20.12.14

"Elogio de la borrachera"

 En su nuevo libro, el escritor habla con humor de bebidas y comidas. Este es un fragmento
Antonio Caballero es uno de los periodistas de mayor credibilidad en temas políticos y como comentarista de toros. Y un maestro de la ironía.También es autor de una novela inolvidable: Sin remedio./eltiempo.com

Este no es un artículo de crítico enológico. No voy a cantar las virtudes del vino, ni sus sabores, ni sus aromas, ni me voy a poner denso hablando eruditamente de añadas y de cepas y de vinos redondos o empirreumáticos. Tampoco voy a hablar de los distintos efectos sicosomáticos que tiene el ron, ni de las diferentes maneras de preparar un bloody mary. Voy a ir al fondo del vino, al fondo del trago, a su esencia, a su razón de ser. Esa que, según la Escritura, descubrió por casualidad nuestro padre Noé tras el diluvio: la borrachera.
Aconsejan los médicos que no hay que exagerar. Se equivocan. Se trata precisamente de exagerar, de llegar al exceso, de salirse de sí, de violentar y desarreglar la propia naturaleza. Como escribió Rimbaud:
“Hace tiempo, si me acuerdo bien, mi vida era un festín en el que se abrían todos los corazones y corrían todos los vinos”.
Léase bien: TODOS los vinos. No es cosa de beber dos o tres copas, y ya. Hay que beberlas todas, y cada una hasta las heces, como recomienda también la Escritura (aunque en otra parte y en otro contexto, en otro sentido). “Tómate esta botella conmigo / y en el último trago nos vamos”, canta, medio borracho, José Alfredo Jiménez. Otro poeta, Alfredo de Musset, lo explicó escuetamente:
Qu'importe le flacon
Pourvu qu'on ait l'ivresse.
Que importa cuál sea el frasco si nos da la embriaguez. Botella de vino, de todos los vinos como propone Rimbaud, o frasca de aguardiente, o mágnum de champaña, o totuma de chicha, o barrilito de ron, o flask de whisky de plata forrado en cuero de nutria para llevar en el bolsillo. Lo que importa no es el frasco, sino el espíritu que lleva dentro (spirits, se llaman en inglés las bebidas alcohólicas destiladas: las bebidas espirituosas). Hay que evitar en lo posible, sin embargo, los frascos y botellas que tienen una forma demasiado alambicada, toda soplada en curvas, con adornos de goterones fundidos de vidrio de colores y largos cuellos enroscados de cisne (que a veces, ojo, llegan a imitar la forma completa de un cisne). Porque lo que tienen dentro suele ser un licor dulzón y perfumado, penetrante por la nariz antes que por la garganta, oloroso a vela de ambiente con aroma de frambuesa para citas galantes aux chandelles, que antes de traernos la ivresse del poeta lo que nos provoca es una cierta náusea. Y la vomitona sin borrachera previa no tiene ninguna gracia.
Con esa salvedad de los que vienen en frasco rococó, en términos generales todos los tragos son buenos, aunque hagan daño. Exceptuando quizás (pues esto de la borrachera, que suena tan fácil y tan espontáneo, es en realidad un tema de alta complejidad conceptual y tecnológica), exceptuando, digo, quizás, los tragos demasiado desvergonzadamente típicos. Un canelazo de aguardiente y agüepanela en el barrio La Candelaria de Bogotá, pongamos por caso, o un vino amontillado en el Puerto de Santamaría, o un sake hirviente en Kyoto, o un ajenjo amargo y verde en un bar de turistas de Montmartre, o un pisco sour en un hotel de Lima. Un solo canelazo, bueno, vaya y pase. Un pisco sour, bien, por probar. Pero ¿dos? Como en el viejo chiste que compara con los dry martinis las tetas de las mujeres: una no basta, tres son demasiadas.
Hay que tener en cuenta además si se está en tierra fría o en tierra caliente. O si se va en avión. O a caballo. O en flota. O en buque. O manejando un carro.
Y hay que guardar también ojo avizor ante esos licores inverosímiles que dan en ciertas cantinas del más hondo México o en las tabernas de algunas islas del Mediterráneo: líquidos legamosos con hierbas putrefactas o con lagartos y culebras y gusanos muertos (y, a veces, vivos). También los hay en la China con embriones nonatos de dragón. Hay que desconfiar del exceso de anís. Y del regaliz. Y del bejuco de yagé. Y de la burundanga, también llamada escopolamina, que dan mezclada con el ron con cocacola en los bares del centro de Bogotá. Hay que tener cuidado, porque el trago bueno es solo el trago trago: transparente, o más o menos transparente, con una ligera turbiedad apetitosa. El vino, o la cerveza negra o rubia: todos los vinos, todas las cervezas. El whisky, el aguardiente, el vodka dentro de ciertos límites, y sin llegar a las famosas “diecisiete gotas” que quedan siempre en las botellas vacías según los borrachos rusos, el kvass de Escandinavia en Escandinavia, y en caso de extrema necesidad el ouzo griego o el ron viejo de Caldas. ¿Rones? Los de las Antillas. ¿Grappa? Más recomendable que la sambuca. ¿Cachaza brasileña? Con mucho tiento. ¿Pulque? Bajo la propia responsabilidad. ¿Guarapo fermentado? Sí, pero bbbhff… Hay que cuidarse también de los mal llamados “digestivos”: amaretto no, por ejemplo. Ni, en general, los jarabes para la tos, los pegamentos de carpintería, la trementina pura y sin diluir, y, muy especialmente, el kirsh de cereza.
