11.12.14

Grietas de una época violenta

 Narrativa. En esta entrevista, el escritor Dennis Lehane habla de su nueva novela, La entrega, y la fascinación que sus historias generan en el cine
 
Dennis Lehane. En 1994 debutó con  Un trago antes de la guerra. /revista Ñ 


Clint Eastwood buscaba una historia para filmar cuando le acercaron un libro del escritor Dennis Lehane, una novela de barrio bajo, crímenes y abusos en la infancia y dolores de los que asfixian. Los que vieron el final de Río místico recordarán a Sean Penn frente a Tim Robbins con el ruido de las aguas golpeando contra el cemento. La escena perturba por la dureza. Los dos personajes, amigos de toda la vida, están por perder lo poco que les queda. Penn quiere obligarlo a confesar el crimen de su hija y Robbins, aturdido, lo reconoce a pesar de que no la mató. Invadido por el odio, Penn lo destripa y cuando su amigo cae al suelo Penn le susurra: “Como te dije, esta parte la haces tú solo”. Disparo y fundido a negro.
Historias como éstas volvieron a Lehane un escritor deseado. Hollywood le entregó un lugar y pocas veces defraudó. Sus novelas también las filmaron Martin Scorsese y Ben Affleck y HBO lo convocó para escribir un par de capítulos de The Wire . Después de un largo recorrido, este descendiente de irlandeses, muy hijo de Boston, llegaba al gran público. Con diálogos filosos salidos de la calle y con sujetos a los que uno quiere matar y abrazar casi en la misma medida. Esos duelos verbales y el concierto de fragilidades que entregan sus personajes se transformaron en la marca registrada a sus novelas. “¿De dónde salen mis diálogos? Crecí en un lugar donde todo el mundo hablaba de forma vívida. La rapidez verbal y la originalidad estaban muy bien consideradas, casi más que cualquier otra cosa. El haber escuchado ese tipo de diálogos eléctricos en torno mío, todos los días de mi vida –mientras caminaba hasta el subte, o cuando me paraba en el negocio de la esquina– hicieron que fuera casi imposible que no desarrollara un buen oído para los diálogos”, explica Lehane desde su casa en Estados Unidos.
Los que quieran conocer la capital de Massachussetts encontrarán en los libros de Lehane una hoja de ruta por los lugares que no aparecen en las guías. Muchos de ellos son en Dorchester, su barrio natal, o en el ficticio East Buckingham, que se le parece mucho: los mejores escenarios para contar historias de fracasos de la clase trabajadora católica e irlandesa.
–Pareciera que todos sus relatos comienzan en Dorchester. ¿Cómo era el barrio de su infancia?
 –Era muy similar al de los libros: insular, con gente soberbia y, ocasionalmente, violenta. Era un lugar excitante, con calidez pero con violencia. La lealtad estaba bien considerada, al igual que la ética del trabajo duro. La gente era muy divertida y a la vez tenía un gran complejo porque la clase trabajadora suele ser perjudicada por el sistema.
–Sus historias, ¿podrían suceder en Sudamérica, por ejemplo?
 –Sería más difícil. De todos modos, algunas escenas de Vivir de noche suceden en la Cuba de los años 20 y 30. Pero que toda la trama de un libro transcurra en un país extranjero sería mucho más complicado. Después de todo soy un escritor cultural, y me llevaría bastante tiempo aprender la cultura de otro país.
La entrega combina motivos y personajes de novela negra, con crímenes, mafiosos chechenos, robos y una historia de amor que encuentra en las dificultades su mayor pulsión. Entre ellos anda Bob Saginowski, el tipo más desangelado que habita el East Buckingham, pero que a las pocas páginas ya dan ganas de abrazarlo. Su vida previsible y anodina se empieza a complicar y da la sensación de que no puede hacer nada para evitarlo. El libro supone una vuelta a las esencias policíacas de Lehane, después de que en los últimos tiempos se dedicó a un retrato histórico de Boston entre 1920 y 1940.
“Bob era mi personificación de la soledad. Quería estudiar este sentimiento porque ocasiona más muertes que las enfermedades del corazón y el cáncer juntos. Nunca digo el término, pero Bob, al comienzo de la historia, es suicida. El no lo sabe todavía, pero a menos que consiga ayuda, está viviendo su última Navidad. Y la ayuda –o el período de gracia– llega en la forma de un perro, que encuentra en un basural. Y el perro y la mujer que Bob encuentra por medio del perro lo ayudan a deslizarse, otra vez, hacia la luz. Esa siempre ha sido, en resumen, la historia.” 
