27.9.10

El dudoso arte de matar

Un pueblo perdido pero a la vez demasiado cerca de la capital. Un joven abogado cargado de culpas y una o varias mujeres nerviosas

Vlady Kociancich, escritora argentina.foto.fuente:pagina12.com.ar

Vlady Kociancich vuelve a la novela con un policial magnético, cerca de P. D. James pero a la vez, curiosamente, muy argentino, con personajes de ascendencia inglesa a la deriva en la llanura. Cuadro de una muerte dudosa resume la visión de la autora sobre un género al que considera cada vez más en auge y un modo de cruzar la literatura con una atemperada crítica social y de costumbres.

Una mujer joven y nerviosa dice haber tropezado, en medio de una noche de tormenta, con un cadáver ensangrentado y todavía tibio; pero unos minutos después, cuando se recobra y vuelve al sitio del hallazgo, el cuerpo ya no está. Otra mujer, mayor, de buen talante, aparece colgada de un sauce, junto a un lago, con una nota de suicidio enganchada en su ropa. Las dos mujeres tienen (tenían) algo en común: se alojan en El Castillo, una especie de spa con espacio para retiros espirituales y rutinas sanadoras y a la moda para recauchutarse del estrés porteño, un establecimiento afamado y bodrio ubicado en medio del campo, en un pueblito llamado Las Rosas, a apenas 70 kilómetros de Plaza de Mayo. Es el verano de 2004 y a ese sitio de calles polvorientas fue a buscar refugio como provisorio juez de paz Juan Turner, un abogado en ascenso que un par de años atrás se estrelló: Panamericana y auto nuevo a toda máquina, plena vorágine de divorcio, trámite truncado en el amasijo de hierros y lucecitas al que ella, Elena, casi una ex, no sobrevivió.

Turner es el narrador de Cuadro de una muerte dudosa, el magnético primer policial de Vlady Kociancich que es, además, retrato de época en la salida del crack y pintura de personajes bajo la óptica de un protagonista tironeado entre el que era y el que tantea ser, entre el porteño extranjero y el que lleva ya un tiempo asentado con un cargo respetable, burocrático y que le permite interactuar de cerquita con los pobladores, el cura, el sargento a cargo de la comisaría, la dueña de la pensión en la que vive, el jardinero, la resentida trepa del almacén y el dueño de ese castillo en medio de la llanura, Martín Shomberg, un cincuentón que posa de muchachito y aggiornó la construcción original que le dejó su padre, un alemán que tras la muerte de su esposa, se dice, volvió a Alemania.

Las Rosas lleva a pensar en Manzanares, el pueblito al que Kociancich iba, tiempo atrás, a pasar vacaciones y fines de semana. "Al estar tan cerca de Buenos Aires y al mismo tiempo ser un sitio tan aislado, escribía allá muchísimo –confirma la escritora en su claro, prolijo, espacioso departamento de Barrio Norte–. Buena parte de las observaciones del libro vienen de ahí: me gustaba recorrer a caballo el pueblo y los alrededores. Cualquiera de nosotros habrá notado, al estar en lo que se llama el interior, que en esos pueblos hay una diferente forma de vida, de percepción del mundo, y a veces hasta cambios a nivel del lenguaje, el trato, y más que nada las diferencias entre el tiempo urbano y el tiempo del campo, unas medidas de tiempo humano que incluso creo antagónicas. Y la distancia no tiene que ver con la cantidad de kilómetros, porque este pueblo perdido queda a unos pocos de la ciudad. Hay un personaje en la novela que se pregunta ¿qué hace esa gente que vive en medio de la nada?; es algo que yo escuché acá, de los porteños, dicho con un asombro infinito. Es que para quienes viven en este monstruo poblacional, que concentra prácticamente todo, cruzar la General Paz los hace sentir en Marte, o en la Luna. He conocido mucha gente que compró una casa en un pueblo de llanura y que ha estado, sobre todo los domingos a la tarde, al borde del suicidio, subiéndose a un auto para volverse de inmediato."

Cuenta Kociancich que el primer sobresalto que siente al llegar a estos pueblos –que le encantan, dice– se produce cuando asiste a diálogos íntimos, privadísimos, que las personas encaran como si hablaran del clima.

"La vida privada está expuesta y, además, deformada por los comentarios de cada uno –explica–, algo normal, porque cada individuo tiene su propia percepción. En el caso de un hecho policial, si tenemos cuatro testigos todos van a ver algo diferente, difícilmente coincidan en una descripción."

ROTH & MANKELL

Uno de los componentes que se planteó la escritora hace atípico a este policial: el que indagará y buscará resolver sobre los (hipotéticos) crímenes es un civil.

"Hasta el momento del accidente él era un abogado frívolo, al que le gustan las mismas cosas que al 99 por ciento de los jóvenes exitosos de hoy –cuenta–. El accidente lo conecta con la muerte y con eso llega la culpa y luego esa expiación; rechaza todo lo que había tenido antes, no es más el de los autos caros, el de la zona privilegiada en la que vivía, el que gana todos los casos: todo eso le parece una locura. De todos modos no termina de aceptar que está en Las Rosas: se dice que es provisorio, pero el caso es que ya lleva ahí dos años y entonces ha tenido que interactuar con la gente, que acomodarse a un contacto completamente distinto con los individuos que trata, a los que ni siquiera veía en esa otra vida, totalmente acelerada. Y lo que me pareció interesante como idea es que, a diferencia de las novelas policiales, donde hay una muerte y la búsqueda de una verdad a cargo de un policía, un detective o alguien especializado, en este caso el que indaga es una persona común, que no está capacitado y ni siquiera está interesado en investigar. Aun corriendo el riesgo de que no fuera el héroe más atractivo para una novela policial, trabajé mucho durante la primera mitad para ir presentando a los personajes y para mostrar, gradualmente, cómo va involucrándose. Porque el afecto por la suicida, el reconocimiento de los otros y las circunstancias lo obligan a ir más allá de poner una firma, de lo burocrático. Y entonces sale de la apatía, de sus propios problemas, para ver que sucede."