No quiero terminar este paréntesis sobre los tragos, de los cuales uno solo es ya uno de más, sin contar una anécdota. Esto del alcohol, desde los tiempos de Noé y su Diluvio, se presta mucho para contar anécdotas, siempre ejemplarizantes y siempre contradictorias. A una tía abuela mía, ya bien entrada en años, su médico le aconsejó que se tomara todas las tardes una copita de brandy. No un copón descomunal, como esos de vajilla de catedral primada en que sirven ahora el vino en los restaurantes de Bogotá, supongo que por contagio de Miami. Sino una copita. Una copita de vidrio oscuro, morado o verde, como de consagrar, o tal vez de plata martillada, como para oporto. Mi vieja tía tenía entre sus cosas media docena de copitas de esas, que no había usado nunca, ni siquiera para tomar agua bendita. En un principio se negó a probar la obligatoria copita vespertina: temía convertirse en alcohólica. Y en consecuencia se la daba a beber a su jardinero. Pero sus síntomas –inapetencia senil, fatiga general, insomnio– no mejoraban, y al jardinero una sola copita de brandy le empezó a parecer insuficiente, hasta el punto de que alguna vez llegó a faltarle al respeto a la anciana señora.
El médico acabó por descubrir la trampa de mi tía, y la obligó a beber la copita de brandy en su presencia. Con la punta de los labios aspiró un sorbito, dos. Parecía que le estaba gustando. El facultativo la acompañaba con una ancha sonrisa de ánimo. Al tercer sorbo, mi tía se quedó dulcemente muerta en su sillón, y la copita de plata rodó por el piso.
Opinó el jardinero:
—Como fuerte el remedio; ¿no, doctor?
Claro, esto del trago da para anécdotas que sirven tanto para demostrar sus bondades como para poner en guardia contra sus peligros. Que los tiene, sin duda. Porque todo es dañino. Lo he escrito en otra parte: la vida misma mata. El agua, tan pura, tan necesaria, produce un envenenamiento muy grave cuando se bebe en exceso. Una intoxicación llamada hiperhidratación que provoca edemas en el cerebro e inclusive la muerte, y aqueja a muchos deportistas que al desenfreno del deporte le agregan (y “lo malo es mezclar”, dicen los borrachos experimentados) la malsana costumbre de beber agua. Curiosamente, un sedentario que nunca practicó ningún deporte, como el artista Andy Warhol, murió de eso. Puro vicio.
Pero no me propongo hacer el elogio del trago desde el punto de vista de la salud física, sino desde el de la salud mental. La ebriedad es espiritualmente necesaria. No tiene por qué ser obligatoriamente una borrachera apocalíptica, de esas que en la Bogotá cachaca se llaman “de cosaco” (¿Hubo cosacos por aquí? A lo mejor forman parte del elenco de visiones terribles del delirium tremens). Tuve un amigo que no murió de eso, pero que sí me contó un día cómo había sido la epifanía (en el sentido griego: la aparición de un dios) que había conocido una noche en que estuvo al borde de la muerte por hipotermia alcohólica en la nieve de los Pirineos aragoneses: del delirio de la bebida pasó al éxtasis místico.
Perdió por congelación dos dedos de los pies, pero, decía, valió la pena. Y fue la borrachera misma la que lo salvó de morir, pues lo mantuvo más latente e hibernando que vivo de verdad hasta que lo rescataron los esquiadores al día siguiente. Insisto: no tiene que llegarse hasta tan lejos. Puede bastar con ir a medio palo por la vida. Tuve otro amigo así, que fue feliz hasta que se lo llevó la cirrosis.
La borrachera no es un fenómenos fisiológico, sino una actividad del espíritu. A través del alcohol las cosas se ven de otra manera. Y se expresan también de otra manera. “In vino veritas”, en el vino está la verdad, se decía ya en tiempos del romano Plinio el Viejo, hace veintiún siglos. De ahí que tantos poetas hayan sido inclinados a la bebida. El mismísimo Homero, padre de todos ellos, iba siempre tan ciego de vino que llegó a asegurar en sus versos que el mar era color de vino. Quería beberse todo el mar, con todo y sus sirenas.
El problema viene después. Lo señala Rimbaud en su Temporada en el infierno, unas pocas frases más adelante de lo que cité hace un rato sobre los vinos que corrían por su vida:
“La primavera me trajo la risa horrenda del idiota”.
Es decir, el guayabo, que en otras partes llaman la cruda o la resaca. La resaca del mar que devuelve horrores de naufragios. La cruda: ¿la cruda suerte?, ¿la cruda realidad?
Oscar Wilde, que fue en su tiempo gran aficionado al ajenjo, escribía:
“Después del primer vaso se ven las cosas como a uno le gustaría que fueran. Después del segundo se ven cosas que no existen. Finalmente se acaba viendo las cosas tal como son, y eso es lo más horrible que puede ocurrir”.
Para terminar, me parece importante dejar bien claro que todas estas consideraciones que vengo haciendo en elogio de la embriaguez se refieren a la propia, y no a la de los demás. Porque no hay nada más inaguantable que un borracho.