3.3.17

Sobre mi hermano Andrés y cómo descubrió el cine

Fragmento con el que Rosario Caicedo presentó la primera edición del libro  Ojo al cine
En el 40.°aniversario de su muerte, su hermana Rosario relata sus inicios con el cine./eltiempo.com
Andrés Caicedo (izq.), a los 3 años, y su hermana Rosario, a los 4.
Carlos Mayolo y Andrés Caicedo en los escarceos con el cine de realización compartida.

Primero que todo, dedico estas palabras a mi padre, Carlos Alberto Caicedo, quien tuvo que encarar frente a frente el tratar de entender lo que desafía todo entendimiento, toda comprensión: la escogencia de la muerte de su propio hijo.
Ha pasado todos estos años hurgando papeles, organizando hojas amarillentas, escribiendo cartas a personas desconocidas que le pudieran decir algo sobre el misterio nunca resuelto. No solo el de su muerte, sino el de los 25 años de vida de ese muchacho con quien mantuvo una relación contenciosa y distante.
El diálogo que padre e hijo no sostuvieron en vida se inició con la muerte escogida y planeada de Andrés. Y debido al padre valiente y doliente, y a muchísimas otras personas que apreciaron su genio, las palabras de mi hermano, escritas furiosamente de día y de noche, están con nosotros ahora, tan frescas e irreverentes como él las concibió.
¿Cómo podré olvidar el sonido continuo de su máquina de escribir a todas horas? Esas palabras escritas a la carrera, como si él ya hubiera sabido desde muy pequeño que su tiempo estaba contado. Las mismas palabras que han alimentado la mente de tantos jovencitos –su audiencia preferida– y han hecho que sus lectores cuestionen cada valor considerado incuestionable.
Hoy, en particular, deseo expresar el placer que siento al poder hablar de Andrés en uno de sus sitios favoritos de Cali. Recuerdo, como si fuera hoy, el comentario de él cuando La Tertulia se empezó a construir: “Escogieron el lugar más lindo de la ciudad. Imagínate, Rosarito, pegadito al río”. Su río. El río cuyas aguas y piedras lo inspiraron.
El río cuyas orillas caminamos los dos cogidos de la mano hablando de cine. “¿Te acuerdas de esta película, Rosarito, y de esta y de la otra?”. A los dos nos fascinaba volver a recontar la trama de lo que acabábamos de ver en la pantalla. Casi como si tuviéramos miedo de olvidar las imágenes vistas unas pocas horas antes.
A él le gustaba cómo yo podía volver a contar la historia –las palabras manteniendo presente la magia de la pantalla–, y yo me sentía feliz de poder aprender de su conocimiento sobre el cine que los dos adorábamos. La magia que él me enseñó a entender, compartiendo su idolatría por esas imágenes quietas que milagrosamente adquieren movimiento y nos transportan a nosotros dos, niños caleños provincianos, niños de vecindario nuevo, a otros siglos, a otras ciudades, a otro mundo. El cine, para los dos, fue nuestro propio calidoscopio.
Herencia materna
Andrés y yo empezamos a adorar el cine encantados por las palabras de nuestra madre, cuentista extraordinaria, que también, a su vez, creció adorando el cine. Cuando nosotros nacimos, ella ya poco iba al cine, pero las imágenes de las películas vistas años atrás nos las transmitió a través de sus palabras.
Andrés y yo nos sabíamos prácticamente de memoria Rebeca y Lo que el viento se llevó –para mencionar solo dos de tantas otras– mucho antes de haberlas visto. Los dos hubiéramos podido describir casi escena por escena toda la narrativa. La odiada ama de llaves en Rebeca, la casa en la lejanía, la presencia constante de la primera esposa, “que nunca, nunca, la ves tú en la película pero que pareciera como si estuviera siempre allí en la pantalla. Tan presente que hasta uno podría oler su perfume”, decía mi madre.
