31.5.13

El humor como crítica a las dictaduras

Los regímenes autoritarios no entienden de humor. No obstante, muchos humoristas no renuncian a reírse de ellos: una forma de resistencia por la que colegas en otros países tienen mucho respeto

Caricatura de Maya Neyestani./revistaaracadia.com

No son muchos, pero que los hay, los hay. Son nada menos que comediantes que soportan la dura represión del régimen autoritario en el que viven. Uno de ellos es especialmente perseverante. Se trata de Zarganar, de Birmania -hoy Myanmar- que fue sometido a severos castigos durante la dictadura militar que gobernó su país desde 1962 hasta 2010. Hasta hoy, Zarganar es muy querido por su estilo agudo y lúcido. Gracias a una iniciativa suya se comenzó a crear un proyecto Instituto para el Arte, la Cultura y los Medios, que tiene como fin fomentar la labor de otros artistas en su país.
El nombre verdadero de Zarganar, que significa “pinza”, es Maung Thura. Durante décadas le tomó el pelo a la dictadura militar, por lo cual ésta lo condenó en 2008 a una pena de prisión de 59 años. También en años anteriores, la junta militar le prohibió al cómico pisar escenarios, fue enviado a la cárcel y sometido a torturas. Pero nunca dejó de reírse de su gobierno, y su risa es contagiosa. Encadenado, y de camino hacia la cárcel, no paraba de dar gala de su mayor talento: el humor.
Rebelión que cuesta la libertad
Actualmente, Zarganar es conocido en todo el mundo. El comediante alemán Michael Mittermeier es uno de los artistas que lo apoyan. Cuando Mittermeier se enteró de que el cómico birmano fue enviado a la cárcel, viajó a Myanmar para participar de un proyecto del director Rex Bloomstein, una película sobre la vida de Zarganar. “Bloomstein me preguntó si quería ayudar a un colega que estaba en prisión por contar chistes. Le dije que sí sin dudar un instante”, cuenta Mittermeier, que se dispuso a viajar, junto con el director, hasta la cárcel en la que estaba preso el humorista. En ese momento, Michael Mittermeier perdió las esperanzas de volver a ver libre a Zarganar. “Que se lo haya liberado tan rápidamente fue como un milagro”, dice. Con el apoyo de Amnistía Internacional, Zarganar pudo salir de prisión en 2011, y hoy sigue rebelándose a través de la sátira y la parodia.
La risa fortalece
¿Por qué los sistemas autoritarios reaccionan tan mal ante el humor? El renombrado sociólogo Anton C. Zijderveld, conocido por su obra “Sociología del humor”, se dedicó a investigar el rol del humor en la sociedad. “El comediante juega con los valores de una sociedad, lo cual genera una tensión, y así nace la broma”, explica. El juego con los valores establecidos se asemeja a jugar con el fuego. En opinión de Zijderveld, el humor político no puede cambiar a una sociedad, pero “el efecto psicológico del humor es importante. Por eso los regímenes dictatoriales castigan tan duramente el humor, porque intenta evitar que fortalezca a la oposición”.
Demandas, interrogatorios y torturas contra comediantes
En Egipto, Bassem Youssef parodió al régimen militar de Hosni Mubarak en un show que fue difundido en Youtube. Hoy hace lo mismo con el Gobierno de Mohamed Mursi en su programa “Al Barnameg” (El programa). El artista es demandado a menudo, y hasta sometido a interrogatorios. La razón que alegan sus persecutores es que “insulta al Islam”.
El régimen sirio va aún más allá: el caricaturista Ali Ferzat fue atacado en 2011 en su casa por personas que lo golpearon y torturaron. Le quebraron un dedo para “darle una lección”. El delito del cual se lo acusa: insultar al presidente sirio, Bashar Al Assad. Pero la dictadura no logró prohibirle seguir con su arte. Desde que sus manos se sanaron del terrible ataque, sigue dibujando con más humor que nunca. Claro que ahora vive en el exilio, en Kuwait.
Ali Ferzat, caricaturista sirio. Ali Ferzat, caricaturista sirio.
El cabaretista de origen turco Fatih Cevikkollu, que vive y trabaja en Alemania, se saca el sombrero ante sus colegas que, en otros países, utilizan el humor como instrumento contra las dictaduras. “Reír es la mejor manera de mostrar los dientes”, dice, “y hay unos pocos humoristas que se animan a oponer resistencia porque no permiten que se les prohíba pensar, y porque le dan más importancia a los valores que a la doctrina del régimen”. Cevikkollu critica duramente al Gobierno alemán, algo que no le trae consecuencias negativas. “En otros países es mucho más difícil. En Turquía, por ejemplo, los comentarios políticos sobre el sistema pueden ser peligrosos; los comediantes incluso corren peligro de ir a la cárcel y sufren amenazas”, explica.
Cuanto más autoritario es un régimen, más se persigue a los humoristas. “En sistemas totalitarios va desapareciendo el humor”, señala el sociólogo Zijderveld. “En Corea del Norte, por ejemplo, el humor político está totalmente prohibido”. En China, los caricaturistas trabajan bajo pseudónimo en Internet.
El humorista birmano Zarganar tuvo suerte. Con sus sátiras demostró durante años su valentía. Tras su liberación, se presentó con Michael Mittermeier en Londres, Berlín y Dublín para hacer reír al público contando lo absurdo y contradictorio del régimen de Birmania. Hoy, Myanmar se encuentra en pleno proceso de democratización, y el instituto de Zarganar se ocupará de transmitir el arte del humorismo, de vital importancia en la sociedad. Los comediantes no pueden cambiar la sociedad, dice Mittermeier, “pero podemos llamar la atención sobre irregularidades e impulsar el debate. Y eso ya es bastante”. 

Ovejero: "La gente privilegia lo individual ante el compromiso sentimental"

José Ovejero recibió el premio Alfaguara de Novela por La invención del amor. La obra crea una parte del tapiz de esta época en lo íntimo, personal y social

