3.3.17

¡Qué viva la música!

La Siempreviva  descubre la salsa
Fragmento  
¡Qué viva la música!
Andrés Caicedo


Portada original de ¡Qué viva la música!

Andrés Caicedo, autor colombiano, fallecido a los 25 años por propia decisión.


Había miles de planes en mi cabecita. Decidido estaba ya que dejaba a Leopoldo, pero él lo sabría de último. Me conseguiría un novio viajero y con él conocería La Guajira, las islas encantadas, y no exigiría tanto en cuanto a equipo, un stereo con dos salidas y listo, basta.
 Saliendo del carro pensé que ni siquiera se oía la música. Nos abrió un langaruto que no he vuelto a ver jamás y que nos indicó, con ademanes mínimos, la ruta. Así fue como llegamos a una sala llena de gente, gente por allí tirada. Sonaba Chicago tan pasito que hubiera sido mejor estar con la oreja prendida a un radio de pilas. Yo le dije a Leopoldo: "no es posible", cuando él ya hacía señas de reconocer a su amigo, un mono desteñido que ni siquiera se paró, y buscaba sitio en dónde sentarse, en dónde recostar la nuca y cerrar los ojos. Los cerraría al son de qué sonido, yo no sé, porque lo que era para mí, sonido no había. ¿Entiende? No alcanzaba. Con la nariz estirada de la pura rabia me llegué hasta el aparato, que era moderno y se veía potente. Ante él me acodillé, respetuosa pero indagante. Ya sabía: estiré la mano, me prendí del botón que indicaba Volumen y lo torcí todo.
 Para mí sonaron unos cobres infinitos. Por ellos, el cuerpo se les llenó de espinas de doble punta, y me dijeron "puta", escandalizados, cuando yo ya me volteaba dispuesta a empezar mi bailoteo, y me empujaron, y el más presto llegó hasta el stereo y de una, como si no se pudiera sobrevivir sin ese acto, cortó el volumen. Yo miré a Leopoldo, luego le dije: "la música se hace duro, ¿no?" esa era la primera verdad que él me había enseñado. No se paró: me llamó. Yo fui.
 "Estamos aturdidos —dijo— Esta gente ha pasado ya por mucho. Un poco de quietud no nos haría mal...".
 "Como quien dice paz, pues".
 "Recuéstate en mi hombro", propuso, en el sopor de la tontería.
 "Y paz quiere decir falta de volumen. A esto hemos llegado".
 "Demasiado, demasiado volumen, demasiada velocidad", dijo, parándose y quejándose de que cada vez que se paraba le dolía la columna vertebral. Casi sin separarse de la pared (es decir, rodando) buscó al anfitrión, yo no sé si para darle una explicación de mi atarvanería o para preguntar por algo estimulante. Si era esto, el estimulante se lo dieron. Todo el mundo había vuelto a su sitio, menos yo: yo me quedé parada en la mitad del cuarto, sufriendo con locura. Ya no valían mis planes, ya no besaría, era yo la crema de la vitalidad entre un mundo de gente rendida.
 "¿Por qué mejor no lo apagan? ¿Por qué no duermen?".
 Nadie me contestó. Yo voltié la cabeza a uno y otro lado, confiando en que el reconocimiento de la casa me quitara penas, pues siempre era bueno descubrir el azul de la noche burbujeando en cada patio, el cementerio de las paredes eternas, los muebles holandeses, la porcelana china.
 No, no descubrí nada en esa casa, o si lo hice, no me animó, en todo caso.
 Mi cabeza dio otra vuelta completa, penando ya el pensamiento de que no me tocaría de otra que sentarme en medio de cenizas, sentirme para siempre prisionera de sombras filudas; caminaría hasta donde mi amante cansado y le exigiría, a esa hora, más lecciones de inglés.