Y en Lo que el viento se llevó, a través de ese increíble poder descriptivo que ella poseía, Andrés y yo no solo vimos el vestido que Scarlett O’Hara hizo de las cortinas de su dilapidada mansión el día que conquistó a Rhett Butler, sino también el incendio y la destrucción de Atlanta. Cuando mi mamá terminaba su narrativa con las famosas palabras de “mañana será otro día”, yo casi que podía oír la música de fondo y las palabras The End aparecer en nuestro claro firmamento tropical.
Oírla hablar de sus películas favoritas, de los viejos teatros caleños donde ella se maravilló ante la belleza de Greta Garbo, de Joan Crawford y de Bette Davis, nos hizo amar el cine, nos hizo querer pasar mañanas y tardes siempre soleadas, metidos en las profundidades del teatro Aristi, del Cervantes, del Bolívar, los teatros de nuestra infancia.
Mi madre, la responsable de lo que se convertiría en una obsesión futura para su hijo, rara vez nos llevó al cine.

Nosotros habíamos tenido suficiente con sus palabras para encontrar películas en los lugares más inesperados: cruzando la calle de nuestra casa del barrio Santa Mónica, en el patio de la casa cural de la iglesia, Andrés y yo, sentados en la yerba fresca en noches llenas de estrellas, vimos cómo un proyector antiquísimo, manejado por un sacerdote fantasmal, nos mostraba las hermosas imágenes de El mago de Oz y de Un americano en París. La primera vez que Andrés vio bailar a Gene Kelly, él estaba danzando cerca del Sena, su imagen proyectada en una burda pared de ladrillo pintada de blanco.
Y muchos otros clásicos fueron vistos en otra pared, en la casa de un tío abuelo que tenía un proyector aún más antiguo que el de los padres de Santa Mónica. Pero para nosotros el sitio era lo de menos, porque la magia siempre se daba. Y cuando el cine casero no estaba disponible, los dos nos ingeniábamos para que alguien nos llevara a cine todos los domingos.
El mundo de Hollywood
Estoy hablando de eventos que sucedieron en la década del 50 y principios de los años 60, cuando a nosotros se nos mandaba al cine con las hermanas mayores, que en esa época eran tan inmensamente grandes que a nosotros, los chiquitos de la familia, nos parecía como si fuéramos escoltados al teatro por dos reluctantes y enojadas gigantes, ya que a ellas dos poco les gustaba la perspectiva de encartarse con nosotros en sus programas domingueros de ‘cocacolas’. Pero ellas pronto se dieron cuenta de que una vez que Andrés y yo estábamos sentados en el teatro, prácticamente desaparecíamos, y las dejábamos tranquilas en su mundo adolescente de muchachos y muchachas cogidos de la mano en largos noviazgos castos.
Así que mientras mis hermanas negociaban sus romances –me temo, el objetivo principal de sus idas al cine–, Andrés y yo estábamos ya en el mundo encantado que tan vívidamente describe Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas. Y qué maravilla era. Los dos ya estábamos al otro lado –metidos en la pantalla–, viendo el Oeste norteamericano de cerca en las películas “de tipos y bandidos” o visitando a Nueva York, Londres o Bagdad. Yo, con mis papitas fritas, mi bombón Charms y esos típicos cartuchos de maní recién tostado comprado a la entrada de los teatros. Y Andrés, sin comer, con su mirada intensa que delataba al crítico riguroso que llegó a ser o que ya era.
Él, niño prodigio, fue el que me enseñó, a la tierna edad de 10 años, los rituales de la magia cinematográfica: acercarse a la taquilla, comprar la boleta –simple pedazo de papel que le da a uno la entrada al mundo de la luz en la oscuridad–, ver esa boleta partida en dos por un señor serio, uniformado, de traje oscuro; sentarse a esperar que el teatro lleno de luz y bullicio se convierta en una misteriosa caverna impredecible y las imágenes proyectadas en la pantalla nos transporten de nuestra silla acolchada a estar en medio de Marruecos en Casablanca: Ingrid Bergman y Humphrey Bogart prometiéndose amor eterno cerca del avión de hélice que los separará para siempre.
