21.11.14

Cercas: "Todos somos como Enric Marco, incapaces de mirarnos al espejo"

El autor de Soldados de Salamina publica ahora El impostor, sobre la figura del hombre que se hizo pasar durante años como víctima de los nazis
 
Javier Cercas, el pasado jueves, en la terraza de un bar de Sarrià./ Kim Manresa./lavanguardia.com
La prodigiosa historia de Enric Marco (Barcelona, 1921), el hombre que se inventó un pasado como prisionero en los campos de concentración –y muchas otras cosas– es el eje de 'El impostor' (Random House), el nuevo libro de Javier Cercas (Ibahernando, 1962), que se pone a la venta en librerías. El autor ha realizado una exhaustiva investigación, que ha incluido largas sesiones con el propio Marco, y, sobre todo, aprovecha el tema para hablarnos de todos nosotros, de las mentiras con que construimos nuestra identidad y con las que se construye la historia. En una mesa del Bar Escocés, Cercas sonríe y apunta: "Déjeme adivinar, su primera pregunta va a ser: ¿Marco ha leído el libro?".
¡Es lo que estaba pensando! ¿Y cuál será su respuesta?
Que sí. Para mí era importante que lo leyese. Y añado que lo ha entendido muy bien. Pero lo que opina se lo tendrá que decir el propio Marco. Es un libro que aparentemente trata de él y subrayo lo de aparentemente. Como en todo lo que he escrito, tomo un personaje para hablar de otra cosa. 'Soldados de Salamina' no habla de Sánchez Mazas; 'Anatomía de un instante' no habla de Adolfo Suárez...

¿Eso es lo que justifica que usted hable del libro como novela sin ficción? ¿Que lo que importa no son las revelaciones que hace?
Creo que, aunque estamos en el siglo XXI, manejamos una idea de novela un poco estrecha, ni siquiera del XX, sino del XIX. La vemos como una ficción en prosa en la que se cuenta una serie de dramas con la máxima rapidez y eficacia posible. Casi todo el mundo trabaja con ese modelo, que a mí me parece estrecho, y que sobre todo no es el único. Antes había otro, más flexible, libre y plural, el de Cervantes o Sterne, que se impuso hasta el XIX. En vez de una carrera de bólidos, era un banquete con muchos platos, en el que cabía todo. Podías meter crónicas, ensayos, cualquier cosa. Hay gente que escribe como en el XIX, Kazuo Ishiguro, por ejemplo, y lo hace muy bien. Pero no veo por qué tenemos que renunciar al otro modelo, ni sobre todo a combinar los dos. Mi libro es crónica, biografía, autobiografía, ensayo... Y el resultado es una novela.

Pero ¿cómo le explica a alguien que ha hecho una novela si no hay ficción en ella?
¿Y quién ha dicho que la novela tenga que ser ficción? Es la idea convencional, pero yo no me resigno a ella. Este es un libro esencialmente irónico, donde todo significa al menos dos cosas, y eso es lo que define a la novela: Don Quijote es heroico y ridículo; está como una cabra y es el hombre más sensato del mundo. Frente a un ensayo o a una biografía, el novelista tiene la certeza de que a través de la forma se puede llegar a una verdad a la que no se puede acceder de ninguna otra manera. Con Anatomía de un instante no quise usar la palabra novela, porque todos la asociamos a la ficción; pero era una novela. Como El impostor.

Solo introduce un diálogo de ficción, entre Marco y usted, donde este le pone, por cierto, de vuelta y media. Le acusa de cínico, de escribir el libro para que le quieran y le admiren, de hacer exactamente lo mismo que él, y de hacer pasar mentiras por verdades.
Bueno, está en su derecho de decirme todo eso y de insultarme ¿verdad? Pero no es Marco, es un Marco fantaseado. Eso no lo dice ni él ni yo, lo dice tal vez mi subconsciente, o mi mala conciencia. Lo importante es que es el lector quien debe decidir si salva a Marco o no (y si me salva a mí; y, en última instancia, si se salva él). La novela lo que hace es plantear preguntas sin respuesta, o sin una respuesta clara y taxativa. A Umberto Eco le preguntaron un día: 'Usted ¿por qué escribe novelas?', él, que había sido ensayista y profesor de éxito hasta los 50 años. Y respondió: "Para no concluir". Porque en un ensayo tienes que decir: esto es lo que yo digo. En la novela, no.

