7.9.13

La conciencia de Camus

Compromiso de resistencia contra todo lo que atente contra la justicia, la libertad y la dignidad

Camus fue también hombre de teatro, con obras y montajes, aquí con Jeanine y Patrick Pierre Blancar./eltiempo.com

El mundo conmemora el centenario del escritor y huma­nista francés Albert Camus, uno de los intelectuales más sobresalientes de mediados del siglo XX, fallecido en 1960, cuyo legado sigue presente en las generaciones contempo­ráneas. Paneles, conferencias, recreaciones teatrales, li­terarias y musicales rendirán homenaje en Colombia y el exterior al autor de La peste y El extranjero, Nobel de Lite­ratura en 1957, quien es recordado por sus diferentes face­tas como filósofo, escritor, dramaturgo y periodista.
Nacido en Argelia, colonia francesa del África septen­trional donde transcurrió su infancia y primera juventud, Camus fue desde temprano sobresaliente y talentoso. Pa­deció tuberculosis a los 17 años y con su frágil salud em­pezó a escribir artículos para la revista Sur y su primer libro El revés y el derecho, publicado en 1935 cuando es­tudiaba Letras y Filosofía. Entre los 20 y 25 años se vin­culó como periodista del Alger Républicain, fundó el Tea­tro del Trabajo, viajó por Europa, contrajo un matrimonio que duró 2 años y militó en la izquierda, aunque pron­to abandonó el partido comunista por divergencias fun­damentales. En 1940 se casó por segunda vez con Franci­ne Faure, con quien tuvo sus hijos Jean y Catherine, y ese mismo año viajó a París donde se consagraría como es­critor. La Ciudad Luz sería la apertura hacia sus cuestio­namientos más profundos y el lugar donde se convertiría en filósofo de primera línea y figura mítica del sector de Saint-Germain-des-Prés, en cuyos cafés compartiría lar­gas jornadas de tertulia con los escritores más afamados de París. En 1942 publica El extranjero, novela corta am­bientada en Argelia, y El mito de Sísifo, recibidos por la crítica con una lluvia de elogios que le abrieron campo en­tre los nombres más connotados de Francia. El grupo de Sartre y los existencialistas, tan en auge por esos días, lo reciben como cercano contertulio.
Aunque tuvo influencia del existencialismo en obras como El malentendido y Calígula, Camus jamás aceptó que lo vincularan con dicha corriente filosófica, pues lo suyo iba más de la mano del anarquismo y de otra perspectiva que le mereció el Nobel a los 44 años. Su obsesión filosófica era la imposibilidad del ser humano para entender el sentido del mundo y de la vida; así pasó su vida intentando darle senti­do al ‘absurdo’ de la condición humana. Lo ‘absurdo’ es el punto de partida y la conclusión de su pensamiento, el hilo conductor de sus obras más encumbradas: Bodas, La muer­te feliz, El extranjero, La peste, La caída, El hombre rebel­de, El exilio y el reino, El verano, Reflexiones sobre la gui­llotina, Crónicas argelinas Actuales III y Cuadernos, hacen parte de una obra que cultiva toda clase de géneros, desde ensayo y novela hasta cartas, artículos, adaptaciones y tea­tro, e incluso traducciones, pues gracias a su dominio del es­pañol tradujo al francés La devoción de la cruz, de Calde­rón, y El caballero de Olmedo, de Lope de Vega.
En París Camus trabajaba como periodista durante el día y escribía su obra de noche en hoteles, casas de amigos y toda suerte de viviendas de paso. Así escribió El extranjero en un pequeño hotel de Montmartre a los 27 años, sintién­dose él también algo extranjero lejos de los territorios fran­ceses de ultramar donde nació. Publicada su gran obra en 1942, recayó de nuevo por la tuberculosis. El escritor se ins­tala en la región de Auvergne y escribe La peste (que obten­dría el premio de la crítica en 1948). Su vida transcurre en­tre Francia y Argelia, hasta que el desembarco de las tropas aliadas al norte de África y la ocupación de Francia por los alemanes lo dejan incomunicado de su tierra natal y sin ma­yores recursos para vivir. Su amigo Pascal Pia le consigue trabajo como lector en Gallimard y poco tiempo después lo enganchan como editor.
