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11.9.10

Piglia: "El escritor existe para crear problemas"

Según La Vanguardia, el escritor argentino ha escrito una de las novelas del año, Blanco nocturno

NEGRO. "La novela negra me sirve para superar la dicotomía entre alta y baja cultura" dice Piglia en esta entrevista en España.foto.fuente: Revista Ñ

Ricardo Piglia (Adrogué, Buenos Aires, 1940) ha escrito una de las novelas del año, Blanco nocturno (Anagrama). Como todas las grandes novelas, incuba en su interior múltiples niveles de lectura. Empieza como si Chandler y Faulkner se encontraran en la pampa gaucha de Martín Fierro y después, como en los filmes de David Lynch o de los Coen, un detalle procedente del mundo de los sueños activa un mecanismo que le da un giro insospechado. Hay una lectura lineal de novela negra (las gemelas y el coronel de El sueño eterno), otra platónica sobre las trampas de la percepción de la realidad, una más sobre la construcción de los procesos narrativos, y aun guiños a la realidad argentina (campo/ciudad) y, para fanáticos literarios, el juego de adivinar sus citas y mensajes criptados.

Es su primera novela en trece años desde Plata quemada y en ella regresa su personaje Emilio Renzi. ¿Ha tenido muchas versiones?
Sí, aunque no es que me haya pasado trece años escribiéndola: la dejaba y la iba retomando. Siempre había querido escribir sobre un primo mío (Luca) que se había esforzado por mantener una fábrica de objetos imposibles y que de chico me construía juguetes fantásticos. Una vez me hizo un Nautilus de Julio Verne. En este sentido era una artista, porque no tenía en cuenta su utilidad. En una segunda versión, Renzi espiaba a su vecina (la pelirroja Sofía) y esta le conducía a Luca, en la época de la guerra de las Malvinas. Todo era muy cerrado. Después la novela se fue abriendo, con Luca como eje central y el resto girando a su alrededor.

No es la primera vez que utiliza la novela negra.
Me sirve para superar la dicotomía entre alta cultura y cultura popular. Es una máquina de narrar. Supone una investigación de algo que el investigador no acaba de entender y que averigua a medida que va narrando. No impone su visión del mundo, sino que vacila ante lo incierto y plantea hipótesis que le permiten descifrar la realidad.

Si cambiamos investigador por escritor, le estamos definiendo.
Pero eso está en la tradición argentina, Borges, Onetti, Felisberto Hernández... Junto a Luca, el otro personaje es Croce, un detective atípico, que descifra los crímenes por intuición. Es el detective irracional, contrapunto del detective clásico, que es racional. Pertenece a aquella especie de sospechosos de demencia.

Croce, seguro que el nombre no es casual.
Sí, procede del sargento Cruz, el sargento que se pasa a Martín Fierro admirado por su valentía.

En sus novelas hay elementos que se repiten, el jockey que dispara, las gemelas...
Ya sé que empieza igual que Plata quemada, pero uno nunca se da cuenta de sus propias obsesiones. Mi reto es el de que cada novela sea distinta a las anteriores. El único ancla que me permito es la presencia de Renzi, un pie en tierra, en todas ellas. Y sobre las gemelas me interesaba crear personajes que no están en las novelas argentinas, donde las mujeres suelen ser pasivas, mientras Ada y Sofía Belladona son activas, ponen en marcha el motor de la trama.

Hay otro elemento que se repite a conciencia en sus novelas: la traición. En Blanco nocturno hay muchas. Incluso la de Luca, que mantiene la fidelidad a sus sueños, pero traiciona sus principios.
La traición tiene un interés narrativo extraordinario. Ofrece un efecto de cambio inmediato en la percepción de la realidad. Tú creías una cosa y ahora la ves de forma totalmente distinta.

En la novela hay un momento a partir del cual todo cambia. Es cuando Croce dibuja un trampantojo, un pato que, según se mire, es también un conejo. Y Renzi cree oír a un gaucho la palabra metempsicosis, como la Nora del Ulises.
Sí. Tiene que ver con la herencia, la familia, en este caso, los abuelos, como un tipo de mandato, una metáfora persistente de ese mundo del más allá.

Para leerle hay que ir más allá del sentido literal. Están las máquinas de Roussel hechas de sueños, los circuitos de enigmas y secretos...
Sí, pero teniendo en cuenta que el enigma puede llegar a descifrarse con paciencia, pero al secreto sólo accedes si se te revela.

Y está la relación con la verdad...
Lo planteo con una cita bíblica, el pasaje en que Poncio Pilatos hace de Derrida y pregunta a Cristo "¿Pero qué es la verdad?". Este es el verdadero asunto de la novela, La verdad entre comillas. Yo dejo el final abierto para que el lector elija. Puede que el asesino sea el que dice Croce, o no.

En el debate eterno sobre realismo/formalismo, usted ha conciliado los dos extremos.
Conciliar, no. Los he puesto en tensión. Es la teoría de Barthes,la teoría del ni-ni. Ni una cosa ni otra, sino la tensión entre realidad y ficción, verdad y falso, información y verdad. De ahí el título Blanco nocturno, lo oscuro o lo hermético y lo claro.

¿Qué opina sobre el retorno del realismo como discurso hegemónico?
El escritor existe para crear problemas. Y siempre quedaremos unos cuantos que nos neguemos a aceptar que sólo existe un mundo inmediato con un orden fácilmente comprensible.

Ricardo Piglia contesta preguntas de sus lectores

7.9.10

Novela de Oriana Fallaci será llevada a la pantalla grande

La productora italiana Fandango compró los derechos de Un hombre y la adaptará para el cine
Fallaci falleció a los 77 años en 2006, producto de un cáncer terminal. foto.fuente:emol.com

La novela más personal de la periodista italiana Oriana Fallaci, "Un hombre", que recorre sus vivencias con el revolucionario griego Alekos Panagulis, será llevada al cine por la productora Fandango, de Domenico Procacci, que ha comprado los derechos a la editorial Rizzoli.

"Un hombre" estará dirigida por un director italiano de renombre- aún no anunciado- y contará con un reparto internacional, confirmaron hoy fuentes de la productora.

La película será fiel al contenido de la novela, en la que la periodista y escritora florentina cuenta su romance con Panagulis -opositor a la dictadura griega y autor de un atentado fallido contra el coronel Georgios Papadopoulos-, con el que convivió hasta que éste fue asesinado en una calle de Atenas.

Una historia de amor que tiene mucho de inconformismo y de desgracia, de cuya versión en castellano la propia autora pidió una reedición para corregir algunos episodios.

Fallaci fue una de las periodistas más influyentes del siglo XX y ejerció como corresponsal de guerra en gran parte de los conflictos de Vietnam, Oriente Medio, India, Pakistán o Latinoamérica.

En su trayectoria profesional destacan sus entrevistas a grandes líderes y celebridades del mundo político y social, como Henry Kissinger, el Sha de Persia, el ayatolá Jomeini, Willy Brandt, Ali Bhutto, Muammar al Gadafi, Federico Fellini, Yaser Arafat, Indira Gandhi, Golda Meir, Robert Kennedy o Sean Connery.

Fue precisamente en el contexto de una entrevista como conoció al griego Panagulis, episodio que la escritora recogió en "Un hombre".

Dos de sus últimos libros, "La rabia y el orgullo" y "La fuerza de la razón" suscitaron una gran polémica por sus críticas al fundamentalismo y al Islám, al igual que su obra posterior "Oriana Fallaci entrevista a Oriana Fallaci", donde analizó el "cáncer moral que devora a Occidente" y su propia enfermedad, un cáncer que le llevó a la muerte.

6.9.10

Delator de realidades

Con Blanco nocturno Ricardo Piglia vuelve a la novela, tras el éxito de Plata quemada hace 13 años. Reconocido como uno de los escritores latinoamericanos más importantes, el autor argentino ha creado un libro que arranca como una historia policiaca y deriva en la narración de una vida familiar en los años setenta donde entra en juego la ficción literaria y la realidad


El escritor Ricardo Piglia.foto: DANIEL MORDZINSKI.fuente: elpais.com


La vida como escritor de Ricardo Piglia comenzó en un momento más o menos preciso: en alguno de todos los días -o en cada uno de todos los días- que transcurrieron entre el mes de febrero y el jueves 3 de marzo de 1957. El error de paralaje puede corregirse pero en todo caso la huella primigenia de ese comienzo son unas líneas de su diario personal cuya primera entrada dice así: "3 de marzo de 1957 (Nos vamos pasado mañana.) Decidí no despedirme de nadie. Despedirse de la gente me parece ridículo. Se saluda al que llega, al que uno encuentra, no al que se deja de ver. Gané al billar, hice dos tacadas de nueve. Nunca había jugado tan bien. Tenía el corazón helado y el taco golpeaba con absoluta precisión (...) Después fuimos a la pileta y nos quedamos hasta tardísimo. Me zambullí del trampolín alto. Desde tan arriba las luces de la cancha de paleta flotaban en el agua. Todo lo que hago me parece que lo hago por última vez".

La vida como escritor de Ricardo Piglia comenzó -sin que él lo supiera- en el verano austral de ese año en que tuvo 16, cuando su padre, Pedro Piglia, médico, peronista, perseguido y encarcelado en tiempos de antiperonismo furibundo en la Argentina, decidió que era más seguro abandonar la casa donde habían vivido siempre en Adrogué, un suburbio de la ciudad de Buenos Aires, y mudarse a un sitio donde pudieran inventarse un pasado u omitir, al menos, las partes difíciles. En esos años los kilómetros establecían también una distancia temporal, y los cuatrocientos que separaban a Buenos Aires de una ciudad de la costa atlántica llamada Mar del Plata parecían suficientes. De modo que en menos de un mes los integrantes de la familia Piglia -Pedro Piglia, Aída Renzi y sus dos hijos, Ricardo Emilio y Carlos- desmantelaron todo para empezar la vida en otra parte. El efecto colateral para uno de todos esos integrantes fue tan bueno como devastador: Ricardo, ese chico que apenas si cumplía con el colegio porque prefería frecuentar billares, bailes y partidos de fútbol, se quedó, de un día para otro, sin amigos, sin barrio, sin primos: sin mundo. Así, en una de las tardes de ese tiempo de yeso, en alguna de las habitaciones de la casa ya vacía, empezó a escribir, como defensa y como ataque, un diario -"3 de marzo de 1957: (Nos vamos pasado mañana.)"- y ese no fue el comienzo pero sí la huella primigenia de su vida como escritor.

