13.6.15

Una novela de hierro

 La flamante ficción del escritor, Perfidia, se centra en la investigación de un crimen ocurrido en los días del ataque de Pearl Harbor, y lleva al extremo su torrencial estilo telegráfico
Ellroy, con una de sus habituales camisas hawaianas y la pose irreverente y corrosiva que oculta a uno de los creadores esenciales de la literatura norteamericana actual. /Jerome Mars./adncultura.com

El primer volumen del primer Cuarteto de Los Ángeles (La Dalia Negra) representó un cambio de nivel en la obra de James Ellroy. Los tres que siguieron (El gran desierto, Los Ángeles confidencial y Jazz blanco) lo instalaron definitivamente como uno de los grandes nombres de la novela policial negra estadounidense e internacional. Con la posterior Trilogía americana (América, Seis de los grandes y Sangre vagabunda), superó todos los límites del género. Esta segunda serie fue un esfuerzo estilístico que lo colocó en la categoría de gran novelista a secas, sin diferencias de género. Tenía un trabajo de síntesis tremendo: decidido a eliminar hasta los vínculos más elementales entre las frases y las palabras, hacía que en comparación, Hemingway pareciera barroco. La telegrafía que resultaba era relato puro. Además, instaló un trío de mujeres tan desesperadas, inestables e inolvidables como sus protagonistas masculinos.
Con 67 años, ahora emprendió una segunda tetralogía de Los Ángeles, en realidad una precuela, que irá desde 1941 hasta 1946. Las tres series abarcarán treinta y un años de historia norteamericana. Perfidia, título de un gran bolero de Alberto Domínguez, lo muestra en plena forma. El libro tiene en principio una estructura de hierro: van desfilando los días desde 24 horas antes (6 de diciembre de 1941) del ataque japonés a Pearl Harbor, hasta el lunes 29 del mismo mes y año. En un entorno de histeria colectiva, paranoia e intensidad, el hilo conductor es el minucioso procedimiento de investigación en el que se destacan tres personajes: el japonés Hideo Hashida, el irlandés Dudley Smith y el muy estadounidense William (o Bill) H. Parker. Lo que tratan de descubrir es quién (y por qué) mató a una familia completa de japoneses. Así describe el hallazgo: "Un salón. Una alfombra persa de pared a pared. Empapada de sangre, inmersa en sangre. Sangre de cuatro infieles muertos. Una familia amarilla: papá, mamá, hija, hijo". En ese primer registro aparecen limaduras de metal de un silenciador, semejantes a las encontradas en el asalto a una farmacia.
El hilo será seguido con ejemplar rigor por Ellroy. El libro tiene casi 800 páginas, y después de innumerables vueltas y rebotes, se reserva un dato hasta casi el final. A su vez ese rigor está empapado en la "salsa" violenta e inventiva característica de Ellroy, aunque más serena que, por ejemplo, en América, donde la batalla de Cochinos era un tramo interminable de sangre derramada de mil maneras. Aquí escribe, por ejemplo: "Se accionaron seis gatillos. El violador voló por los aires. Esquirlas de hueso se llevaron por delante frondas de palmeras. Un salpicón residual manchó las gafas de Carlisle". Pero allí termina lo que en libros anteriores habría sido apenas el principio de varias páginas.
Otro elemento importante es el modo en que el "Diario de Kay Lake" interrumpe el desfilar de horas (apuntadas rigurosamente cada vez) con la primera persona de una mujer dada a las relaciones múltiples, muy jugada en sus acciones, y que actúa como "topo" plantado por Bill Parker para espiar comunistas. Otros condimentos clásicos en Ellroy son las "pruebas" falsas, la elaboración de culpables que no lo son, o las pullas y los sacudones de un enorme grupo de varones que compiten como toros ruidosos en un ruedo. También hay un desfile constante de "trapos sucios" de cada personaje, un elenco de lesbianas, y muy en especial, una descripción del modo en que la guerra pega sobre las comunidades japonesa y china de Los Ángeles.
El estallido de la guerra, tan inmediato, complica todo: "Ahora todo el mundo está obsesionado con los bombardeos y nadie se acordará de si vio algo justo antes de que los despacharan". Los diálogos están sembrados de racismo directo o difuso, típico de la época. También de merchandising: "Llaveros de Hitler e Hirohito. Casquetes judíos con hélices de juguete. Fichas de póquer con la esvástica grabada". Como Dudley Smith es el más semejante a Ellroy de los tres protagonistas, se lo ha mencionado mucho en reseñas o reportajes. Pero los tres pesan parejamente.
Por momentos, es como leer el gran primer libro de un autor mucho más joven. Incluso en los excesos: bajarle cien páginas no le quitaría nada de su peso específico. Muchas de esas páginas (ahí termina el símil con un primer libro) son reverencias a los que otro grande, Stephen King, denominó "los lectores fieles". Dicho de otro modo: la barra, que espera ciertos ingredientes característicos. Por ejemplo, las alusiones al cine. La larga historia erótica con Bette Davis es más el cumplimiento de un sueño de autor que una relación que suene auténtica en el contexto. Un varón secundario, Scotty Bennett, despierta a Dudley Smith, porque tiene que decírselo a alguien: "Me he follado a Joan Crawford". El lector sonríe: ¿es algo que importe tanto, incluso en pleno delirio post-Pearl Harbor? Ellroy suele hundirse más en sí mismo y en las historias cuanto menos atiende a ese grupo.
Si hay algo que saca de las casillas a Ellroy es que lo comparen con Raymond Chandler. Pero en un largo ensayo reciente alaba a Ross MacDonald: "Vivimos vidas de sucesos públicos comprobados y drama interior no registrado -dice-. Somos la infraestructura humana secreta de la historia." Sin falsos pudores, definió en un reportaje: "Los libros que escribo son esfuerzos sobrehumanos de concentración, construcción y pasión". Mucho de ese esfuerzo está en Perfidia. Aunque al mismo tiempo uno se pregunta por los tres libros que seguirán. Una tensión que es la esencia misma de la gran cultura popular.