13.6.12

La voz de la experiencia

Puestos a referir sus experiencias e incluso a transformarlas en ficciones, los detectives y policías que escriben parten de un lugar distinto que los meros escritores. En este artículo de una historiadora especializada se lee por qué

EL VALOR DE LA PRACTICA. Dashiel Hammett, sabía, por experiencia, de qué escribía.foto.fuente: Revista Ñ

Que esto no es hacer novelas, sino vivirlas y sus resultados no serán producto de intentos literarios donde el final es el que se le ocurre al escritor.” Para Evaristo Urricelqui, policía retirado, hay una diferencia sustantiva entre sus novelas Careo o Sangre bajo la lupa y las ficciones disponibles en librerías y kioscos de estación. Lo suyo nace de una vida de trabajo como detective en las secciones de crímenes complejos de la Policía Federal. Lo que dicen los escritores que hablan del homicidio sin moverse de su sillón es frivolidad de verosimilitud dudosa. No han caminado en puntas de pie para preservar evidencia, ni han observado la posición de cadáveres en la escena del crimen. No manejan las argucias duras del interrogatorio. No conocen de primera mano el otro lado de la naturaleza humana.
Para los que transitan el pasaje del métier de la detección a la escritura de la detección, ejercer cierta recia autoridad sobre los colegas literatos es una tentación difícil de resistir. Al retirarse de la dirección de la más poderosa agencia de detectives de Estados Unidos, por ejemplo, Allan Pinkerton dedicó muchas páginas a demostrar que el trabajo de sus empleados no se parecía en absoluto a las novelas de detección tan de moda en la vuelta del siglo XX, como quien establece la diferencia entre profesionales y fantasiosos amateurs . Uno de esos empleados era Dashiell Hammett, que antes de ser maestro de la novela hardboiled , pasó varios años como agente de Pinkerton. Para construir una voz y hacerse un lugar en el campo literario de entreguerras, Hammett utilizó muy deliberadamente su experiencia de detective asalariado. En las reseñas que escribía para ganarse la vida, no se privaba de subrayar las gaffes de sus colegas del género. Incluso les dedicó un humillante catálogo de datos: la diferencia entre un revólver y una pistola, el sentido del uso del silenciador en escenas de homicidio, las secuencias de dolor que producen la herida de bala y la de arma blanca, la ubicación de las huellas dactilares relevantes para la investigación, las estrategias de invisibilidad del que sigue a un sospechoso, etc. Su primer héroe, el “Agente de la Continental”, es poco más que un burócrata inteligente y obstinado, bajito y gordo, cuyo objetivo nunca va más allá de la misión asignada por sus superiores.
Los oficiales cuentistas
Rutinas desapasionadas y ademanes de entendido abundan también en el realismo detectivesco de algunos policías porteños con pasado en las oficinas de Pesquisas o Investigación. En los años setenta, la editorial Plus Ultra reúne en dos volúmenes cuarenta y cinco cuentos escritos por cinco oficiales (E. Zappietro, F. Carrasco, E. Urricelqui, H. Morel y P. Donato) que reclaman un lugar en la saga literaria de nacionalización del policial argentino. Aunque su propósito es hacer público un género que podríamos llamar “crónica policial de la pesquisa”, no es el primer ensayo de escritura “de afición” de los policías porteños. Muy por el contrario, los dos tomitos coronan una tradición que a esas alturas lleva casi un siglo, y que está compuesta de centenares de piezas. Pero con pocas excepciones (como la de estos oficiales-cuentistas) esa tradición no es policial en sentido literario: es costumbrista, melodramática, sainetera, tanguera. Está hecha de partículas, es infinitamente anecdótica, una nube de pequeños relatos.