Años más tarde, a fines de los sesenta, Ricardo Piglia viajó a Turín, la ciudad donde se suicidó Cesare Pavese, y descubrió que, después de anotar aquella línea final en su diario ("Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más"), Pavese había permanecido vivo una semana más. "El Diario terminaba ahí -escribiría Piglia en su cuento 'Un pez en el hielo' incluido en La invasión (Anagrama, 2006)-. Todo estaba decidido. Y sin embargo Pavese pasó una semana antes de matarse (...) Vivió todavía ocho días más, aunque para sí mismo ya era un muerto. El condenado. El muerto vivo. Cuánto tiempo puede sobrevivir, inmóvil, el pez en el hielo. Los ojos atentos a la blancura transparente; la inmovilidad total". Piglia es, hoy, uno de los escritores más prestigiosos de Latinoamérica, profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Princeton, autor de tres libros de relatos, cinco de ensayos, una nouvelle y tres novelas, sin contar la esperadísima Blanco nocturno, que Anagrama publica en España, Chile, México y Argentina. Y todo eso es producto de muchas cosas -de las lecturas, de los amigos, de los bares, del cine, de las mujeres y hasta de sus gafas redondas y sus sacos de lana y su manera de achicar los ojos y adelantar el mentón o acercarlo al pecho cuando habla-, pero es también -¿quizás, seguramente?- producto de la espera fúnebre de aquellas semanas de 1957 en las que contempló todo desde la cáscara helada de su destino inevitable, cuando fue el pez en el hielo, haciendo las cosas como si las hiciera por última vez.

-Compré uvas. Están ricas. Servite.

El departamento no es la casa sino el estudio de Ricardo Piglia, un piso diez en Barrio Norte. Hay, sobre una mesa de madera, un plato de vidrio, vasos con agua, uvas. Son las dos y cuarto de la tarde. Piglia está sentado, de espaldas a una ventana detrás de la que crece un edificio que, probablemente, le quitará a esta sala algo de luz, o de privacidad, o de ambas cosas. Promedia, en Buenos Aires, el mes de agosto.

-Yo tengo una sensación muy fuerte de esos días, desde el momento en que tenemos la noticia de que nos vamos. El desarraigo fue terrible. Lo viví mal. Era muy fúnebre la situación.

El 5 de marzo de 1957 Ricardo Piglia, 16 años, trepó al camión de la mudanza e hizo el viaje hasta Mar del Plata sentado en un canasto de mimbre. "Viví ese viaje", escribiría, años después, en Prisión perpetua (Anagrama, 2007), "como un destierro (

...) no podía concebir que se pudiera vivir en otro lado y de hecho después no me ha importado nunca el lugar donde he vivido".

-Pero fue muy bueno irme. En Mar del Plata empecé a escribir mis primeros cuentos. Iba a un club donde había un bar que estaba abierto toda la noche, y al que iban los periodistas, la gente de la radio, del cineclub.

El club, curiosamente, se llamaba Ambos Mundos -hay hectáreas de estudios académicos y tesis que versan sobre la idea de la dualidad en la obra de Piglia- y allí aprendió (casi) todo gracias a un gringo que, como él, no tenía pasado. Se llamaba Steve Ratliff y fue quien le habló, por primera vez, de William Faulkner, de Henry James, de Scott Fitzgerald.

-Yo ya leía, pero sin método. Había tenido una noviecita en Adrogué. El padre era de familia de anarquistas, leían mucho. Y me acuerdo de la escena. Íbamos caminando, había un muro alto, y ella me dijo: "¿Estás leyendo algo?". Y yo había visto, en la vidriera de una librería, La peste, de Camus. Y le dije: "Sí. La peste, de Camus". Y me dijo: "Prestameló". Entonces compré el libro... me da vergüenza contar esto... pero compré el libro, lo leí esa noche, lo arrugué un poco para que pareciera más usado, y se lo llevé al día siguiente. Y ahí empecé a leer.

-Empezaste a leer por las mujeres.

-Claro. Ese es el sentido. Ahora siempre estoy arrugando un libro para no prestarlo tan flamante.

Después de trabajar un verano como cartero ("Mi padre, con una especie de mecanismo peronista, pensando que el trabajo hace bien, insistió en que tenía que trabajar. Y ahí andaba yo, repartiendo cartas. Duré un mes y medio") emprendió el viaje hacia la ciudad de La Plata, a sesenta kilómetros de la capital argentina, no para transformarse en escritor sino para estudiar historia. Terminó la carrera en cinco años y, durante todo ese tiempo, publicó ensayos y cuentos en revistas. En 1965 se mudó a Buenos Aires, donde un editor colosal de entonces, Jorge Álvarez, le ofreció trabajo como director de una colección de libros, clásicos y policiales.

-Editaba, escribía. Me las arreglaba. Cada tanto tenía que ir al banco de empeño. Llevaba una máquina de fotos y después conseguía la plata para rescatarla. Pero era una época en que había posibilidad de publicar. Nos reuníamos en los bares. Éramos los melancólicos floggers de la época, que iban ahí a hablar de Faulkner. Y de chicas.

En 1967 publicó su primer libro, La invasión, diez cuentos con temas, escenarios y personajes que atravesarían, después, toda su obra: la ficción histórica, el peronismo, el periodismo, el amor homosexual entre hombres bravos, las mujeres lesivas y, claro, la traición, presente -con diversos grados de toxicidad- en relatos como La honda, Mata-Hari 55, Las actas del juicio, Mi amigo.

-Lo que me atrae narrativamente de eso es la nueva luz que tira el momento de la traición. Vos estás viendo las cosas del color tal, y de pronto cambia y se convierte en otra cosa. La traición produce ese momento que es como un flash, sobre quiénes son los buenos, quiénes son aquellos en quienes se podía confiar.

En el relato que da título al libro aparece, por primera vez, Emilio Renzi, periodista y aspirante a escritor que funciona como su álter ego y que aparecerá en muchos relatos y en casi todas sus novelas. En 1975 publicó un libro de cuentos, Nombre falso. Un año más tarde comenzó en la Argentina la dictadura militar que terminaría en 1982 y Piglia escribió Respiración artificial, una novela que lo cambiaría todo.

En los ensayos de El último lector (Anagrama, 2005), Piglia reproduce una carta de Kafka: "Con frecuencia he pensado que la mejor forma de vida para mí consistiría en encerrarme en lo más hondo de una vasta cueva con una lámpara y todo lo necesario para escribir. Me traerían la comida y me la dejarían siempre lejos de donde yo estuviera instalado, detrás de la puerta más exterior de la cueva. Ir a buscarla, en camisón, a través de todas las bóvedas, sería mi único paseo". Piglia se refiere a ese pasaje como "la más extraordinaria descripción que se pueda imaginar de las condiciones de una escritura perfecta".

-Respiración artificial la escribí aislado, en un departamento que daba sobre el Congreso. Los militares habían inventado un comité asesor, no sé qué. Ahí estaban, esos canallas. Y mi ventana daba justo ahí.

En la novela, que se publicó en 1980, Emilio Renzi investiga la historia de Enrique Ossorio -espía, secretario privado de Juan Manuel de Rosas- y para eso debe dar primero con la historia de su propio tío, Marcelo Maggi. El libro produjo un efecto inmediato. Todos vieron subterráneas alusiones a la dictadura, que se multiplicaron en el espíritu de los lectores asfixiados de la época, y Piglia devino un autor fundamental.

-El libro sintonizó con algo. De una manera completamente ajena, porque yo no tenía ninguna intención de decir: "Voy a escribir un libro sobre la dictadura". Yo, en realidad, quería escribir la historia de un tío mío.

En 1986 publicó los ensayos de Crítica y ficción. En 1988, la nouvelle Prisión perpetua. En 1992, la novela La ciudad ausente. En 1993, los ensayos de La Argentina en pedazos. En 1995, los relatos de Cuentos morales. En 1997, la novela Plata quemada, en medio de cierto escándalo (fue ganadora del Premio Planeta-Argentina, pero uno de los finalistas inició un juicio cuyo fallo sentenció que Piglia, "o más específicamente su obra, no debió postularse para la obtención del premio", pues "se encontraba vinculado contractualmente con la editora"). Le siguieron los ensayos de Formas breves en 1999, Diccionario de la novela de Macedonio Fernández, en 2000, y El último lector en 2005. De modo que, desde Plata quemada, Piglia no había vuelto a publicar una novela. Hasta ahora.

Blanco nocturno fue mencionada por Piglia a lo largo de la última década en diversas entrevistas en las que, además de coquetear con la idea de dar a conocer el Diario que comenzó a escribir aquella tarde de 1957 y que no ha abandonado desde entonces, hacía referencia a esa novela que, decía a veces, transcurría en 1982, el año de la guerra de Malvinas o, decía otras, contaba la historia de Emilio Renzi que, sumido en una crisis y encerrado en una casa de Adrogué, releía sus diarios mientras iniciaba una relación con su vecina. Pero Blanco nocturno no es nada de todo eso sino la historia de un hombre y su familia, y no transcurre en 1982 sino en 1972, y su escenario no es el confín gélido del mundo sino un pueblo de la llanura bonaerense con madrugadas luminosas y tardes serenas: "La última luz de la tarde de marzo entraba cortada por las rejas de la ventana y afuera el campo tendido se disolvía, como si fuera de agua, en el atardecer".

-Nunca fue una novela sobre la guerra de Malvinas.

-Sí, no, mirá, mi idea era que la novela sucediera durante la guerra, pero que la guerra no tuviera peso. Y eso lo modifiqué, también. No me lleva tanto tiempo escribir las novelas. Si cuento todo el tiempo serán dos años. Pero la anécdota va cambiando mucho. Y yo, en realidad, quería escribir la historia de mi primo.

Blanco nocturno comienza con Tony Durán, un mulato nacido en Puerto Rico, que llega al pueblo tras los pasos de las gemelas Sofía y Ada Belladona a quienes ha conocido en un viaje por Estados Unidos. Durán se hospeda en un hotel, entabla una relación ambigua con otro extranjero, el japonés Yoshio, y desde entonces vive apenas tres meses y cuatro días más, porque lo matan. Entonces entran en escena el comisario Croce -con más intuición que método, en las antípodas de los detectives racionales del género policial- y Emilio Renzi, que llega como enviado del diario El Mundo para informar sobre el caso y queda prendado de una de las gemelas, Sofía, que, además de contarle la historia del pueblo en largas conversaciones envueltas en un clima muy Gatsby, lo pone al tanto de la historia disfuncional de su familia y de la de su hermano Luca, el personaje en torno al cual gira la novela, un hombre dispuesto a todo con tal de no perder la fábrica de autos que es su obsesión y su vida, y que termina conectado, de manera terrible, con la muerte de Durán.

