18.2.13

Julio Cortázar: Profesor

Se conoce muy poco sobre las épocas en que Cortázar fue profesor. Tal vez porque sus años como estudiante fueron más bien amargos, como reluce en algunas de sus cartas. Sin embargo, esa misma aversión por sus profesores de infancia pareció haberle inspirado una excelencia, un carácter y una dulzura muy escasos en el oficio de enseñar

Julio Cortázar, autor de Rayuela, fue un profesor excelente y buena papa./elespectador.com
 
El 4 de Agosto de 1914 una fuerza aproximada de 58.000 soldados y cien piezas de artillería, bajo el mando del Káiser alemán Guillermo II, ataca la ciudad belga de Lieja; fecha en que acontece la primera Batalla de la Primera Guerra Mundial.
22 días después, en un hospital de Ixelles, un municipio cercano a Bruselas, María Herminia Descotte daba a luz a su primer hijo: Julio Florencio Cortázar. Para entonces, ya los alemanes habían tomado Bélgica, y al fondo se escuchaban, hondos, los obuses disparando hacia la frontera con Francia.
Argentina era un país neutral en la guerra de 1914, como lo sería también en la Segunda Guerra Mundial, por lo que la familia Cortázar no encontró problemas con los invasores al atravesar la frontera con Suiza. En los próximos dos años, los padres de Cortázar pasan a España y permanecen en Barcelona hasta 1918, año en que termina la guerra. Después regresan a Argentina.
Se instalan en Banfield, un modesto suburbio de Buenos Aires, que debe su nombre a una de las estaciones de tren construidas por los ingleses. Ese mismo año, su padre, Julio José Cortázar, abandona a su mujer y a su hogar. Cortázar no sabrá nunca nada más de él hasta el día en que un abogado le informa de su muerte.  Vive entonces con su madre, una tía, su abuela y su hermana Ofelia, leyendo desde entonces jornadas enteras, escribiendo, sentado en las ramas de un viejo sauce su primera novela, que su madre atesoró y guardó como a una joya extraña, y que él nunca pudo quemar.
En 1932, después de intentar viajar sin éxito a Francia camuflado en los trastos de un buque de carga, junto a algunos amigos, Julio Cortázar se recibe como Maestro Normal de la Escuela Mariano Acosta. En 1935, se recibe como Maestro Normal en Letras.
Enseñó en la escuela San Carlos de la ciudad de Bolívar desde el 31 de mayo de 1937 al 31 de julio de 1939. Luego en la Escuela Normal de Chivilcoy como titular de Historia, Geografía e Instrucción Cívica, del 22 de agosto de 1939 hasta julio de 1944.
La biografía del autor se extiende hasta el 12 de Febrero de 1984, repleta de acontecimientos maravillosos, también trágicos; todos memorables. Pero el recuento de su vida, en este artículo, se detiene aquí.
Se conoce muy poco sobre las épocas en que Cortázar fue profesor. Tal vez porque sus años como estudiante fueron más bien amargos, como reluce en algunas de sus cartas. Sin embargo, esa misma aversión por sus profesores de infancia pareció haberle inspirado una excelencia, un carácter y una dulzura muy escasos en el oficio de enseñar.
“Debo haber tenido cien profesores y sólo me acuerdo de dos. Yo me tuve que aguantar una educación en la que muchos de mis profesores eran vejigas infladas, pomposas y pedantes. Yo crecí en una familia muchos de cuyos miembros eran también vejigas infladas en lo que se refiere a las ideas, o a la falta de ideas”.
Cortázar fue un maestro extraordinario. Profundamente carismático, confiable; un ser humano querible. Es así como lo recuerdan sus amigos, sus colegas, sus alumnos. Un hombre que se consagraría, por supuesto, por la indudable calidad de su producción literaria, pero que también marcó el pulso de una pequeña generación de alumnos suyos, que más tarde vendría a recordarlo con cariño.
María René Miné Cura, colaboradora de Victoria Ocampo y amiga de gran parte del círculo intelectual argentino del siglo XX fue alumna de Cortázar en la escuelita de Chivilcoy. Para Miné, quien falleció hace pocos años, la importancia de tenerle como docente “fue transmitirnos la historia y la geografía de una manera que no nos había sido revelada. Era una mirada distante de la oficial. No hacía una cronología rigurosa. Nos contó la historia cotidiana, que era la historia de la civilización. Y nos enseñó la geografía humana, que traza la relación entre la gente y la tierra. Detestaba tomar exámenes y criticaba la rigidez del sistema educativo. Tenía una cosmovisión de las cosas”.