El más famoso escritor con orígenes policiales es, por supuesto, José S. Alvarez (Fray Mocho). “Nadie hizo hablar mejor al criollo recalcitrante que resiste las nuevas costumbres y al snob que las preconiza; al gringo apaisanado y al argentino que regresa de Europa; al compadrito, al ‘pechador’, al clubman, al loco-lindo, al chiflado, al ´titeador´, al tilingo, al vivo y al vividor – tipos genuinos de nuestra falsa cultura”, dice Ricardo Rojas en Cosmópolis (1908). En sus Memorias de un vigilante, Alvarez relata el aprendizaje de la observación que lo transformará en el mejor taquígrafo de aquella Buenos Aires babélica. Aburriéndose en los grises destinos de vigilante novato, observa los tics de los personajes que pasan por salas de espera ministeriales: “Yo, en mi facción al lado de la Mesa de Entradas y Salidas, que es su teatro, las veía en toda su magnificencia y gozaba en grande, viéndolas desfilar en su opulenta variedad.” Este ejercicio pronto se extenderá a los ladrones “mansos” de la gran ciudad: los punguistas, “escruchantes” y cuenteros del tío también tuvieron su retratista.
Al utilizar literariamente aquel pasado de policía y plantear una continuidad entre su métier de origen y una zona importante de su obra, Alvarez autoriza el uso de la experiencia policial como repertorio de temas. Muchos colegas (menos talentosos, en su mayoría) compartirán con él una premisa fundamental: el policía puede hablar de cosas que los legos no saben (y, se supone, quieren saber). Tiene experiencia, en el doble sentido de acumulación de vivencias y de intimidad con el peligro. Su quehacer los ha aventurado en lo que no es familiar, en lo incierto y potencialmente amenazante: en lo que es oscuramente desconocido a los profanos.
Algunos oficiales –como el veterano memorialista Laurentino Mejías (autor de dos tomos de “Policíacas”), el historiador y guionista radioteatral Ramón Cortés Conde, o los cuentistas de las compilaciones difundidas en los años setenta– mantienen la labor literaria en paralelo a su carrera institucional. Otros, como el precoz lunfardista Benigno Lugones, el letrista de tango José Pagano o el mismo Alvarez, utilizan en el mundo periodístico o literario saberes recogidos en un paso (largo o corto, profundo o superficial) por la policía.
La condición policial
Una parte de este repertorio canaliza lo que podríamos llamar el “excedente de experiencia” del vigilante. Plácido Donato, editor actual de la revista Mundo Policial y compilador de cuatro tomos de la antología de cuentos y poemas Letras en azul , describe la necesidad de expresión que proviene de la condición policial: “La escritura del agente es fruto de la vigilia y la soledad. Es encontrarse mucho tiempo solo en una esquina, y ver muchas cosas. (…) Esas vivencias se acumulan, y se escribe. Mal, bien, la calidad no importa”. En este caso, entonces, la escritura continúa por otros medios la charla de guardia y la anécdota de cantina. Los poemas a la sacrificada esposa o al café del barrio vigilado antaño, las elegías al colega caído y las anécdotas humorísticas son géneros cultivados puertas adentro por decenas de agentes de cada generación, nutren el humus identitario de la “familia policial”.
Mucho más ambiciosos en escala y expectativa de difusión son los libros de memorias, género predilecto del oficial retirado y culto (algunos, como las Confesiones de un comisario de Donato, están en el catálogo de grandes editoriales comerciales). Desde el nacimiento mismo de las industrias culturales, ha habido oficiales-guionistas en la radio, la historieta, el cine y la televisión. Tampoco faltan historiadores. A las grandes reconstrucciones del pasado de la institución escritas por oficiales eruditos como Francisco Romay o Adolfo Rodríguez, se agrega un memorialismo histórico más personal: si un joven vigilante inclinado a las letras ha presenciado escenas de la revolución de 1890, la Semana Trágica de 1919, o el 17 de octubre del 45, es probable que al final de su carrera se siente a dar testimonio de la trastienda de aquellos momentos decisivos.
