19.6.15

Adiós posmodernismo, llega el Nuevo Realismo

Filosofía. Un ideario que recupera la relación con el objeto y los hechos inunda el ensayo europeo. Aquí, los autores y libros que lo despliegan
En la cadena árabe. La captura y linchamiento del dictador libio Kadafi el 20 de octubre de 2011 transmitidos por Aljazeera: el fin de la guerra en abstracto./revista Ñ.

Es hora de no concebir el mundo como antes. Este llamado ocurre cada tanto a la filosofía, y cada tanto es atendido. Pero a diferencia de la ciencia, que al renovarse puede descartar casi todo lo pasado, la filosofía se renueva recuperando al mismo tiempo su propia herencia. Los problemas cambian, pero nunca se transforman en algo absolutamente nuevo.
Hay ciertos indicios de que esto acaba de ocurrir una vez más y que este acontecimiento tiene un nombre más o menos establecido: el Nuevo Realismo. Algunos lo atribuyen al agotamiento del posmodernismo, otros a la recuperación de la especulación. Sea como sea, una corriente que está dando que hablar hace unos diez años en Europa parece responder a aquel llamado. Si se dijera “realismo” a secas, anunciarlo sugeriría un regreso dogmático a las doctrinas anteriores a Immanuel Kant y hasta a Tomás de Aquino, del siglo XIII, que postulaba una adecuación evidente entre lo que pensamos y los objetos del mundo. Ahora, se trata de un “nuevo” realismo para algunos, para otros de un “realismo especulativo” o hasta de un “materialismo especulativo”. Todos coinciden en que si algo han dejado de lado, es la vieja ingenuidad.