Efectivamente, está el suspenso del policial y los semblantes de los personajes, compuestos de trazos a los que cada tanto, páginas más allá, se les agregan otros que los transfiguran, los muestran de perfil o en la penumbra, revelan cicatrices, fortalezas, miedos. Kociancich destaca el optimismo y la vitalidad de Flora, la dueña de la pensión, porque contrarresta en una novela que sin ella, dice, hubiera sido demasiado amarga. "Los que la han leído me dicen que los personajes tienen vida, y eso es lo más importante para mí, porque es la gracia del escenario –dice–. En casi todo lo que escribo tiendo a subrayarlos, porque me parecen más importantes que la historia." Camina unos pasos por el living, regresa con un atado de cigarrillos, vuelve a acomodarse en el sillón blanco. "Estoy fumando menos, pero con un esfuerzo" –enciende–. Juro, siempre digo que cuando termino una novela voy a dejar. Soy de esas fumadoras sociales, fumo cuando estoy nerviosa."

Es además una novela de amor, ¿no? Aunque juegue eso en segundo plano.

–¡También! El personaje de la mujer nerviosa, la que anda a caballo, es muy útil. En principio, para sacarlo a él de su condena: es un tipo que no duerme. Recién empieza a dormir cuando Stein (el viudo de la suicida) le trae un momento de su pasado, de su abuelo, de sus libros, porque él no quiere recordar nada. Ella lo distrae del posible crimen, pero al enamorarse, muy lentamente, va saliendo de su estado. Está muy en segundo plano, fue difícil calibrar eso y tuve mucho cuidado, porque de lo contrario tambalea la estructura de la intriga, la búsqueda de la verdad, los otros personajes. Tenía que ser como esas cosas que explican un poco la complejidad de la vida, que a uno le sucede tanto la muerte como el amor, la soledad, los errores cometidos, las cosas que uno no entiende hasta que todo va tomando un sentido. Es un tipo que empieza perdiendo el sentido de todo, el gusto de la vida, y luego va reencontrándolo.

Cuadro de una muerte dudosa. Vlady Kociancich Seix Barral 283 páginas

¿Fue complicado narrar desde la óptica de un hombre?

–A los que somos novelistas por naturaleza no nos cuesta esfuerzo, creo. Uno de los libros más conmovedores desde el punto de vista de una mujer es La romana, de Alberto Moravia. Y no le costó nada. Escribió El inconformista desde el punto de vista de un hombre y tampoco le costó. Los escritores trabajamos con la imaginación, nos ponemos en el lugar de cualquiera. Y es suficiente con escuchar, con lo que se tiene cerca, con los comentarios. El novelista es el director, el actor, el guionista y el tramoyista de su libro, puede hacerlo con perfecta naturalidad. Es muy diferente si uno se propone contar o describir sólo desde el punto de vista del sexo de un hombre. Yo no podría escribir una novela con el estilo de Philip Roth, a quien detesto, de hecho. Un editor amigo me decía, como un elogio: "No sé por qué las mujeres inteligentes lo odian" (se ríe).

¿Por qué lo odiás?

–El mismo es como una boutade literaria, no me gusta por esa razón. Llega hasta la pavada, diría, con esas especies de erupciones sexuales salidas del centro de la tierra: uno se aburre y no le cree nada. Parece un muchacho que cuenta sus hábitos a los amigos en el café. Además me parece, políticamente, un extremista. No he leído nada de él que me guste.

En La raza de los nerviosos decís, en contrapartida y para volver al policial, que, en cambio, te gustaba Mankell.

–Sí. Yo lo descubrí por La quinta mujer, una novela que me llama muchísimo la atención. Es un escritor cuidadoso; en la mayoría de los policiales muy populares lo que uno echa de menos es una escritura cuidada, los diálogos inteligentes. Mankell los tiene, y por lo tanto está un escalón por encima. Por otro lado tiene la enorme ventaja de elegir un ámbito exótico como Suecia, en el sentido de que no sabemos casi nada y nos parece que, salvo Bergman, no pudo haber pasado nada de importancia. De modo que todo ese mundo de nieves, tormentas, mares, oscuridad, tan rural, donde suceden crímenes espantosos, es una atracción en sí misma. Ahora, sus últimos libros me han parecido directamente malos: ni siquiera se molesta en darle solución a los misterios y enigmas que propone. Terminó por producir libros. Pero aquél, y un par más, me habían gustado mucho. Una lástima, aunque no se puede pretender que saque una novela tras otra sin decaer. Lo suyo es estrictamente policial, cada elemento cuenta, el lector va guardando las pistas; en el último que leí hizo algo delicioso, que me hizo reír bastante porque, al final, el detective Wallander dice algo así: "Con respecto a los zapatos del cadáver, que estaban tan alineados, bueno: nunca se sabrá por qué; con respecto a por qué la hija de uno de los sospechosos había sido escondida, vaya a saber" (se ríe). Quedó gracioso, pero la impunidad del autor o de la fama no puede llegar al punto de decir miren, arréglense como puedan, eso lo puse porque me pareció simpático. Bueno, eso enseña lo que no hay que hacer nunca en un policial: si uno propone un misterio está obligado a darle una explicación al lector. Todos podemos sembrar un libro de pistas, pero tener a alguien en suspenso y después no aclararlo es una burla.

P. D. JAMES & AGATHA CHRISTIE

Aunque sea imposible, dice Kociancich, le hubiera gustado emular a la escritora inglesa P. D. James. "Más que a Agatha Christie, que es inteligentísima y últimamente he estado leyéndola mucho –puntualiza–. Aunque no por la novela sino porque quiero hacer un artículo sobre su parte menos conocida, su vida de aventuras. Los libros de Agatha Christie son encantadores, con una sutil crítica social, con burlas a las manías y la vanidad británicas. Una adelantada para su tiempo. Uno lee sus novelas y se divierte, sobre todo porque hay humor, algo raro en un policial. Pero P. D. James me parece grandiosa: Pecado original es una de las mejores novelas policiales que he leído. Otro de mis autores favoritos, y supongo que habrá pesado en mi libro, es Eric Ambler, que tiene una gran calidad literaria y escribe entre el espionaje y el policial. Tuvo una época de esplendor, con obras suyas llevadas al cine. Como pasa con Graham Greene, uno puede leerlos, dejar pasar el tiempo, releerlos y disfrutarlos. Eso no pasa con Agatha, porque cuando uno sabe quién es el asesino, se acabó."

De aquí, inscriptos en esa línea, Kociancich destaca las obras de Guillermo Martínez y de Pablo De Santis. Coincide, la escritora, con la idea de que resulta difícil darle vida a un personaje que investigue en busca de la verdad encarnándolo como federal, bonaerense o agente secreto de la SIDE. "Scotland Yard o la policía inglesa permiten el verosímil –sostiene–. No hay policiales franceses, en cambio, porque la fuerza tiene muy mala prensa. Lo que hay son montones de policiales que tienen que ver con lo que yo llamo la ideología del buen asesino, que en el fondo son buenísimas personas (se ríe). En un momento dejé de ver películas con personaje francés del hampa, idealizado y convertido en una especie de héroe después de matar a no sé cuántos. El delincuente héroe y virginal no aparece en la literatura ni el cine inglés."

