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21.9.10

La obra de Alejandra Pizarnik

Aunque dejó este mundo a los 36 años, la obra de esta argentina, es una de las más aplaudidas

Nacida en Buenos Aires, Alejandra Pizarnik es una de las escritoras más aplaudidas por la crítica.Foto: archivo particular.fuente:vive.in

Solía decir que escribía para no suicidarse; y, sin embargo, el 25 de septiembre de 1972, aprovechando un permiso del hospital psiquiátrico en el que estaba recluida desde hacía cinco meses, Alejandra Pizarnik se puso a salvo de las pesadumbres con una sobredosis de Seconal... tenía apenas 36 años.

Ese destino trágico se cribó desde su infancia, pues su tendencia a engordar, su incontrolable acné y su poco disimulable tartamudeo minaron su autoestima. Su ansiedad la llevó a usar anfetaminas hasta la adicción.

Menos de cuatro décadas de vida le alcanzaron para estudiar filosofía y letras, y luego pintura; para traducir poemas de Michaux, Artaud y Césaire, para admirar a Lautréamont y a Bataille, para formarse durante cuatro años en París y para hacerse escritora. Aparte de su maravillosa obra poética, la autora argentina, quizá la mejor de todas, nos dejó una variada producción narrativa, teatral y ensayística, que la Editorial Lumen reúne en dos tomos.

Llaman la atención sus excelentes textos humorísticos, que evidencian influencia de Borges, Bioy Casares y, sobre todo, de Cortázar. Todos sus relatos son un borboteo de ironía e inteligencia, y sus respuestas en las entrevistas publicadas reflejan una inusitada erudición: "Pienso en una frase de Trakl: Es el hombre un extraño en la tierra. Creo que la única morada posible para el poeta es la palabra".

Su obra poética, que la acredita como una de las voces más originales de la lengua castellana, se reúne en la cuidadosa edición de Lumen, que incluye poemas inéditos que Alejandra dejó mecanografiadas o a lápiz (con tachones y todo), en libretas, cuadernos y papelitos e inclusive escritos con tiza en un tablero. Nacida en Buenos Aires, pero de ascendencia judía, esta escritora y traductora admirada sin reservas por Octavio Paz, nos dejó siete libros de poemas, caracterizados por el surrealismo, un evidente tenor psicoanalítico y un gran acento lírico. Están llenos de intimidad, de noctambulismo, de angustia, de fantasmas, de soledad, de sombras, de desencanto, pero sobre todo, de miedo y de muerte:

"Llega la muerte con su manada de huesos/
sonrío sumisa a una niña idiota/
que implora en mi nombre/
juntas (la muerte, la niña y yo)/
no encontramos otro oficio que execrar/
Al final todos se casan: el mar y las olas,/
la noche y lo oscuro,/
el vaso y el vino, /
el anillo y el dedo,/
la muerte y el cadáver".

Alejandra Pizarnik era ajena a cualquier métrica tradicional, y, despojada de sonsonetes y de rimas, se atuvo siempre a la anchura del versolibrismo y del poema en prosa; en uno de ellos prácticamente anuncia el suicidio: "Como un niño de pecho he acallado mi alma. Ya no sé hablar. Ya no puedo hablar. He desbaratado lo que no me dieron, que era todo lo que tenía. Y es otra vez la muerte. Se cierne sobre mí, es mi único horizonte".

Obra completa
Alejandra Pizarnik
Lumen

24.8.10

¿Por qué tendrían que darle el Premio Nobel a este hombre?

Su nombre está en las quinielas del Nobel cada año. Y sin embargo, a pesar de su talento excepcional y sus maravillosas historias, Cees Nooteboom no es un autor muy leído. Arcadia conversó con él

El nombre del escritor Cees Nooteboom siempre está en las quinielas del Nobel.foto.fuente:revistaarcadia.com

Lo que uno quisiera escribir sobre Cees Nooteboom ya está escrito en sus libros. Y lo que uno quisiera decirle, después de haberlos leído, ya lo hizo a su manera el gran Antonio Tabucchi: "Me encontré a Tabucchi una vez y de repente viene hacia mí y me da un beso, dos besos, y me dice: 'Eso es por ¡Mokusei!' ¿Está bien entre autores, no? No pasa muchas veces". Me contó Nooteboom, en impecable español, en la entrevista telefónica que concedió para Arcadia. ¡Mokusei! es uno de sus cuentos, en el que un fotógrafo holandés se enamora de una modelo japonesa y entre las muchas cosas que piensa, cree que ese amor tan grande sólo se explica porque cada uno desea ser el otro: "No lo podía decir, pero era lo que había pensado a menudo: que él quería convertirse en ella y tenía la sensación –sin que ninguno de los dos hubiera dicho nunca algo por el estilo– de que a ella le pasaba exactamente lo mismo, que ella, por idiota que pueda sonar, intentaba tomar posesión de su cuerpo no para tenerlo a él, sino para ser él". Y todo el texto tiene la misma densidad y la misma cadencia de este fragmento.

