente publicada en una pequeña editorial colombiana). "El director de la FNPI opinó que luego de esa experiencia, Gabo podría haber dicho: "Hay que tener cuidado con Buenos Aires, quizá te haga sufrir".

Como sea, la capital argentina está indisolublemente unida a la leyenda de "Cien años de soledad".

El libro que nos devolvió la felicidad del relato y de la imaginación

Cincuentaños de soledad multitudinaria
El autor de  El viaje a la semilla, la biografía de García Márquez que más le gustó al propio Nobel, revisa la obra cumbre del realismo mágico
  Dasso Saldívar y García Márquez en el estudio del Nobel en Ciudad de México. / Cortesía Édgar Montiel./elespectador.com

Ítalo Calvino dijo que un clásico es un libro que nunca termina de decir todo lo que tiene que decir. Y parece obvio que, para alcanzar esa categoría, el libro debe trascender su género y su tiempo a través de los tiempos. De ahí que Emerson escribiera que los libros representativos de los hombres y de las naciones “no se deben considerar como páginas meramente escritas, sino como caracteres vivos que se pueden traducir a toda clase de lenguas y de formas de vida.”
Son los libros en los que nos zambullimos “con el rostro encendido y el corazón emocionado”, y que luego leemos en la realidad de los hombres, en el acervo de sus vicisitudes, en los relatos de los mayores, en la mirada de los niños y en la risa de las muchachas, en los árboles y en las piedras, en las nubes y en las olas del mar, en el crepúsculo que anuncia y sucede al día, y en la noche que nos diluye bajo las estrellas. En definitiva, un clásico es un ancho y generoso camino que nos instala en el libro abierto del universo, del que ya forma parte como una cosa más entre sus muchas cosas significativas.
Ciertamente aún no se ha inventado un método que nos permita establecer en qué medida una obra literaria, o de arte en general, afecta a los hombres, a su historia y a su cultura, pero, durante estos primeros cincuenta años, en los que parece que Cien años de soledad ha cumplido ya quinientos (pues desde el primer momento, lo percibimos como un libro que nos llegaba desde el alba de los tiempos), sus millones de lectores de todo el mundo sabemos o sentimos que la obra magna de García Márquez se ha vertido en nuestras vidas como un haz de luces (o de claroscuros), enriqueciendo nuestras emociones, nuestra manera de mirar y de concebir las cosas, y hasta nuestra manera de cantar, de llorar y de reír, así como la forma de escrudiñar la historia que nos ha aherroja durante siglos. El que menos, ha experimentado un cierto cambio de piel. Pero a los más ardidos por su lectura nos ha pasado, además, como al lector hedónico de Proust, que, al volver a las páginas de un libro amado, podía revivir hasta el grado de intensidad con que la luz de la tarde le permitió gozar de su lectura por primera vez.
En los últimos cuatro años, he tenido la ocasión de visitar unos 18 países y unas 25 ciudades, donde he participado en conferencias, coloquios y mesas redondas sobre la vida y la obra del escritor, y he podido apreciar tres constantes entre sus lectores de diferentes edades, lenguas y culturas: que la mayoría de ellos conserva nítido el momento en que la lectura de alguno de sus libros (casi siempre Cien años de soledad) entró en sus vidas como un chorro de iluminación y de belleza; que los libros del creador de Macondo se trasmiten en las familias de bisabuelos y abuelos a nietos y bisnietos, como esas imágenes y sentencias recurrentes de los Buendía, y que todos los públicos de los diversos idiomas conservan una curiosidad insaciable, acaso una necesidad, de que alguien les hable de la vida y de la obra de Gabriel García Márquez.