 Pero con tales pensamientos oí acordes nuevos, durísimos pero lejanos. No, no sucedían en esa casa, y yo tambalié toda al ubicarme, pobrecita, quién me viera, al descubrir que hacia el Sur era de donde venía la música, la música mismísima y caminé, caminé creo que largo y pisé rodillas y canillas y me asenté en cabezas sin clemencia, cabezas que no se mosquearon: ¿no oirían ellos, mientras me acercaba yo a mi fuente de interés, que al Sur alguien oía música a un volumen bestial? Eran cobres altos, cuerdas, cueros, era ese piano el que marcaba mi búsqueda, el que iba descubriendo cada diente de mi sonrisa. Llegué a la puerta, la abrí, oí la letra.
 Vaya uno a saber cómo y quién le va signando el recorrido por este mundo, por este Cali bello, en el que yo soy la Reina del Guaguancó. Salí a la calle y un cielo ¡tan despejado! Gigantesca luna y un viento de las montañas, profundo, acompañó la comprensión total del momento: que todo en esta vida son letras. Tal vez lo que yo cuento ahora se ubique en otro orden, inferior en todo caso. Apenas yo termine, el lector saldrá a tomarse un trago, y más le habría valido que en lugar de escribir hablara como a mí me gusta, que mis palabras no fueran sino filamentos en el aire, líneas vencidas, no importa: empiezo a hablar y no me paran, y no hago otra cosa que repetir letras porque primero que yo existió un músico, alguien más duro y más amable que concede el que uno cante su letra sin ninguna responsabilidad, que una mañana se le pegue y la repita todo el día como una especie de marca para cada uno de los actos tristes, uno de esos días en los que me propongo la acción más triste de todas: viajar en tren a La Cumbre, ese pueblo que fue rey de los veraneos de la burguesía hará mil años, y hoy es pueblo fantasma, con su casa embrujada en Colina, su tierra cada vez menos roja y el aire menos sano y menos frío, y borrándose los letreros de amor que tallaron en la tierra muchachos y niñas que ahora son empleados de turismo, alcaldes y no se acuerdan. Si es que no nos deja el tren, quién entonces nos recibirá en la estación de La Cumbre, las monjitas que hace muchos años esperan el tren de cada cinco de cada tarde, el tren de madera que ya no es tan verde y está sucio pero sigue siendo la atracción principal, ni siquiera el cine mexicano que se fue de allí. Pero yo bajo del tren y huelo el pueblo y me resuelvo más sola que ninguna y camino por allí sin ningún rumbo cantando la canción que se nos pegó, que se nos pegó, y esa noche soñamos otra y mañana estrenaremos letra, y así, y así.
Sonaba en casa, no de ricos, al otro lado de la calle que yo no pretendía cruzar, allí donde termina Miraflores. No sé cómo se llama el barrio del otro lado, puede que ni nombre tenga, que la gente que vive allí haya aprovechado para también llamarlo Miraflores, pero no, no es; son casas desparramadas en la montaña, jóvenes que no estudian en el San Juan Berchmans, que no se encierran, en eso pensaba: "no, cómo van a encerrarse después de lo que estoy viendo": veía dos ventanas y una puerta abierta y rasgos de vestidos que iban del amarillo profundo para arriba, de allí al zapote y del zapote al rojo, al morado, al lila.
 Ya caminaba, yo, ya me iba del otro lado. Puedo asegurar ecos que oigo en mí de un pregonar. No miré ni una sola vez atrás. La letra decía: "Tiene fama de Colombia a Panamá. Ella enreda los hombres y los sabe controlar".
 No era sino cuestión de dejarme ir, abrí los brazos, todo es mío, me ayudaba, toma y dame, los muchachos que salían a tomar aire y era a mí a quien tomaban, me veían y no podían respirar, era un río y no una calle lo que yo cruzaba, a donde tomen el aire que les faltaba se me llevan es el río, entraban sofocadísimos a su fiesta, hablando ya, pasando el dato: "viene pelada extraña". Yo no los veía bailar más después que salían y me veían, los veía era arrimarse a las paredes y mirar bailadores con cara de preocupación por lo que ocurría en el mundo. ¿Fue que de sólo verme les quité la música? Entonces qué pecado, eran niños sin madre sin esa música, pena y esperanza, vete pallá. Patié un ladrillo, lloran por la tierra mía, luego una botella, alcancé un sector de pasto mal cuidado, pensé: "adentro hay mujeres fabulosas. Ellos sufren por otras mientras yo todavía no cruzo".