De la especulación filosófica

El movimiento, como tal, cobró verdadero cuerpo hacia mediados de los años 2000, pero tiene muchas vertientes y varios precursores en los noventa del siglo XX. En parte, fue una reacción ante las dificultades que habían llevado a la filosofía los presupuestos del posmodernismo. Una reacción tardía y necesaria al dominio del fenómeno y de la interpretación que todo lo cubre y todo lo permite. Si el posmodernismo había declarado: no hay hechos, sino puras interpretaciones, llegando al paroxismo de declarar que una guerra no existe porque se nos aparece en las pantallas como un mero fenómeno, como un puro efecto televisivo, el nuevo realismo viene a denunciar, en cierto sentido, que ese diagnóstico es insostenible.
Así de múltiple como pueda parecer este incipiente movimiento, que va desde la filosofía más rigurosa (el caso del francés Quentin Meillassoux, que es un racionalista) hasta los movimientos alimentados por blogs y discusiones que se dan en Internet y van de la especulación filosófica hasta la ciencia ficción, hay sin embargo un denominador común: la primacía del objeto. El nuevo realismo ha venido a expandir nuestra idea de realidad.
¿Pero no es acaso la ciencia positiva, no son los físicos y los químicos, los atentos experimentadores del laboratorio los guardianes sagrados del objeto en este mundo de puro texto y de pura interpretación?
Extrañamente, esto no es así. La ciencia, o mejor dicho la filosofía de la ciencia, es y ha sido desde el siglo XIX eminentemente kantiana. ¿Qué quiere decir esto? Que ha entendido la relación con el mundo a través de la pregunta por la posibilidad del conocimiento. Pero el conocimiento es absolutamente humano, nos dice, y ocurre sobre las condiciones de nuestra humanidad y en los límites de nuestras facultades. La tarea de la filosofía de la ciencia ha sido, desde Kant, tratar de delimitar y nombrar esas posibilidades del saber, describiendo la relación con un objeto detrás de varios velos. De ahí el decreto prohibitivo de Kant sobre la cosa en sí: nada sabemos propiamente de ella.
Con el tiempo, y extremando algunas conclusiones, la verdad de la ciencia terminó siendo la verdad de un paradigma válido en la actualidad, reconocido por un grupo de científicos, que mañana podrá ser otra. Quienes tiraron de la cuerda de este argumento, entre ellos en parte lo que se llamó posmodernismo, llegaron a aquella osada conclusión de la inexistencia de la Guerra del Golfo, o de proclamar que lo no dicho o no visto no ha existido nunca. El sujeto, tan sepultado al parecer por los discursos, en verdad fue entronado doblemente en los últimos tiempos.
El llamado a cambiar nuestro modo de concebir el mundo, ese atendido por el Nuevo Realismo, proviene del agotamiento de un muy poderoso modelo filosófico que dominó el siglo XX: la fenomenología. Sus mayores representantes: Edmund Husserl, Martin Heidegger y Maurice Merleau-Ponty. Su heredero más extremo fue Jacques Derrida. Sin embargo, la primacía del objeto no había muerto del todo y sobrevivió en parte en el materialismo más o menos marxista. No es casualidad que los “nuevos realistas” vengan de abandonar la fenomenología. El filósofo alemán Theodor Adorno repetía en sus clases un lema que lo guiaba y que atribuía a su maestro Hegel: la libertad hacia el objeto. Esa libertad suponía para Adorno poder pensar más allá de las limitaciones kantianas del conocimiento. Aunque esto significase una especie de paradoja; para tener el objeto, sumergirse en la especulación.
Esto bien lo sabe Quentin Meillassoux, quien lo demostró en su libro Después de la finitud (Caja Negra) apoyándose en la matemática. La idea está mucho más cerca de las ciencias de lo que pensamos. Sabemos, por ejemplo, que Albert Einstein atribuía el origen de su teoría de la relatividad al hecho de que de muy joven soñaba –digamos, imaginaba o especulaba– con perseguir un rayo de luz. Nuestro ejemplo no es demostración alguna, aunque vale de ilustración para pensar que la ciencia ocurre en principio fuera del laboratorio y fuera de la experiencia: en la especulación pura. Pero esta especulación, ¿no está precisamente en contra del objeto? ¿No resulta paradójico hablar de realismo especulativo? Esta es la develación de Meillassoux: se trata solo de una contradicción aparente. De ahí que uno de los derivados de su pensamiento sea –sorprendentemente– la defensa de la absoluta contingencia y, como resultado, de la multiplicidad de los mundos posibles.
Después de la finitud sirvió de catalizador de inquietudes para una primera “fundación” de la nueva corriente, hacia mediados del año 2007, y cuyos integrantes –que los haya y que podamos nombrar sus protagonistas es también parte de este fenómeno– son Meillassoux, Graham Harman, Ray Brassier y Iain Hamilton Grant. Unos años más tarde, sobre el eje alemán e italiano, el paraguas conceptual del realismo especulativo se amplió y se convirtió, a secas, en un “nuevo” realismo. Como si la diferencia entre la filosofía continental y anglosajona ya no se sostuviese, en una reciente compilación alemana de la editorial Suhrkamp grandes figuras de la filosofía analítica, como Hilary Putnam y John Searle, han salido a discutir el problema del realismo. Desde Italia, el escritor y semiólogo Umberto Eco también, siguiendo los presupuestos de su compatriota Maurizio Ferraris, uno de los precursores de la postura anti-posmoderna. Eso que había comenzado en el intercambio de muy jóvenes filósofos en un congreso en Finlandia en el año 2006 está convirtiéndose en el más actual debate mundial filosófico.