El escritor José Ovejero. /Samuel Sánchez /elpais.com

Toda la luz matinal de Madrid parece refugiada allí. Irrumpe en el salón del apartamento, de una cuarta planta, de José Ovejero por un gran ventanal que se convierte en un cuadro del sur de la ciudad levantada sobre tejas de barro y enmarañada de antenas. Arriba, una terraza que se parece a la de Samuel, el protagonista y narrador de La invención del amor, premio Alfaguara de Novela, a través de cuya vida el autor madrileño crea una parte del tapiz de esta época en lo íntimo, sentimental y social, tejido con reflexiones sobre el amor.  Entre ellos su vocación aliado inmejorable para salir del aislamiento personal y como salvavidas del naufragio emocional para reencontrar la realidad. Samuel le sirve como arquetipo del ser humano del siglo XXI rodeado de ruidos sentimentales, pero impregnado de apatía y resignación.
Es el duelo entre el anhelo y el miedo.
Nuestros miedos son individuales pero condicionados por el tiempo que vivimos. Samuel refleja la desmotivación de las personas en su vida íntima y profesional, de cierto conformismo
A su espalda, un pequeño retablo con la palabra Love repetida doce veces en diferentes tipografías en cuadrículas multicolores, delante, una pequeña librería y, en medio, José Ovejero (Madrid, 1958), en el comedor de su casa madrileña diciendo cosas sobre la apatía de la gente ante el vivir en estos tiempos, sobre la impostura o las máscaras de las personas ante los sentimientos, sobre una buena parte de la sociedad secuestrada por los miedos patrocinados por el poder, sobre los deseos secretos de amar, sobre la búsqueda de la felicidad y sus trampas, sobre el descubrimiento de sus propias obsesiones como escritor… Temas nacidos o afluentes de La invención del amor, que le ha significado su quinto galardón literario, y que recibirá hoy en la 72ª Feria del Libro de Madrid.
Narrador, ensayista, dramaturgo y poeta, Ovejero es uno de esos autores que siempre aborda temas muy actuales en sus escritos con aura intemporal como la Guerra Civil (La comedia salvaje), los derroteros de Europa (Las vidas ajenas) o la complejidad entre las fronteras entre el bien y el mal (La ética de la crueldad) y ahora con la historia de un hombre divorciado del amor por culpa de su idea del amor, mientras el mundo a su alrededor se desdibuja por la crisis económica.
“Nuestros miedos son individuales pero condicionados por el tiempo que vivimos. Samuel refleja la desmotivación de las personas en su vida íntima y profesional, de cierto conformismo”.
Hasta que Samuel empieza a experimentar un periplo vivencial resumido en nueve estaciones: apatía, curiosidad, mentira, usurpación, duplicidad del Yo, renacer de los sentimientos, hallazgo de la felicidad, amor y ¿reinvención? Entonces las reflexiones de Ovejero son un pasadizo entre su ficción y la realidad.
Esta sociedad prima la seguridad, que no te pase nada; no nos prepara para el dolor emocional. No arriesgamos nada e Internet es un espacio que contribuye a eso
“La gente privilegia lo individual ante el compromiso sentimental con otra persona. No atreverse significa vivir resignado porque cree que podría ser peor”.
“Esta sociedad prima la seguridad, que no te pase nada; no nos prepara para el dolor emocional. No arriesgamos nada e Internet es un espacio que contribuye a eso”.
“Hay cierta nostalgia por vivencias más intensas”
“Aunque el amor no es tampoco la solución a los problemas sociales, sí permite saber dónde estás, quién eres, qué quieres en verdad”.
En La invención del amor el inicio de ese camino se produce cuando Samuel, de 40 años, recibe una llamada telefónica equivocada en la cual le dicen que una tal Clara ha muerto. Ese es el detonante de la historia que llevará a Samuel a salir de su burbuja y a enfrentarse al mundo real, aunque sea con mentiras y la suplantación de otro. Un hombre hijo de un tiempo que crece enraizado en la libertad pero florecido de inseguridades y temores.
“En los años 80 el reaganismo y el thatcherismo lanzaron una propuesta de vida individual aislada de cualquier interés social. Una propuesta de vida que primaba tu confort y alentaba el desinterés por los otros”.
Aunque el amor no es tampoco la solución a los problemas sociales, sí permite saber dónde estás, quién eres, qué quieres en verdad
“Reagan y Thatcher fueron devastadores no solo para la política y la economía sino también por el estilo de vida que fomentaron y de un Estado que solo te daba seguridad”.
“Aunque las redes sociales pueden aislarnos y alterar la forma de relacionarnos con el otro, también han servido para recordar, como en el caso del 15-M, que se puede ir a la calle y estar en contacto con la gente para no vivir solo a través de avatares”.
“No creo que ese aislamiento que suscita Internet sea irreversible”.
La novela es una defensa de la literatura, de la ficción como una vía para hallar el compromiso con lo real y con uno mismo
Con su vida dividida entre Bruselas y Madrid, Ovejero deja claro en la novela que “el mejor enemigo de la felicidad no es el dolor, es el miedo”. Que no todo el mundo está dispuesto a pagar un precio por la felicidad y que el sueño o búsqueda del amor para siempre se ha convertido en un rosario de amores perpetuos. Una novela en la estela de los grandes autores que en este siglo han devuelto al amor su protagonismo de altura:
“El tema del amor ha sido maltratado en la literatura la ser abordado desde la banalidad. Por eso ha vuelto en este siglo al epicentro de la escritura para tratar de devolverle la verdad, sacarlo a la calle, como vía para que el lector vea la realidad de lo que sucede. Cuando hablas de amor hablas de miedo, generosidad, riesgo, y todo está interconectado”.
“Ahora la literatura habla de las relaciones de amor que se han escamoteado, de amores terrenales y verdaderos”.
Aunque sea a través de la impostura. Del sueño dormido de muchas personas de querer vivir otra vida, de ser otra persona. De ser demiurgos de sí mismos. Un tema presente en la literatura universal y que a José Ovejero le ha revelado otras cosas…
Mi sensación es que España se ha vuelto un país sin fe en lo que pueda venir. No de resignación, sino de no creer que algo profundo puede cambiar.
“La fantasía de ser otro ya aparece en otros libros míos. Cuando escribí esta novela quería algo original y distinto y cuando terminé descubrí que ese tema había aflorado. Es una de mis obsesiones”.
“Esa nostalgia de querer una vida distinta y ser otro nos llega a todos. Tiene que ver, en parte, con que cuando eres joven haces planes, te proyectas, y cuando llegas a una edad descubres que has desviado tus sueños. Sientes nostalgia de tu yo original”.
“Es la nostalgia de nuestras otras vidas que hemos ido dejando en el camino. Aunque esa nueva vida que inventes también te va a delimitar y no llegarás a ser lo que pensabas que eras”.
Yoes soñados que no dejan de correr en busca de sus felicidades, mientras el Yo real huye en una infinita búsqueda de felicidad que volatiliza por la insatisfacción. El espejismo. La obra invita a la reinvención personal y de las relaciones.
“La novela es una defensa de la literatura, de la ficción como una vía para hallar el compromiso con lo real y con uno mismo”.
“La imaginación y la ficción tiene aspectos positivos y negativos. Tiene algo liberador, genera un impulso para acercarse a vivir otra vida, conocer el mundo, pero también se puede convertir en un sucedáneo de la vida misma, en un sustituto de la realidad. La literatura no sustituye la vida, son emociones vicarias”.
Una cartografía del amor en un mundo en crisis económica y que José Ovejero retrata y critica:
“Mi sensación es que España se ha vuelto un país sin fe en lo que pueda venir. No de resignación, sino de no creer que algo profundo puede cambiar. El problema no es la crisis sino la sensación de que estábamos engañados. No es una crisis, es un cambio de sistema debido a la élite de una política corrupta y eso deriva en la falta de confianza”.

Un (escritor) bárbaro en París

Vargas Llosa renueva su profesión de amor a Francia durante un discurso pronunciado en la Sorbona

Vargas Llosa, en una imagen de septiembre/elpais.com
Tuvo que ser un 30 de mayo, aniversario de la muerte del dictador dominicano Rafael Trujillo, el día elegido por Mario Vargas Llosa, autor de La fiesta del chivo, para rendir homenaje a la literatura como fuerza transformadora de la sociedad y a París como terra firma para los hombres y mujeres de letras.
"En 1959 llegué a Francia. Creía haber llegado a un país de ensueño, y no me decepcionó. La cultura era omnipresente (¡hasta en la televisión!), y allí vivían Albert Camus, Jean-Paul Sartre y Jean Vilar, se representaba a Ionesco, se leía a Beckett... El debate político era muy intenso, pero era un debate de altura. Me sentí como un bárbaro entre civilizados".
He ahí la profesión de amor y agradecimiento, en forma de conferencia, que el escritor peruano ha realizado este jueves en el anfiteatro Descartes de la Universidad de la Sorbona, bajo el título Un bárbaro en París. El auditorio estaba compuesto por estudiantes de literatura, escritores, académicos e hispanófilos de diferentes acentos, además de los representantes de la Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes/Cátedra Vargas Llosa, el presidente de la Sorbona, Barthélemy Jobert, el director del Instituto Cervantes en París, Juan Manuel Bonet, y Stéphane Michaud, que prepara la futura edición de la obra de Vargas Llosa para la Biblioteca de la Pléiade (Gallimard).
La conferencia tenía como fin celebrar el convenio de cooperación firmado horas antes entre la Cátedra Vargas Llosa, instituida por dicha fundación y un conjunto de universidades españolas y latinoamericanas, y la universidad francesa, con la colaboración del Instituto Cervantes de París.
El convenio establece un conjunto de actividades que, según explicó Juan José Armas Marcelo, director de la cátedra, pretende "aunar las actividades académicas, la formación de investigadores y la promoción de la literatura con una serie de debates y encuentros que acerquen los escritores al conjunto de la sociedad", sin desdeñar los aspectos extraliterarios.
En su discurso —pronunciado de viva voz a resultas de un micrófono cacofónico e irreductible—, Mario Vargas Llosa amplió algunas de las ideas avanzadas en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, pronunciado en Estocolmo en diciembre de 2010.
Ya entonces afirmó que "de niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudoescritor de días domingos y feriados".
Esa francofilia, acentuada por el hecho de haber tenido entre sus primeras lecturas a los clásicos de la literatura gala y por haber aprendido el idioma en la Alianza Francesa de Lima, le permitió afianzar su vocación y resolver su orfandad identitaria como novelista. "Francia me hizo reconocerme como escritor latinoamericano y me permitió descubrir a Cortázar, Carpentier, García Márquez…", recordó el escritor en la Sorbona. "París fue, durante unas décadas, la capital de la literatura latinoamericana, tal y como la describió Octavio Paz, y fue gracias a este país, que descubrió a Borges, que otros países fueron sumándose a ese reconocimiento".
El autor, al que el Instituto Cervantes dedicó una ruta basada en su estancia en París, habló con pasión de sus primeras lecturas infantiles y juveniles de Alexandre Dumas ("lo leí en estado de trance"), de Víctor Hugo ("Los miserables me permitió entender la importancia del factor cuantitativo en la novela como acumulación de experiencias" ) y de André Malraux ("La condición humana describe con exactitud la mentalidad del terrorista; deberíamos releerla").
En su intervención hubo también lugar para la nostalgia: "Viví mis años en París con una exaltación inusitada, y con una fraternidad entre escritores que duró hasta que se inmiscuyó la política", aseguró el peruano, que también recordó su evolución ideológica a partir de la lectura de autores como Raymond Aron, Jean-François Revel y otras figuras del pensamiento de Francia.
Abundando en las ideas expresadas en su obra ensayística y en sus columnas de prensa, Vargas Llosa rindió culto a la literatura entendida como imagen contrapuesta de la realidad y como estímulo para las ansias de cambio. "Leyendo Madame Bovary surge el contraste entre la mezquindad y la mediocridad del mundo real frente a esa perfección de la novela", dijo el escritor. "La malaise o insatisfacción nace como exposición a la ficción literaria de autores como Flaubert, Balzac, Stendhal… que tuvieron un efecto profundo, social e histórico. Por eso no podemos permitir que la literatura sea un mero divertimento".
Vargas Llosa, que publicará en septiembre su novela El héroe discreto, empezó criticando el sectarismo de los años últimos de Sartre y lo que entiende como una contaminación de la escritura por el compromiso político, para terminar elogiando algunas de las ideas expresadas en su ensayo ¿Qué es la literatura?. "Como ven", dijo el autor para finalizar su conferencia, "sigo con mis contradicciones".