El teatro es su válvula de escape, su mejor ocupación, el ‘lugar de la verdad’ como solía llamarlo. Ahí no solo escri­be sino que actúa, adapta y dirige. Una pasión que lo acom­pañó hasta el final de sus días, pues murió pocas semanas antes de abrir en París el Nouveau Théâtre, proyecto en el que trabajaba. Perduran sus obras: Calígula, El malenten­dido, Estado de sitio, Los justos y Los posesos.
Son los años de la II guerra y no solo milita en la Resis­tencia sino que expresa su pensamiento en artículos que lo consagran como uno de los intelectuales más respetados de Francia. Su salud le impide tomar las armas, pero co­funda y dirige el periódico clandestino Combate y recupe­ra los archivos de la resistencia confiscados a Robert Antel­me, quien ha sido arrestado. La guerra le inspira su libro Cartas a un amigo alemán. En esos años de máximo brillo, encarna el compromiso y la resistencia contra todo aque­llo que atente contra la justicia, la libertad y la dignidad. Es la voz de la denuncia, el escritor del absurdo, del huma­nismo, la rebeldía y el escepticismo. Se opone al nazismo, al estalinismo, a la guerra. Cuestiona a la Unesco por acoger a Franco, a la URSS por reprimir a Hungría y es el único en pronunciarse públicamente después de Hi­roshima calificándola como “el último gra­do de salvajismo”.
Una década después estalla la guerra de Argelia que lo devasta moralmente. Camus se había mostrado siempre partidario “de una Argelia justa y con un régimen plena­mente democrático”, pero el denunciar en los treinta la opresión colonial y considerar después indeseable el divorcio entre Fran­cia y Argelia, hizo que no se pronuncia­ra claramente a favor de la independencia africana, silencio que hizo llover sobre él toda clase de reproches e insultos. Argelia mantendría la herida abierta de ese ‘ma-lentendido’ durante mucho tiempo, pese a que el escritor ayudó a salvar de la pena de muerte a varios militantes africanos acusa­dos de terroristas, lo que no dejó de impli­carle un alto costo en el contexto francés. En 1957 recibe el Nobel por una obra “que ilumina en profundidad los problemas que la actualidad plantea a la conciencia huma­na” y tres años después muere en un acci­dente automovilístico cerca a París, a los 46 años, cuando se desplazaba en el carro de Michel Gallimard, sobrino de su editor. En su bolsillo fue hallado el manuscrito in­édito e inconcluso del que sería su libro in­édito, El primer hombre, que su hija Cathe­rine publica en 1994. Hoy su primogénita acompaña la programación mundial que rinde homenaje al Nobel con adaptaciones de sus obras al cine, la plástica e incluso la música. “Mi padre tenía un pensamiento sobre la reconciliación y es en eso en lo que hay que enfocarse”.
Camus influyó a buena parte de los es­critores de su tiempo y a varias genera­ciones posteriores, quienes desde diferen­tes países seguían su obra o estudiaban su pensamiento. Colombia no fue excepción, como ocurrió con Gabo, Mutis, la genera­ción de la Revista Mito, el Grupo de Ba­rranquilla, y colectivos de diferentes vi­siones como los nadaístas, entre otros. Algunos colombianos ilustres lo conocie­ron en París, como Jorge Gaitán Durán o el presidente Eduardo Santos; fue el ora­dor en un homenaje al propietario de EL TIEMPO en 1955. Gabo lo destacó en di­versos textos como ejemplo de brillante no­velista y narrador del drama humano, y re­latos suyos, como los que hacen parte de Ojos de perro azul, tienen influencia direc­ta entre otras fuentes de la lectura profun­da de su obra.
Francia elevó la conmemoración del centenario a ‘asunto de Estado’, por lo que se desarrolla un sinnúmero de actividades, que serán acompañadas en Colombia por la Embajada francesa y diversas entidades.

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