 Me enredé en el pasto, tropecé, me volví mierda, me levanté, la peregrina, no me arreglé el pelo para nada llegando ya a la rumba, la rumba que traigo es para mí no más.
 No tengo ni idea de cuántos hombres me miraron. Perpleja, atendí a la bullaranga de aquéllos a quienes estremecía el bembé, un, dos, tres y brinca, butín, butero, tabique y afuero. Mis ojos serían como de pez mirando aquello, nadie se quedaba sentado, esa música se baila en la punta del pie, Teresa, en la punta del pie, si no, no, si no, no se le da el brinco y el brinquito es clave, si no se resulta haciendo cuadro o bailando vals, como los paisas.
Ninguna de las peladas envidió mi hermosura, ven a mi casa a jugar bembé, y yo adelanté dos pasos, y una pareja, por descuido, me empujó y yo quedé aturdida en donde estaba antes de avanzar, vete de aquí Piraña, mujer que todo lo daña, y la pelada a la que iba dedicada la canción se puso roja y voltió la cara, tenía bonito pelo, butín Guaguancó, todo el mundo chifló y yo chiflé fue la melodía no la burla, se llamaba Teresa, ella, la Piraña, poco le duró la vergüenza porque oye sonar las trompetas, oye los cueros sonar y se lanzó al baile diciendo que estaba con su gente y por eso cambiaba de pareja, saludando a los grandes bailadores de la juventud, tenía bluyines y camisetica roja y un ombligo bonito, el niche que facha rumba, háganle caso que está callao y viene de frente tocando el tumbao, se me acercaron dos muchachos que decían a los gritos haberme visto por una de tantas calles, yo no les creí, te conozco bacalao aunque vengas disfra-zao, así les contesté, pero nada más que para ligarme a ese ambiente que ya veía como pugna de los sexos, a la Piraña la molestan: yo molesto a los hombres que como siempre, se rieron, me pidieron baile en lugar de pedirme identificación, yo dije, aturdida: "quiero conocer a la dueña de la casa", me llevaron: atendía aguardiente y galletas con carne de diablo, vestía de blanco, color raro ante los zapotes; ¿quería yo, tal vez, confesarle que no estaba invitada? Sambumbia. No me atendió mucho, le di la mano, ardientes ambas, me dijo mucho gusto y se fue, tócame Richie, tócame ya como bestia, y yo viéndole la espalda atenta y oyendo el júbilo de la nueva canción comprendí, con esa velocidad mía, que había estado cuánto tiempo del lado de la sombra, que llevaba en mi cara la marca de su experiencia, que por eso me buscaban, me asediaban, ahora uno más, tres: José Hidalgo, Marcos Pérez, Manuelito Rodríguez, todos querían bailar conmigo, no te rajes que el Tito está de moda y a todo se le acomoda, con los tres bañé, con cada uno misterio más gozoso, y era mi experiencia previa, la de muerte, la que ahora me hacía reflexionar las rodillas así, darles el quite, concentrarme en sus y mis zapatos, a la rumba grande se viene a bailar y hay que buscar la forma de ser siempre diferente, quién era que decía que ya no servía, quién que ya no podía, nunca me salieron tantas cosas con semejante intensidad, tocando el tumbao, gozando el tumbao. Manuelito Rodríguez olía a tinta: "la fabrico —dijo—, tengo empaquetadora clandestina y etiquetas INK", Marcos Pérez se parecía a López Tarso, tenía como una cara de permanente tragedia escondida y yo me le pegué en los boleros, madero de bote que naufragó: "para mí que hueles a droga cara —me dijo—, debes saber amarga toda" y yo me le pegué más, mi bomba rica, ai namás, alma doliente vagando a solas en playa sola, así soy yo, "a mar es a lo que huelo", le susurré en cada oreja como si fuesen conchas, y él se quedó tan callado, aspirándome, le hubiera provocado tenderse boca arriba en las olas de mis aguas. Poco fue lo