Cortázar fue un hombre íntegro, en el sentido riguroso de la palabra. Pero también flexible, comprensivo. Estaba íntimamente comprometido con su profesión como docente, con su propia visión del aprendizaje, del sentido orientador del maestro, del estudiante; de la educación en sí misma. Tanto que en 1939 aparecería un texto suyo titulado ‘Esencia y Visión del Maestro’, muy poco conocido, pero de una vigencia absoluta aún en nuestros días.
Para esos años, Cortázar había tejido ya algunos relatos de ‘Bestiario’, y publicado bajo el seudónimo de ‘Julio Denis’ su primer poemario, ‘Presencia’.
En ‘Julio Cortázar, la biografía’ del escritor argentino Mario Goloboff, existe alguna anécdota bellísima sobre su tiempo como profesor:
Un día, mientras los alumnos de la escuelita en Chivilcoy se formaban en el patio, alguien le arrojó algo al director del colegio mientras pronunciaba su discurso. Éste bajó y se dirigió hacia el grupo de niños del que había salido el proyectil, les gritó y les exigió señalaran o dijeran el nombre de quien había tirado aquella cosa. Pero ninguno de los niños dijo nada. No se movieron. Uno a uno, los profesores de la escuelita interrogaron a los alumnos, pero nadie dijo una sola palabra. Decidieron entonces castigarlos a todos, llevándolos a un salón. En ese momento, llegó el profesor Cortázar, y les dio a los chicos una lección sobre lo que era respeto y lo que era complicidad. Minutos más tarde, un niño se separó de la fila, se acercó a su profesor y asumió la responsabilidad del incidente.
En 1944, Julio Cortázar renuncia a sus clases de secundaria  para dictar cátedras de Literatura Meridional y Septentrional en la Universidad de Cuyo, sin ningún título o diploma universitario.
Un año después, en 1945, Juan Domingo Perón sube al poder en Argentina y Julio Cortázar abandonaría para siempre su oficio de maestro. Se hace traductor en 9 meses de estudios que tardan, normalmente, 3 años. En 1953, hace la que se considera la mejor traducción al español de las obras de Edgar Allan Poe.
En 1954, se instala definitivamente en Francia, donde escribe una de las obras más originales, conmovedoras y revolucionarias en su género. En 1984, dos años después de la prematura muerte de su última esposa, Carol Dunlop, muere en el hospital Saint-Lazare, en París, tras 10 días de haber sido internado.
Para quien escribe, el encuentro con Cortázar, con su obra y con él mismo, fue de una importancia definitiva. Este texto procura hacerle justicia a una de las experiencias e influencias más entrañables en mi proceso como lector.
 Cortázar en Chivilcoy
Cortazar en Chivilcoy
Esencia y visión del Maestro
     Escribo para quienes van a ser maestros en un futuro que es ya casi presente. Para quienes van a encontrarse repentinamente aislados de una vida que no tenía otros problemas que los inherentes a la condición de estudiante; y que, por lo tanto, era esencialmente distinta de la vida propia del hombre maduro.Se me ocurre que resulta necesario, en la Argentina, enfrentar al maestro con algunos aspectos de la realidad que sus cuatro años de escuela normal no siempre le han permitido conocer, por razones que acaso se desprendan de lo que sigue, y que la lectura de estas líneas -que no tienen la menor intención de consejo- podrá tal vez mostrarles uno o varios ángulos insospechados de su misión a cumplir y de su conducta a mantener.
    Ser maestro significa estar en posesión de los medios conducentes a la transmisión de una  civilización y una cultura; significa construir, en el espíritu y la inteligencia del niño, el panorama cultural necesario para capacitar su ser en el nivel social contemporáneo y, a la vez, estimular todo lo que en el alma infantil haya de bello, de bueno, de aspiración a la total realización.