–¿Le atrapan más las historias de perdedores?
 –Habría que ver quiénes son ganadores. Ni siquiera sé lo que eso significa. ¿Se define en virtud de la economía? ¿Es un ganador el hombre rico con cuatro ex esposas e hijos que no le hablan? ¿Acaso es un ganador el esclavo asalariado atrapado en un trabajo sin alma? Yo escribo sobre la clase trabajadora. Sus problemas son un poco más básicos que los de aquellos que se preocupan por cuestiones existenciales como el hastío o por saber si están en contacto con sus sentimientos. Ellos tienen que mantenerse a flote en una economía globalizada donde la grieta se vuelve cada vez más amplia. Algunos lo hacen con honor, como Bob y Nadia, otros lo hacen con puño de hierro, como Chovka y el checheno Mob; y otros lo hacen mal, como Marv y Eric, quien, para ser justos, tiene la desventaja de estar loco.
La entrega también tuvo destino de cine, dirigida por el belga Michael R. Roskam. Fue el último papel del añorado James Gandolfini, que personificó a Tony Soprano. También están Tom Hardy personificando a Bob y Noomi Rapace, que hizo la célebre Lisbeth Salander en la versión sueca de Millenium . Los tiempos más lentos de la novela conviven bien con los del filme. Quizás allí esté la razón por la que directores consagrados buscan sus novelas para adaptarlas.
–Usted sostiene que escribe para sus lectores y no para el cine, ¿qué cree que es lo que les atrae de sus libros?
 –Creo que a los buenos actores les gusta jugar con los personajes que creo. Eso es todo lo que puedo inferir. Si no es así, entonces todo esto resulta un misterio.
–Antes, muchos escritores despreciaban la televisión. Ahora se transformó en un lugar requerido. ¿Cambió la televisión o la mirada que los autores tienen de ella?
 –El servicio premium de TV por cable anuló todas las antiguas definiciones de televisión. Son pocos los filmes –o incluso los libros– producidos en los últimos 15 años que puedan competir con Los Sopranos , Breaking Bad o Mad Men . La televisión es el lugar donde “las historias se muestran”. Tiene ese lujo, en términos de tiempo, que las películas no tienen. Y no está interesada en las novelas egocéntricas que giran en torno a los que están “vagamente disconformes en Connecticut” que generó una gran cantidad de literatura contemporánea vacía y sosa.
Cada vez que puede, Lehane explica cómo llegó a ser escritor. “A los veinte años tuve la suerte de haber fallado en todo lo demás que había intentado, así que no había otra cosa que pudiera hacer”, se ríe de sí mismo. Entre esos oficios y profesiones que agotó rápido estaba la de periodista, pero en poco tiempo dejó la información dura y se sentó a escribir.
–Dice que no le gustan las noticias, que le cuesta seguirlas, ¿de dónde se alimentan sus historias entonces?
 –Las noticias me gustan, lo que no me gusta es el “infoentretenimiento”, que es en lo que se han convertido las noticias. Todas son extravagantes y deslumbrantes, pero carecen de análisis o contexto. Los “datos” son escupidos hacia el público, que deglute y olvida, mientras se prepara para la próxima ola. Esto se vuelve peor año tras año y la población global está cada vez más desinformada. Eso es algo que, en mi opinión, la clase dominante quiere –y siempre ha querido– que suceda. La única forma de combatir el poder de la información para cambiar la vida de una persona es agobiarla con un bombardeo continuo de desinformación camuflada de “noticias”. Eso pasa en todas partes del mundo. Mis historias se nutren de las personas. Me gusta pensar en ellas y sobre ellas escribo mis historias.
–En algunas de sus novelas sobrevuela mucha sordidez y oscuridad. ¿Convive bien con crear esos ambientes o a veces lo atrapan y se vuelve parte de esos relatos?
 –Flaubert decía que un escritor debe ser regular y ordenado en su vida, para poder ser violento y original en su trabajo. Mis novelas pueden ser oscuras, pero no las veo particularmente sórdidas, a menos que las descripciones de los desposeídos te resulten, en sí mismas, sórdidas.
–Cuenta que escribe sin planificar, ¿se sorprende a medida que escribe, como le pasa a los lectores?
 –Eso espero en cada novela. Planeo un poco. Me gusta saber de antemano tres cosas que van a pasar en el libro: una al comienzo, otra en el medio y una más al final. Salvo por eso, me gusta emprender un viaje de descubrimiento y, con suerte, mi experiencia se reflejará en el lector.