Y luego está, claro, el torrente de materia literaria que ofrece la experiencia de la comisaría. Dice el prólogo de la colección Relatos de la oficina de guardia, del escribiente Natalio Castro (1937): “No hay institución humana en contacto más directo con la vida (…) Magnífico material que el policía tiene a su alcance con sólo ver, aunque sabiendo ver.” Lo que el policía-escritor “sabe ver” depende de la calidad de la vigilia del vigilante, apostado en la calle o en esa ventana sobre la calle que es la comisaría. Por la naturaleza amorfa e intersticial del poder policial, por su misma multiplicidad de inserciones y escasez de mediaciones, la verdad que reclaman estos cronistas es contigua a la sociedad, fruto de un contacto “en caliente”. El policía está “donde está la sociedad”, se mezcla con ella a la vez que se diferencia de ella. Caleidoscopio humano, la guardia (y el mostrador de comisaría) es el desfile de la caída personal, de la ira y la miseria, de lo cómico y lo ridículo. Por eso, “lo policial” puede ser el simple escenario de la comedia, el melodrama o el sainete costumbrista. Y el policía, el Gran Testigo de una verdad sobre la ciudad y sus habitantes.
Los géneros breves
La galería de personajes o el anecdotario de la “sección del agente” de las revistas de tropa marcan el predominio de los géneros breves, que la brevísima pluma de Fray Mocho también anticipa. Esta producción hecha de fragmentos nace –según se indica una y otra vez– de los ratos robados a las mil exigencias de la institución. El policía escribe entre otras tareas, en los paréntesis que le deja la interacción real con su tema de escritura. Por eso se disculpa de su modesta ambición estética. A veces, esa disculpa es un ademán defensivo, indica conciencia de inadecuación (social, profesional) al intimidante mundo de la palabra escrita. Pero no siempre, porque lo rudimentario puede ser testimonio de la veracidad del lazo con el objeto, del desdén por los formalismos distorsivos de la literatura. “No pulí mis trabajos”, dice un oficial al presentar sus cuentos. “De los borradores puede decirse que pasaron a la imprenta. (...) Pido disculpas por ello [los errores de forma], y entrego mis páginas no a la crítica sino a las almas comprensivas.” Es que además de ventaja cognitiva, el policía reclama ventaja moral sobre el escritor profesional, que ha podido permitirse el lujo de la consagración a los placeres del espíritu. “No alimento semejante pretensión, desde que la ruda labor de mi vida impidió la caricia aterciopelada de la esquiva fortuna”, advierte el comisario Mejías. Defensa de la llaneza de estilo –“estilo coloquial, desprovisto de fiorituras”– la superación “criollaza” de los vicios y amaneramientos que acechan a los profesionales de las letras reafirma ese pertinaz sentido común (de clase y de género) que sustenta toda una cultura institucional. Esa cultura reclama para sí una escritura que es plebeya y es viril.
Ventaja moral e indulgencia estética sustentan una concepción puramente realista, que no reconoce mediaciones con el objeto narrado. Y dice: otros supuestos detentores de este tesoro no pueden reclamar la autoridad que proviene del contacto directo (vital, físico) con la trastienda de la ciudad (de la vida). No la tiene el periodista, que consigue sus primicias de boca del policía, y debe probarse merecedor de esa confianza. Ni el criminólogo ni el jurista, que la deducen de su aséptica tarea en los laboratorios del crimen o los escritorios de Tribunales. Mucho menos puede competir en autoridad el novelista que narra el peligro sin incurrir en ningún peligro.
Al consultar el archivo policial, el escritor y el periodista están ofreciendo al policía (que a veces lee novelas, y siempre, crónicas del crimen), una oportunidad de ejercer su autoridad fatigada y paternalista sobre los falsos detentores, o los que posan como tales, o los sinceros pero alejados de las verdades de Buenos Aires por las mediaciones de su condición. Porque en última instancia, sabe que la única relación genuina con “lo policial” es la que se acumula en la memoria del cuerpo y de la mente. Y que sólo puede provenir de quienes han pasado por la institución que custodia ese saber.

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