-En realidad, Luca es mi primo. Él tenía una fábrica, y tuvo una crisis porque las cosas iban mal y su hermano pensó que lo mejor era tener una sociedad anónima. Un día Luca se encontró la fábrica en manos de desconocidos, y le dio una especie de ataque. Empezó a escribir sus sueños en las paredes de la fábrica. Encontró un libro de Jung, como en la novela, y ese libro le dio contenido a su delirio, que consistía en que él podía percibir lo que estaba por pasar si era capaz de leer sus sueños. Yo lo quería muchísimo. Murió hace dos años. Poco antes fui a verlo, hicimos un vídeo, fotos. En un momento pensé que iba a poner esas fotos en la novela, pero decidí que no. Yo quería contar esa historia, pero no como una historia familiar. Quería un tono más épico. Entonces aparecieron el portorriqueño, el crimen, las gemelas.

El portorriqueño, el crimen y las gemelas se entrelazan con la historia de Luca, atrincherado en su fábrica, y la novela, bañada de luces -la luz ambarina que tiñe los encuentros entre Sofía y Renzi; la luz amenazante y cegadora de la fábrica; la luz fantasmal que baña las conversaciones entre Renzi y Croce cuando el comisario pasa una temporada en el manicomio-, se entrelaza, a su vez, con las 42 notas al pie (que incluyen chistes malos -como la número 40, que reproduce un chiste clásico entre dos gauchos-, aclaraciones arbitrarias -como la número 38, que segura que cada vez que Sofía se tendía al sol las gallinas trataban de picotearle las pecas- y la única referencia a la guerra de Malvinas en sus casi 300 páginas) que arman un relato paralelo, autónomo.

-Lo que hice fue ir escribiéndolas aparte. Después elegí algunas arbitrariamente, jugando con la nota al pie como un relato que tiene cierta autonomía.

Pero, dice Piglia, la novela no es una novela policial -aunque tiene un comisario-, ni una novela familiar -aunque tiene una familia-, ni una novela campestre -aunque transcurre en el campo-. En la página 142, en la exacta mitad, el comisario Croce le dice a Renzi que le interesa mostrar que las cosas que parecen lo mismo son, en realidad, diferentes. Y, para eso, dibuja un pato que, si se mira de otra forma, es un conejo. Allí está, según Piglia, el núcleo de todo.

-El pato no lo dibujé yo. Lo hizo el primo de mi mujer que es pintor. Ese es el nudo de la novela. Hay un elemento endogámico en un pueblo, de expulsión de cualquier forastero que no tenga similitud con el universo en que se mueve. Me interesó eso, el juego de parecerse a algo. Qué es ser parecido. Qué quiere decir. Eso, y las falsas percepciones.

Las gemelas parecidas; los inocentes falsos; la luz de la traición que lo transforma todo; el apellido Belladona que refiere, entre otras cosas (¿a una conocida actriz porno, extrema?), a una planta de mitología inquietante que produce, en realidad, midriasis, una dilatación de las pupilas que genera un cambio en las percepciones de la luz.

-Pequeñas distorsiones en la percepción. Eso era el nudo secreto de la novela.

En una de las habitaciones de este apartamento hay cajas y, en las cajas, cuadernos de la marca Congreso con tapas de hule negro, los únicos que Piglia usa para escribir el Diario que empezó aquella tarde de marzo de 1957 y en el que ha volcado, desde entonces, 53 años de escritura permanente. Excepto por algunos fragmentos reproducidos en Prisión perpetua, y por un destello publicado en el número 10 de la revista Dossier que edita la Universidad Diego Portales, de Chile, no se conoce nada del contenido de esta obra de más de medio siglo.

-Yo creo que lo voy a publicar. No dejarlo como libro póstumo, ¿no? En un momento pensé que sería bueno publicarlo bajo la forma de series. La serie de los encuentros en los bares, la serie de las cenas con amigos.

En el Diario, la escritura manuscrita alterna palabras bien dibujadas con otras un tanto rotas. Piglia usa tinta azul, o al menos la usó a veces. Entre las páginas amarillas guarda -¿guardaba?- papeles con anotaciones: cuentas, garabatos, listas de tareas pendientes de las que empiezan con frases como ir a tal parte o comprar tal cosa. Los cuadernos de tapas de hule negro marca Congreso se consiguen en una sola librería de Buenos Aires, en el barrio de La Boca.

-¿Y cuando se terminen los cuadernos en esa librería?

-Imaginate. Cuando se terminen no escribo más. Pero no el diario: nada más. Sería buenísimo, ¿no? Se terminan los cuadernos y se termina todo.

Acontecimientos e ideas

4.9.10

Houellebecq copió párrafos enteros de Wikipedia en su última novela, según una web

Polémica en Francia: Houellebecq copió párrafos enteros de Wikipedia


Michel Houellebecq,¿plagió?.foto.fuente:lainformacion.com

Wikipedia no parece haber sido la única fuente de inspiración del conocido escritor, que según Slate.fr copió de la web oficial del Ministerio del Interior la descripción del trabajo de un comisario de policía y de una página turística la de un hotel de Niza.

El escritor francés Michel Houellebecq, uno de los más respetados y aclamados por el público y la crítica, utilizó párrafos completos de la enciclopedia en línea Wikipedia en su última novela, 'La carte et le territoire', según el sitio web Slate.fr.

El exitoso literato, según dicha web, copió en varias ocasiones párrafos completos de Wikipedia en la novela, que llegará a las librerías el próximo día 8, un extremo no negado por la editorial del libro.

No se trata de un caso de plagio sino de documentación para su trabajo, que en este caso es la Wikipedia.

"Houellebecq utiliza folletos de páginas oficiales como material literario bruto para integrarlo en sus novelas tras haberlos modificado", indican en la editorial. "Si algunas citaciones pueden aparecer de forma textual son sólo cortas citas que en ningún caso pueden ser consideradas como plagio", agregan.

Los párrafos identificados como copiados de Wikipedia por Slate.fr corresponden a la descripción de una mosca doméstica, de la ciudad de Beauvais o del político francés Frédéric Nihous.

Los propietarios de Wikipedia reconocen la copia aunque consideran difícil que se pueda acudir a los tribunales puesto que las definiciones de la enciclopedia de la red están redactadas por los propios lectores la mayor parte de las veces de forma colegiada, lo que dificulta identificar a un único autor.

Wikipedia no parece haber sido la única fuente de inspiración del conocido escritor, que según Slate.fr copió de la web oficial del Ministerio del Interior la descripción del trabajo de un comisario de policía y de una página turística la de un hotel de Niza.

3.9.10

Jed Mercurio entra en el dormitorio de Kennedy con la novela 'Un adúltero americano'

Con el libro quiere manifestar las contradicciones morales del ex presidente norteamericano a quien ha definido como "un santo en su vida pública, y un pecador en la privada"

El escritor y médico británico Jed Mercurio, autor de Un adultero americano. foto:internet.fuente:lavanguardia.es

El escritor y médico británico Jed Mercurio ha presentado este jueves su novela Un adúltero americano (Anagrama) con la que ha querido manifestar las contradicciones morales del ex presidente norteamericano John Fitzgerald Kennedy, a quien ha definido como "un santo en su vida pública, y un pecador en la privada". Mercurio se ha servido de las licencias literarias que permite el género novelístico para traspasar la frontera en la que los biógrafos de JFK se ven obligados a detenerse: "Las puertas de su dormitorio", según ha asegurado el autor en rueda de prensa.
La dificultad para adentrarse en su vida privada se debe a que las amantes del ex presidente nunca han hablado, o por lo menos "nunca de una forma fiable". Tampoco lo ha hecho su esposa, Jacqueline Bouvier Kennedy, con la que estuvo casado más de diez años, y de quien Marcurio ha asegurado que era la única mujer importante en la vida de ex presidente americano. Del resto "enseguida se aburría, y pasaba a la siguiente", ha añadido.

El autor británico ha tratado de ofrecer un retrato lo más positivo posible de la esfera pública de JKF, con el fin de encontrar el contraste exacto a su "peculiar" vida privada. Perteneciendo a una familia acaudalada, hubiera podido pasarse la vida "tomando el sol en la piscina, pero no lo hizo", ha explicado.

Mercurio lleva tiempo buscando para su novela a un personaje con contradicciones entre una impoluta vida pública y una doméstica de excesos, especialmente sexuales. Kennedy siempre venía a su mente. "Si hubiese tenido visión de futuro, habría escrito sobre el golfista Tiger Woods", ha bromeado.

También ha asegurado que al también ex presidente demócrata Bill Clinton le hubiese encantado haber gobernado en la época de JFK, cuando la prensa americana no se sumergía en la vida privada de los personajes públicos.

El editor de Anagrama, Jorge Herralde, ha calificado la novela de "profundamente original" y de lectura compulsiva, gracias a que Mercurio ha sabido entremezclar "la política internacional, la sexualidad y los problemas médicos" del malogrado presidente demócrata.

La tumba de JFK

1.9.10

Joyce Carol Oates: "Jamás en toda mi vida me he tomado un día de vacaciones"

La escritora más prolífica y respetada de las letras norteamericanas publica la novela Ave del paraíso

Joyce Carol Oates, encuentra gracioso el estado de ser una viuda. foto.fuente:elperiodico.com

Es difícil seguir su ritmo. Si pestañeas, ya ha escrito una nueva novela (como mínimo de 500 páginas), un ensayo literario o una colección de cuentos. Total, más de 100 libros, algunos de ellos bajo seudónimo. Y todo ello mientras sigue dando clases en Princeton. Toda esa actividad febril contrasta con su figura evanescente y la tranquilidad que destila su voz lánguida. Es Joyce Carol Oates, 72 años, probablemente la mejor escritora norteamericana viva. Todo un clásico sobre el que aletea el Nobel.

-En una entrevista que le hicieron hace más de 30 años en Paris Review decía que ser mujer y escritora era una bendición porque le daba a la vez invisibilidad y libertad. ¿Siente ahora lo mismo?

-Tres décadas más tarde, las cosas han cambiado mucho. Las escritoras tienen hoy una voz central en la literatura contemporánea. Yo siento que he formado parte de una revolución maravillosa que literalmente no existía cuando yo era niña.