Perros de la calle 

La entrega. Dirigida por Michaël R. Roskam y guión del propio Dennis Lehane, se estrena en la Argentina el jueves 18.
Al cabo, todo es acerca del perro. Ese bien podría ser el corolario del filme La entrega –que estrena en la Argentina el jueves 18–, dirigida por el joven realizador belga Michaël R. Roskam y con guión  del propio Dennis Lehane. Tal vez porque es el perro, ese pequeño cachorro de pitbull que el protagonista halla lastimado en un tarro de la basura, entre un montón de desechos del vecindario, un 28 de diciembre, el que termina por desactivar el mecanismo de autoprotección de un hombre que ha decidido contemplar el mundo más que habitarlo.
La entrega tiene su origen en una novela que Lehane había empezado a escribir y abandonado a medio camino hace más de una década; retomó la trama en el relato breve Animal rescue (Rescate animal), en base al cual escribió el guión del filme, y se estrenó como guionista. Finalmente, ya rodada la película, el autor volvió a sus viejos apuntes y parió un libro: “Mi editor me propuso escribir una novela a partir del guión, algo que en otras circunstancias habría descartado. Sin embargo, al material de esa novela original, que me gustaba, había que añadir el que había sido sacrificado del guión y, sobre esto, las diversas escenas que habían sido eliminadas en el montaje. Decidí que la unión de todo eso podría dar para una buena novela”, contó Lehane en la entrevista que aquí se publica.
Escenas más, escenas menos, tanto el filme como la novela buscan hincar la uña en la carne de ese personaje que es Bob Saginowski, que construye con maestría, el versátil actor británico Tom Hardy. Cuando la cinta no ha corrido más de diez minutos, el espectador ya le sigue de cerca los pasos a ese camarero silencioso y distante, de hombros caídos que evita sostener la mirada de sus interlocutores. De alguna manera, el propio Bob se mueve en un vecindario de chicos duros, como un perro largamente apaleado que prefiere mantenerse a distancia para no resultar herido.
Pero resulta que el filme es un policial y el escenario un bar de poca monta en el que se colecta dinero sucio de apuestas, prostitución y drogas para una organización criminal de europeos del Este. Una noche que se cierra con una buena recaudación, mientras Bob friega la vajilla y su primo Marv –una última interpretación memorable del genial James Gandolfini– hace cuentas, irrumpen un par de asaltantes y se alzan con el dinero; dinero que, claro está, luego reclamarán los chechenos que regentean la organización.
Así que la cuerda del relato se crispa mientras el grandulón de Bob se trenza en una especie de relación con su cachorro Rocco y una mujer a la que conoce la noche que halla al perro. Entre él y Nadia –encarnada por Noomi Rapace– hay una suerte de pacto conjunto a un lenguaje sin palabras, él no pregunta, ella no responde; ella pregunta, él sonríe y tuerce la mirada. Y todo es a causa del perro, que agita una fibra interna del protagonista; que cierra el puño con fuerza para mantenerse aferrado a la soga de Rocco, para no dejarlo ir, para no perderlo.
Afuera, la historia se ciñe en un cuello de botella, porque ninguno de ellos tiene las manos limpias, ni siquiera el camarero, pasivo hasta la exasperación, que se enfrascará en su quietud hasta bien entrado el desenlace.
Así como en Río místico (2003) y en La isla siniestra (2010), también basadas en novelas de Lehane, la tensión pasiva es la clave de La entrega.
Hay una tremenda escena entre Hardy y Gandolfini, en la que los protagonistas se baten en un duelo de miradas, mastican las palabras pero terminan por no decirlas. Esta es la historia de un puñado de personas que buscan mantener su cuello fuera del agua, simplemente eso. Donde cada quien se fija en cada quien. Así es este vecindario.