Cuando vuelvo a sus páginas o pienso en ese libro inagotable, multifacético en sus luces y en sus sombras, y siempre deslumbrante en su invención incesante y en su poesía vital, yo también, como tantos lectores del planeta, puedo recordar el entorno que me asistía mientras me fascinaba su comienzo, me creía la ascensión al cielo de Remedios la bella o me entristecía su final. Fue una tarde de verano cuando compré mi primer ejemplar en la librería de Alberto Aguirre, cercana al Hotel Nutibara de Medellín. Era la omnipresente edición de Sudamericana, con la sobria y bella ilustración del pintor Vicente Rojo, y la empecé a leer en el autobús del barrio Belén donde vivía: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Este párrafo me envolvió en una atmósfera de nostalgia y deslumbramiento, pero éste se impuso en el siguiente, donde se cuenta que “Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”. La fluidez, la prosa encantadora, la secuencia de hechos maravillosos, el humor fantástico, no se detenían: “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”. Aquella primera página no tenía desperdicio. Pronto apareció un gitano llamado Melquíades, “corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión”, arrastrando por las calles de Macondo dos lingotes imantados y pregonando: “Las cosas tienen vida propia, todo es cuestión de despertarles el ánima”.
En esta frase estaba una de mis grandes revelaciones como lector, aunque apenas la percibiera entonces. Sentí que en la prosa poética, musical y visual de este libro (que fluía con la misma gracia transparente de las aguas cristalinas del río), las palabras y las cosas, las palabras y la vida, las palabras y los hombres, con sus sueños y derrotas, eran la misma cosa, residían juntos y no separados, al contrario de como yo los había sentido desde que aprendí a leer en la escuela rural de la maestra Inés.
Por primera vez sentí, aunque todavía no pudiera razonarlo, que en este libro las palabras no eran una entelequia, una nebulosa sonora separada del mundo real, sino una realidad verbal que contenía a éste trascendido. Como había dicho Emerson, eran palabras llenas de mundo y de vida, de hombres y de mujeres, de hechos reales y fantásticos, de gestos y de miradas, de sentimientos y de emociones, de voces y de silencios. Pero de una forma tal, que también yo percibía las cosas llenas de ánima y de maravilla, como el mismo Melquíades, hasta el punto de que los personajes y las historias de la novela llegaron a parecerme más verdaderos que los del mundo que me rodeaba.
Solo el tiempo y la constancia del lector artesano nos permite abismarnos, como en toda obra clásica, en los grandes misterios de la creación que sostienen el andamiaje de Cien años de soledad. Uno, el fundamental, me ha desvelado durante años, y es cómo las distintas relaciones del niño Gabito con el abuelo Nicolás y la abuela Tranquilina, así como la visión que éstos tuvieron del mundo, determinaron, no solo el origen de la novela, sino cómo influyeron poderosamente en su concepción fantástica y mítico-legendaria, así como en su estructura espacio-temporal.
Fue la crítica húngara Katalin Kulin quien terminó de iluminarme, cuando, tras analizar la obra de los grandes maestros y colegas continentales de García Márquez (que, según ella, en sus estructuras narrativas se valen con frecuencia de los recursos de la novela americana y europea del siglo XX), puntualizó: “Aunque cada día son más los escritores que consiguen escribir de manera moderna y latinoamericana, no se puede decir que haya estructuras narrativas que tengan su origen en una vivencia latinoamericana por excelencia. A este respecto corresponde a Cien años de soledad el lugar prominente del pionero.”
Y entonces, pude abrirme paso a través de la senda enmarañada de los orígenes, para constatar que, no sólo el tono de la novela, sino su estructura espacio-temporal y su naturaleza fantástica y mítico-legendaria, se sustentan mayoritariamente en las experiencias de la infancia de García Márquez, sobre todo en su relación con la casa y los abuelos, y que, a excepción de sus primeros cuentos y en parte de su primera novela, todos, o casi todos, los libros y relatos de García Márquez hunden sus estructuras narrativas en la materia prima de la realidad que les dio su origen, confirmando la aseveración de Flaubert de que, en todo gran relato original, “la forma sale del fondo, como el calor del fuego”.

