17.3.17

Cuando las novelas eran series

Las series actuales tuvieron curiosos antecedentes en sagas de autores olvidados, como Émile Zola y Romain Rolland, entre otros
20 novelas les dedicó Emile Zola a Los Rougon-Macquart./revista Ñ

Pocas vanguardias europeas pasaron tan velozmente como el unanimismo del estallido al gris cuchicheo de una segura retaguardia. Nació cien años atrás, con la publicación en 1917 de Vida de los héroes. Ganó el Premio Goncourt de novela, aunque hoy, no sin claudicación terminológica, clasificaríamos las doscientas páginas de este libro como ‘no-ficción’. Testimonios de los heridos, gaseados, jóvenes, no tan jóvenes, mutilados soldados del mortífero frente de batalla francés, recogidos por Georges Duhamel, cirujano en hospitales de campaña, bajo las bombas, en la vanguardia de la batalla en el menos figurado de los sentidos. “Se puede dudar de si el futuro reserva un lugar a la justicia, pero no del sufrimiento de los hombres”, escribió. Una consigna unanimista que el argentino Jorge Luis Borges reitera una y otra vez en verso y en prosa condensa el manifiesto del unanimismo: “Un hombre es todos los hombres”.
Terminada la Primera Guerra Mundial (1914-1918), los unanimistas clamarían por la paz perpetua. Como creían que la literatura era una forma de conocimiento, practicaron un laborioso género nuevo. La novela-río, serie de novelas ajustadamente unitaria en su argumentación y trama, comunicaría, desde su amplio y aireado horizonte, una tesis internacionalista y pacifista: Nunca más guerras, nunca más ciudadanos usados de carne de cañón por indiferentes, crueles patrióticos oficiales y gobiernos nacionalistas.
En cuatro años, tres meses y una semana, la Gran Guerra había dejado 21 millones de muertos. Las llamadas vanguardias artísticas históricas europeas nacieron con ella o adquirieron su mejor perfil después del conflicto más letal que había actuado un Occidente con súbita y cumplida vocación como protagonista de catástrofes. Algunas, como el dadaísmo, enfatizaron el absurdo de todo; otras, como el expresionismo, el absurdo de la vida social. El dinamismo hizo mutar a artistas y movimientos en el período de entreguerras (1918-1939): nada peor para un vanguardista que quedar fuera de la aventura de su tiempo, que la condena de quedar fechado, tanto más frecuente, o más temprana, que la consagración de ser declarados eternos. El surrealismo, deslumbrado por la noche, el sueño, el inconsciente, la escritura automática, pasó a la deliberación diurna y despertó comunista y aun stalinista: su órgano La revolución surrealista fue rebautizado El surrealismo al servicio de la revolución.
La especialidad de los especialistas es disentir. Hay historiadores de la literatura que colocan el origen del unanimismo antes, en la colección de poesías La vida unánime (1908) de Jules Romains: para el escritor, el tema y problema es la vida colectiva, el individuo debe ser retratado en las relaciones con su grupo, su medio, su sociedad. Para ese retrato social complejo, hacía falta espacio. Los novelistas de la novela-río obraban por análisis más que por síntesis. Georges Duhamel publicó su Vida de Salavin, serie de cinco novelas sucesivas e integradas (1920-1932). Cada una es como una ‘temporada’ en una serie producida hoy para la televisión, con los mismos principios de unidad y variedad narrativas. De la vida de un hombre en sociedad, pasó a la vida de una familia en los diez volúmenes de la Crónica de los Pasquier (1933-1945).
La novela-río de Jules Romains Los hombres de buena voluntad (1932-1946) es todavía más extensa. Son 27 novelas, cuyo título general alude a un pasaje del evangelio de san Lucas (2, 14): “Y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”. La acción de la primera, El 6 de octubre, se inicia en 1908, en plena, jubilosa belle époque parisina; la última, El 7 de octubre, transcurre en el frío, sombrío 1933, año del acceso de Adolf Hitler al poder en Alemania. Entre un otoño boreal y otro, había ocurrido la Gran Guerra, eje y centro del fluir de un río para el que el autor habría deseado otra desembocadura que el nazifascismo. A lo largo del cuarto de siglo narrado se encuentran y desencuentran, en cada novela, que van atravesando mundos y submundos europeos, dos personajes, a veces protagonistas, a veces testigos o comentaristas de los acontecimientos, el rural Jean Jerphanion y el urbano Pierre Jallez, que replican a su modo al ratón del campo y el ratón de la ciudad de la fábula clásica.