flue me habló José Hidalgo, me le prendí también, yo lo venceré, me informó de todos modos lo más vital: que eran volibolistas, y yo le aseguré que era espectadora fanática, ellos, locos de dicha, me repitieron: " ¡Pelada, pelada!" y con las palmaditas se me entró el recuerdo, que no me explico, de viejos tiempos en los que Ricardito el Miserable me llevaba a ver partidos a la cancha detrás de la Biblioteca Departamental, a ver contramatarse al Liceo Benalcázar y al Sagrado Corazón, y Ricardito me cogía la mano, no me dio nostalgia, agúzate, que me diera esa señal de que me ponía a la altura de los que dormían en la casa del frente, en cambio aquí ya pedían más volumen y alguito más pesado: "nada de boleros", dijo uno, y yo lo miré con furia y él se fue a un rincón como con aire más bien de tango, vamos Ray que vienen es moliendo coco, sí, fue pesado el siguiente que pusieron, al son de los cueros, los cueros namás, y mi pelo fue, me lo dijeron, "la ola que cubría el misterio del Guarataro", ya sonreirá, lector que haya estado en estas salsas. Changó, dispénsanos tu espada. Me emborraché, me dieron trago.

 Lo que uno siente de primero es que no se queda afuera, que al tratar de comunicarlo el júbilo llega entero, oh, que el júbilo no se tuviera que comunicar nunca, nunca con palabras, que fuera con abrazos, porque con el alcohol viene la trabazón de lengua, entonces uno dice: es falta de concentración, y para concentrarse cierra los ojos, y si cierra los ojos se le va el alma. Allí, ¿qué hacer? Seguir, seguir bebiendo, y que se nos unan todos, hasta que todos seamos un desastre, esa pérdida de dirección en la mirada, como si estuviéramos bajo el mar con los ojos abiertos. El alcohol, eso sí, me le cayó bien al pelo: tal vez un poco demasiado esponjoso, pero así se enreda menos. Y qué dijera de la piel... más bien grasosa al otro día, pero no una grasa profunda, ni mal color como el que da la batatilla, es una especie de agüita que se va fácil con mi jabón "Luna", y la piel reluce; alrededor de los ojos no se dan esos colores negros, sino que las cuencas se van como arrugando y los ojos, pobrecitos, terminan es brotándose todos, como si alguien le jalara a usted el pelo, la cola, y con ella todo el redondel de la piel de la cara, todo menos los ojos, que quedan como pidiendo explicación o misericordia. Si a uno le lograran arrancar el cuero cabelludo y toda la piel de la cara, me quedarían los ojitos azorados, preguntándole cosas al mundo. Lo del malestar, dolor y sed del otro día a mí nunca me ha pegado fuerte: he aprendido a pararme de cabeza, así reposo unos minutos y se me va el dolor: el peso, la picazón en el estómago no los confundo con malestar: para mí es un saludable deseo de un trago. Prefiero los claros, aguardiente, ginebra, vodka. De los colorados, solamente el brandy, el ron para mí es mortal. Por una botella de brandy he dado la vida, imagínese usted al privilegiado que la reciba... yo le pataleo y le alboroto como gallina clueca, y él se me desprende convencido de mi agotamiento: "¡Dos o tres de ésos —me dicen— y te dejo vieja!". Yo les digo: "tienen razón", y hablo para mis adentros, y calculo cuánto tengo de ellos en mí, cuántas botellas llenaría, podría pegarles etiqueta y venderlos como producto de hombre que se ha vuelto nada. Almuerzo con apetito y en las tardes, igual que siempre, me siento y contemplo las montañas a las que ya les he perdido toda fuerza para algún día subirlas.
 Sólo siento una voz que me dice: "Que te guste en lo que estás, que no te quede duda", y la noche me dura toda y me da tanta confianza, que miro con ojos vengativos a los que se van temprano.