Kociancich recuerda entonces los policiales de Leonardo Sciascia. "El buen policía, ahí, generalmente es despreciado por sus jefes: en eso sigue bastante a la novela negra –dice–. Ni Chandler, que es un crítico de la brutalidad policial, deja de tener un buen policía. Sciascia es uno de mis autores más admirados y también debe haber influido en esta novela; las reflexiones que van más allá de los hechos sobre la situación social, política, el escepticismo, esa cierta amargura y desencanto típicamente italianos y, como tenemos tanto de ellos, tan argentinos, también. Uno de los comentarios que recibí del libro es que es muy argentina. Y yo no lo pensaba."

Cuando se le comenta a Kociancich que ya en la primera parte de la novela se instaló en la lectura la idea de entrever a Perón en Shomberg grande, a Menem en el hijo hotelero y al peronismo en el castillo, entre otras figuras, la rotunda respuesta lleva a preguntarse al entrevistador por la naturaleza de la yerba que le pone a sus mates cotidianos. "¡Nada, eh! –dice la autora–. Nada que ver: no puedo pensar en términos políticos tan inmediatos, porque me sacaría de lo que me gusta hacer, que es una visión histórica de más largo alcance. No hay nada simbólico en mis novelas, hay elementos que son de la vida cotidiana. El castillo es una cosa rarísima, y puede parecer novelesco, ¡pero hay por todo el país, construidos en medio de la nada! Lo he observado: es el traslado de una cosa evidentemente europea, antigua, a un paisaje que lo desmiente todo el tiempo: eso me pareció típicamente argentino. Y poner un spa de lujo en la llanura, ¡que ni siquiera funciona bien!, rodeado de un caserío en el que la pobreza es cotidiana y muy notoria, me pareció un modo de enmarcar la historia."

Son varios los elementos que componen el paisaje social: el auge de las espiritualidades alternativas, las búsquedas de certezas en las premoniciones y las videncias, la obsesión por el narcisismo físico, por citar algunos significativos. "Fui a hacer una entrevista a un canal y en la sala de maquillaje, mientras me ponían un poco de polvo, para no salir brillosa, me contaron que muchos hombres piden rimel para salir en cámara –relata–. Me quedé atónita. Y cada día me entero de alguna cosa por el estilo. Y eso no tiene que ver con la salud, sino más bien con una inseguridad física, intelectual, un eufemismo ante un mundo que se va volviendo cada vez más hostil. Es una época de incertidumbre y confusión, y ya no hablo solo de nuestro país. Los suicidios, sobre todo en los adolescentes, están alcanzando cifras increíbles. Por eso es bastante natural que cualquier ser humano algo más vulnerable que el resto busque algún refugio, alguna defensa. Si algo podemos sacar de la globalización es que el tema de la violencia, los crímenes y la inseguridad se han convertido en el problema principal de la aldea global. De ahí, también, una explicación de por qué tiene tanto auge el género policial en este momento en todas partes. Porque además del placer que siempre da una novela policial, de algún modo refleja una gran preocupación."

Cuenta Kociancich que escribió Cuadro de una muerte dudosa a comienzos de 2009 y durante un año y medio: "Increíblemente, en muy poco tiempo", dice. La idea estaba presente, sin embargo, desde hace mucho. Tras terminar los cuentos de La ronda de los jinetes muertos, en 2007 encaró una primera versión, de unas cuarenta páginas, que abandonó: que no dio con el tono, dice. "Empecé algo en tono de comedia y terminé escribiendo trágico, se fue convirtiendo en melancólico –dice–. La protagonista era una mujer, escritora. Y me dije que basta de escritores protagonistas. ¡Hasta yo estoy harta de eso!"

El nuevo periodismo del cómic

Acaba de publicarse Notas al pie de Gaza, de Joe Sacco, una de las obras fundamentales de la fusión entre cómics y crónica periodística. Se trata de un relato estremecedor de la tragedia palestina

LA GUERRA Y LOS MEDIOS. Un fragmento del cómic de Sacco.foto.fuente: Revista Ñ

Corea del Norte es un agujero negro, un no-lugar en el sentido más literal, un sitio del que no entra ni sale información, uno de los pocos países del mundo del que nadie sabe nada.

Entre los escasísimos relatos que echan un poco de luz sobre las barbaridades que ocurren detrás del último "telón de acero" se destaca Pyongyang, un libro magnífico del canadiense Guy Delislé.

Considerado como uno de los más esclarecedores documentos acerca del carácter estrambótico y orwelliano de la dictadura postestalinista que rige los destinos de Corea del Norte, es un trabajo que bien podría merecer un Pulitzer, pero difícilmente lo obtenga.

Sobre todo porque se trata de una historieta.

Pyongyang es uno de los grandes exponentes de la relación cada vez más cercana entre el cómic, el periodismo y las crónicas de noficción, una tendencia que en la actualidad conforma uno de los principales campos temáticos de la historieta a nivel mundial. El conflicto palestino-israelí, la guerra de Afganistán, los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, la transformación capitalista de China o el fanatismo islámico de Irán son algunos de los "sujetos" elegidos por los autores del cómicperiodismo, que dejaron de lado la comodidad de sus estudios de dibujantes para saltar al campo de batalla y contar la historia ahí desde donde ocurre.

Desde que Art Spiegelman plasmó esa fabulosa crónica del Holocausto que lleva el título de Maus (ésta sí logró un Pulitzer, en 1992), a muchos autores de cómics se les revelaron las enormes posibilidades narrativas que el lenguaje de la historieta tiene para ofrecer dentro del campo de la crónica. A partir de este nuevo paradigma surgieron fenómenos mundiales como Persépolis, un comic-book ­luego llevado al cine­ de la iraní Marjane Satrapi, en el que narra sus vivencias de niña rebelde durante los tiempos de la Revolución Islámica.

Menos conocidos, pero igual de interesantes, son trabajos como El fotógrafo, del francés Emanuel Guibert, que se aventura en el Afganistán de los talibanes junto con una expedición de Médicos sin fronteras; las crónicas de la pequeña y violenta revolución que tuvo lugar en la ciudad mexicana de Oaxaca en 2006, realizadas por Peter Kuper (ver recuadro) o Me acuerdo, de Zena Abirached, un comic-book que describe en clave humana el estado de permanente conflicto que azota a Beirut desde hace décadas.

