Los siete locos (1929) y Los lanzallamas (1931) de Roberto Arlt reaparecen en las librerías
Roberto Arlt, autor argentino reeditado en España./elmundo.es |
"Cualquier maestra de la escuela primaria puede corregir una página
de Arlt, pero nadie puede escribirla", decía Renzi, el alter ego de
Ricardo Piglia, en 'Respiración artificial' (1980). Y es cierto. Es un
hecho incontestable que las recargadas y serpenteantes frases de Roberto Arlt
(Buenos Aires, 1900-1942) suelen transitar por el filo de la
agramaticalidad. También que su léxico está cerca del lunfardo o del
cocoliche que de la corrección literaria. Pero ni sus más acérrimos
detractores le negaron en su momento su enorme talento narrativo ni la
desmesurada originalidad de sus obras. Y hoy Arlt es un gigante, como
Borges, irrepetible e inimitable.
La mención del bibliotecario ciego no es casual porque, en más de un
sentido, el autor de 'El jorobadito' (1933) funciona como su negativo
fotográfico o su reverso monstruoso. No era de buena cuna ni tenía
antepasados ilustres que lucharan por la Independencia, sino un barrio arrabalero como herencia (Flores)
y un padre brutal de origen prusiano que prometía una paliza al rayar
el alba y de nada le servía al condenado pasar la noche en vela porque
Karl Arlt siempre cumplía su palabra (como revela cierta escena
escalofriante y quizá demasiado autobiográfica de 'El juguete rabioso',
de 1926).
Tampoco Arlt se educó en Ginebra ni tuvo la exquisita biblioteca
paterna para alimentar sus primeras lecturas, sino pésimas traducciones
de quiosco de los rusos y publicaciones baratas de ciencia y divulgación y una heterodoxa formación autodidacta (ni siquiera hizo la escuela primaria).
Jamás escribió un verso, pero, a diferencia de Borges, se le daban
muy bien las distancias largas. No consideraba la metafísica como una
rama de la literatura fantástica ni construía precisas y frías maquinas
de relojería narrativa con laberintos, espejos, tigres y paradojas; sino
que hurgaba en los barros psicológicos de los bajos fondos, entre humillados, maleantes, proxenetas y tullidos para
construir caóticas y, puede que hasta incluso, delirantes ficciones que
subvirtieron los códigos del trasnochado realismo. Aunque sus
'Aguafuertes' (escribió más de 2.000 crónicas urbanas entre 1928 y 1942
para el periódico 'El Mundo' de Buenos Aires) gozaron de una
extraordinaria popularidad entre las clases medias y bajas (mientras
Borges no era más que un minoritario o incluso secreto autor
que garabateaba sus primeras 'Ficciones'), Arlt jamás se libró de los
duros embates de la crítica oficiosa y tampoco llegó a viejo para
disfrutar de laureles y unánime reconocimiento, como el otro, porque un
ataque cardíaco lo hurtó de escena a los 42 años.
Muchachos, maten a Borges
Y el juego de opuestos podría seguir, al punto de que la célebre
provocación de Gombrowicz desde cubierta, cuando se embarcaba
definitivamente hacia Europa, quizá hubiese sido más efectiva y menos
belicosa si en lugar de proclamar "Muchachos, maten a Borges", el polaco
hubiese arengado con un improbable: "Muchachos, lean a Arlt".
Cosa que no sucedería hasta los años 60, cuando su obra fue releída y
recuperada por los intelectuales del grupo Contorno, como David Viñas o
José Sebreli y, sobre todo, por Oscar Masotta, el introductor de
psicoanálisis en el Río de La Plata con su trabajo pionero 'Sexo y
traición en Roberto Arlt'.
El caso es que ese iracundo, marginal e inclasificable escritor que,
antes de triunfar en la prensa, se ganó la vida como mecánico, soldador,
obrero portuario y otros oficios terrestres, hoy ocupa, junto con
Borges, el centro del canon de la literatura argentina, por un amplio
consenso. Y las razones de esa centralidad se llaman 'Los siete locos'
(1929) y 'Los lanzallamas' (1931), obras que ahora recupera la joven
editorial barcelonesa Piel de Zapa y restituye en librerías españolas,
donde eran desde hace años imposibles de encontrar, sobre todo la segunda.
