24.11.14

Sentir una voz

El escritor colombiano, Luis Fayad acaba de publicar  Regresos  y anuncia una nueva edición en Colombia de  Los parientes de Ester
Luis Fayad también ha publicado las novelas La caída de los puntos cardinales  y  Testamento de un hombre de negocios, entre otras. / Óscar Pérez ./ elespectador.com

Luis Fayad siente el país quizás en uno de los sentidos más literales y bellos. No es una discusión acerca de la patria, el patriotismo o demás: es un asunto de sensaciones, de sentir las palabras de un lugar que considera suyo, así lleve viviendo varias décadas en el exterior. Para Fayad, el trabajo de construir un cuento o una novela comienza con oír cómo suena su idioma en la forma particular que habita en Bogotá, principalmente.
¿Qué lo hizo decidirse por ser escritor? 
Yo escribía poesía en el colegio; poesía que escribíamos algunos. Después comencé a escribir cosas en prosa, cosas del barrio que le mostraba a mi mamá y a ella le gustaba leerlas. Luego logré armar un cuento y otros más. Publiqué mis primeros dos cuentos en una sola semana. Uno en Letras Nacionales, la revista que fundó Manuel Zapata Olivella, y en Lecturas Dominicales de El Tiempo, que eran la revista y el suplemento más leídos de ese momento. Yo sentí un gran compromiso porque, ya publicados los cuentos, me creaban una responsabilidad grande. Pero no fue en ese momento cuando sentí que me iba a dedicar a la literatura. Cuando seguí escribiendo cuentos, ahí sí fue: me pregunté si de verdad me iba a dedicar a eso o le estaba quitando el sitio de publicación a alguien más que lo fuera a hacer en serio, y entonces ya lo sentí: pasara lo que pasara lo iba a hacer lo mejor que pudiera. Y así fue que seguí escribiendo.
¿Cómo se encuentra la voz en la escritura? 
El descubrimiento se hace de forma inconsciente. Es algo que uno lucha en cada novela a la hora de hacer correcciones, y si hay algo que no me gusta es porque siento que yo no estoy ahí, yo no soy ese lenguaje, que puede estar bien, pero no me siento ahí. Puede haber cosas muy bien pensadas, pero no sentidas. A mí me hace falta sentir la literatura, sentirme en cada renglón, en cada palabra. Cuando encuentro una palabra metida en una frase que me gusta, pues me siento muy contento: con una palabra que no tiene que ser literaria ni bonita, sino mía. Por eso me hace tanta falta, cuando estoy fuera de mi país, oír el idioma. Cuando se reúnen colombianos, lo que me más me interesa no es lo que me cuentan, pero sí el acento. Las palabras que traen, la sintaxis, esto lo busco mucho. El modo de hablar de mi país, de mi barrio, de mi casa es lo que me hace escribir. No puedo trabajar jamás sin oír el diálogo de los colombianos. No me interesa tanto lo que me cuentan del país porque, además, lo conozco. Detesto esa conversación de política. No me gusta. Yo me aclaro a mi manera, me entero de estas cosas. Pero el acento sí me encanta. 
Después de que tiene la idea para un texto, ¿tiene una rutina de escritura? 
Sí. Escribo todos los días. Si puedo, por la mañana. Ahora lo digo, pero es en teoría, porque a veces tengo que hacer otras cosas de trabajo, o si alguien me interrumpe, o hay que hacer mercado. Muchas cosas. Lo digo con mucho convencimiento, ese rigor del trabajo lo engrandezco: sí, trabajo todos los días y es un trabajo uniforme, de 9:00 a.m. a 2:00 p.m., no me levanto. Lo digo así, pero no es cierto. Es lo que quisiera, entre otras cosas, para no tener nada más que hacer y sentirme tranquilo el resto del día para seguir escribiendo, pero sin esa obligación que al incumplirla lo hace sentirse mal a uno. Esto es sólo en cuanto a escritura, porque la vida sigue por muchos otros lados, claro. 
¿Relee sus libros publicados? 
