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30.9.10

Los nombres del misterio

El ensayista Luis Chitarroni propone en esta columna un proyecto ambicioso y fuera de época: armar un diccionario de detectives
El detective. personaje también para un diccionario.foto:archivo.fuente: Revista Ñ

Los principales exponentes del misterio y la resolución, desde el Lew Archer de Ross MacDonald hasta la Miss Marple de Agatha Christie formarían parte de este catálogo.

Siempre creí en la utilidad de un diccionario personal de detectives que me ayudara a resolver los enigmas menos importantes, esos que la realidad no escatima. Los detectives estarían representados por alguna de las letras del abecedario para no obstruir las facultades de intelección y detección con sus rasgos personales y prestarían servicio todo el día, de acuerdo con mis triviales requerimientos. Una segunda presunción imaginaria entorpeció este propósito: un diccionario exhaustivo de personajes, con sus rasgos individuales, para deleite pedantesco del que viste y calza. Tuve la suerte de nacer en época que disuade tales excesos. "Los libros de referencia", me dijeron sabiamente, "hoy sólo se ponen on line".

Puedo dar curso parcial a mis dos proyectos fallidos en esta columna. En términos de abarcar, empezaría probablemente con Lew Archer, de Ross MacDonald y terminaría seguramente con Aurelio Zen, de Michael Dibdin, respectivamente. Habría, sí, una mullida recepción para viejos conocidos como Nigel Strangeways, Gideon Fell y el teniente Columbo, entre otros. Dejaríamos lugar a Cornelia Gray y a otra dama menos inocente, la teniente Tennyson de Prime Suspect . Admito dos debilidades adicionales. Tienen el pudor de ser menos conocidas: Montagu Cork, de Macdonald Hastings, que trabaja en tres novelas extraordinarias e irrepetibles de los cincuenta: es probable que la época anterior a nuestro nacimiento ejerza un magnetismo superior a cualquier otra. Montagu no es un detective propiamente dicho sino un agente de seguros convertido por la compañía en que trabaja en investigador; sus pesquisas, programas de tiesa perfección a los que nunca deja de asistir personalmente, aunque tiene la imperturbabilidad de un "armchair detective", estilo de razonador que no se mueven de su sillón –o de su catrera–, como nuestro inolvidable y genial Isidro Parodi. Entre éstos, no me gustaría que Nero Wolfe de Rex Stout quedara sin mención, ni el príncipe Zalevsky, de M.P. Shiel.

El método de Cork es poco refinado: él no pertenece al conjunto de los que desconfían de la casualidad. Podría postularse, con mucho menos ingenio, a la vacante de Nigel Strangeways, si Strangeways necesitara suplente. O a la de Gideon Fell, que es ufano y circunspecto, casi tanto como Poirot pero exento de sus veleidades culinarias y sus remilgos contumaces.

De los últimos que estrené, de la escuela norteamericana de Texas, mi favorito es Kinky Friedman, un cantante country de mucha reputación en los tempranos setenta, integrante del combo "Los cowboys judíos". Uno de sus éxitos del grupo, escrito por el propio Kinky, fue: "Ya no se hacen judíos como Jesús en estos tiempos". Para reponerse de los devaneos y las arbitrariedades del éxito, de las interminables giras en ómnibus enormes con silueta de galgo y papeles de cocaína en todos los descansos, dedicó su ingenio a las novelas policiales en primera persona. El detective y el ex cantante son el mismo, y a escasa distancia de ambos está el autor, quien puede, en una página, celebrar las nupcias de Jimmie Rodgers y Jane Marple. Los aficionados a la novela de detectives deben de recordar a Miss Marple, otra creación de Agatha Christie cuyo método parecía un curso de corrección aprendido de la sensatez de las clases medias inglesas y de la sabiduría en extinción del diecinueve. Las conclusiones de Miss Marple no tienen la brillantez de las de Poirot, pero remedan con opaca condescendencia las del padre Brown de Chesterton. Jimmie Rodgers, por su parte, fue un cantante maravilloso, "el hombre que empezó todo", como recordó Bob Dylan, y, por lo tanto, precursor de precursores como Hank Williams y Woody Guthrie. Famoso por su yödl, modalidad tirolesa acomodada a la pradera, su canturreo sinusoide hizo memorable "Soñando con lágrimas en los ojos", que homenajeó, entre otros, Bono. Kinky vive solo con su gato y tiene como mascota adicional un armadillo. Es otro cuyo método consiste en una especie de fatua indolencia. La pesquisa la hacen por su cuenta las sagaces observaciones, que van armando, a lo largo de la novela, una especie de trama social de la que no escapan las costumbres alimenticias ni los mamarrachos de la moda. Entre Nueva York y Texas, el sistema de respuestas del hombre es chandleriano, de un laconismo terminal; y el humor, algo que los personajes de sus libros comparten. "Me gusta de los chinos", le dice su amigo Ratso, "que no responsabilizan a los judíos de la muerte de Jesús". "Sí", contesta Ramban, "pero creo que saben que fuimos los que contratamos al leñador".

A la altura de nuestra cornisa sin vista a la desesperación ni a la desesperanza está siempre el querido Maigret, a quien veo asomando de su solapa en las novelas que leía –una por día– mi profesor particular de contabilidad, en tercer año. Se ofreció a canjearme las clases por libros. Una vez que aprobé, ganó estima en mi memoria. Y todo lo que me enseñó se desvaneció para siempre.

27.9.10

El nuevo periodismo del cómic

Acaba de publicarse Notas al pie de Gaza, de Joe Sacco, una de las obras fundamentales de la fusión entre cómics y crónica periodística. Se trata de un relato estremecedor de la tragedia palestina

LA GUERRA Y LOS MEDIOS. Un fragmento del cómic de Sacco.foto.fuente: Revista Ñ

Corea del Norte es un agujero negro, un no-lugar en el sentido más literal, un sitio del que no entra ni sale información, uno de los pocos países del mundo del que nadie sabe nada.

Entre los escasísimos relatos que echan un poco de luz sobre las barbaridades que ocurren detrás del último "telón de acero" se destaca Pyongyang, un libro magnífico del canadiense Guy Delislé.

Considerado como uno de los más esclarecedores documentos acerca del carácter estrambótico y orwelliano de la dictadura postestalinista que rige los destinos de Corea del Norte, es un trabajo que bien podría merecer un Pulitzer, pero difícilmente lo obtenga.

Sobre todo porque se trata de una historieta.

Pyongyang es uno de los grandes exponentes de la relación cada vez más cercana entre el cómic, el periodismo y las crónicas de noficción, una tendencia que en la actualidad conforma uno de los principales campos temáticos de la historieta a nivel mundial. El conflicto palestino-israelí, la guerra de Afganistán, los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, la transformación capitalista de China o el fanatismo islámico de Irán son algunos de los "sujetos" elegidos por los autores del cómicperiodismo, que dejaron de lado la comodidad de sus estudios de dibujantes para saltar al campo de batalla y contar la historia ahí desde donde ocurre.

Desde que Art Spiegelman plasmó esa fabulosa crónica del Holocausto que lleva el título de Maus (ésta sí logró un Pulitzer, en 1992), a muchos autores de cómics se les revelaron las enormes posibilidades narrativas que el lenguaje de la historieta tiene para ofrecer dentro del campo de la crónica. A partir de este nuevo paradigma surgieron fenómenos mundiales como Persépolis, un comic-book ­luego llevado al cine­ de la iraní Marjane Satrapi, en el que narra sus vivencias de niña rebelde durante los tiempos de la Revolución Islámica.

Menos conocidos, pero igual de interesantes, son trabajos como El fotógrafo, del francés Emanuel Guibert, que se aventura en el Afganistán de los talibanes junto con una expedición de Médicos sin fronteras; las crónicas de la pequeña y violenta revolución que tuvo lugar en la ciudad mexicana de Oaxaca en 2006, realizadas por Peter Kuper (ver recuadro) o Me acuerdo, de Zena Abirached, un comic-book que describe en clave humana el estado de permanente conflicto que azota a Beirut desde hace décadas.

Entre todos estos nombres se destaca el de Joe Sacco, el autor que más lejos y más intensamente ha llevado el vínculo entre los cómics y el periodismo de trinchera. Nacido en Malta, pero con ciudadanía estadounidense, es un personaje aventurero y nómada, como buen corresponsal de guerra. Colaborador "estrella" del New York Times, Sacco alcanzó el estatus de celebridad a mediados de los años 90 con Palestina, un comic-crónica, narrado en primera persona, en el que cuenta sus experiencias en distintas ciudades palestinas y muestra la violenta y miserable vida de los territorios ocupados por Israel. Se trata de una pieza excepcional de periodismo de investigación, construida a partir de un sinfín de entrevistas y relevamientos fotográficos a ambos lados de la frontera, que constituyeron la arcilla desde la que luego cobró forma la historieta.

Tras el éxito de Palestina (que ha vendido miles de ejemplares en todo el mundo), Sacco continuó perfeccionando las herramientas del cómic-periodismo en Bosnia y Chechenia, desde donde surgieron otros dos libros: Gorazde: Zona Protegida y Chechen War, Chechen Women. Entre medio publicó But I like it, un comic-book divertidísimo ­el más lúdico, por lejos, de toda su obra­ dedicado al universo del rock and roll, para regresar luego a los territorios palestinos a bucear en la masacre de Khan Younis, ocurrida en 1956, que funciona como hilo conductor de Notas al pie de Gaza, publicado en la colección Reservoir Books de Mondadori.

Este libro, que ahora llega a las librerías argentinas, es considerado como una de las obras fundamentales de la fusión entre el cómic y la crónica periodística, un relato monumental que va y viene en el tiempo, mostrando los orígenes del conflicto palestino-israelí y las consecuencias que tienen en la actualidad sucesos ocurridos hace más de 50 años, cuando el ejército israelí ocupó a sangre y fuego los territorios palestinos.

A través de vivencias personales, relatos de viejos palestinos y documentos históricos, Sacco reconstruye con un estilo expresionista y estremecedor las masacres de Khan Younis y Rafah, y las relaciona con la realidad de los territorios ocupados. Es una crónica tremendamente vívida, que logra transmitir el hedor de los cadáveres, la sensación de hacinamiento y frustración, y ese amargo sentimiento de estar preso dentro de tu propio país que reina en la Franja de Gaza. Como toda buena crónica, presenta testimonios divergentes, a veces contradictorios, que se complementan entre sí para brindar al lector la posibilidad de armar una "verdad" propia.

