8.9.14

Colombia no solo lee apenas 1,9 libros por año, también lee mal

La cifra de consumo cultural revelada por el Dane indica que cada colombiano lee menos de dos libros por año; lo preocupante es que, además de esa cifra desoladora, seis de cada diez estudiantes de este país no entienden lo que leen
 
Estudio del Dane destaca que un 72,8% de los niños encuestados, mayores de 12 años, confesó que lee por gusto; un 40,6% para su desarrollo personal y un 37,5% por exigencia escolar. /elpais.com.co

Durante 2012, los colombianos leímos un libro y casi alcanzamos a terminar otro. Casi. Eso es lo que revela el Dane en su más reciente Encuesta de Consumo Cultural. Lo dijo a su modo, claro, a comienzos de mayo: 1,9 libros fue lo que leyó cada habitante de este país.
No son números halagadores. Si echamos una mirada por el vecindario, estamos a kilómetros de distancia del promedio de Chile y Argentina, cuyos habitantes se llevan a casa, de enero a diciembre, hasta cinco libros. Y a años luz de alemanes y noruegos, que llegan a los 17 en ese mismo lapso.
Pero algunos creen que hemos mejorado. En el bando de los optimistas está el Ministerio de Cultura, que se aferra a la Encuesta de Hábitos de Lectura y Consumo de Libros del 2005, según la cual Colombia leía anualmente 1,6 libros. Para el Ministerio, entonces, si hoy hablamos de 1,9 quiere decir que el público lector ha crecido.
La fe, incluso, le alcanza para creer que seguirá en ascenso. En los cálculos de la ministra Mariana Garcés, para 2014 el promedio se acercará a los 3,2.
No son, sin embargo, las mismas cuentas que lleva el Dane: hace solo un par de años, en 2010, la entidad reveló que un colombiano leía 2,23 libros cada 12 meses. Matemática elemental: para el Dane la cantidad de quienes leen se redujo en 2012 en 0,33 puntos.
Lo único en lo que unos y otros están de acuerdo es que no ha variado la edad de la población que aparentemente lee más: se mueve entre los 11 y los 25 años. Entonces, no hay que ser encuestador del Dane ni empleado del Ministerio de Cultura para entender de qué se trata todo, más allá de los números: son más lectores aquellos que están en edad escolar, los que asisten al colegio o a la universidad. Para el Estado —y es aquí donde nace el verdadero debate— un texto de trigonometría, geografía, anatomía o cualquiera otro de uso escolar suma al momento de hacer las cuentas.
Y, si eso es así, ¿qué hay detrás de esa cifra del 1,9 libros per cápita? ¿Qué es lo que realmente leemos los colombianos? Más angustiante aún: ¿acaso sí leemos? ¿Es una crisis exclusiva del libro de papel? ¿El tema va por mejor camino en los formatos digitales?

¿No hay lectores?

La palabra la toma Luis Fernando Afanador, poeta, docente y crítico literario. Habla para decir una verdad que incomoda, que da pena: Colombia no es precisamente un país lector. “Quienes buscan libros por placer —reflexiona— son una inmensa minoría. Y suena a consuelo que nos digan que la población que más lee la conforman los muchachos que estudian porque los libros que ellos consumen son los que por obligación deben consultar para hacer sus tareas”.
Es una certeza que preocupa a Enrique González, presidente de la Cámara Colombiana del Libro. “El principal reto de la industria editorial, más que el libro electrónico, como muchos imaginan, es la falta de lectores. No habla muy bien de un país que sus habitantes lean solo un par de libros por año, entre ellos libros escolares. Muchos aún no entienden que cuando la gente lee más, rinde más en el estudio, es más competente en su trabajo y se comporta mejor en sociedad”.
Afanador, por su parte, sustenta la poca cultura lectora que tiene Colombia en una pregunta que él mismo se responde: “¿Cuáles son nuestros ‘bestsellers’, los que las editoriales y librerías promueven como libros más vendidos? Pues esos que venden apenas 2.500 ejemplares de una misma edición. Eso es ridículo”.
Fue lo que sucedió con ‘Memorias por correspondencia’ —editado por Laguna Libros—, una conmovedora recopilación de 23 cartas que Emma Reyes, pintora colombiana que vivió en Francia y murió en 2003, le escribiera a su amigo Germán Arciniegas para narrarle su infancia infeliz.
Su primera edición, en abril de 2012, fue de unos 3 mil ejemplares. Pero, después de un año, ha sido tal la acogida que ya va por la tercera edición. Hasta ahora, unos 14 mil colombianos han pagado $35.000 para leer la dramática infancia de la artista.
Es, claro, toda una hazaña si se tiene en cuenta que se trata de una editorial pequeña con escaso presupuesto para la promoción de sus títulos. Pero, en Argentina un bestseller logra que, en un mismo año, sean 45 mil las personas que arrebatan un libro de moda de los estantes de las librerías.

