"Lo que me interesa es intentar inventar un nuevo lenguaje. Estoy tan ocupado en buscar soluciones a los problemas técnicos que el texto plantea que no queda mucho tiempo para cuestiones de orden general. Lo que intento es hacer mi trabajo lo mejor que puedo"
António Lobo Antunes desgrana en esta entrevista las motivaciones más esenciales cómo construye sus novelas. foto:Diego Giménez. fuente:revistadeletras.net |
Jueves 22 de marzo. La primavera
lisboeta me recibe entre una huelga de transportistas y un calor
incipiente. No consigo taxi y camino desde la plaza del Rossio hasta la
casa de Lobo Antunes. Llegó cinco minutos tarde entre sudores y prisas. Lobo Antunes abre las puertas de su guarida a Revista de Letras,
una antigua casa de té, templo a la literatura. Estanterías repletas de
libros y columnas adornadas con citas. Pronto dirá que no describe
personajes sino que pone letra a sus voces. De la misma manera, tomo su
hilo de voz, literatura oral, e intento ponerle letra…
¿Cómo se construye una vida sobre la escritura?
Lo que me interesa es intentar inventar
un nuevo lenguaje. Estoy tan ocupado en buscar soluciones a los
problemas técnicos que el texto plantea que no queda mucho tiempo para
cuestiones de orden general. Lo que intento es hacer mi trabajo lo mejor
que puedo.
Con 12 o 13 años se me planteó la cuestión: o vas a vivir o vas a escribir. Combinar ambas es complicado (ríe).
Mientras uno está con un libro, le roba todo su tiempo, uno se acuesta
con él se despierta con él. Hay cosas de las que tienes que abdicar y
algunas son muy agradables. Por ejemplo, el jueves tenía una cita con
una mujer guapa y el martes estaba pensando qué voy a decir para no ir
porque no tengo tiempo (ríe). Tienes que tomar decisiones que a veces son difíciles.
Parece una tarea titánica…
Cada día se me hace más patente que
escribir es muy difícil. Me sorprende mucho la cantidad de libros que se
publican en todas partes del mundo. Las librerías están llenas y, sin
embargo, hay muy pocos libros buenos. De todas formas, no hay que
sacralizar este trabajo. Por mucho talento que tengas, en el caso de
tenerlo, sigues siendo un hombre y tienes que serlo.
¿Qué opinión le merece la calificación de “difíciles” de sus novelas?
Yo creo que no son difíciles. Uno tiene
tendencia a abrir el libro con su llave, hecha de sus lecturas, de su
experiencia de vida. De joven recuerdo que leía a autores que no
entendía. Después comprendí que el problema no estaba en el texto.
Estaba en mí, ya que no me vaciaba para dejar que el texto me llenase.
Estaba, como lector, esperando cosas por conocer, tenía expectativas que
condicionaban la lectura. Un buen lector es tan difícil de encontrar
como un buen escritor. Hay pocos buenos lectores. En España los hay.
¿Cómo ve la coyuntura cultural actual?
La crisis está condicionando todo. Me
pregunto a menudo qué oportunidades va a tener un autor con un primer
libro bueno. Aunque si es un escritor va a seguir escribiendo a pesar de
no publicar. La vida no tendría sentido sin la escritura. Si no es así,
para qué dedicarse, es mucho esfuerzo, muchas dudas. Por ejemplo, uno
escribe unas diez horas al día y cuando termina está agotado. Es muy
curioso porque uno está sentado, parece que no haya esfuerzo físico.
La concentración también desgasta…
No sé lo que es. Recuerdo una conversación con Jorge Amado que con ochenta y muchos años me decía: “qué suerte tienes. Yo escribo tres o cuatro horas y me siento agotado”.
¿Ahora trabaja en una nueva novela?