Además, el libro se mete en complejidades no demasiado visibles, como el papel que juegan los medios de prensa internacionales en el conflicto, que por momentos no son otra cosa que voyeurs arrebatados de adrenalina, incapaces de conectar con las innumerables tragedias que ocurren delante de sus ojos.

20.9.10

Borges va a Frankfurt en una estampilla

La estampilla binacional que emiten el Correo Oficial de la República Argentina y el correo alemán es el nuevo condimento, otro más, de la participación del país como Invitado de Honor en la Feria Internacional del Libro de Frankfurt 2010, que comenzará el 6 de octubre

BORGES. Su cara, la B y el laberinto.foto.fuente:Revista Ñ


Ayer, en el Palacio San Martín, el sello ilustrado con un retrato de Jorge Luis Borges fue presentado por Magdalena Faillace, titular del COFRA, el comité que organiza la presencia argentina en el evento más importante de la industria editorial. El embajador alemán, Günter Kniess, y el Canciller Héctor Timerman, también participaron del acto.

La ilustración de la estampilla que, con una tirada de 200 mil ejemplares está en la calle desde el 14 de agosto y se puede comprar a 7 pesos, mezcla la cara del escritor de El Aleph con la letra B, inicial de su apellido y los funde en un laberinto, elemento distintivo de la literatura borgeana. Su diseñador es Darío Canovas, quien ganó el concurso convocado para este fin.

No fue nada casual la elección de la figura de Borges para el proyecto bilateral: "Es un genio universal. Es el autor que sintetiza la excelencia de la literatura argentina, algo que en Alemania se admira mucho", sostuvo Kniess y subrayó su importancia como traductor del idioma germano, lengua a la que el escritor le dedicó una oda en El oro de los tigres, de 1972. Kniess incluso recitó: "Pero a ti dulce lengua de Alemania/te he elegido y buscado solitario/ a través de vigilias y gramáticas/ de las junglas de las declinaciones/ del diccionario que no acierta nunca/ en el matiz preciso fui acercándome".

Entre videos ilustrativos, una maqueta del pabellón que el país montará en el predio de la ciudad germana y varios escritores ­estaban Martín Kohan, Claudia Piñeiro, Ana María Shua y Carlos Gamerro­, Faillace subrayó el gran despliegue del Programa Sur. Timerman también habló del programa de traducciones: "En 14 meses se logró la traducción de 300 obras de 230 escritores a 33 idiomas de 38 países diferentes", destacó. Y aseguró que la iniciativa continuará más allá de la Feria de Frankfurt, "por haberse convertido en una política de Estado".

Entre los traducido hay clásicos y c o n t e m poráneos.

Y entre las lenguas, algunas lejanas. Algunos ejemplos: Jorge Luis Borges podrá ser leído en ucraniano y en malayo. El poeta Juan Gelman, en Japón. Y "Manuelita", de María Elena Walsh, deleitará a los niños vietnamitas.

Entre las sorpresas, dos autores clásicos de la literatura argentina del siglo XIX traducidos en Egipto: Amalia de José Mármol, y La cautiva y El Matadero, de Esteban Echeverría.

"El programa es una inyección formidable de literatura argentina en el mundo y estará acompañado por muestras de artes plásticas, diseño, historieta, cine, música y fotografía, que además buscan el nexo con la cultura germana", dijo Faillace, que subrayó que "cualquier intercambio cultural abre la puerta para futuros intercambios políticos, económicos y comerciales".

15.9.10

¿Qué lectura tiene la literatura en Internet?

La Red es sinónimo de información; sin embargo, un libro ofrece muchos datos aledaños al producto literario. Aquí, una mirada reflexiva sobre la convivencia de la literatura en pantalla y en papel

foto:fuente:Revista Ñ

Internet como sistema puede llegar a influir en la repercusión de un texto de manera que éste sea contemplado positivamente, e incluso, hacer invisible cuestiones que podrían llegar a merecer mayor consideración.

Una energía diferente de la que impulsa al león y a la gacela de documental, hacen que el humano opine calmada o compulsivamente –sin siquiera manifestar el mínimo intento de evitar esa conducta–, sobre todo lo que lee o lo que ha sido escrito. Por esta razón, hay quien asigna el fervor o desprecio por un escritor a distintas causas: la conjunción de la primavera con un mísero velador, la imagen de una escritora en contienda con una pata de pollo, o los ecos de una aburrida musiquilla. Exagerado o no, hay cierto consenso en que la recepción por parte de un individuo de la literatura tiene infinidad de variables que van tejiendo la tensión entre el ideal individual de lo literario en estado puro y el poder de cada hecho que circunscribe el encuentro con la literatura.

Internet como sistema puede llegar a influir en la repercusión de un texto de manera que éste sea contemplado positivamente, e incluso, hacer invisible cuestiones que podrían llegar a merecer mayor consideración.

En cuanto al signo positivo, hay, por razones meramente cronológicas o por la proximidad con nuevas tecnologías, una leve aura de modernidad que se transfiere a sus textos nativos: los que han llegado a la red directamente de la musa. Para mucha gente, y sobre todo, para quienes el presente es un cifrado de constantes novedades, esta característica asegura una lectura preseleccionada por un tribunal que asegura que el futuro traerá grandes bendiciones.

Este hecho de alguna manera se relaciona con que en Internet es posible la constatación fehaciente del interés sobre esos textos. E incluso de una manera muy efectiva para el marketing que consiste en atenerse principalmente a la cantidad, sin complicados argumentos y sin la necesidad de estructuras mediadoras. Cada lector convertido en emperador romano o gritón de esquina, puede dar su opinión, allende las estadísticas que cualquiera puede consultar. Esta posibilidad de operar como una gran maquinaria de marketing en la que todas las preguntas son respondidas menos una –¿ese fan instantáneo pagaría por eso que le da tanta satisfacción gratis?– la hace funcionar como trampolín para otros sistemas, como por ejemplo el editorial. El internauta como masa y pueblo virtual que ha dado su voto para que aparezca la candidata en el mundo palpable: librerías, teatros, cines o televisión, y de allí regrese al pueblo virtual pero con dinero concreto.

Pero no siempre se trata del efecto trampolín, a veces hay productos literarios que harán del entorno Internet su límite y lugar de permanencia. En algunos casos porque demuestran cierta incompatibilidad con otros sistemas, sea por una heterodoxia de componentes –conjuntos de digresiones de un blog, etcétera– o por una magnitud desmesurada. Por ejemplo, un proyecto de obras completas, tal el caso del sitio arquivopessoa.net que contiene cuanta letra haya dibujado el escritor portugués. Un caso como éste, en lo que respecta a repercusión, tiene todas las de perder. ¿Qué se hace en un medio gráfico con un sitio tan monstruoso? A menos que el azar de la noticia lo atraviese, poco puede hacerse. Se supone que la aparición de un libro ha sido producto de un proceso de selección natural, a diferencia de Internet, que acumula sin límite, y no importa, en este caso, si el sitio pertenece a una institución o a un adolescente estrafalario.

En breve se liberarán los derechos de autor de Roberto Arlt. ¿Cómo se comportaría la recepción de ese caudal de obra, si en vez de unas lujosas ediciones encuadernadas en piel lo que hay que enfrentar es sólo un sitio como el de Fernando Pessoa? No creo que la diferencia dependa de la calidad de experiencia de lectura, porque respecto de ella, las ventajas y desventajas de cada una de las tecnologías está bien clara. Sillón para el libro, silla para la pantalla –aunque se está tratando de equiparar–, la magia onomástica de los distintos buscadores en la computadora, y el tacto, olfato y subrayado del papel, aunque esto último también se procura emular. No hay por qué elegir, pero si en Internet la forma libro-revista se ha quebrado, podemos pensar por qué hay sistemas –de crítica, de prensa– que necesitan de esos formatos clásicos para poder absorber el texto.

Sitios equivalentes ya existen, y usualmente equiparados con productos de diferente naturaleza y calidad, hermanados sólo por tres dobles ve. Porque si bien en Internet generalmente importa quién habla, es más común que se genere una sensación de paridad por un aspecto muy simple y físico: la imposibilidad de alterar el formato respecto del sitio –no hay un monitor que cuando llega al sitio equis se vuelva redondo y mueva los botones de una manera sugestiva–. Y en cuanto diferenciación, aunque parece un mero detalle, el libro es emperador.

Curiosamente siendo Internet casi un sinónimo de información, es evidente que el libro ofrece muchísima información aledaña al producto literario que ofrece. Y sobre todo cómo arroja esa información, con qué inmediatez. El ejemplo más bobo: una faja en un libro lo distingue en una mesa de novedades, y, según la causa de la faja, habrá otras instancias de diferenciación. Quizá las razones de que la faja virtual, o el elemento en pantalla destinado a ofrecer determinada información no obtenga tanta eficacia sólo tiene que ver con los tiempos de lectura en computadora; de todos modos la diferenciación se comporta de otro modo. Así como hay pequeñas dificultades técnicas que hacen que determinados productos de naturaleza mixta no accedan rápidamente al corpus de una tradición. Por ejemplo, con los reportajes televisivos, documentales, recitales en vivo o conferencias, hay que tener más que buena voluntad para integrarlos al concierto de la memoria escrita y la transcripción o la existencia de la crónica será sin duda un paso más que habrá que agregar para que esas palabras sueltas lleguen a la tecnología del libro.

Pero esas son batallas menores comparadas con la milenaria religión que proclama que es más lindo comprar libros que leerlos, que Internet puede convertirnos de un plumazo en sobacos ilustrados, y que al haberlo leído todo, sólo nos resta destinar nuestros días a las repercusiones de los círculos de agua que se crean cuando un libro cae en un río. Un libro que nadie ha de leer, que quizás no importe leer. O sí.

14.9.10

Lectores que no comprenden

Un grupo de lingüistas analizó los problemas para comprender textos en diversos grupos sociales. Una razón es la falta de escritura manual, explican

DIFICULTADES. Lo que no se comprende no se archiva.foto.fuente: Revista Ñ

Lo que está en el texto es la mitad de lo que hay que entender, la otra mitad la tiene que poner el lector", explica Liliana Cubo de Severino, investigadora del Conicet y coordinadora del equipo de lingüística de la Universidad Nacional de Cuyo (UNCuyo) que confeccionó el libro Leo pero no comprendo, una guía práctica sobre estrategias de comprensión lectora "La coherencia de un texto no está en el texto mismo sino en la mente del lector. Es el que lee quien agrega la información y conclusiones tácitas, el que completa el sentido del texto con sus conocimientos previos", asegura Cubo al referirse al libro publicado por la editorial cordobesa Comunicarte, donde participan una docena de académicas.