Mia Couto galardonado con el Premio Camões de Literatura 2013

Mia Couto ha sido galardonado con el Premio Camões  de Literatura 2013, el premio más prestigioso que se otorga a los escritores en lengua portuguesa


Mia Couto, escritor mozambiqueño, se alzó El Premio Camões./alfaguara.com
El Premio Camões fue creado en 1998 por los gobiernos de Brasil y Portugal con el objetivo de estrechar los lazos culturales de los países lusófonos a través de sus escritores más representativos. Otros escritores galardonados anteriormente con este premio han sido José Saramago y Antonio Lobo Antunes.
http://www.alfaguara.com/uploads/imagenes/noticia/principal/201305/principal-mia-couto-galardonado-premio-camoes-literatura-2013_1.jpgMia Couto (Beira, Mozambique, 1955) es uno de los nombres más importantes de la literatura en lengua portuguesa, y el autor mozambiqueño más traducido. Autor comprometido por la causa africana, ha recibido numerosas distinciones, entre otras, el Premio Nacional de Literatura en Portugal (1993), el Premio Nacional de Literatura en Mozambique (1995), el Premio Africa Hoje en Maputo (2002), y el Premio Eduardo Lourenço 2011 “por ensanchar los horizontes de la lengua y la cultura portuguesas”.  Algunas de sus novelas se han llevado al cine, como es el caso de Tierra sonámbula (Alfaguara, 1998) y, recientemente, El último vuelo del flamenco (Alfaguara, 2002). Ha publicado también poesía y libros de relatos, entre los que destaca Cada hombre es una raza (Alfaguara, 2004). Su último libro publicado es Jesusalén (Alfaguara, 2012). En la actualidad vive en Maputo, donde trabaja como biólogo.
«Uno de los escritores contemporáneos más importantes de África.»
HENNING MANKELL
«Una literatura sorprendente, nacida de las narraciones de mitos… Una obra mágica que alimenta el imaginario africano y la riqueza e inventiva de la lengua portuguesa.»
NICOLE ZAND, Libération

Pauls ve "Historia del dinero" como una novela "porno" sin escenas de sexo

Alan Pauls considera que su último título, Historia del dinero, es como una novela porno en la que las escenas de sexo han sido reemplazadas por otras de dinero, en el marco de la Argentina de los años setenta, donde la economía enloqueció sin remedio


Pauls ve Historia del dinero como una novela porno sin escenas de sexo./lainformacion.com
Con esta obra de "economía 'hardcore'", Pauls cierra la trilogía que inició hace seis años con Historia del llanto y que prosiguió con Historia del pelo, en las que tienen un gran peso conceptos como el de la pérdida y el duelo, aunque a la vez son muy cómicas, "más de la risa que del humor".
En esta ocasión, narra la historia de una familia, con un padre jugador, aventurero y con una doble vida; una madre con un protagonismo memorable al final, aunque entiende que es un personaje ingrato, más áspero que el progenitor, y un hijo que está entre los dos.
Con el dinero articulando toda la narración, Pauls regresa a la época de los setenta, en plena dictadura argentina, de la que "se ha escrito mucho de la dimensión política, pero poco de la dimensión económica que esa época tuvo".
A su juicio, en ese momento "se desarrolló una cierta cultura económica muy extravagante e irracional, decisiva en el imaginario argentino, como lo es la marca de la violencia".
Por otra parte, los grandes protagonistas son los integrantes de la clase media, porque en el texto no se ocupa "ni de los que no tienen dinero para nada, ni de los que tienen mucho dinero".
"El blanco -ha proseguido- son los que tienen un poco de dinero. En definitiva, la clase media argentina, que todo el tiempo tiene terror a perderlo".
Defiende Alan Pauls que para la clase media "el dinero es todo el tiempo un problema, porque se tiene, porque no se tiene tanto como el que se quiere o porque se tiene más de lo esperado". "Todo el tiempo hay una relación incómoda e histérica con el dinero", ha apostillado.
A pesar de que se centra en un momento entre treinta y cuarenta años atrás, Alan Pauls no ha querido dejar pasar que durante la época del "corralito", hacia los años 2001 y 2002, su país también vivió "un momento de crisis casi terminal, con cinco monedas simultáneas, viviendo en la idea de un presente puro, sin pasado y sin futuro".
Se trataba de un momento, ha asegurado, "inquietante, en el que viviendo el presente era como vivir fuera de la Historia".
En esta novela no lineal también llama la atención la articulación de "lo íntimo con lo público" con "cortes y pegados entre elementos muy de la economía doméstica y familiar con momentos históricos".
Asimismo, le ha interesado ofrecer una pincelada sobre la infancia, como una etapa "en la que se es muy sensible al misterio y al enigma, a la interpretación de cosas que no se entienden".
Hijo de padre jugador de cartas, "aunque jamás compartió nada de esa pasión, ni con su mujer ni con sus hijos", Alan Pauls reconoce que le interesa utilizar la ficción como "documento de una época", aunque no tiene ninguna intención de reproducirla.
Tras seis años trabajando en esta trilogía que empieza con un título "más ensayístico e introspectivo, continúa con una novela muy narrativa, una especie de comedia fúnebre, y se cierra con esta Historia del dinero, que sería una extraña combinación de las dos anteriores", Pauls está terminando un ensayo biográfico sobre el cinematógrafo chileno Raúl Ruiz, a la vez que trabaja en una nueva novela.
También ha avanzado que Anagrama publicará en noviembre una reedición de El pudor del pornógrafo, su primera obra, de 1985, en la que incluirá un epílogo nuevo.

30.5.13

Los tesoros bibliográficos de Nicolás Gómez Dávila a disposición de los usuarios de la BLAA

Nicolás Gómez Dávila forjó por más de sesenta años una biblioteca personal que superó los veinticinco mil títulos, entre ellos varios incunables del siglo XV

Manuscrito de los Escolios de Nicolás Gómez Dávila. /Biblioteca Luis Ángel Arango.

Anaquel con varios incunables de Nicolas Gómez Dávila./banrepcultural.org

 
Considerado uno “uno de los escritores más importantes de Colombia en toda su historia y uno de los pensadores más brillantes de la filosofía occidental”, Nicolás Gómez Dávila forjó por más de sesenta años una biblioteca personal que superó los 25.000 títulos, entre ellos varios incunables del siglo XV. Estos libros, adquiridos por el Banco de la República en 2009, hacen parte del catálogo de la Biblioteca Luis Ángel Arango y están disponibles para ser consultados por sus usuarios en la Sala de Libros Raros y Manuscritos.
“Colacho” como se referían a Nicolás Gómez Dávila sus amigos fue un hombre que siempre llamó la atención. Ya fuera por sus dos metros de estatura, su aspecto monolítico y su mal humor o por el hecho de ser un vehemente católico, disciplinado lector y escritor reaccionario de una especie de aforismos a los que llamaba Escolios.
Escritos en párrafos autónomos sin concordancia con los siguientes y sin un cuerpo estructural para la totalidad del libro, los Escolios más que pensamientos son un dialogo con múltiples opiniones que al autor le surgieron a partir del contacto con sus libros. Aunque para muchos el tono lírico de su escritura se asociaba con una antología poética, para Nicolás Gómez Dávila sólo eran ideas que aparecieron en un acto creativo de la mente.
Nacido en Bogotá y educado en Europa, Gómez Dávila es uno de los pocos, sino el único de los escritores latinoamericanos inscrito en la corriente reaccionaria; sus obras negaron cualquier tipo de paradigma, punto de vista o tendencia inscrita en la modernidad. Con un carácter anacrónico sus libros proclamaron al mismo tiempo el amor y el odio de las impresiones que le causaba un objeto en concreto, un hecho de vida o una lectura cualquiera, sin perseguir ningún tipo de interpretación histórica.

A los 23 años, cuando por problemas de salud se instaló en Bogotá, Gómez Dávila se recluyó en su biblioteca personal, esa que apasionadamente conformó durante más de sesenta años y que convirtió en su lugar de reflexión, lectura y escritura.

La Colección Nicolás Gómez Dávila
En diciembre de 2008, cerca de 25.000 ejemplares, entre ellos 16.000 títulos en español, griego, latín, francés, inglés, alemán y portugués, que conformaron la biblioteca personal de Nicolás Gómez Dávila fueron adquiridos por el Banco de la República y entraron a ser parte del catálogo de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Un tesoro bibliográfico que logra acercar a los usuarios a los gustos, influencias, referentes y obras de este pensador y erudito colombiano.