-¿Se siente una más dentro del canon norteamericano?

-No estoy segura de tener sentimientos bien definidos al respecto. Me preocupa demasiado mi trabajo, que exige mucha concentración. Updike y Mailer son parte del canon, pero también fueron amigos míos y es difícil pensar en ellos como figuras públicas. Y si con ellos es difícil, ¿cómo será conmigo misma?

-En medio de la escritura de Ave del paraíso murió su marido, el editor Raymond Smith. ¿De qué manera afectó a su elaboración?

-Tenía la novela en un cajón y estaba a punto de enviársela a mi agente cuando murió mi marido. Y mi vida se desintegró. De manera que durante muchas semanas no pude trabajar, más allá de garabatear algunas notas. Sobrevivir un día entero era algo terrible. Estaba tan exhausta, tan deprimida...

-Es difícil imaginar a una Joyce Carol Oates en crisis creativa.

-Solo la fuerza de voluntad me animaba a salir de la cama. Decidí que si no podía escribir, reescribiría la novela que ya tenía. Le cambiaría el título, la haría más poética. Al final la protagonista, Krista, se va de la ciudad y por el espejo retrovisor ve cómo las luces se hacen cada vez más pequeñas, pensando: «Tengo que pasar página, no me puedo quedar aquí». Esta novela tiene un sentido especial y profundo para mí.

-Siento haberle hecho recordar esos momentos dolorosos.

-No importa, forman ya parte de mi vida. Además, todo eso sucedió en febrero del 2008.

-En ese contexto sorprende que la novela siga manteniendo la carga sexual, violenta, dolorosa y turbadora de sus anteriores novelas.

-Quizá porque el sexo es violento y perturbador. Lo único que hago es poner un espejo ante la vida.

-Uno de sus temas recurrentes es el de la culpa y la redención. ¿Se siente una persona religiosa?

-Formalmente, no, pero me interesa mucho la vida espiritual. Mis padres fueron educados como católicos pero no eran practicantes.

-Entonces, la recurrencia...

-Quizá yo me sienta culpable porque mi vida es mucho más fácil que la de mis padres, que trabajaron muchísimo y tuvieron una vida muy dura. Mi madre fue abandonada a los 9 meses porque en su familia eran demasiados hermanos. Mi padre era un obrero de la fábrica a quien le hubiera gustado ir a la universidad.

-Así que, con esas jornadas de escritura tan intensas, está demostrando que usted también es capaz de trabajar tan duro como sus padres.

-Nunca pude convencer a mis padres para que descansaran un minuto y yo me he criado en esa convicción. Jamás en toda mi vida me he tomado un día de vacaciones.

-¿Nunca?

-Para mí es muy difícil estar sin hacer nada. Me gusta la jardinería, disfruto cocinando y limpio la casa. Estas cosas cotidianas son agradables porque son fáciles en comparación con escribir.

-No me diga que sufre escribiendo.

-Sufrir, no. Quizá, frustrada. Pero tengo un sistema infalible para relajarme. A mi gata de largo pelaje le gusta dormir junto a mi ordenador y a menudo su cola, larga y espesa, se queda encima del teclado. Me encanta levantarle la cola suavemente y teclear bajo su largo pelaje.

-Creo que de la experiencia de su viudez ha surgido un nuevo libro que se publicará en febrero.

-Se llamará Widow's story. Es una literatura traumatizada, pero no exenta de humor. Cuando te quedas viuda vives momentos muy extraños. Como acudir ante el juez para los trámites testamentarios junto a otras mujeres que han vivido tu misma experiencia y esperan su turno. O ver la casa llena de flores, o recibir, dos años después de su muerte, facturas a nombre de mi marido.

-Desdramatizó las cosas.

-No, las cosas no fueron dramáticas en absoluto. He leido otras memorias de viudas como las de Joan Didion, magníficas, pero las mías tienen más que ver con llevar una bolsa de la compra, que se te moje y rompa, y yo lloriquee: «Raymond, ¿por qué me has dejado sola?».

-Y su vida se ha convertido en una historia de superación a lo Oates, porque tras una muerte ha seguido adelante con una boda.

-Mi nuevo marido, un neurocientífico, también ha vivido tragedias domésticas, de manera que somos dos personas cojas y heridas. Pero su naturaleza es estupenda, muy optimista y positivo. Ha estado 10 veces en China y volverá en noviembre. Tiene mucha energía. Casi demasiada.

-¿Haber tenido a lo largo de su vida muchos episodios de taquicardia ha afectado a su escritura?

-Me hace sentir que tengo que trabajar rápido y que no puedo ser perezosa, siento que no tengo un tiempo ilimitado.

-¿Cómo le afectan las críticas?

-No busco mi nombre en internet. Escribí para The Guardian un artículo sobre la muerte de Ted Kennedy y los conservadores norteamericanos dijeron de mí cosas horribles, como que me deberían torturar. Así que nunca más he vuelto a mirarlo.

-Se ha anunciado que Naomi Watts protagonizará a Marilyn en la adaptación de su novela Blonde. Es una actriz dramática perfecta para plasmar el universo Oates.

-Ella es estupenda y el guión también es excelente, pero yo no tengo nada que ver con el proyecto. Siento una gran empatía por Marilyn. La mayor parte de la gente conoce su imagen pública, pero yo conozco a la huérfana, una niña a la que convirtieron en una diosa. La percibo como una nadadora que va contracorriente y finalmente se ahoga.

-Creo que ahora está escribiendo el reverso, una novela con heroína exitosa, estilo Hillary Clinton.

-Me interesa mucho ella. Hillary es una mujer increíble que ha sido primera dama, senadora y, ahora, secretaria de Estado. Ha alcanzado tantas cumbres y tiene tantos enemigos...

-Odiada por sus éxitos es también una definición que se podría aplicar a usted.

-Quizá pero en pequeñísima escala. De momento a mí nadie me ha querido matar y a ella seguro que sí.

-¿Si usted hubiera sido menos tímida habría terminado siendo escritora?

-Tengo muchos amigos escritores que no son tímidos. Hemingway no era nada tímido.

-Hemingway escribía para demostrar lo fuerte que era. ¿Usted quizá lo hace para convocar sus miedos?

-Básicamente me gusta escribir. ¿Miedos? Es posible, pero también para dar cuenta de las cosas que encuentro graciosas, como por ejemplo, ser viuda.

31.8.10

La nueva novela de Mario Vargas Llosa estará en las librerías el 3 de noviembre

Cuatro años después de su anterior novela, Travesuras de la niña mala, el escritor peruano verá su nuevo libro publicado a la vez en Latinoamérica y el mercado en español de los Estados Unidos
Vargas LLosa, entrega su nueva novela El sueño del celta.foto:archivo.fuente:elmundo.es

El sueño del celta' está basada en la apasionante vida del irlandés Roger Casement, personaje real inspirador de este trabajo que, en palabras de Vargas Llosa, "tuvo una vida muy aventurera y realmente novelesca".

Tres años ha dedicado el autor a reconstruir la vida de este defensor de los derechos humanos, que fue diplomático británico y que acabó militando activamente en la causa del nacionalismo irlandés. "No me acuerdo cuando descubrí este personaje, pero sí que fue al leer una biografía de Joseph Conrad. Al principio me despertó la curiosidad, sobre todo porque vi que había estado en la Amazonía, en el Perú amazónico. Empecé a buscar materiales sobre él y cuando me quise dar cuenta ya me había atrapado", explica.

"Una conciencia clara"
Roger Casement (1864-1916) fue cónsul británico en el Congo Belga y dedicó dos décadas de su vida a denunciar las atrocidades del régimen de Leopoldo II en el país africano. Tras su actuación en el Congo, el gobierno británico le encomendó investigar la situación de los indígenas que trabajaban en la extracción del caucho en la Amazonía, en la región del Putumayo, zona fronteriza entre Colombia y Perú.
Fruto de esos viajes, Casement escribió dos informes sobrecogedores, de gran repercusión en la época, que detallaban los terribles abusos contra los indígenas. "Roger Casement es uno de los primeros europeos que tuvieron una conciencia clara de lo que fue el colonialismo y que denunció sus tropelías", apunta el escritor. Mario Vargas Llosa narra la evolución de un personaje que vivió sus propias contradicciones. Siendo diplomático al servicio del gobierno británico inglés y anglicano, se hace independentista irlandés y católico.

En Nueva York estableció contacto con los nacionalistas irlandeses exiliados, viajó a Berlín para conspirar contra el Reino Unido en plena I Guerra Mundial y participó en el Alzamiento de Pascua de 1916. Tras varios meses en prisión, Roger Casement acabó condenado a muerte acusado de traición tras un juicio que conmovió a la sociedad inglesa por el aireamiento de unos diarios donde supuestamente Casement relataba escabrosas aventuras homosexuales, y cuya autenticidad sigue siendo una incógnita.

"Casement es un personaje que incomoda mucho a los propios irlandeses, porque hay toda una leyenda muy controvertida sobre supuestas prácticas sexuales homosexuales que se le atribuyeron, nunca se sabe si con una base de realidad o como parte de una operación de la inteligencia británica para desprestigiarlo".

'El sueño del celta' narra, en definitiva, la peripecia vital de un aventurero, un idealista al que la vida le esperaba como una metáfora de la maldad.

25.8.10

"El ser humano es la bestia más maligna"

El escritor francés presenta su nueva novela El perro de Dios

El escritor Patrick Bard presentó en Barcelona el libro que recrea la leyenda de la Bestia de Gévaudan.foto:Xavier Cervera.fuente:lavanguardia.es

Nacido en Montreuil- sous-Bois (Francia, 1958), Patrick Bard debutó en 1993 con un libro de viajes sobre el mundo del blues y tres años después se instaló en México para realizar una investigación. De ahí salió un interesante trabajo y su primera novela, La frontera, thriller sobre el asesinato sistemático de mujeres en Ciudad Juárez. Ahora presenta un libro inquietante: El perro de Dios (Ed. Grijalbo). Un ser mitad hombre mitad animal siembra el terror en la Francia del siglo XVIII. Años más tarde, el sacerdote Antonin Fages salva del saqueo en el Vaticano unos libros prohibidos... En uno de ellos descubre un misterioso manuscrito sobre una bestia sanguinaria...