Entre todos estos nombres se destaca el de Joe Sacco, el autor que más lejos y más intensamente ha llevado el vínculo entre los cómics y el periodismo de trinchera. Nacido en Malta, pero con ciudadanía estadounidense, es un personaje aventurero y nómada, como buen corresponsal de guerra. Colaborador "estrella" del New York Times, Sacco alcanzó el estatus de celebridad a mediados de los años 90 con Palestina, un comic-crónica, narrado en primera persona, en el que cuenta sus experiencias en distintas ciudades palestinas y muestra la violenta y miserable vida de los territorios ocupados por Israel. Se trata de una pieza excepcional de periodismo de investigación, construida a partir de un sinfín de entrevistas y relevamientos fotográficos a ambos lados de la frontera, que constituyeron la arcilla desde la que luego cobró forma la historieta.

Tras el éxito de Palestina (que ha vendido miles de ejemplares en todo el mundo), Sacco continuó perfeccionando las herramientas del cómic-periodismo en Bosnia y Chechenia, desde donde surgieron otros dos libros: Gorazde: Zona Protegida y Chechen War, Chechen Women. Entre medio publicó But I like it, un comic-book divertidísimo ­el más lúdico, por lejos, de toda su obra­ dedicado al universo del rock and roll, para regresar luego a los territorios palestinos a bucear en la masacre de Khan Younis, ocurrida en 1956, que funciona como hilo conductor de Notas al pie de Gaza, publicado en la colección Reservoir Books de Mondadori.

Este libro, que ahora llega a las librerías argentinas, es considerado como una de las obras fundamentales de la fusión entre el cómic y la crónica periodística, un relato monumental que va y viene en el tiempo, mostrando los orígenes del conflicto palestino-israelí y las consecuencias que tienen en la actualidad sucesos ocurridos hace más de 50 años, cuando el ejército israelí ocupó a sangre y fuego los territorios palestinos.

A través de vivencias personales, relatos de viejos palestinos y documentos históricos, Sacco reconstruye con un estilo expresionista y estremecedor las masacres de Khan Younis y Rafah, y las relaciona con la realidad de los territorios ocupados. Es una crónica tremendamente vívida, que logra transmitir el hedor de los cadáveres, la sensación de hacinamiento y frustración, y ese amargo sentimiento de estar preso dentro de tu propio país que reina en la Franja de Gaza. Como toda buena crónica, presenta testimonios divergentes, a veces contradictorios, que se complementan entre sí para brindar al lector la posibilidad de armar una "verdad" propia.

Además, el libro se mete en complejidades no demasiado visibles, como el papel que juegan los medios de prensa internacionales en el conflicto, que por momentos no son otra cosa que voyeurs arrebatados de adrenalina, incapaces de conectar con las innumerables tragedias que ocurren delante de sus ojos.

21.9.10

El Libro de Bolsillo de Alianza cambia de cara, pero no de alma

La popular colección incorpora un nuevo diseño

Una de las nuevas cubiertas de Alianza Editorial.foto.fuente.abc.es
¿El Siddharta de Herman Hesse, dónde? "Dónde va a ser en el Librode Bolsillo Alianza".Así era una conversación entre dos precoces lectores, allá a finales de los sesenta y en los setenta.

En esas pequeñas joyas (bueno, no todas pequeñas, que también estaba "En busca del tiempo perdido" de Proust, en sus siete tomazos) estaba casi todo lo que un aficionado curioso que a menudo había oído campanas y no sabía muy bien dónde quería encontrar para ir llenando y rellenando su incipiente biblioteca.
El Libro de Bolsillo nació en 1966 y además de su comodísimo formato y su no menos comodísimo precio, contaba también con aquellos rompedores diseños de portada creados por Daniel Gil. Inolvidables. Memoria sentimental y cultural de un tiempo irrepetible, compañeros de tantos viajes emocionales y literarios, los Libros de Bolsillo de Alianza quieren seguir siendo palpitante corazón de nuestro mundo editorial, a pesar de los difíciles e inciertos tiempos que vive todo lo que tenga que ver con el papel impreso.
Por ello, Alianza ha decidido realizar un lavado de cara a su hijo predilecto, y, como explica su Directora Editorial, Valeria Ciompi, se pretende "recoger el testigo de una biblioteca que siempre fue rompedora, y seguir siendo fieles a un catálogo de obras y de libros que forman nuestras señas de identidad cultural, y reivindicar obras de referencia del discurso cultural universal, sin olvidar, por supuesto, las primeras ediciones ni las nuevas traducciones".
Lavado de cara
Para este valiente lavado de cara se ha contado con uno de los mayores expertos del diseño editorial español, Manuel Estrada, quien al frente de su estudio ha trabajado durante dos años en el proyecto. Un proyecto para el que, incluso, se ha consultado a numerosos libreros. "El diseño no es, ni debe ser, lo más importante -destaca Estrada-, pero sí es trascendente en un segundo plano. Que un libro sea atractivo y manejable, sobre todo si tenemos en cuenta lo mucho que se lee en el transporte público, es necesario. Quizá, el libro de bolsillo sea la principal baza para que perviva el libro impreso".
Los cambios en la colección no son radicales, pero sí apreciables para seguir defendiendo y apostando por el libro como objeto único. El popular logotipo se ha estilizado y aligerado, se ha elegido una letra Garamond Simoncini, ligera, delicada y de mejor legibilidad, y también ha aumentado un poco el ancho del formato. Otros pequeños detalles técnicos y estilísticos completan la nueva oferta.
Entre los primeros títulos de este reestreno encontramos clásicos del siglo XX, como "El señor de las moscas", de William Golding; "El arte de envejecer", de Schopenhauer, inédito y novedad absoluta en la Biblioteca de Autor; "El guardián entre el centeno" y "Levantad, carpinteros, la viga del tejado", de Salinger; una traducción inédita de "Tiempos difíciles", de Dickens, y también por primera vez en la colección, "El capital", de Karl Marx. El Libro de Bolsillo de Alianza cambia de cara, pero no cambia de alma. Todo un mundo en el bolsillo.