Cees Nooteboom (su nombre se pronuncia Ceis y su apellido Notbom, que es 'nogal' en holandés) nació en La Haya en 1933. El recuerdo más vívido que tiene de sus primeros años, y que bien podría pertenecer a alguno de sus personajes, es el de su padre poniendo una silla en la terraza de la casa para sentarse a ver el bombardeo nazi del aeródromo de Ypenburg, en 1940. Pero el mismo Nooteboom ha dicho que si bien hay gente que puede rastrear su infancia entera con fechas, escuelas y eventos, como si fueran un computador, él no puede hacer eso: "Algunas veces me pregunto si realmente estuve ahí".

Su padre los abandonaría durante la guerra para luego morir en el bombardeo a La Haya, en 1945. Su madre, Johanna Pessers, se mudó a Tilburg, se casó de nuevo y entonces Nooteboom empezó su peregrinaje por varios internados católicos —uno de ellos dirigido por monjes franciscanos, otro por agustinos— y de esa época conserva una enorme gratitud por "los buenos hermanos" que le enseñaron latín y griego. Pero aclara en la entrevista, con mucho humor: "Pero… ¡ellos me han arruinado!". Y aquí aparece otro rasgo distintivo de Nooteboom: parece haber tenido la típica infancia europea de posguerra —incluso aburrida­—; rara vez habla de ella y, a diferencia de tantos escritores contemporáneos, no ha escrito libro alguno en el que la evoque.

No terminó el bachillerato, tuvo algunos trabajos de escritorio, y empezó a viajar: "A la edad de diecisiete años le dije a mi madre: 'Me voy'. De cierta manera, nunca he vuelto". Y en los sesenta años que han pasado desde entonces, Nooteboom ha conocido cuarenta países y ha escrito más de cuarenta libros entre poemarios, traducciones, novelas y crónicas de viaje. Pero así como en sus novelas los personajes nunca caen en clichés, en sus crónicas periodísticas, llenas de datos útiles y bien ordenados, se percibe también la pátina de una búsqueda interior. Hotel Nómada, una antología de sus mejores crónicas (prologada en la edición en español por su amigo Alberto Manguel), recoge la filosofía de Nooteboom desde el instante en que empezó a viajar: "A partir de aquel momento opté por una vida que hoy llamo la mía, la existencia del que escribe y describe en el mundo de las apariencias, pero ¿cuántas palabras hay que escribir para ser capaz de leer una única palabra?" "Leo filosofía de vez en cuando, pero no he estudiado filosofía. He leído mi Platón, mi Nietzsche, y también a Heidegger. Hay filosofía en todos lados. A lo mejor, también hay un poco de filosofía que sale de mi propio imperio". A lo mejor la hay en lo que se pregunta Alma, la joven narradora de Perdido en el paraíso, mientras yace al lado de su amante maorí, en Australia: "¿Existe la pornografía sin porno? Mejor dicho, ¿existe la pornografía exclusivamente como concepto, sin representación gráfica alguna?" Pero las referencias filosóficas en Nooteboom no son las del escritor que quiere impresionar con sus conocimientos, ni las del que pretende entrar a disertar con los filósofos. Es evidente que la ha leído juiciosamente, pero es más bien irreverente con ella: "Sobre eso estaba escribiendo ahora. ¡Ja!, un capricho, completamente absurdo, pero bueno: Lutero en una misma habitación con Derrida y Baudrillard. Acabaría sin dificultad con su mascarada. Aunque… contra un talmudista y un jesuita…", piensa Arno Tieck, un personaje de El día de todas las almas.