¿Qué ocurrió realmente en Gévaudan en 1764?
Fue la historia criminal más famosa del siglo XVIII en Europa. Apareció el cuerpo devorado de una chica de quince años y entre 1764 y 1767 la llamada Bestia se comió 150 personas. Todos niños y mujeres. Ni un solo hombre.

¿Nunca se supo quién era?
Nunca. Mataron a lobos, a hienas, pero nunca lograron nada. Al llegar a Versalles, el que creyeron que era el verdadero cuerpo de la bestia ya se había descompuesto y ni el mejor de los científicos supo identificar su especie.

Coincide con un momento iniciático de la prensa europea
Sí, esa cruel noticia dio paso al primer vertido mediático de la historia de la prensa europea: dio artículos diarios en prensa francesa, inglesa, alemana, española...

Apunta usted a la manipulación del clero
El arzobispo empezó a decir a los campesinos de Gévaudan que esa bestia no era natural sino enviada como castigo divino por los pecados que ellos cometieron.

La miseria que describe es verdaderamente aterradora
Los campesinos, entonces, eran muy muy pobres, atrozmente. Y era fácil acobardarles. No tienen tierras ni dinero para casarse,muchos, hambrientos, deben abandonar a sus hijos recién nacidos a la puerta de las iglesias.

Fue un centro importante
Esa zona producía la tela de lana de todos los ejércitos de Europa. Era una de las fuentes de dinero más importantes de Francia, pero sus habitantes se morían de hambre. Inglaterra tenía el monopolio de los telares.

Lleva veinte años documentándose. Los historiadores han ensalzado su trabajo. Hace muchos años que mi esposa Berta y yo tenemos una casa en esa zona, en la montaña. A la hora de investigar somos un equipo y juntos hemos seguido muchas pistas. ¿Sabe lo que es tener en la mano un documento de un sacerdote de entonces donde lees: "hoy hemos enterrado el cuerpo de la niña X de cuatro años, destrozada por la Bestia..."

Ha suscitado muchas hipótesis y variantes literarias
Sí. Esa bestia ha dado más tinta que sangre. Quise llenar de ficción los espacios vacíos de esa historia porque el ser humano es la bestia más maligna.

Denuncia la mezquindad política, ya en esa época
Resulta inimaginable, ¿verdad?, que el cura de un pueblecito de monte escribiera cada día al que sería hoy el ministro de Gobernación. ¡Y el ministro le contestara diariamente! Pues ocurría, porque quienes cobraban impuestos eran miembros de la familia real y la zona era esencial.

Trabaja con su esposa
Como periodistas siempre viajamos juntos y tenemos proyectos en común. Ahora mismo hemos iniciado una investigación en Latinoamérica sobre la violencia en mujeres. Los periodistas tenemos una responsabilidad social, pero cada vez tenemos menos garantías sobre nuestros derechos de autor.

Ya recibió en su momento varios premios por su libro sobre Ciudad Juárez. ¿Dos mundos?
No, no, tienen muchos puntos en común que conforman mi núcleo de interés como escritor. En ambos casos se trata de asesinatos de mujeres. No son mundos tan distintos, la Bestia de Gévaudan o los Monstruos de Juárez. También les mueve el dinero, el poder y la manipulación religiosa.

Usted ve paralelismos también entre aquellos campesinos
En zonas de Latinoamérica hay campesinos que viven casi en esclavitud. Sin tierras y trabajando para una élite como los campesinos franceses hace dos siglos.

Utiliza vocablos propios de la lengua occitana
El conjunto occitano-catalán fue la primera lengua de la literatura europea. Una lástima. Hoy, la lengua occitana está muriéndose. Sólo los ancianos la utilizan.

La novela apunta una posible hipótesis donde la Bestia solaparía atrocidades humanas
No descarto nada. Podía ser que, con la excusa del animal, algún hombre cometiera violaciones, decapitaciones... y cerrara el círculo con un perro-lobo amaestrado para rematar la faena y no dejar huellas. O lobos que cambiaron costumbres alimentarias, animales salvajes traídos de África...

Licántropos, vampiros, existe cierta moda literaria. ¿Por qué esa pasión de adolescentes por Crepúsculo, por ejemplo?
Vivimos una época convulsa. Cuando el hombre no cree en Dios, no es que no crea en nada, es que cree en cualquier cosa. Incluso el mal puede ser su Dios.

Tres en uno

Escritor y fotoperiodista
Articulista habitual en la prensa francesa, Patrick Bard es fotoperiodista y expone regularmente. En la actualidad es presidente de honor de la Asociación Nacional de Periodistas, Reporteros, Fotógrafos y Cineastas de Francia. Por su trabajo sobre Ciudad Juárez recibió el premio Michel Lebrun de novela policiaca y el premio 2005 Brigada 21 a la mejor novela policiaca extranjera.


24.8.10

¿Por qué tendrían que darle el Premio Nobel a este hombre?

Su nombre está en las quinielas del Nobel cada año. Y sin embargo, a pesar de su talento excepcional y sus maravillosas historias, Cees Nooteboom no es un autor muy leído. Arcadia conversó con él

El nombre del escritor Cees Nooteboom siempre está en las quinielas del Nobel.foto.fuente:revistaarcadia.com

Lo que uno quisiera escribir sobre Cees Nooteboom ya está escrito en sus libros. Y lo que uno quisiera decirle, después de haberlos leído, ya lo hizo a su manera el gran Antonio Tabucchi: "Me encontré a Tabucchi una vez y de repente viene hacia mí y me da un beso, dos besos, y me dice: 'Eso es por ¡Mokusei!' ¿Está bien entre autores, no? No pasa muchas veces". Me contó Nooteboom, en impecable español, en la entrevista telefónica que concedió para Arcadia. ¡Mokusei! es uno de sus cuentos, en el que un fotógrafo holandés se enamora de una modelo japonesa y entre las muchas cosas que piensa, cree que ese amor tan grande sólo se explica porque cada uno desea ser el otro: "No lo podía decir, pero era lo que había pensado a menudo: que él quería convertirse en ella y tenía la sensación –sin que ninguno de los dos hubiera dicho nunca algo por el estilo– de que a ella le pasaba exactamente lo mismo, que ella, por idiota que pueda sonar, intentaba tomar posesión de su cuerpo no para tenerlo a él, sino para ser él". Y todo el texto tiene la misma densidad y la misma cadencia de este fragmento.

Cees Nooteboom (su nombre se pronuncia Ceis y su apellido Notbom, que es 'nogal' en holandés) nació en La Haya en 1933. El recuerdo más vívido que tiene de sus primeros años, y que bien podría pertenecer a alguno de sus personajes, es el de su padre poniendo una silla en la terraza de la casa para sentarse a ver el bombardeo nazi del aeródromo de Ypenburg, en 1940. Pero el mismo Nooteboom ha dicho que si bien hay gente que puede rastrear su infancia entera con fechas, escuelas y eventos, como si fueran un computador, él no puede hacer eso: "Algunas veces me pregunto si realmente estuve ahí".

Su padre los abandonaría durante la guerra para luego morir en el bombardeo a La Haya, en 1945. Su madre, Johanna Pessers, se mudó a Tilburg, se casó de nuevo y entonces Nooteboom empezó su peregrinaje por varios internados católicos —uno de ellos dirigido por monjes franciscanos, otro por agustinos— y de esa época conserva una enorme gratitud por "los buenos hermanos" que le enseñaron latín y griego. Pero aclara en la entrevista, con mucho humor: "Pero… ¡ellos me han arruinado!". Y aquí aparece otro rasgo distintivo de Nooteboom: parece haber tenido la típica infancia europea de posguerra —incluso aburrida­—; rara vez habla de ella y, a diferencia de tantos escritores contemporáneos, no ha escrito libro alguno en el que la evoque.

No terminó el bachillerato, tuvo algunos trabajos de escritorio, y empezó a viajar: "A la edad de diecisiete años le dije a mi madre: 'Me voy'. De cierta manera, nunca he vuelto". Y en los sesenta años que han pasado desde entonces, Nooteboom ha conocido cuarenta países y ha escrito más de cuarenta libros entre poemarios, traducciones, novelas y crónicas de viaje. Pero así como en sus novelas los personajes nunca caen en clichés, en sus crónicas periodísticas, llenas de datos útiles y bien ordenados, se percibe también la pátina de una búsqueda interior. Hotel Nómada, una antología de sus mejores crónicas (prologada en la edición en español por su amigo Alberto Manguel), recoge la filosofía de Nooteboom desde el instante en que empezó a viajar: "A partir de aquel momento opté por una vida que hoy llamo la mía, la existencia del que escribe y describe en el mundo de las apariencias, pero ¿cuántas palabras hay que escribir para ser capaz de leer una única palabra?" "Leo filosofía de vez en cuando, pero no he estudiado filosofía. He leído mi Platón, mi Nietzsche, y también a Heidegger. Hay filosofía en todos lados. A lo mejor, también hay un poco de filosofía que sale de mi propio imperio". A lo mejor la hay en lo que se pregunta Alma, la joven narradora de Perdido en el paraíso, mientras yace al lado de su amante maorí, en Australia: "¿Existe la pornografía sin porno? Mejor dicho, ¿existe la pornografía exclusivamente como concepto, sin representación gráfica alguna?" Pero las referencias filosóficas en Nooteboom no son las del escritor que quiere impresionar con sus conocimientos, ni las del que pretende entrar a disertar con los filósofos. Es evidente que la ha leído juiciosamente, pero es más bien irreverente con ella: "Sobre eso estaba escribiendo ahora. ¡Ja!, un capricho, completamente absurdo, pero bueno: Lutero en una misma habitación con Derrida y Baudrillard. Acabaría sin dificultad con su mascarada. Aunque… contra un talmudista y un jesuita…", piensa Arno Tieck, un personaje de El día de todas las almas.

A principios de los 50, Nooteboom realizó su primer viaje en autostop por Escandinavia y luego por Provenza, y de ahí surgió su primera novela, Philip y los otros (1955), que recibió muy buena acogida por parte de la crítica, así como el Premio Anne Frank. A su ópera prima le seguirían algunos libros de poesía, hasta que Nooteboom sintió que el lenguaje poético lo limitaba: "Necesitaba que mi obra perdiera tanto lirismo. Para escribir se requiere de un cierto connaissance du monde. Por eso empecé a viajar". Y ese uso de extranjerismos que se cuela en su obra y en su conversación no es del escritor políglota y esnob sino el del viajero cosmopolita con una sólida educación clásica, pero que se ha visto obligado a aprender otras lenguas para enfrentar la vida que ha escogido: "Quien huye de la realidad es aquel que se queda en casa sometido a la rutina de la vida diaria, porque no puede soportar la amarga sabiduría que proporciona el viaje", dice en Hotel Nómada. Y esa amarga sabiduría aparece por doquier en sus textos. En medio de la descripción de las infames condiciones de los mineros en Bolivia amarga (1968), se lee: "De vez en cuando el silencio queda interrumpido por el grito de un pájaro invisible que sueña un sueño de terror". Tal vez los libros de viajes de Nooteboom son, como afirmó Richard L. Kagan, crítico del New York Times, en su reseña de El desvío a Santiago (1992): "Una especie de Guía Michelin para el alma".

