1.11.13

La “República” de Badiou

El pensador francés subraya el espíritu igualitario y comunista del proyecto político de Platón

Obra de Rafael. La Academia fundada por Platón en el año 388 a. C. en Atenas./revista Ñ

Imaginemos: un cine constante, donde se suceden las películas. El único trabajo es mirar y dejarse convencer. Los espectadores tienen las cabezas fijas, auriculares inamovibles, y no pueden abandonar los asientos. No hay diversión, o es una diversión triste e inútil. En la primera versión de este mito, de hace unos dos mil cuatrocientos años, los espectadores eran prisioneros de una caverna y no veían películas sino figuras proyectadas por el fuego sobre un fondo de piedra. Esa es la versión de Platón. En la última, del filósofo francés Alain Badiou, los hombres que viven alimentados de las apariencias, sin llegar jamás al conocimiento, ven una tras otra todas las novedades de Hollywood.
Sin dudas, leyendo el mito de la caverna uno imagina inevitablemente una sala de cine. Ya lo había reconocido Cornford, el experto inglés, en su clásica traducción de la República . Pero es posible que la coincidencia, como tantas otras que descubrimos entre el pensamiento de Platón y la actualidad de nuestro mundo, no sea producto del azar. Al menos esa es la convicción de Badiou. Para demostrarlo, nada mejor que tomar el texto capital de Platón y hacerlo valer de vuelta, es decir, retraducirlo. En nuestro mundo, al igual que en el tiempo de Platón, reinan los sofistas y es preciso combatirlos. También ahora, aunque se desconfíe de ellas, existen las verdades y las ideas. Y si bien algunos lo niegan, sigue siendo válido que la filosofía y la política deben ir de la mano.
Pero no se trata de una traducción cualquiera. En su versión propia, llamada La República de Platón (Fondo de Cultura Económica), Badiou convertirá ese ideal de la ciudad que representa la República en el ideal de la política, es decir, en la igualdad ideal del comunismo.
La vasta obra de Badiou está repleta de declaraciones sobre su propio platonismo. En La hipótesis comunista , libro aún no traducido al castellano, define este programa como un “renacimiento del uso de Platón”. Y es en esta renovación del pensamiento del filósofo griego que Badiou introduce el experimento de su “hipertraducción” de la República . Para lograrlo, deberá multiplicar las operaciones textuales. Por un lado, reemplazar las referencias culturales que en las ediciones clásicas están explicadas con una nota al pie. En Badiou ya no se habla del poeta Orfeo, sino de Mallarmé; el posmoderno Jean-François Lyotard será amigo del sofista Trasímaco; las malas artes de Heródico, que mezcló la gimnasia con la medicina, se convertirán en la obsesión moderna por la dieta y el deporte, en aquellos que miden las pulsaciones y los gramos de la ensalada que se comen con tanto cuidado después. No es casual que el tono sea burlesco, porque el Sócrates platónico también lo era. Por otro lado, todo lo oscuro de la dialéctica, de las figuras matemáticas sin formalizar, quedará esclarecido, lo farragoso será suprimido, y se sucederán ejemplos de la historia y de la filosofía posterior. Badiou, él mismo autor de obras de teatro, explora también todo el potencial teatral y literario de los diálogos de Platón. Para esto, además de algunas libertades de traducción, cambia de signo a un personaje que se vuelve clave: de Adimanto inventa a Amaranta, una joven resuelta y apasionada que irá puntuando, junto con su hermano Glaucón, el avance de la argumentación socrática. Pero los jóvenes no se limitarán a decir siempre que sí, serán también sus críticos implacables. Toda esta transformación prolífica está coronada por audaces reconversiones de conceptos: el Bien será la Verdad, Dios el gran Otro. Y sin embargo, la República de Platón parece sobrevivir.
Toda traducción de un texto clásico es una actualización inevitable. Pero la operación de Badiou va mucho más allá, y busca la provocación. Sin embargo, el gesto tiene sus antepasados en la tradición de la traducción francesa. Acaso sea escandaloso, pero no necesariamente nuevo. Durante la época de Racine y de Corneille, el paradigma de la traducción de la literatura griega y romana estaba plagado de estos mismos procedimientos. Estas traducciones fueron llamadas “las bellas infieles”. Lo importante era que el texto no sonara extranjero, que fuera armonioso, que cultivara la lengua francesa. Su más famoso exponente fue un tal Perrot d’Ablancourt, que traducía los clásicos con la convicción de que servir al original era, precisamente, no respetarlo. En cierto modo, se trata de la reedición de la vieja querella entre fidelidad y adaptación. Ese movimiento de claridad y embellecimiento tuvo su repercusión en el estilo de escritura francés de épocas posteriores. Su contraparte absoluta fue poco después la teoría de la traducción radicalmente fiel, propuesta por el romanticismo alemán.
¿Pero por qué debería la filosofía, casi cuatrocientos años más tarde, usar esos artificios literarios? ¿No corre el riesgo de quedar pegada del lado del poema y del lado, peor aún, de la sofística tan condenada? En el prólogo de La aventura de la filosofía francesa (Eterna Cadencia), Badiou hace un retrato de ese acontecimiento que fue (y acaso aún lo sea) el pensamiento francés desde la segunda mitad del siglo XX. En la búsqueda de una nueva relación entre el concepto y la existencia, autores como Foucault, Sartre y Deleuze se propusieron inscribir la filosofía en la modernidad y crear un nuevo estilo de exposición filosófica. Este nuevo estilo, asegura Badiou, rivalizó muy a conciencia con la literatura. Se trata de un cruce que podríamos remontar, al otro lado del Rin, hasta Schopenhauer. O quizá hasta los griegos, porque ahí está presente todo el despliegue literario de los diálogos de Platón.
Fiel a su platonismo y a su propia proveniencia filosófica, Badiou elige con esta hipertraducción, que gracias a la tenaz traducción de María del Carmen Rodríguez podemos leer hoy en castellano, algo similar a una intensificación (¿última?) de esa corriente de pensamiento, tan indispensable como creativa, que comenzó hacia mediados del siglo pasado en Francia conectando filosofía y escritura. Pero el ciclo no debería cerrarse con este gesto. No al menos si los jóvenes, como quería Sócrates con sus preguntas y como quisiera Badiou con su literaria República, son aún corruptibles por la filosofía con cualquiera de sus recursos, es decir, si gracias a la filosofía son capaces de plantearse qué es una vida justa, qué es la política y cómo se construye una verdad. Para eso, todo vale.

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