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20.9.10

Nace proyecto para que libros sean complementados por lectores

Un escritor de habla hispana de renombre arrancará el libro. Luego del primer capítulo, se propondrá a internautas elaborar el segundo
Lectores/autores hacen creación literaria colectiva.foto.fuente:elespectador.com

Quién pudiera escribir un capítulo de un libro a cuatro manos con uno o varios autores consagrados. O también decidir cuál es la mejor continuación que nos gustaría que tuviera la novela... Parece un sueño, pero ese planteamiento es el que ofrece el proyecto To be continued (Continuará) : que pueda salir de la Red un libro de gran calidad cuyos capítulos estén escritos por los propios internautas, entre los que estarán algunos grandes escritores.

También parecía una locura, y más compleja y costosa, hacer un concurso de tráilers de las películas que uno deseaba hacer y que por razones obvias no podía; y eso es lo que planteó Teaserland, iniciativa de Vas a Ver, los mismos promotores de To be continued, y que se saldó al final con 1.219 tráilers de 169 países y con 750.000 visitas a la página web (Teaserland.com)
El mecanismo es tan sencillo como prometedor. Un escritor de habla hispana de renombre será el encargado de arrancar el libro, que se hará en castellano. A partir de ese primer capítulo, se propondrá a los internautas que elaboren el segundo.

De entre todas las propuestas que se reciban se escogerá la mejor por vía doble: los votos obtenidos a través de los internautas y la decisión última del editor del libro virtual, que velará por la coherencia y calidad del mismo. Así, será ese editor el encargado de otorgar las grandes líneas por donde debería pasar la continuación. Una vez colgado el segundo capítulo se procederá igual para el tercero y así sucesivamente. Este sistema sólo se romperá dos veces, cuando en momentos estratégicos aparecerán los capítulos de dos autores más consagrados.

To be continued, que cuenta ya con el apoyo de diversas instituciones y entidades culturales, amén de firmas editoriales, se planteará editar el libro tanto en soporte digital como en papel. "La iniciativa no tiene como objetivo último sólo hacer un libro sino que confluyan lectura y escritura y acabe generando un foro de gente adicta al mundo de la literatura digital", apunta Xavier Bru, responsable de To be continued. Es por esa razón por la que, según Bru, "de aquí pueden nacer un sinfín de iniciativas que, al final del proceso, haya creado una auténtica comunidad literaria virtual, activa y participativa".

En el proyecto se podrá participar de múltiples maneras: como mero visitante de la página web (que le permitirá leer tranquilamente los capítulos y observar cómo se ha desarrollado la selección), como usuario registrado (que dará derecho a votar y a opinar sobre todo el proceso) y como escritor (que deberá rellenar una ficha, con sus datos literarios). Las nuevas tecnologías harán el resto: la apertura de sendos canales en Facebook, Twitter y Spotify posibilitará, por ejemplo, que desde un foro de discusión se pueda poner banda sonora a cada capítulo ya aprobado; vídeos de localización de escenarios para inspirarse mejor o, incluso, organizar un concurso para ir ilustrando las entregas.

To be continued está previsto que arranque en enero próximo, según sus responsables. "Pretendemos que quien tenga el valor y las ganas de escribir que escriba; sabemos que hay mucha gente que le gusta y que puede hacerlo muy bien y que por un motivo u otro no se han lanzado. En ese sentido, queremos tratarlos como profesionales". Ventajas de la democratización tecnológica.

Libros de risa

¿Es la literatura de humor un género menor? ¿Hacer reír a través de la lectura goza de prestigio? La seriedad y el humor no son incompatibles. Desde esa armonía se pueden decir las cosas más importantes de la vida. Bilbao acogerá un encuentro internacional en torno a este tema. Babelia ha pedido a escritores, cineastas, cómicos y músicos que repasen esa relación

Ilustración de Manel Fontdevila.fuente: elpais.com

No es fácil establecer una frontera entre las obras literarias consideradas serias y aquellas que provocan la carcajada. Cada una cumple su papel, pero cuando seriedad y humor se juntan se convierten en aliados perfectos. La literatura siempre ha demostrado esa armonía, y en lengua española ya lo hizo Miguel de Cervantes con Don Quijote. De libros para reír se hablará en Bilbao en la Primera Semana Internacional de Literatura de Humor y Humor Gráfico. Como antesala, una serie de escritores, cineastas y cómicos repasan la biografía de esa relación entre literatura y humor y recomiendan algunos de sus libros preferidos de todos los tiempos desde la crónica, la novela o la biografía. Las opiniones se acompañan de algunas recomendaciones de lecturas de libros que nos han hecho reír en los últimos dos años.

Daniel Samper Pizano

Humor y literatura... Pero, ¿acaso es que hay mucha literatura sin humor? Desde Homero hasta John Irving y desde Cervantes hasta García Márquez, pasando por Aristófanes, Petronio, Chaucer, Juan Ruiz, Boccaccio, Shakespeare, Quevedo, Rabelais, Sterne, Balzac, Gógol, Wilde, Twain y Borges -sin mencionar Las mil y una noches y mil y un autores más- acudieron al humor para construir su literatura. Sería interminable la lista de escritores a quienes debo sonrisas y risas. Pero nombraré solo a dos: Giovanni Guareschi (1908-1968), autor de El pequeño mundo de don Camilo, y el que considero ya un clásico: el Negro, de Roberto Fontanarrosa (1944-2007).

Daniel Samper (Bogotá, Colombia, 1945) es escritor. Su último libro es Para papá (Espasa), escrito con Jorge Maronna.

Juan Bas

Probablemente la literatura de humor no goza hoy, ni lo ha hecho nunca, de buena salud. Y se valora como narrativa menor por la crítica especializada. Quizá se deba a que se trata de un género difícil en el que es más complicado que en otros conseguir un buen resultado literario. Se publican una mayoría de libros humorísticos mediocres que se limitan a meter los chistes y gags con calzador. El humor en literatura creo que es otra cosa: una manera propia de mirada y de narrar que debe de formar parte del argumento, las tramas y los personajes. Un buen ejemplo, el Quijote. Dos novelas de humor que aprecio: El buscón, de Quevedo, y Ulises, de James Joyce.

Juan Bas (Bilbao, 1959) es escritor. Su último libro es La resaca del amor (Temas de Hoy).

Mayra Santos-Febres

Me desternillo de la risa cada vez que leo algunos ensayos de Chesterton o releo los pasajes del Diario de Adán y Eva de Mark Twain. No lo puedo evitar. En el Diario, Twain traspone la parodia como mera inversión de la realidad. Ilustra el profundo absurdo que es la existencia humana, el hecho de que estamos aquí, nos creemos "reyes de la creación" y en realidad no entendemos un pepino de lo que es la vida; ni hoy, ni mañana ni nunca la entenderemos, ni siquiera entendimos lo que fue en el nacimiento de los tiempos. Que esta vaina está brutal, hermano, y que nadie sabe nada, ni nos llegan las instrucciones de uso. Volviendo a Chesterton, en el ensayo El humor cockney, el humorista inglés dice que solo los humildes pueden reírse de sí mismos, porque el humor es el reconocimiento de las limitaciones propias y de lo efímero que es el tránsito humano por la vida. Y, en Movimiento perpetuo (otro rarísimo texto de uno de mis escritores favoritos, el guatemalteco Augusto Monterroso) se argumenta que las dos máscaras del tímido son la melancolía y el sentido del humor. Y que el ser humano está perdido si se las quitan las dos. En realidad, creo que el humor literario es una subversión y una operación moral. Subvierte los órdenes del mundo y tira al piso las jerarquías que se apoyan en el poder incontestable, es decir, en el miedo.

La risa no respeta a nadie, de ahí su poder y su agudeza.

Mayra Santos-Febres (Carolina, Puerto Rico, 1966) es escritora. Su última obra es Fe en disfraz (Alfaguara).

Andreu Buenafuente

Debo decir, de entrada, que desconfío de los libros que apuntan en sus solapas "la novela tiene un humor corrosivo". Nunca he conseguido estar de acuerdo con el editor o el que escribe eso. ¿Humor? ¿Estamos hablando de ironía, sarcasmo o qué? En los grandes libros (y no tan grandes), siempre hay un personaje, una situación, un enfoque que tiende a desengrasar la tupida maraña literaria de la historia. Pero de ahí a considerarlo humor

...

Dicho esto, el libro que puedo leer veinte veces seguidas y continuar riendo es Sin Noticias de Gurb, de Eduardo Mendoza. Redondísimo. No sé cuántos habré regalado. También he reído mucho con los libros biográficos de Aznar, todos los ensayos conspiratorios (¡qué imaginación!), los del Papa y la mayoría de los de autoayuda. Diría que me gustan los de monólogos que publico cada año con mi equipo de guionistas, pero me tildarán de egocéntrico. Llevamos 11 y, de momento, nadie se ha quejado.

Andreu Buenafuente (Reus, Tarragona 1965) es cómico. En la actualidad dirige y presenta el programa Buenafuente en La Sexta.

David Safier

Yo siempre prefiero el humor. Comparemos las obras dramáticas y las humorísticas a lo largo de los años. En el lado del drama tenemos, por ejemplo, a William Shakespeare, Franz Kafka y David Foster Wallace. En el del humor destacamos a Jonathan Swift, Woody Allen y... de nuevo William Shakespeare. Todos estos nombres nos dan una brillante imagen sobre la condición humana, sobre los defectos humanos y qué es lo que de verdad nos hace humanos. Pero en el humor no solo da esa perspectiva, sino que hace reír y eso es un valor adicional. Los llamados intelectuales prefieren las obras dramáticas que excluyen a muchos lectores, porque son bastante complicadas (intenten leer La broma infinita, de Wallace). Y encima le añade el valor de que estos intelectuales se creen parte de una élite, la única capaz de creer que pueden conseguir la brillantez. Sin embargo, yo prefiero reírme antes de pertenecer a una élite.

Como recomendación lectora yo sugiero los magníficos relatos de Woody Allen Without Feathers (Sin plumas) y Side Effects (Perfiles).

David Safier (Bremen, Alemania, 1966) es autor de El maldito carma. En octubre publicará Jesús me quiere.