El ocaso de los sueños

Es uno de los mejores novelistas británicos, junto con Martin Amis, Ian McEwan y Salman Rushdie. Acaba de publicar un libro de cuentos, Nocturnos, donde el tema gira en torno al fracaso

COMPOSITOR. En Nocturnos, Ishiguro escribe una obra dividida en cinco movimientos.foto.fuente;Revista Ñ
El nuevo libro de Kazuo Ishiguro presenta a una mujer norteamericana que dice ser una virtuosa del violoncelo. Se hace amiga de un violencelista húngaro que se gana la vida tocando en cafés, y todos los días lo alecciona, con honestidad y vehemencia. "Vos lo tenés", le dice. "Es indudable. Vos tenés... potencial". Los días devienen semanas y él se pregunta por qué ella no tiene un violoncelo, y finalmente, cuando el verano ya está a punto de terminar, descubre por qué. En realidad, no sabe tocar el instrumento. Estaba tan convencida de su genio musical que para ella ningún profesor podía llegar a estar a su altura, por lo tanto, antes que opacar su don con la imperfección, optó por no realizarlo nunca. "Al menos no dañé lo que tengo de nacimiento", dice.

El autoengaño sensiblero y los sueños incumplidos –un lamento al tiempo que se va y a la vida que no es como esperamos– han sido temas característicos de casi toda la obra de Ishiguro. Son, al parecer, inquietudes perturbadoras para uno de los escritores más exitosos de Gran Bretaña.

Su potencial fue ciertamente identificado desde muy temprano; en 1983, fue considerado uno de los mejores novelistas jóvenes de Gran Bretaña, junto con Martin Amis, Salman Rushdie e Ian McEwan, su segunda novela ganó el premio Whitebread, y la tercera, Los restos del día, ganó el Booker. Pero esta promesa temprana se cumplió con creces; a los 54, sigue siendo un fenómeno literario –su última novela, No me abandones, fue llevada al cine, protagonizada por Keira Knightley– y en persona transmite la confianza contenida de un escritor seguro de que su nuevo trabajo, Nocturnos, será otro acontecimiento editorial.

Vive en la zona norte de Londres con su mujer y su hija de 17 años –una casa amplia llena de piezas artísticas y libros y música. Cualquiera que busque pistas crudas que revelen la motivación oculta detrás de sus cuentos, las encontrará en guitarras salpicadas en distintos lugares. El sueño de Ishiguro en su adolescencia y después de los 20 años era ser cantautor –actuó en el subte de París, presentó demos esperanzados, y Nocturnos es una compilación de cinco cuentos sobre músicos que nunca alcanzaron el éxito que soñaron. Pero aclara que el patetismo de la pérdida de ellos no tiene nada que ver con él.

"No, la ambigüedad de la duda: ¿podemos o no aferrarnos a un sueño? no tiene que ver con un sentimiento mío de que hubo una carrera que no hice, porque lo que quería ser se desarrolló siendo novelista. Siempre quise crear determinados climas e historias, y a los veinte sentí los límites de lo que podía hacer componiendo canciones. No podía llevarlo más lejos. Pero sí descubrí en ese momento que podía hacerlo si escribía ficción. Por eso siento que hice una evolución natural de escribir canciones a novelas –y ese estilo que todavía tengo, cosa evidente en los Nocturnos, es muy reducido como autor de canciones."

Después de cinco novelas, Nocturnos es su primera compilación de cuentos. Si bien están unidos por el pathos de su estética nostálgica, se leen como cuatro relatos discontinuos, pero él parece incómodo describiéndolos así y prefiere referirse a Nocturnos como "un libro de cuentos". "Me resistí a llamarlo una selección de cuentos porque a veces los novelistas publican selecciones de cuentos y son una mezcolanza de historias que estuvieron guardadas durante 30 años. Mientras que yo me senté a escribir este libro y lo escribí del principio al fin.

"No sé qué pensaría de esto un verdadero escritor de cuentos, pero yo trabajé como lo haría un novelista. No me declaro autor de cuentos, y no tengo idea de si soy bueno; simplemente los escribo casi como un novelista. Suena muy pretencioso, pero es similar a algunas formas musicales, las sonatas por ejemplo, hay cinco que parecen piezas totalmente independientes pero van juntas".

¿O sea que no es una novela? "No quería que las historias se entrelazaran como en una novela. O sea son cuentos. Pero siempre he dicho que no quería editarlos por separado, no quiero que los dividan. Es poco razonable de mi parte porque probablemente funcionarían solos, pero siempre los pensé como un solo libro. Es un libro de ficción que está dividido en estos cinco movimientos". Hace una pausa para reflexionar y sonríe disculpándose. "No me gustan estas analogías musicales, porque suena terriblemente pretencioso. Tal vez sea mejor decir que es como un álbum, y a veces el autor no quiere que un tema sea lanzado como single".

La ficción de Ishiguro es aclamada por la elegancia despojada de su escritura, un testamento a la fuerza de lo que queda sin decir. Pero no es nada despojado en la conversación. Lo curioso es que, al final, sigo sin saber cómo es. No podría decir que está a la defensiva pero hay en él una opacidad que elude la descripción y no da ningún indicio de lo que podría haber en su interior. Tiene la piel sin arrugas, la voz suave, los movimientos compactos y fluidos, casi felinos, y, como siempre, está vestido de negro. Hasta la casa es difícil de catalogar, pues aunque amplia y forrada de libros, se encuentra en Golders Green, un barrio londinense poco de moda, y de afuera es un lugar donde podría vivir un contador. No tengo idea de qué lo divierte, o qué podría enojarlo, y después me doy cuenta de que es muy bueno hablando sin transmitir una idea de sí mismo. Nunca conocí a nadie que se prestara menos a una caracterización. No debo ser el primero que se encuentra con esto porque cuando le pregunto cómo se siente cuando lo entrevistan, responde: "Me han dicho que en situaciones de guerra, cuando interrogan a la gente, el interrogado debe desarrollar dos o tres capas de historia personal, porque si lo capturan y se quiebra, entonces, está entrenado para sacar la segunda capa; y luego se quiebra de vuelta y pasa a la siguiente. Cuando no es más que un cráneo que grita, lo que grita es la tercera historia preparada. Al parecer es así como está entrenado.

"No estoy diciendo que yo tenga una segunda o tercera capa", se ríe. "Digo esto porque los entrevistadores leen entrevistas anteriores, y cuando uno dice lo mismo que antes, lo consideran como la primera historia entonces quieren pasar a la segunda capa. Y así hasta que uno empieza a decir, OK, sí, todo tiene que ver con mi trauma infantil".