 Salimos de últimos, yo y los volibolistas. Me le despedí de venia a la anfitriona, y desde allí recibo cartas de ella, en las que sin ninguna habilidad trata de describirme lo maravillosa que fue mi presencia en su fiesta, y que cuando hoy me ve pasar, ella en bus, yo a pie con paso ligero y la frente alta, piensa: "Más me gustaría verla caminar por los lados del río, corrientes contrarias". Yo no la veo nunca, ella tampoco quiere. Sé que si dejo a que me encuentre se va a sonrojar, la pobrecita, y va a salir con nada. En su última carta me dice que la perdone si algún día la veo con este mismo vestido que ahora tengo, porque dice que me los está copiando todos, íntegros.
 Esa noche le confesé que yo era experta bailadora, pero solitaria hasta que llegó el descubrimiento de tal fiestonón, y que ella era magnífica, con la pálida según mi gusto a esa hora de la noche, serena, gozaba más mirando que bailando. Se llama Manuela, por si la encuentran, Sambumbia.
 Tenaz estaba el crepúsculo de la noche, el paso de la mañana, suelto como los indios. "Pelada rumbera, para usted hay más", me dijeron los volibolistas, como que si fuera libre ofrecimiento, regalo de buena fe, cuando era promesa que yo les había arrancado con mis encantos. La rumba, la rumba me llama, báilala tú como yo.
 Tenían un apartamento más arriba, subiendo la loma, y allá íbamos a continuar la música, y allá quería tener yo con ellos el acto, pero antes era preciso reflexionar sobre el pasado. "Síganme —les ordené—, crucemos la calle".
 La casa estaba toda abierta, la reja, la puerta principal, y adentro todo el mundo tirado y el disco rayado en un verso del cual me dijeron mis amigos: "Pelada, no entiendo un culo". Leopoldo era el único que aún conservaba algo de forma: enroscado estaba, con las mechas secas y horquilladas colgándole, a su triste guitarra.
 Me inflé de vida, se me inflaron los ojos de recordar cuánto había comprendido las letras en español, la cultura de mi tierra, donde adentro nace un sol, grité descomunalmente: "¡abajo la penetración cultural yanky!", y salí de allí corriendo, obligando a mis amigos a que, sin un segundo de pérdida, me siguieran. El gusto de verlos despertarse lo pagué a cambio de los siguientes placeres: 1) Placer de pensarlos despertándose y no ver a nadie, mayor que el simple gusto de verlos en la vida real, tal cual. 2) Placer de ver la cara de los volibolistas, que afuera no exigieron explicaciones sino que siguieron gritando consignas, en un trance de furia y estupefacción.
 Hecha un río de pensamientos urgentes, felices todos, caminé con ellos montaña arriba. Una cuadra más y tuve deseos de hombre, y ellos dijeron: "Más rápido llegamos si nos vamos por los lotes"; yo no sé si les creí, la rumba me llama y el guaguancó cobró millares; entramos, me corté con las hojas filudas de los lotes, tenía que alzar mucho los pies para avanzar; un poco enojadita estaba pensando en esto cuando vi que ellos se detenían, me esperaban. Yo pensé: "¿quieren comerme aquí?", y de alguna parte, porque casas había cerquita, me llegó olor a desayuno: tocino y huevos fritos; algo en el orden que sostenía la espera de ellos, devorándome toda, me llenó mucho más de urgencia; los abracé por turno, les dije papitos por turno, les desabroché cada bragueta y me tendí en un lugar clarito con mirada de débil mental. Lástima que a José Hidalgo no le haya dolido casi, pues fue el último y ya la humedad no me cabía. Cuando él se me vaciaba todo, yo me puse a mirar las casas que bordeaban el cielo, y paseando la mirada vine a descubrir a un grupo de muchachos que se habían trasnochado jugando a las cartas, y apoyados en el muro del balcón contemplaban todo y aullaban como demonios.
 De todos modos, adentro nace un sol y yo no encuentro a mi amor. Vamos a mi casa a jugar bembé, vivían en un apartamentico de pieza, baño y cocinetica. Tomamos dia cuatro pepas diarias para no dormirnos, y tuvimos 7 días de rumba.