Jorge Maronna

Es difícil establecer una frontera precisa entre la literatura seria y la humorística. Abundan los libros escritos con humor que no caen en la desprestigiada categoría de "libros de humor". Además de los célebres ejemplos de Cervantes, Rabelais o Voltaire, pienso en los Ejercicios de estilo de Raymond Queneau, Las Cosmicómicas de Italo Calvino y ciertos cuentos de Augusto Monterroso. Si se trata de humoristas propiamente dichos, mis favoritos son Woody Allen, Roberto Fontanarrosa, Daniel Samper Pizano y César Bruto (Carlos Warnes). Y también disfruté mucho con La tournée de Dios, de Enrique Jardiel Poncela; El pequeño Nicolás, de René Goscinny, y Sin noticias de Gurb, de Eduardo Mendoza.

Jorge Maronna (Bahía Blanca, Argentina, 1948) es integrante del grupo musical Les Luthiers.

José Luis García Sánchez

¿Humor y literatura? Pues no sé. Si es cierto que el humor es la más acabada invención del lenguaje humano, aquello que multiplica el significado de las palabras, que enriquece el tono de las frases, el gran recurso expresivo, el antídoto del dogma, pues ¿qué autor o qué libro elegir? Kafka es puro humor, como lo es Cervantes... Humor es el Arcipreste y Machado, Valle y Voltaire... Y Sade... García Márquez, Chéjov... Serrat y Sabina

...

O sea, toda la literatura (buena o mala) es humor (malo o bueno). Quizá no tanto, pero lo que sí es cierto es que todos los libros se pueden leer humorísticamente. Aconsejo al posible lector que se coloque los lentes del humor para leer la Biblia. Incluso la Ley de Enjuiciamiento Criminal.

¿Y un libro? Los muertos no se tocan, nene. Del más humorista de mis amigos, o del más amigo de mis humoristas, Rafael Azcona.

José Luis García Sánchez (Salamanca, 1941) es director de cine. Su último trabajo es el documental Por la gracia de Luis. Su próximo estreno será Don Mendo Rock, ¿la venganza?

Rosa Beltrán

Las obras maestras donde el humor campea usualmente parten de una carencia, de una tragedia o una imposibilidad. Almas muertas, de Nikolái Gógol; La metamorfosis, de Kafka; Catch 22, de Joseph Heller; Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia.

En ellas el humor es un seguro de vida porque nos recuerda que pese a las desgracias, la vida continúa. No nuestra vida, sino La Vida. Podríamos pensar que esto no nos importa y quizá tendríamos razón. Pero algo es algo.

El humor va ligado a la tragedia y no, como se piensa, a la comedia. Porque tenemos un cuerpo frágil, porque sabemos que hay más reveses que momentos felices es que existe el humor. ¿De qué nos reímos ante el hidalgo de la triste figura azotado por las aspas del molino que confunde con un gigante? ¿De su confusión? O de la con-fusión de circunstancias: un deseo abatido por una realidad que nos es adversa. Es decir, nos reímos de la disparidad entre lo que imaginamos y lo que ocurre, pero solo porque esa disparidad va acompañada de los golpes, de la injusticia y por supuesto, de la triste figura. El humor, como la vida, encierra el misterio más profundo y la mayor paradoja pues para salvarnos a través de la risa antes hay que sufrir. O dicho de otro modo: porque sufrimos, es que podemos salvarnos a través de la risa.

Rosa Beltrán (Ciudad de México, 1960) es escritora. Su última obra es Alta fidelidad (Alfaguara).

Hernán Casciari

Cuando murió Fontanarrosa, en 2007, logró convertirse en uno de los grandes escritores argentinos junto a Cortázar, Arlt, Castillo, etcétera. Antes era un excelente humorista gráfico que publicaba viñetas y que, por afición, escribía. Tuvo que dejar de publicar viñetas para ser un escritor de verdad. Tuvo que dejar de hacerse el gracioso para que sus novelas y sus cuentos traspasaran las fronteras intelectuales. A Borges y a Cela les pasó lo contrario: sus muchos libros nos impidieron comprender que eran, principalmente, grandísimos humoristas. Mis libros de humor preferidos son las obras completas de Borges, de Cela y de Fontanarrosa.

Hernán Casciari (Buenos Aires, Argentina, 1971) es escritor. Su última obra es El nuevo paraíso de los tontos (Plaza & Janés).

Shalom Auslander

Si uno va a escribir un libro de "humor", lo primero que tiene que hacer es estar seguro de que no es una diversión tópica. Si es así, no lo podemos llamar "humor", que es al menos algo respetable; lo podemos denominar "divertido" que no es para nada respetable. Si eres judío serás llamado cool; si eres británico "ingenioso" y si eres negro no te llamarán nada porque ningún blanco lo leerá. Si uno intenta de manera decidida y hace algo completamente aburrido, entonces lo llamarán "humor intelectual" y así ganarás un premio, hablarán de ti en la prensa, pero nadie de ningún color te leerá. El libro más divertido de todos los tiempos es, en mi opinión, Candide, de Voltaire, que para muchos críticos no es un gran libro porque solo tiene 150 páginas. Lo que es por supuesto jodidamente hilarante.

Shalom Auslander (Nueva York, Estados Unidos, 1970) es escritor. Su última obra es Lamentaciones de un prepucio (Blackie Books).

Matices del humor

Carcajadas en la literatura

El humor propio

15.9.10

Levedad del tono y gravedad del tema

Premio Cervantes 2009, José Emilio Pacheco es uno de los escritores más leídos de México. Reeditan su novela Las batallas en el desierto y su obra poética completa
Cultura pop. La obra de Pacheco inspiró películas y una canción de Café Tacuba..foto.fuente:Revista Ñ

Más allá de alguna lectura académica de su novela Morirás lejos, José Emilio Pacheco es un escritor que ha sido poco leído en la Argentina. Poeta, narrador, ensayista, miembro de la llamada Generación del 50 junto a nombres como Carlos Monsiváis, Sergio Pitol y Salvador Elizondo, Pacheco es un escritor multipremiado –recibió el Cervantes el año pasado– y de un prestigio casi intimidante en su país. Uno de sus textos más importantes se reedita ahora: Las batallas en el desierto, de 1981, simultáneamente con la nueva edición de Tarde o temprano, su poesía reunida desde 1958, de sucesivas y ampliadas entregas.

Las batallas en el desierto es una breve novela de iniciación, de descubrimiento del amor. Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquél? De este modo difuso, brumoso, comienza la historia de Carlos, un chico de unos diez años en el México DF de fines de los años 40. Carlos tiene un compañero, Jim, su amigo inseparable. Un día conoce a la madre de Jim, hermosa y muy joven, irresistible. Carlos se enamora al instante: Mariana ocupa todo su espacio mental. Pronto sobreviene el desencadenante del drama: Carlos escapa una mañana del colegio y visita a Mariana en ausencia de Jim, le dice que la ama. Ella lo trata como el chico que es: le pide que se vaya. Pero el encuentro tiene derivaciones, cada vez más graves, en el círculo familiar y en el colegio. (No es otra cosa, claro, que la radiografía de la clase media mexicana y su doble moral). El degenerado, la vergüenza de la familia, debe asistir a la obligada confesión al cura, más tarde al consultorio psiquiátrico donde intentan catalogar su afección.

Hay algo que sobrevuela la novela, que la hace extraña y viva: la voz que narra es y no es la de un chico. Al presente infantil se sobreimprime la distancia temporal del adulto que trata de acordarse. Un presente con sentido retrospectivo, investido de la precaridad del recuerdo: Me acuerdo, no me acuerdo siquiera del año. Sólo estas ráfagas, estos destellos que vuelven con todo y las palabras exactas. (...) Demolieron más escuelas, demolieron mi casa, demolieron la colonia Roma. Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos años. La batallas en el desierto también retrata, de modo minucioso y evocador, a un país extinto: el México que empezaba a despertar a la globalización. Años de modernización económica y de una casi instantánea americanización de la vida en todos sus órdenes: los gustos, el lenguaje, las costumbres, el consumo. Sigue siendo un libro muy leído en México, además de haber inspirado la película Mariana, Mariana y la canción "Las batallas" del grupo musical Café Tacuba.

Itinerario poético

Por su parte, Tarde o temprano. Poemas 1958-2009 reúne la poesía completa (hasta la fecha) de Pacheco. ¿Cómo resumir un itinerario poético tan extenso? Como no se puede, citemos un breve poema de un tono y un tema recurrente de la poesía pachequiana. Contraelegía: "Mi único tema es lo que ya no está. / Sólo parezco hablar de lo perdido. / Mi punzante estribillo es nunca más. / Y sin embargo amo este cambio perpetuo, / este variar segundo tras segundo, / porque sin él lo que llamamos vida / sería de piedra". Aquí está toda su poesía: el tema de la fugacidad del tiempo, del ser y de la vida, y su tratamiento estilístico: la brevedad, la concisión, lo epigramático. Levedad del tono y gravedad del tema.

Los catorce libros que componen Tarde o temprano dan un conjunto de organicidad y de calidad pareja, alcanzada al menos desde su tercer libro, No me preguntes cómo pasa el tiempo, publicado en 1969. Claro que Pacheco, no pocas veces, bordea peligrosamente el contenidismo, subproducto en parte de su inflexible prudencia formal.

De ahí vienen sus peores momentos: cuando se apoya demasiado en lo referencial y la poeticidad queda aplastada por el tema. Sus textos más perdurables, en cambio, son los de reminiscencias heraclitianas, ya señaladas por la crítica. Donde el mundo natural que se ofrece a los ojos, eterno y en continua mutación, da la medida de lo humano: "En la madera que se resuelve en chispa y llamarada, / luego en silencio y humo que se pierde, / miraste deshacerse con silencioso estruendo tu vida".

Como a su coterráneo y admirado Octavio Paz, al José Emilio Pacheco más contemplativo le fascina perderse y rebotar en un laberinto de reflejos. El poeta se espeja en lo que mira: "Mundo que nace de sí mismo, esfera / hecha de tiempo en derredor. Las horas / bajan sin pausa a la memoria. / Abro los ojos. Veo el jardín: no hay nadie. / Abre los ojos el jardín: me mira".

La apuesta vertebral de José Emilio Pacheco es por la atemporalidad y el clasicismo. Desde ahí reclama ser leído, como un Ricardo Reis que ha descartado, por facilista, la máscara y la ironía. O como el que cree, siglos después, que el pensamiento no avanzó mucho más allá de las intuiciones indelebles de Heráclito, quien podría haber escrito: Nada se vive antes ni después. / No hay conjugación en la existencia / más que el tiempo presente.

Pacheco Básico
Mexico DF, 1939.
Poeta, Narrador.

Narrador, poeta, ensayista. Considerado uno de los mejores poetas vivos, es una de las voces más importantes de América Latina. Es, además, traductor y dramaturgo. Es autor, entre otros, de los poemarios "El castillo de la aguja", "Ayer es nunca jamás" y "Miro la tierra". Escribió también novelas y relatos. Ganó, entre otros, el Premio Reina Sofía de Poesía (2009).