“Hacia 1990 le pregunté a don Nicolás quiénes eran en su concepto los autores más importantes de su gran biblioteca. “No es fácil responder la pregunta, pero hay sin duda cumbres intelectuales en la historia de la humanidad”, me respondió. “En filosofía, Platón y Kant han sido los más influyentes; en literatura, Dante, Goethe, Cervantes, Shakespeare. En historia, Heródoto y Tucídides (‘si hubiera que elegir el más grande libro, yo escogería la Historia de las guerras del Peloponeso’)”. A Jacob Burkhardt lo consideraba como uno de sus santos patrones. Como novelista valoraba mucho a sir Walter Scott. En economía Adam Smith, pero también había leído obras de Hayek y Keynes. En ciencias naturales consideraba a Newton y Einstein como personajes de alta creatividad (de este último había leído el libro sobre la evolución de la física). Otros escritores que admiraba mucho eran Michel de Montaigne, Pascal, Tocqueville, Chateaubriand, Paul Valéry y Marcel Proust. En el área de la poesía mencionaba con frecuencia a Mallarmé, Baudelaire, Machado y el Nocturno de Silva. Esta es una lista naturalmente incompleta, pero da una idea de sus autores favoritos, todos sin duda de primera categoría”, relató Diego Pizano al periódico El Espectador en 2009.
Un pensador aristocrático en los Andes: Una mirada al pensamiento de Nicolás Gómez Dávila. Mauricio Galindo Hurtado

Amazon se lanza a conquistar la ficción de aficionados

El gigante digital Amazon acaba de anunciar una jugada que podría dar un vuelco al mundo de la edición digital

Amazon permitirá que autores aficionados creen y comercialicen historias a partir de series de televisión./revistaarcadia.com

La parte editorial del gigante de internet Amazon, (Amazon Publishing) anuncia el lanzamiento de una plataforma de edición comercial que permitirá que obras de ficción hechas por aficionados, sea vendida online. La plataforma se llamará Kindle Worlds y se integrará al catálogo de títulos digitales de la tienda Kindle, que cuenta con el catálogo de libros electrónicos más grande del mercado.
La apuesta de Amazon podría dar un vuelco al mundo de la edición online. Lo novedoso es que Amazon ha firmado acuerdos con productoras de Televisióncomo Warner Bros para que cualquier escritor pueda publicar historias inspiradas en sus series de televisón y pueda comercializarlas en Amazon.

Hasta el momento se anunciaron acuerdos de licencias para las series Gossip girl, Pretty Little Liars y Vampire Diaries. Más licencias serán anunciadas pronto según reportó The Bookseller.

Amazon pagará regalías tanto a los dueños de los derechos de las series, como al autor. También estrenará un programa piloto para obras de menos de diez mil palabras para las que pagarían un 20% del precio de venta, en comparación al 35% que pagarán a las creaciones de más de diez mil palabras. 
El lanzamiento de la tienda Kindle Worlds se espera para el mes de junio y presentará más de 50 obras, al igual que una interfaz autoservicio que permitirá a los autores 'entregar' sus trabajos.
Amazon dijo en un comunicado que los dueños de los derechos de las producciones de televisión se beneficiarán con esta nueva plataforma. "Es una nueva manera de rentabilizar sus franquicias que además les permite conectar de forma más profunda con sus bases de seguidores".
El comunicado anuncia que Amazon trabajara de la mano a las productoras para "establecer parámetros y guías de contenido que den apertura y flexibilidad a los autores sin sobrepasar ciertos límites de las franquicias". Ese es el punto que se presenta más problemático. al parecer, los autores no tendrían libertad creativa absoluta sino que deberán apegarse a los parámetros que les impongan. De cualquier forma, los autores de estas ficciones podrán beneficiarse vendiendo creaciones suyas a partir de mundos imaginados y creados por otros, y recibir dinero por ello.
Hasta el momento sólo se ha anunciado el servicio para los Estados Unidos.

Cinco libros que quiero ver en las listas de los más vendidos

http://alenarterevista.net/wp-content/uploads/2013/03/2_-Nostalgia-Mircea-Cartarescu.jpg Nostalgia, Mircea Cartarescu, Impedimenta
Impedimenta reúne cuatro relatos imprescindibles del genial escritor rumano Mircea Cartarescu: El ruletista, El mendébil, Los gemelos y REM. Un desfile de personajes contradictorios, obsesivos y frágiles atraviesan las páginas de este particular universo.





http://1.bp.blogspot.com/-011ftVpmYcQ/T5FqAfsAByI/AAAAAAAAAF4/8BIubn9qGTM/s1600/W_PORTADA-INDIGNO-DE-SER-HUMANO1.jpg
 Indigno de ser humano, Osamu Dazai, Sajalín
 Acaso la frustración sea el tema de esta novela cuyo protagonista, el joven Yozo, morfinómano e incapaz de relacionarse, intenta sobrevivir en una desgarradora Tokio. Tres relatos escritos por Dazai, uno de los grandes escritores contemporáneos de Japón.



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Fernando Vallejo. Hablar en nombre propio, varios autores, U. Nacional y U. Javeriana
 Polémico, cínico y satírico, Fernando Vallejo ha sabido ubicarse como uno de los escritores fundamentales del idioma. Esta valoración crítica, necesaria e imprescindible, reúne textos de veintiún especialistas sobre su obra. Un libro básico para cualquier investigador de la gran literatura colombiana.


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Al desnudo, Chuck Palahniuk, Mondadori
 La más reciente novela de Palahniuk es, como ya es tradicional en su obra, una historia vertiginosa que apenas deja respirar al lector. Su narradora, Hazie Coogan, ha cuidado durante décadas a Katherine Kenton, una actriz de Hollywood entrada en decadencia.



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La tragedia de Arthur, Arthur Phillips, Bruguera
 Es difícil mezclar un sesudo ensayo sobre la obra de Shakespeare con la historia de un antihéroe de la actualidad. El escritor estadounidense Arthur Phillips, poco conocido en Colombia, lo hace en esta divertida, ágil y a, a la vez, exigente novela.

Muertes en Venecia

Las ciudades y la novela negra

Góndolas en el embarcadero./elpais.com

"Durante más de mil años, Venecia fue algo único entre las naciones, mitad oriental, mitad occidental, mitad tierra, mitad mar, situada entre Roma y Bizancio, entre el cristianismo y el islam, un pie en Europa, el otro en Asia. Se llamaba a sí misma La Serenísima e incluso llegó a tener su propio calendario, en el que los años arrancaban el 1 de marzo y los días empezaban por la noche". Esta frase, con la que Jan Morris arranca su libro sobre la ciudad, resume perfectamente lo que representa Venecia. Su ensayo no hace concesiones a la nostalgia: "Venecia es lo que es", asegura al describir la presencia invasora del turismo de masas. "¿Se puede llegar a amar un lugar así?". La respuesta para cualquiera que haya tenido la suerte de pasear por la ciudad, aunque solo sea una tarde, es obvia. 
No importa cuántos millones de turistas la visiten cada año; ni que los transatlánticos, que atracan cerca de la Plaza de San Marcos, se hayan convertido en una presencia invasora; ni siquiera que las máscaras de carnaval se hayan transformado en un icono kitsch o que sea más fácil encontrar un restaurante de comida rápida, que ofrece pizza chiclosa, que unos genuinos boquerones en escabeche. Venecia sigue siendo Venecia. Basta con doblar una esquina, salir de una calle principal, toparse con una plaza inesperada, para encontrarse en otro mundo. Venecia es un ecosistema frágil, imposible de mantener intacto (y no se trata solo del peligro de inundaciones), pero sigue siendo la única ciudad que no se parece a ninguna otra y atesora una densidad literaria sin competencia, ni siquiera en Italia.
"Mientras avanzas por estos laberintos, nunca sabes si persigues alguna meta o huyes de ti mismo, si eres cazador o presa", escribió Joseph Brodsky en Marca de agua, un impresionante poema en prosa sobre la ciudad (existe una estupenda traducción castellana de Menchu Gutiérrez en Siruela). La frase del premio Nobel ruso se aplica bastante bien a Guido Brunetti, el protagonista de la serie de novelas negras (publicadas en España por Seix Barral) de Donna Leon, una escritora estadounidense que hace casi tres décadas decidió convertirse en veneciana.
Tras trabajar como profesora en países como Irán o Arabia Saudí, se instaló en La Serenísima en los años ochenta pero no comenzó a publicar las historias del comisario Brunetti hasta los noventa. Se estrenó con Muerte en la Fenice, en la que unía la literatura con su otra pasión cultural: la música barroca. Desde entonces ha escrito sus novelas al ritmo de una al año y acaba de aparecer la número 22, El huevo de oro. Como es normal en una serie tan larga, hay entregas mejores y peores. Esta última es excelente, de las mejores, por el oficio con el que Donna Leon construye la intriga tras una muerte aparentemente accidental: la de un muchacho sordo que se ha atiborrado de pastillas para dormir, por accidente o voluntariamente.
Los relatos de Donna Leon son profundamente venecianos, tanto que existe una guía de la ciudad a través de Brunetti –Paseos por Venecia, de Toni Sepeda–, incluso un libro de recetas –El sabor de Venecia, de la propia autora junto a Roberta Pianaro–. Pero, a la vez, la escritora utiliza la ciudad como metáfora de Italia y de Europa. Al igual que el sueco Hening Mankell o el siciliano Andrea Camilleri, Donna Leon se sirve de la novela negra para despedazar el mundo actual. Y, como ocurre con el padre del comisario Montalbano, cada día está más cabreada. 
"Porque, al fin y al cabo, todos estamos en la misma situación: el sistema, que no tiene pinta de cambiar, nos vapulea a todos por igual; los que están en la cima y hacen exactamente lo que les da la gana, nos pisan el resto", asegura un policía en la última entrega. Donna Leon trata numerosos temas en su serie pero hay uno que está en el corazón de todas: el poder del Leviatán para que las cosas no cambien. Por eso, nunca se acaba de saber totalmente si el honesto comisario Brunetti es cazador o presa del sistema.
PD. Otra autora estadounidense, Patricia Highmisth, ambientó en Venecia una de sus mejores novelas, El juego del escondite. Y John Berendt, el autor de Medianoche en el jardín del bien y del mal, escribió un estupendo relato sobre Venecia, La ciudad de los ángeles caídos, que en parte es una novela negra en torno al incendio de la Fenice. Más allá de la literatura, el gran relato policiaco ambientado en la ciudad es Mujeres en Venecia, una obra maestra del gran Joseph L. Mankiewicz, una versión contemporánea y, sobre todo, muy veneciana de Volpone.  