¡Big bang boom!: El libro que hizo explotar a América Latina

Cincuentaños de soledad multitudinaria 
Cien años de soledad hizo parte del fenómeno literario que entre los años sesenta y setenta revolucionó las letras en español. Rodrigo Fresán, un importante escritor argentino, explica cómo el realismo mágico terminó por influenciar a toda América Latina
¡Big bang boom!: El libro que hizo explotar a América Latina , el autor en su dramática senilidad./semana.com


Cincuenta años después, Cien años de soledad goza y hace disfrutar de y con esa condición -por encima de malos imitadores y falsos herederos- a la que solo acceden los verdaderos e irrefutables clásicos: la de empezar y terminar en sí mismo, flotar a solas por encima de casi todo y todos, ser algo único y probablemente irrepetible.

Y, de acuerdo, en su ADN todavía pueden rastrearse trazas y trazos de su condición de ariete/mascarón de proa y -más allá de cronologías u órdenes de aparición en escena- de aquel movimiento sísmico-literario que se llamó Boom. Sí, Macondo y los Buendía -a la hora de simplificar sintetizando- como el lugar y la estirpe más popular del retrato de grupo. Pero la novela de García Márquez -como Pedro Páramo o a Rayuela o La vida breve- hoy se planta y se alza por sí sola sin necesidad de ayudita de amigos, memoria de maniobras editoriales o lucha de estéticas.

Quien firma estas líneas, alguna vez, por inclusión en antología (tan reveladora como espasmódica, como todas las antologías), por prólogo/manifiesto de entrada para juzgar y salir a jugar a otra cosa (más reflexivamente irritante que irritantemente reflexivo), y por astucia de marca (más ingeniosa que genial pero, también, formidablemente astuta y como brotada del cerebro del más Mad de los Men) supo ser -y de tanto en tanto sigue siendo- considerado parte de aquel escuadrón ninja-renovador McOndo. Ningún problema con ello, nada de que disculparme o despegarme.

Pero, también, es cierto que -en tanto escritor y argentino- lo cierto es que yo nunca tuve problemas con el descubrimiento del hielo, bellezas voladoras, pestes de insomnio, mariposas amarillas, o galeones hundidos en la selva. Mucho menos su estructura episódica. Y es que todas las Grandes Novelas Argentinas son así: atomizadas e irreales y armoniosamente amorfas.

Y todos los escritores totémicos argentinos siempre --de un modo y otro; único caso en la literatura del idioma y, más que probablemente, en todas las otras lenguas terrestres o extraterrestres-- han abordado lo fantástico, lo extraño, lo imposible súbitamente siendo parte de la realidad. 

Así, yo leí en su momento a Cien años de soledad como una sucesión de episodios tropicales de The Twilight Zone y así releí a Macondo como una pariente lejana pero directa de Twin Peaks.

Y, con los años, esa ciudad se fue superponiendo a mis ciudades.

A Buenos Aires (recuerdo o me convenzo de que recuerdo a García Márquez, hace medio siglo, en mi casa, con la sonrisa de quien se fue a dormir una noche como casi desconocido para despertar a la mañana siguiente consagrado y perseguido por las calles como si se tratase de una estrella de cine o astro de la canción; recuerdo a mi madre separada de mi padre y emparejada con Francisco "Paco" Porrúa, editor de la novela).

A Caracas (donde mi padre trabaja en el diseño gráfico de El Otro, periódico de García Márquez que nunca llegó a publicar la noticia de la decodificación de los manuscritos de Melquíades; donde soy expulsado de un colegio secundario, no digo nada a nadie y así me dedico durante casi dos años de clandestinidad a leer en las escaleras de un centro comercial o en una biblioteca, educándome a mí mismo en el oficio que había escogido y la vocación que me había elegido desde que yo tenía memoria: sí, entonces leí Cien años de soledad y me pasaba todo el horario escolar leyendo y después volvía a mi casa fingiendo –o narrando- haber tenido un día fácil o difícil en ese tercer año de secundaria invisible y apócrifo). A Guadalajara (donde converso con acerca de la nada y del todo con García Márquez en un insolado estacionamiento de hotel de feria del libro). A Barcelona (donde Carmen Balcells se convierte en mi agente y una noche me convoca a un concierto secreto, en un palacio del Barrio Gótico, al que el creador de abuelas desalmadas asiste con la sonrisa beatífica de quien siente que ya todo podría ser una historia de las suyas).

Cierro estas líneas y agradezco esta nueva invitación a Macondo con la certeza absoluta que dentro de medio siglo -cuando Cien años de soledad cumpla cien años de acompañar a la humanidad- será otro escritor el que encenderá esas velas. Velas a las que -en sus últimas páginas de primera, mañana como hoy y como ayer- ni siquiera ese “pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico” podrá apagar.

Rodrigo Fresán. Escritor y periodista argentino. Autor de Historia argentina (1991), Jardines de Kensington (2003) y La parte soñada (2017), entre otros.