14.9.10

Lectores que no comprenden

Un grupo de lingüistas analizó los problemas para comprender textos en diversos grupos sociales. Una razón es la falta de escritura manual, explican

DIFICULTADES. Lo que no se comprende no se archiva.foto.fuente: Revista Ñ

Lo que está en el texto es la mitad de lo que hay que entender, la otra mitad la tiene que poner el lector", explica Liliana Cubo de Severino, investigadora del Conicet y coordinadora del equipo de lingüística de la Universidad Nacional de Cuyo (UNCuyo) que confeccionó el libro Leo pero no comprendo, una guía práctica sobre estrategias de comprensión lectora "La coherencia de un texto no está en el texto mismo sino en la mente del lector. Es el que lee quien agrega la información y conclusiones tácitas, el que completa el sentido del texto con sus conocimientos previos", asegura Cubo al referirse al libro publicado por la editorial cordobesa Comunicarte, donde participan una docena de académicas.

Lo particular de este libro es que parte de un modelo científico cognitivo que estas estudiosas cruzaron con las últimas líneas de la lingüística, delineando un modelo inédito para evaluar la comprensión lectora, "una prueba diagnóstica que permite distinguir desde el primer día dónde está la dificultad de comprensión y seguir en detalle el proceso de aprendizaje de cada alumno con fórmulas didácticas claras y directas", afirma la catedrática tucumana.

Mientras lo escribieron, hace ya una década, hicieron el esfuerzo de no pensar que iba dirigido a lingüistas para lograr un objeto de divulgación científica. De ahí la anécdota que Cubo trae a la mano: en un congreso de lingüística, cuatro profesores sanjuaninos le comentaron que, para abordar al lingüista holandés Teun van Dijk, antes habían leído este libro. Sobre Van Dijk este grupo trabajó y generó una relectura de su teoría.

La comprensión de textos involucra procesos cognitivos donde lo importante es que el lector logre crear una representación mental y guardarla en la memoria: "los textos expresan significados o se refieren a hechos, elementos y relaciones en el mundo a partir de una representación semántica y proposicional determinada por el que escribe, para que siga el lector", recita con paciencia.

El punto es que, para hacerlo, el lector tiene que poder procesar, primero, formas gramaticales a la par que las palabras y su significado, "porque mientras no pueda hacer esas dos operaciones a la vez no podrá entender el significado del texto ni global ni parcialmente", remarca la académica.

Y si el lector no puede llegar a un significado general, no podrá guardar el texto en su memoria, porque la memoria solamente almacena información semántica o de sentido y no palabras o formas gramaticales "per se", "por eso muchos leen y no comprenden", sintetiza. ¿Qué pasa en ese momento en la mente del lector?: "el lenguaje es un convenio y la gramática lo que hace es dar instrucciones al cerebro para que abra un archivo. Es como el 'enter' de la computadora".

"Si se lee 'fuimos al restorán.

El mozo trajo el menú', cuando se agrega gramática e información se provoca la apertura del archivo restorán y se busca en el guión la palabra 'mozo'".

"Ese guión es una construcción, lo creamos con hechos que se repiten mucho o muy similares, es decir que la información se hace rutina y conformamos el hábito, ganando agilidad y habilidad en la comprensión del texto", señala la académica.

Esa dificultad en la comprensión puede responder a diversas causas, puede pasar que el lector esté en problemas a la hora de decodificar palabras u oraciones, algo común en los primeros años de aprendizaje, cuando se concentran con exceso en reconocer las letras y los fonemas y pierden la cuestión del significado.

Otra cuestión bastante general tiene que ver con problemas de atención, cuando se busca información para darle sentido al texto en conocimientos previos irrelevantes o en la falta de éstos.

Aquí es cuando entra en juego la culturalidad de los lectores. Las razones por las que los alumnos no alcanzan grados de comprensión acordes a su nivel educacional varían según los grupos poblacionales. Cubo recuerda que en dos pruebas piloto en el séptimo grado de una escuela rural mendocina descubrieron que el problema era que esos adolescentes casi no manejaban el lenguaje escrito en sus casas.

"Lo que entendían sin inconvenientes de forma oral no lo comprendían al leer un texto. Ocurre que cuando te hablan te hacés la película de lo que te cuentan, eso mismo hay que hacer frente a un texto, pero ellos no tenían ese hábito para la lectura".

Otra comprobación: "la dificultad se acrecienta cuando los textos no están adaptados al medio cultural del alumno, de estarlo, no hay problemas porque pueden acceder a sus conocimientos previos. Todos los maestros y profesores lo saben, pero a veces tienen que trabajar con textos que vienen de afuera", señala.

El punto es el siguiente: "esas inferencias se hacen a partir del conocimiento previo que se acumula a lo largo de la vida y se supone que la memoria de las personas que viven en la misma comunidad en una misma época deben tener conocimientos similares". Contrario a la fantasía común, los medios gráficos derivados de nuevas tecnologías (blogs, msn, twitter), dice Cubo, juegan a favor de ese procesador perceptual y lingüístico del lector en formación, "la lectura de textos cortos y abreviados incentiva el proceso".

"La tecnología facilita sin ninguna duda la comprensión de textos, todo lo que sea utilizar el lenguaje escrito lo hace ­asegura.

Hay que leer esos textos con los mismos mecanismos que cualquier otro, hallar la intención (algo que a veces ni los universitarios logran, el tema de la lectura crítica) y resumir para, en pocas palabras, decir lo esencial." Entonces, "si el fenómeno de la psicolingüística es complejo, en pocas palabras la respuesta está en contar con sentido común y un conocimiento científico del sistema cognitivo y las estrategias necesarias de comprensión de lectura", resume Cubo, pragmática.

13.9.10

Los nombres del juego

Los términos con que se refieren, o se han referido, a los inmigrantes de origen latinoamericano en Estados Unidos y en Europa retratan prejuicios y prevenciones. Un paso más allá es la ley de Arizona

A pesar de los muros de contención represiva, siempre hay formas de hacer huecos.foto:archivo.fuente:elpais.com

Cuando entras a Estados Unidos dejas de ser mexicano, colombiano, cubano, y te conviertes en "latino". Antes, las autoridades de Estados Unidos nos llamaban "hispanos", una denominación de la lengua y no de la piel. Usado por primera vez por Richard Nixon en un discurso, el nombre "hispano" fue incluido por Jimmy Carter en el censo de 1980.
Un año antes, Carter fue atacado por un conejo -eso dijo- en un pantano, mientras pescaba. El conejo trató de subir a la barca y el presidente se defendió a golpes de remo. El incidente conocido como el de "the killer rabbit" fue usado como burla, pero nadie recordó que Hispania quiere decir precisamente "tierra de conejos". Ya se vislumbraba el cambio a "latinos" -para 2000, los latinoamericanos en Estados Unidos habían crecido casi el 60% en sólo diez años-, que parecían ahora más presentes y, a veces, amenazantes. Con Bill Clinton ya no se trataba de hablar español, sino de una etnia morena, de labios suculentos, traseros increíbles, capacidad para bailar, apegados a la familia y al trabajo, en el supuesto de que Jennifer López, Shakira, Salma Hayek y Penélope Cruz vengan del mismo lugar. Pero los "latinos" también son violentos, pandilleros que se niegan a aprender inglés, narcotraficantes. Y yo que quería ser inocuo frente a la Afroamericana de la aduana en Nueva York, pensé que una explicación sin palabras de a qué iba yo a Nueva York era ofrecerle un ejemplar de la revista de arte Review -la de David Rockefeller-, que iba a presentar al día siguiente. La abrió justo en un autorretrato del artista Daniel Joseph Martínez en el que alguien le dispara en la sien derecha con un revólver. La Afroamericana de Homeland Security abrió los ojos y me mostró la imagen:

-¿Qué es esto? -preguntó a punto de presionar el botón que abre la compuerta por la que sales de Estados Unidos despedido al desierto de Ciudad Juárez.

-¿Arte? -me hundí.

Después de ver los sellos en mi pasaporte, la Afroamericana se detiene en los de la República Bolivariana de Venezuela -así dice- y Ecuador. Desde esos países se ha recreado en los últimos años ese término inventado por los franceses para justificar la invasión de Napoleón III a México: América Latina. Michel Chevalier lo acuñó en 1837 cuando conoció a Andrés Manuel del Río en las minas mexicanas creyendo que habían aislado un elemento nuevo: el eritronium. Enviaron el rojo mineral a Europa, pero fue rechazado como descubrimiento hasta que, con Chevalier y Del Río muertos, los químicos alemanes aceptaron el elemento pero con otro nombre, vanadio, sacado de una diosa del sexo escandinava (el mineral parece un corazón estallando). La historia equívoca de ese hallazgo, con otro nombre, es la de la invención francesa de América Latina: un territorio cuya moral se opone al simple egoísmo de la "América Sajona". Desde entonces, hablar de América Latina es oponerla a Estados Unidos y no, como era la intención de Simón Bolívar, a una España "feudal" y opresiva que no nos dejaba a los americanos más ruta que la guerra independentista. De todos modos, todo llevaba a París y a los derechos del ciudadano. Eso, antes de que la propia Europa nos llamara "sudacas", con el sospechoso orgullo de sentirse arriba del Ecuador. Pero no ahora, a casi doscientos años de la Carta de Jamaica de Bolívar (1815), cuando América Latina invoca, simplemente, la defensa preventiva de un vecino armado que no voltea más al sur, sino al Medio Oriente. La América Latina de Hugo Chávez es como pasearse delante de una mujer que no nos voltea a ver. Es como defender la caballerosidad de Chevalier cuando nadie nos la solicitó.

La Afroamericana me mira detrás de sus anteojos. Estamos en los días de la ley que convierte en delincuentes a los inmigrantes en Arizona sólo por su aspecto de no pertenecer a ese desierto. Muchos de los "latinos" estaban ahí antes de que existiera Estados Unidos: justo ahora, de día, en el lado mexicano, fluyen las mercancías trabajadas por los empleados de salarios bajos. De noche, los asalariados cruzan la frontera por salarios menos bajos. Decido atizar la culpa de la burócrata de Homeland Security:

-No se aplica sólo a los "latinos" -se defiende.

-¿A poco detienen holandeses porque usan zapatos de madera?

No se ríe. Me hundo otro poco.