Diferencias con el realismo clásico

En la esfera académica alemana, Markus Gabriel tuvo un dinámico papel como anunciador de la nueva corriente. Criticado por algunos por su cultivo de la escritura de divulgación, junto con Ferraris dieron inicio formal en 2011, también mediante un congreso, a lo que ellos bautizaron nuevo realismo. Puesto a resumir qué los diferencia del realismo clásico, tildado por todos de ingenuo, y de la fenomenología (llamada técnicamente “constructivismo”, dado que entiende la relación del sujeto con el mundo, a fin de cuentas, como una construcción del sujeto hacia el mundo), Gabriel explica que esa vieja diferencia entre lo “real” del mundo de los objetos, y el sujeto del pensamiento, tal como la entendía Kant, ya no puede sostenerse. “Nuestra facultad de conocimiento y los conceptos y capacidades ligados a ella son tan reales como los objetos y los hechos que por lo general atribuimos a la ‘realidad’, al ‘mundo’, a la ‘naturaleza’.” Entre todos estos representantes, el pensamiento y la formulación del francés Quentin Meillassoux mantiene cierta forma deductiva clásica de la filosofía. No por nada, su valioso y esclarecedor Después de la finitud parte de la base de una antigua distinción del pensamiento cartesiano, desde la cual deduce, con el rigor del racionalismo, sus osadas conclusiones. Una de ellas lo identifica como discípulo de Alain Badiou, quien escribe el prólogo a su libro: la tesis de que todo lo que, de un objeto, puede formalizarse en términos matemáticos puede ser pensado como una propiedad del objeto en sí. En sí quiere decir: más allá de quien lo observe o tenga una experiencia de él, más allá de que alguien lo observe o no lo haga. Habrá Guerra del Golfo o la muerte de una estrella de otra galaxia, aunque nadie lo sepa. Uno de sus pilares es la entronización de la matemática; el otro, más controvertido debido a la audacia general de sus afirmaciones, es el salvataje a toda costa del antiguo y aristotélico principio de no contradicción. Meillassoux irá tan lejos como para hacer contingentes, es decir variables, todas las leyes posibles del universo, pero salvando las matemáticas pos cantorianas (las de los múltiples infinitos, como había estudiado ya Badiou) y el principio de la no contradicción. Sus postulados son tan rigurosos como temerarios, y eso lo convirtió de inmediato en un referente de su joven generación.
De la contingencia de las leyes del universo a la teoría del Caos hay un solo paso, y ese es el paso que Meillassoux da. La contingencia absoluta es un “puro posible”. Pero su caos no es un enorme lavarropas del cambio irrefrenable (Kant había deducido la imposibilidad del pensamiento ante el cambio absoluto) sino que tiene una cierta constancia: esta es la clave de la infinita posibilidad de los mundos y del caos reinstalado en el pensamiento de lo real.
Es hora de concebir no ya el mundo, sino los mundos, en plural. Este es en verdad el llamado a la filosofía. Una vez postulada la especulación como herramienta y la matemática como universal, nuestro mundo humano se vuelve pequeño y limitado. De ahí que el nuevo realismo sea una expansión. De la especulación a la contingencia de las leyes de la naturaleza, de la contingencia al caos, del caos a los mundos posibles: falta un solo paso, y ya estamos en el arte y en la ficción.
Quien lo da es una lúcida ensayista francesa, Anne Cauquelin. En Desde el ángulo de los mundos posibles (Adriana Hidalgo) emprende un recorrido de esta idea antigua en la filosofía, que aparece ya en Aristóteles hasta llegar a Leibniz, para preguntarse “qué suerte de acceso ofrece la ficción a los posibles, y cómo se operan los pasajes entre obras y mundos plurales”. Esos posibles están mucho más presentes de lo que creemos y participan en forma cotidiana de la realidad del mundo real. Y Cauquelin aventura una primera conclusión: la estética será entonces una “ciencia de los accesos a los mundos posibles”, un modo de cultivar el pasaje de lo real a lo posible, pero también de lo posible a lo real.
Los caminos son muchos: por la metafísica, por las matemáticas, por el arte o por la dialéctica se anuncia lo nuevo de un realismo, aunque sea también lo viejo. Para algunos, los que nunca abandonaron el materialismo, no será una gran novedad. Para muchos, será la forma de atender a la urgencia o la persistencia del presente, como hace y ha hecho desde siempre la filosofía.