Los colombianos prefieren libros de superación

El éxito que ha tenido ‘Memorias por correspondencia’ va por el mismo camino, en términos comerciales, de libros como ‘El olvido que seremos’, de Héctor Abad Faciolince, que alcanzó la edición número 34 e incluso fue editado en versión audiolibro. Y, más recientemente, de ‘La luz difícil’, de Tomás González y ‘Lo que no tiene nombre’, de Piedad Bonnett.
Lo cuenta Andrés Sarmiento, director de Mercadeo y Comunicaciones de Prisa Ediciones, uno de los grupos editoriales más grandes en castellano: agrupa a Alfaguara, Taurus, Aguilar, Suma de Letras y Alfaguara Infantil y Juvenil.
En el caso del libro de Bonnett, “la primera edición, que fue de unos 5 mil ejemplares, se agotó en menos de tres semanas. Lo que sucede con libros como estos es que responden a una fórmula que ha funcionado bien: hablan de conflictos íntimos y familiares y eso le gusta al lector promedio colombiano”, dice Sarmiento.
El escritor Afanador ve esta realidad de la industria editorial con ojos menos benévolos: “son libros de superación pero en estuche distinto, si se quiere, con mejor factura literaria y estética”.
Son —está seguro— libros emocionales donde al final, “como en todo libro de superación, hay una parábola: en el caso de Héctor Abad fue el perdón, en el caso de Piedad Bonnett y Tomás González, sobreponerse a un duelo”.
Esa reflexión la hace también el profesor Alberto Rodríguez, director en Cali de la Fundación Casa de la Lectura y Coordinador para el sur del país de Relata, la Red Nacional de Talleres de Escritura Creativa. “La fórmula de esos libros —cree— funciona en ventas porque nos asoman a una realidad y unos lenguajes que son fáciles de entender. Es como si el lector dijera: cuénteme una historia real de gente que se parezca a mi y entonces me leeré su libro”.
De alguna manera, piensa Rodríguez, es lo que permitiría comprender la gran acogida de autores como Ángela Becerra, que no gozan precisamente del afecto de la crítica literaria.
Planeta, editorial que imprime la obra de la autora caleña desde hace un par de años, tiene a ‘Memorias de un sinvergüenza de siete suelas’, su más reciente novela, como la segunda más vendida de los últimos meses.
Es entendible, explica Rodríguez: “Este no es solo un país que lee poco, sino que la minoría que lo hace no se va con consideraciones elevadas al momento de comprar libros. Ángela Becerra tiene un público ya conquistado (mujeres urbanas en su mayoría) que gustan de sus personajes estereotipados que les hablan de amores, desamores, la pareja, los hijos y asuntos de la vida cotidiana, casi al borde de la autoayuda, con historias que pretenden aleccionar, en un lenguaje básico, lineal, plano y sin riesgos literarios”.
Otro ejemplo de ese tipo de propuestas editoriales ha sido el fenómeno en ventas de ‘Cincuenta sombras’, del que Cali no ha sido ajeno. Que lo diga Margarita Torres, una compradora desprevenida que llegó hasta la Librería Nacional de la Plaza de Cayzedo, una tarde de viernes, dispuesta a pagar los $46.000 que cuesta el tercer libro de esta saga erótica: ‘Cincuenta sombras liberadas’.
“Desde que leí el primer libro quedé conectada. No soy muy buena lectora y a pesar de que estos libros son largos, son tan entretenidos que a uno se le van rápido las páginas. Yo leo mientras mis hijos duermen o están en el colegio”, asegura esta arquitecta de profesión, hoy dedicada por completo a las labores del hogar.
Es una escena que no se le hace extraña a Víctor Serna, administrador de esta librería, una de las más grandes de la ciudad. Cuenta que desde hace unos seis meses se venden diariamente entre 8 y 10 libros de la saga. “Quienes la compran son mujeres. Vienen averiguando exactamente por ese libro. Uno les pregunta por otros títulos, pero no, ‘Cincuenta sombras’ es lo único que les interesa”.
Junto a la saga —célebre más por ser literatura erótica para amas de casa que por sus bondades literarias—, Víctor asegura que en las últimas semanas otros libros que se han vendido como arroz han sido ‘Persiguiendo el sol’, biografía de Juanes, otras de la Santa Laura y el Papa Francisco; ‘Colombia, cocina de regiones’, una lujosa edición que repasa la riqueza gastronómica del país; las novelas ‘Hot sur’, de Laura Restrepo y ‘Memorias de un sinvergüenza de siete suelas’, de Ángela Becerra; y el relato ‘Lo que no tiene nombre’ de Piedad Bonnett’. Eso sin contar, agrega el librero, “libros de autoayuda de moda como ‘¿Qué tiene ella que no tenga yo?’, del Padre Alberto Linero, que se ha vendido muy bien”.
Para Afanador, “no hay que darse muchos golpes de pecho” preguntándonos porqué los colombianos leen lo que leen. Es sencillo: “al lector promedio le gusta asomarse a un espejo que le devuelva una imagen fácil. Si autores como Juan Gabriel Vásquez o Ricardo Silva Romero —que son muy buenos escritores, aunque no los más vendidos— le van a complicar mucho la vida con sus libros, si lo van a poner a pensar, él preferirá la televisión o, en el mejor de los casos, el cine”.