 Lo comprendí todo. Su discoteca, comprada en cooperativa, cubría toda la etapa pre-revolucionaria cubana, la pachanga y la charanga, la revuelta, y el gran movimiento de esta salsa que ahora me llama y me llama, y yo que me digo: "espérate. Aprende a controlar el llamado, a hacerlo mutuo. Que se espere". Vaya uno a saber quién estuvo allí primero, quién era más blanco o más negro que tú, a quién se le ocurrió, quién tuvo la decencia de eliminar el dejadito para introducir el golpe, dejar el arrastrado para meter el brinco y la rumba de la dura no puede más, protegernos a todos con el trabajo de Babalú, llamo a Babalú. y él viene paca. Babalú conmigo anda, llegué a quejarme de dolor de caballo al principio del cuarto día, que empezó con la etapa más pesada (los discos me los hicieron conocer en orden de producción), la del rey Ray, iqui namá y el Ray Barreto, y me enseñaron a respirar y a turnar el peso de todo el cuerpo, pongo oído, el peso de todo el baile de un pie a otro, que no tiene ni fe ni amparo, y el contragolpe suavecito en los solos de piano, en los amañes de Harry Harlow, las piedras de Ricardo Ray que descienden a toda cuando crece el río, saoco en el bugalú, allí hay que sujetarse cuando la salsa se pone brava, apoyarse en los hombros de la pareja, una ola de misterio y ponte duro y no te doy mi fuerza, pareja, te pido que me la disculpes mientras le encuentro balance a mi respiración y mientras tanto respiro con la tuya, y no te dejo que respires, y a ellos y a mí les gusta cómo sudo como yegua, es tan vivo eso, ya no salgo nunca de un mosaico cuando bailo, una terrible concentración en eso, siempre rechazo cumbias y pasodobles y me cago en Los Graduados.
 Pero la ley de la vida es que toda rumba se termina, así es el tumbao de Guarataro. Y aquélla de mi aprendizaje definitivo llegó a su fin. Cuando se estaban durmiendo los insulté. Su respuesta fue terrible: Hidalgo se paró y apagó el stereo, y yo quedé sin cuerda, solita qué hago, espacio de múltiples estrellitas, como hormigas, y un fondo blanco y tan blandita mi carne toda que alguien me tenía, tenía que sujetar. Ninguno lo hizo y caí al suelo como una plasta.
 Allí me revolví, despacio en ese silencio, que nunca me quitaran nada, que me dejaran, era amplio el piso, en cuatro lo recorrí todo y me zangoloteaba, tarde que vinieron a comprender ellos que alguien iba a tener que levantarse y al menos darme una explicación, quitarme pena, hombre, caballero. A Marcos Pérez le agradezco que se haya parado. Me dijo: "Pelada, mañana entramos a la universidad. Hora de dormir. Nadie aguanta más".
 "Yo sí aguanto", repliqué, apartándolo y empezando ya a irme de allí, no veía bien la distancia entre escalón y escalón, pero de alguna manera vine a encontrar el aire de la calle mientras ellos yo no sé, como que daban explicaciones nulas que no aliviaban, ya en la lejanía, mi dolor.

 Era de mañana, ya. Hay quien dice que el día es la unidad perfecta y el cuerpo humano el mecanismo que lo comprueba. El cuerpo aguanta todo trabajo y todo estudio un poco más de 12 horas, de allí en adelante duerme. Mi cuerpo fue creado para un mecanismo de orden más redondo: no sentía sueño en aquella mañana sino ganas de visitar gente, y, además, sabiéndome para siempre con una conciencia de lo que era música en inglés y música en español, como quien dice conciencia política estructurada. Troté por calles que sí eran de Miraflores. En la primera tienda de esquina y teléfono pedí cerveza y llamé a los marxistas. El Grillo me contestó entre suspiros, "recién parido —le dije, y luego—: perezoso. Al que madruga Dios le ayuda".
 "¿Quién es?", decían.
 "Yo, tonto. Acabo de descubrir la salsa a la astilla. Hay que sabotear el Rock para seguir vivos".