Tras veinte minutos de interrogatorio, finalmente, la Afroamericana me deja entrar a Estados Unidos, a Nueva York -que es una tercera parte puertorriqueña, dominicana, mexicana y colombiana- y llego a la puerta de la Americas Society en Park Avenue, donde los inmigrantes morenos no cargan muebles, ni riegan jardines, ni bailan tango, ni hacen películas con Tarantino, sino que pasean perros minúsculos, peinados, pulcros, perfumados. Le digo mi nombre a la recepcionista.

-¿Italian? -sonríe.

No logro más que encogerme de hombros.

Whatever. -

Fabrizio Mejía Madrid (México, 1968) es autor, entre otras obras, del libro de crónicas Salida de emergencia (Mondadori. México, 2007) y la novela Tequila, DF (Mondadori. México, 2008).

El profesor absoluto

El 17 de agosto pasado murió Frank Kermode, uno de los contados críticos literarios cuyo pensamiento, cuya capacidad de iluminar textos leídos durante décadas o siglos y cuyo talento para unir ideas con sencillez, originalidad y razón ubican esa forma de ensayo en la esfera del genio

Frank Kermode, uno de los contados críticos literarios.foto.fuente:pagina12.com.ar

Dedicado por igual a textos bíblicos como a la frivolidad de los '20, sus libros y su amor por la literatura son un faro que ilumina, con discreción, mucho más que tantas teorías estridentes con prensa y circunstancia

En el proyecto de realidad diario, por agramatical que parezca, los predicados del relato personal suelen conducir a un pronombre inequívoco. Corresponde a la primera persona del singular y, mientras el relato no cambie de voz, a él se someten. El arte de los mejores en cualquier disciplina consiste en saber ubicar este monosílabo sedentario, en cambiarle los hábitos. Frank Kermode nació en la isla de Man y durante mucho tiempo no aprendió a hacer algo útil. A la madre le llamaba la atención esa vocación de reposo. En Not entitled, el volumen de memorias publicado en 1995, el crítico cuenta y refiere estas cosas con la honestidad y la sobriedad características. Demuestra no sólo que es uno de los críticos literarios más brillantes que pasearon por entre estos dos siglos, sino que esa falta de firmeza en el propósito, esa lenta adaptación a la incomodidad inmediata del mundo es uno de los aprendizajes menos cómodos de practicar. La aparición del yo fantasmal que preside cada evaluación crítica kermodiana es un principio –y una crítica– al uso desaprensivo de la primera persona en cualquier práctica literaria. Un ejemplo.

Porque el mundo parece prescindir de ejemplos, los modelos son cada día más parecidos. El reinado de lo banal ha sido impuesto, se acepta con admirable docilidad. Uno se conforma con erigir el altar de su ego y revolcarse en las proximidades cotidianamente. Las diferencias con cualquier criatura abyecta de un pantano son siete, nada más. Como las clases –tipos– de ambigüedad para William Empson. De la vieja escuela, Frank Kermode aprendió desde niño a tratar con la mayor discreción el "yo". Debutó como crítico en los 40, después de una carrera en la marina que sus memorias se encargan de registrar con pormenores. Su vocación de crítico literario parece siempre signada por la lentitud, y ésta, a su vez, por la sutileza y la precisión. La pasión literaria y el talento para detectarla de Kermode no siempre es fácil de advertir. En más de un aspecto, trabaja un sustrato al que la mayoría de los críticos no suelen acceder. Por eso, a primera vista, el territorio de su afianzamiento parece menos firme que el de muchos otros. No es raro además que la procedencia de su método sea también difícil de historiar. En lengua inglesa no han faltado en el siglo XX los buenos críticos. A algunos, como a F.R. Leavis, Kermode los consulta con escasa simpatía pero sin desdén. En otros, como en Willian Empson, se detiene con una atención única, una curiosidad insaciable. Para circunscribir territorios, sin desconocer la obra de críticos y teóricos de otras latitudes y otras lenguas, como Jacques Derrida, Paul de Man, Roland Barthes y Walter Benjamin, caros al pacto solemne y monolingüe de insularidad inglesa, se valió de un Walter inglés, el victoriano Bagehot, quien habló –como antes Bowra de Homero– de la elegante estrategia de desarticulación (posmoderna) de Dickens. Usó a menudo la taxonomía que Isaiah Berlin extrajo de Arquíloco (y que puso al alcance de críticos, lectores y cineastas). De acuerdo con ésta, "el zorro sabe muchas cosas y el erizo sólo una, grande e importante". Tal vez la mayor influencia crítica reconocida de Kermode fue un erizo a quien los tiempos parecieron robarle las púas naturales para convertirlas en alhajas: Northrop Frye, autor en los '60 de una obra de influencia notable: Anatomía de la crítica.

Muchos de los libros de Kermode han sido traducidos al castellano. Entre ellos, Historia y valor. Este solo daría una idea aproximada del crítico que Kermode es (o fue). Tras una pesquisa acerca de la lectura de literatura en los 30 –la literatura burguesa, como se anima a llamarla sin temor por el anacronismo–, Kermode llega a conclusiones de una variedad y una validez capaces de poner en tela de juicio la mayoría de las arbitrariedades (más famosas, y con mucha más prensa) de estruendosas vanidades contemporáneas. Como las de Harold Bloom, el cómico compositor de esa gruesa parodia de Juicio Universal, titulado –de acuerdo con la nota de presunción dominante– El canon occidental. Historia y valor es uno de los libros que penetra sin invadir la sociología y nunca deja de deslumbrarnos. El grado de inteligencia puesta en juego por Kermode depone la mayoría de los recursos de la crítica contemporánea y sus no muy vertiginosos abismos domésticos con una seriedad exenta de neologismos y con un plan –los planes contemporáneos parecen apenas proyectos de bostezo– capaz de emitir ironías disfrazadas, generalmente, de agudezas ajenas. Kermode estudia las novelas que en la década del '30 ponen en tela de juicio el sistema de enseñanza (y sobre todo de aprendizaje) de las escuelas públicas inglesas y dice: "En descargo de la institución he oído decir que sólo los que iban a convertirse en escritores sufrían allí tan terriblemente".

Los primeros libros de Kermode –Continuities y Puzzles and Epiphanies– fueron resumidos luego en la edición de Modern Essays y revelan ya al crítico que vendrá en trabajos más largos, como el más conocido, El sentido de un final; los últimos, el ensayo sobre Forster y los artículos de la London Review of Books, dejan entrever las formas que adopta en un hombre genial la revisión, el regreso sobre los pasos propios. La monografía sobre el poeta Wallace Stevens, insuficientemente extranjero –para la serie de escritores y críticos que dirigía en los '60 Norman Jeffares–, sigue siendo, pese a la cantidad de ensayos más orgullosos y especializados, una introducción completa al poeta de existencia apacible, que se ganaba la vida como agente de seguros. Un verso de Stevens parece sonar en toda la obra de FK: "Una sola cuerda habla por una multitud de voces"... No es a ésta, parece, a la que se refiere en su autobiografía, The strings are false (las cuerdas son falsas), el gran poeta de dudosa veracidad testimonial Louis MacNeice (Kermode lo consulta para averiguar cómo eran los circuitos intelectuales ingleses de izquierda en los '30).

Casi ninguno de los temas de la literatura inglesa quedó sin sus análisis y comentarios. De los poetas metafísicos y Shakespeare a los novelistas frívolos de los '20 –Arlen, Kingsmill, Gerhardie–, de Auden y T.S. Eliot a Iris Murdoch y Muriel Spark, sin olvidar al olvidado Rex Warner ni al inconsulto William Golding. De los critículos efímeros a las Escrituras perdurables. Con su aire distinguido de genio sin prosapia, su apellido con distintos apoyos acentuales y el aplomo necesario para aplacar tanto ejercicio intelectual de vivacidad, Frank Kermode se desplazaba sin jactancia por aulas y pasillos oyendo, entre otras cosas, rumores acerca del alcance ilimitado de su conocimiento. Cualquiera sabe que esa desmesura mitológica debe desmentirse. Para hacerlo, Kermode debía renunciar a la habilitación que le otorgaba su análisis de los textos bíblicos, presente en An Appetite for Poetry y The Genesis of Secrecy y reconocer su Angelus Novus. En Not Entitled lo encuentra –con tranquilidad, casi con pereza– en su propio jardín.

Not Entitled, escrita quince años atrás, cuando el maestro había cumplido 75, se presenta sencillamente como una memoria, no una autobiografía, y tiene uno de los finales narrativos más emocionantes que pueda pensarse. A partir de la voz de la soprano de una cantata de Bach –Teresa Stich-Randall, Actus Tragicus–, Kermode, que no es religioso, reconoce el contacto o el roce con la santidad, con lo sagrado. Indaga su propia casa, su propio jardín, en busca de un signo perdurable cuando deje de tener lo que tuvo, lo único que nos está permitido tener: posesiones y nombre. Los amigos le han regalado una Diana. Con su desnudez parcial, el arco y la flecha, la bella diosa pasajera amanece a veces con una diadema de rocío. A esa deidad profana en el jardín inglés, Kermode le lanza una mirada de despedida que es una señal esperanzada de guía. También los lectores encuentran a fin de cuentas, tras tanto homenaje al olvido diario, un faro, un emblema, una señal.

7.9.10

Misterio y novela negra en Last Window para Nintendo DS

Una de las características que distingue a la verdadera literatura de todas las demás es su búsqueda constante de fronteras nuevas y arriesgadas. Quebrantar los moldes establecidos suele despertar la ira de los conservadores, pero es también una de las rutas hacia la posible posteridad

Last Window: El secreto de Cape West.foto.fuente:cope.es

La narrativa negra en sus vertientes literaria y cinematográfica, que supuso una de las grandes revoluciones culturales del siglo XX, es una permanente prueba viva de esta inquietud por el movimiento interior. Los escritores del género (Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Ross MacDonald, Robert Towne) y sus personajes (Sam Spade, Philip Marlowe, Lew Archer, J.J. Gittes) han pasado a engrosar la lista de los clásicos con sorprendente celeridad y, precisamente por ello, creo que serían los primeros en apoyar la poderosa consolidación de Kyle Hyde en su mundo, que es el nuestro.

La primera aventura de Hyde, "Hotel Dusk", ya demostró que la combinación de dos pantallas animadas, elementos de sonido y afluentes impredecibles de virtualidad generaban una experiencia que, aunque aparentemente surgida de una indefinible fusión del cine y la literatura, era dueña en realidad de formas inéditas de emoción narrativa.