Lo particular de este libro es que parte de un modelo científico cognitivo que estas estudiosas cruzaron con las últimas líneas de la lingüística, delineando un modelo inédito para evaluar la comprensión lectora, "una prueba diagnóstica que permite distinguir desde el primer día dónde está la dificultad de comprensión y seguir en detalle el proceso de aprendizaje de cada alumno con fórmulas didácticas claras y directas", afirma la catedrática tucumana.

Mientras lo escribieron, hace ya una década, hicieron el esfuerzo de no pensar que iba dirigido a lingüistas para lograr un objeto de divulgación científica. De ahí la anécdota que Cubo trae a la mano: en un congreso de lingüística, cuatro profesores sanjuaninos le comentaron que, para abordar al lingüista holandés Teun van Dijk, antes habían leído este libro. Sobre Van Dijk este grupo trabajó y generó una relectura de su teoría.

La comprensión de textos involucra procesos cognitivos donde lo importante es que el lector logre crear una representación mental y guardarla en la memoria: "los textos expresan significados o se refieren a hechos, elementos y relaciones en el mundo a partir de una representación semántica y proposicional determinada por el que escribe, para que siga el lector", recita con paciencia.

El punto es que, para hacerlo, el lector tiene que poder procesar, primero, formas gramaticales a la par que las palabras y su significado, "porque mientras no pueda hacer esas dos operaciones a la vez no podrá entender el significado del texto ni global ni parcialmente", remarca la académica.

Y si el lector no puede llegar a un significado general, no podrá guardar el texto en su memoria, porque la memoria solamente almacena información semántica o de sentido y no palabras o formas gramaticales "per se", "por eso muchos leen y no comprenden", sintetiza. ¿Qué pasa en ese momento en la mente del lector?: "el lenguaje es un convenio y la gramática lo que hace es dar instrucciones al cerebro para que abra un archivo. Es como el 'enter' de la computadora".

"Si se lee 'fuimos al restorán.

El mozo trajo el menú', cuando se agrega gramática e información se provoca la apertura del archivo restorán y se busca en el guión la palabra 'mozo'".

"Ese guión es una construcción, lo creamos con hechos que se repiten mucho o muy similares, es decir que la información se hace rutina y conformamos el hábito, ganando agilidad y habilidad en la comprensión del texto", señala la académica.

Esa dificultad en la comprensión puede responder a diversas causas, puede pasar que el lector esté en problemas a la hora de decodificar palabras u oraciones, algo común en los primeros años de aprendizaje, cuando se concentran con exceso en reconocer las letras y los fonemas y pierden la cuestión del significado.

Otra cuestión bastante general tiene que ver con problemas de atención, cuando se busca información para darle sentido al texto en conocimientos previos irrelevantes o en la falta de éstos.

Aquí es cuando entra en juego la culturalidad de los lectores. Las razones por las que los alumnos no alcanzan grados de comprensión acordes a su nivel educacional varían según los grupos poblacionales. Cubo recuerda que en dos pruebas piloto en el séptimo grado de una escuela rural mendocina descubrieron que el problema era que esos adolescentes casi no manejaban el lenguaje escrito en sus casas.

"Lo que entendían sin inconvenientes de forma oral no lo comprendían al leer un texto. Ocurre que cuando te hablan te hacés la película de lo que te cuentan, eso mismo hay que hacer frente a un texto, pero ellos no tenían ese hábito para la lectura".

Otra comprobación: "la dificultad se acrecienta cuando los textos no están adaptados al medio cultural del alumno, de estarlo, no hay problemas porque pueden acceder a sus conocimientos previos. Todos los maestros y profesores lo saben, pero a veces tienen que trabajar con textos que vienen de afuera", señala.

El punto es el siguiente: "esas inferencias se hacen a partir del conocimiento previo que se acumula a lo largo de la vida y se supone que la memoria de las personas que viven en la misma comunidad en una misma época deben tener conocimientos similares". Contrario a la fantasía común, los medios gráficos derivados de nuevas tecnologías (blogs, msn, twitter), dice Cubo, juegan a favor de ese procesador perceptual y lingüístico del lector en formación, "la lectura de textos cortos y abreviados incentiva el proceso".

"La tecnología facilita sin ninguna duda la comprensión de textos, todo lo que sea utilizar el lenguaje escrito lo hace ­asegura.

Hay que leer esos textos con los mismos mecanismos que cualquier otro, hallar la intención (algo que a veces ni los universitarios logran, el tema de la lectura crítica) y resumir para, en pocas palabras, decir lo esencial." Entonces, "si el fenómeno de la psicolingüística es complejo, en pocas palabras la respuesta está en contar con sentido común y un conocimiento científico del sistema cognitivo y las estrategias necesarias de comprensión de lectura", resume Cubo, pragmática.

11.9.10

Siete días con Bioy por Brasil

Un libro y una exposición reviven el viaje del escritor durante un congreso

Adolfo Bioy Casares fotografió a estos niños en Brasilia en 1960, cuando la ciudad aún estaba a medio hacer.- HEREDEROS DE ADOLFO BIOY CASARES.fuente:elpais.com

En una semana, ya se sabe, se puede crear el mundo. Adolfo Bioy Casares (Buenos Aires, 1914-1999) se conformó con construir un diario de los siete días de 1960 que pasó en Brasil, invitado a un congreso de escritores del PEN Club. Un diario que gira sobre varios mundos: un encuentro literario en el que coincide con Graham Greene y Alberto Moravia, un reencuentro erótico en suspenso con la brasileña Ofelia -a la que había besado en París nueve años atrás e inmediatamente sucumbió a una gripe titánica- y un desencuentro con una ciudad inventada -Brasilia- que le defrauda por su arquitectura y por el éxodo que desata. "Fotografié, no sé con qué resultado, casas dignas del peor (o del mejor, tanto da) Le Corbusier y a indios, con orejas de un palmo y perforadas, que hace tres años vivían como únicos pobladores de la zona", escribe. Una selección de esas fotos puede verse hasta el 19 en Casa América, donde ayer se presentó la nueva edición del diario, gracias a un acuerdo entre la argentina La Compañía y la española Páginas de espuma.

El pequeño librito, Unos días en el Brasil, tuvo la primera vez una tirada minúscula de 300 ejemplares. Fue el único título que Michel Lafon, que escribe el posfacio en la nueva edición, leyó tras la muerte de Bioy. Lafon, un francés excéntrico que abrazó el español cuando se veía como lengua de pobres y acabaría convertido en catedrático de Literatura Argentina en Grenoble, fue primero fan y luego amigo del autor de La invención de Morel. Tan amigo que, al final de su vida, atrapado en sus dolores físicos y anímicos, era uno de los pocos a los que Adolfo Bioy telefoneaba desde Buenos Aires para pedir ayuda. "Lo leí tras su muerte como una prolongación de su amistad, creo que en la obra hay un encanto literario que funciona bien", señala Lafon.

En el diario, pese a la brevedad, se reflejan todos los Bioy. El alérgico al botafumeiro literario: "Nunca se las daba de escritor, supongo que por la coexistencia diaria con Borges y por su modestia no quería verse como un gran escritor y por eso se siente molesto en congresos en los que hay que asumir el papel de estrella", reflexiona Lafon. El convulsivo seductor que teme el mañana: "Uno sabe que está viejo cuando aparecen lunares en las manos y nota que se volvió invisible para las mujeres". El Bioy irónico y displicente: cuando Alberto Moravia se lamenta de que el artículo que le dedica el argentino Antonio Aíta es una traducción de la solapa de su último libro, Bioy le ataja: "¿De qué se queja? Si Aíta no hubiera tenido a mano esa solapa, ¿imagina lo que hubiera escrito?".

Piglia: "El escritor existe para crear problemas"

Según La Vanguardia, el escritor argentino ha escrito una de las novelas del año, Blanco nocturno

NEGRO. "La novela negra me sirve para superar la dicotomía entre alta y baja cultura" dice Piglia en esta entrevista en España.foto.fuente: Revista Ñ

Ricardo Piglia (Adrogué, Buenos Aires, 1940) ha escrito una de las novelas del año, Blanco nocturno (Anagrama). Como todas las grandes novelas, incuba en su interior múltiples niveles de lectura. Empieza como si Chandler y Faulkner se encontraran en la pampa gaucha de Martín Fierro y después, como en los filmes de David Lynch o de los Coen, un detalle procedente del mundo de los sueños activa un mecanismo que le da un giro insospechado. Hay una lectura lineal de novela negra (las gemelas y el coronel de El sueño eterno), otra platónica sobre las trampas de la percepción de la realidad, una más sobre la construcción de los procesos narrativos, y aun guiños a la realidad argentina (campo/ciudad) y, para fanáticos literarios, el juego de adivinar sus citas y mensajes criptados.

Es su primera novela en trece años desde Plata quemada y en ella regresa su personaje Emilio Renzi. ¿Ha tenido muchas versiones?
Sí, aunque no es que me haya pasado trece años escribiéndola: la dejaba y la iba retomando. Siempre había querido escribir sobre un primo mío (Luca) que se había esforzado por mantener una fábrica de objetos imposibles y que de chico me construía juguetes fantásticos. Una vez me hizo un Nautilus de Julio Verne. En este sentido era una artista, porque no tenía en cuenta su utilidad. En una segunda versión, Renzi espiaba a su vecina (la pelirroja Sofía) y esta le conducía a Luca, en la época de la guerra de las Malvinas. Todo era muy cerrado. Después la novela se fue abriendo, con Luca como eje central y el resto girando a su alrededor.

No es la primera vez que utiliza la novela negra.
Me sirve para superar la dicotomía entre alta cultura y cultura popular. Es una máquina de narrar. Supone una investigación de algo que el investigador no acaba de entender y que averigua a medida que va narrando. No impone su visión del mundo, sino que vacila ante lo incierto y plantea hipótesis que le permiten descifrar la realidad.

Si cambiamos investigador por escritor, le estamos definiendo.
Pero eso está en la tradición argentina, Borges, Onetti, Felisberto Hernández... Junto a Luca, el otro personaje es Croce, un detective atípico, que descifra los crímenes por intuición. Es el detective irracional, contrapunto del detective clásico, que es racional. Pertenece a aquella especie de sospechosos de demencia.

Croce, seguro que el nombre no es casual.
Sí, procede del sargento Cruz, el sargento que se pasa a Martín Fierro admirado por su valentía.

En sus novelas hay elementos que se repiten, el jockey que dispara, las gemelas...
Ya sé que empieza igual que Plata quemada, pero uno nunca se da cuenta de sus propias obsesiones. Mi reto es el de que cada novela sea distinta a las anteriores. El único ancla que me permito es la presencia de Renzi, un pie en tierra, en todas ellas. Y sobre las gemelas me interesaba crear personajes que no están en las novelas argentinas, donde las mujeres suelen ser pasivas, mientras Ada y Sofía Belladona son activas, ponen en marcha el motor de la trama.

Hay otro elemento que se repite a conciencia en sus novelas: la traición. En Blanco nocturno hay muchas. Incluso la de Luca, que mantiene la fidelidad a sus sueños, pero traiciona sus principios.
La traición tiene un interés narrativo extraordinario. Ofrece un efecto de cambio inmediato en la percepción de la realidad. Tú creías una cosa y ahora la ves de forma totalmente distinta.

En la novela hay un momento a partir del cual todo cambia. Es cuando Croce dibuja un trampantojo, un pato que, según se mire, es también un conejo. Y Renzi cree oír a un gaucho la palabra metempsicosis, como la Nora del Ulises.
Sí. Tiene que ver con la herencia, la familia, en este caso, los abuelos, como un tipo de mandato, una metáfora persistente de ese mundo del más allá.

Para leerle hay que ir más allá del sentido literal. Están las máquinas de Roussel hechas de sueños, los circuitos de enigmas y secretos...
Sí, pero teniendo en cuenta que el enigma puede llegar a descifrarse con paciencia, pero al secreto sólo accedes si se te revela.

Y está la relación con la verdad...
Lo planteo con una cita bíblica, el pasaje en que Poncio Pilatos hace de Derrida y pregunta a Cristo "¿Pero qué es la verdad?". Este es el verdadero asunto de la novela, La verdad entre comillas. Yo dejo el final abierto para que el lector elija. Puede que el asesino sea el que dice Croce, o no.

En el debate eterno sobre realismo/formalismo, usted ha conciliado los dos extremos.
Conciliar, no. Los he puesto en tensión. Es la teoría de Barthes,la teoría del ni-ni. Ni una cosa ni otra, sino la tensión entre realidad y ficción, verdad y falso, información y verdad. De ahí el título Blanco nocturno, lo oscuro o lo hermético y lo claro.

¿Qué opina sobre el retorno del realismo como discurso hegemónico?
El escritor existe para crear problemas. Y siempre quedaremos unos cuantos que nos neguemos a aceptar que sólo existe un mundo inmediato con un orden fácilmente comprensible.

Ricardo Piglia contesta preguntas de sus lectores

10.9.10

Skármeta: "Siento que la sociedad latinoamericana tiene muy mutilada el alma"

El autor de Ardiente paciencia, entre otros, cree que la región "aceptó la globalización sin matizarla". Y que "las grandes reservas son los artistas"

ANTONIO SKARMETA. El escritor chileno lanza su nueva novela "Un viaje de película", en noviembre.foto.fuente: Revista Ñ

El escritor chileno Antonio Skármeta llegó el lunes a Buenos Aires con un objetivo central: presentar la película El baile de la Victoria, dirigida por Fernando Trueba, protagonizada por Ricardo Darín, y basada en la novela homónima que le valió al autor el Premio Planeta en 2003.

El objetivo, cuenta, vale también para visitar una ciudad que "lo tiene tomado del corazón".

El vínculo del autor de Ardiente paciencia con Argentina es fuerte: vivió en Belgrano entre los 9 y los 11 años y pasó en el país sus primeros meses de exilio tras el golpe a Salvador Allende, en 1973.


­-¿Qué huellas dejó su experiencia en la Argentina?


-Fue fundamental: por sobre todo, yo soy un narrador, y nací como narrador contándole algo a alguien en forma oral. Y eso sucedió en este país. Cuando vivía aquí, siendo chico, apareció el gusto por la poesía y descubrí una facilidad para recitar versos.

También lo vislumbraron mis maestros y lo fomentaron. Luego ese talento pasó de la escuela al barrio, y las madres me pedían que recite en los cumpleaños.

Me ruborizaba, pero lo hacía, y allí fue cuando me descubrí contando historias.


­-¿Y esa impronta cómo se filtra en su literatura?


-Muchas de mis obras están nutridas de la Argentina, aún cuando no es escenario del relato. Por ejemplo, en El baile de la Victoria, uno de los protagonistas, en Chile, se pone a recitar una propaganda de yerba que yo oía en la radio cuando era chico: "Tomá mate y avívate, que la cosa, che hermano, es muy sencilla". Vaya a saber de dónde habrá salido ese recuerdo.

Y ahora, siete años después, ese tipo está interpretado por Ricardo Darín...


­-Como narrador, usted ha escrito novelas, cuentos, obras teatrales, guiones de cine y de radio, ¿cómo decide hacia qué formato se orienta cada idea?


-Estoy muy pendiente de mi interlocutor, me pregunto por él.

Sé que soy capaz de expresar una emoción, que tengo la técnica necesaria para hacerlo, entonces me pregunto si eso que yo quiero contar va a encontrar un auditor.

Lo que determina el género para una idea es saber cuál es el modo más adecuado para comunicarla.

De ahí en más, puede ser una canción, un cuento, una novela.


­-En una entrevista reciente señaló que el libro y la cultura no circulan como antes y que eso lo obsesiona, ¿qué cree que está pasando?


-Siento que la sociedad latinoamericana tiene muy mutilada el alma, las ganas de crear. Ha aceptado con un gesto sumiso la globalización y no se esfuerza por matizarla. Por suerte, las grandes reservas son los artistas: los cineastas, los músicos, los escritores, los pintores. Hay una tendencia al promedio, y creo que eso es algo desabrido. Por eso creo que es fantástica la intransable actitud de los artistas.


­ -¿Cree que las nuevas tecnologías pueden tomar la posta en este proceso de circulación?
­-Sin querer sonar antiguo, creo que no. Porque si bien se amplían los canales de comunicación, creo que los intercambios de información que se dan en Internet se basan en lugares comunes, que se habla de lo que ya se sabe, y no surgen grandes innovaciones. Y el arte es lo contrario a todo eso, es el reino de la singularidad.

En cuanto al libro específicamente, no creo que el soporte electrónico haga circular más a la literatura. Simplemente porque creo que el libro, el de papel, es infinitamente más moderno que el tecnológico, por sus funciones: se puede subrayar, se puede doblar una página, y si no te gusta, lo puedes tirar por la ventana, algo que nadie haría con un aparato. Si viene el eBook, vendrá, son las leyes de la historia, pero creo que el papel es irreemplazable.
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Skármeta Básico
Antofagasta, Chile, 1940.
Escritor.

Estudió Filosofía e hizo su tesis sobre Ortega y Gasset.
Durante el gobierno de Allende, fue miembro del Movimiento de Acción Popular y Unitaria. Tras el golpe de Pinochet, en 1973, pasó un año en la Argentina y se instaló en Alemania. Allí escribió su primera novela, "Soñé que la nieve ardía" y el libro que lo haría famoso, "Ardiente paciencia", que llegaría al cine como "El cartero de Neruda". En 2003 ganó el Premio Planeta con "El baile de la victoria".

6.9.10

Delator de realidades

Con Blanco nocturno Ricardo Piglia vuelve a la novela, tras el éxito de Plata quemada hace 13 años. Reconocido como uno de los escritores latinoamericanos más importantes, el autor argentino ha creado un libro que arranca como una historia policiaca y deriva en la narración de una vida familiar en los años setenta donde entra en juego la ficción literaria y la realidad


El escritor Ricardo Piglia.foto: DANIEL MORDZINSKI.fuente: elpais.com


La vida como escritor de Ricardo Piglia comenzó en un momento más o menos preciso: en alguno de todos los días -o en cada uno de todos los días- que transcurrieron entre el mes de febrero y el jueves 3 de marzo de 1957. El error de paralaje puede corregirse pero en todo caso la huella primigenia de ese comienzo son unas líneas de su diario personal cuya primera entrada dice así: "3 de marzo de 1957 (Nos vamos pasado mañana.) Decidí no despedirme de nadie. Despedirse de la gente me parece ridículo. Se saluda al que llega, al que uno encuentra, no al que se deja de ver. Gané al billar, hice dos tacadas de nueve. Nunca había jugado tan bien. Tenía el corazón helado y el taco golpeaba con absoluta precisión (...) Después fuimos a la pileta y nos quedamos hasta tardísimo. Me zambullí del trampolín alto. Desde tan arriba las luces de la cancha de paleta flotaban en el agua. Todo lo que hago me parece que lo hago por última vez".

La vida como escritor de Ricardo Piglia comenzó -sin que él lo supiera- en el verano austral de ese año en que tuvo 16, cuando su padre, Pedro Piglia, médico, peronista, perseguido y encarcelado en tiempos de antiperonismo furibundo en la Argentina, decidió que era más seguro abandonar la casa donde habían vivido siempre en Adrogué, un suburbio de la ciudad de Buenos Aires, y mudarse a un sitio donde pudieran inventarse un pasado u omitir, al menos, las partes difíciles. En esos años los kilómetros establecían también una distancia temporal, y los cuatrocientos que separaban a Buenos Aires de una ciudad de la costa atlántica llamada Mar del Plata parecían suficientes. De modo que en menos de un mes los integrantes de la familia Piglia -Pedro Piglia, Aída Renzi y sus dos hijos, Ricardo Emilio y Carlos- desmantelaron todo para empezar la vida en otra parte. El efecto colateral para uno de todos esos integrantes fue tan bueno como devastador: Ricardo, ese chico que apenas si cumplía con el colegio porque prefería frecuentar billares, bailes y partidos de fútbol, se quedó, de un día para otro, sin amigos, sin barrio, sin primos: sin mundo. Así, en una de las tardes de ese tiempo de yeso, en alguna de las habitaciones de la casa ya vacía, empezó a escribir, como defensa y como ataque, un diario -"3 de marzo de 1957: (Nos vamos pasado mañana.)"- y ese no fue el comienzo pero sí la huella primigenia de su vida como escritor.

Años más tarde, a fines de los sesenta, Ricardo Piglia viajó a Turín, la ciudad donde se suicidó Cesare Pavese, y descubrió que, después de anotar aquella línea final en su diario ("Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más"), Pavese había permanecido vivo una semana más. "El Diario terminaba ahí -escribiría Piglia en su cuento 'Un pez en el hielo' incluido en La invasión (Anagrama, 2006)-. Todo estaba decidido. Y sin embargo Pavese pasó una semana antes de matarse (...) Vivió todavía ocho días más, aunque para sí mismo ya era un muerto. El condenado. El muerto vivo. Cuánto tiempo puede sobrevivir, inmóvil, el pez en el hielo. Los ojos atentos a la blancura transparente; la inmovilidad total". Piglia es, hoy, uno de los escritores más prestigiosos de Latinoamérica, profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Princeton, autor de tres libros de relatos, cinco de ensayos, una nouvelle y tres novelas, sin contar la esperadísima Blanco nocturno, que Anagrama publica en España, Chile, México y Argentina. Y todo eso es producto de muchas cosas -de las lecturas, de los amigos, de los bares, del cine, de las mujeres y hasta de sus gafas redondas y sus sacos de lana y su manera de achicar los ojos y adelantar el mentón o acercarlo al pecho cuando habla-, pero es también -¿quizás, seguramente?- producto de la espera fúnebre de aquellas semanas de 1957 en las que contempló todo desde la cáscara helada de su destino inevitable, cuando fue el pez en el hielo, haciendo las cosas como si las hiciera por última vez.

-Compré uvas. Están ricas. Servite.

El departamento no es la casa sino el estudio de Ricardo Piglia, un piso diez en Barrio Norte. Hay, sobre una mesa de madera, un plato de vidrio, vasos con agua, uvas. Son las dos y cuarto de la tarde. Piglia está sentado, de espaldas a una ventana detrás de la que crece un edificio que, probablemente, le quitará a esta sala algo de luz, o de privacidad, o de ambas cosas. Promedia, en Buenos Aires, el mes de agosto.

-Yo tengo una sensación muy fuerte de esos días, desde el momento en que tenemos la noticia de que nos vamos. El desarraigo fue terrible. Lo viví mal. Era muy fúnebre la situación.

El 5 de marzo de 1957 Ricardo Piglia, 16 años, trepó al camión de la mudanza e hizo el viaje hasta Mar del Plata sentado en un canasto de mimbre. "Viví ese viaje", escribiría, años después, en Prisión perpetua (Anagrama, 2007), "como un destierro (

...) no podía concebir que se pudiera vivir en otro lado y de hecho después no me ha importado nunca el lugar donde he vivido".

-Pero fue muy bueno irme. En Mar del Plata empecé a escribir mis primeros cuentos. Iba a un club donde había un bar que estaba abierto toda la noche, y al que iban los periodistas, la gente de la radio, del cineclub.

El club, curiosamente, se llamaba Ambos Mundos -hay hectáreas de estudios académicos y tesis que versan sobre la idea de la dualidad en la obra de Piglia- y allí aprendió (casi) todo gracias a un gringo que, como él, no tenía pasado. Se llamaba Steve Ratliff y fue quien le habló, por primera vez, de William Faulkner, de Henry James, de Scott Fitzgerald.

-Yo ya leía, pero sin método. Había tenido una noviecita en Adrogué. El padre era de familia de anarquistas, leían mucho. Y me acuerdo de la escena. Íbamos caminando, había un muro alto, y ella me dijo: "¿Estás leyendo algo?". Y yo había visto, en la vidriera de una librería, La peste, de Camus. Y le dije: "Sí. La peste, de Camus". Y me dijo: "Prestameló". Entonces compré el libro... me da vergüenza contar esto... pero compré el libro, lo leí esa noche, lo arrugué un poco para que pareciera más usado, y se lo llevé al día siguiente. Y ahí empecé a leer.

-Empezaste a leer por las mujeres.

-Claro. Ese es el sentido. Ahora siempre estoy arrugando un libro para no prestarlo tan flamante.

Después de trabajar un verano como cartero ("Mi padre, con una especie de mecanismo peronista, pensando que el trabajo hace bien, insistió en que tenía que trabajar. Y ahí andaba yo, repartiendo cartas. Duré un mes y medio") emprendió el viaje hacia la ciudad de La Plata, a sesenta kilómetros de la capital argentina, no para transformarse en escritor sino para estudiar historia. Terminó la carrera en cinco años y, durante todo ese tiempo, publicó ensayos y cuentos en revistas. En 1965 se mudó a Buenos Aires, donde un editor colosal de entonces, Jorge Álvarez, le ofreció trabajo como director de una colección de libros, clásicos y policiales.

-Editaba, escribía. Me las arreglaba. Cada tanto tenía que ir al banco de empeño. Llevaba una máquina de fotos y después conseguía la plata para rescatarla. Pero era una época en que había posibilidad de publicar. Nos reuníamos en los bares. Éramos los melancólicos floggers de la época, que iban ahí a hablar de Faulkner. Y de chicas.

En 1967 publicó su primer libro, La invasión, diez cuentos con temas, escenarios y personajes que atravesarían, después, toda su obra: la ficción histórica, el peronismo, el periodismo, el amor homosexual entre hombres bravos, las mujeres lesivas y, claro, la traición, presente -con diversos grados de toxicidad- en relatos como La honda, Mata-Hari 55, Las actas del juicio, Mi amigo.

-Lo que me atrae narrativamente de eso es la nueva luz que tira el momento de la traición. Vos estás viendo las cosas del color tal, y de pronto cambia y se convierte en otra cosa. La traición produce ese momento que es como un flash, sobre quiénes son los buenos, quiénes son aquellos en quienes se podía confiar.

En el relato que da título al libro aparece, por primera vez, Emilio Renzi, periodista y aspirante a escritor que funciona como su álter ego y que aparecerá en muchos relatos y en casi todas sus novelas. En 1975 publicó un libro de cuentos, Nombre falso. Un año más tarde comenzó en la Argentina la dictadura militar que terminaría en 1982 y Piglia escribió Respiración artificial, una novela que lo cambiaría todo.

En los ensayos de El último lector (Anagrama, 2005), Piglia reproduce una carta de Kafka: "Con frecuencia he pensado que la mejor forma de vida para mí consistiría en encerrarme en lo más hondo de una vasta cueva con una lámpara y todo lo necesario para escribir. Me traerían la comida y me la dejarían siempre lejos de donde yo estuviera instalado, detrás de la puerta más exterior de la cueva. Ir a buscarla, en camisón, a través de todas las bóvedas, sería mi único paseo". Piglia se refiere a ese pasaje como "la más extraordinaria descripción que se pueda imaginar de las condiciones de una escritura perfecta".

-Respiración artificial la escribí aislado, en un departamento que daba sobre el Congreso. Los militares habían inventado un comité asesor, no sé qué. Ahí estaban, esos canallas. Y mi ventana daba justo ahí.

En la novela, que se publicó en 1980, Emilio Renzi investiga la historia de Enrique Ossorio -espía, secretario privado de Juan Manuel de Rosas- y para eso debe dar primero con la historia de su propio tío, Marcelo Maggi. El libro produjo un efecto inmediato. Todos vieron subterráneas alusiones a la dictadura, que se multiplicaron en el espíritu de los lectores asfixiados de la época, y Piglia devino un autor fundamental.

-El libro sintonizó con algo. De una manera completamente ajena, porque yo no tenía ninguna intención de decir: "Voy a escribir un libro sobre la dictadura". Yo, en realidad, quería escribir la historia de un tío mío.

En 1986 publicó los ensayos de Crítica y ficción. En 1988, la nouvelle Prisión perpetua. En 1992, la novela La ciudad ausente. En 1993, los ensayos de La Argentina en pedazos. En 1995, los relatos de Cuentos morales. En 1997, la novela Plata quemada, en medio de cierto escándalo (fue ganadora del Premio Planeta-Argentina, pero uno de los finalistas inició un juicio cuyo fallo sentenció que Piglia, "o más específicamente su obra, no debió postularse para la obtención del premio", pues "se encontraba vinculado contractualmente con la editora"). Le siguieron los ensayos de Formas breves en 1999, Diccionario de la novela de Macedonio Fernández, en 2000, y El último lector en 2005. De modo que, desde Plata quemada, Piglia no había vuelto a publicar una novela. Hasta ahora.

Blanco nocturno fue mencionada por Piglia a lo largo de la última década en diversas entrevistas en las que, además de coquetear con la idea de dar a conocer el Diario que comenzó a escribir aquella tarde de 1957 y que no ha abandonado desde entonces, hacía referencia a esa novela que, decía a veces, transcurría en 1982, el año de la guerra de Malvinas o, decía otras, contaba la historia de Emilio Renzi que, sumido en una crisis y encerrado en una casa de Adrogué, releía sus diarios mientras iniciaba una relación con su vecina. Pero Blanco nocturno no es nada de todo eso sino la historia de un hombre y su familia, y no transcurre en 1982 sino en 1972, y su escenario no es el confín gélido del mundo sino un pueblo de la llanura bonaerense con madrugadas luminosas y tardes serenas: "La última luz de la tarde de marzo entraba cortada por las rejas de la ventana y afuera el campo tendido se disolvía, como si fuera de agua, en el atardecer".

-Nunca fue una novela sobre la guerra de Malvinas.

-Sí, no, mirá, mi idea era que la novela sucediera durante la guerra, pero que la guerra no tuviera peso. Y eso lo modifiqué, también. No me lleva tanto tiempo escribir las novelas. Si cuento todo el tiempo serán dos años. Pero la anécdota va cambiando mucho. Y yo, en realidad, quería escribir la historia de mi primo.

Blanco nocturno comienza con Tony Durán, un mulato nacido en Puerto Rico, que llega al pueblo tras los pasos de las gemelas Sofía y Ada Belladona a quienes ha conocido en un viaje por Estados Unidos. Durán se hospeda en un hotel, entabla una relación ambigua con otro extranjero, el japonés Yoshio, y desde entonces vive apenas tres meses y cuatro días más, porque lo matan. Entonces entran en escena el comisario Croce -con más intuición que método, en las antípodas de los detectives racionales del género policial- y Emilio Renzi, que llega como enviado del diario El Mundo para informar sobre el caso y queda prendado de una de las gemelas, Sofía, que, además de contarle la historia del pueblo en largas conversaciones envueltas en un clima muy Gatsby, lo pone al tanto de la historia disfuncional de su familia y de la de su hermano Luca, el personaje en torno al cual gira la novela, un hombre dispuesto a todo con tal de no perder la fábrica de autos que es su obsesión y su vida, y que termina conectado, de manera terrible, con la muerte de Durán.