Una vez citó usted la frase del actor Hugh Grant, a quien, unos días después de ser detenido en EE.UU. por mantener sexo oral con una prostituta en el coche, los periodistas le preguntaron: '¿Se ha sometido a terapia?'. Y él respondió: 'No. En Inglaterra leemos novelas'.
¿Quiere decir que, en vez de someterme a terapia, he escrito esto?

Bueno, al principio del libro envía usted al cuerno a su psicoanalista, y aparece con serios problemas de ansiedad y ataques de pánico.
Excelente: yo abandono la terapia y me pongo a escribir. Tiene razón, sí... Está el cliché de que la escritura es terapéutica, pero los clichés lo son porque tienen una parte de razón. Es verdad: si no escribiera, sería todavía más peligroso de lo que soy.

Este libro produce un efecto curioso en el lector, que empieza a preguntarse por cosas de su propia vida, diciéndose, no sé, por ejemplo: tal vez he mentido a la gente sobre aquella relación de pareja que tuve, a lo mejor doy una imagen de mí que no es del todo honesta, he hecho más daño del que reconozco, enmascaro mis bajezas...
Me encanta lo que dice. Este libro no habla de Enric Marco; él es sólo la excusa, el tema visible. El tema invisible es: Marco no es más que lo que todos somos pero a lo grande: es como si colocaras sobre la naturaleza humana una monstruosa lente de aumento a través de la cual nos vemos todos, monstruosamente. Este libro habla de nuestra humillante y angustiosa necesidad de que nos acepten, nos quieran y admiren, de nuestra incapacidad total de aceptarnos tal como somos, de nuestra facilidad para disfrazarnos, ante la gente y ante nosotros mismos. Todos somos como Marco porque somos incapaces de mirarnos al espejo. Si nos miramos, nos morimos, como Narciso, porque somos muy poquita cosa. El libro habla de nuestra capacidad fastuosa para decir Sí a todo, y nuestra incapacidad para decir No cuando hay que decirlo. Este libro habla de usted, de mí y también de usted, lector de La vanguardia.

Utiliza el recurso del investigador como personaje y, como al Laurent Binet de 'HHhH' o al Emmanuel Carrère de tantos libros, le vemos en pleno proceso, como un detective: haciendo los viajes, las entrevistas, consultando archivos, comiendo con su familia... Vemos hasta las tretas que usa.
Marco es el Picasso, el Maradona de los impostores, pero todos tenemos algo de él; y el primero yo: reconocerlo me parece el grado cero de la decencia, porque la crítica empieza por la autocrítica. Además, es el único mecanismo posible para que el lector se dé por aludido.

Hace gracia cuando usted le confiesa al propio Marco que, para seducir a la que hoy es su esposa, le dijo que era escritor "y luego, para mantenerla, me lo tuve que hacer".
Es la pura verdad: la escritura es un elemento de seducción, como para Marco lo era su pasado heroico. Marco conquistó a la mujer que sería su esposa con ese pasado; yo conquisté a la mía con lo único que tenía: no soy George Clooney, ni alto ni rubio ni rico, pues algo tenía que hacer. Así que, en cuanto la conocí, le metí en el buzón los manuscritos de mis primeros cuentos, todos malísimos e inéditos. Luego, para mantener la impostura, tuve que hacerme escritor y empezar a publicar. En esta vida hay que espabilarse, ¿no?

Elabora usted una tesis sobre la memoria histórica convertida en marketing.
La parte digamos ensayística está ahí porque estas cuestiones forman parte de la historia, con el mismo derecho que los personajes o la trama. Marco es, para mí, un imán que atrae los asuntos que más me importan. La historia heroica que se inventa Marco es la que nos hemos inventado todos en este país: una mentira como una casa. Su historia verdadera es, como la de este país, una cosa gris, sucia, desagradable y cobardona. Esa es la verdad: Franco se murió en la cama porque la gente lo aceptó, nadie o casi nadie dijo No, tampoco Marco. Y, a la muerte del dictador, Marco se inventa un pasado de resistente, como también se lo inventa España: como sabe usted y saben todos los lectores de 'La Vanguardia', aquí todos fuimos valientes opositores a Franco... El caso es que, durante la Transición, casi todo el mundo se construyó una biografía falsa; y Marco, a los cincuenta años -la edad que tenía Alonso Quijano cuando se convirtió en Don Quijote-, hace lo mismo: inventarse una vida y un personaje. Alonso Quijano se pasó la vida encerrado en un poblachón leyendo libros hasta que, un día, se dijo: ya no puedo más, mi vida es una porquería, voy a vivir la vida que he leído en los libros; y vive todas las aventuras que no había podido vivir. Lo mismo hace Marco: se había pasado la vida trabajando en un taller en Collblanc, junto al campo del Barça, y se inventa un pasado de héroe durante la guerra civil, de víctima de los campos nazis, de paladín de la resistencia antifranquista... Pero a Don Quijote no se lo creyó nadie y a Marco todo el mundo, hasta el punto de que acaba presidiendo la Amical de Mauthausen, la asociación de ex deportados, y es nada menos que secretario general de la CNT durante la transición, cuando se creía que la CNT iba a mandar mucho en este país. Vive la vida de héroe que había soñado.