    Doble tarea, pues: la de instruir, educar, y la de dar alas a los anhelos que existen, embrionarios, en toda conciencia naciente. El maestro se tiende hacia la inteligencia, hacia el espíritu y, finalmente, hacia la esencia moral que reposa en el ser humano. Enseña aquello que es exterior al niño; pero debe cumplir asimismo el hondo viaje hacia el interior de ese espíritu, y regresar de él trayendo, para maravilla de los ojos de su educando, la noción de bondad y la noción de belleza: ética y estética, elementos esenciales de la condición humana.
    Nada de esto es fácil. Lo hipócrita debe ser desterrado, y he aquí el  primer duro combate; porque los elementos negativos forman también parte de nuestro ser. Enseñar el bien, supone la previa noción del mal; permitir que el niño intuya la belleza no excluye la necesidad de hacerle saber lo no bello.
    Es entonces que la capacidad del que enseña -yo diría mejor: del que construye descubriendo- se pone a prueba. Es entonces que un número desoladoramente grande de maestros fracasa. Fracasa calladamente, sin que el mecanismo de nuestra enseñanza primaria se entere de su derrota; fracasa sin saberlo él mismo, porque no había tenido jamás el concepto de sumisión.Fracasa tornándose rutinario, abandonándose a lo cotidiano,enseñando lo que los programas exigen y nada más, rindiendo rigurosa cuenta de la conducta y la disciplina de sus alumnos. Fracasa  convirtiéndose en lo que se suele denominar ” un maestro correcto”. Un mecanismo de relojería, limpio y brillante, pero sometido a la servil condición de toda máquina.
    Algún maestro así habremos tenido todos nosotros. Pero ojalá que quienes leen estas líneas hayan encontrado también, alguna vez, un verdadero maestro. Un maestro que sentía su misión, que la vivía. Un maestro como deberían ser todos los maestros en la Argentina.
    Lo pasado es pasado. Yo escribo para quienes van a ser educadores, y la pregunta surge, entonces, imperativa: ¿Por qué fracasa un número tan elevado de maestros? De la respuesta, aquilatada en su justo valor por la nueva generación, puede depender el destino de las infancias futuras, que es como decir el destino del ser humano en cuanto sociedad y en cuanto tendencia al progreso.
    ¿Puede contestarse la pregunta? ¿Es que acaso tiene respuesta?
    Yo poseo mi respuesta, relativa y acaso errada. Que juzgue quien me lee. Yo encuentro que el fracaso de tantos maestros argentinos obedece a la carencia de una verdadera cultura, de una cultura que no se apoye en el mero acopio de elementos intelectuales, sino que afiance sus raíces en el recto conocimiento de la esencia humana, de aquellos valores del espíritu que nos elevan por sobre lo animal. El vocablo” cultura” ha sufrido, como tantos otros, un largo malentendido. Culto era quien había cumplido una carrera, el que había leído mucho; culto era el hombre que sabía idiomas y citaba a Tácito; culto era el profesor que desarrollaba el programa con abundante bibliografía auxiliar. Ser culto era -y es, para muchos-llevar en suma un prolijo archivo y recordar muchos nombres…
    Pero la cultura es eso y mucho más. El hombre -tendencias filosóficas actuales, novísimas, lo afirman a través del genio de Martin Heidegger- no es solamente un intelecto. El hombre es inteligencia, pero también sentimiento, y anhelo metafísico, y sentido religioso. El hombre es un compuesto; de la armonía de sus posibilidades surge la perfección. Por eso, ser culto significa atender al mismo tiempo a todos los valores y no meramente a los intelectuales. Ser culto es saber el sánscrito, si se quiere, pero también maravillarse ante un crepúsculo; ser culto es llenar fichas acerca de una disciplina que se cultiva con preferencia, pero también emocionarse con una música o un cuadro, o descubrir el íntimo secreto de un verso o de un niño.
    Y aún no he logrado precisar qué debe entenderse por cultura; los ejemplos resultan inútiles. Quizá se comprendiera mejor mi pensamiento decantado en este concepto de la cultura: la actitud integralmente humana, sin mutilaciones, que resulta de un largo estudio y de una amplia visión de la realidad.
    Así tiene que ser el maestro.
    Y ahora, esta pregunta dirigida a la conciencia moral de los que se hallan comprendidos en ella: ¿bastaron cuatro años de escuela normal para hacer del maestro un hombre culto?