No sé si es una novela. Siempre me ha
creado cierta confusión la distinción de géneros entre poesía, novela,
ensayo, relato… A mi me parece artificial. Lo que uno quiere es poner
toda la vida entre las cubiertas de un libro y si es novela o ensayo no
importa. Por ejemplo, la obra de Sánchez Ferlosio para mi es indefinible. Tiene de todo dentro. Es muy difícil definir.
¿Relee sus libros?
Es una paradoja muy grande, porque uno
escribe los libros que le gustaría leer y luego no los lee. Uno los
corrige tanto que cuando los entrega a la editorial está harto de todo
aquello.
(Lobo Antunes se preocupa por su castellano y me pregunta si está cometiendo muchos errores. “Para nada”, respondo).
Nunca he aprendido a hablar ninguna
lengua. Es una cuestión musical. Necesito estar una semana en España y
entonces hablo mejor. Con el catalán también hay similitudes. Con el
gallego no hay problemas, ya que es el mismo idioma. Cuando se oye a un
gallego se tiene la impresión de oír portugués medieval. Es muy bonito.
¿Podría mencionar alguno de sus referentes?Los libros que nos han entusiasmado con quince años a veces es mejor no releerlos. Aunque los hay que resisten. El otro día releí Platero y yo, sigue siendo bueno. Aunque, si tuviese que escoger un escritor, a parte de mí (ríe), sería Quevedo. Borges tiene razón cuando dice que Quevedo no es una escritura sino una literatura.Por otro lado, la gran literatura contemporánea de España es poco conocida en Portugal. Ferlosio no está traducido por ejemplo, nadie lo conoce. Por eso voy a entrevistar para un medio portugués a Juan Marsé, quiero que se conozca aquí. Será la primera entrevista que haga. Tengo ganas.
(Como si se tratase de una pausa
acordada, Lobo Antunes recibe una llamada teléfonica. Es una mujer. Hablan de
una biografía. Menciona la academia sueca, que le ha enviado una carta
diciendo que ha cambiado la literatura del mundo. Ríe. Dice que Madrid
tiene cierto encanto pero que Barcelona tiene a Messi y a Iniesta).
¿Cómo construye una novela?
Al principio hacía planes detallados.
Ahora no hago planes. Uno empieza trabajando y el libro cambia. Es muy
curioso porque cuando se llega al último capítulo, con tal vez una
diferencia de un año con el primero, se percibe una coherencia que me
pregunto de dónde viene. Existe en todos los libros. Hay una coherencia
interna que me sorprende mucho, porque no es voluntaria.
Portada de su última novela
¿Y los personajes?
Hay un libro de Mario Vargas Llosa que me parece muy bueno, Conversación en La Catedral
en el que hay un personaje que comienza siendo gordo y grande y acaba
flaco. Esto puede pasar. Pero Mario trabaja con personajes y yo trabajo
con voces. No las veo. No las imagino físicamente. En la mayor parte de
mis libros no hay descripciones físicas. Conozco escritores que tienen
dibujos de los personajes, esquemas, biografías… algo que yo no hago. No
sé cómo hacía Balzac en La comedia humana con tantos
personajes, o Proust. Yo no los veo. Tampoco los imagino. Creo que son
todos yo. Si aparece una voz femenina que habla, creo que es la misma
voz. Pero sólo es una opinión, no tiene más valor que eso.
¿Así construyó su última novela?
Sabe, en Barcelona me dieron la biografía de Juan Belmonte.
!Qué maravilla de libro! La primera corrida de toros la vi con siete
años en Barcelona. Vomité. Recuerdo la sangre y los caballos. Siempre he
querido hacer un libro con la estructura de una corrida de toros. El
libro es aquel niño que yo era con siete años vomitando, horrorizado. La
biografía de Belmonte tiene un capítulo interesante sobre lo que es el
miedo para él. Que lo tenía. Cuando estuve en la guerra cada uno tenía
miedo a su manera. El valor no es no tener miedo. Porque miedo lo tienes
siempre. El valor es hacer a pesar del miedo.
¿Cómo ve el futuro?
Estoy tan ocupado con el presente. No sé lo que va a pasar.
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