No mucho. Procuro no hacerlo porque puedo encontrar errores, más que todo, y termino por reprocharme cómo no quité esta palabra o cómo pude haber pasado por alto un detalle. El editor español de la última edición de Los parientes de Ester —de hace dos años y que voy a volver a editar en Colombia— me dijo que se la ayudara a corregir, que él tenía un corrector, pero que también lo hiciera. Le contesté que le suplicaba no ponerme en esas y me dijo que no, que era necesario que yo la revisara porque a lo mejor a él se le pasaban más cosas que a mí. Fue todo lo contrario. Después me dijo: “La volví a corregir, Luis, tú no hiciste esto y esto y esto...”. Fui incapaz, la leí por encima y no, no fui capaz. Incluso en una página el apellido del personaje está cambiado. Qué martirio. Uno aprende, con esto de las sensaciones, métodos que no se pueden enseñar, sino contar, y a veces incluso no contar. Yo a veces siento algo cuando escribo: le paso la mano y alcanzo a sentir si hay algo carrasposo o si está lisa la página. Lo alcanzo a sentir. “Algo debió quedar que no está bien escrito”, me digo. Se lo conté un día a García Márquez (él hablaba con todo el mundo, no es cosa especial mía, ¿no?) y, como él también corregía mucho, le dije que para mí el tema era una maldición, el no poder seguir adelante hasta que uno cree que todo está bien. Le dije: “Yo tengo una manera de corregir, aunque nadie la crea, y no la cuento por eso: le paso la mano a las páginas y alcanzo a sentir si hay algo que no está de verdad limpio”. Yo creo que a uno le queda en el subconsciente algo que hizo mal, uno sabe que está, pero lo olvida para poder seguir adelante. 
¿Cuándo va a reeditar  Los parientes de Ester  en Colombia?
 Yo creo que ahora pronto, para principios del próximo año. Quiero que circule al tiempo con Regresos. Eso me gustaría. 
¿Cómo sabe que una idea le da para una novela o un cuento...?
Hay un momento en el que uno concibe el cuento o la novela, cuando uno siente que la tiene. Eso dura un segundo. Lo demás es el trabajo, pero cuando me doy cuenta la tengo muy clara: “Tengo este cuento”, y eso es un instante. Lo mismo me pasó con esta novela, con Regresos. Se ha escrito mucho de latinoamericanos que salen y la vida de esas personas fuera de sus países, pero yo conozco más cuentos de gente que ha vuelto y nadie ha escrito eso. Y ahí dije: “esta es mi novela”. 
¿Por qué se fue del país? 
La respuesta que doy siempre es: salí simplemente porque quería salir un rato y quería vivir en París. Son las dos únicas razones. 
Usted se llevó el manuscrito de  Los parientes de Ester
Exactamente dicho así, porque estaba escrito a mano. La primera corrección que le hice fue al pasarlo del manuscrito a máquina, que también me la llevé de aquí, la primera máquina que tuve y que aún tengo: una Olivetti Lettera 22. 
¿Aún la usa? 
La usé hasta hace unos años para escribir cartas. Me di cuenta de que tengo que cambiarle la cinta. Tengo esta idea desde hace unos años y aún no lo he hecho, pero lo voy a hacer. 
¿Qué tan extenso fue el proceso de escritura de  Los parientes de Ester?
Duré dos años desde que la escribí por primera vez hasta que la corregí. Me he dado cuenta de que fue una novela que escribí con alegría, en el fondo porque la construí con mucho convencimiento de lo que estaba haciendo. La sentía mucho, el modo de escribirla y el lenguaje y lo que estaba escribiendo. Hay veces que pienso que hay novelas mías que me gustan más, como Testamento de un hombre de negocios, esta me gusta más. Pero me gustaría, más bien, recuperar el descanso y la fluidez espiritual (no tanto en la escritura) con que escribí Los parientes de Ester. 
¿Cómo ve la Bogotá actual en comparación con la que dejó hace años? 
Antes era más pareja en los barrios. No sea veía la miseria porque no había llegado a la ciudad. El cambio ahora se nota muchísimo en eso: en la diferencia de clases sociales, la escala de las clases sociales es demasiada, es casi un chiste. Antes había una clase media alta, los primos de uno tenían carro y uno no, pero bueno, íbamos en el mismo carro en los paseos. Uno era un poquito más que el otro, el papá de una familia ganaba más que su hermano, pero todo era más parejo. La gente del norte también iba a los barrios del sur: el Parque Nacional era para todo el mundo. No existían esas diferencias tan grandes.