Fracaso político, victoria comercial, derrota literaria Que las mayores novelas-río de Duhamel y Romains hayan terminado de publicarse después de 1945 demuestra que su contribución para impedir un nuevo conflicto mundial fue poco decisiva. Cuando los lectores pudieron llegar a la temporada final, ya estaban detrás los 85 millones de muertos de la Segunda Guerra. Lo que sí, pueden jactarse de que quienes los desatendieron fueron millones, porque estos libros fueron arrolladores best-sellers en su tiempo. Como antes Romain Rolland, otro pacifista, con Juan Cristóbal (diez novelas, 1904-1912) y con El alma encantada (1922-1933), que imaginan amores musicales franco-germanos, los contendientes mayores de la Gran Guerra.
Fuera de Francia, también floreció comercialmente en el período de entreguerras. John Galsworthy en Inglaterra con su saga familiar de los Forsyte, Maxim Gorki y Mijaíl Sholojov en Rusia, los hermanos Thomas y Heinrich Mann en Alemania, y muchos otros practicaron con éxito comercial este género en un período en el cual, no por azar, otro género comercial por excelencia era la biografía más o menos novelada. En Argentina no le faltó ese éxito. En sus memorias, el historiador Tulio Halperín Donghi cuenta cómo la filóloga María Rosa Lida se preocupaba hacia 1937 por hacerse conseguir pronto en Europa los últimos tomos de la serie de Romains, y cómo se asombraba de que estuvieran disponibles en la Italia fascista. Después, todas estas novelas-ríos tuvieron éxito en traducción, y muchas fueron publicadas por la porteña editorial Losada.
Thomas Mann, Galsworthy, Martin du Gard, Shólojov recibieron el Premio Nobel de Literatura, acaso por la preocupación pacifista de la propia Academia sueca. Su posteridad literaria, en cambio, es pobre. Poco se los lee hoy. Son escritores realistas, en el sentido más consensual y lato de una palabra compleja. El hiperrealista de Duhamel criticaba como falsa –inauténtica aunque verosímil– la amputación de una pierna arriba de una ambulancia en Los Rougon-Macquart, novela familiar y suerte de novela-río en 20 tomos del decimonónico naturalista Emile Zola.
La novela-río no fue coto exclusivo de la ideología unanimista, ni los unanimistas los líderes de una forma literaria dividida entre el nostalgioso duelo y el activismo razonado en volúmenes con índice analítico. En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, cuyas siete partes, que se reparten en varios tomos, fueron escritas entre 1908 y 1922, es la construcción de un yo cada vez menos unánime y más autónomo, en un estilo vacilante pero minucioso, que llora la belle époque que revocó la Guerra, y que recupera desde la meditación estética la pérdida histórica. Si su tema es el pasado, no lo es como modelo de vida para el futuro. Otro tanto ocurre con las añoranzas vienesas de Robert Musil en los tres tomos de El hombre sin cualidades (1930-1943).
El propósito militante, en cambio, sí guió a Roger Martin du Gard. La novela-río familiar Los Thibault (1920-1940) es la suma de ocho ‘temporadas’, y la acción transcurre entre la belle époque y el armisticio que pone fin a la Gran Guerra. Dentro de la novela, podemos leer a qué fines ha de aspirar la literatura para todos los autores de novelas-ríos: lisa y llanamente, a cambiar la vida. Son novelas con personajes burgueses para lectores burgueses, y para ellos la lectura es la ventana mayor hacia otro mundo. En Los Thibault, Daniel, uno de los hermanos de la familia del título, lee en el tranvía, por encima del hombro de un pasajero que tiene abierto el libro, Los alimentos terrestres, el manifiesto de libertad individual y sexual de André Gide: “Familias, os odio, hogares cerrados…”. Daniel se baja del tranvía, corre a comprar el libro, su vida cambia. La de la sociedad no. Al fin de la serie, Daniel, que ha combatido en la Guerra, ha sobrevivido. Pero el fuego enemigo lo dejó castrado.