Los autores de la nueva aventura de Kyle Hyde, Last Window: El secreto de Cape West, han optado, venturosamente para nosotros, por el camino difícil: ahondar sin miedo en las claves que han hecho mítico y universal el género negro; ir más allá, como en su día hicieron Hammett o Chandler. El resultado es una tentación irresistible por múltiples razones, de las que resaltan tres:

- La atmósfera del edificio de apartamentos donde transcurre la acción resulta inquietante y opresiva sin necesidad de atrezzo o decoración, sólo a partir de los elementos que definen las bases del juego. Es nuestra propia mirada, vagando por el edificio de la mano de Hyde, la que acaba por generar desasosiego y desolación, el aire de un incierto peligro. Una novela negra o tiene atmósfera negra o no es una novela negra y yo, mientras escribo estas líneas, siento aún el eco de mis pasos nocturnos por los pasillos de Cape West, la incertidumbre ante sus puertas cerradas, los ojos de la silenciosa oscuridad sobre mi nuca.

- La trama. Apenas comienza la acción, y mientras se desliza información sobre la intriga en apariencia nimia que transcurre en el presente, afloran las referencias a un crimen cometido lustros atrás, nada menos que el asesinato del padre del propio protagonista. ¿Qué tiene que ver ese lejano y oscuro crimen nunca resuelto con la venta de un edificio de apartamentos y con la desaparición del anillo de una de las inquilinas? La pregunta parece formulada por Ross MacDonald, el más grande creador de argumentos de la literatura negra de todos los tiempos.

- El mismo Kyle Hyde. Las grandes narraciones negras sustentan su vínculo con el lector en la simpatía que éste siente por el protagonista que viaja con él a lo largo del libro, un protagonista que uno de los grandes arriba citados definió como "triste, solitario y final". Acaso es fácil mostrar esas peculiaridades mediante la palabra o la imagen. Pero, ¿cuál es la magia que, simplemente con los recursos de la consola, nos permite percibir, "saber", que Kyle Hyde es un hombre ensimismado y frágil, herido sin remedio por el fracaso y obsesionado por los pasos perdidos del propio pasado, un hombre honesto que sin embargo lucha por mantener la propia dignidad?

Kyle Hyde ha vuelto. Triste y solitario, pero de ninguna manera final. Porque, atravesando fronteras arriesgadas y rompiendo moldes, se ha propuesto convertirse en un clásico del género negro. Y no parece que nada vaya a poder impedírselo.

Last Window: El secreto de Cape West es una novela interactiva de suspense para Nintendo DS que se lanza en España el próximo 17 de septiembre. La historia narra la investigación de Kyle Hyde, un antiguo oficial de policía, en su intento de resolver el misterio que rodea la muerte de su padre y su oscuro pasado. Los hechos transcurren en el Los Ángeles de 1980, un año después de los sucesos ocurridos en Hotel Dusk: Room 215 (Nintendo DS, 2007).

Fernando Marías (Bilbao, 1958) es novelista, guionista ocasional de cine y editor. Entre sus obras se encuentran El niño de los coroneles, novela con la que ganó el Premio Nadal 2001; Todo el amor y casi toda la muerte , por la que ha recibido este año 2010 el XIII Premio Primavera de Novela; o guiones como El segundo nombre y La luz prodigiosa.

2.8.10

Escribir para no ser o para ser

"En arte todo se puede aprender y nada o casi nada se puede enseñar", escribió Eduardo Chillida hace ya varios años

El escritor preso por el lenguaje, en la cárcel de la creatividad.foto:archivo.fuente:elpais.com

Peores que estos redactores de mentiras son sus primos más cercanos: los maestros de talleres literarios, esas comadronas especializadas en sacar con fórceps lo que debía sacarse con pujidos, esos caníbales hambrientos que succionan del personaje de su alumno lo único que en verdad era importante: el sudor, la sangre, el músculo y la bilis, esos malabaristas de las horas que cegados por el pago de una próxima visita se vuelven incapaces de aceptar una verdad como un templo: la manera indicada de crear un personaje memorable es fundamentalmente inexplicable. "En arte todo se puede aprender y nada o casi nada se puede enseñar", escribió Eduardo Chillida hace ya varios años.

Por supuesto, no es que sea inexplicable el carácter de un determinado personaje, sus virtudes morales, sus vacíos espirituales o sus carencias vitales, como tampoco resulta inexplicable la estrategia literaria, el tono elegido o las herramientas que se han utilizado para crearlo. Lo que es inexplicable es la gestación del personaje, su emerger en una mente como emergen en la niebla los objetos, el mecanismo de resortes que arrastra un presentimiento desde las profundidades últimas del alma y lo moldea hasta dejarlo convertido en algo más humano que los hombres, en un ser incluso más real que aquél que lo ha creado. Lo que resulta inexplicable es pues lo único importante: la manera en que un autor inventa, insufla de existencia y comparte con su creación el lugar que hasta entonces ocupaba solo en el mundo. "Allí donde fallo yo como hombre, fallan también mis personajes. Por otro lado, ellos sienten orgullo por las mismas cosas que yo, es decir, por los pormenores cotidianos de la vida", aseguró el escritor checo Bohumil Hrabal.

Sé que sobrarán los que tras leer estas palabras me corrijan, los talleristas que me enseñen aquello que no entiendo, los críticos que se apresuren a explicarme lo inexplicable. Antes de que lo hagan, déjenme decir que sé lo fácil que es diseccionar un personaje, un texto, una situación o incluso una palabra, y también lo inútil que resulta. Así que mejor contéstenme cómo es que Tolstói huyó de su muerte, para ser exactos de su casa instantes antes de su muerte, para no morir en las mismas condiciones que Iván Ilich: rodeado de una familia indiferente, interesada y que lo tenía completamente harto. O cómo es posible que Bohumil Hrabal, el autor de obras como Trenes rigurosamente vigilados y Una soledad demasiado ruidosa, se suicidara tirándose de un quinto piso mientras daba de comer a sus palomas: exactamente igual que el más insigne de sus personajes. Escribir para no ser o para ser...

Emiliano Monge (Ciudad de México, 1978) ha publicado recientemente la novela Morirse de memoria (Sexto Piso. Madrid, 2009. 176 páginas. 17 euros).

27.7.10

El tema de la novela futura

¿Por qué elegir hoy ser civilizado pudiendo permanecer en la barbarie? He aquí un gran asunto novelesco

Nuestro lema: menos novela conflictiva de liberación y más novela problemática de socialización.foto;fuente:elpaís.com

Se impone la tarea de narrar el camino biográfico que lleva de las profundidades insondables del yo a la aceptación voluntaria de las cargas civilizatorias

JAVIER GOMÁ LANZÓN
Por qué decimos que la novela nace con Cervantes si siglos antes abundaron las novelas griegas, romanas y bizantinas? El mismo Cervantes escribe en el prólogo al Persiles que con su obra "se atreve a competir con Heliodoro", a quien toma como modelo inspirador. El resultado de esa emulación de grave estilo de un autor helenístico hoy olvidado fue una novela algo tediosa, mientras que cuando Cervantes dio suelta a su ingenio, desinhibido ante un asunto de intención relajadamente humorística, concibió El Quijote e inventó un género literario en verdad nuevo. ¿En qué sentido nuevo? Ya los tratadistas del Renacimiento se sentían perplejos ante la novela y no sabían a qué categoría adscribir un género que Aristóteles no había tenido en cuenta en su Poética. Pero si decimos que la novela moderna nace con Cervantes se debe a otras razones, que tienen que ver con su aptitud para dar forma y expresión a determinado estadio del espíritu europeo.

La premodernidad es aquella etapa de la historia de la cultura que interpreta la realidad como un cosmos, un todo ordenado y perfecto. El hombre es, en el mejor de los casos, el rey o el centro del cosmos, pero siempre una parte de él. El arte, durante esta larga etapa cultural, imita la perfección antecedente del cosmos, la celebra, le dedica himnos. El arte premoderno es, en última esencia, celebratorio y su modo natural de expresión se halla en el verso. Entonces sucedió, en ese hiato fundamental de la cultura que se sitúa entre el siglo XVIII y el XIX, que el hombre empezó a tomar conciencia de sí y se constituyó él mismo en un todo, ya no más parte, ni siquiera parte privilegiada del todo cósmico o social: en ese momento tuvo lugar el alumbramiento de la subjetividad moderna. Y ese nuevo todo que es el yo subjetivo no se deja asimilar como antes a la colectividad social, no admite su antigua función de tesela de un mosaico que le trasciende porque él mismo es una totalidad más profunda, más significativa, más plena. El conflicto es inevitable: porque la sociedad reclama del individuo con poderosas armas su integración, su participación en las cargas civilizatorias comunes, su contribución a las necesidades de rendimiento social (el oficio y la casa: la producción y la reproducción), pero el individuo autoconsciente se resiste, recela de dar un paso que percibe como una alienación de su universo privado, siente el extrañamiento de un mundo que no es el suyo y que amenaza con anularlo, y vierte toda su alma en el cultivo amoroso de su intimidad recién ocupada, aun a riesgo de recibir la sanción condenatoria de la sociedad, que le hostiliza, le anatemiza y a veces le aplasta hasta morir. No más himnos de celebración: la prosa de este conflicto -narrado en registro trágico, dramático, cómico o grotesco- demandaba un género literario de nueva planta, un guante a medida que calzarse la estrenada subjetividad: ésta es la esencia de la novela moderna, desde El Quijote de Cervantes a Doktor Faustus de Thomas Mann, así como su tema permanente, con mil variaciones.

La novela se pone del lado del afligido individuo, no de la represora sociedad, pero hubo un intento histórico de buscar la conciliación entre las partes: me refiero a las Bildungsroman, las novelas de educación que, conscientes de lo invivible de la escisión abierta, narran, de forma ejemplarizante, la lenta maduración sentimental del héroe que conduce a la postre, tras muchas experiencias formativas y enjundiosas peripecias, a su gozosa conformidad con el desempeño de un oficio productivo y con la institución matrimonial, es decir, a su condición de ciudadano. Pero, aunque literariamente algunas de ellas apreciables, en su loable ambición de armonizar los dos mundos fracasan sin remedio: así, Wilhelm Meister, de Goethe; Verano tardío, de Sifter; Enrique el Verde, de Keller, entre otras que suelen citarse, cuyas propuestas de conciliación simplemente no son creíbles por muchas razones. La única excepción quizá sea, acaso sin pretenderlo, Jane Austen, quien escribe novelas en las que se produce la maravilla de una tensión felizmente resuelta y de unos personajes que, sin dejar de ser modernos, son también civilizados, miembros inteligentes de su refinada comunidad.