Mari:"La única verdad es la que inventé yo"

El escritor italiano Michele Mari quería escribir sobre Syd Barrett y terminó construyendo una novela sobre la banda británica Pink Floyd en la que se mezcla rock, ficción y delirio

Pink Floyd. Con testimonios verdaderos y otros apócrifos, Mari reconstruye la historia de la banda y la tensión interna entre sus integrantes: Roger Waters, David Gilmour y Syd Barrett./Revista Ñ

Michele Mari fue durante buena parte de su vida un analfabeto del rock. El pecado es doble si se tiene en cuenta que este escritor y profesor universitario italiano vivió su adolescencia y juventud en la década de 1970. Los Rolling Stones, Led Zeppelin, The Who y Eric Clapton tocaban a la vuelta de la esquina. Y también, por supuesto, Pink Floyd. Pero Mari, no se inmutaba. A él lo cautivaba la música clásica y su compatriota Fabrizio De André. En materia de “rock” se limitaba a Joan Baez o Simon & Garfunkel. “Yo era muy ignorante, muy analfabeto en rock”, dice Mari por teléfono desde su casa en Roma.
Con el tiempo, Mari saldó con creces sus propios agujeros de cultura popular. Cuando murió Syd Barrett –el creador de Pink Floyd– se obsesionó con la banda y escribió Rojo Floyd , una novela en la que los protagonistas son los miembros de la banda, pero también su círculo íntimo, sus colegas y hasta el ego de Roger Waters. “En los años setenta yo sabía que existía Pink Floyd pero no los escuchaba. Y los fui descubriendo, poco a poco, mucho después, diez, veinte años más tarde. Y por eso también me dieron ganas de escribir este libro, como para resarcirme de una experiencia no realizada en su momento”, dice.
No es tan extraño que éste sea el primero y hasta ahora único libro de los once que Mari escribió –entre novelas, cuentos, ensayos y poemas– traducido al castellano y editado en la Argentina. Basta pensar que hace sólo un año Roger Waters llenó nueve veces la cancha de River con The Wall . Y si Mari quería saldar esa falta de experiencia musical, eligió a una banda de rock progresivo que tiene una complejidad sinfónica y una teatralidad de ópera. “Sí, pero justamente en mi ignorancia, en mi desinformación, los descubrí tarde. Debo decirle que empecé a escucharlos mucho en 1979, el año de The Wall, porque por radio pasaban continuamente fragmentos de The Wall ; y después también se hizo la película. Después, volví a perderlos de vista y empecé a ocuparme de ellos cuando murió Syd Barrett en 2006. En julio de 2006 leí todos los artículos sobre Barrett, toda esa historia que yo conocía sólo en parte, sólo por pocos elementos, muy genéricamente; por lo tanto, me sentí impactado por ese destino, por esa experiencia humana y luego artística, que primero excluyó a Barrett del grupo y luego hizo que los otros continuaran durante 30 años pensando en él, escribiendo canciones sobre él, manteniéndolo vivo en su obra.”
¿De hecho, este libro es más un libro sobre Syd Barrett que sobre Pink Floyd?
En un primer momento yo había pensado en escribir un libro sobre Barrett. Después, poco a poco, como suele ocurrirme, los libros toman una dirección imprevista y lentamente, al acumular material, me di cuenta de que me interesaba hablar también de todo el grupo, entre otras cosas porque gradualmente fui tomando conciencia de la importancia cada vez mayor de Waters que al final pasó a ser casi el verdadero protagonista de mi libro.
En el libro se refiere a la ambivalencia que tenían Waters y Gilmour para con la permanencia de Barrett en Pink Floyd.
Yo quedé –¿cómo explicarlo?– fascinado por la tensión interna, por la dialéctica que se creó entre estos personajes, en suma, por esta impronta inicial de Barrett –más surrealista, más jubilosa– a la impostación más estructurada, más conceptual, más dura de Waters y después también el conflicto entre Waters y Gilmour, esa concepción más vinculada a los textos, más militante, más política de Waters y en cambio la vocación más melódica de Gilmore. Y creo que la grandeza de Pink Floyd fue unir todas esas almas y crear, a partir de tanta tensión, una armonía superior.
El libro “tardó” en llegar a la Argentina pero todavía no se publicó en Inglaterra. ¿Por qué?
El libro fue rápidamente traducido al francés y al alemán. Pero ahora lo están traduciendo al inglés, solamente como e-book. Tal vez piensen que Pink Floyd era algo de ellos, algo inglés. Estaban, quizá, un poco irritados porque un italiano había escrito sobre un tema de ellos o quizá los editores tenían miedo de enfrentar alguna acción legal porque yo hacía hablar a los personajes y los ponía en escena como creaciones libres mías.
Precisamente “Rojo Floyd” es una novela de testimonios. ¿Cómo hizo para recrear tantas voces?
Algunos testimonios son originales. Los encontré en biografías, en los libros aunque después yo las reescribí, las modifiqué, las cambié según me servían, y otros son totalmente inventados. Y en algunos casos hasta los personajes son inventados. En otros casos los personajes son reales y son muy libres las cosas que les hago decir. Pero son, no obstante, testimonios bastante verosímiles. Por ejemplo, el de Antonioni o de Stanley Kubrick se corresponden bastante con la verdad. Pero por ejemplo el del psicoanalista Ronald Laing, es totalmente inventado. O el testimonio del hijo de John Lennon cuando hace referencia a algo que se dijo.
¿Cuál de todas esas voces fue su preferida?
Waters obviamente y también el hermano de Waters y también Alastair Grahame, el muchachito al que está dedicado The Wind in the Willows , de Kenneth Grahame que era el libro preferido de Syd.
“Yo nací en 1900, con un ojo ciego y el otro bizco. En 1920 hice que un tren me decapitara, apoyando la cabeza en las vías. Mi padre era Kenneth Grahame, el célebre autor de The wind in the willows (...) el señor Barrett es el hombre topo. ¿Acaso no vivió siempre bajo tierra?” “Soy el desmesurado Ego de Roger Waters, y los intimo a no ser indulgentes con él, porque créanme, no es el caso. Los intimo asimismo a no atribuirle culpas que sólo son mías. Culpas, entendámonos bien, en el lenguaje de los desgraciados como ustedes, ya que en nuestro mundo, en cambio, constituyen méritos rutilantes.
Informes, lamentaciones, confesiones, testimonios, exhortaciones son algunas de las voces fragmentarias a las que Mari les da vida. A veces, claro, son absolutamente delirantes. Ahora no elige ninguna o se desdice. “No hay un personaje particular, me divertí sobre todo con la alternancia de las voces. Pasar de un tono a otro, de un personaje a otro, de un registro a otro”, aclara este especialista en la literatura italiana del settecento , y coleccionista empedernido de cómics y defensor a ultranza de su estética. “Incluso siempre vi hasta la gráfica pop como algo que merecía mucha seriedad. Puede haber cosas más bellas, menos bellas, más logradas, menos logradas, pero en conjunto, creo que todo el arte pop y rock, gráficamente también, pertenece al arte en pleno derecho”, aclara.
¿Y Pink Floyd es cultura popular, baja y masiva o puede considerársela como alta cultura de una época?
En estos niveles estamos cerca de la gran cultura. Pink Floyd dio estructuras, arquetipos formales que permanecerán en la arquitectura de un disco, en la sonoridad, en la gráfica. Yo estoy convencido de que a medida que pase el tiempo, el carácter clásico y la grandeza de Pink Floyd se volverán cada vez más evidentes. A tal punto, que mi impresión es que mientras tantos grupos de rock de los años sesenta y setenta envejecieron, Pink Floyd no. Para mí, Pink Floyd no envejece. Incluso porque muchos grupos ataron su música a ciertas actitudes exteriores, como la vestimenta o romper guitarras. Pink Floyd, en cambio, tuvo desde el principio un enfoque muy clásico, muy severo, para su trabajo.
Usted en el pasado se declaró en contra de una “concepción de la literatura” cercana al periodismo, pero este libro toma muchas herramientas del periodismo.
Sí, eso era en la época del minimalismo, del compromiso civil, cuando parecía que el escritor debía de alguna manera comprometerse con lo social, hablar de cosas que pasaban todos los días, por lo tanto competir con el periodismo. Yo en cambio siempre he tenido una idea más elevada, más a largo plazo de la literatura. Por lo tanto, confirmo en general lo que dije entonces, aunque de una manera menos ¿cómo decirlo? menos obstinada. De todos modos, la operación que yo hice sobre Pink Floyd me parece que es una operación literaria en todos los sentidos y que no tiene nada de periodístico. He podido hablar de Pink Floyd exactamente como podría haber hablado del mito griego. Eso pienso que es una operación literaria.
Y hoy con Occidente en crisis y con Europa en una gravísima crisis internacional, ¿no es necesario otro tipo de compromiso social?
Esa idea existe siempre. Tal como soy yo, permanezco encerrado en mi mundo literario porque es el único modo en que sé que podría ser escritor. Por eso si para ser escritor debo ocuparme de los problemas del mundo, muy probablemente dejaría de ser escritor porque yo soy así, no quiero que sea una regla o una toma de posición teórica. Es una simple confesión, una admisión.
Desde el exterior a veces da la sensación de que cierta edad de oro de la literatura italiana se acabó. Ya no dialoga con otras literaturas como en los tiempos de Calvino, Natalia Ginzburg, editores como los de Einaudi. ¿Eso es historia antigua, una etapa cerrada?
No sé, ¿está cerrada? Es una literatura que fue volviéndose cada vez más comercial, más fácil, digamos, más repetitiva, más en busca del éxito comercial, por ende, no es un gran período.
¿Y usted dentro de qué tradición de la literatura italiana se siente parte? ¿Qué autores italianos son para usted una influencia y un punto de referencia?
Entre los escritores italianos, los escritores del siglo XX sin duda: Gadda, Giorgio Manganelli, Gesualdo Bufalino y Tommaso Gandolfi. Diría ésos.
Su trabajo como académico y teórico no conspiró contra su proceso creativo.
No, han sido dos experiencias independientes, a tal punto que yo empecé a escribir cuentos desde muy chico, desde que era pequeño y por lo tanto mi escritura creativa siempre fue precedente. Y después hice estudios humanistas y llevé adelante esta formación pero el impulso a escribir siempre fue más que por los estudios, por las lecturas juveniles, en suma, por la literatura gótica, por Poe, la literatura de aventuras, Melville, Stevenson, Salgari.
No sólo de nombres en letras de molde de la literatura universal vive el hombre, que también tiene sus bajos instintos.
Tifoso del Milan, lo puede la pelota. Y desde 2001 a 2005 engrosó las filas del Osvaldo Soriano Football Club, un combinado de escritores italianos. “Fue una experiencia muy linda porque ese equipo nació espontáneamente por iniciativa de algunas personas. Jugué durante cinco años, con la camiseta N° 7 como lateral derecho. Era un homenaje a Soriano por sus escritos sobre fútbol. Tuvimos incluso algunos sponsors, después la cosa terminó de una manera miserable”, se ofusca misteriosamente.
Volvamos a su novela. A pesar de su finalidad literaria, ¿cree de todos modos que “Rojo Floyd” guarda alguna verdad subterránea sobre Pink Floyd?
No, la única verdad subterránea es la que inventé yo, que me gustó imaginar que –pese a desaparecer– Barrett ejerció una especie de influjo mágico, potente, sobre los otros integrantes. Aparte de esta idea fantasiosa no seguí ninguna verdad esotérica, ninguna verdad oculta.
Por último, ¿qué piensa del hecho de que cuarenta años después Waters sigue haciendo giras tocando “The Dark Side of the Moon” y “The Wall”. ¿Le parece honesto?
Sí, usted empleó la palabra justa: honesto. Yo creo que las cosas bellas, importantes, deben re-proponerse. Y, en suma, la enorme respuesta de público que tienen estos conciertos me parece una confirmación. También da la posibilidad a muchas personas, empezando por mí mismo, de ver cosas que de lo contrario no habrían visto. Por ejemplo, yo el próximo 28 de julio en Roma veré por primera vez The Wall hecho por Waters porque finalmente conseguí entrada y entonces por primera vez en toda mi vida veré The Wall .
Nunca es tarde para dejar de ser un analfabeto.