Su ansiosa preocupación por el potencial desaprovechado no parece deberse en absoluto al trauma infantil. Nació en Japón, pero se mudó con sus padres y dos hermanas a Surrey cuando tenía cinco años, y desde entonces vive aquí. Sus padres encontraron deslumbrante la cultura británica, e Ishiguro fue moldeado en el papel del intermediario antropológico, pero esto le dejó más una fascinación por las minucias de clase que una herida de separación. Después de graduarse en Lengua trabajó para una obra de beneficencia que se ocupaba de los sin techo, donde conoció y se casó con su esposa de Glasgow, y luego se anotó en el curso de escritura creativa de Malcolm Bradbury en la Universidad de East Anglia. "Tuve la suerte de surgir justo en ese momento, y escribí los libros que eran indicados para esa época. Tuve mucha suerte. Publicar tres libros y tener diez años de carrera y ganar el Booker y el Whitebread lo que hace es, hasta cierto punto, que desaparezca esa ansiedad, esa sed de ser elogiado. Otras ambiciones y otros criterios de éxito y fracaso comienzan a aparecer. "Incluso escribir Los restos del día fue demasiado fácil para mí, el proceso de escritura no fue tan interesante como podría haberlo sido. Pienso que en ese momento estaba listo para algo que me resultara difícil escribir. En cierto modo, ansiaba una relación diferente con los críticos. Había sentido que corría peligro de ser un escritor demasiado agradable".

Su cuarta novela, Los inconsolables, fue distinta, y tan difícil, que un crítico sugirió que se hiciera el harakiri y otros se preguntaron si se había vuelto loco. Pero algunos grandes literatos lo defendieron ferozmente, como Anita Brookner, y a partir de ese momento fue revalorado. Cuando The Observer publicó una encuesta sobre las mejores novelas contemporáneas, Los inconsolables se ubicó tercera, en el mismo puesto que Expiación e Hijos de la medianoche y por delante de Los restos del día.

¿Se siente reivindicado? "No es que me sienta reivindicado, pero sin Los inconsolables no habría podido hacer las cosas que hice después. Me permitió escribir de una determinada manera, y me sacó de cierto tipo de rincón intelectual en el que estaba".

Pero le preocupa el paso del tiempo porque hasta ahora sólo ha publicado una novela cada cinco años. A este ritmo, sonríe, Nocturnos "se adelantó un año porque tomé conciencia, creo, de mi lentitud para publicar. Llega un momento en que uno puede, más o menos, calcular la cantidad de libros que va a escribir antes de morir. Y pienso: me quedan sólo cuatro y entonces empiezo", se ríe, "Es un poco alarmante. Por eso pensé que me convenía adoptar una actitud menos relajada".

Suelen decir que a Ishiguro lo obsesiona el hecho de que un escritor escriba la mejor obra en su juventud, pero cuando se lo digo, se apura a comentar, "Sí, no es tanto mi obsesión como la de Martin Amis. Me cita constantemente. Hace poco estaba en el programa Today y me sorprendió que mencionara mi nombre. Cuando abordó el tema de la gente que va marchitándose con la edad, dijo, 'Oh, Ishiguro tiene un gráfico en su pared que muestra qué edad tenían algunos autores cuando escribieron sus obras maestras'. Y también lo dijo en la muestra de la South Bank".

¿No es verdad? "No, no tengo un gráfico en mi pared. Creo que se lo dije una vez en broma cuando él estaba por cumplir 40, y obviamente le llegó. Le preocupa a él pero él dice que el preocupado soy yo". Pero Ishiguro parece realmente preocupado. Cuando tenía alrededor de 30 años, dice, se enteró de que la mayoría de las obras maestras literarias habían sido escritas por menores de 40. "O sea que no hay que quedarse cómodo a los 30 pensando: 'Ah, bueno, voy a perder el tiempo y hacer algunas reseñas de restaurantes y pasarla bien y cuando tenga 50 me siento a escribir mi obra maestra'. La cultura literaria es muy engañosa porque mira a los escritores de 30 y dice que son 'promisorios' o 'con futuro', cuando en realidad alcanzaron el punto más alto".

Cuando le pregunto si él piensa que alcanzó el punto más alto a los 30, se toma un segundo antes de responder, "En ciertos aspectos, sí. Por eso trato de cambiar y escribir cosas distintas".

Sigo sin saber por qué le genera tanta compasión su personaje de Nocturnos, la mujer que se considera una violoncelista virtuosa pero nunca se atrevió a probarlo aprendiendo a tocar. Es un personaje obsesivamente triste, pero retratado con simpatía, e Ishiguro coincide en que no se burla de ella. Pero no escribe sobre sí mismo, explica. "Muchos amigos se encuentran en esa situación. Desde jóvenes estuvieron convencidos de que eran genios. Recuerdo uno que una vez me escribió, entre comillas, diciendo, ¿hay vida después del potencial? Estaba con una crisis de aquéllas y a veces uno se vuelve adicto a la idea de que tiene un potencial enorme. Es una posición por la que siento mucha empatía –bueno, siento mucha simpatía por la gente que quiere hacer algo. Sólo que no tiene la técnica".

"No me muevo con los exitosos brillantes, salgo con amigos de muchos años y hasta cierto punto mi éxito mundano les resulta un poco incómodo. Soy casi como una acusación. Me cuesta mucho –cuando me encuentro con algunos viejos amigos, trato de no hacer referencia a ciertas cosas que hago en este mundo. Uno de mis amigos más viejos viene a tocar música y seguimos juntos. Es alguien que conozco desde los 12 años, y nunca pudimos llevar adelante la amistad fingiendo que no soy un escritor famoso. Bueno, no fingimos que no lo soy. Simplemente no hablamos de eso. Soy consciente de que algunas personas están teniendo experiencias como los personajes de este libro, se han construido con mucho cuidado una protección a su alrededor, o se consuelan entre sí diciendo que es imposible alcanzar un sueño sin hacer concesiones muy fuertes consigo mismo".

¿No es simplemente vano autoengaño? "Bueno, a veces sí", responde con una leve sonrisa.

(c) The Guardian y Clarín
Traducción de Cristina Sardoy

La obra de Alejandra Pizarnik

Aunque dejó este mundo a los 36 años, la obra de esta argentina, es una de las más aplaudidas

Nacida en Buenos Aires, Alejandra Pizarnik es una de las escritoras más aplaudidas por la crítica.Foto: archivo particular.fuente:vive.in

Solía decir que escribía para no suicidarse; y, sin embargo, el 25 de septiembre de 1972, aprovechando un permiso del hospital psiquiátrico en el que estaba recluida desde hacía cinco meses, Alejandra Pizarnik se puso a salvo de las pesadumbres con una sobredosis de Seconal... tenía apenas 36 años.