    No; ello es evidente. Esos cuatro años han servido para integrar parte de lo que yo denominé más arriba “largo estudio”; han servido para enfrentar la inteligencia con los grandes problemas que la humanidad se ha planteado y ha buscado solucionar con su esfuerzo: el problema histórico, el científico, el literario, el pedagógico. Nada más, a pesar de la buena voluntad que hayan podido demostrar profesores y alumnos; a pesar del doble esfuerzo en procura de un debido nivel cultural.
    La escuela normal no basta para hacer al maestro.Y quien, luego de plegar con gesto orgulloso su diploma, se disponga a cumplir su tarea sin otro esfuerzo, ése es desde ya un maestro condenado al fracaso.
    Parecerá cruel y acaso falso; pero un hondo buceo en la conciencia de cada uno probará que es harto cierto.
    La escuela normal da elementos, variados y generosos; crea la noción del deber, de la misión; descubre los horizontes. Pero con los horizontes hay que hacer algo más que mirados desde lejos; hay que caminar hacia ellos y conquistados.
    El maestro debe llegar a la cultura mediante un largo estudio.
    Estudio de lo exterior, y estudio de sí mismo. Aristóteles y Sócrates, de ahí las dos actitudes. Uno, la visión de la realidad a través de sus múltiples ángulos; el otro, la visión de sí mismo a través del cultivo de la propia personalidad. Y, esto hay que creerlo, ambas cosas no se logran por separado.Nadie se conoce a sí propio sin haber bebido la ciencia ajena en inacabables horas de lecturay de estudio; y nadie conoce el alma de los semejantes sin asistir primero al deslumbramiento de descubrirse a sí mismo.
    La cultura resulta así una actitud que nace imperceptiblemente;
    nadie puede despertarse una mañana y decir: “Soy culto”. Puede, sí, decir: “Sé muchas cosas”, y nada más. La mejor prueba de cultura suele darla aquel que habla muy poco de sí mismo:porque la cultura no es una cosa,sino que es una visión; se es culto cuando el mundo se nos ofrece con la máxima amplitud; cuando los problemas menudos dejan de tener consistencia; cuando se descubre que lo cotidiano es lo falso, y que sólo en lo más puro, lo más bello, lo más bueno, reside la esencia que el hombre busca. Cuando se comprende lo que verdaderamente quiere decir Dios.
    Al salir de la escuela normal, puede afirmarse que el estudio recién comienza. Queda lo más difícil, porque entonces se está solo, librado a la propia conducta. En el debilitamiento de los resortes morales, en el olvido de lo que de sagrado tiene el ser maestro, hay que buscar la razón de tantos fracasos. Pero en la voluntad que no reconoce términos, que no sabe de plazos fijos para el estudio, está la razón de muchos triunfos. En la Argentina ha habido y hay maestros; debería preguntárseles a ellos si les bastaron los cuatro años oficiales para adquirir la cultura que poseen. “El genio -dijo Buffon- es una larga paciencia.”
    Nosotros no requerimos maestros geniales: sería absurdo. Pero todo saber supone una larga paciencia. Alguien afirmó, sencillamente, que nada se conquista sin sacrificio. Y una misión como la del educador exige el mayor sacrificio que pueda hacerse por ella. De lo contrario, se permanece en el nivel del “maestro correcto”.
    Aquellos que hayan estudiado el magisterio y se hayan recibido sin meditar a ciencia cierta qué pretendían o qué esperaban más allá del puesto y la retribución monetaria, ésos son ya fracasados y nada podrá salvarlos sino un gran arrepentimiento.
    Pero yo he escrito estas líneas para los que han descubierto su tarea y su deber. Para los que abandonan la escuela normal con la determinación de cumplir su misión. A ellos he querido mostrarles todo lo que les espera, y se me ocurre que tanto sacrificio ha de alegrarlos. Porque en el fondo de todo verdadero maestro existe un santo, y los santos son aquellos hombres que van dejando todo lo perecedero a lo largo del camino, y mantienen la mirada fija en un horizonte que conquistar con el trabajo, con el sacrificio o con la muerte.
    Julio Cortázar
    Publicado originalmente en Revista Argentina,
    publicación mensual de los alumnos
    de la Escuela Normal dr Chivilcoy,
    Chivilcoy, Nº 31,
    20 de diciembre de 1939.
    Reimpreso en
    CORTAZAR, Julio: Papeles Inesperados,
    Edición Póstuma, 2009, Alfaguara.

No hay comentarios: