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10.9.10

Skármeta: "Siento que la sociedad latinoamericana tiene muy mutilada el alma"

El autor de Ardiente paciencia, entre otros, cree que la región "aceptó la globalización sin matizarla". Y que "las grandes reservas son los artistas"

ANTONIO SKARMETA. El escritor chileno lanza su nueva novela "Un viaje de película", en noviembre.foto.fuente: Revista Ñ

El escritor chileno Antonio Skármeta llegó el lunes a Buenos Aires con un objetivo central: presentar la película El baile de la Victoria, dirigida por Fernando Trueba, protagonizada por Ricardo Darín, y basada en la novela homónima que le valió al autor el Premio Planeta en 2003.

El objetivo, cuenta, vale también para visitar una ciudad que "lo tiene tomado del corazón".

El vínculo del autor de Ardiente paciencia con Argentina es fuerte: vivió en Belgrano entre los 9 y los 11 años y pasó en el país sus primeros meses de exilio tras el golpe a Salvador Allende, en 1973.


­-¿Qué huellas dejó su experiencia en la Argentina?


-Fue fundamental: por sobre todo, yo soy un narrador, y nací como narrador contándole algo a alguien en forma oral. Y eso sucedió en este país. Cuando vivía aquí, siendo chico, apareció el gusto por la poesía y descubrí una facilidad para recitar versos.

También lo vislumbraron mis maestros y lo fomentaron. Luego ese talento pasó de la escuela al barrio, y las madres me pedían que recite en los cumpleaños.

Me ruborizaba, pero lo hacía, y allí fue cuando me descubrí contando historias.


­-¿Y esa impronta cómo se filtra en su literatura?


-Muchas de mis obras están nutridas de la Argentina, aún cuando no es escenario del relato. Por ejemplo, en El baile de la Victoria, uno de los protagonistas, en Chile, se pone a recitar una propaganda de yerba que yo oía en la radio cuando era chico: "Tomá mate y avívate, que la cosa, che hermano, es muy sencilla". Vaya a saber de dónde habrá salido ese recuerdo.

Y ahora, siete años después, ese tipo está interpretado por Ricardo Darín...


­-Como narrador, usted ha escrito novelas, cuentos, obras teatrales, guiones de cine y de radio, ¿cómo decide hacia qué formato se orienta cada idea?


-Estoy muy pendiente de mi interlocutor, me pregunto por él.

Sé que soy capaz de expresar una emoción, que tengo la técnica necesaria para hacerlo, entonces me pregunto si eso que yo quiero contar va a encontrar un auditor.

Lo que determina el género para una idea es saber cuál es el modo más adecuado para comunicarla.

De ahí en más, puede ser una canción, un cuento, una novela.


­-En una entrevista reciente señaló que el libro y la cultura no circulan como antes y que eso lo obsesiona, ¿qué cree que está pasando?


-Siento que la sociedad latinoamericana tiene muy mutilada el alma, las ganas de crear. Ha aceptado con un gesto sumiso la globalización y no se esfuerza por matizarla. Por suerte, las grandes reservas son los artistas: los cineastas, los músicos, los escritores, los pintores. Hay una tendencia al promedio, y creo que eso es algo desabrido. Por eso creo que es fantástica la intransable actitud de los artistas.


­ -¿Cree que las nuevas tecnologías pueden tomar la posta en este proceso de circulación?
­-Sin querer sonar antiguo, creo que no. Porque si bien se amplían los canales de comunicación, creo que los intercambios de información que se dan en Internet se basan en lugares comunes, que se habla de lo que ya se sabe, y no surgen grandes innovaciones. Y el arte es lo contrario a todo eso, es el reino de la singularidad.

