27.6.15

Frankenstein sigue vivo

William Ospina investiga sobre los orígenes del mito en su nueva novela
El año del verano que nunca llegó de William Ospina.
El escritor colombiano William Ospina, el viernes en un céntrico hotel de Barcelona./Ricardo Cugat./elperiodico.com

Mientras en la primavera de 2010 toda Europa andaba preocupada por las cenizas del volcán islandés de nombre impronunciable, el escritor colombiano William Ospina (Padua, Tolima, 1954) se interesaba por otra erupción volcánica. La que en 1815 en una isla lejana de Indonesia propiciara un extraño fenómeno por el cual el verano de ese año fue el más frío de los registrados. Eso provocó que en la otra punta del mundo, en Suiza, durante tres días de gélido junio, cinco jóvenes se vieran obligados a recluirse de ese tiempo de perros en Villa Diodati, a orillas del lago Leman, para imaginar y contar historias, su única distracción. Eran los poetas románticos Lord Byron y Percy Shelley, su esposa Mary Shelley, el secretario del primero John William Polidori y la hermanastra de Mary y amante de Byron, Claire Clairmont.
La estancia, no provocó en los grandes, Byron y Shelley, una obra memorable, en cambio fueron los personajes secundarios los que dejarían una huella indeleble. Mary imaginó al monstruo de Frankenstein y Polidori al primer vampiro literario. Las dos criaturas nacieron en la misma casa y en la misma noche acuñando mitos que todavía hoy tensan nuestros miedos.
Aquel encuentro ha propiciado no pocos ficciones literarias y películas -una de ellas, Remando al viento de Gonzalo Suárez- pero El año del verano que nunca llegó (Random House) el libro de Ospina se propone otra cosa. No solo contar lo que sucedió en aquellas veladas sino también mostrar la propia investigación del escritor convertido en el narrador de una novela que teje un inmenso tapiz con su idas y venidas por el mundo en pos de los detalles de aquella historia y sus caprichosos azares. El primero -está dicho- fue la erupción del volcán Tambora. «Mientras buscaba documentación -cuenta el autor- tenía la sensación de que todas las cosas estaban conectadas secretamente, que solo bastaba con mirar con un poco de atención para darse cuenta de ello. Todo lo que no se conecta de una forma natural, termina haciéndolo por la cultura. Quizá por eso la literatura tiene tanto poder, porque es el modo en que los sueños individuales se convierten en sueños colectivos».
Seguir a aquellos jóvenes románticos que hoy quizá vistieran como rebeldes punks o como góticos hace que Ospina se interrogue por su legado. «Muchas de las preguntas que surgieron entonces sobre si se podía crear vida e inteligencia artificial siguen vivas. La idea del cambio climático también se filtra en Frankenstein». Se pregunta el autor si los jóvenes de hoy no deberían mirarse en el espejo sombrío de la imaginación romántica. «Ellos tenían sueños e ideales y mucha más pasión. En la actualidad corremos el riesgo de convertirnos en tuercas y tornillos de una sociedad cada más controladora».
Una de los aspectos que fascinan a Ospina del mito de Frankenstein es que haya sido creado por una mujer. «El hombre que no nació de mujer dice mucho de las angustias de la condición materna. En aquella época había una alta mortalidad infantil y muchas madres morían al dar a luz, como la de la propia Mary Shelley».
El libro ilumina poéticamente aspectos curiosos y desconocidos. Como el hecho de que la inspiración para su criatura le llegara a Mary a través de los hermanos Grimm, de los que su madrastra era traductora al inglés. Los Grimm recogieron la historia real de un noble alemán que en el castillo de Frankenstein -el nombre del edificio- experimentaba con cadáveres. O que Claire Clairmont, que sobrevivió al grupo y murió en Florencia a los 81 años con la correspondencia de Byron como su mayor tesoro fue la inspiración para Los papeles de Aspern de Henry James. Sin olvidar que Ada Lovelace, la hija que Byron no llegó a conocer, fuera formada como matemática por su madre con la intención de que no se pareciera en nada a su padre y llegó a ser la pionera de lo que hoy conocemos como informática.
Pese a no tener un protagonismo activo en las creaciones de Villa Diodati, para Ospina la figura de Byron, aquí casi el villano de la película, es crucial. «Era alguien que potenciaba todo lo que tenía a su alrededor. El destino de Shelley se modificó conociéndole. Mary encontró su mejor inspiración grotesca para su monstruo. Polidori vio en él al vampiro y Claire encontró gracias a él su lugar en la leyenda».

La paradoja

Que hayan sido unos segundones los creadores de los mitos más perdurables de la literatura ayuda, según Ospina, a romper no pocas supersticiones. «Las obras de Byron y Shelley no se escaparon de los libros como sí hicieron las creaciones de Mary Shelley y Polidori, para ser conocidas por toda la humanidad, aunque la mayoría no haya leido los libros originales. Un gran creador también pude nacer como fruto de unas circunstancias de temor y de inspiración y en el fondo ellos son el símbolo del escritor posible que hay en todos nosotros».