Aunque su dominio del francés, el inglés y el alemán es casi perfecto, nunca ha pensado en escribir en otra lengua que no sea su holandés natal: "Siempre digo que cuando yo escribo en holandés es como si tocara el órgano. Si escribiera en inglés, sería como tocar la guitarra". Esa conciencia musical de su lengua materna, sobre la que sus personajes disertan con tanta frecuencia, viene acompañada de un singular patriotismo: "Holanda es un país difícil de comprender. Somos una tribu un poco rara y no nos entienden", afirma con el mismo humor que usa en su ensayo ¿Cómo ser europeos?: "¿Cómo se convierte uno en europeo? Para empezar, siéndolo, cualidad que se adquiere, por ejemplo, naciendo en los Países Bajos. Quien está convencido de que conoce el mundo mucho mejor de lo que el propio mundo se conoce, es que es holandés".

Después de su primera novela, Nooteboom publicó libros de poesía, la novela El caballero ha muerto (1963), y crónicas de viajes, entre las que se destacan la de la invasión soviética a Hungría, en 1956, y las de mayo del 68. En 1967 fue nombrado editor de la revista Avenue, de gran tiraje en Holanda, para la cual tradujo a poetas como César Vallejo (por quien profesa una gran admiración) y Wallace Stevens, entre otros. Y mientras continuaba con sus viajes, en 1980 publicó Rituales, que luego sería adaptada al cine, y que es quizá su novela más famosa y a partir de la cual empezó su etapa más productiva como novelista.

En 1989 fue invitado por el Servicio de Intercambio del gobierno alemán a vivir un año en Berlín, lo que le permitió ser testigo de la caída del muro (sobre la que escribió varias crónicas, recientemente recopiladas en el libro Berlín 1989-2009). En esta ciudad hizo amistad con el filósofo Rüdiger Safranski y con el pintor Max Neumann, quien luego ilustraría las portadas de algunos de sus libros. Desde entonces divide su tiempo entre Berlín, las afueras de Ámsterdam y Deiá, en la isla de Menorca, donde tiene una casa que se puede ver en un video de YouTube.

En cuanto a su libro más querido, dice que si tuviera que escoger uno, éste sería La historia siguiente, esa novela delirante en la que un profesor de escuela secundaria, Hermann Mussert, se acuesta una noche en su casa de Ámsterdam y se despierta al día siguiente en Lisboa. Pero lo interesante de Mussert es que, a diferencia de lo que hacen los profesores en la literatura contemporánea, no se enreda con la estudiante por la que siente fascinación, sino con una profesora (con cuyo marido, la estudiante, Lisa D'India, inicia una aventura por su lado). Nooteboom escribió esta novela para la Semana Holandesa del Libro, un evento anual en el que un escritor recibe el encargo de escribir una novela con un número determinado de palabras, que será distribuida de forma gratuita. Aunque recibió fuertes críticas en su país, ya que el estilo es muy diferente al de sus otras novelas, este fue el libro que lo catapultó en Alemania y de ahí al resto de Europa: "Pasan cosas raras con los libros", dice, y a continuación pregunta si sus libros son muy costosos en Colombia y si llegan las ediciones de bolsillo: "No me interesa vender. Me interesa ser leído".

En su ya larga carrera como escritor, Nooteboom ha recibido, además del Premio Anne Frank en 1957, el Premio de Poesía de la Comunidad de Ámsterdam en dos ocasiones (1960 y 1965), el Premio de Periodismo por sus crónicas sobre mayo del 68, el prestigioso premio Pegasus por Rituales (1982), el Constantin Huygens (1992), el Aristeion por La historia siguiente (1993) y, en noviembre pasado, el Premio Holandés de las Letras, el galardón más importante de los Países Bajos.

Es un lugar común afirmar que en la concesión del Premio Nobel de Literatura hay un componente claramente político. Desde hace varios años la Academia Sueca parece decidida a desmentir esa afirmación, como parecen confirmarlo los premios Nobel otorgados a Elfriede Jelinek, J.M. Coetzee y Jean-Marie Le Clézio, quienes, si bien tienen posiciones políticas que podríamos llamar liberales, son en esencia novelistas dedicados a su oficio. Sobre el Premio Nobel Nooteboom dijo: "Me interesa para ser leído. Sería arrogante decir que no. Pero es una lotería y yo no puedo decir nada al respecto". Y recuenta la anécdota de su amigo el poeta belga Hugo Claus, que murió en 2008, y quien fuera otro de esos eternos candidatos al Nobel: "Claus decía: 'Ahora es tiempo de que me lo den por razones humanitarias'. Pero Claus murió sin recibirlo", dice Nooteboom, y después de una pausa agrega: "Como mis maestros: Borges, Proust, Nabokov, Kafka y Calvino".

Tal vez Nooteboom, como su obra, quede a la altura de los que él considera sus maestros, pero tal vez le den el Premio Nobel porque es un gran cronista, traductor y poeta, y un novelista excepcional. Porque en sus obras no hay frases célebres que se puedan citar fuera de contexto. Porque su humor es exquisito. Porque escribe y describe sin posar como escritor. Porque leerlo es un goce estético e intelectual. Porque es elegante con el lector. Porque, en resumen, recoge la cultura europea sin dejar de dialogar con el resto del mundo. Su próximo viaje será a China, Japón y Corea ("donde han publicado mis libros y bueno… Me interesa… Pero claro, no puedo leerlos"). Su próximo proyecto: Cartas a Poseidón. "Son cartas a Poseidón porque son dioses olvidados, ¿no? Inmortales, pero también olvidados, ¿y cómo es ser un dios olvidado?" Y mientras esta revista está en la imprenta, Nooteboom estará de viaje, tratando de pasar inadvertido, "lo cual no es sino una forma de desaparecer, que es en definitiva de lo que se trata".

En el mercado

Hotel Nómada

Cees Nooteboom

Debolsillo

2007

224 páginas

$29.000

23.8.10

El campo literario

Una nueva novela de Ricardo Piglia, sobre todo trece años después de la última, es un acontecimiento

Ricardo Piglia, autor de Respiración artificial.foto.fuente:pagina12.com.ar


Además, la aparición de Blanco nocturno (Anagrama) significa un giro en la obra de un autor que pretende no repetirse de libro a libro. Esta vez, Piglia recurre a los tonos y climas de un policial clásico y negro, ambientado en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. Poblada de fantasmas de la historia y de personajes inolvidables, Blanco nocturno es una novela llamada a ocupar un lugar relevante en la literatura actual. El campo, sus secretos ocultos, el cruce entre el conflicto rural de 2008 y la novela, y hasta los efectos residuales del affaire Plata quemada, son algunos de los temas que se recorren en esta entrevista.

Después de varios años, con perfil bajo y como de costado, desbordando por la punta, aparece Ricardo Piglia con nueva novela, sorprendiendo por su espesor de "gran novela", con músculo épico y unas trescientas páginas. El mito se hizo realidad. Ya famosa por su título y la explicación de ese título –los soldados ingleses en Malvinas estaban provistos de anteojos infrarrojos que les permitían ver en la oscuridad y disparar sobre un blanco nocturno– que viene repicando desde el affaire Plata quemada, nada tiene que ver en forma explícita con la guerra de Malvinas. Quedó la resonancia del título. Blanco nocturno es un policial clásico, bastante riguroso como tal, una novela negra a la Ross MacDonald que empieza por el tópico del forastero que llega a un pueblo; luego se convierte en una intrincada y perturbadora trama familiar que hunde sus raíces en el pasado y termina por confrontar el campo y la máquina, la verdad y la justicia. Novela que se hace muy atrapante en la lectura pero no se agota ahí: deja residuo.

Novela de personajes alucinados a los que el destino les corta abruptamente el mambo delirante para ponerlos cara a cara frente a una gran decisión existencial, un abismo, el abismo de lo real. Vuelve Emilio Renzi, periodista y escritor de la eterna novela, comodín de autor, quien viaja de la capital a la ciudad chica de la provincia de Buenos Aires y descubre, como en una revelación lenta y distorsiva, que en el campo nada es lo que parece. Y todo circula y sucede como entre espejos deformantes, sinuosos y ondulados.

"En ese pueblo, como en todos los pueblos de la provincia de Buenos Aires, había más novedades en un día que en cualquier gran ciudad en una semana, y las diferencias entre las noticias de la región y las informaciones nacionales eran tan abismales que los habitantes podían tener la ilusión de vivir una vida interesante", se lee en Blanco nocturno. Y también:

"La gente del campo vivía en dos realidades, con dos morales, en dos mundos, por un lado se vestían con ropa inglesa y andaban por el campo en la pick-up saludando a la peonada como si fueran señores feudales, y por otro lado se mezclaban en todos los chanchullos sucios y hacían negociados con los rematadores y los exportadores de ganado".

Claro que no se trata de revelaciones definitivas, ni mucho menos. Sí permite descubrir que el campo es un lugar de la experiencia tanto como la ciudad. Permite el aprendizaje de los novatos, aunque parezca que no tiene nada nuevo, nada moderno para ofrecer.

Piglia vuelve con una novela de campo y pueblo chico, chismes y verdades ocultas, con Faulkner, Onetti, Puig y Walsh en la mochila.

Blanco nocturno es una novela de los '70 pero antes del vendaval desatado. Capta ese momento en que el huracán empieza a desplazarse pero todavía está en quietud ("tensa calma", escribiría Emilio Renzi en El Mundo). Todavía no vuelve Perón, todavía no muere Perón pero se viene del Cordobazo y los militares son casi excluyentes en el tinglado político. Blanco nocturno transcurre en un tiempo no marcado por los grandes hechos pero, así y todo, la trama de ficción se coloca en el centro de una trama política, económica y hasta financiera. Surgida de un hecho real, erige a una fábrica desmantelada en medio del desierto en la gran metáfora del relato. Una Utopía que participa en varios frentes a la vez pero se va corriendo vertiginosamente, imparable, de lo positivo a lo negativo. Del sueño a la pesadilla.