Y ahora ¿qué? Porque lo cierto es que el antiguo conflicto ha cesado. Hubo un tiempo en que el individuo vindicó sus libertades frente a las opresiones tradicionales y el arte noveló con puntualidad esa heroica riña. Pero ahora ya no: nuestra libertad ya no es conflictiva, sino pacífica, pues vivimos en una cultura no represora, en la que las coacciones colectivas han sido deslegitimadas, sus torvas genealogías desenmascaradas, sus pretensiones de validez convenientemente "deconstruidas". El conflicto por la liberación subjetiva ya no es nuestro tema, sino que lo es la indolencia que el hombre liberado arrastra lánguidamente por falta de motivaciones, entregado al consumo de mercancías y de afectos mientras nada en el mundo le induce a ser ciudadano, y entretanto vive en sociedad sin estar socializado. La novela moderna ha perdido el argumento originario, pero la orfandad temática no ha de durar porque otra tarea se impone: narrar el camino biográfico que lleva de las profundidades insondables del yo a la aceptación voluntaria de las cargas civilizatorias. ¿Por qué elegir hoy ser civilizado pudiendo permanecer en la barbarie? He aquí un gran asunto novelesco. La socialización pendiente ya no es conflictiva, pero sí sobremanera problemática, y reclama un género literario que le sea propio. Si en su día fracasó en aquella conciliación imposible la antigua Bildungsroman -en España ni siquiera existió como tal-, acaso ahora este género adquiera nueva actualidad aplicado al viaje formativo, salpicado de aventuras, que parte de la subjetividad inflacionaria hacia la terra incognita de la ciudadanía.

Sea, pues, nuestro lema: menos novela conflictiva de liberación y más novela problemática de socialización.

21.7.10

La metafísica de la "Divina comedia"

El amor y no las leyes de la física mueven al Sol y las demás estrellas en el último verso de la Divina comedia. Faretta lee este presunto "error" de Dante, más allá de las simplificaciones, como "una formulación diferente de las cosas manifestadas físicamente"

DIEGO BIANKI. Ilustración.fuente:Revista Ñ

L 'Amor che move il Sole e l'altre stelle". "El amor que mueve al Sol y las demás estrellas." Así reza el último verso de la Divina comedia . Verso que rompe la cadena de estrofas compuestas por tercetos encadenados para formar, con este verso final ­y suplementario­, el único cuarteto de todo el poema. Pero no es a eso a lo que quiero referirme, sino al aparente anacronismo físico que implicaría su sentido literal. En cuanto a que ese Sol movido por algo ajeno o exterior a él se correspondería sin más con el cielo del "sistema tolemaico", el "único" conocido por Dante y sus contemporáneos del así denominado "período medieval", siglos antes de la "revolución copernicana". Aquí por cierto se dice "revolución" por el giro completo que implica la Tierra rotando alrededor del Sol y que sería, a partir de entonces, el centro de nuestro sistema=mundo, llamado por ello "solar".

Se ha empleado este "error" de Dante para varias cosas. Como un claro ejemplo de ese supuesto binomio polémico formado por la verdad poética y la verdad ­¿cómo decirlo?­ efectiva, "real", física y hasta científica. Puesto que aquí no puede hablarse de una licencia poética, ya que ésta sólo existe cuando el poeta saltea, deforma o simula ignorar algo, desde eliminar o ­por el contrario­ agregar una letra para que la métrica buscada alcance el tamaño silábico requerido, hasta modificar algo referido al mundo objetivo, físico, incluso algo de la propia historia. Cuando por ejemplo el poeta hace hablar a un personaje histórico puesto en trance poético. Cosa que Dante hace a lo largo de todo su poema. Es lo que se llama emplear una personae o una máscara ­que por cierto es lo mismo­ tal como pedirá, más cercano a nosotros, Dylan Thomas con su "Oh make a mask!", cuando lamenta que el poeta moderno no pueda tener una a mano.

Así que el Sol movido por algo externo, ajeno a su propiedad, debería tomarse con una sonrisa benevolente para el poeta, puesto que desconocía lo que todo niño actual nace prácticamente sabiendo o al que se le enseña esto en los primeros rudimentos de física. Este "error" se emplea también como ariete para cargar sobre la supuesta oscuridad medieval y para ensalzar al mundo de la ciencia.

Claro que tampoco se trata de dar el salto hacia el gesto tardo romántico, empleado como repetido gambito consolatorio, de que los poetas son aquellos que se adelantan a decir esto o aquello pero de manera oscura. Porque sería comparar la poesía con el pensamiento "salvaje", "prelógico", "primitivo", "infantil" y otras inepcias del liberal positivismo cuyos nefastos resultados tenemos a la vista, así como al olfato y al oído. Se trata de otra cosa. De una formulación diferente de las cosas manifestadas físicamente. Es decir, de aquello que todavía debe llamarse sin más, metafísica, en sentido estricto. Algo que está no por encima, sino junto, con, cabe, en medio de lo físico. Algo inherente, metido en los entresijos de lo físico y no ­otro error­ una excelsitud también producto del peor romanticismo que imagina flotar desencarnadamente sobre las cosas terrenas y groseramente materiales.

Dante no era ­al igual que tantísimos de sus contemporáneos­ alguien hecho de esa elemental estofa. Era un realista total, concreto. Claro que no un realista fotográfico, como se lo entenderá confusamente a partir del siglo diecinueve, sino total.

Alguien que a cada hecho o cada cosa ­res­ le busca su raíz. La raíz de todas las raíces es el Amor.

Pero no el amor sentimental, bajamente romántico, producto de pegajosas cancioncitas y malos teleteatros y novelas rosa. Tampoco el amor entendido como su reducción a lo negro, lo oscuro y lo siempre desdichado del cultor de todo lo bajo calculado.

Es un amor que mueve todo lo creado. O más bien es aquello que da lugar al movimiento de las cosas.

Movimiento entendido como existencia, como vida.

Como la vida misma. ¿El motor inmóvil de Aristóteles? Sí, también es uno de sus nombres.

Pero Dante pensaba o mejor dicho operaba ­ puesto que no es un poeta especulativo­ con datos estrictamente tradicionales. Este Amor es también el Eros griego, pero no sólo el platónico, que es algo ya demasiado filosófico, y por ello profano, sino el que sobrevive todavía en algunos de los fragmentos presocráticos. Entonces no es un mensajero, un dáimon , un intermediario, como lo entenderá Pla- tón o como le hace decir a Sócrates en su Banquete, sino algo permanente, fijo, pero que no es ni debe ser confundido con la fijeza última. ¿Entonces? Se tiene todavía la imagen falsa y ya inútil de un Dios antropomórfico sentado sobre las nubes y haciendo que las cosas aparezcan mediante una varita mágica. Alguien que se ocupa personalmente de la creación y que es transformado en figuras y en máscaras paternas y barbadas fabricando su mundo, el nuestro. Esta burda simplificación ­que todavía es también la de muchos no creyentes, puesto que con ella fabrican su agnosticismo­ no cabía en la mente de Dante como en la de casi ninguno de sus contemporáneos, que iban a tener que esperar muchos siglos todavía para enterarse de que ellos vivían en algo llamado "Edad Media".

Un párrafo de Teilhard de Chardin que figura en La visión del pasado viene en nuestro auxilio: "Traducida al lenguaje creacionista esta ley (la del transformismo) es perfectamente simple y ortodoxa. Significa que cuando la Causa primera obra, no se intercala entre medias de los elementos de este mundo sino que actúa directamente sobre las naturalezas, de manera que podría decirse: Dios, más bien que 'hacer' las cosas, las 'hace hacerse'".

Eso que "hace-hacerse" es el movimiento, cuyo otro nombre es Amor y que, visto en un espejo, es Roma. Que mueve, lleva, empuja al Sol y a las demás estrellas. Es decir que Dante sabía de la particularidad y singularidad del Sol entre las otras "stelle ", palabra con la que termina cada uno de los tres cantos de la Comedia y que no refiere tampoco las estrellas "actuales". Esta particularidad es la fijeza para los ojos y el entendimiento sublunar y terreno, como el nuestro. Pero que sí es móvil o movido por algo superior a él: un amor no reducido a lo sensible-epidérmico ni a lo bajamente sentimental.

Por eso Dante al final de su poema hace que todos los tercetos lleguen a su meta cuaternaria. Si "con el número dos nace la pena", el tres es un dos problemático. Por eso, el saber del cuatro.

13.7.10

La lectura social

La función destacados populares del Kindle y el nuevo libro de Nicholas Carr disparan reflexiones necesarias en tiempos de digitalización

LLANOS. En The Shallows (que podría traducirse como el llano, lo superficial), Carr sostiene que la lectura superficial, el linqueado y la hiperconexión están socavando la concentración profunda que define desde hace siglos a la cultura del libro.foto.fuente: Revista Ñ

"Los libros combaten la soledad" observa David Foster Wallace a poco de comenzar Although of Course You End Up Becoming Yourself (Si bien, por supuesto, uno termina por convertirse en uno mismo), la extensa entrevista de David Lipsky que se publicó hace poco como libro.

Si se lee el libro en el Kindle, hay una línea punteada debajo de la frase. Amazon llama "destacados populares" a ese nuevo elemento que permite que otros lectores destaquen el pasaje en sus Kindles.

Si bien el usuario puede eliminar el nuevo elemento, sin duda los "destacados populares" alarmarán a Nicholas Carr, cuyo nuevo libro, The Shallows (que podría traducirse como el llano, lo superficial), sostiene que la lectura superficial, el linqueado y la hiperconexión de nuestra actividad en la pantalla están socavando la concentración profunda que define desde hace siglos a la cultura del libro.

Con los "destacados populares" habrá una multitud de lectores que dará vuelta las páginas junto con nosotros. Antes de que pase mucho tiempo, es probable que podamos encontrarnos con otros lectores y compartir relatos con ellos. En cuanto a combatir la soledad, David Foster Wallace sólo ve la mitad.

El argumento de Carr es que esas distracciones tienen un precio muy alto, y la publicación de su libro coincide con artículos que informan sobre estudios científicos que demuestran que el multitasking perjudica nuestra concentración.

En su honor, hay que decir que Carr acepta el argumento de la eficiencia. Lo que le preocupa es qué pasa con el pensamiento de alto nivel cuando la cultura migra de la página a la pantalla.

Carr sostiene que la "mente literaria, lineal" que ha sido "el centro del arte, la ciencia y la sociedad" amenaza con convertirse en la mente "de ayer", y con graves consecuencias. También en ese punto considero que la preocupación es exagerada.

