27.7.10

Dear Mister President

¿Se imagina alguien a la primera dama con traje de boleros multicolores y una rosa en la sien?

Juan Manuel Santos, el presidente electo, en el Campin.foto;fuente:revista Arcadia.com

Si uno va de turista a España, es casi obligada la visita nocturna a algún establecimiento para ver un espectáculo de flamenco. Uno puede escoger entre un aséptico restaurante para turistas y algún oscuro tablao en la callejuela más escondida de Madrid. En el primero será testigo de un espectáculo vistoso y ordenadito, y aplaudirá cuando toca, mientras mastica juiciosamente una insípida paella. En el segundo, verá fantásticas mujeres signadas por la rabia con trajes viejos y descosidos, y las gotas de sudor rodando por la violenta arruga del ceño, mientras taconean con furia sobre una humilde plataforma de madera vieja, y un par de gitanos empericados le gritan desde una esquina "guapa" y "viva la madre que te parió".

La conclusión es clara: véase donde se vea, el flamenco es un arte vivo. Piense en cambio el lector en lo siguiente: ¿puede haber un plan más deprimente que ir a un a restaurante para turistas en Bogotá a ver un espectáculo de bunde tolimense o de mapalé? Por cierto, ¿existen todavía esos restaurantes? ¿No se quebró el último hace unos treinta años?

En YouTube puede verse todavía un minidocumental de campaña del presidente electo Juan Manuel Santos, en el que el entonces candidato aparecía en distintas regiones de Colombia, bailando los bailes típicos de cada región con una linda nativa disfrazada. El joropo, el currulao, la guabina, a todo se le midió el candidato, con sombrero prestado y pasito a tono. Encomiable, realmente, el entrenamiento, y encomiable también la discreción de la primera dama, que dejó que su marido bailara con las locales.

Pero fíjense: lo único que sí bailó con la primera dama su marido fue un vallenato. Pero es que el vallenato es un ritmo autóctono legitimado –y bebido– por las élites, gracias al presidente López. Y ese, por lo tanto, no tiene la connotación de oso monumental que sí tiene el que 'Tutina' Santos se hubiera puesto a bailar con su marido un sanjuanero. ¿Se imagina alguien a la primera dama con traje de generosos boleros multicolores, alpargatas de fique y una abierta rosa amarilla engrampada en la sien con una vincha negra? Tiene razón en no habérsele medido, porque sí –y ahí está el meollo del asunto–, hubiera salido disfrazada y todos hubiéramos tenido un agudísimo ataque de vergüenza ajena.

La pregunta que nos concierne es: ¿cuál es la idea de cultura popular que manejó el entonces candidato y hoy presidente electo? Sin lugar a dudas, una idea veintejuliera, una caduca noción centrista de la cultura colombiana que desconoce sus procesos y su intrínseca vitalidad, una idea que incluso es casi peligrosa de lo puro retrógrada si de hablar de exportar una imagen de Colombia se trata, como comentó con leve asombro burlesco un representante de la comunidad europea en el país.

Si tenemos que hablar de cultura popular, es mejor prender la tele en Rockola TV. Es ahí donde está la verdad: Lalo Rey (el Juan Gabriel criollo), Giovanni Ayala, Pipe Bueno, Darío Gómez, el Charrito Negro y Darío Darío. Pero por algún extraño motivo, la auténtica cultura popular colombiana es la gran ausente de los reciclajes y "reabsorciones" que suelen hacer las élites. Pero no solo es eso. Si queremos referirnos a productos culturales más contemporáneos, también los hay. ¿Por qué hay festivales de hip hop en once localidades bogotanas? ¿No hay acaso una extraordinaria explosión de fusión de ritmos locales y globales, en las nuevas músicas? ¿No están las nuevas generaciones –desde Puerto Candelaria hasta Bomba Estereo– dando al país una ejemplar lección de talento?

Digamos que la campaña de Santos eligió la opción segura en un país ultraconservador. Su estrategia fue, sin duda, efectiva para ganar: explotemos el pasado; hagamos política a la antigua usanza, política güepajé. Eso funciona bien en un país tan fracturado como Colombia, y los votos vienen de muy abajo, donde todavía emociona ver al candidato brincando un bambuco. Pero son los últimos estertores de un pasado que si no termina de morir es porque en los últimos tiempos no hemos tenido presidentes modernos.

Y la celebración del triunfo de Santos, en el Coliseo El Campín, que tantos compararon con la de una convención política norteamericana, fue peor: la fiesta fue arropada por "bailes típicos de la costa caribe", dijeron los medios. Pero más parecía la boda de Santo Domingo Junior en Cartagena, en la cual se ofrecieron altas dosis de exotismo caribe a los extranjeros (lo cual no es criticable: cada cual, en su fiesta privada, que haga lo que quiera).

Aquí lo que nos preocupa es una noción pública, oficial, de la cultura. ¿Vamos a tener que creer que la cultura colombiana es Colombia es pasión? ¿No podrá el sector cultural albergar la esperanza de que el presidente electo comprenda que la noción de cultura que se le adivina está revaluada desde, más o menos, 1970? A la hora de escribir este editorial, no se sabe quién estará a la cabeza del ministerio de Cultura. El panorama indica que contamos con tres opciones igual de lánguidas: la primera, la del ministro-cuota. Un ministerio fácil para cumplir compromisos. La segunda, la del ministro "culto" –otra noción terriblemente bogotana, alguien así como el amable doctor Casas de Pastrana–. Y la tercera, la de volver pura pasión el ministerio, creyendo que la cultura es presupuesto para los cobres de las bandas de Cundinamarca.

Arcadia celebraría con bombos y platillos, y sí, también con los cobres de las bandas de Cundinamarca, el que el gobierno entrante mirara las candidaturas al Ministerio de Cultura del Partido Verde. Cabezas que entienden tanto los procesos culturales vivos como el apoyo legislativo a las artes, cabezas que carecen de delirio mediático y que han modernizado al país desde los cargos públicos que han ejercido en el sector cultural. Son muchas. Por ejemplo, Jorge Melguizo, ex secretario de Cultura de Medellín, o Ana Roda, directora de la Biblioteca Nacional, o Jorge Orlando Melo, a quien habría que rogarle. Pero, ay, señor Presidente, ¿no cree que al hombre que puso bibliotecas enteras a disposición de millones de jóvenes colombianos valdría la pena rogarle?

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