Ese destino trágico se cribó desde su infancia, pues su tendencia a engordar, su incontrolable acné y su poco disimulable tartamudeo minaron su autoestima. Su ansiedad la llevó a usar anfetaminas hasta la adicción.

Menos de cuatro décadas de vida le alcanzaron para estudiar filosofía y letras, y luego pintura; para traducir poemas de Michaux, Artaud y Césaire, para admirar a Lautréamont y a Bataille, para formarse durante cuatro años en París y para hacerse escritora. Aparte de su maravillosa obra poética, la autora argentina, quizá la mejor de todas, nos dejó una variada producción narrativa, teatral y ensayística, que la Editorial Lumen reúne en dos tomos.

Llaman la atención sus excelentes textos humorísticos, que evidencian influencia de Borges, Bioy Casares y, sobre todo, de Cortázar. Todos sus relatos son un borboteo de ironía e inteligencia, y sus respuestas en las entrevistas publicadas reflejan una inusitada erudición: "Pienso en una frase de Trakl: Es el hombre un extraño en la tierra. Creo que la única morada posible para el poeta es la palabra".

Su obra poética, que la acredita como una de las voces más originales de la lengua castellana, se reúne en la cuidadosa edición de Lumen, que incluye poemas inéditos que Alejandra dejó mecanografiadas o a lápiz (con tachones y todo), en libretas, cuadernos y papelitos e inclusive escritos con tiza en un tablero. Nacida en Buenos Aires, pero de ascendencia judía, esta escritora y traductora admirada sin reservas por Octavio Paz, nos dejó siete libros de poemas, caracterizados por el surrealismo, un evidente tenor psicoanalítico y un gran acento lírico. Están llenos de intimidad, de noctambulismo, de angustia, de fantasmas, de soledad, de sombras, de desencanto, pero sobre todo, de miedo y de muerte:

"Llega la muerte con su manada de huesos/
sonrío sumisa a una niña idiota/
que implora en mi nombre/
juntas (la muerte, la niña y yo)/
no encontramos otro oficio que execrar/
Al final todos se casan: el mar y las olas,/
la noche y lo oscuro,/
el vaso y el vino, /
el anillo y el dedo,/
la muerte y el cadáver".

Alejandra Pizarnik era ajena a cualquier métrica tradicional, y, despojada de sonsonetes y de rimas, se atuvo siempre a la anchura del versolibrismo y del poema en prosa; en uno de ellos prácticamente anuncia el suicidio: "Como un niño de pecho he acallado mi alma. Ya no sé hablar. Ya no puedo hablar. He desbaratado lo que no me dieron, que era todo lo que tenía. Y es otra vez la muerte. Se cierne sobre mí, es mi único horizonte".

Obra completa
Alejandra Pizarnik
Lumen

Una sociedad lectora no se suicida

Invitado de honor a la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín, que finalizó esta semana, el argentino habla de la literatura de un continente sacudido por los asuntos políticos. Mempo Giardinelli y su santo oficio de la memoria

Mempo Giardinelli, escritor argentino invitado a la Feria del Libro de Frankfurt. Estuvo en Bogotá como tallerista de la Maestría de Escrituras Creativas de la Universidad Nacional.Foto: David Campuzano.fuente:elespectador.com

Cuando se leen viejas entrevistas, artículos que lo nombran, sorprende ver qué poco énfasis se hace en su cara, en sus gestos, en ese físico bonachón y esa especie de luz que se insinúa en su cara cuando habla. Quizás entre debates y sentencias no es tan fácil percatarse de que el rostro de Mempo Giardinelli revela que es un hombre al que le gusta conversar. Cuando está en silencio parece un poco sombrío, pero en cuanto empieza a recordar su historia es como si la boca le arrebatara algo del espíritu que rellena sus carnes para ofrecérselo a los otros que lo escuchan. Giardinelli tiene 63 años, y tiene una voz grave que sumada a ese cierto poder del dejo argentino lo convierte en candidato soñado para arrullar con cuentos infantiles en la noche, o para susurrar quizás otras cosas al oído.

Tal vez la única razón para pasar por alto sus pelos, que empiezan ya a desteñirse, y ese librito, que le da aire de cura, que lleva siempre en la mano para anotar ocurrencias, es que sus ideas, sus libros, sus recorridos por la memoria latinoamericana y las dictaduras logran aún más luz, más matices, más redondeces que las que logra su cara en una sencilla sonrisa.

Mempo Giardinelli, ganador del Premio Rómulo Gallegos en 1991 por su novela El santo oficio de la memoria, pertenece a una generación que se vinculó a la literatura desde la perspectiva del compromiso político y social. Sus papás literarios son los autores del boom: de Gabriel García Márquez a Cortázar, de Carpentier a Vargas Llosa y Donoso. "Era casi inevitable cuando era muchachito leerlos y no sentirse de alguna manera impulsado a asumir posiciones que tenían que ver con el devenir latinoamericano y toda la ilusión que había en los años 70", recuerda Giardinelli desde un tibio hotelcito que lo acoge por estos días en los cerros de Bogotá, en donde decanta su exquisita y colorida experiencia en la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín y en donde prepara su espíritu de escritor para ir a la conquista de la Feria del Libro de Frankfurt en Alemania, la más grande del mundo. Antes de viajar dedicó tres días a la tertulia con alumnos de la Maestría en Escrituras creativas de la Universidad Nacional.

En sus primeras novelas, Giardinelli suscribió esa opción literaria en la que él y muchos otros jóvenes autores tenían una posición reconocible frente al devenir de la tragedia americana. Como es de esperarse, sus letras lo condenaron al exilio y fue siendo hijo adoptivo de México cuando escribió La revolución en bicicleta, Vidas ejemplares, su primer libro de cuentos; su segunda novela, El cielo con las manos y la tercera, Luna caliente. Con los años de fortalecimiento de las democracias, el escritor argentino ya no cree necesario dicho compromiso político por parte de las letras. Las democracias también le dieron permiso a los libros de ser más diversos. "Hoy la vieja idea del compromiso militante es una antigüedad, que está superada y que las nuevas generaciones no tienen por qué llevar como lastre, ¡por suerte!", asegura irónico para añadir: "El único compromiso que tenemos hoy los escritores es con la buena literatura y con escribir obras que tengan significación para los lectores".