En cuanto al libro específicamente, no creo que el soporte electrónico haga circular más a la literatura. Simplemente porque creo que el libro, el de papel, es infinitamente más moderno que el tecnológico, por sus funciones: se puede subrayar, se puede doblar una página, y si no te gusta, lo puedes tirar por la ventana, algo que nadie haría con un aparato. Si viene el eBook, vendrá, son las leyes de la historia, pero creo que el papel es irreemplazable.
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Skármeta Básico
Antofagasta, Chile, 1940.
Escritor.

Estudió Filosofía e hizo su tesis sobre Ortega y Gasset.
Durante el gobierno de Allende, fue miembro del Movimiento de Acción Popular y Unitaria. Tras el golpe de Pinochet, en 1973, pasó un año en la Argentina y se instaló en Alemania. Allí escribió su primera novela, "Soñé que la nieve ardía" y el libro que lo haría famoso, "Ardiente paciencia", que llegaría al cine como "El cartero de Neruda". En 2003 ganó el Premio Planeta con "El baile de la victoria".

6.7.10

El arte de la resurrección

"El aliento y la fuerza narrativa de la novela, así como la creación de una geografía personal a través del humor, el surrealismo y la tragedia"

Portada El arte de la resurección.Alfaguara.2010

A pesar de ser uno de los novelistas más leídos de su país, Hernán Rivera Letelier (Chile, 1950) es poco conocido fuera de la nación que lo vio nacer y en la que ha vivido siempre. Su internacionalización estuvo a punto de concretarse en 2002, cuando quedó finalista del Premio Alfaguara con su estupenda novela Santa María de las flores negras, que recrea la matanza de mineros huelguistas y sus familias ocurrida en 1907 en una escuela de la ciudad chilena de Iquique. El galardón terminó en manos de Tomás Eloy Martínez por su novela El vuelo de la reina. Desde entonces, Rivera Letelier ha escrito seis novelas más. Por la más reciente, El arte de la resurrección, obtuvo al fin el Premio Alfaguara de Novela en este 2010. Los méritos que el jurado ha visto en el libro son "el aliento y la fuerza narrativa de la novela, así como la creación de una geografía personal a través del humor, el surrealismo y la tragedia".

Para quienes no lo ubiquen, Hernán Rivera Letelier nació hace 60 años en Talca, ciudad al centro de su país, pero siendo todavía un niño se trasladó junto a su familia al norte, a la pampa salitrera, donde trabajó como minero durante 30 años, hasta que las minas cerraron. A la par que su rudo trabajo, Rivera Letelier alimentaba con libros su hambre de aventuras, de vivir otras vidas. Probablemente los autores que más lo marcaron fueron los grandes narradores latinoamericanos del siglo XX, especialmente Juan Rulfo, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa.

Si bien publicó un libro de poemas en 1988 y uno de cuentos en 1990, la obra que hizo famoso a Rivera Letelier fue la novela La reina Isabel cantaba rancheras, publicada en 1994, premiada por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura, y su libro más célebre hasta el momento. En él, el autor relata, con recursos propios del "boom" de la novela hispanoamericana (fragmentación, inversión del orden temporal, varios planos narrativos), las duras condiciones de vida de los mineros chilenos y el oasis que significa para ellos sus encuentros con prostitutas, los cuales les ayudan a soportar mejor el calor, la miseria y la soledad.

Hernán Rivera Letelier (Foto © Glenn Arcos)

Al parecer, los libros de Rivera Letelier no han tenido buena acogida entre la crítica chilena, a pesar de que, traducidos, le hayan reportado al autor reconocimientos como ser nombrado Caballero de la Orden de las Artes y las Letras por el Ministerio de Cultura de Francia. Hernán Rivera Letelier es, ante todo, un contador de historias. La mayoría de sus obras están ubicadas en la pampa chilena y tienen como protagonistas a mineros explotados por sus patrones y a prostitutas generosas. El chileno es un novelista preocupado por las cuestiones formales de sus libros, como la estructura y el estilo (aunque él diga lo contrario). Sus relatos rehúyen lo panfletario a través del humor y de la construcción de personajes fascinantes, y siempre tienen como propósito central contar historias que emocionen al lector y de paso lo sensibilicen respecto de ciertos conflictos que rebasan las anécdotas que los engendran, como la soledad, la explotación, la búsqueda del amor, entre otros. Como Balzac, como García Márquez, como Vargas Llosa, Rivera Letelier ha construido un mundo propio a través de sus novelas, en el cual los personajes transitan de un libro a otro.

Es el caso del Cristo de Elqui, protagonista de El arte de la resurrección. Según confesión del autor, el personaje real que le inspiró al ser ficticio que es el centro de este libro apareció en su vida un día en que, siendo muy joven, llegó a casa y su madre le dijo algo como: "Vienes más desaliñado que el Cristo de Elqui". A partir de entonces, Rivera Letelier supo de este hombre singular que se creía la reencarnación de Cristo y había predicado, con gran elocuencia y favor popular, en el desierto chileno en la primera mitad del siglo XX. El personaje apareció en una breve escena de La reina Isabel cantaba rancheras (1994), primera novela del autor; después ocupó un lugar de mayor relevancia en Los trenes se van al purgatorio (2000), otra de sus novelas; luego tuvo una pequeña participación en Mi nombre es Malarrosa (2008), su antepenúltima novela; y por último se convirtió en el protagonista de El arte de la resurrección (2010).

El inicio de la obra está ubicado en 1942, año en que Domingo Zárate Vega, mejor conocido como el Cristo de Elqui, escucha la historia de una prostituta piadosa de nombre Magalena Mercado. Es un cristo muy singular este: no censura los deseos carnales; por el contrario, los reconoce en él mismo y no tiene ningún reparo en aliviarlos apenas se le presenta una oportunidad. Alguna vez tuvo una pareja estable, pero los padres de la muchacha se la arrebataron recluyéndola en un convento. Ahora anda en busca de una mujer que lo acompañe en su peregrinar por el desierto, extendiendo la palabra de Dios. La candidata indicada parece ser Magalena Mercado.

Cristo de Elqui

En su camino hasta La Piojo, la oficina salitrera donde vive Magalena, el Cristo de Elqui no desaprovechará la oportunidad de vender los folletos con sus prédicas, pregonar para las multitudes que lo siguen, anunciar el inminente final del mundo y solidarizarse con los explotados. A pesar de ello, de la devoción del personaje en su labor, las cosas no saldrán precisamente como él espera: será blanco de burlas de los incrédulos y de los ataques de las autoridades y la Iglesia, que ven en él una amenaza contra lo que representan. A partir del capítulo 9 del libro, veremos la alternación entre el presente del Cristo de Elqui y sus orígenes: dónde nació y cómo es que llegó a asumirse como la reencarnación del hijo de Dios.

Los capítulos que dan cuenta del presenta de Domingo Zárate Vega suelen ser narrados por una voz en primera persona del plural, que da testimonio de las andanzas del Cristo. En cuanto a los capítulos que relatan el origen del iluminado, son narrados en tercera persona del singular. En unos y otros capítulos, un recurso muy usual es pasar la voz del narrador principal a un narrador personaje sin indicación formal, de modo que la transición entre una voz y otra es fluida y casi imperceptible.

Más que en la intriga y en un ritmo narrativo veloz, la apuesta de El arte de la resurrección está centrada en la construcción de sus personajes: además de su protagonista, quijotesco y muy atractivo por constituir un cristo muy cercano a los seres humanos, a sus miedos y apetencias, así como por el grado de locura que presenta al desafiar una realidad muy hostil, la novela presenta un puñado de personajes singulares (como la prostituta santa o el loco barrendero) que juntos conforman un universo anómalo, lleno de ternura y humor, donde nada es lo que debía ser y aun así sentimos próximo.

Si bien no es esta una de esas novelas que no se pueden soltar, cuyo conflicto irresuelto hasta el final jalona de forma poderosa la atención del lector, El arte de la resurrección es un libro digno de leerse por varias razones: nos pregunta si la locura no será más bien la razón en un mundo de explotadores y explotados, donde las causas justas parecen pasadas de moda; nos presenta a un personaje íntegro, que lucha por lo que cree y cuestiona la hipocresía de la sociedad en la que le tocó vivir; y alimentaba de forma satisfactoria nuestra hambre de historias, asombrosas o singulares o cómicas, que complementan nuestro día a día y nos franquean el acceso a otros mundos.

Javier Munguía

El arte de la resurrección.

Hernán Rivera Letelier
Alfaguara (México, 2010)

Fuente:http://javiermunguia.blogspot.com

20.5.10

Letelier: "El desierto de Atacama es mi Comala, mi Macondo, mi Santa María"

El escritor chileno recibe el XIII Premio Alfaguara con una edición digital de su propia novela

El escritor chileno Hernán Rivera Letelier, en Madrid.foto.fuente:elpais.com

"Cada página es comestible y cada palabra se respira, pasa a los pulmones, a la imaginación, al pensamiento". Esto ha dicho Manuel Vicent, presidente del jurado del XIII Premio Alfaguara de novela, sobre El arte de la resurrección, la novela ganadora de esta edición.


En ella el escritor chileno Hernán Rivera Letelier cuenta la historia del Cristo de Elqui, un personaje real que en los años cuarenta recorrió Chile anunciando el fin del mundo. Esta mañana, en la entrega del premio, Vicent ha destacado el sentido musical de Rivera Letelier y ha señalado que la historia que el autor de Antofagasta cuenta en su novela es "actual", pero también "medieval o renacentista o de cualquier época porque las pasiones que retrata no han cambiado a lo largo del tiempo". La peculiaridad en el caso del libro ganador es que "estas pasiones están diluidas en las historias del desierto".

Tras las palabras de Vicent, Ignacio Polanco, presidente del grupo Prisa, ha hecho entrega a Hernán Rivera de un premio que consiste en 130.000 euros, una escultura de Martín Chirino y, como reza su lema, "400 millones de lectores". Desde mañana mismo, al ganador le espera una gira que le llevará hasta otoño por toda América Latina. En estos días, de hecho, Andrés Neuman, ganador de la edición de 2009, publica Cómo viajar sin ver (Alfaguara), su particular diario de ese maratoniano periplo.

Premio en versión digital

Este año, además, Polanco entregó a Rivera Letelier un libro electrónico con la versión digital de El arte de la resurrección. El Alfaguara se convierte así en el primer galardón literario que se publica en España en ese formato. Esa versión estará disponible para los lectores a finales de este mes en la plataforma Libranda, que reúne, entre muchas otras, a grupos editoriales como Santillana, Planeta y Random House Mondadori y que será presentada en público el próximo 8 de junio, durante la Feria del Libro de Madrid.

El sobrio acto de entrega del premio Alfaguara lo ha cerrado el propio premiado con unas palabras en las que ha reconocido su sensación de "ser un impostor" y su temor de que "un ejecutivo de Alfaguara" le tocara en el hombro antes de mandarlo de un "puntapié" a su país, a su desierto. Hernán Rivera Letelier ha recordado también que fue su madre la primera persona a la que oyó hablar del Cristo de Elqui, un personaje que fue apareciendo en varias de sus novelas hasta alzarse con el papel protagonista en El arte de la resurrección. "Venís más descachalandrao que el Cristo de Elqui" fueron las palabras de su madre. Él venía sucio y desastrado de jugar en ese desierto que para el escritor fue su patio de juegos y su territorio mítico: "El desierto de Atacama es mi Comala, mi Macondo, mi Santa María".

"¿Para qué escribir si no es para hacer una obra maestra?"

22.3.10

Hernán Rivera Letelier gana el premio Alfaguara

El autor chileno narra en El arte de la resurrección las peripecias de un iluminado en los remotos territorios de las salitreras chilenas

Hernán Rivera Letelier, autor chileno. fUENTE:elpais.com

"Humor, surrealismo y tragedia en una geografía personal. Así es El arte de la resurrección, la novela con la que el escritor chileno Hernán Rivera Letelier acaba de ser galardonado con el Premio Alfaguara 2010 , dotado con 175.000 dólares (unos 129.279 euros) y una escultura de Martín Chirino.
Ambientada en el desierto chileno en la primera mitad del siglo XX, la novela narra las peripecias de un iluminado, Domingo Zárate Vera, conocido como el Cristo de Elqui, un vagabundo que se cree la reencarnación de Cristo y que desde los 33 años lleva 10 predicando por las tierras chilenas, se entera de que en una de las oficinas salitreras vive una prostituta que siente veneración por la Virgen del Carmen y a la que sus clientes consideran una verdadera creyente. Domingo, que ya ha tenido una serie de discípulas-amantes, va en busca de ella para convencerla de que le acompañe en su sagrada misión de advertir a las gentes de la inminente llegada del fin del mundo.

Crónica social y realismo mágico

En palabras del jurado, presidido por Manuel Vicent y compuesto por Soledad Puértolas, Gerardo Herrero, Juan Miguel Salvador, Juan Gabriel Vásquez y Juan González, El arte de la resurrección mezcla la crónica histórica y social con elementos del realismo mágico. Su fuerza está en sus personajes; sobre todo, en el Cristo que recuerda a otros de Valle Inclán, García Márquez o Vargas Llosa.

Nacido en 1950 en Talca, no lejos de la zona más afectada por el terremoto del pasado 28 de febrero , Hernán Rivera Letelier es autor de la novela La Reina Isabel cantaba rancheras, premiada por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura en 1994, y es una de las obras literarias de más vasta difusión de la narrativa chilena reciente. El mismo Consejo premió dos años después Himno del ángel parado en una pata. A ambas le siguieron: Fatamorgana de amor con banda de música (1998); el libro de cuentos Donde mueren los valientes (1999); Los trenes se van al purgatorio (2000); Santa María de las flores negras (2002). Canción para caminar sobre las aguas (2004), Romance del duende que me escribe las novelas (2005), El fantasista (2006), Mi nombre es Malarrosa (2008) y La contadora de películas (2009). En 2001, Rivera Letelier fue nombrado Caballero de la Orden de las Artes y las Letras por el Ministerio de Cultura de Francia.

Entre los ganadores del Premio Alfaguara de Novela hay autores como Eliseo Alberto, Sergio Ramírez, el propio Manuel Vicent, Clara Sánchez, Elena Poniatowska, Tomás Eloy Martínez, Laura Restrepo, Santiago Roncagliolo y Andrés Neuman.

Visita aquí la página oficial de la editorial Alfaguara

15.3.10

Lemebel:"Mi escritura es un género bastardo"

ENTREVISTA

El escritor y perfomer chileno habla de su escritura y de sus febriles días de juventud

Lemebel es un referente de la actitud provocadora en la cultura chilena fOTO: MARTÍN ACOSTA. fUENTE:ADNCultura

"Hablar con Pedro Lemebel produce la misma sensación de alteridad radical y encantamiento que leer la prosa barroca de sus relatos y crónicas, o ver los registros de sus performances. La entonación abolerada y los adjetivos filosos del escritor, artista visual y militante chileno son las armas con que atrapa la singularidad del mundo marginal y castiga a la farándula cómplice del pinochetismo en las crónicas de La esquina es mi corazón (1995) y De perlas y cicatrices (1997). Ese estilo marca también el tono de su posición política que, ajena a toda conciliación heteronormativa, intensifica las diferencias para retratar el mundo homosexual en Loco afán (1996), sus "crónicas del sidario", donde otorga un lenguaje afirmativo a aquellos a quienes "se les ha pegado la sombra". Aunque las crónicas llevan lo mejor de su escritura, es más conocido en la Argentina por la novela Tengo miedo torero (2001), en la que cuenta la historia de la Loca del Frente, un gay soñador que se enamora de un militante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, en la víspera del atentado contra Augusto Pinochet que la organización realizó en 1986. De visita en Buenos Aires por el estreno de una versión teatral de la obra, adaptada por Gerardo Begérez, Lemebel cuenta cómo se gestó esa historia de amor en tiempos violentos.

-¿Por qué elegiste narrar en tu novela el atentado a Pinochet?

-Porque yo estuve ahí. Contarlo hoy es como cantar "El oso": yo vivía en un barrio muy contento hasta que me golpeó la puerta un joven muy hermoso. Me pidió que le guardara unos paquetes pesados. Decía que eran libros prohibidos. Presté mi casa para que se hicieran reuniones y para que se guardaran otras cosas.

-¿Sabías que eran integrantes del Frente Patriótico y que planeaban un atentado?

-Sacarse al tirano de manera violenta era impensable en Chile. Era muy difícil establecer una organización que resistiera al gobierno en una ciudad tan pequeña, donde todo se sabe, donde siempre hay una vieja mirando detrás de una cortina, dispuesta a delatar. Yo no supe nada hasta que conocí al joven que se presentó a mi puerta.

-¿Cuándo descubriste qué era lo que ocultaban en tu casa?

-Vivía con dos amigas en una casa abierta. Cuando llegaban los chicos del Frente a dormir, no me dejaban verlos. Eso ya era sospechoso. Un día llegué a la casa y estaba mi amiga acostada con la cabeza sobre un tubo enorme de cobre. Le dije: "Pero niña, por Dios, ¿qué es eso?, parece condón de dinosaurio". Me dijo que eran unos planos de la universidad que había dejado el Carlos. Lo paramos, le quitamos la tapa y nos encontramos con la punta del rocket que se usó en el atentado.

-¿Nunca te sentiste en peligro?

-Un día, fuimos con una amiga gay a entregar unas bolsas y nos encontramos con la policía que detenía gente. Llevábamos las bolsas colgadas del brazo disimulando el peso. Nos preguntaron de dónde veníamos. Les dije "del mercado", y nos contestaron: "¿Por qué no nos cocinan algo?" La homosexualidad también sirvió de escudo. Aunque mis compañeros me decían que si me agarraban, se iban a hacer un festín. En su tiempo la sacamos muy suave. Cayeron todas las casas de alrededor, que servían de seguridad, y la nuestra no. Era un lugar donde había homosexuales y hippies, había música todo el día. No era sospechoso.

-¿Cuándo decidiste escribir la novela?

-Tenía veinte papeles que escribí en esos años de urgencia y luego se perdieron. Los encontré en los años noventa y, al releerlos, vi que había material para una novela. La escribí en seis meses. No se llamaba Tengo miedo torero. Se podría haber llamado La loca del frente, por ser una loca como cualquier otra, y a la vez por el Frente Patriótico. Un día me encontré con una travesti vagabunda de casi ochenta años, que me dijo que hacía show de la Sarita Montiel. "¿Y qué cantas?", le pregunté. "Bueno, ´El relicario´ y ´Tengo miedo torero´, que va así: ´Tengo miedo torero/ que en la tarde tu risa flote´". ¡Qué bello! Le puse el título por eso, me encantó. Es evidente que si no hubiera leído El beso de la mujer araña, no la habría escrito. Manuel Puig es una referencia gravitante en la novela. Pero allá resultó curiosa la participación de este homosexual en sucesos violentos. No estaba en la imaginación chilena la polvera explosiva ni el rímel de nitroglicerina.

-¿Cómo fue recibida en Chile?

-Cuando la escribí había un boom de la nueva novela, aunque se trataba más del nuevo mercado de los escritores jóvenes. En ese momento yo era el maricón de la crónica y no les importaba a los editores, que buscaban "novelistas", "la representación del mundo". Me tiré con esta novelita y me resultó. A Bolaño no le gustó. Le parecía una novelita rosa, un folletín. ¡Eso era, pues, niño! ¡Un folletín cursi!

-¿Por qué preferís dedicarte a la crónica más que a la ficción?

-Soy un poco antificción, porque aunque la escritura sea un trabajo simbólico, necesito que lo que escribo haya pasado por este cuerpecito de alguna manera. Empecé escribiendo cuentos y me fue muy bien. Pero en algún momento sentí que se vivía una situación tremenda en mi país. Había un horror que estaba tapado por el esplendor económico de esos años, entre 1980 y 1986. Nos íbamos a Brasil y comprábamos de todo, era el "deme dos" que ustedes también vivieron. Me di cuenta de que no podía escribir cuentos cuando la realidad estaba quemando mi acontecer. Por eso me dediqué a la crónica, que me quedó como anillo al dedo.

-¿Cómo encontraste tu estilo de cronista?

-Mi crónica no es la que hacen los cronistas latinoamericanos ahora. Los periodistas dicen que hago literatura y los literatos, que hago crónica. En ese intermedio se mueven mis letras y aparentemente se mueven bien. Mi escritura es una mezcla de estilos, un género bastardo, un pastiche de la canción popular, la biografía, el testimonio, la entrevista, las voces y los susurros de la calle. Con esos materiales, literarios o no, me muevo.

-También te dedicaste a la performance con el grupo colectivo Las Yeguas del Apocalipsis. ¿Cuándo empezaron su trabajo?

-En 1987. Cuando entrábamos nosotros, ponían guardias: "¡Vienen Las Yeguas del Apocalipsis!", como si fuéramos quinientos españoles bárbaros, y éramos dos, Francisco Casas y yo. Aunque después hemos entrado en la historia del arte latinoamericano, en ese momento nadie sabía qué hacíamos. Nos decían que hacíamos performance. "Ah, ¡qué linda palabra!" -decía yo- "suena como un pasaje a Nueva York". Y así fue.

-¿Cuál era la intención del grupo?

-Quisimos poner en escena la homosexualidad, que no estaba en el programa del gobierno democrático que venía. Se hizo un gran acto al que se invitó a todos los artistas que apoyaban la democracia, menos a nosotros. Llegamos con unos abrigos largos hasta el suelo y nos sentamos en la primera fila. Cuando se apagaron las luces, nos sacamos el sobretodo y saltaron las plumas y las lentejuelas. Desplegamos un lienzo que decía "Homosexuales por la democracia". Se quedaron con la boca abierta, hasta que empezaron a aplaudir. Después nos sacaron a empujones y se censuraron las fotos.

-¿Qué actos fueron los más importantes?

-Hemos hecho un trabajo más extenso por los detenidos-desaparecidos. En la Comisión de Derechos Humanos bailamos una cueca chilena, como la que bailaban las mujeres solas, cuyas parejas habían desaparecido. Hicimos ese baile descalzos sobre un mapa de América latina lleno de vidrios. Con un micrófono pegado en el pecho, escuchábamos el latido de nuestro corazón que nos marcaba el ritmo, pero afuera se escuchaba sólo la quebradura de los vidrios. Ese trabajo sí me gustó, porque fue tenso. Zapateábamos con fuerza y no nos cortábamos. Nos criticaron porque supuestamente teníamos que reivindicar la homosexualidad y los desaparecidos no tenían nada que ver con nosotros. Pero pensábamos que la condición homosexual se reivindicaría en algún momento, mientras que entonces lo más importante y doloroso eran las víctimas de las violaciones a los derechos humanos, y nosotros poníamos el corazón donde nos dolía. Eran actos con una carga simbólica mucho más fuerte que el travesti y que la pluma. Los homosexuales también estábamos ausentes de la vida pública, recluidos en la peluquería.

-¿Qué expectativas tenés de la recepción de la obra teatral?

-Creo que la puesta en escena de Tengo miedo torero puede ser comprendida en la Argentina porque hay cicatrices comunes en los dos países. Acá hubo guerrilla, hubo dictadura y hay homosexuales también, ¿o no? Tuvo que haber habido homosexuales comprometidos con la oposición a la dictadura, aún más que en Chile, porque acá había una aversión por el hippismo y las ideas de Mayo del 68, toda esa revuelta sexual y política, drogadicta y rockera.

-¿En Chile no se reprimía a los homosexuales?

-No tanto. Nos disfrazábamos de hippies y pasábamos un poco colados. Los gringos que van buscando el Auschwitz de los homosexuales chilenos no lo encuentran. El maquillador de Lucía Pinochet era una gorda muy gay. Servimos de adornos florales de la dictadura. Los paseos de Chile estaban llenos de topless y de homosexuales. Todas las locas tenían un pariente general o almirante. Las disco gay estuvieron abiertas en plena dictadura. En la Argentina había otros referentes de homosexuales, más relacionados con la izquierda, como Néstor Perlongher.

-¿Lo conociste?

-Sí. Maravilloso, Néstor. ¡Qué lástima que lo hayan reconocido tan tarde! Y que se tuviera que ir a Brasil. Lo conocí en Valparaíso el año en que se murió, y ya estaba muy mal. Esa noche le regalamos un guante de novia y seguimos de fiesta por la ciudad, pero él ya no pudo. El sida era un tema que no estaba presente en ese entonces en Chile. Estaba en Estados Unidos, era de los gringos. Nosotros aquí, indígenas, estábamos sanos. "Del mar los vieron llegar".

© LA NACION

13.3.10

Jorge Edwards ya es español

El Consejo de Ministros concede la nacionalidad al escritor chileno

Jorge Edwards, autor chileno, obtiene nacionalidad española. fOTO; fUENTE: ElPaís.com


"El Consejo de Ministros, a propuesta del ministro de Justicia, Francisco Caamaño, ha concedido la nacionalidad española al escritor y periodista chileno Jorge Edwards. El Gobierno resalta que Edwards, nacido en Santiago de Chile en 1931, es escritor, periodista, crítico literario, diplomático y estudioso de la literatura española.

Actualmente escribe una crónica semanal que se publica en numerosos diarios en español. Edwards es además miembro del Patronato del Instituto Cervantes, de la Academia Chilena de la Lengua y miembro correspondiente de la Real Academia Española. También pertenece al Comité de Honor del Quinto Congreso de la Lengua Española, que iba a celebrarse en Valparaíso, Chile, en marzo de 2010, y que tuvo que ser suspendido a causa del terremoto ocurrido en ese país.

De 1971 a 1973 residió en París como ministro consejero de la embajada de Chile en Francia, con el poeta y Premio Nobel Pablo Neruda como embajador. Terminó su participación activa en la diplomacia chilena con motivo del golpe de Estado de septiembre de 1973, y se trasladó a Barcelona hasta 1978, tiempo en el que colaboró en diversas revistas y periódicos españoles e iberoamericanos.

Regresó a Chile en 1978, donde fue fundador y primer presidente del Comité Permanente de Defensa de la Libertad de Expresión y del Comité de Elecciones Libres, formado por 14 personas, en vísperas del plebiscito de 1988.

Ha recibido numerosos premios y galardones. Entre otros, ha sido premio Nacional de Literatura de Chile, en 1994; premio Miguel de Cervantes en España, en 1999; premio Planeta-Casa de América, en 2008, por su novela La Casa de Dostoievsky, y premio de Letras de la Fundación Cristóbal Gabarrón, en 2009, en Valladolid.