PAMPA BARBARA

Cuando se empieza con la lectura de Blanco nocturno, en las primeras veinte, treinta páginas parece que la gran construcción mitológica del relato va a ser la azarosa y fortuita vida de Tony Durán, mulato, quizá gigoló, seductor y carismático, nacido en Puerto Rico, criado y crecido en los Estados Unidos, quien desemboca en un pueblo del sur de la provincia de Buenos Aires, a 340 kilómetros de la Capital Federal, a instancias de las mellizas Belladona, hijas de la familia más connotada de la ciudad, descendientes de la familia fundadora del pueblo. Se conocieron en el ambiente de los casinos de Atlantic City. Y sin embargo Tony Durán va a salir pronto de escena, esfumándose su fina estampa. Como si un personaje de la literatura norteamericana, un negro blanco, por ejemplo, experto en sobrevivir en el gótico sureño o en la jungla de cemento de Nueva York, sin embargo al entrar en contacto con la literatura de la llanura pampeana, se quedara empantanado, atrapado en las redes de nuestra tradición. Fagocitado, pobre hombre, comido por la literatura argentina.

Si bien su asesinato es la clave del asunto, lo es por varias razones que desplazan el interés hacia el otro personaje mítico del libro: Luca Belladona, el que alcanza alturas épicas pero adolece de pies de barro. Para completar la tragedia pueblerina, además de Emilio Renzi, están las mellizas y el muy querible comisario Croce, figura que puede desandar un recorrido desde Fray Mocho a Payró, pero que en sus afanes de Sherlock Holmes de pueblo también va a ser desafiado por las "fuerzas vivas", las que tejen y destejen a placer.

"Empecé Blanco nocturno, un poco a partir de un primo, un primo de la familia de mi padre al que yo quería muchísimo. Mi intención era hacer una historia con él y su decisión de sostener una fábrica en medio del campo, los conflictos que había enfrentado con parte de la familia. Ellos vieron que la situación venía mal y decidieron hacer una sociedad anónima. No le avisaron, llegó de improviso a una reunión donde se estaba decidiendo el futuro de la fábrica y tuvo un brote. Hizo un gran esfuerzo y finalmente se quedó con la planta de la fábrica", empieza Piglia. "Quise contarla primero como una historia familiar. Una segunda versión era una historia en la que Renzi estaba parando en una casa prestada, entraba en relación con una vecina que le contaba la historia de su hermano y la fábrica en el campo. Después, en el desarrollo de versiones ese lugar se fue poblando de otras historias y personajes. Pero el nudo central fue real."

Piglia habla del viejo anhelo –podría decirse ahora concretado en Blanco nocturno– de escribir una novela policial clásica. Y salen las referencias de Chandler y sobre todo Ross MacDonald.

"Yo tenía la ilusión de escribir una historia policial con un detective que estuviera loco, y aquí encontré el hilo conductor con el comisario Croce. No sé si es que está loco, pero toma decisiones que lo alejan de la lógica del policial y lo hacen aparecer como una especie de manosanta. A Ross MacDonald, sí, lo tuve muy presente, porque en sus novelas siempre va para atrás, las claves están en el pasado. El le pone al género esa idea de reconstruir la verdad hacia atrás. Para mí lo policial en la novela es Croce, porque yo la pensé como una novela de personajes, que tuviese una especie de parada épica, algo que me parece escasea en la literatura argentina. Algo que escape un poco al sentido más autobiográfico que tienen ahora las historias. El gesto vanguardista que siempre me acompaña en este caso es haber escrito una novela tradicional. Ahora hay mucha novela que empieza y se diluye, con una marca muy autobiográfica. Siempre me acuerdo de una frase de Néstor Sánchez, un tipo tan querido. Cuando dejó de escribir, buscándole una explicación dijo: Y, se me acabó la épica. Me pareció eso. Me dije: vamos a tratar de escribir algo que exceda la experiencia directa de los personajes.

En Blanco nocturno tienen mucho peso las locaciones, como si estuvieran cuidadosamente elegidas, como en una película. El campo, el pueblo de provincia, la fábrica desmantelada.

–Yo tenía los recuerdos de los veranos en el campo, en mi infancia, en Bolívar. Siempre localizo las historias en lugares en los que viví. Pero descubrí escribiéndola que el pueblo como locación tiene una virtud: a los personajes los podés manejar en un ambiente sin que haya interrupciones, como puede suceder en la ciudad. En la ciudad te perdés. En el pueblo, después te encuentro comiendo en el hotel, o en el club o en los dos o tres lugares que se frecuentan. Eso es interesante como mecanismo narrativo, porque los personajes logran tener una concentración y una unidad sólidas. Cuando nosotros empezamos, me refiero a Briante, Di Paola, Saer, en los primeros años de los '60, la cuestión que se planteaba mucho, aunque ahora parezca increíble, era que había que escribir novelas de la ciudad, porque las novelas del campo pertenecían a una tradición dominante. Escribir sobre la ciudad era lo moderno, lo nuevo.

Curiosamente casi todos los que mencionás venían de afuera.

–Sí. Miguel lo resolvió rápidamente en sus cuentos, Saer inventó ese lugar intermedio, la zona, entre el interior y la ciudad, y yo lo hice pero tarde. Puse toda esa tradición que siempre me interesó mucho en esta novela. Igualmente nos gustaban mucho Wernicke, Benito Lynch. Estaban cerca. Yo me tomé en serio lo de la ambientación en el campo. Me informé y recordé mi propia experiencia de esos veranos de los doce, trece, catorce años. Por ejemplo, la noche en el campo que es muy especial, el mundo social del club náutico, el hotel. Yo pasaba el verano entero en una casa en Bolívar que era de una hermana de mi padre, hablo de los años '50, era un campo mucho menos homogéneo que el actual.

El conflicto del campo sucedió en 2008, así que supongo que entonces estabas en pleno proceso de escribir Blanco nocturno. ¿Se cruzaron ahí campo y novela, cómo lo viviste?

–Me dio un impulso complementario porque vi aparecer otra vez el mito. Me dio la sensación de que el mito de los gauchos sabios, de las apariencias de inocencia del campo argentino contra la ciudad, volvían a cobrar vigencia. Lo que hay en la novela son algunos elementos que luego, con el conflicto del campo, se actualizaron. Y en verdad es un tema permanente. Tiene que ver con la propiedad de la tierra, negocios con la tierra. Yo no intenté ser anacrónico, pero digo un poco en broma que esta es mi novela sobre el campo, mi intervención en el debate del conflicto del campo.

EL INCENDIO Y LAS VISPERAS

La novela anterior a Blanco nocturno fue publicada en 1997: Plata quemada significó un éxito enorme por las ventas de la novela ganadora del premio Planeta y luego la película de Marcelo Piñeyro inspirada en la novela, pero también fue la fuente de muchos disgustos para Piglia. Sin ánimo de volver sobre el asunto, como es de público conocimiento se entretejieron varios juicios a su alrededor, de parte de algunos familiares de personajes de la novela (inspirada en hechos reales) y de personas que se sintieron damnificadas por el premio recibido por Piglia. Como si el título de la novela prefigurara algo de lo que pasó alrededor del dinero, el dinero y la literatura.

Piglia reconoce haberse sentido muy afectado, muy tocado por lo que sucedió, aunque no le atribuye la tardanza en terminar de escribir Blanco nocturno, al menos no en forma directa.

–Me afectó. A partir de esa circunstancia fue que yo acepté el trabajo de profesor de Literatura latinoamericana en la Universidad de Princeton, cuando vi cómo estaba todo. Se cuestionaba en primer lugar que yo había ganado ese dinero, entonces se cuestionaba el derecho de un escritor a presentarse a un concurso para ganar un dinero ligado al premio. Estoy en Princeton desde 1997. Eso me llevó a no escribir de inmediato otra novela. Aprendí mucho sobre la literatura argentina. La conocía, había leído y estudiado sobre cómo funciona la relación éxito-dinero-visibilidad. Flotaba en el aire que ese concurso estaba arreglado. Es probable, ni siquiera discuto eso. Pero si estaba arreglado, hay que hablar con los jurados. Y nadie puso a los jurados en el juego, me metieron a mí.

¿Sacaste alguna conclusión "literaria" sobre lo sucedido?

–A mí me sacó cualquier ilusión acerca de ese objeto de tanto interés como había sido siempre para mí la literatura argentina, la cultura argentina. Me pareció que me encontraba con otras situaciones que les habían pasado a otros escritores de la literatura argentina. Apareció en el terreno de la cultura algo que yo veo como la clave de la política actual: el escándalo define la política de los medios, que inventan escándalos todo el tiempo, como esas falsas peleas del programa de Tinelli. Esa lógica, en ese momento, entró en la cultura. Y también, ya pasó. Ya pasó precisamente porque todo seguía la lógica del escándalo, que siempre va en busca de uno nuevo.

Más allá de tu actividad como crítico, profesor, etcétera. ¿Qué lugar ocupa la ficción en tu vida?

–Estoy siempre interesado en la circulación de las ficciones. No porque yo crea que la realidad es una ficción, o porque crea que no hay punto de verdad o de realidad, para nada. Si tuviera que plantearlo en primera persona, diría que es la idea de la vida posible. En el hecho mismo de escribir el diario que escribo desde hace años, es lo mismo: la ilusión de que uno es otro. Es pensar el como si. ¿Qué hubiera pasado si me bajaba una estación antes del tren? Es imaginarnos en el terreno de lo posible. Ese creo que es el campo personal de la ficción que todos tenemos, no sólo los escritores.

¿Cómo ves la colocación actual de Respiración artificial, una novela que te sigue marcando y singularizando como escritor? Apunto una conjetura: no nació con espíritu de clásico, y casi treinta años después resulta difícil asimilarla a un clásico. No se clasicizó, si existe la palabra.

–En general en la literatura argentina todos los libros se parecen, y es difícil distinguir a un escritor de otro. Cuando apareció Respiración artificial se armó un poco de lío porque la novela sonaba muy rara. Ojalá mantenga ese desajuste que llamás no clásico. Me gustaría que fuera así. En cuanto a Blanco nocturno, es una novela que intenta estar narrada en un estilo épico, como te decía, con héroes, una intriga social y un tono narrativo irónico y estable. Eso por supuesto no quiere decir que sea buena, pero me interesó experimentar en esa línea.