29.5.13

Elogio de Ana Roda

Tras cinco años al frente de la Biblioteca Nacional y de todas las bibliotecas públicas del país, Ana Roda presenta su renuncia. Esta ha sido su gestión

Ana Roda logró en cinco años poner al día el archivo bibliográfico nacional y una contínua digitalización./revistaarcadia.com

Ana Roda parece una persona arisca. Su timbre de voz es grave y sus frases siempre son breves y despojadas de adornos. Con la medida justa de cortesía, se negó a conceder una entrevista a este medio, que buscaba conocer las razones de su sorpresiva renuncia al cargo de directora de la Biblioteca Nacional. En escasos diez minutos de conversación telefónica, adujo cansancio y dijo que la tarea estaba hecha. Solo durante un minuto logró su voz algo parecido al énfasis: cuando elogió la labor de la Ministra de Cultura: “Fue la Ministra la que logró salvar la plata para las bibliotecas. Le volvieron a meter un mico en la reforma tributaria, y Mariana Garcés prácticamente se fue a vivir al Congreso y la salvó”.
Roda se refiere a los treinta y cinco mil millones de pesos que tendrá, por fin, este año, el Ministerio de Cultura, vía la Biblioteca Nacional, para dotar las bibliotecas públicas del país.
Es una fortuna, y más aún si se compara con los 7.500 millones que ha tenido anualmente la Biblioteca estos últimos tiempos para inversión en una red de bibliotecas públicas que se extiende por todo el país, más la gestión de la Biblioteca Nacional, ese sobrio edificio en la calle 26 con carrera quinta que cuida la memoria de la historia de Colombia. Y de esa plata, más de un tercio se va en salarios, dado que la nómina del Estado está congelada y las responsabilidades de la Biblioteca Nacional han aumentado dramáticamente.
Pero vamos por partes. O más bien, comencemos por el principio.
Cuando uno le pide a un taxista en Bogotá que lo lleve a la Biblioteca Nacional, siempre duda. ¿La que está en La Candelaria, pregunta. No, esa es la Luis Ángel Arango, la biblioteca del Banco de la República. El Banco ha tenido a lo largo de su historia una generosísima y decidida política cultural, superando con creces durante muchos años el presupuesto destinado por el Estado a Colcultura, la institución que antecedió al Ministerio de Cultura en el país.
La Biblioteca Nacional, en cambio, es una institución de antiguo abolengo, con el encanto y el lastre de otro tiempo, que el público general conoce poco y mal. Es un área del Ministerio de Cultura, al igual que la Orquesta Sinfónica o el Teatro Colón o el Museo Nacional. Su misión exclusiva ha sido, hasta relativamente poco tiempo, la preservación, catalogación y puesta al acceso público del patrimonio bibliográfico colombiano. Un asunto que de por sí ya es una tarea enorme, pero que es del interés de historiadores e investigadores, y poco tiene que ver con la vida cotidiana de un ciudadano que no vive en el mundo de la academia.
Pero desde 1997 la Biblioteca recibió un encargo mayúsculo: ser la cabeza de todas las bibliotecas públicas del país y dictar sus políticas, lo que en los últimos diez años se materializó en el Plan Nacional de Lectura y Bibliotecas.
El mandato de este Plan ha logrado que todos los municipios del país tengan una biblioteca pública, y que también los resguardos indígenas y comunidades afro, así como algunos corregimientos, sean incluidos. La cifra final es poderosa: la Biblioteca es la cabeza de 1.406 bibliotecas en todo el país.
La tarea de construirlas, dotarlas y formar bibliotecarios es gigantesca. Cuando Ana Roda llegó a la Biblioteca Nacional, hace algo más de cinco años, el Plan, por supuesto, ya estaba en marcha. Dos años después de su llegada, hacia el final del gobierno Uribe, cuando 935 bibliotecas estaban ya funcionando con una dotación de 2.500 libros pensada para cada región, la tarea se dio por terminada.
El gobierno de Japón había participado con generosidad –nunca suficientemente reconocida por los medios– en la construcción de muchas de ellas. Se habían enviado casi dos millones de libros a las regiones. Y hasta allí llegaba la cosa. Punto. Se logró. Incluso le quitaron recursos por tres mil millones a la Biblioteca, para desconcierto de Roda, porque la tarea se daba por terminada. Era hora de archivar el Plan y festejar.
Ana Roda no festejó. Y en noviembre del 2009 lanzó una segunda parte del Plan, que bautizó Bibliotecas Vivas. ¿Cuál era su mensaje? Ninguna biblioteca que merezca su nombre vive con los mismos 2.500 libritos. ¿Qué pasa con los libros que se publican cada año? ¿Un libro como El olvido que seremos, de Abad Faciolince, por ejemplo, que conmovió profundamente a cientos de miles de lectores, no debería estar en las bibliotecas de los municipios?
De sobra es sabido que a muchos alcaldes poco les importa que la biblioteca de su municipio funcione. En un país cuyos municipios no logran ni garantizar una red de acueducto, las bibliotecas estaban destinadas a podrirse bajo el eterno bochorno de Macondo. Y una vez más, el país tendría que repetir su historia: ver esfuerzos enormes desintegrarse por falta de continuidad. Como los restos de los rieles de tren que aún se ven en medio del campo. Cien años de soledad.
El vía crucis de la plata
La meta de la segunda parte del Plan era doble: garantizar la plata para seguir dotándolas y formar bibliotecarios, continuar la construcción de bibliotecas en corregimientos alejados de las cabeceras municipales, y lo más ambicioso de todo: crear una Ley que le diera soporte a una política nacional. Para qué mantener esos edificios –es un decir– funcionando fuera una política pública. Amarrar su vida a los presupuestos de la nación. Convertir su supervivencia en un deber del Estado.
Roda buscó a Gonzalo Castellanos para que redactara la Ley. Y tras los ires y venires de la cosa pública, el 15 de enero del 2010, la Ley 1379 de Bibliotecas Públicas fue aprobada por el Congreso.
¿Qué garantiza esa Ley? Que en materia de bibliotecas el interés público prime sobre el particular. Las bibliotecas ahora son consideradas inversión social y su presupuesto no puede disminuir de un año a otro. Es decir, las bibliotecas deben tener asignaciones que no pueden variar al antojo de un alcalde ni de un Gobierno. La Ley ordena que un porcentaje fijo del IVA a telefonía celular se destine a ellas, así como de la estampilla Procultura. Y como la biblioteca es un servicio público, debe atender a los ciudadanos con horarios fijos. Es decir, cualquier persona puede entablar una demanda si no está satisfecha con el funcionamiento de su biblioteca. Y sus servicios básicos son gratuitos. Todos los ciudadanos tienen derecho a pedir prestado un libro y llevárselo a su casa.