A principios de los 50, Nooteboom realizó su primer viaje en autostop por Escandinavia y luego por Provenza, y de ahí surgió su primera novela, Philip y los otros (1955), que recibió muy buena acogida por parte de la crítica, así como el Premio Anne Frank. A su ópera prima le seguirían algunos libros de poesía, hasta que Nooteboom sintió que el lenguaje poético lo limitaba: "Necesitaba que mi obra perdiera tanto lirismo. Para escribir se requiere de un cierto connaissance du monde. Por eso empecé a viajar". Y ese uso de extranjerismos que se cuela en su obra y en su conversación no es del escritor políglota y esnob sino el del viajero cosmopolita con una sólida educación clásica, pero que se ha visto obligado a aprender otras lenguas para enfrentar la vida que ha escogido: "Quien huye de la realidad es aquel que se queda en casa sometido a la rutina de la vida diaria, porque no puede soportar la amarga sabiduría que proporciona el viaje", dice en Hotel Nómada. Y esa amarga sabiduría aparece por doquier en sus textos. En medio de la descripción de las infames condiciones de los mineros en Bolivia amarga (1968), se lee: "De vez en cuando el silencio queda interrumpido por el grito de un pájaro invisible que sueña un sueño de terror". Tal vez los libros de viajes de Nooteboom son, como afirmó Richard L. Kagan, crítico del New York Times, en su reseña de El desvío a Santiago (1992): "Una especie de Guía Michelin para el alma".

Aunque su dominio del francés, el inglés y el alemán es casi perfecto, nunca ha pensado en escribir en otra lengua que no sea su holandés natal: "Siempre digo que cuando yo escribo en holandés es como si tocara el órgano. Si escribiera en inglés, sería como tocar la guitarra". Esa conciencia musical de su lengua materna, sobre la que sus personajes disertan con tanta frecuencia, viene acompañada de un singular patriotismo: "Holanda es un país difícil de comprender. Somos una tribu un poco rara y no nos entienden", afirma con el mismo humor que usa en su ensayo ¿Cómo ser europeos?: "¿Cómo se convierte uno en europeo? Para empezar, siéndolo, cualidad que se adquiere, por ejemplo, naciendo en los Países Bajos. Quien está convencido de que conoce el mundo mucho mejor de lo que el propio mundo se conoce, es que es holandés".

Después de su primera novela, Nooteboom publicó libros de poesía, la novela El caballero ha muerto (1963), y crónicas de viajes, entre las que se destacan la de la invasión soviética a Hungría, en 1956, y las de mayo del 68. En 1967 fue nombrado editor de la revista Avenue, de gran tiraje en Holanda, para la cual tradujo a poetas como César Vallejo (por quien profesa una gran admiración) y Wallace Stevens, entre otros. Y mientras continuaba con sus viajes, en 1980 publicó Rituales, que luego sería adaptada al cine, y que es quizá su novela más famosa y a partir de la cual empezó su etapa más productiva como novelista.

En 1989 fue invitado por el Servicio de Intercambio del gobierno alemán a vivir un año en Berlín, lo que le permitió ser testigo de la caída del muro (sobre la que escribió varias crónicas, recientemente recopiladas en el libro Berlín 1989-2009). En esta ciudad hizo amistad con el filósofo Rüdiger Safranski y con el pintor Max Neumann, quien luego ilustraría las portadas de algunos de sus libros. Desde entonces divide su tiempo entre Berlín, las afueras de Ámsterdam y Deiá, en la isla de Menorca, donde tiene una casa que se puede ver en un video de YouTube.

En cuanto a su libro más querido, dice que si tuviera que escoger uno, éste sería La historia siguiente, esa novela delirante en la que un profesor de escuela secundaria, Hermann Mussert, se acuesta una noche en su casa de Ámsterdam y se despierta al día siguiente en Lisboa. Pero lo interesante de Mussert es que, a diferencia de lo que hacen los profesores en la literatura contemporánea, no se enreda con la estudiante por la que siente fascinación, sino con una profesora (con cuyo marido, la estudiante, Lisa D'India, inicia una aventura por su lado). Nooteboom escribió esta novela para la Semana Holandesa del Libro, un evento anual en el que un escritor recibe el encargo de escribir una novela con un número determinado de palabras, que será distribuida de forma gratuita. Aunque recibió fuertes críticas en su país, ya que el estilo es muy diferente al de sus otras novelas, este fue el libro que lo catapultó en Alemania y de ahí al resto de Europa: "Pasan cosas raras con los libros", dice, y a continuación pregunta si sus libros son muy costosos en Colombia y si llegan las ediciones de bolsillo: "No me interesa vender. Me interesa ser leído".

En su ya larga carrera como escritor, Nooteboom ha recibido, además del Premio Anne Frank en 1957, el Premio de Poesía de la Comunidad de Ámsterdam en dos ocasiones (1960 y 1965), el Premio de Periodismo por sus crónicas sobre mayo del 68, el prestigioso premio Pegasus por Rituales (1982), el Constantin Huygens (1992), el Aristeion por La historia siguiente (1993) y, en noviembre pasado, el Premio Holandés de las Letras, el galardón más importante de los Países Bajos.