Es notable cierta invisibilidad tuya. Más allá de tus estadías en Princeton, ¿es una postura deliberada no intervenir mucho en los espacios públicos, en los medios, no opinar?

–No creo que para existir haya que estar en los medios, en cierto momento me pareció que era mejor estar afuera de ese circuito. Ahora que volví a aparecer me sorprende que la literatura argentina sigue más o menos igual. Eso quiere decir, si no me equivoco, que el tiempo de la literatura no es el mismo que el de los medios. En cuanto a mis intervenciones en la vida pública, no me gustan los opinadores profesionales, prefiero intervenir con mis libros. Esta por ejemplo –ya lo dije en broma pero también lo digo de verdad– es mi novela sobre el campo.

20.8.10

Enloquecido por el pelo

El escritor argentino Alan Pauls publicó Historia del pelo, segunda entrega de la trilogía en la que habla de su país en los años 70. El protagonista es un obsesionado por el pelo

El autor de 'Historia del pelo', Alan Pauls. foto:GDA.fuente:carrusel

Un hombre al que el pelo lo domina, cómo cortárselo, dónde, con quién, su estilo, su forma, su color. El pelo lo controla. ¿Desde cuándo? No recuerda. No tiene claro en qué momento empezó a pensar en el pelo tanto como otros piensan, por ejemplo, en la muerte. Está dominado por la ley de su pelo. Son los años 70 en su país, Argentina, y la política cruje. Pero él... piensa en el pelo. ¿Son tiempos de pelo largo? Se lo deja. ¿Tiempos de llevar afro? Lo intenta. Pelo, pelo, pelo.

Alan Pauls es el escritor de esta historia. Historia del pelo, una novela corta que hace parte de la trilogía que el autor argentino está desarrollando (primero fue Historia del llanto y pronto vendrá Historia del dinero) y en la que describe la realidad de los años 70 en su país desde esos tres elementos cotidianos. "Son tres cosas que están condenadas a perderse: elementos menores, laterales, relativamente arbitrarios, que uso como puertas de servicio para entrar en una época en la que suele entrarse por la puerta principal (es decir: el guión más o menos estereotipado escrito por la Historia misma, con sus héroes, sus víctimas, sus hazañas, sus derrotas). Como un arqueólogo un poco psicótico, leo toda la época en esos elementos, sin jerarquizar ni distinguir planos", dice Pauls desde su casa en Buenos Aires, desde su estudio en el barrio Palermo. De ahí poco se mueve cuando escribe. Lo que hace, lo que piensa, lo que es, depende del proceso de escritura "Soy un poco intratable", confiesa.

Pauls nació en Buenos Aires hace 51 años y ha trabajado en periodismo (como comentarista de libros en Página 12), ha escrito guiones de cine y es autor de once libros, entre novelas y ensayos. Uno de ellos -El pasado- le dio el Premio Herralde de Novela en el 2003. "Es uno de los mejores escritores latinoamericanos vivos", dijo de Alan Pauls el escritor chileno Roberto Bolaño. Enrique Vila Matas, autor catalán, lo incluyó como personaje en uno de sus libros, lo que por un tiempo llevó a pensar a muchos que su existencia era solo una invención entre escritores. Alan Pauls, como un fantasma. Aunque la verdad es que le cuesta dejarse ver, ser entrevistado, hablar de más.

-¿Por qué escribir del pelo en esta novela?

-"El libro postula que el pelo es historia pura, como lo prueban la subasta del mechón de pelo del Che Guevara y el hecho de que en el corazón de la gran operación guerrillera que inaugura la historia argentina contemporánea (el secuestro y muerte del general Aramburu, 1970) hay una peluca rubia con claritos. En la novela, el pelo (cortes, estilos, significados) es el campo de batalla donde se oponen las mismas fuerzas que se oponen en el campo social, político, histórico, etc. La violencia que desgarra a la sociedad desgarra también un terreno aparentemente insignificante y politiza de un modo radical su carga de frivolidad, igual que los Black Panthers no vacilaban en politizar cuestiones de look cuando a fines de los años 60 reivindicaban la potencia revolucionaria del afro".

Mientras su papá y sus hermanos lo pierden cuando pasan la adolescencia, el protagonista de esta historia tiene pelo de sobra, tiene pelo para regalar si quiere. Pero no sabe qué hacer con él y por eso se pasea de peluquería en peluquería arriesgándose cada vez a un nuevo "¿qué quieres que te hagamos?", dicho por un hombre con tijeras en mano. Sufre. Y sin embargo, no responde. Se deja hacer. "Tener pelo es una condena porque es tener la posibilidad de perderlo. Tener pelo es, además, tener que cortárselo", dice el protagonista, que -como en todos los libros de Pauls- se pierde en pensamientos e imaginaciones más que en acciones.

-Usted prefiere a estos personajes que actúan poco.

- "Sí, porque la verdadera aventura, para mí (como para la mejor ficción literaria moderna, de Proust a Beckett, pasando por Gombrowicz o Robert Walser), empieza con la impotencia, cuando algo obstruye una acción o cuando la acción ya ha terminado y quedan en el aire sus ecos. Alguien no atina a moverse, o llega tarde y se pierde el vivo de los hechos: esos síndromes "negativos", sin embargo, desencadenan para mí los procesos más interesantes: recordar, reconstruir, interpretar, incluso malversar".

Los libros de Pauls no son de los que se leen en una hora, así sean cortos. El propio Pauls prefiere que no sea una lectura fácil, prefiere incomodar al lector, hacerle usar todos los sentidos. Esto lo logra no solo con la historia que cuenta, sino con cómo la cuenta. Historia del llanto está escrita prácticamente en un solo párrafo. Historia del pelo tiene una estructura un poco más convencional, sin embargo, tiene cambios de tiempo inesperados que exigen atención en cada línea. A Pauls le interesa poner a prueba la arquitectura de los libros, dejar en evidencia el material que ha usado para escribirlos.

-Leerlo es como un reto. ¿También es un reto escribir de esa manera?

-"Más bien es un placer, y quizá la única manera en que concibo una narración. Cuando las cosas se organizan de manera lineal, según la ley del antes y el después, la causa y el efecto, el avance y la continuidad, no puedo reprimir un bostezo. Es el mismo tedio que me producen esas frases de sujeto y predicado verbal simple (siempre en ese orden) con que los contadores puros de historias siguen empeñados en reducir la literatura a un compendio de ejemplos gramaticales de escuela primaria. La literatura es la frase, y la frase es un prototipo de mundo, así que yo pretendo que la mía sea lo más múltiple, compleja y lisérgica posible".

Pauls no se reconoce entre los autores que dicen que escriben para contar historias ("como afirma Gabo"). Para él, la literatura es otra cosa. Es discípulo de Brecht en eso de que "puede entusiasmarse con un relato, al mismo tiempo que piensa que es un relato".

Sus libros han usado el género epistolar (El pudor del pornógrafo); el género policial (El coloquio); ha hecho historias de escritores (Wasabi); conflictos de pareja (El pasado), siempre con personajes masculinos que, de alguna manera, son movidos por los femeninos. "¨Por lo general mis personajes femeninos son muy activos: ponen en marcha, marcan -explica el escritor-. Incluso cuando, como en Historia del pelo, novela más bien testosterónica, tienen una participación efímera".

-En Historia del pelo sorprende, además, el grado de precisión con que describe esos momentos previos al corte, la reacción de la persona ante el peluquero, el momento del lavado... ¿Cómo es su proceso de investigación previa para un libro?

-"En mi caso hay muy poco trabajo previo a la escritura. Memoria, observación, análisis: todo se pone en marcha y empieza a existir, en muchos casos retroactivamente, en el momento en que me pongo a escribir. Es la escritura misma la que recuerda, observa, analiza".

Este personaje del libro, del que no sabemos el nombre, encuentra por fin a su peluquero ideal, Celso, un paraguayo que ha inmigrado a Buenos Aires y trabaja en un salón como empleado. Por fin el corte perfecto. Por fin dejar de preocuparse por el remolino que se le arma en la frente, por el largo de más. Nada. Por fin, la felicidad.

Pero Celso un buen día desaparece. Y el protagonista puede enloquecer. Desaparece, también, la tranquilidad de su matrimonio, que termina por derrumbarse. Desaparece su mejor amigo, por cuenta de un cáncer. La enfermedad es otro de los temas que siempre están presentes en los libros de este argentino. Él explica por qué:

"Me interesa la enfermedad porque es un estado de transformación; del cuerpo, del alma, de la mente. Y escribir es dar cuenta de que algo cambia. La enfermedad no es solo un estado deficitario. Es una alteración de la percepción que permite ver las cosas de otro modo".

-Y le interesa tratar la política desde un lugar más íntimo, en años tan agitados como los 70 en Argentina.

-"Sí, una década que probablemente sea el último momento en que la historia argentina fue una verdadera pasión, una apoteosis de intensidad, una mezcla de orgía y de carnicería. La idea es articular política e intimidad. Rastrear la lógica de lo político en zonas generalmente subjetivas, domésticas, "internas", como la emoción, el erotismo, el mundo sensible. En ese sentido, lo íntimo no es un interior a prueba de política sino la escena privilegiada en que la política nace, se forma y despliega sus energías".

"Raparse. ¿Por qué no? A menudo ha pensado que no hay nada que se acerque más a la solución final. Raparse y matar dos pájaros de un tiro: acabar de una vez con la vacilación, el anhelo insatisfecho, la esperanza de dar con la mano, el estilo, el tipo especial de corte que supone que le están destinados, enterrar para siempre -para lo módica eternidad que demora el pelo en revivir, crecer, volver a la carga con sus complicaciones- el sueño de lo único en esa especie de páramo desolado, anónimo, indiferente a que queda reducida la cabeza una vez barrida por la máquina de rapar", se lee en la novela de Alan Pauls.

Raparse. Puede ser la solución para el personaje. Por cierto, hablando de pelo con un argentino, la pregunta al final aparece: ¿por qué es tan común que los hombres de ese país prefieran usar el pelo largo? Se ve en el fútbol, el cine, la televisión. Sin embargo, para Alan Pauls la realidad parece ser otra:

- "Me temo que acá los únicos que todavía usan el pelo largo son los cantantes de heavy metal. Lo extraño -según quiso hacerme notar un periodista brasileño hace algún tiempo- es que mientras en Brasil hay tres o cuatro cortes para todo el mundo, acá hay un corte por habitante. Habrá que estudiarlo".