Volvamos a la memoria histórica...
Fue un movimiento totalmente justo. Se trataba de algo tan sencillo como resarcir a las víctimas, sacar los cadáveres de las cunetas y restituir la dignidad a aquellos que sufrieron injusticia. ¿Qué pasó? Que se convirtió en una industria. Adorno y Horkheimer nos enseñaron que la industria del entretenimiento provoca el kitsch, la falsa literatura, el falso arte. Pues el resultado de la industria de la memoria fue la falsa memoria, la falsificación de la historia. Y Marco es el emblema de eso, él era una falsedad viviente, la encarnación del kitsch de la historia, con todo su sentimentalismo y su heroísmo de pacotilla. Y por eso se acabó la memoria histórica y los muertos siguen en las cunetas. No necesitábamos ninguna ley de memoria histórica, sino simplemente que el Estado cumpliera con su obligación y resarciera a las víctimas.

Usted también critica a Marco varios elementos kitsch de su relato, como la partida de ajedrez que le gana a un carcelero del campo nazi, arriesgando con ello su vida. Lo ve muy melodramático.
Lo de la partida de ajedrez es apoteósico, una cima de Marco. Él es un novelista de sí mismo, como todos, pero su novela es monstruosa, barata y sentimentaloide; es decir: falsa. Me temo que por eso la aceptó todo el mundo.

Ha descubierto muchas mentiras nuevas de Marco. Y lo hace sin haber roto nunca el contacto con él. Desmenuza todas sus imposturas como nunca nadie había hecho, pero, cuando parece a punto de rematarlo tras tantas indignidades, no le condena ni absuelve, deja el juicio final al lector.
Por eso es una novela: una novela formula preguntas, cuanto más complejas mejor, pero la respuesta la tiene siempre el lector. Por lo demás, en estos casos se plantea siempre un dilema moral: ¿qué derecho tengo yo a escribir sobre este hombre, a revelar aspectos de la vida de alguien que incluso su propia familia ignora?

Y usted ¿qué hizo? ¿Fue como Truman Capote, que traicionó la confianza de sus asesinos y llegó a desear sus ejecuciones, o como Dickens, que cambió cosas de su libro para no molestar a una señora?. Por citarle dos ejemplos que aparecen en su libro.
Yo no podía ser Dickens, que cambió un personaje de la novela que estaba publicando por entregas para no perjudicar a una señora de provincias con quien la gente empezaba a meterse por su culpa. Mi libro es una novela sin ficción, así que no podía alterar la realidad. Obviamente, estoy más cerca de Capote o de Carrère. Hay una perversión que asumí, que en realidad me torturó. Por eso aparezco en el libro y muestro mi relación con Marco, no me escondo, como Capote, que desaparece de su novela. Además, convierto este problema en uno de los temas del libro. Si me salvo o no, si salvo a Marco o no, eso lo tiene que decidir el lector.
Hay un enfoque del caso que usted ni se plantea, que sería ver lo que le pasa a Marco como una patología. Y haber hablado con psiquiatras, psicólogos, explicar lo que es un mentiroso compulsivo...
Leí mucho sobre ese asunto. Pero Marco no está loco, no es un enfermo. Eso es lo que solemos decir para tranquilizarnos: nosotros no somos así, ese está chalado... Contra esa idea, justamente, he escrito el libro. Ha habido incluso gente inteligente, como Claudio Magris, que sostuvo que las mentiras de Marco eran justificables porque, tras ellas, latía la verdad. Para mí todo lo que hizo Marco es totalmente in-jus-ti-fi-ca-ble. Además, lo que él contaba no era la verdad: no sólo cometía errores factuales; lo peor es que daba una versión kitsch, sentimental, falsamente heroica y romanticoide de la historia, falsificándola por completo. Pero este gran maldito no estaba loco; en el fondo, es igual que nosotros.