En 1982, durante la Guerra de las Malvinas, Mempo Giardinelli se embarcó en un proyecto de ocho años que lo llevaría a ganar uno de los premios más respetables de las letras hispanas. "El impacto de esa guerra incomprensible fue muy fuerte. Supongo que a muchos colegas como a mí nos inspiró. ¡Bueno! los grandes acontecimientos siempre hacen que uno se sienta llamado a escribir y aunque cuando se escribe una novela o un cuento uno siempre está comprometido con algo, hay textos con los que el compromiso es más profundo, porque es más profunda la conmoción".

La guerra sería finalmente un detonante para la escritura de la novela El santo oficio de la memoria, que terminó más que por ocuparse del enfrentamiento con Inglaterra, por inaugurar uno de los grandes temas que atraviesan hoy a la literatura argentina: la inmigración.

"Si la guerra desencadenó la pregunta ¿adónde va este país?, la pregunta correcta literariamente hablando fue ¿de dónde viene este país? Ahí me fui metiendo lentamente en la forma como se constituye una nación y, sobre todo, una nación tan particular como la argentina, siempre vista tan europea, con una gran colectividad judía, árabe, italiana", comenta el escritor, quien aún, después de tantos años pasados, se sorprende de que su libro, de un carácter tan eminentemente argentino, haya sido tan bien leído en todo el mundo. Es como si el tema de la inmigración en realidad desentrañara asuntos pendientes de muchas otras sociedades.

Pero si la dictadura y la guerra habían marcado sus destinos literarios, Giardinelli no tardó en reconocer que los eventos políticos también habían afectado las opciones y los niveles de lectura del pueblo latinoamericano. "Las dictaduras, los autoritarismos combaten explícita o implícitamente la lectura, porque pretenden pueblos que no tengan conocimiento, y la lectura es conocimiento". Esta fue la consigna que lo alentó a crear y dirigir de forma paralela a su trabajo como cuentista y novelista una fundación para promoción de la lectura en su país.

La convicción de que por muchos años América Latina padeció un proceso de embrutecimiento sistemático, en gran medida por que no existían políticas de lectura, lo llevaron a trabajar para articular lo que él considera es una verdad: "Somos lo que leemos. La lectura es una fuente inagotable para la formación del carácter. Una sociedad lectora difícilmente se suicida e inexorablemente se pacifica", dejo escrito Giardinelli es su libro Volver a leer.

De vuelta a su oficio con la ficción han aparecido nuevas novelas y cuentos. Su obra cuentística, lamenta Giardinelli, no se conoce en Colombia, aunque "el cuento ha sido mi trabajo fundamental en la literatura", asegura; sin embargo, su novela Soñario pronto llegará al país. Fruto de la manía añeja de anotar los chispazos de los sueños y esas pequeñas escenas con las que se levantaba todas las mañanas resultó esta novela, que dice es la más literaria de todas.

Mempo Giardinelli partirá pronto para Alemania. Su país es el invitado de honor a la Feria del Libro de Frankfurt y él debe llevar algo de su historia y de los rasgos de su país a esa tierra lejana donde se compran y se venden derechos literarios. Se toma un tiempo mientras piensa, pero al final se atreve a decirlo: "Preferiría quedarme en la Fiesta de Medellín". Cree más en el efecto de esas fiestas populares que acercan a todos al libro y en donde el libro no se compra y se vende con saco y corbata, sino "como si uno llevara una papaya o un guayabo".

20.9.10

Nace proyecto para que libros sean complementados por lectores

Un escritor de habla hispana de renombre arrancará el libro. Luego del primer capítulo, se propondrá a internautas elaborar el segundo
Lectores/autores hacen creación literaria colectiva.foto.fuente:elespectador.com

Quién pudiera escribir un capítulo de un libro a cuatro manos con uno o varios autores consagrados. O también decidir cuál es la mejor continuación que nos gustaría que tuviera la novela... Parece un sueño, pero ese planteamiento es el que ofrece el proyecto To be continued (Continuará) : que pueda salir de la Red un libro de gran calidad cuyos capítulos estén escritos por los propios internautas, entre los que estarán algunos grandes escritores.

También parecía una locura, y más compleja y costosa, hacer un concurso de tráilers de las películas que uno deseaba hacer y que por razones obvias no podía; y eso es lo que planteó Teaserland, iniciativa de Vas a Ver, los mismos promotores de To be continued, y que se saldó al final con 1.219 tráilers de 169 países y con 750.000 visitas a la página web (Teaserland.com)
El mecanismo es tan sencillo como prometedor. Un escritor de habla hispana de renombre será el encargado de arrancar el libro, que se hará en castellano. A partir de ese primer capítulo, se propondrá a los internautas que elaboren el segundo.

De entre todas las propuestas que se reciban se escogerá la mejor por vía doble: los votos obtenidos a través de los internautas y la decisión última del editor del libro virtual, que velará por la coherencia y calidad del mismo. Así, será ese editor el encargado de otorgar las grandes líneas por donde debería pasar la continuación. Una vez colgado el segundo capítulo se procederá igual para el tercero y así sucesivamente. Este sistema sólo se romperá dos veces, cuando en momentos estratégicos aparecerán los capítulos de dos autores más consagrados.

To be continued, que cuenta ya con el apoyo de diversas instituciones y entidades culturales, amén de firmas editoriales, se planteará editar el libro tanto en soporte digital como en papel. "La iniciativa no tiene como objetivo último sólo hacer un libro sino que confluyan lectura y escritura y acabe generando un foro de gente adicta al mundo de la literatura digital", apunta Xavier Bru, responsable de To be continued. Es por esa razón por la que, según Bru, "de aquí pueden nacer un sinfín de iniciativas que, al final del proceso, haya creado una auténtica comunidad literaria virtual, activa y participativa".

En el proyecto se podrá participar de múltiples maneras: como mero visitante de la página web (que le permitirá leer tranquilamente los capítulos y observar cómo se ha desarrollado la selección), como usuario registrado (que dará derecho a votar y a opinar sobre todo el proceso) y como escritor (que deberá rellenar una ficha, con sus datos literarios). Las nuevas tecnologías harán el resto: la apertura de sendos canales en Facebook, Twitter y Spotify posibilitará, por ejemplo, que desde un foro de discusión se pueda poner banda sonora a cada capítulo ya aprobado; vídeos de localización de escenarios para inspirarse mejor o, incluso, organizar un concurso para ir ilustrando las entregas.

To be continued está previsto que arranque en enero próximo, según sus responsables. "Pretendemos que quien tenga el valor y las ganas de escribir que escriba; sabemos que hay mucha gente que le gusta y que puede hacerlo muy bien y que por un motivo u otro no se han lanzado. En ese sentido, queremos tratarlos como profesionales". Ventajas de la democratización tecnológica.