Lo curioso del caso Arlt es que no hizo de su mundo una vasta
biblioteca a la manera borgeana ni le rindió culto a la literatura de
rodillas. Más bien la consideraba una práctica más, marginal o
subsidiaria de otras más perentorias como por ejemplo la subsistencia.
Como todo desclasado, soñaba con dar "el batacazo", ese golpe de suerte
que le permitiría enriquecerse con rapidez y ganar prestigio social.
Sueño que alimentó con ínfulas de inventor tras quimeras como la rosa de
cobre o las medias engomadas anti-carreras (medias que un amigo
malicioso describió como botas de bombero), entre otros ingenios.
Incluso llegó a montar un laboratorio químico en la localidad de Lanús.
En todo caso, lo único que logró inventar o, más bien, fundar fue la
novela argentina moderna, como afirma sin ambages un teórico de la talla
de Piglia y no es el único. Juan José Saer consideraba a 'Los siete
locos' como la cumbre narrativa del siglo XX en el Río de La Plata. Y la
ristra de incondicionales en los que el desmadrado y feroz estilo de
Arlt dejó su impronta puede rastrearse sin mucho esfuerzo hasta Bolaño.
¿Y de qué trata 'Los siete locos' y su secuela 'Los lanzallamas'?
Pues de una Sociedad Secreta, que le debe mucho a 'Los endemoniados' de
Dostoievski al menos como trasunto irónico, liderada por un Astrólogo
visionario que se propone la demolición de Occidente, combatiendo el
fuego con fuego, para construir una utópica sociedad basada en la
explotación, la mentira, la alienación tecnológica, la violencia
gratuita y demás bendiciones o profecías auto cumplidas. La integran un
farmacéutico loco a fuerza de fingir cordura y delirio, un proxeneta
apodado el Rufián Melancólico que financia las operaciones terroristas a
través de su red de burdeles, un abogado descarriado, un buscador de
oro, un pseudo maleante que asegura haber visto a la
partera, una coja perversa llamada Hipólita y, el gran Erdosain, un
estafador de poca monta neurasténico que parece al reencarnación porteña
de Raskolnikov.
Entre la pesadilla kafkiana, el cambalache de Discepolo y la
reflexión rigurosa sobre muchas de las cuestiones sobre las que luego
giraría en el vacío el existencialismo francés, resulta muy difícil
definir los temas que despliegan ambas obras. Puede que los abismo de la
racionalidad. Quizá la traición y el crimen como formas de redención.
O incluso la trascendencia de lo abyecto. Más sencillo es, en cambio,
identificar el sustrato ideológico de los conspiradores. Y eso que se
trata de una macedonia que reúne en apretada simbiosis el ideario de
Henry Ford, el programa de Lenin, las premisas de Mussolini y la
metodología de Al Capone.
Lo cierto es que entre una y otra novela se abre un texto, el famoso
'Prólogo' a 'Los lanzallamas', que aún hoy se proclama como bandera con
la fuerza de un manifiesto imperecedero. Texto que nos reenvía a la
cuestión del comienzo. Al abigarrado e inestable estilo de Arlt que pone
a prueba a la gramática. "Se dice de mi que escribo mal. Es posible",
reconoce. Y el estilo es justamente a lo que Arlt se opone y cuestiona.
Porque para labrarlo hacen falta no sólo ciertos privilegios de cuna que
garantizan el acceso al capital simbólico, como diría Bourdieu, sino
también "comodidades, rentas, vida holgada". Y
afortunadamente, dice, "han pasado esos tiempos". "El futuro es nuestro,
por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no
conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa
soledad libros que encierran la violencia de un cross a la mandíbula".
Al llegar aquí, quien dude aún de la pegada de Arlt, no tiene más que
abrir una de las dos novelas reeditadas por Piel de Zapa y prepararse
para el 'nocaut'
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