-En realidad, Luca es mi primo. Él tenía una fábrica, y tuvo una crisis porque las cosas iban mal y su hermano pensó que lo mejor era tener una sociedad anónima. Un día Luca se encontró la fábrica en manos de desconocidos, y le dio una especie de ataque. Empezó a escribir sus sueños en las paredes de la fábrica. Encontró un libro de Jung, como en la novela, y ese libro le dio contenido a su delirio, que consistía en que él podía percibir lo que estaba por pasar si era capaz de leer sus sueños. Yo lo quería muchísimo. Murió hace dos años. Poco antes fui a verlo, hicimos un vídeo, fotos. En un momento pensé que iba a poner esas fotos en la novela, pero decidí que no. Yo quería contar esa historia, pero no como una historia familiar. Quería un tono más épico. Entonces aparecieron el portorriqueño, el crimen, las gemelas.

El portorriqueño, el crimen y las gemelas se entrelazan con la historia de Luca, atrincherado en su fábrica, y la novela, bañada de luces -la luz ambarina que tiñe los encuentros entre Sofía y Renzi; la luz amenazante y cegadora de la fábrica; la luz fantasmal que baña las conversaciones entre Renzi y Croce cuando el comisario pasa una temporada en el manicomio-, se entrelaza, a su vez, con las 42 notas al pie (que incluyen chistes malos -como la número 40, que reproduce un chiste clásico entre dos gauchos-, aclaraciones arbitrarias -como la número 38, que segura que cada vez que Sofía se tendía al sol las gallinas trataban de picotearle las pecas- y la única referencia a la guerra de Malvinas en sus casi 300 páginas) que arman un relato paralelo, autónomo.

-Lo que hice fue ir escribiéndolas aparte. Después elegí algunas arbitrariamente, jugando con la nota al pie como un relato que tiene cierta autonomía.

Pero, dice Piglia, la novela no es una novela policial -aunque tiene un comisario-, ni una novela familiar -aunque tiene una familia-, ni una novela campestre -aunque transcurre en el campo-. En la página 142, en la exacta mitad, el comisario Croce le dice a Renzi que le interesa mostrar que las cosas que parecen lo mismo son, en realidad, diferentes. Y, para eso, dibuja un pato que, si se mira de otra forma, es un conejo. Allí está, según Piglia, el núcleo de todo.

-El pato no lo dibujé yo. Lo hizo el primo de mi mujer que es pintor. Ese es el nudo de la novela. Hay un elemento endogámico en un pueblo, de expulsión de cualquier forastero que no tenga similitud con el universo en que se mueve. Me interesó eso, el juego de parecerse a algo. Qué es ser parecido. Qué quiere decir. Eso, y las falsas percepciones.

Las gemelas parecidas; los inocentes falsos; la luz de la traición que lo transforma todo; el apellido Belladona que refiere, entre otras cosas (¿a una conocida actriz porno, extrema?), a una planta de mitología inquietante que produce, en realidad, midriasis, una dilatación de las pupilas que genera un cambio en las percepciones de la luz.

-Pequeñas distorsiones en la percepción. Eso era el nudo secreto de la novela.

En una de las habitaciones de este apartamento hay cajas y, en las cajas, cuadernos de la marca Congreso con tapas de hule negro, los únicos que Piglia usa para escribir el Diario que empezó aquella tarde de marzo de 1957 y en el que ha volcado, desde entonces, 53 años de escritura permanente. Excepto por algunos fragmentos reproducidos en Prisión perpetua, y por un destello publicado en el número 10 de la revista Dossier que edita la Universidad Diego Portales, de Chile, no se conoce nada del contenido de esta obra de más de medio siglo.

-Yo creo que lo voy a publicar. No dejarlo como libro póstumo, ¿no? En un momento pensé que sería bueno publicarlo bajo la forma de series. La serie de los encuentros en los bares, la serie de las cenas con amigos.

En el Diario, la escritura manuscrita alterna palabras bien dibujadas con otras un tanto rotas. Piglia usa tinta azul, o al menos la usó a veces. Entre las páginas amarillas guarda -¿guardaba?- papeles con anotaciones: cuentas, garabatos, listas de tareas pendientes de las que empiezan con frases como ir a tal parte o comprar tal cosa. Los cuadernos de tapas de hule negro marca Congreso se consiguen en una sola librería de Buenos Aires, en el barrio de La Boca.

-¿Y cuando se terminen los cuadernos en esa librería?

-Imaginate. Cuando se terminen no escribo más. Pero no el diario: nada más. Sería buenísimo, ¿no? Se terminan los cuadernos y se termina todo.

Acontecimientos e ideas

Valenzuela:"Mis novelas son caminos de búsqueda"

Luisa Valenzuela habla de su nueva novela El Mañana (Seix Barral) en la que el secuestro de dieciocho narradoras que viajan a bordo de un barco le sirve para reflexionar sobre la relación de la mujer con la palabra escrita
Luisa Valenzuela, escritora argentina.foto:internet.fuente:adncultura
Como un ejército silencioso, los rostros de diablos, animales y seres mitológicos custodian el misterio de la escritura en el estudio de Luisa Valenzuela. Las decenas de máscaras reunidas en sus viajes por América latina -"Sólo me faltan de Paraguay", aclara orgullosa la escritora- se revelan como una puesta en escena de sus novelas y relatos, en los que la superficie narrativa, las extrañas peripecias y transformaciones que transitan sus personajes ocultan las razones que les dan origen y el secreto del lenguaje que las moldea.

Tal es el caso de El Mañana , su última novela, en la que dieciocho narradoras que navegan en un barco son secuestradas y puestas bajo arresto domiciliario a causa del peligroso poder que esconden en su trato con la lengua. Elisa Algañaraz, una de las escritoras detenidas, aventura diversas hipótesis sobre los motivos de sus secuestradores, hasta que la llegada de Ómer, un traductor israelí con el que vivirá una intensa pasión, le brinda la posibilidad de escapar. De allí en más, su huida le deparará singulares aventuras en las que el encuentro con los otros y sus voces le permitirá poner en cuestión su identidad y redefinirla. En su casa del barrio de Belgrano, la autora de Cola de lagartija dialogó con adncultura sobre la singular experiencia que le brinda la escritura.

-Escribí esta novela a lo largo de, por lo menos, siete años. La interrumpía todo el tiempo, tenía muchos viajes, conferencias, cursos, notas que dar y que escribir, ensayos y demás. Nunca sabía cómo iba a seguir. Era muy difícil volver al mundo que se armó en la novela, pero a lo largo de los años la fui retomando y encontró su propio derrotero.

-¿Cuál fue la motivación inicial?

-Comenzó con la imagen de una escritora encerrada en arresto domiciliario. Creo que en ese momento me sentía un poco excluida. A partir de esa idea del encierro y el aislamiento que silencia la voz, empecé a indagar los problemas de lenguaje que me sugería. ¿Hay una lengua de mujeres? ¿Son distintas las voces femeninas y las masculinas? Al acercarse, la palabra es la misma, pero la carga erótica, la carga eléctrica, la carga emocional son otras. Hice funcionar esta maquinaria narrativa en torno al secuestro de un grupo de escritoras para explorar eso. Casi todas mis novelas son caminos de búsqueda y conocimiento.

-¿Con quiénes identificaría al grupo de escritoras que son secuestradas?

-Son escritoras que trabajan dentro de la literatura, no aquellas que cuentan anécdotas. Me interesan los escritores, hombres y mujeres, que trabajan dentro de la escritura, que toman el lenguaje como principal protagonista de lo que van a decir. Por supuesto que lo que dicen también es importante. Escribir una historia atrapante es interesante aun para uno mismo mientras trabaja. Pero si no se lo hace con las palabras y el tono de voz que corresponden a esa historia o a cada personaje, ya no me interesa. Por eso el número de escritoras es acotado, son pocas en el mundo las que tienen esa conciencia literaria.

-En la novela, Elisa Algañaraz, la protagonista, critica a las escritoras que se adecuan a las "reglas impuestas", y escriben sobre "recetas de cocina, mundos mágicos, amores edulcorados, tropicalidades y viejas historias de amantes de próceres". ¿Es la huida de Elisa una metáfora de la búsqueda de una literatura femenina comprometida con el lenguaje y la realidad?

-No hace falta buscarla porque la hay. Hace falta un reconocimiento mayor. La mirada de la mujer es interesante porque se produce desde otro lugar. Así como ahora el erotismo en la literatura femenina está aceptado, la cuestión política sigue siendo tomada con pies de plomo. No en el periodismo de investigación, pero sí en la literatura. El periodismo pone las cosas en claro, en cambio, en la literatura se producen aguas mezcladas, medios tonos, insinuaciones de cosas que no son visibles pero están; puede calar más hondo en un sentido más inquietante. Creo que las mujeres trabajan con habilidad esa zona desde hace mucho tiempo: ya está en Virginia Woolf o Clarice Lispector. En el presente también hay escritoras que lo hacen muy bien. Hay algunas narradoras jóvenes que me interesan, como Pola Oloixarac y Samanta Schweblin. También otras mujeres, más grandes, como Susana Romano y Susana Cella, tienen unos libros políticos extraños, que trabajan el lenguaje desde lugares muy particulares, y no se las reconoce mucho.

-La novela comienza con un acto de represión, el encierro de las escritoras, pero nunca queda del todo en claro el motivo de la censura. Se sugiere que las escritoras han descubierto un secreto en el lenguaje, pero ni ellas mismas saben de qué se trata. ¿Por qué decidió mantener oculta la causa de su persecución?

-El secreto es uno de los temas que me gusta explorar. Detesto las grandes certidumbres. Sólo quienes quieren tener el poder dicen ser dueños de la verdad. La verdad es multifacética y el hombre no puede conocer todas sus caras. El secreto va mucho más allá, porque se funda en el misterio del lenguaje, del que hablé en mi libro de ensayos Escritura y secreto . El secreto no puede ser develado; una vez que se conoce, deja de existir. Hay otro misterio que se esconde dentro de ése y nunca se llega al origen. Recuerdo que, cuando tenía un taller de escritura en inglés, en Estados Unidos, les señalaba a los alumnos, con una mirada muy latinoamericana, cosas que aparecían en sus relatos. Cuando les mostraba alguna relación oculta entre sus personajes y ellos me preguntaban si debían explicitarla, yo les decía siempre que no. Mi consejo era que lo contornearan y siguieran adelante, porque ellos ya sabían lo que ocurría entre líneas. No hay que matar el secreto porque permite ver por qué surgió eso y cómo se va desarrollando. Pero sólo se logra conservando lo no sabido.

-El Mañana también es una novela de pasajes. La situación opresiva del encierro le permite a Elisa escaparse y refugiarse en Villa Indemnización, donde conoce la realidad de una clase social muy distinta de la suya. ¿Cómo pensó esa transformación del personaje?

-No lo sé. No pensé esa transformación a priori . Uno se propone mil cosas sobre cómo cambian sus personajes, pero después no funcionan porque están contra las reglas de lo que son, de lo que han hecho antes. Hay un hilo oculto que seguir, un hilo sutil de la historia que está a priori de manera inconsciente, no se sabe dónde. Hay que respetarlo aunque sea muy difícil. Hay que tirar de él y sacarlo de a poco. Si tirás muy fuerte, se rompe y si tirás muy despacio, se enreda y se pierde. Tengo que respetar el asunto en sí, no mi idea del asunto. Ésa es la fascinación de la escritura. La solución tiene que surgir de lo que ya está planteado. Por ejemplo, cuando hacia el final de la novela Elisa vuelve a mencionar a Juana Azurduy, me sorprendí, porque ya había dejado a un lado esa referencia.

-¿Por qué eligió a Juana Azurduy como ícono del despertar de Elisa?

-Era una figura que me habitaba desde mucho tiempo atrás. Es mi personaje más admirado de todas las figuras históricas. Las mujeres tenemos pocos modelos femeninos, pocas imágenes que inspiren valentía. Lo interesante de Juana Azurduy, dentro de las pequeñas anécdotas de su vida que menciono, es que era combatiente pero al mismo tiempo era muy madre. Parió en una batalla y salió con sus hijos a pelear. Se le murieron casi todos y los tuvo que enterrar ella misma. Sólo le quedó una, pero siguió peleando por su causa. No eligió; hizo, como pudo, las dos cosas. Su causa interna y su devoción por la libertad fueron enormes, pero también lo fue su espíritu maternal. Era una mujer de un coraje muy grande, reconocida por los próceres que pelearon con ella, como Belgrano.

-En la novela, además de la voz de Elisa, aparecen las voces de los miembros del equipo que intenta rescatar a las mujeres: Esteban, el experto en informática; Rosalba, su mujer, que sufre de una ceguera progresiva, y Ómer, el traductor israelí de origen árabe y ex agente del Mossad. ¿Cómo surgieron esos personajes?

-Conocí una Rosalba que me pareció muy interesante. Era una compañera mía de colegio que tenía retinitis pigmentosa, como Borges. Cuando la conocí veía perfectamente y nadie sabía lo que le iba a ocurrir. Ahora murió. Era una mujer muy valiente, que tomaba su enfermedad con indiferencia. Andaba en bicicleta o podaba la hiedra de su casa con muy poca vista, hasta que llegó a la ceguera casi total. Sin embargo, salió adelante. Pero sólo tomé la posibilidad de la ceguera, yo inventé toda la anécdota.

-Su historia es la que menos se vincula con la trama de la novela. ¿Por qué decidió incorporarla?

-El recuerdo de la verdadera Rosalba me llevó a pensar en qué es lo que se puede leer a ciegas, detrás de un vidrio oscuro. Son diferentes maneras de entender los lenguajes. Aunque te falte la vista, tenés otras maneras de acceder al conocimiento. Al informático, el hacker , le interesa la narración oral. Se sienta en una plaza de Marrakech a escuchar una lengua que no conoce, porque es un decodificador de lenguajes. Ómer está basado en un estudiante israelí de literatura, que era muy crítico de la posición oficial de Israel. Luego me fui informando sobre el asunto. Investigué qué pasaba con los servicios secretos, sobre todo con los traductores que trabajan con documentos reservados. Es un judío gnóstico, un traductor, que finalmente vuelve a pensar en Dios desde el lugar de la negación, desde el Dios absconditum . Todos buscan lenguajes distintos a través de las situaciones que se crean en la novela. Son los intérpretes móviles para llegar a una gran indagación sobre los cruces de lenguajes. Yo no sé qué decir. Nacen por una necesidad de la narración. Si creás un mundo, lo tenés que poblar, pero no podés imponer los pobladores desde afuera. Surgen, aparecen, se presentan. Ése es el secreto del narrador. Hay escritores que hacen un plan; yo no lo hago porque me aburro, no cobra vuelo la narración. Sigo la dinámica de la palabra, de esa composición gramatical que se estructura con un ritmo, una respiración, un impulso que te lleva al otro lado. Pero es mi manera de ver el mundo. Cada quien estructura su mundo mental como se lo dictan sus neuronas. Espero que me lo sigan dictando como hasta ahora.

-¿Qué importancia tiene esta novela en el conjunto de su obra?

-Es muy importante para mí. Aquí hay exploración directa con el lenguaje. En Novela negra con argentinos exploré la escritura con el cuerpo, porque creo que se escribe físicamente. En Travesía exploré las traslaciones, el exilio voluntario, los cambios de lugar y la pérdida de identidad. Aquí exploré, como siempre, el lenguaje. En este momento, es mi novela más importante porque toco el meollo de lo que me interesa como exploración. Es como un ars poetica . Hay otras novelas de una ruptura más explícita, pero ésta es una investigación sobre el lenguaje común y corriente y las diferencias lingüísticas entre géneros y clases sociales. También una indagación en el dominio de los otros a través del lenguaje.

-Se acaba de editar en la Argentina el libro de cuentos Tres por cinco (La Compañía-Páginas de Espuma), que escribió también en estos últimos diez años. ¿Cómo se diferencia su escritura de relatos de la de novelas?

-Los cuentos nacen enteros. A veces en un solo día, y te sorprenden. Creo que quizá ya están escritos en alguna parte del cerebro. Cortázar decía: "Yo me siento ante la máquina de escribir como quien se saca una alimaña de encima". En el libro de cuentos hay uno, "Fin del milenio", que comencé una mañana, al despertar, en ese momento en que afloran cosas que vienen, posiblemente, de los sueños. Me encontré con dos personajes: un cardiólogo enfermo del corazón que toma Viagra y una enfermera de mala vida. Me senté a escribir tranquilamente. Mandé al tipo a Comodoro Rivadavia, donde se encuentra con la enfermera. Tenía que ir a almorzar a casa de unos amigos. Los llamé y les dije que me esperaran para el café, que no llegaba a almorzar, y seguí escribiendo. Luego llamé y dije que no llegaba para el café sino para el té. A mi tercer llamado, ya no quedaba nadie. Seguí escribiendo y terminé el cuento ese mismo día. Mi plan era enfrentar a dos personas siniestras para que pasara algo tremendo, y terminó siendo una especie de historia de amor indirecta. Fue una sorpresa para mí. Estos cuentos los escribí a lo largo del tiempo, más o menos en el período en que escribía El Mañana . El libro comienza con relatos de mujeres que desaparecen, es muy raro eso, sentía que había algo cerca de mí que estaba desapareciendo.

-Tiene una obra extensa, con más de veinte libros publicados, ¿qué siente que cambió en su escritura desde sus comienzos?

-Creo que el manejo de la trama es lo que más se aprende a elaborar. No tomo recursos de otros escritores como ejemplo, aunque sí hay cierta influencia ajena de obras que uno lee y luego olvida. Aprendí a manejar el material y a ajustar los tornillos sueltos. A corregir con más confianza. La experiencia enriquece en ese sentido. Sin embargo, a veces me asombro de mis primeras novelas. Me sorprende el hilo conductor que las une. Creía que eran muy diferentes pero noto que hay una investigación común. Hay una polifonía que viene desde el principio en la que veo un estilo reconocible: la búsqueda dentro de la palabra. Es la manía exploratoria de ver qué hay más allá, de dar el otro paso.

3.9.10

Marc Augé: "El mundo digital construye la ilusión de conocer todas las respuestas"

El antropólogo francés dio una conferencia sobre identidades virtuales y literatura, en el Malba, en la apertura del Festival de Literatura de Buenos Aires

El antropólogo francés, Marc Augé.foto.fuente: Revista Ñ

Que las dos ediciones del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires hayan sido inauguradas por dos figuras ajenas al ámbito estrictamente literario es por los menos extraño. Y ya casi una tradición.

En 2008 fue el turno del filósofo italiano Gianni Vattimo. Ayer le tocó al antropólogo francés Marc Augé. Con él, en un colmadísimo auditorio del Malba, se puso en marcha el Filba 2010.

El festival ideado por Pablo Braun y Soledad Costantini tendrá esta vez un total de siete sedes en las que, hasta el domingo, habrá conferencias. Y performances como la anterior a la intervención de Augé, del cuentacuentos colombiano Nicolás Buenaventura.

El autor de El viajero subterráneo. Un etnólogo en el metro se refirió a la evolución de la antinomia entre los conceptos de "lugar" y "no lugar", que acuñó y le dio fama. Con la segunda categoría, Augé se refería a los espacios dominados por una naturaleza transitoria, como un aeropuerto o un supermercado; en oposición a los "lugares", donde siempre es posible leer mejor "las inscripciones sociales". "En la actualidad un supermecado es un lugar de encuentro para jóvenes de la periferia parisina", contrapuso.

Sin embargo, para este etnólogo de la Escuela de Estudios en Ciencias Sociales de París, Internet y el horizonte virtual de las comunicaciones son los motores que revolucionan las relaciones humanas
."La ficción y la imagen reorientan nuestra relación con la historia y la actualidad", sentenció Augé, siempre con cierto tono apocalíptico y su castellano gutural. Para él, las comunidades virtuales son en primer lugar agrupaciones de usuarios y, por ende, agrupaciones de consumidores, una figura dominante en el mundo de la antropología actual.

"La aparición de la identidad digital plantea varios problemas, porque puede ser utilizada para actividades lúdicas, públicas o laborales. Se pueden usar nuevos nombres y cambiarlos. Son nuevas máscaras", señaló. Con estas identidades el sujeto pasa del otro lado del espejo y asume el riesgo de convertirse en un actor de teatro improvisando todo el tiempo una identidad prestada: "Una forma de esquizofrenia de la que no es fácil desembarazarse. El mundo cibernético no se plantea nuevos temas, pero construye la ilusión de conocer todas las respuestas ", sentenció. Para Augé en ese pasaje al otro lado del espejo el sujeto necesita convertirse en su propia imagen. Todo eso en un contexto en el que, según el teórico, el mundo corre el riesgo de convertirse en una oligarquía planetaria. "Garantizar la libertad de los individuos sin condenarlos al anonimato es la función más alta de la democracia", concluyó Augé cuando promediaba los tres cuartas partes de su exposición.

En ese momento se permitió una pregunta que involucró más directamente a la literatura.

"¿Cuál es el lugar del escritor?", interrogó a una sala plagada con varios de los autores que participarán del festival . El escritor, como el usuario de Internet, también tiene un problema de identidad y quiere saber quién es. "Dos milenios de monoteísmo y un siglo de psicoanálisis nos convencieron de que el sentido proviene del pasado.

El escritor escribe por la intención y la necesidad de ser leído, para establecer una relación y comprometer el futuro, busca a otros y regresa a sí mismo para explicarse . La literatura responde al llamado del futuro del porvenir, no al llamado del pasado", señaló.

El autor de Travesía por los jardines de Luxemburgo advirtió que para entender algo sobre el misterio de la creación literaria es necesario quitarse los anteojos freudianos o marxistas que miran al pasado en vez de al futuro y a los lectores. "El autor es un doble que quiere establecer relaciones para existir. La relación identidad-alteridad necesita siempre del futuro", dijo antes de que una multitud de dobles, autores y lectores, lo aplaudiera con ganas.

Augé Básico
Poitiers, Francia, 1935.
Antropólogo.

Es director de la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París. Entre sus libros: Los no lugares: espacios del anonimato (1993), Hacia una antropología de los mundos contemporáneos (1995), Ficciones de fin de siglo (2001), Diario de guerra: El mundo después del 11 de septiembre (2002), ¿Por qué vivimos? Por una antropología de los fines (2004).
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27.8.10

¡Animate a escribir un minicuento!

Los invitamos a construir un relato a partir de la consigna

foto.fuente:lanacion.com.ar

¿Qué esperás para armar tu minicuento? ¡Animate! Para esta semana les proponemos una nueva consigna. Esta consiste en la escritura de un relato que finalice: Y no tardamos más de veinte minutos?

En respuesta a las sugerencias de los miembros del foro de cuentos hemos creado este espacio con el fin de brindar una opción más completa y creativa. Podrán dejar sus relatos en el espacio al pie de la página.

Este formato permite cuentos de hasta 1000 caracteres; les pedimos que lo tengan en cuenta a la hora de ingresar sus creaciones.
Los invitamos a continuar compartiendo sus cuentos.
Si desea dejar sugerencias para nuevas consignas pueden hacerlo en participacion@lanacion.com.ar

24.8.10

El orden ficticio

El escritor argentino dictará, el 25 de agosto, la conferencia Lectura del mundo en la Universidad de San Martín. Aquí critica a la maquinaria económica que incita a la estupidez

FUNCION. Gracias a la lectura, dice Manguel, reconstruimos el mundo y sabemos movernos en él.foto.fuente: Revista Ñ

No es posible pensar a la universidad desprendida de la vida. En una época como la nuestra, la universidad debería recorrer su propia trayectoria para extraer de allí la interpelación que reformule su sentido y desagregue un nuevo modelo institucional. La universidad deber ser un laboratorio de innovación teórica." Con estas palabras, el Rector de la Universidad de San Martín, Carlos Ruta, ponía en marcha el programa Lectura Mundi, que el próximo 25 de agosto inaugurará el escritor Alberto Manguel, uno de los escritores más eruditos de nuestro tiempo que no realizó estudios universitarios por considerarlos aburridos. La mirada aguda y crítica de este escritor que durante años se reunía a leer en voz alta junto a Borges (otro referente de la cultura argentina que no tiene título universitario) ha generado una gran expectativa en ambientes poco prestos a las perturbaciones.


­En su libro "La biblioteca de noche", usted resalta la porfía humana de conferirle sentido y orden a un mundo que al mismo tiempo parece obstinarse en el caos y la imprevisibilidad. ¿Es posible extraer de ese juego una lectura del mundo? Y en tal caso, ¿la lectura puede ordenar o es sólo un sucedáneo?
­Nosotros, seres humanos, podemos definirnos como "especie lectora". Venimos al mundo condicionados para leerlo, es decir, para imaginarlo e interpretarlo.

Nuestra habilidad imaginativa nos permite reconstruir la experiencia del mundo para aprender a conducirnos en él, en un sentido práctico. Y esa reconstrucción es el resultado de una lectura. Quiero decir: a través de los sentidos, recibimos señales neutras que las recibimos al mismo tiempo que las interpretamos y las cargamos de sentido: el color rojo no lleva en sí mismo el significado de peligro o de combate, un dromedario no posee en sí mismo la calidad de feo o lindo. Todo eso no lo recibimos como un conjunto de sensaciones arbitrarias sino como parte de un lenguaje que, imaginamos nosotros, está narrándonos algo.

De allí surge la antigua metáfora del mundo como libro.


­¿Y hay un orden posible?
­El "orden" que leemos en el mundo es, por supuesto, ficticio.

No proviene de un supuesto "autor" divino o natural, proviene de nuestros deseos y necesidades de sobrevivencia. De la misma manera que leemos animales y dioses en las constelaciones, y supuestas historias en la gente que vemos en el subte, así leemos el mundo, aunque no obedezca el orden que imaginamos. Y esa lectura del mundo, eso que a veces traducimos en lo que llamamos literatura, nos permite creer que podemos entender algo de ese orbe incomprensible.


­¿Cuál es el vínculo entre los libros y la noche?
­De día, los libros en una biblioteca obedecen a normas más evidentes, más estrictas: a la luz del día, podemos ver cómo han sido clasificados, con qué otros se codean, cuál es su posición en la biblioteca. De noche, sobre todo en las bibliotecas oscuras que me gustan, ese contexto desaparece y estoy a solas con el libro en un espacio que para mí tiene algo de fantasmagórico. De noche, siento la presencia del libro de un modo más secreto, menos categórico.

Para entender lo que estoy diciendo, pruebe leer El desierto de los tártaros , solo, de noche, en una biblioteca sin gente...


­¿Internet es la prolongación digital de la enciclopedia?
­No sé si es válido comparar Internet a una enciclopedia. Una enciclopedia es un instrumento estrictamente ordenado, que tiende a resumir y a canonizar. Internet obedece a una multitud de órdenes y sistemas o programas preestablecidos, y en vez de resumir, explaya, se multiplica, no pretende decir una verdad sino muchas.

Además, los primeros enciclopedistas, gente como Diderot y Voltaire, creían en la educación de la inteligencia, en la búsqueda del conocimiento profundo y lógico.

Internet, si bien permite ese uso inteligente, es sobre todo un instrumento que brinda la ilusión de conocimiento sin esfuerzo, a través de la acumulación ilimitada, y prefiere lo superficial a lo profundo, lo inmediato a aquello que requiere tiempo y fatiga. Pero claro, como todo instrumento, su valor depende de quién lo usa y de cómo es usado.


­¿Cómo piensa su vínculo con el futuro un escritor que cabalga entre dos épocas?
­Mi vínculo con el futuro es preguntarme, con mínima curiosidad, si voy a despertarme a la mañana siguiente. Después veremos. Hay quienes sostienen que los nativos digitales han decidido prescindir de la profundidad, la radicalidad y la gravedad para habitar un mundo más superficial, menos ambicioso y más liviano, pero más humano.


­¿Qué opina de esta generación de Bartlebys que, sin rupturas ni revoluciones, con un simple "preferiría no hacerlo", abre una nueva dimensión política?
­ No creo que la generación digital sea una generación de Bartlebys.

El Bartleby de Melville prefiere no hacer nada pero activamente. La generación digital deja, en gran medida, que la elección la hagan otros. Es útil recordar, hablando por ejemplo de "lectura interactiva", que es "interactiva" sólo en la medida en la que el programa utilizado lo permita. Yo no puedo explorar una palabra no programada, o conectarme con otro sitio con el cual no se haya establecido un "link" de antemano. Y quien quiera utilizar Internet para lo que sea ­buscar información, enviar un e-mail, ver un video­ debe hacerlo sometido a un diluvio de imágenes y anuncios publicitarios impuestos por otros. Edith Wharton decía no poder escribir una carta sabiendo que había alguien en la habitación de al lado. No quiero imaginar lo que hubiese sentido la pobre mujer, escribiendo en medio de una cacofonía de anuncios y solicitudes, vigilada por un programa electrónico que subraya sus errores de ortografía y gramática, y sabiendo que al menor descuido alguna persona extraña leerá su correspondencia.

En tal contexto, es difícil rescatar el libre albedrío.


­¿Cómo convive con los avatares políticos del lugar en que despliega su vida cotidiana?
­Samuel Beckett decía que, siendo un extranjero en Francia, no le correspondía dar su opinión sobre la situación política del país que lo albergaba: nunca firmaba peticiones, no iba a manifestaciones, no escribía cartas de protesta a los diarios. Yo, menos sabio que Beckett, no puedo quedarme callado. Viviendo en un país donde se ha instalado un abominable Ministerio de Identidad Nacional e Imigración para definir quién es y quién no es francés; donde el presidente tacha a los habitantes de los barrios pobres de racaille, "basura"; donde otro ministro dice de los imigrantes argelinos que "uno de ellos está bien, pero el problema empieza cuando hay muchos"; donde el presidente pregunta en público para qué sirve leer el clásico francés más importante del siglo XVII, como La Princesse de Clèves ; donde la ministra de financias declara que los franceses deben "pensar menos y trabajar más"; viviendo en un país así siento la obligación de denunciar estas infamias. Si no lo hago, no tengo derecho a dar mi opinión ni sobre literatura ni sobre nada.


­Usted homologa la Torre de Babel y la Biblioteca de Alejandría como símbolos de la ambición humana: desafiar a Dios y poseer todo el conocimiento. Esas pulsiones también inspiraron el iluminismo que hoy capitula frente a nuevos paradigmas.

¿Cuál considera que es el vínculo con la autoridad y el conocimiento que conlleva este cambio de paradigmas?
­ La maquinaria económica que hemos construido necesita, para funcionar, que no seamos curiosos, que no ref lexionemos. Para avanzar, esa maquinaria debe hacerlo en un mundo en el que todo incite a la estupidez, a hacernos creer que no somos lo suficientemente inteligentes para merecer Alejandría ni hábiles como para construir Babel. A menos que la detengamos y la destruyamos, esa maquinaria nos destruirá a nosotros. Pero quizás no sea demasiado tarde para cambiar...