Esos momentos mágicos que el cine nos obsequia continúan siendo para mí LA FELICIDAD con mayúscula. Una ida a cine, a ver buen cine, no la cambio por nada o por nadie. Y las razones para esta escogencia absoluta las aprendí de Andrés. Las tantas veces que nos repetimos una y otra vez la misma película. La apuesta que nos pusimos los dos de ver diez veces Siete novias para siete hermanos. La alegría de haberlo logrado.
Andrés, a lo largo de su corta vida, no perdía oportunidad de hablar de cine conmigo, de escribirme sobre cine, de ir a cine. Nuestra infancia, gracias a Dios, sucedió antes de que la televisión se apoderara de las mentes de hombres, mujeres y niños, y empezara a destruir neuronas a lo loco; una infancia en la que los niños teníamos pocos juguetes y no existía ninguna actividad programada. Lo que teníamos para divertirnos era el mundo de la palabra hablada y escrita y, por supuesto, el cine, el adorado y mágico universo de la oscuridad con luz.
Andrés respetó la seriedad de este arte desde que yo tengo memoria: tal vez de lo que sería nuestra primera película en alguna parte que no era un teatro, porque mi memoria recuerda un telón casero y la deliciosa brisa de una Cali nocturna, y en blanco y negro se veían un tren y una ventana y después, la imagen clara de dos hombres hablando en un idioma que los dos no entendíamos, y alguien, una voz de persona grande, empezó a descifrar en susurros los subtítulos. Qué fortuna la nuestra de haber podido empezar nuestra iniciación al cine con una de las obras maestras de Alfred Hitchcock.
Como ustedes se pueden imaginar, yo podría continuar hablando de este tema por horas, pero sé que el tiempo de esta actividad está contado, aunque espero que el diálogo siga su curso. Con mis palabras he querido concentrarme en los recuerdos sobre el cine que tienen que ver con un hermano que adoré, la persona que me enseñó a amar el buen cine y a detestar la basura producida a toneladas. Él fue el que me enseñó a perderme en este extraordinario arte, a escapar de todo y de todos viendo una película.
Es por esto, por sentir una conexión espiritual tan intensa con mi hermano, por lo que yo siento tan profundamente la presencia emocional de Andrés cuando voy a cine. Tan fuerte y tan visible es que cuando mi boleta se parte en dos, hay veces en que me ha provocado devolverme a la taquilla a comprar otra boleta. ‘Deme dos, por favor’, me imagino diciendo. Usted ve una persona, pero somos dos los que vamos a cine esta noche.
Y para quienes estén murmurando que el pensar así es una locura, yo les respondo: quien ha perdido a un ser amado, o ha visto la muerte no como una certeza del futuro distante, sino como una realidad muy posible del presente, tiene todo el derecho de revivir a sus muertos en cualquier forma que le sea más conveniente. No hay nada mejor a veces que dialogar con los muertos, nada que lo haga sentir a uno más cercano a la vida. Yo con Andrés continúo leyendo libros, yendo al cine, y él, a través de las palabras que dejó escritas, todavía me sigue explicando esta imagen o esta otra. El diálogo nunca ha cesado. Afortunada soy.
Porque si creemos en el mensaje del proverbio judío que dice “las únicas personas muertas son aquellas de las cuales nadie se acuerda”, Andrés Caicedo está tan vivo como todos nosotros, especialmente en los teatros de ciudad y de pueblo, cuanto más viejos, mejor. Y en los recuerdos de los teatros caseros, también; en medio de una sábana blanca amarrada haciendo de pantalla, allí está él, mi hermano, prestándole ojo al cine cuando la luz se apaga y la magia comienza.
La obra de Caicedo
Rosario Caicedo vive actualmente en Connecticut (Estados Unidos).
En Colombia permanecerá hasta mediados de marzo, para tomar parte en una serie de homenajes a Andrés Caicedo y conferencias que recuerdan su legado tanto en la literatura como en el cine, en Cali, Medellín, Bogotá, Bucaramanga y otras ciudades.