13.7.15

El 'caminoir' de Santiago

Tras su lectura, todo buen lector que se precie de serlo acabará por consagrar, sin duda, al joven escritor como una de esas apuestas seguras dentro del panorama editorial
El escritor Mikel Santiago. /Asís G. Ayerbe./elmundo.es

De Mikel Santiago [Portugalete, Bizkaia; 1975] ya dijo aquí Marga Nelken, en esta misma sección negronovelera, justo cuando salió su anterior novela, 'La última noche en Tremore Beach', que había que lanzarse a leerlo "como si no hubiera un mañana". Pues bien. Afortunadamente, ese mañana no sólo ha llegado sino que acaba de prorrogarse, del modo más feliz que uno conoce, con la aparición de este nuevo libro, 'El mal camino', artefacto narrativo de alto nivel adictivo publicado por Ediciones B.
Tras su lectura, todo buen lector que se precie de serlo acabará por consagrar, sin duda, al joven escritor como una de esas apuestas seguras dentro del panorama editorial patrio.
Un caballo ganador. Un fijo para nuestras nutridas estanterías y e-books. Otro de los nuestros llegados para quedarse en lo alto del podio letrero. Eso sí, aunque para camino, camino de verdad, el que está realizando este thrillero, paso a paso, párrafo a párrafo, novela tras novela, en una línea ascendente bastante de agradecer. Da gusto toparse con gente que escribe lo que escribe y, lejos de repetirse, trata de encontrar nuevas fórmulas para sus genuinas y sorprendentes historias. El caso es que lo consigue. Y de qué manera...
A nuestro Mikel Santiago lo han comparado, por aquello de tener dotes más que suficientes para facturar un perfecto bestseller, con Stephen King. Gajes del etiquetado en el que cae, continuamente, nuestra  canallesca. Bien, pues ha llegado la hora de añadir unas gotas de Patricia Highsmith al genoma novelero del escritor.
Será porque hay mucho, y bueno, de la thrillera nacida en Fort Worth en esta historia repleta de música, claroscuros, asfalto, violencia y desengaños. Y porque cada página de la misma está sobrecargada de un suspense muy-a-la-manera-Highsmith. Lo cual, como ya podréis adivinar, resulta bastante de agradecer.
Poco, o muy poco, se puede contar de esta novela sin convertir esto en un campo minado de spoilers. Lo único que diré, antes de ponerme en contacto con mi abogado, es que la historia del escritor Bert Amandale y su colega Chucks Basil, rockstar en horas bajas, avanza tan espídicamente como si fuésemos a bordo de un coche sin frenos y lo hace al ritmo del Exile on Main Street, de los Stones, entre otras grandes glorias rocanroleras. Parafraseando a Marga Nelken, decana en materia'negronovelera', diré que hay que leer, y releer, este  El mal camino como si ese mañana que todos llevásemos tanto tiempo esperando, ese día prometido en que volvería a caer un dignísimo thriller entre nuestras manos, no sólo hubiese llegado, sino que es una tajante, negrísima y dichosa realidad. Que os aproveche su lectura. Os dejo con tres buenos párrafos:

Crucé la puerta con el cañón de la pistola por delante, esperando encontrarme otros guardas, pero el bosque estaba quieto y en silencio. Los campos que rodeaban la clínica eran extensos, pensé, y los otros guardas quizás estarían haciendo su ronda en alguna otra parte. Sin embargo, las tres detonaciones habían debido de sonar también muy lejos. No tardarían en dar conmigo. Ellos o sus perros. Y la suerte que había tenido con François, muerto a balazos por su propio jefe, quizá no se repitiera. ¿Hacia dónde correr? Sabía que al otro lado del bosque estaba la casa Van Ern, pero tenía la sensación de que no sería muy bien recibido a esas horas. De las otras tres coordenadas restantes, dos ofrecían una gran incógnita: los bosques al norte y al este; pero quedaba Mount Rouge. Cruzar el campo de canola y llegar a aquel bosque que me llevaría a la carretera. Tal y como debió de hacerlo el propio Daniel Someres la noche en la que casi logar escapar de la clínica Van Ern. Me apresuré a través de los árboles hasta el mismísimo borde del bosquecillo, delimitado por la carretera de la clínica. A partir de allí se trataba de rodear la mansión y salir a aquel campo de flores. Ladridos y unas luces alborotadas me hicieron volver la vista atrás. Un grupo de personas con linternas cruzaba el prado desde el patio de viviendas en dirección a la capilla. Eran por lo menos cuatro. Oí ladridos de perros. Gritos. Aún no habían llegado a la "ermita" y eso me daba una ventaja única para cruzar el campo de canola sin ser visto.