Cualquiera pensaría que ahora sí era hora de celebrar. Pero no. La pelea apenas comenzaba. Una pelea que poquísimos intelectuales se atreverían a dar por lo que podríamos bautizar como una “inadecuada disposición del espíritu”. Y Ana Roda es eso: lectora empedernida, editora, hija de un artista y de una escritora y pedagoga; una intelectual que supo moverse en los vericuetos del paquidérmico Estado colombiano.
Parecería natural asumir que cuando el destino de un dinero público queda establecido por una Ley, la batalla está ganada. Pero es que uno no es político. Ni congresista. En menos de lo que canta un gallo, apareció el primer mico. (Roda, que no era experta en asuntos de veterinaria política, aprendió). No habían pasado ni cuatro meses desde la aprobación de la Ley, a pocos días del final del gobierno Uribe, cuando Roda amaneció con la noticia de que la reforma tributaria de la Salud (sí, ¡de la salud!) le acababa de quitar la plata de las bibliotecas. Se la habían dado al deporte. Castellanos demandó ante la Corte Constitucional. La Corte aceptó la demanda y varios meses más tarde, ya entrado el 2012, tumbó el mico. ¿Todo bien? Qué va. Otra vez: apenas dos meses más tarde, ya había otro proyecto de ley –esta vez del representante Pablo Sierra– para quitarles la plata. Ana Roda se educó en el extraño arte de hacer lobby político. Y luego, otra vez: en la reforma tributaria. Y es a esa trasnochada de la ministra Garcés a la que alude Ana Roda cuando finalmente, una vez más, se logró poner a salvo los recursos.
Todo esto suena muy aburrido. Leyes, micos, platas del IVA, el Congreso… Resulta más efectiva la imagen emocional, que al fin y al cabo es su directa consecuencia: imagine usted una niña de seis años en Mapiripán, en Caloto, o en Lorica, leyendo. O prestándole atención a un promotor de lectura que le cuenta en voz alta un cuento de hadas. O una canción infantil. Imagine usted un adolescente leyendo los preciosos libros de la nueva camada de ilustradores y dibujantes del país. Libros para ellos y no para intelectuales. En el país del desamparo, el país rural y pobre y aquejado de tantas soledades, eso es algo importante. Y sobre todo en un país cuyo centro es a veces tan ignorante que se niega a aceptar que un hombre o una mujer que vivan en el campo puedan querer tener en sus manos un objeto distinto a un azadón o un fusil. ¿Quiénes son los bárbaros?
La casa
Pero esto no es ni la mínima parte de lo que Roda ha logrado en estos cinco años. Hace un año y medio también echó a andar otro proyecto igual de grande: el de dotación y uso de las nuevas tecnologías en esas bibliotecas. Consiguió 3.2 millones de dólares de la Fundación Bill y Melinda Gates para comenzar. Con estos recursos, el apoyo de MinCultura y MinTIC, se espera modernizar la red de bibliotecas públicas en un plazo máximo de tres años.
Por si fuera poco, la Biblioteca misma tiene un plan de digitalización monumental. Como parte de un plan estratégico diseñado a diez años para que todo el acervo bibliográfico de la Biblioteca esté en la Red, y gracias a la donación del gobierno de Corea de unos enormes y poderosos scanners, ya se han digitalizado más de cuatro millones de páginas.
Subir al último piso de la Biblioteca y encontrarse con una remodelación diáfana y con una mujer tan impecable y seria como Sandra Angulo, responsable de la conservación de los libros (estamos hablando de una biblioteca que tiene cerca de dos millones y medio de volúmenes, entre ellos medio centenar de incunables), da gusto. Allí queda el impresionante laboratorio dedicado a la preservación de los libros. Allí se identifican los hongos, se curan las páginas, se reparan los lomos con delicados pinceles y tinturas y misteriosos ungüentos. Un extraño lugar en el que los objetos más antiguos y valiosos que tiene el país conviven con la más sofisticada tecnología de este siglo. Toda la remodelación de este espacio y la creación del laboratorio es obra de Roda. Desde allí se dan cursos virtuales a todas las regiones. Allí también comenzaron proyectos como la digitalización del Archivo Histórico Restrepo, que pondrá al servicio público valiosos documentos históricos que hasta ahora estuvieron en manos privadas. O la Mapoteca Digital que, entre otras cosas, acaba de rescatar de un rincón perdido en la Universidad Nacional, gracias al ojo inteligente de una señora de los tintos, un auténtico tesoro cartográfico: los mapas olvidados de Agustín Codazzi.
Adiós
La administración de Roda ha llevado a cabo su trabajo de manera callada con un equipo de ciento veinte personas. (Por comparar, el Ministerio Público tiene 3.400 empleados). La Biblioteca, que no tiene ni siquiera un cargo de subdirector, ha asumido tanto la dirección del Plan de Lecturas y Bibliotecas como el descomunal reto de la digitalización y de dar inicio a un megaportal de documentos digitales colombianos sin una reforma de su organigrama interno. Ha educado a miles de bibliotecarios del país, aun a sabiendas de que los alcaldes llegan y reparten sus puesticos, y el de bibliotecario es un cargo flotante, y no hay nada que hacer. Es más, la gran ironía es que como los forman tan bien, muchas veces los mismos alcaldes se los llevan a otros cargos. Sostener una política nacional en un ambiente de descentralización, por lo menos en materia de cultura, hace todo diez veces más difícil. Y la labor de Roda ha sido francamente encomiable.
Se retira cuando entra el dinero. Cuando lo que queda es ejecutar. Suele ser en estos momentos cuando aparecen muchos interesados precisamente en eso: en mandar sobre el gasto. El dinero público para invertir en libros da un enorme poder frente al gremio editorial. La cosecha está servida. Roda no está para esas vanaglorias y con una discreta elegancia presenta su renuncia. Somos muchos los que lo lamentamos y nos quitamos el sombrero.

El 'rockstar' literario

El suicidio de Andrés Caicedo, en 1977, de algún modo, impulsó su literatura. ¿Hasta dónde sabría él mismo lo que pasaría?

Andrés Caicedo, autor de Qué viva la música./elespectador.com

En octubre de 1975, el escritor Andrés Caicedo le envió una carta al crítico de cine Miguel Marías. Desde siempre, Caicedo había mostrado cierta admiración por su trabajo y se había relacionado con él, como con muchos otros críticos, a través de misivas. Caicedo, por entonces, sólo había publicado un relato titulado El Atravesado luego de que su madre pagara la publicación. Era reconocido como parte de un grupo de intelectuales jóvenes de Cali, donde pasó su vida; desde allí, se había lanzado a ver cine, a realizar montajes de teatro y crear una obra que hasta hoy lo ha convertido en uno de los símbolos de la literatura urbana en Colombia. En ese ambiente, pues, Caicedo escribió a Marías. Sus palabras fueron estas: “(…) estimulado por tu ejemplo es que renuevo el género epistolar, en donde se puede encontrar, después de mi muerte, algo de lo mejor que he escrito”.
Más allá de cierto aire arrogante en sus palabras, Caicedo parece consciente, en esas dos líneas, de que su obra tendrá un impacto póstumo. Tenía la costumbre de organizar su archivo fecha a fecha y hacía copias de cada carta, que luego archivaba en una carpeta. En esas dos líneas, Caicedo parece saber que lo suyo no es el presente, sino el futuro, en donde sus palabras se verán impresas con el respeto que merecen. Y se puede pensar algo más allá: que todo lo que escribía, incluso lo más íntimo —sus cartas—, era parte de esa magnánima obra que era su vida, que comenzó en 1951. Hijo de Carlos Alberto Caicedo y Nellie Estela, Andrés Caicedo principió a escribir relatos desde muy niño. Su leyenda reza que a los 13 años ya había escrito un cuento, titulado El silencio, y que a los 15 ya había escrito otro cuento y una obra de teatro. Sandro Romero Rey escribió, para la exposición “Andrés Caicedo: Morir y dejar obra”, un texto en el que recuerda esa etapa: “Entre 1966 y 1972 Andrés escribió obras para la escena desencantadas e iconoclastas, las cuales él mismo montó primero en su colegio (…)”. Caicedo era, pues, un niño de dieciséis años con el poder de construir obras teatrales en los mismos términos que las de Eugène Ionesco.
En ese momento —quizá lo sabía, quizá no— le quedaban nueve años de vida. Pero eso también hace parte de su leyenda, que lo muestra como un escritor dado al caos, que escuchaba a The Rolling Stones y gustaba de las drogas y el cine. Dicen también que era un genio, pero que nadie se había dado cuenta. Parte de ese genio fue construyéndose en su última década, cuando realizó más proyectos y llenó más páginas. Visto desde ahora, Caicedo escribió con la velocidad frenética de quien ya sabe cuándo morirá. Eso es parte de su leyenda, por supuesto.
Fueron esos años cuando dirigió obras del mentado Ionesco —entre ellas La cantante calva—, ingresó como actor al Teatro Experimental de Cali —de donde salió, al parecer, porque su tartamudez le impedía actuar—, hizo parte del grupo Los Dialogantes —junto a Luis Ospina, Carlos Mayolo y Sandro Romero— y escribió una serie de relatos que serían publicados luego de su muerte, como la mayoría de su obra. Ya a los 18 escribía críticas cinematográficas en El País de Cali. En 1970 ganó el Primer Concurso Literario de Cuento de Caracas con Los dientes de Caperucita y el de la Universidad del Valle con Berenice, quizá uno de sus relatos más conocidos. ¿Era fácil volverse loco a ese ritmo, cuando apenas se entraba a la edad adulta? “Yo no estoy loco —le escribió Caicedo en una carta a Luis Ospina en septiembre de 1971—. Yo duermo normalmente, jamás he intentado acto grave contra la normalidad, yo pago en pesos colombianos cuando se debe pagar, yo espero pacientemente, estudio, me olvido, aprendo”.
La leyenda de Caicedo se delineaba por entonces: sus cuentos, su afición al cine y la favorable crítica de sus más cercanos lo ayudaron a ascender. Pero todavía no había llegado al tope. “Andrés fue un adelantado, sí, pero también un tipo fuera de foco, desincronizado, limítrofe —dice el escritor Alberto Fuguet en la introducción de Qué viva la música, la única novela que Caicedo publicó en vida—. Caicedo no bailaba salsa; quería, pero no podía. Caicedo no hablaba, escribía. Todo el día: y tal como hoy hay gente que no concibe su día sin postear, Caicedo se escribía constantemente a sí mismo”.
Tres años antes de su muerte, sale a las calles el primer número de la revista Ojo al cine, quizá una de las primeras publicaciones especializadas en ese arte en el país, que seguía el ejemplo de suplementos estadounidenses y españoles. Por esos años viaja a Hollywood, ve cine en Estados Unidos, se empapa un poco de esa industria luego de fracasar cuando busca pasar dos de sus guiones a un director de ese país. Y el tiempo se iba reduciendo y, dice la leyenda, él lo sabía. Para sustentar esa afirmación, todos dicen que Caicedo dijo que vivir más allá de los 25 años era vergonzoso, sin saber dónde lo dijo, si fue en la carta que estaba en su máquina de escribir el día que murió o en una de sus obras. Pero es parte de su leyenda, de su imagen, que en los últimos años ha tomado un aura mucho mayor que la de un simple escritor juvenil.
En 1976, salieron los números tres, cuatro y cinco de Ojo al cine y Caicedo, imbuido en su actividad frenética, continuó escribiendo. En marzo del año siguiente, luego de una discusión con Patricia, su novia, aunque al parecer no por causa de ella, Andrés Caicedo se tomó un número considerable de pastillas de Seconal y murió. De allí en adelante, el trabajo de esculcar sus archivos recayó sobre su familia y algunos amigos, entre ellos Luis Ospina y Sandro Romero Rey, que todavía hoy lo recuerda en innumerables textos. De allí en adelante ocurrieron las traducciones, las lecturas en Estados Unidos y su ineludible puesto en la literatura colombiana, que combina su imagen caótica con la de un ángel joven, un niño precozmente maduro, un genio a la sombra, un homosexual reprimido, un mártir de la literatura, aquel que fue fiel a su consigna de morir antes de los 25, aquel que sabía, desde siempre, cuándo moriría.
“Andrés tenía claro qué había sucedido con Jim Morrison, con Janis Joplin —escribe Fuguet—. Sabía que James Dean ya estaba muerto para el estreno de Rebelde sin causa. Es imposible analizar o tratar de entender un suicidio (…) No tengo una respuesta. Lo que, claro, aumenta el misterio, enciende el morbo. Pero una cosa está clara: más allá del tremendo dolor, la inmensa sensación de soledad y de estar a la deriva, Caicedo siempre tuvo claro que su fama y su conexión con los lectores sería después. Quería dejar obra. Intentó matarse varias veces. No era un autor que quería hacer una carrera; era un autor díscolo, nuevo, en ciernes, que no deseaba madurar o crecer o envejecer, pero que sí quería dejar obra. Y la dejó”.

Los Habladores

Narrativas en el arte contemporáneo internacional




El relato de historias y las narraciones han jugado, desde hace mucho tiempo, un papel importante en el arte contemporáneo, una tendencia que se ha desarrollado paralelamente a la creciente popularidad de las prácticas documentales en el arte. El relato de historias parece estar captando la atención de todos, como lo evidencia un creciente número de exposiciones que enfatizan en el trabajo narrativo. Ya sean históricas, políticas o basadas en referencias personales, las tendencias narrativas en el arte contemporáneo cubren un espectro que va de lo muy sencillo y fáctico, a lo mágico y fantasioso. No son pocas las obras de arte contemporáneo que transmiten narrativas relacionadas con los temas de la sexualidad y la raza, la identidad, la filosofía, la política y la vida en general. En momentos en que la narración en el arte se encuentra tan firmemente establecida, son muchos los artistas cuyo trabajo se inspira directamente no solo en estrategias narrativas, sino también en la literatura en particular.
“Los habladores: narrativas en el arte contemporáneo internacional” presenta las obras de artistas contemporáneos de todo el mundo, cuyo trabajo está directamente motivado por la literatura. La exposición se inspiró inicialmente en la literatura latinoamericana y su singular tradición narrativa. Autores como Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Octavio Paz y Reinaldo Arenas han tenido una enorme influencia en el desarrollo de la literatura y la poesía, tanto en sus propios países como internacionalmente. Los poemas de Neruda, los laberintos de Borges y el realismo mágico de García Márquez han proporcionado una valiosa fuente de inspiración no solo a los lectores y otros autores, sino también a los artistas. Aunque la semilla inspiradora para esta exposición se plantó en América Latina, ha crecido y florecido más allá de sus raíces, cruzando las fronteras geográficas, lingüísticas y creativas. El resultado es una extensa exposición que cuenta con artistas contemporáneos de todo el mundo, cuyos trabajos se inspiran también en autores como James Joyce, William Blake, Karl Marx, Virginia Woolf, Italo Calvino y Arthur Rimbaud.
El título de la exposición está directamente inspirado en el libro de Mario Vargas Llosa El hablador, una historia cautivante con una intrincada narrativa que yuxtapone la voz del narrador con los capítulos relativos a la mitología indígena peruana. El hablador contiene todos los elementos de una clásica y afamada novela: una lucha subyacente personal, y la búsqueda del sentido y la verdad que se encuentran en el trayecto de un viaje transformador de descubrimiento. La galardonada historia de Vargas Llosa deja entrever muchos de los temas tratados en la exposición y también captura las cualidades narrativas únicas y poderosas de muchos de los artistas que hacen parte de la exposición. De la misma forma que Mario Vargas Llosa nos conduce a un mundo mítico y mágico con su poético relato de un contador de historias, estos artistas son narradores visuales que capturan nuestra imaginación con sus interpretaciones de algunas de las más grandes historias jamás escritas.
Obras de Liliana Angulo, Mónica Bengoa, Milena Bonilla, Monika Bravo, Maria Magdalena Campos-Pons, Eloisa Cartonera, Lobato&Guimarães, William Kentridge, Cristina Lucas, Fabio Morais, Rosana Ricalde, Eder Santos, Young-hae Chang Heavy Industries, Nina Yuen, Elida Tessler, Valeska Soares, Tracey Snelling
Curaduría de Selene Wendt en colaboración con Gerardo Mosquera

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