Es un lugar común afirmar que en la concesión del Premio Nobel de Literatura hay un componente claramente político. Desde hace varios años la Academia Sueca parece decidida a desmentir esa afirmación, como parecen confirmarlo los premios Nobel otorgados a Elfriede Jelinek, J.M. Coetzee y Jean-Marie Le Clézio, quienes, si bien tienen posiciones políticas que podríamos llamar liberales, son en esencia novelistas dedicados a su oficio. Sobre el Premio Nobel Nooteboom dijo: "Me interesa para ser leído. Sería arrogante decir que no. Pero es una lotería y yo no puedo decir nada al respecto". Y recuenta la anécdota de su amigo el poeta belga Hugo Claus, que murió en 2008, y quien fuera otro de esos eternos candidatos al Nobel: "Claus decía: 'Ahora es tiempo de que me lo den por razones humanitarias'. Pero Claus murió sin recibirlo", dice Nooteboom, y después de una pausa agrega: "Como mis maestros: Borges, Proust, Nabokov, Kafka y Calvino".

Tal vez Nooteboom, como su obra, quede a la altura de los que él considera sus maestros, pero tal vez le den el Premio Nobel porque es un gran cronista, traductor y poeta, y un novelista excepcional. Porque en sus obras no hay frases célebres que se puedan citar fuera de contexto. Porque su humor es exquisito. Porque escribe y describe sin posar como escritor. Porque leerlo es un goce estético e intelectual. Porque es elegante con el lector. Porque, en resumen, recoge la cultura europea sin dejar de dialogar con el resto del mundo. Su próximo viaje será a China, Japón y Corea ("donde han publicado mis libros y bueno… Me interesa… Pero claro, no puedo leerlos"). Su próximo proyecto: Cartas a Poseidón. "Son cartas a Poseidón porque son dioses olvidados, ¿no? Inmortales, pero también olvidados, ¿y cómo es ser un dios olvidado?" Y mientras esta revista está en la imprenta, Nooteboom estará de viaje, tratando de pasar inadvertido, "lo cual no es sino una forma de desaparecer, que es en definitiva de lo que se trata".

En el mercado

Hotel Nómada

Cees Nooteboom

Debolsillo

2007

224 páginas

$29.000

10.8.10

Las palabras secretas

La última novela de Luisa Valenzuela, El Mañana, se publicó mientras ella estaba internada, recuperándose de una meningitis viral. Al principio no quería ni ver el libro. Con el tiempo, ya recuperada, se fue reconciliando con esta historia de dieciocho escritoras que navegan río arriba, intercambiando experiencias, hasta que son atacadas, acusadas de terroristas y condenadas al arresto domiciliario

La escritora Luisa Valenzuela. foto.fuente:pagina12.com.ar

Una novela llena de peripecia y delirio, pero que finalmente acaba preguntándose qué es el lenguaje, qué dice más allá de lo que se sabe. Qué encontraron esas mujeres que resultó tan amenazante para el poder: quizás el lenguaje exclusivo de las mujeres, quizá la verdadera voz humana.

"¿Qué habrán dicho estas mujeres para desatar semejante represión?" La pregunta late a lo largo de las páginas de El Mañana, reconcentrada en la experiencia interior y exterior de Elisa Algañaraz, su protagonista. El asunto empieza así: dieciocho escritoras remontan un río a bordo de un barco en el que desarrollan el Primer Encuentro Confidencial de Narradoras. "Nos cayeron encima cuando las desavenencias ya habían sido limadas, cuando ya nos habíamos peleado con el lenguaje y habíamos jugado con él y nos habíamos revolcado y hasta chapoteado en las palabras como en tiempos preverbales, y para festejarlo bailábamos como locas meneando la cintura", se lee. Y entonces llegaron ellos, vestidos de negro, al abordaje, para plantarles armas y drogas y acusarlas de terroristas, para confinarlas a unos arrestos domiciliarios, en soledad, incomunicadas.

"Yo creo que ésta es mi novela más importante, porque es mi ars poética", dice Valenzuela en su casa de Belgrano. "Lo que me asombra es ver con claridad desde mi primer libro una línea que tiene que ver con qué es el lenguaje, qué va diciendo más allá de lo que ya sabés, aquello que casi no puede percibirse y está latiendo en todo. Mis libros son muy diferentes en lo anecdótico, y también desde el punto de vista de la escritura, pero hay una búsqueda intrínseca que se percibe entre uno y otro y tiene que ver con esto, con buscar el límite de aquello que no puede ser dicho, lo inefable, que en El Mañana aparece como tal; eso mismo buscaba por el lado del teatro en Novela negra con argentinos o a través de la pintura en Travesía, distintas instancias del arte. Lo veo en los ensayos que se escriben sobre mis textos, no en mi propia experiencia. Y me alegra, porque creo que hay una constancia y una coherencia latente. Mi manera de percibir el mundo es a partir de la comprensión indirecta de las cosas, algo a lo que estoy abierta. Y escribir me permite entender, o al menos organizar cosas que de lo contrario no podría percibir."

