20.9.11

Orhan Pamuk ultima en Estambul el Museo de la Inocencia

El premio Nobel de literatura transforma la ficción en realidad invitando al lector a ser parte de la novela que lleva el mismo nombre que su última obra
Fachada del edificio donde se está construyendo el museo. foto.fuente:lavanguardia.com

Orhan Pamuk, premio Nobel de literatura, publicó El museo de la inocencia hace tres años. La novela narra una historia de amor en el Estambul de los años setenta. Kemal Basmaci, un burgués de 30 años, a punto de casarse con Sibel, se enamora de Füsun Harin, "una pariente lejana y pobre de 18 años". Con ella pasa los días más felices de su vida y es el afán por conservar esta felicidad a toda costa, de mostrar al mundo el orgullo de su amor y admiración por Füsun, lo que lo lleva a coleccionar los objetos que ella tocaba y tenía, las cosas que configuraban su existencia. Es más, decide exponerlos en un museo, el Museo de la Inocencia, situado en la calle Çukurkuma de Estambul, en una casa de tres plantas, con la fachada bermellón.

La novela incluye un mapa con la ubicación exacta y también una entrada para que los lectores no tengan que pagar. El museo, al que aún le faltan unos cuantos meses para abrir, transforma la ficción en realidad.

Por una parte, priva al lector de su derecho a la imaginación, de su privilegio a completar y participar del mundo ideado por el escritor. Por otra, sin embargo, lo invita a ser parte de la novela. Mientras dura la visita, en la casa en la que había vivido Kemal, donde se exponen, ordenados en vitrinas, los objetos que hablan de la vida de Füsun, el lector tiene el privilegio de sentir la emoción de ese amor, de comprobar, como escribe el propio Pamuk que "los objetos que nos quedan de los momentos felices guardan con mucha más fidelidad que las personas que nos hicieron vivir esa dicha, el placer de su recuerdo, sus colores, sus impresiones táctiles y visuales".

Hace un mes llegué hasta la casa de Kemal. Estaba cerrada pero había gente dentro. Una placa indicaba que el museo había vuelto a retrasar su inauguración, prevista inicialmente para el 2010. Metí la cabeza por una ventana e intenté sacar una foto de la planta baja, concretamente del vídeo que se proyecta sobre la pared blanca, un bucle de besos encadenados extraídos de películas turcas de los años setenta.

Mientras me peleaba con el encuadre, la señora Aral me dijo que no se podían hacer fotos. Llegaba de la compra, con una bolsa de plástico en cada mano. La calle Çukurkuma es estrecha, apenas pasan coches. Los niños juegan a fútbol y los vecinos hablan en los portales. "Vuelva el año próximo", me dijo. Le pregunté por qué la inauguración se demoraba tanto. Me habló de obras interminables y de la meticulosidad del señor Pamuk, la dificultad de que todo estuviera en su sitio, de que los objetos trazaran la línea del relato. Le pedí poder echar un vistazo rápido, comprobar que el museo –del que nadie había sabido darme razón y del que no hay nada en internet– era de verdad. La señora Aral sonrió. Debían pesarle las bolsas del súper. "Sólo un momento y nada de fotos", dijo mientras empujaba la estrecha puerta de madera e iniciaba el tránsito, como en un relato fantástico, a la dimensión secreta de la realidad.

La casa, por dentro, es más estrecha de lo que parece desde fuera. La escalera sube pegada a la pared, como un balcón sobre el vestíbulo. El péndulo de un reloj restaurado cuelga desde el segundo piso. Cada uno de los 83 capítulos de la novela tiene una vitrina y allí están todos los fetiches que Pamuk colecciona desde hace 30 años y que son los mismos objetos que Kemal atesora sobre Fünsun, la naturaleza muerta de una relación eternizada: saleros, llaves, la llave del hotel Fatih, perritos de porcelana, relojes, dedales, cucharillas, tazas de té, mechones de pelo, horquillas, los zapatos amarillos que Füsun llevaba puestos la primera vez que Kemal la vio en la tienda Champs Élysées, el cuadro que Kemal manda hacer sobre la vista de la casa de los padres de Füsun desde la calle, con la ventana de ella iluminada, el menú del restaurante Vestíbulo, los cromos de artistas de los chicles Zambo, las entradas de los cines de Beyoglu, la linterna del acomodador, piezas del Chevrolet del 56 color cereza madura, el pendiente que Füsun perdió haciendo el amor con Kemal en lo que para él fue el día más feliz de su vida, el perfume de Füsun, que huele (y aquí el lector recupera el privilegio de imaginar porque es un museo sin olores) "a algas marinas, caramelo quemado y galletas de niño", el pañuelo de algodón con florecitas, las postales de los rincones de Estambul donde pasearon juntos de la mano y la foto de Füsun, "los brazos color de miel, el bañador negro con el número 9, su cara nada alegre, todo lo contrario, más bien triste, su cuerpo maravilloso y la intensidad humana y la espiritualidad que nos maravillaban".

El recorrido por el edificio termina en el desván del tercer piso, donde está la habitación de Kemal, un cuarto de pobre, con la cama donde tantas veces se había acostado con Füsun, donde él y Pamuk bebían raki hablando del museo y donde ahora hay una maleta y unas cuantas postales enganchadas a la pared y también los manuscritos de la novela, colgados detrás de unos cristales protectores.
"Con mi museo –escribe Pamuk– pretendo enseñar no sólo al pueblo turco sino a todas las naciones del mundo, que se sientan orgullosos de la vida que llevamos. He viajado y lo he visto: mientras los occidentales se enorgullecen, la inmensa mayoría del mundo vive avergonzada. Sin embargo, si las cosas que nos dan vergüenza en la vida se exponen en un museo, de inmediato se convierte en motivo de orgullo".
Orhan Pamuk, según le contó un día a su colega Jordi Soler, se inspiró en el Museu Marès de Barcelona para hacer el Museo de la Inocencia. Del Marès le gusta el espíritu del coleccionista, las piezas pequeñas, cada una con su etiqueta, y la poca gente que se detiene a mirar y curiosear.
En el Museo de la Inocencia tampoco habrá mucha gente, cincuenta como mucho, y será necesario concertar una cita. Será un museo para que los amantes se besen, donde se podrá mascar chicle y donde los vigilantes llevarán corbatas con dibujos de los delicados pendientes de Füsun.
En Otros colores, el premio Nobel turco confiesa que la actitud del escritor respecto a la vida es como "observar desde el margen una diversión lejana" y cuando acaba la fiesta y nadie los ve, Kemal y Pamuk roban los objetos que permiten recordar eternamente esos instantes y escribir sobre ellos.
Los visitantes del Museo de la Inocencia, si tienen suerte y la ficción mantiene su magia realista, podrán ver a Kemal bajar del desván en pijama y mezclarse entre ellos para dejar claro "que he tenido una vida feliz".

No hay comentarios: