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26.8.10

Aparente levedad

Los grandes maestros, tanto en literatura como en pintura o en cualquier otro campo artístico, también hacen su daño, no vayan ustedes a creer

Descanso de Sergeyet Alexey Tkachev.foto:archivo:fuente:elpais.com

En cierto sentido, un daño mayor incluso que el que puedan infligirnos los malos autores. No se lo hacen a sus parroquianos ni a los seguidores con talento, claro está, pero sí a la morralla de los que pretenden imitarles a pies juntillas, sin retranca suficiente para razonar por su cuenta o, simplemente, pasarlo todo a través del imprescindible tamiz de la sinceridad.

Se cumplen ahora ciento cincuenta años de la muerte de Chéjov, quien renovó, como todos sabemos, el arte del relato, y volveremos a leer una y mil veces, ya lo verán, que éste ha de ser por fuerza corto, intangible, acuarelado y, en particular, desprendido de cualquier tentación argumental.

El argumento supone, junto al costumbrismo, algo así como la bicha negra para los partidarios a ultranza del ruso -no para el autor de La cerilla sueca o La dama del perrito, que conste-: un peligro situado al borde de lo aceptable, con grave riesgo de caer en la pura grosería creativa.

Olvidan los tales que, desde que el mundo es mundo, los cuentos han implicado una sucesión de incidentes más o menos maravillosos, ejemplares, dramáticos, divertidos o aterradores. Si alguien abría la boca era, en principio, para dejarnos atónitos con su relato. El hecho de que a finales del XIX un médico tuberculoso irrumpiera en la escena literaria con historias que, con frecuencia, contradecían tales prácticas no ha de llevarnos necesariamente a la conclusión de que hoy en día no quepa volver a contar peripecias inesperadas o aventuras del otro jueves.

Hace muy poco, un libro repasaba los relatos incluidos en las novelas más célebres de nuestro Siglo de Oro, con Cervantes a la cabeza. ¿Debemos considerar que El curioso impertinente es un trabajo superado, obsoleto o, siguiendo la jerga establecida, "autoralmente" incorrecto?

Es cierto que los hermanos listos de Chéjov -Mansfield, Woolf, Cheever, Carver, y hasta, en cierta medida, el propio Joyce o Salinger- se apoyaron en las recetas del célebre galeno para volar luego por su cuenta y riesgo. Pero, con ser mucho el peso de tanto nombre ilustre, no basta para seguir a ciegas las prácticas del maestro. En particular si pensamos que, bien mirado, su aparente levedad no se apoya principalmente, según proponía él, en un proceso incansable de lima y depuración -menos es más, etcétera-, sino también, y sobre todo, en centrar el relato en la situación en que se encuentran los personajes más que en las consecuencias a que ésta pueda dar lugar con su desarrollo.

Frente a cuanto podamos pensar, las circunstancias suelen resultar bastante más amplias, espesas y aun barrocas. La situación engloba un puñado de salidas de las cuales el autor sólo utilizará dos o tres a todo tirar. Mantener abierta la puerta para que el lector escoja, o aventure a su antojo en qué han de acabar la nostalgia, el miedo, los recuerdos turbadores o el estado anímico de un hombre o de una mujer, no presuponen un proceso de destilación sino todo lo contrario: el despliegue de un rico muestrario donde el lector sea libre de elegir a pleno gusto. Conozcamos los anhelos secretos o inciertos de alguien, y lo demás se nos dará por añadidura.

Con todos los respetos para el genio al que con entera justicia homenajeamos ahora, su postura literaria no era tan leve ni sencilla. De lo contrario, Stendhal y su epígono Baroja, campeones de la acción por la acción, quedarían ante nuestros ojos como escritores atropellados. Y no estamos por la labor.

Por otra parte, tampoco hay que darle más vueltas al asunto. El propio Chéjov confesaría a su colega Scheglow: "En los cuentos cortos es mejor decir menos que contar mucho porque

... porque... ¡no sé por qué!" (en carta fechada en Moscú el 22 de enero de 1888).

José Luis Borau (Zaragoza, 1929) es director de cine, guionista y autor del libro Palabra de cine (Península). Su último libro de relatos es Cuentos de Culver City (Pre-Textos).

24.8.10

El orden ficticio

El escritor argentino dictará, el 25 de agosto, la conferencia Lectura del mundo en la Universidad de San Martín. Aquí critica a la maquinaria económica que incita a la estupidez

FUNCION. Gracias a la lectura, dice Manguel, reconstruimos el mundo y sabemos movernos en él.foto.fuente: Revista Ñ

No es posible pensar a la universidad desprendida de la vida. En una época como la nuestra, la universidad debería recorrer su propia trayectoria para extraer de allí la interpelación que reformule su sentido y desagregue un nuevo modelo institucional. La universidad deber ser un laboratorio de innovación teórica." Con estas palabras, el Rector de la Universidad de San Martín, Carlos Ruta, ponía en marcha el programa Lectura Mundi, que el próximo 25 de agosto inaugurará el escritor Alberto Manguel, uno de los escritores más eruditos de nuestro tiempo que no realizó estudios universitarios por considerarlos aburridos. La mirada aguda y crítica de este escritor que durante años se reunía a leer en voz alta junto a Borges (otro referente de la cultura argentina que no tiene título universitario) ha generado una gran expectativa en ambientes poco prestos a las perturbaciones.


­En su libro "La biblioteca de noche", usted resalta la porfía humana de conferirle sentido y orden a un mundo que al mismo tiempo parece obstinarse en el caos y la imprevisibilidad. ¿Es posible extraer de ese juego una lectura del mundo? Y en tal caso, ¿la lectura puede ordenar o es sólo un sucedáneo?
­Nosotros, seres humanos, podemos definirnos como "especie lectora". Venimos al mundo condicionados para leerlo, es decir, para imaginarlo e interpretarlo.

Nuestra habilidad imaginativa nos permite reconstruir la experiencia del mundo para aprender a conducirnos en él, en un sentido práctico. Y esa reconstrucción es el resultado de una lectura. Quiero decir: a través de los sentidos, recibimos señales neutras que las recibimos al mismo tiempo que las interpretamos y las cargamos de sentido: el color rojo no lleva en sí mismo el significado de peligro o de combate, un dromedario no posee en sí mismo la calidad de feo o lindo. Todo eso no lo recibimos como un conjunto de sensaciones arbitrarias sino como parte de un lenguaje que, imaginamos nosotros, está narrándonos algo.

De allí surge la antigua metáfora del mundo como libro.


­¿Y hay un orden posible?
­El "orden" que leemos en el mundo es, por supuesto, ficticio.

No proviene de un supuesto "autor" divino o natural, proviene de nuestros deseos y necesidades de sobrevivencia. De la misma manera que leemos animales y dioses en las constelaciones, y supuestas historias en la gente que vemos en el subte, así leemos el mundo, aunque no obedezca el orden que imaginamos. Y esa lectura del mundo, eso que a veces traducimos en lo que llamamos literatura, nos permite creer que podemos entender algo de ese orbe incomprensible.


­¿Cuál es el vínculo entre los libros y la noche?
­De día, los libros en una biblioteca obedecen a normas más evidentes, más estrictas: a la luz del día, podemos ver cómo han sido clasificados, con qué otros se codean, cuál es su posición en la biblioteca. De noche, sobre todo en las bibliotecas oscuras que me gustan, ese contexto desaparece y estoy a solas con el libro en un espacio que para mí tiene algo de fantasmagórico. De noche, siento la presencia del libro de un modo más secreto, menos categórico.

Para entender lo que estoy diciendo, pruebe leer El desierto de los tártaros , solo, de noche, en una biblioteca sin gente...


­¿Internet es la prolongación digital de la enciclopedia?
­No sé si es válido comparar Internet a una enciclopedia. Una enciclopedia es un instrumento estrictamente ordenado, que tiende a resumir y a canonizar. Internet obedece a una multitud de órdenes y sistemas o programas preestablecidos, y en vez de resumir, explaya, se multiplica, no pretende decir una verdad sino muchas.

Además, los primeros enciclopedistas, gente como Diderot y Voltaire, creían en la educación de la inteligencia, en la búsqueda del conocimiento profundo y lógico.

Internet, si bien permite ese uso inteligente, es sobre todo un instrumento que brinda la ilusión de conocimiento sin esfuerzo, a través de la acumulación ilimitada, y prefiere lo superficial a lo profundo, lo inmediato a aquello que requiere tiempo y fatiga. Pero claro, como todo instrumento, su valor depende de quién lo usa y de cómo es usado.


­¿Cómo piensa su vínculo con el futuro un escritor que cabalga entre dos épocas?
­Mi vínculo con el futuro es preguntarme, con mínima curiosidad, si voy a despertarme a la mañana siguiente. Después veremos. Hay quienes sostienen que los nativos digitales han decidido prescindir de la profundidad, la radicalidad y la gravedad para habitar un mundo más superficial, menos ambicioso y más liviano, pero más humano.


­¿Qué opina de esta generación de Bartlebys que, sin rupturas ni revoluciones, con un simple "preferiría no hacerlo", abre una nueva dimensión política?
­ No creo que la generación digital sea una generación de Bartlebys.

El Bartleby de Melville prefiere no hacer nada pero activamente. La generación digital deja, en gran medida, que la elección la hagan otros. Es útil recordar, hablando por ejemplo de "lectura interactiva", que es "interactiva" sólo en la medida en la que el programa utilizado lo permita. Yo no puedo explorar una palabra no programada, o conectarme con otro sitio con el cual no se haya establecido un "link" de antemano. Y quien quiera utilizar Internet para lo que sea ­buscar información, enviar un e-mail, ver un video­ debe hacerlo sometido a un diluvio de imágenes y anuncios publicitarios impuestos por otros. Edith Wharton decía no poder escribir una carta sabiendo que había alguien en la habitación de al lado. No quiero imaginar lo que hubiese sentido la pobre mujer, escribiendo en medio de una cacofonía de anuncios y solicitudes, vigilada por un programa electrónico que subraya sus errores de ortografía y gramática, y sabiendo que al menor descuido alguna persona extraña leerá su correspondencia.

En tal contexto, es difícil rescatar el libre albedrío.


­¿Cómo convive con los avatares políticos del lugar en que despliega su vida cotidiana?
­Samuel Beckett decía que, siendo un extranjero en Francia, no le correspondía dar su opinión sobre la situación política del país que lo albergaba: nunca firmaba peticiones, no iba a manifestaciones, no escribía cartas de protesta a los diarios. Yo, menos sabio que Beckett, no puedo quedarme callado. Viviendo en un país donde se ha instalado un abominable Ministerio de Identidad Nacional e Imigración para definir quién es y quién no es francés; donde el presidente tacha a los habitantes de los barrios pobres de racaille, "basura"; donde otro ministro dice de los imigrantes argelinos que "uno de ellos está bien, pero el problema empieza cuando hay muchos"; donde el presidente pregunta en público para qué sirve leer el clásico francés más importante del siglo XVII, como La Princesse de Clèves ; donde la ministra de financias declara que los franceses deben "pensar menos y trabajar más"; viviendo en un país así siento la obligación de denunciar estas infamias. Si no lo hago, no tengo derecho a dar mi opinión ni sobre literatura ni sobre nada.


­Usted homologa la Torre de Babel y la Biblioteca de Alejandría como símbolos de la ambición humana: desafiar a Dios y poseer todo el conocimiento. Esas pulsiones también inspiraron el iluminismo que hoy capitula frente a nuevos paradigmas.

¿Cuál considera que es el vínculo con la autoridad y el conocimiento que conlleva este cambio de paradigmas?
­ La maquinaria económica que hemos construido necesita, para funcionar, que no seamos curiosos, que no ref lexionemos. Para avanzar, esa maquinaria debe hacerlo en un mundo en el que todo incite a la estupidez, a hacernos creer que no somos lo suficientemente inteligentes para merecer Alejandría ni hábiles como para construir Babel. A menos que la detengamos y la destruyamos, esa maquinaria nos destruirá a nosotros. Pero quizás no sea demasiado tarde para cambiar...

21.8.10

Los asesinatos se venden mejor en verano

Las novelas de género negro son las más solicitadas durante los meses de vacaciones. Las novelas ambientadas en el lugar a visitar sustituyen ahora a las guías de viajes

"Se lo que estais pensando". Novela debut de John Vernon.foto.fuente:elheraldo.es


Del género negro o de aventuras, que cueste entre 19 y 20 euros, y "que enganche a la primera". Durante el verano, eso es lo que se busca en un libro, según los datos de las principales librerías zaragozanas. Todas coinciden en estas características, y también en que el grande entre los grandes durante está siendo 'Sé lo que estás pensando', de John Verdon. Aunque a la hora de escoger otros 'best sellers' veraniegos, los títulos son muy variados.

"Las personas se olvidan de la narrativa y optan solo por el entretenimiento", señalan en El Corte Inglés. Ahí, la gente ha comprado mucho 'La biblioteca de los muertos', de Glenn Cooper. El texto, traducido a 29 idiomas, cuenta la historia de un asesino que envía a sus víctimas una postal con la imagen de un ataúd y la fecha en la que van a morir. Toda la policía le busca sin éxito, porque no saben que la respuesta al enigma se encuentra en una profecía escrita mil trescientos años antes.

"Se busca la novela negra, el suspense, porque estos días lo que se quiere es alejarse de la realidad", explica León Vela, de Cálamo, quien explica que entre los títulos más solicitados en su librería están dos ejemplares de tramas policíacas: 'Crimen en directo', de Camilla Läckberg, y 'Dos crímenes', de Jorge Ibargüengoitia.

"La explosión de este género se debe a la saga de Stieg Larsson, porque este es un fenómeno que viene desde antes del verano", asegura Vela. Y aunque las listas de los más vendidos demuestran que eso es cierto, también desvelan que a más calor, más historias de asesinos se buscan: nombres como Arturo Pérez-Reverte, que presidió el ranquin de ventas durante las últimas 18 semanas con 'El asedio', ha sido superado en verano por títulos del género negro.

"Las que no pierden lectores son Julia Navarro, con 'Dime quién soy', y María Dueñas, con 'El tiempo entre costuras", cometan en la Librería General. Las dos españolas han estado entre las más vendidas todo el año y se mantienen, aún sin ser novedades. Si la tendencia continúa, podrían colarse en la lista de los más vendido del año, mejorando los datos de 2009, cuando los primeros cinco puestos fueron ocupados por obras extranjeras.

"Piense en un número"
Un hombre recibe una postal donde le solicitan que piense en un número. Luego le piden que abra el pequeño sobre que acompaña al texto, y dentro está el número que segundos antes había pensado. Así arranca 'Sé lo que estás pensando', el bombazo literario de la temporada.

Es la primera novela de John Verdon, hasta hace poco solo conocido por sus campañas publicitarias. Y tiene todo lo que requiere un libro de verano: acción, misterio y enganche. Basta con ver su trailer (http://tinyurl.com/ 2vku6cy) para darse cuenta.

"Me fui de vacaciones en julio y al volver me encontré con esta sorpresa", admite César Muñío, de la librería París, quien confiesa que cada verano hay uno de estos grandes éxitos, pero que el de este año ha superado las expectativas.

Añade que gracias a esos libros, las ventas se han mantenido a pesar de la crisis, y en ese sentido también destaca los libros de bolsillo, que siempre cumplen en los meses de vacaciones. En su establecimiento, como en El Corte Inglés, la Librería General y Cálamo, además se ha notado otro fenómeno: en vez de los tradicionales libros de viaje, la gente ha comenzado a usar como guías las novelas ambientadas en los lugares que visitarán.

"La gente ojea mucho y si no les gusta la historia, lo dejan. Las guías no tiene trama, por eso prefieren algo que se pueda leer", afirman en El Corte Inglés. Obras del Nobel Orhan Pamuk como manuales para recorrer Turquía o 'Historias de Londres', de Enric González, para descubrir la capital británica, se usan como guías turísticas.

17.5.10

La prisión de las palabras

Este hombre ha pasado 13 años en prisión y ha aprendido allí tanto de literatura que podría ser catedrático

Para Jerry Santa o Henry Santamaría las cárceles, por su entorno y sus vicios, no hacen mejores personas sino que producen seres vengativos.foto,fuente:elespectador.com

A Jerry Santa o Henry Santamaría, como es su nombre de bautismo, la primera frase de La Vorágine lo explica y lo representa: "Antes de que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia", declama en una suerte de confesión, de exorcismo. Tiene 45 años, de los cuales 13 los ha pasado en distintas cárceles del país, pero más allá del lado oscuro de su historia, para él existe un mundo trazado por el rastro de la tinta y el olor del papel y el borrador. Recita con exactitud el primer párrafo de Cien años de soledad y describe la ciudad de Jean Valjean en Los miserables de Víctor Hugo, la recrea como si hubiese sido él quien estuvo preso por robar un pan. De alguna manera su mundo, su vida y su historia se mezclan con los universos de los personajes que ha leído.

Santa es una de esas personas con una inteligencia especial, con un particular gusto por el lenguaje y la historia. Sabe tanto de literatura que podría dar una cátedra sobre el tema en cualquier colegio. En 2002, mientras purgaba su condena en la cárcel Modelo de Bogotá, fue galardonado en el salón de arte penitenciario y carcelario con un relato histórico titulado El camarada Andresito, una historia que relata cómo se desarrollaron, en el interior del penal, las elecciones presidenciales de 1998, en las que salió elegido Andrés Pastrana. Este es el relato de su vida.

"Nací en Bucaramanga, pero me crié en Cali. Uno no es de donde nace sino donde se hace. Mi padre fue corredor de seguros y nos dio las comodidades suficientes para que yo y mis 10 hermanos creciéramos como gente privilegiada. En el 74 vivíamos en el barrio El Polo, que en ese entonces era el norte de Bogotá. Después mi papá dejó a mi mamá y se fue a Nueva York. Allá se vino en picada. Yo no soy hijo de papi, yo soy hijo de mamá.

Estudié hasta tercero de bachillerato, empecé a trabajar y cuando uno le coge el gusto a la plata deja muchas cosas. Los libros han sido mi ventana a la libertad, son mi bien más preciado, mi escampadero en momentos de angustia y desazón. Lo que me ha otorgado la vida es la posibilidad de leer.

La tercera parte de mi vida la he pasado guardado: Picota, Modelo, Acacías, Villa Nueva o Vistahermosa y Cárcel Distrital. Uno se priva de ciertas cosas por ponerse derroteros que no son para uno y llega a darse cuenta de que uno no se arrepiente, al fin y al cabo son experiencias; la experiencia es el compendio de tus errores, como decía Mark Twain.

Desde niño me gustó la literatura, mi primer libro fue Fabulandia, una edición de Bruguera, española, de cuentos minimizados de Las mil y una noches, de autor anónimo. Es uno de los libros más antiguos. Ahí están Alí Babá, Simbad el marino. Pero el primero que tuve fue La bendición de la Tierra, de Knut Hamsun, un noruego que fue Premio Nobel. Después me leí El Padrino, de Mario Puzo, y a Víctor Hugo, Les miserables, ese fue el que me atrapó. En el encierro el tiempo pasa lento, doloroso, pero con los libros uno se escapa de la celda y viaja, viaja al mundo, a Europa, a América, se mueve en tiempo, a la conquista, a las cruzadas, recorre París, Roma...

En las cárceles me rebuscaba con artesanías: hacía barcos, tallaba madera, grababa monedas. Por ejemplo, uno cogía el hueso de la sopa y lo ponía a secar y de ahí sacaba uno materia prima o la conseguía intercambiando cosas con la gente, que una camisa por un palo para tallar, que el almuerzo por una moneda.

Realmente, toda persona que tenga la desgracia de caer en la cárcel entra a hacer un curso de malevo. Las cárceles son universidades del delito. El objetivo rehabilitador es una utopía. Si lo quieres rehabilitar, cómo lo metes en la mierda. Uno sale con una perspectiva distinta, las cárceles tienen el poder de subyugar las esperanzas y los sueños. Yo no salí pensando como Bolívar, uno sale a buscar dinero, el tiempo perdido, los cariños que faltaron. Uno ha tenido la posibilidad de relacionarse con esa gente y sale a llamarlos: ayúdeme, usted que fue serio conmigo, tíreme un cabo. Uno allá se pervierte y se conecta mal.

Es como Los miserables. Valjean era un tipo muy berraco. Cada vez que veía la puerta abierta tiraba para fuera. El hombre pagó 19 años por robarse un pan y tuvo cuatro intentos de fuga. Cuando salió tenía pasaporte amarillo. Le tocaba vivir el maltrato y la discriminación por haber estado preso. El hombre quería cambiar y se fue a un pueblo alejado a rehacer su vida. Tenía la ilusión de trabajar por la gente y se volvió alcalde, pero llega a ese pueblo un tipo que había sido conserje en la cárcel, y se dedica a dañarle la reputación, a hacerle la vida imposible, a despertar sus demonios. La historia de Jean Valjean es la de todos los que estuvimos en la cárcel y salimos a reconstruir nuestra vida, pero la sociedad y alguna gente no nos lo permite: esos son los miserables".

3.5.10

La avidez lectora de Hitler

Libros baratos y no alta filosofía inspiraron sus ideas. Hitler confesó que los westerns del alemán Karl May le abrieron los ojos al mundo


Adolf Hitler y Hermann Göring en Obersalzberg en una fotografía de los años 30.fOTO:aRCHIVO.fUENTE:lavanguardia.es

"Asumámoslo: Hitler leía. Dos ensayos recientes se ocupan de analizar detenidamente la biblioteca del Führer, destacando los volúmenes subrayados y anotados por uno de los dictadores más crueles de la historia, prueba inequívoca de que le influyeron de algún modo. Junto a mucha literatura de consumo –policiaca, del oeste...– y panfletos políticos o elucubraciones esotéricas de bajísimo nivel, se hallan también obras de autores como Shakespeare, Jünger, Ibsen, Kant, Maquiavelo, Cervantes o Gracián. E incluso claros indicios de que supo quién era Àngel Guimerà y su Terra baixa, gracias a su amiga, la cineasta Leni Riefenstahl.
El historiador norteamericano Timothy W. Ryback publica Los libros del Gran DictadorLibros para el führer

La biblioteca del dictador se dispersó tras la guerra pero llegó a los 16.300 volúmenes. Y aunque para Hitler las grandes novelas universales son el Quijote, Robinson Crusoe, La cabaña del tío Tom y Los viajes de Gulliver (por este orden), fue también un devorador de los livianos westerns del alemán Karl May. "Le debo –confiesa– mis primeras nociones de geografía y la apertura de los ojos sobre el mundo. Lo leía a la luz de la vela o al claro de luna, ayudado por una enorme lupa". Durante la guerra, recuerda Baráibar, reprochó a sus generales su falta de imaginación "y les recomendó estas novelas de aventuras, pobladas de vaqueros, indios, beduinos o exploradores, para que extrajeran de ellas ideas para la estrategia". Cuando, en 1942, el ejército alemán fracasó en el frente ruso, Hitler devoró Yo Claudio y Claudio el dios, de Robert Graves. Y tenía, encuadernadas con sus iniciales, las obras completas de William Shakespeare, a quien consideraba superior a Goethe y Schiller porque "la imaginación del inglés se había alimentado de las fuerzas proteicas del imperio británico, mientras que los dos dramaturgos teutónicos habían malbaratado su talento en historias de crisis personales y rivalidades entre hermanos", apunta Ryback.

El español Ernesto Giménez Caballero, en 1933, tuvo la osadía de enviarle a Hitler su deleznable ensayo La nueva catolicidad, y años más tarde, en 1941, se vio con Goebbels un par de veces para sondear las posibilidades de un matrimonio del Führer con Pilar Primo de Rivera, para crear así una nueva dinastía hispanoaustriaca. Según él, fue Magda Goebbels quien le quitó la idea de la cabeza al decirle que Hitler no podía procrear a causa de una herida de guerra.

En el penúltimo cumpleaños del Führer, la cineasta Leni Riefenstahl le regaló, dedicado cariñosamente, un álbum de fotografías de Tierra baja, el filme basado en la obra de Àngel Guimerà (1845-1929) en el que trabajaba desde hacía años, y que no logró concluir hasta 1954. Así, Hitler tuvo noticia de este clásico de la literatura catalana, rodado en España con gran dispendio (Goebbels anotó en su diario en 1942, alarmado por los gastos: "Me alegro de no tener nada que ver con este caso desgraciado y que, por lo tanto, no me alcance ninguna responsabilidad"). Riefenstahl, acusada de haber empleado como extras a gitanos procedentes de campos de concentración, estableció contacto en España con los toreros Belmonte, Manolete y Bienvenida.

Ryback explica que Hitler fue un lector ávido, que en ocasiones salía a un libro diario y que desarrolló una eficaz técnica de lectura rápida que le permitía extraer –y memorizar– de cada título los elementos que consideraba útiles para su discurso.

Ryback y Baráibar son contundentes al establecer que la alta filosofía no inspiró a Hitler, lo que libera a Nietzsche, Fichte o Schopenhauer de mucha culpa (de este último, tenía su traducción del Oráculo manual y arte de prudencia de Baltasar Gracián, cuyas enseñanzas poco aprovechó). Sus fuentes fueron, más bien, obras menores, "libros baratos y tendenciosos sobre esoterismo", en expresión de Ryback.

Sin embargo, sí subrayó los escritos de Ernst Jünger sobre la Primera Guerra Mundial (ambos coincidían en ver "la carnicería bélica como algo ennoblecedor y transformador", señala Ryback). Otra curiosidad es la gran influencia de autores norteamericanos, en especial el industrial automovilístico Henry Ford, a quien veía como un modelo y cuya obra El judío internacional: el principal problema del mundo fue uno de sus referentes.