Aparentemente, las primeras víctimas de ese pensamiento "superficial" habrían aparecido en el mundo de la tecnología, cuyos integrantes son los que han pasado más tiempo en el espacio hiperconectado de la pantalla. Sin embargo, la sofisticación y los matices de los comentarios de los medios han experimentado un gran aumento en los últimos quince años. Las herramientas intelectuales para la evaluación de los medios, que alguna vez fueron patrimonio de críticos profesionales y académicos, ahora son mucho más accesibles a las masas.

Sí, en la actualidad nos concentramos un poco menos debido al estímulo eléctrico de la pantalla. Sí, leemos algo menos de narraciones y argumentaciones extensas que hace cincuenta años. Esos son los costos, sin duda. ¿Pero cuál es la contrapartida? Leemos más texto y escribimos con más frecuencia que en el apogeo de la televisión.

Estamos algo menos concentrados y mucho más conectados. Es un cambio del que todos deberíamos alegrarnos.

12.7.10

Autopublicar un e-book

"En cinco años se venderá más contenido digital que físico."

Autopublicar en e-book, salvación para los autores inéditos.foto.archivo.fuente:adnCultura

Hay quienes creen que el pronóstico de Steve Haber, presidente de la división editorial digital de Sony, es conservador: en su primera semana, el último volumen de la trilogía Millennium vendió 125.000 e-books y unos 300.000 libros físicos, es decir, más del 25 por ciento del total de unidades se vendió en formato digital. Y si bien es cierto que el crecimiento de ese mercado estará impulsado por la oferta de las grandes editoriales, hay otro fenómeno que alimenta el mercado digital: el de la autopublicación.

En el mercado editorial las ediciones de autor siempre ocuparon un lugar marginal. El mundo on-line, en cambio, ofrece a los escritores inéditos herramientas y oportunidades para publicar sus libros electrónicos y ponerlos a disposición de una inmensa audiencia potencial.

Además de los programas de autopublicación que ofrecen Amazon para su Kindle (CreateSpace) o Apple para su iPad o Iphone (iTunes Connect), en la Red pueden encontrarse muchos sitios con propuestas para la autoedición digital. El más conocido es Lulu, que permite no sólo publicar una versión on-line, sino además (mediante un pago) encargar impresiones o distribuirlas a través de Amazon o Google Books. Blurb, CafePress o Smashwords son otras plataforma de edición y distribución de e-books, y en casi todas ellas se cobra un porcentaje de las ventas que suele ir del 15 al 30 por ciento.

En Argentina hace unos meses nació Liibook, una plataformas on-line para publicar y comprar libros electrónicos que ya cuenta con más de 2000 obras de los diversos géneros (poesía, ensayo, cuento y novela). "Es una comunidad de personas interesadas en escribir y leer -explica Federico Roma, su creador-, incluye herramientas para comentar las obras y el 100 por ciento de lo que se vende queda en mano de los autores."

La autopublicación digital está creando una marea de contenido al margen de la industria editorial tradicional. Y si el mundo de los e-books replica la experiencia de la música on-line, entonces nos espera una explosión de la oferta de autores independientes que irán tras su nicho de lectores.

7.7.10

Por qué resistirse al encanto de los clubes de lectura

"Entonces, si leer –en este sentido de invasión placentera– es una experiencia sexual, el club de lectura sería el equivalente a un vestuario de colegio. Es el lugar en el que nos reunimos para intercambiar y comparar notas después del acto"
foto:archivo.fuente:elmalpensante.com
Leer es posiblemente la segunda actividad humana más íntima y, al igual que con la primera actividad humana más íntima, hay personas que tratarán de convencerlo de que es mejor hacerlo en grupo. Estos grupos se llaman clubes de lectura. Pertenezco a uno. Tal vez usted también. En caso de que sea así, le diré por qué los dos hemos cometido un terrible error.

En teoría, hay muchas razones para recomendar estos clubes. Fomentan la lectura. Enriquecen a los autores que, como usted seguramente ha leído, por estos días no andan enriqueciéndose mucho que digamos. Promueven la socialización, por lo general cara a cara, otra actividad valiosa y en peligro de extinción. Los clubes de lectura públicos –como el de Oprah en Estados Unidos– se han convertido en un potente motor económico para la industria editorial. Y el club de lectura sigue siendo atractivo para quienes, como yo, anhelan largas discusiones sobre sonetos en cafés llenos de humo, o que ocasionalmente extrañan el vientre de un salón de clases en donde, como estudiantes entusiastas, nos convencieron de que en cada novela no leída estaba el poder de dar forma a nuestras vidas.
Entonces no es ninguna sorpresa que el interés colectivo por los clubes de lectura haya crecido, incluso cuando el interés por la lectura ha disminuido. Este año el Globe y el Mail, dos periódicos canadienses que como otros diarios también han reducido su cobertura de libros, lanzaron una columna acerca de clubes de lectura titulada –tristemente– Clubland. La palabra "clubland" usualmente se asocia con discotecas y en este caso con lograr, a las patadas, que los clubes de lectura parezcan sexis y divertidos, ustedes saben: como bailar. Es casi la misma forma, también a las patadas, en la cual los clubes de lectura están diseñados para hacer que la lectura parezca sexi y divertida.
Como ya dije, hago parte de un club de lectura. Tiene otros cuatro miembros, todos son personas a las que respeto y entre todos cubrimos un amplio espectro de gustos literarios. Nuestras selecciones van desde El malogrado de Thomas Bernhard hasta Dinero de Martin Amis y Tiburón blanco de Peter Benchley. Y como todo club de lectura hacemos nuestras cositas de club. Acordamos los horarios. Nos reunimos. Tomamos vino. Comemos queso. Y hablamos del libro elegido durante algunos minutos obligatorios antes de continuar con la parte del club que, creo, la mayoría de nosotros realmente espera: cuando dejamos de hablar del libro.
Usted podrá decir que su club es distinto, que le ha abierto los ojos a autores nuevos y exóticos, que tiene debates maravillosos, endulzados por el vino, que le enriquecen el alma y se extienden hasta altas hora de la noche. Puede ser. No lo dudo ni lo cuestiono. Pero sugiero que esta fascinación por los clubes de lectura –crearlos, vincularse, hablar sobre ellos– es opuesta al disfrute de la lectura y está completamente a tono con nuestra convicción moderna de que no vale la pena hacer nada que no pueda ser compartido inmediatamente.
Tal vez sea válido cuando colgamos en Facebook fotos de las vacaciones o twitteamos todos los detalles del desayuno o montamos en YouTube el video del fiestón de matrimonio. Ahora, amo un buen fiestón de matrimonio. Pero sugerir que la experiencia de leer La casa de la alegría –una selección muy bien recibida por mi club de lectura– mejora tan pronto se habla de haber leído La casa de la alegría es afirmar que leer La casa de la alegría es una experiencia que puede, y necesita, ser mejorada. Y creo que cualquiera que haya leído un libro y lo haya disfrutado entiende que eso sencillamente no es cierto. Si usted leyera Moby Dick mientras navega solo por el mundo no lo disfrutaría menos. De hecho, creo que lo disfrutaría más.
Entonces volvemos a lo íntimo de la lectura. Piense en algo, incluso tan tonto y modesto como este artículo: estoy en su cabeza en este momento. Usted, muy amablemente, me ha dejado entrar a la esfera privada de su conciencia, aunque sea por unos minutos. Es como un giro a esa remota película de terror y niñeras: ¡la voz viene de dentro de su cabeza! Esta experiencia es muy diferente de la que se tiene con cualquier otro tipo de arte. No importa qué tanto disfrute de una pintura o se regocije con una sinfonía, no existe la sensación de que el pintor se ha apoderado de sus ojos o el compositor de sus oídos. El escritor, en cambio, sí se apodera de sus pensamientos. (¡Hola! ¡Hola! Yo lo estoy haciendo decir esto.) ¿Nunca ha sentido que después de leer a un escritor con cierta cadencia musical, sus pensamientos imitan esos ritmos durante días? La experiencia de leer imita de un modo tan cercano el proceso de la conciencia que adquiere un nivel único de intimidad artística. El arte realmente bueno permea la barrera de la conciencia, el acto de leer la disuelve completamente. Literalmente pasa dentro de usted. ¿Qué tal eso para hablar de intimidad?
Entonces, si leer –en este sentido de invasión placentera– es una experiencia sexual, el club de lectura sería el equivalente a un vestuario de colegio. Es el lugar en el que nos reunimos para intercambiar y comparar notas después del acto. Tratamos torpemente de contar los hechos pero no podemos evitar restarles importancia y quitar valor a la experiencia misma que nos hemos reunido a celebrar. Claro, puede ser una forma divertida de relajarse una noche después del trabajo, pero no se puede comparar con el acto mismo. (Y eso sin mencionar la emoción floja y de tercera mano que suscita leer acerca de gente que habla acerca de leer, como en la columna Clubland del Globe.) Y, como aprendemos todos finalmente, algunas experiencias son mejores cuando uno no va por ahí parloteando al respecto después. ¿Fue bueno para usted? Entonces eso debería ser más que suficiente.

24.6.10

El oficio de tirarse por la ventana

"No importa escribir bien, aun para pocos, porque los pocos cada vez se mueren más deprisa"

El escritor, en la cárcel de la creatividad, preso por el lenguaje.foto:archivo.fuente:elpais.com
Vicente Verdú
Hace ya años, años antes de la crisis, un joven y reconocido periodista ilicitano, Gerardo Irles, me confesó que había decidido dejar de escribir libros, fueran estos novelas o ensayos. Tenía la suficiente experiencia como para atreverse a diagnosticar que en este sector no quedaba ya lugar alguno para la clase media. De un lado se situaban la opulencia de unos cuantos autores y libros bestsellers y, de otro, solo la miseria.

Efectivamente, lo juzgué un derrotista, pero el tiempo, año tras año, ha venido a convertir su argumento en la carta magna de la edición. No hay lugar para la clase media. O vendes cientos de miles de ejemplares y, en consecuencia, existes para los suplementos, las entrevistas, los anuncios o se pertenece a una suerte de grey ingenua (grey gris) que escribe esforzadamente para obtener unas migajas de recompensa o, incluso, unos cuantos kilos de hambre.

