8.10.13

Mutis: la última escala del almirante

Se fue Mutis, dejándonos a Maqroll el Gaviero...

Con su partida se cierra un capítulo fundamental en la literatura colombiana

Álvaro Mutis en 1989./ Sophie Bassouls./semana.com

Desde que se anunció la muerte de Álvaro Mutis, el domingo 22 de septiembre en la noche, comenzó una verdadera avalancha de mensajes de admiración y cariño que no se detuvo en varios días. Estas expresiones son un testimonio no solo de su relevancia como escritor sino de su enorme carisma. A sus 90 años recién cumplidos Mutis dejó una obra literaria prodigiosa y un grupo enorme de amigos y admiradores repartidos alrededor del mundo.
El escritor colombiano murió en Ciudad de México, donde pasó más de la mitad de su vida. En su casa, ubicada en el sur de la capital mexicana, se refugiaba en su enorme biblioteca, acompañado por sus autores favoritos: Conrad, Cervantes, Machado, Shakespeare, Perse y Whitman, entre muchos otros. Pero también estaba rodeado de miles de recuerdos de sus viajes: fotos, discos, objetos extraños y herramientas de navegación. En su jardín, en el que pasaba largas horas, sembró árboles que le recordaban su infancia en la finca familiar de Coello, Tolima. El lugar donde, contó varias veces, fue más feliz.
Se ha documentado hasta el cansancio cómo ese lugar tropical marcó para siempre la vida de Mutis y cómo su escritura fue una manera de inmortalizar los días que pasó en ese paraíso perdido. Llegó allí después de vivir los primeros años de su vida en Bruselas, donde su padre, Santiago Mutis Dávila, era ministro consejero de la embajada de Colombia. Mutis Dávila murió a los 33 años y su esposa, Carolina Jaramillo, decidió regresar al país con sus hijos. 
Después de vivir un tiempo en Coello, Mutis pasó por el Colegio Mayor del Rosario, pero fue un pésimo estudiante, sobre todo porque le dedicaba la mayor parte de su tiempo a sus dos grandes aficiones: el billar y la lectura. Aprendió esta última de su más querido maestro: el poeta Eduardo Carranza. En 1940, sin graduarse de bachiller, abandonó para siempre los estudios formales.
Gracias a su voz y gracia empezó a trabajar en la Radiodifusora Nacional como locutor, un oficio con el que se ganaría la vida por muchos años. Luego pasó a ser director de emisoras, vendedor de publicidad, narrador de series de televisión, relacionista público y gerente de distribuidoras de cine. 
Mutis escribía en sus ratos libres, y cuando viajaba por su trabajo lo hacía en hoteles, aeropuertos y barcos. Cuando se jubiló, en 1986, dijo que nunca había vivido de la literatura. Desde los 16 años, poco a poco, había ido dibujando la personalidad de quien sería su gran compañero, álter ego literario y protagonista de casi toda su obra: Maqroll el Gaviero. 
Este personaje también era su confidente. Durante un homenaje en la Feria del Libro de Guadalajara en 2007, dijo: “Solo me queda contarle una día a Maqroll toda la tarde magnífica que he pasado con ustedes”. Mutis nunca descartó la idea de escribir otra novela con Maqroll y dijo, en una entrevista en la revista Gatopardo con la periodista colombiana Sophia Rodríguez Pouget, “la saga concluirá conmigo”.
Ese mismo homenaje en Guadalajara, en el que fue ovacionado por miles de personas, terminó con un “Cuánto te queremos, Álvaro”, dicho por su otro gran amigo –este sí real– Gabriel García Márquez.
La amistad entre los dos es una de las más fuertes y fructíferas de la literatura colombiana. Mutis y García Márquez fueron amigos desde su juventud, compañeros de fiestas interminables y cómplices literarios. Varias veces García Márquez ha contado que Mutis era el primer lector de sus novelas y que incluso lo ayudó a escribir el célebre discurso de agradecimiento cuando recibió el premio Nobel.
También es bien conocida la anécdota sobre la novela de Bolívar. En algún momento de su vida Mutis escribió un libro sobre el Libertador pero no quedó satisfecho con el resultado y decidió quemarlo. Solo conservó un capítulo y una extensa documentación que le regaló a Gabo. De ahí nació El general en su laberinto.
Mutis siempre será recordado por ser un sibarita. Era un espléndido anfitrión y en sus legendarias tertulias y cenas nunca podía faltar su cóctel predilecto, el Dry Martini. Alguna vez organizó un banquete idéntico al que dio en el siglo XVIII un noble francés. Para la ocasión Mutis mandó traer todos los ingredientes desde Europa. También son inolvidables sus modales y su elegancia: solo vestía ropa hecha a la medida por los mejores sastres.
Por ese estilo de vida derrochador y excéntrico en 1959 fue acusado de malversar los fondos de la Esso, empresa de la que era director de Relaciones Públicas, y por esa causa pasó 16 meses en la cárcel de Lecumberri en México. La experiencia fue definitiva para él aunque, con su acostumbrado buen humor, decía que había sido una de las épocas más felices de su vida. Su tiempo en prisión se vería reflejado en su obra posterior que quedó marcada por una cierta melancolía y visión oscura del mundo.
Durante su tiempo tras las rejas Mutis recibió el apoyo de los intelectuales mexicanos más destacados como Octavio Paz, Carlos Fuentes y, en particular, de Elena Poniatowska. La gran narradora mexicana empezó a visitar a Mutis en su celda, con la intención de escribir un reportaje.
Ahí se hicieron muy amigos y algunos creen que su relación fue más allá. Los dos tuvieron un largo intercambio de cartas en las que Poniatowska escribió sobre Mutis: “Sus carcajadas levantan cualquier reunión como las burbujas de champaña (…) y nada le gusta tanto a una mujer como sentirse espuma”.
Por su extensa obra poética y narrativa (ver recuadro) Mutis recibió los tres premios literarios más importantes del mundo de habla hispana: el Príncipe de Asturias, el Cervantes y el Reina Sofía de Poesía. “En Mutis, poesía y prosa van de la mano (hay poemas que prefiguran novelas o personajes de estas): no hay frontera entre los géneros, pues no pasa de una forma a otra sino la una contiene a otra”, le dijo a la revista Arcadia la crítica y escritora Luz Mary Giraldo. 
Mutis fue un escritor clásico, que se interesaba más por la poesía y por la historia que por el periodismo o la política (la cual decía detestar): “La voz narrativa de Mutis, proveniente de la poesía y alejada de todo periodismo, se impuso como escritura vital, a la vez cuidada como composición pero abierta a lo improvisto. 
Sus novelas, en cuyas venas late la poesía, hicieron a la vez que sus poemas fueran leídos como parte de un mismo universo de rigor y pasión, una poética única en nuestro tiempo”, le dijo al diario El País de Madrid el escritor Alberto Ruy Sánchez. Sin duda, la partida de Álvaro Mutis cierra un capítulo definitivo en la historia de la literatura colombiana y su pasión, talento y carisma dejarán una marca inolvidable. 

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