8.8.13

De Esmirna a Pérgamo: una ruta mítica para Alejandro

La otra compañía que propongo es la biografía de Alejandro Magno de Mary Renault (1971), que no ha perdido concisión y que también empieza retrospectivamente con su muerte en 323 a. C

Alejandro Magno, unificador de Grecia./elpais.com
 
En el otoño de 2005 me dieron a leer la novela (o es mejor decir, “las dos novelas”) de Gisbert Haefs (Wachtendonk, 1950) sobre Alejandro Magno para que hiciera una nota introductoria a la venta de los dos tomos (separados) dentro una promoción de este diario (le agradezco el encargo a Jacinto Antón). Me había leído anteriormente alguna novela histórica de Haefs y me habían gustado su erudición y su fantasía (además le tenía ya por el reputado traductor, editor y especialista en Borges y Bioy Casares), pero el volumen de estas novelas que me mandó Jacinto, reunidas en uno solo, imponía por su grosor: ¡1202 páginas de cuerpo bastante chico e interlineado magro! Hoy, por suerte, tenemos el ebook, si es que esta obra ya está en catálogo electrónico, que no lo sé, supongo que sí. La otra compañía que propongo es la biografía de Alejandro Magno de Mary Renault (1971), que no ha perdido concisión y que también empieza retrospectivamente con su muerte en 323 a. C.
Haesf probablemente es en estas obras donde ha ido más lejos en la idea de recorrer una vida mítica, y es por ello que se esmera en la descripción y el paso del héroe por una ruta que, obviamente hoy, no puede ser la de la antigüedad, y es por ello que al principio de sus libros hay unos mapas de cómo debió ser aquello, en la actual Turquía. El reto está en acercarse a un paisaje memorial donde sí sabemos que el propio Alejandro, o sus generales, o sus herederos, marcaron la tierra, diseñaron ciudades, ampliaron caminos y puertos; en otras palabras, siguieron cambiando el mundo.
En un libro como este de Haesf, decir que empieza ya con Alejandro muerto y que termina en el lecho de muerte de Aristóteles, no es destripárselo al lector, sino introducirlo en un todo sinfónico. Al final de la primera parte, Aristóteles hace un sucinto pero agudo retrato del rey:
“-Alejandro era muchos hombres y muchos enigmas. Indeciso, impulsivo, un soñador lúcido. Era transparente como el agua y turbio como el vino más fuerte. Y encantador y cruel, todo de todos y, de todo, más que cualquier otro. Ávido por el botín y generoso. Antes de partir, repartió todos los territorios nuevos y liberados, y, finalmente, Pérdicas le dijo: ‘¿Y tú con qué te quedas?’ Alejandro contestó: ‘Con mis amigos y mi esperanza’. Entonces Pérdicas devolvió los regalos y dijo que él tampoco quería nada más. Alejandro era todo para todos. Digámoslo así: ese día murió el hombre que era hijo y heredero de Filipo, aunque no comprendería esa muerte hasta más tarde. Hasta donde yo sé, la muerte se le anunció por primera vez cuando rechazó la oferta de Darío, que quería entregarle todos los territorios que se extendían al oeste del Eúfrates”.
El autor, sin poder substraerse a su pasión por las intrigas y las tramas negras, las introduce de manera “natural” en este imaginario sobre Alejandro ya que, en lo poco (o mucho, según se mire y se compare) que sabemos del macedonio, estas circunstancias aterradoras estaban a la orden del día, en salones y en alcobas, en público y en privado.
Un factor interesante son las localizaciones, y de ahí el experimento de extender un mapa (actual) sobre otro (más imaginario que antiguo). Empecemos en la costa norte del mar Egeo con Troya, o su resto (en 2014 se ha anunciado la inauguración de un museo que recopilará los expolios a que ha sido sometido este emplazamiento en los tiempos modernos). Piénsese que hace 2000 o 3000 años Troya era la llave entre los dos continentes, algo así como lo que es hoy Estambul. Haesf en sus apéndices aclara que “términos latinos tales como “Grecia” o “Cartago” son impensables en boca de un heleno del siglo IV a. C.” Así Assos se llama hoy Behramkale y allí, además de estar el único templo dórico de Turquía, se sabe que Aristóteles vivió cerca de tres años. Mar abajo está Pérgamo (obviamente, sitio donde se inventó el pergamino), que tenía la segunda biblioteca más importante de la Antigüedad; la tercera casa de los libros era la de Éfeso (lugar que origina la leyenda de que el templo de Artemisa se incendió precisamente el día en que nació Alejandro: hoy queda solamente una columna reconstruida donde anida una cigüeña), y adonde se llegará por la misma ruta tras pasar por Izmir [Esmirna], la cuna de Homero. También a medio camino hacia Bodrum [Halicarnaso], ciudad natal de Herodoto, se pisan dos localizaciones emblemáticas: Mileto y Didim [Didima] con las aún  imponentes subsistencias del templo de Apolo, que fue demolido por los persas en 494 a. C. Después llegaría hasta allí Alejandro Magno para reconstruirlo.
* Alejandro” (Libro I: Unificador de Grecia). Libro II: Conquistador de Asia. Gisbert Haefs. Pocket Edhasa, 2005. Traducción: José Antonio Alemany y Adan Kovacsis.
Alejandro Magno (Biografía). Mary Renault (Edhasa 1991). Traducción. Horacio González Trejo.
 * Roger Salas es autor de Más allá del escenario:el ballet "Muerte de Narciso" de Alicia Alonso

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