¿Sucedió así en todos los tiempos? No podemos dar testimonio personal de la Generación de Plata, pero sí de muchos Años de Plomo en los que se escribía, si no persiguiendo la gloria, sí persiguiendo un ideal. Lo más importante es que se trabajaba, en cuanto escritor, con una meta que, al perseguirla con ahínco moral, nos hacía perseverar. La suma de escritores, novelistas, cuentistas, poetas, guionistas o ensayistas de ese tiempo recibían dos clases de ingresos capaces de sustituir la falta de estipendio. Un ingreso era el de ingresar en las filas de los combatientes por la democracia. El otro pago consistía en ser reconocido por un apreciado grupo de lectores que se comportaban como una tribu sagrada dentro de la cual nacía el "escritor de culto".

Ahora, por contraste, ese culto al escritor ha sido reemplazado por el culto el espectáculo de las superventas. El escritor será para algunos un fenómeno en sí pero, en conjunto, la gran atención que convoca procede del fenomenal éxito de ventas. La mágica dinámica interior entre vender mucho y ser famoso, ser famoso por vender mucho y vender mucho por ser famoso, dibuja un círculo que, como en otros productos, caracteriza el actual comportamiento del mercado se refiera a la marca que sea.

La altísima rentabilidad que desencadena la vorágine cuando el título explota resulta tan remunerativa para los editores que si editan 70.000 títulos al año en España es en busca de esa bomba atómica que arrasará con lo demás y salvará holgadamente el balance de la empresa.

De esas decenas de miles de títulos, un 95% o más no se come una rosca. Es decir, acaso ni prueben las migajas de su publicación. Son metralla de un sello editorial, a menudo sin criterio, que dispara en todas direcciones -o insiste en la dirección de moda- para alcanzar la mina del supersuceso mediático. El resto es miseria.

En casi todos los casos, los anticipos son ridículos y las tiradas exiguas. Los autores que se lanzan y no explotan pronto se convierten en nada. Sus obras compuestas mediante decenas de miles de horas de trabajo desaparecen de las librerías en unas semanas y son destruidas urgentemente como las vacas locas. Ciertamente, se trata de autores locos, cada vez más locos. Tipos que deliran soñando una comunicación masiva que es solo un privilegio de muy pocos. Cada vez menos y cada vez con menor duración.

¿Conclusión? La conclusión es la conclusión de esta labor. No importa escribir bien, aun para pocos, porque los pocos cada vez se mueren más y más deprisa. No vale la pena, como ocurrió con aquellos encajes de bolillos domésticos, calentarse la cabeza, verbo a verbo, adjetivo a adjetivo, para no llegar a casi nada o a casi nadie. ¿Escribir para sí mismo? "El autor que por fin decide escribir para sí mismo se suicida por falta de destino", decía Vicente Aleixandre.

Todo artista necesita tanto la comunicación como la respiración. Dentro pues de esta creciente asfixia de la escritura, de los editores, de las librerías, de los libros, de los lectores, ¿cómo no elegir entre tirarse hacia el oxígeno de la ventana o decir ya adiós a este hermoso y jadeante oficio?

7.6.10

El karma del más vendido

"¿Por qué no miran televisión?", reclama el autor a los lectores de bestsellers, a quienes imagina ávidos de dispersión contra la rutina aplastante

¿COMO DEBE fabricarse un libro para que vaya luego a ser adquirido por miles y miles de clientes? foto.fuente:Revista Ñ

Hoy sólo atino a imaginar, y eso cuando se me plantea el tema, qué clase de cosas le ocurren al lector de bestsellers; es decir, cómo es su vida, la fatigada vida de quien sólo puede esperar de un libro que lo entretenga sin mayores esfuerzos, que lo lleve de la mano desde el principio hasta el final, que le aligere la lectura de escollos y le asegure la velocidad crucero de las tramas lineales con situaciones previsibles, el enigma cocinado en punto justo y la resolución como postre, el lenguaje neutralizado, ni infierno ni paraíso: el limbo.

Martín Kohan
Puedo imaginar perfectamente la escena. Esta persona llega a su casa: abombada, embrutecida. Un largo y penoso día acaba de transcurrir. Un largo día de vanos ajetreos, ocupaciones agobiantes y anonadamiento mental. Llega la noche y la cabeza late como laten las pobres máquinas recalentadas. Allí dentro hay un cerebro que ya no puede más. No es que haya pensado en demasía a lo largo de la jornada, pero a esta altura, volviendo a casa, incapaz de todo esfuerzo, ya no puede pensar más. Esta persona se tira en el sillón del living, resopla, se frota los ojos. Lo único que admite en este estado es la hueca distracción.

Imagino igualmente un caso opuesto que a la vez, sin embargo, se le parece. Imagino a una persona con mucho pero mucho tiempo disponible, y ninguna cosa que hacer. Los días se le van en nada, uno tras otro. El resultado de tanto ocio no es la dicha, sino el sopor. Los largos tiempos muertos suscitan abotagamiento. La mente en blanco, casi en coma, planicie total, inercia pura. Lo único que admite en este estado es el entretenimiento ligero.

Distraerse, entretenerse: el flagelo de la rutina aplastante no les deja mejor opción, y es así que por dos vías o dos vidas muy distintas se llega hasta un mismo punto, un punto de lectura finalmente idéntico.

¿Cómo debe fabricarse un libro para que vaya luego a ser adquirido por miles y miles de clientes?

Es una inquietud empresarial bastante asidua. Hay expertos en temas comerciales que conocen relativamente bien el funcionamiento de las leyes de compra y venta y atinan a explicar "el fenómeno de los bestsellers" (los bestsellers siempre se piensan como "un fenómeno") con el áspero pero eficaz lenguaje de la economía. Los que gustan de las cifras y por ende de las estadísticas estarán en condiciones de trazar curvas con doble entrada y cotejar cuadritos con rankings de top fives y top tens y ofrecerlos con power point a los ávidos inversores que quieren asegurar rentabilidades, más bien lejos de los escritores que trabajan y se ganan el mango.

¿Y la literatura, a todo esto?

Si se deja traducir al idioma de los negocios prontos es porque el idioma de los negocios prontos funciona como un esperanto en los tiempos que van corriendo; es capaz de decirlo todo, hablar de todo, aplicarse a todo. Pero hablar de "literatura y mercado" en los términos que son propios del mercado es ya ceder el predominio al mercado.

Ocuparse de quién vende, quién compra, cuánto vende, qué vendió; no hace falta ser un purista para perder interés en el asunto, o sentirlo finalmente ajeno. Un enfoque sobre literatura y dinero, como el de Roberto Arlt, o sobre los autores en tanto que productores, como del de Bertolt Brecht, puede confundirse tan sólo con mala fe con la bulimia mercantil de la ideología del beseller.

Hace años yo leía las exitosas novelas del olvidado Alistair McLean, bajo el efecto palmario de la publicidad best-sellerista en las revistas de Editorial Atlántida. Después, con el tiempo, me fueron ganando los escritores y la escritura.

Hoy sólo atino a imaginar, y eso cuando se me plantea el tema, qué clase de cosas le ocurren al lector de bestsellers; es decir, cómo es su vida, la fatigada vida de quien sólo puede esperar de un libro que lo entretenga sin mayores esfuerzos, que lo lleve de la mano desde el principio hasta el final, que le aligere la lectura de escollos y le asegure la velocidad crucero de las tramas lineales con situaciones previsibles, el enigma cocinado en punto justo y la resolución como postre, el lenguaje neutralizado, ni infierno ni paraíso: el limbo.

La cosa que yo no entiendo es por qué no miran televisión. La televisión es inmejorable en estos casos: la boca abierta, el hilo de baba y el pulgar en el control remoto son la más segura garantía de la catalepsia mental tan anhelada. Pero estas personas se resisten, odian la tele, quieren Cultura (y ponen cultura con mayúscula). No quieren tele, quieren Libros (y ponen libros con mayúscula). Por eso mismo sienten remordimientos ante el bestseller como tal, les da vergüenza. No se prestan a leer con soltura los bestsellers admitidos de otra época; las novelitas románticas, los novelones de guerra, las novelitas de espías, la letra berreta asumida. Estos no: quieren Literatura, quieren Historia, quieren Filosofía, quieren Psicología (y todo lo ponen con mayúscula). Los astutos mercaderes detectan allí su nuevo negocio: los mismos libruchos de otrora, pero alzados a la mayúscula. La novelita trivial se hace pasar por profunda y sesuda, el chismerío del siglo XIX por historia, el anecdotario de diván por psicología, la glosa somera por filosofía cabal. Y aquellas personas que no quieren hacer esfuerzos, pero tampoco ver televisión porque quieren ¡Alta Cultura!, se empalagan con bestsellers que bien se cuidan de quitarse la máscara. Muy bien, no hay que lamentarlo. Al contrario, hay que entusiasmarse, y exigir a los mercaderes de la edición que destinen al menos una parte de las pingües ganancias que obtienen de los mercaderes de la redacción prontita para la publicación de escritores, filósofos, psicólogos, historiadores. No me fijo en la cuestión de ventas, porque no es mi asunto, sino en la disposición literaria: hay libros que se venden por miles y no son bestsellers, y otros que son bestsellers (porque se escribieron para vender mucho) y no superan las decenas de ejemplares facturados en los locales de despacho. No importa, a los escribidores de bestsellers hay que desearles siempre que batan récords de venta, que se compren el autito nuevo y que sigan veraneando en Cancún. Porque si no, se ponen nerviosos y hasta agresivos. Existe el caso inclusive de los que se ponen nerviosos y hasta agresivos a pesar de que baten récords, se compran el autito y pasan sus quince días en Cancún. Otro en su lugar se moriría de risa: tirado en la reposera, pensando por caso en comprarse unas llantas nuevas. Estos no: estos rabian, mascullan, se envenenan.

¿Qué les pasa?

¿Qué más quieren?

Ah, sí: les falta el Reconocimiento. Y lo ponen así, con mayúscula. ¡Cayeron en su propia trampa! La trampa de las mayúsculas con que engatusaron a sus pretensiosos lectores, ahora las pisan ellos mismos. No les bastan los top five, no les bastan los topten; lo que quieren es Reconocimiento.

Con celo de inspector o de censor, revisan programas de estudio, revisan actas de congresos de crítica, pasan el dedo índice por los sumarios de los manuales. ¿Qué buscan? Se buscan. Y no se encuentran. Furiosos denuncian: ¡envidia! ¡complot! ¡ninguneo! ¡discriminación!

En vez de salir a pistear a ciento cuarenta o ciento cincuenta con el autito nuevo, en vez de fijarse en lo transparente que es el mar algo lejos de nuestras playas, y sosegarse.

"Si lloras porque se ha ido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas". ¿Por qué no piensan en eso? Lo escribió José Narosky, y no hay ningún escritor argentino que haya vendido más libros que él.

El idioma de los negocios prontos