Al final, le entendemos, sí, aunque no le justifiquemos.
De eso se trataba: entender no es justificar; es lo contrario. La literatura muestra lo increíblemente complicados que somos, y consigue que sintamos compasión por Raskólnikov, el asesino de 'Crimen y castigo', o por un psicópata como Ricardo III.

"La realidad mata, la ficción nos salva" es un mantra de este libro.
No podemos vivir solo con la realidad. Nos salva la ficción porque somos feos, mediocres, pobres, cobardes... ¡Eso es lo que somos! Los que saben decir No son muy pocos, y además los escondemos, porque nos hacen quedar fatal a los demás. Como los chicos de la UJA, la Unión de Juventudes Antifascistas, unos héroes que deberían estar en el Panteón y que nadie conoce. Todos creamos ficciones para poder sobrevivir. Pero Cervantes salva finalmente al Quijote reconciliándolo con la realidad: el bachiller Sansón Carrasco lo envía para casa con la verdad, y muere como Alonso Quijano. Es lo que yo he intentado con Marco: salvarle con la verdad, quizá para salvarme a mí.

No hemos hablado de política, y...
(Imitando la voz de Francisco Umbral) ¡Yo he venido aquí a hablar de mi libro!
Pero, cuando uno lee lo que dicen en las redes sociales de usted, se sorprende mucho. Por un lado, algunos le identifican con fanáticos españolistas, y, por el otro, le pintan como un perseguido en Catalunya por sus ideas. Los que le conocemos un poco sabemos que las dos imágenes son falsas.
Da risa, si no diera pena también. ¿Qué puedo hacer, aparte de callarme, cosa que no pienso hacer? ¿Repetir cosas que he dicho siempre, como que no hay ningún nacionalismo peor que el español (bueno, salvo el alemán)? ¿Pedirles a los tipos que escriben burradas sobre mí que se lo piensen dos veces antes de hacerlo, porque las abuelas, las mujeres y los niños las leen, y a veces se echan a llorar? Soy de aquí, en casa, con mi mujer, hablo catalán, pero el momento en que empiezas a corromperte es cuando das la razón a los tuyos en todo, por el hecho de que son los tuyos, o cuando te callas por miedo, o para que no te malinterpreten. Hay una caverna catalana, como hay una caverna española: ¿o es que aquí todos somos buenos? Mucho más importante que la dependencia o independencia es la democracia, que se basa en la libertad de expresión. Mucha gente tiene un despiste muy grande en cuanto a la democracia.

Hay un episodio que usted no ha contado sobre eso.
Ahora voy a ir a Holanda para promocionar 'Las leyes de la frontera'. Como parte de ese viaje, me habían invitado a la conferencia Spinoza, organizada entre otros por el Cervantes y la Embajada Española; es una cosa muy prestigiosa, que, por cierto, pagaban muy bien. Pero, cuando me enteré de que habían prohibido un acto de Sánchez Piñol en el Cervantes, cancelé mi acto. No conozco mucho a Sánchez Piñol, pero no voy a tomar la palabra en un acto organizado por alguien que se la ha quitado a un conciudadano mío. Si él pierde derechos, los pierdo yo. Es un abuso de poder, un gesto autoritario, vergonzoso. Así que voy a ir a Holanda pero sin conferencia Spinoza ni embajada de por medio.

Su postura ante el 9-N es...
...si hay una mayoría a favor de la independencia, para mí la única manera de solucionarlo, en un país civilizado, es por la vía quebequesa, con una ley de claridad y un referéndum con todas las garantías. Una vez, cuenta De Quincey, había dos caballeros ingleses charlando en un club y, en el calor de la discusión, uno de ellos arrojó el líquido de su copa a la cara del otro, que contestó, impávido: "Señor, esto es una digresión; ahora espero su argumento". Estamos viviendo una orgía de digresiones. Al Gobierno español no le interesa la vía quebequesa, porque es poner en cuestión la sagrada unidad de España; y al catalán tampoco, porque tendría que demostrar de verdad, en unas elecciones, sin trampa ni cartón, que existe una mayoría independentista. Hay una solución democrática, pero parece que nadie la quiere; preferimos las digresiones.