Los colombianos no entienden lo que leen

La raíz de la escasa lecturabilidad de los colombianos es, para Jorge Orlando Melo —historiador, profesor universitario y otrora director de la Cámara Colombiana del Libro— que “a los colombianos no se les enseña a leer bien, nuestros estudiantes tienen niveles de comprensión de lectura precarios. ¿Cómo entonces esperamos que sean buenos lectores?”.
El actual director de la Cámara del Libro, Enrique González, va más allá y culpa a los padres de familia de no inculcar el valor por la lectura en los hogares y a los “profesores, que pretenden formar alumnos en la lectura sin ellos mismos buenos lectores”.
Es la misma preocupación de la Fundación para el Fomento de la Lectura, Fundalectura. De Claudia Rodríguez, subdirectora de programas de formación de la entidad. “El panorama inquieta: no solo tenemos un modelo pedagógico que no se ha renovado en los últimos 50 años, sino que ese modelo le entrega todo molido al profesor, al quien le llega una guía en la que le explican de qué se trata el libro que después él pretende que sus alumnos se lean completico”.
No es una angustia infundada. El pasado mes de febrero, un informe publicado en el diario francés Liberation le dio una bofetada al sistema educativo colombiano: señaló que seis de cada diez escolares no comprenden lo que leen. “Así este artículo hubiera sido escrito en español, los alumnos colombianos no lo entenderían”, se leía en la publicación.
La cifra nació de un estudio, el Pris, realizado en 45 países por la Asociación Internacional para la Evaluación del Rendimiento Educativo, en el que Colombia ocupó el vergonzoso puesto 43.
Consciente de esa realidad, la maestra Claudia Rodríguez cree, sin embargo, que el país está haciendo esfuerzos por hacerle frente. “Aún es una tendencia muy tímida, pero lo que noto es que cada vez más las familias están siendo sensibles frente a la importancia de formar buenos lectores y no dejar esa tarea exclusivamente en manos de la escuela”.

No todo está perdido

Detrás de la cifra de 1,9 libros per cápita —“la única que ventilan los medios de comunicación”— hay otros números que son más esperanzadores, según Rodríguez.
En los pequeños municipios, por ejemplo, se encontró que para un 44,4% de los niños y jóvenes encuestados, entre los 5 y los 11 años, la biblioteca pública es el lugar que más les gusta para pasar el tiempo libre. “Eso es una buena señal”, sostiene la pedagoga.
Lo es además que, de acuerdo con la misma encuesta, aumentara en esa franja de la población la frecuencia con la que aparentemente los muchachos colombianos leen: “en 2010, un 19,4% confesó leer todos los días. En 2012 lo hicieron 22,2%”.
También destaca que un 72,8% de los niños mayores de 12 años confesara que lee por gusto; un 40,6% para su desarrollo personal y un 37,5% por exigencia escolar. “Es más —dice— mermó el porcentaje de aquellos que dicen que leer les parece aburrido: en 2010 lo creía así un 63%, para 2012 llegó a 44,4%. Mi teoría es que una cosa es que se lean pocos libros y otra que los colombianos no lean. Lo que las cifras no muestran en realidad es qué se está leyendo”.
Una percepción similar le quedó a Andrés Sarmiento, de editorial Alfaguara, tras observar la devoción con la que decenas de adolescentes se acercaron a la pasada Feria del Libro de Bogotá para conocer a Tonya Hurley, norteamericana, autora de ‘Ghostgirl’, libro sobre jóvenes vampiras.
“Fue impresionante la cantidad de chicos que llegaron, nos tocó hasta buscar un salón más grande. Muchos de ellos habían leído el libro en su versión original, en inglés. Eso demuestra dos cosas: los jóvenes no van a leer lo que los adultos les impongamos; tienen sus gustos y lo que hay que hacer es aprovecharlos para fomentar en ellos la lectura. Lo segundo es que ya no esperan a que el papá les lleve el libro a la casa; si a ellos les entusiasma un libro, como ha pasado con la saga de Harry Potter, por ejemplo, serán ellos mismos los que irán por él”.
Puede ser. Otros, derrotados por completo ante la avalancha del mundo digital, creen que la esperanza del libro y del hábito de la lectura es el e-book. Pero aún falta mucho para eso, al menos en Colombia. En cuanto a autores colombianos, los más vendedores en AppStore son Daniel Samper, Héctor Abad Faciolince y Alberto Salcedo. Sus libros se consiguen hasta en $25.000, 40% más baratos de lo que puede costar la versión en papel.
¿Qué tanto leemos, pues, los colombianos? Podría creerse, a juzgar únicamente por las cifras que llegan de todos lados, que muy poco. La única certeza es que la última página de este debate aún no ha sido escrita. Ni leída.

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