Aunque El Mañana sea, también, el nombre del barco que conduce al conjunto de escritoras a su desgracia, la novela trata fundamentalmente del encierro de la protagonista, sus secuelas, sus derivaciones, su fuga y su refugio en otro mundo: Villa Indemnización. Está recluida en un piso 13 sin biblioteca, sólo puede escribir en una vieja laptop cuyos archivos son borrados una vez a la semana por una cancerbera implacable, es sacada a pasear con un velo que le cubre la cara por un vareador los lunes y los jueves por la madrugada. Desesperante. Pero, y esto es una marca constitutiva en la escritura de Valenzuela, se trata de una desesperación entreverada con el humor. "Yo creo que el humor es redentor, que te salva de muchas cosas. Es lo que me está salvando. El humor negro, feroz, puede ser cáustico. Uno va en línea recta, ya con un camino trillado, ¿y qué te pone al costado, qué te permite ver otro panorama? El humor es una bisagra fantástica para moverte y descubrir cosas laterales que no tenés incorporadas."

"La acción transcurre en un futuro indefinido e imperfecto", se lee, en el que se entrevé una Buenos Aires ominosa, derrumbada, de drástica desigualdad social. Al rescate de la protagonista llega Omer Katvani, un traductor israelí que estuvo en el ejército, al que conoció en alguno de sus viajes: su arribo al piso 13 y sus pericias técnicas remiten de algún modo al Harry Tuttle que interpretó Robert DeNiro en Brazil. Pero este además es un caballero con sensibilidad literaria, tocado por las ideas sobre el lenguaje de Elisa. A la par de su historia la novela va contando también la de Esteban, un hacker argentino radicado en Estocolmo que también conoció a Elisa e ideó el plan de rescate y averiguación, y la de su chica, Rosalba. Omer le pide a la apresada, antes de irse, que retome su trabajo sobre Juana Azurduy, un personaje que, dice Valenzuela, le prestó a su protagonista. "En el acto de escribir aparecen las ilaciones, las asociaciones mentales, las metáforas. Yo escribo mucho mentalmente, también, y luego voy al papel, a la máquina. Pero después de la enfermedad no se me ocurría esa forma de pensar: son sistemas de pensamientos. Eso había desaparecido. Y el día que se me volvió a ocurrir un cuentito, una pavadita que entreví para un relato, me pareció milagroso. Porque hasta ese momento había un vacío: 'Sí, el lenguaje está, y todo lo demás, pero falta esta forma asociativa de tratar de delegar un sentido de las cosas'."

Viaje al fin de la noche

Los planes de Valenzuela para este año parecían idílicos, pero fueron, literalmente, de terror. Tenía programado un viaje soñado desde hace mucho por Birmania, Tailandia y Camboya y, a poco de partir, cayó y se fracturó la muñeca derecha. "Yo creo que desde ahí empecé a boicotearme", dice. Se fue igual, aunque se le hizo pesadísimo, muy cuesta arriba. Incluso estando allá se fisuró la muñeca de la otra mano. Volvió muy débil. Iba a publicar El Mañana en abril (la había terminado a mediados de 2009), pero el 13 de marzo empezaron a ser evidentes los síntomas de lo que resultaría una meningoencefalitis. "Estuve internada un mes y medio, fuera del mundo", dice Valenzuela. "Cuando desperté era como si hubiera vuelto del planeta Mongo y dije 'esto me lo pesqué por ahí'. Y me dijeron que no, que había sido acá. Mi hija me contó que también se lo había pescado Saccomanno. Me crucé con un virus, por suerte era un virus, con lo cual quedás limpio, ¿no? Vamos a tomar esto, así nos sentimos más fuertes para hablar de este horror."

Sobre una mesa bajita hay una botella de vino tinto, queso, galletas y pan. Siete y algo de la noche, luces tenues dentro de la casa. Tres perras merodean: una boxer atigrada de diez años, una blanquinegra retacona que se fue afincando de a poco, una doradita pelilarga que rescató, moribunda, de una plaza. "Estuve mucho tiempo sin conciencia, o diciendo pavadas de las que no me acuerdo", retoma Valenzuela. "Al volver tenía mucho miedo, pero ahora me resulta total y absolutamente fascinante. Porque se te descuajeringa el cerebro, se te desarma como un puzzle de no sé cuántas miles de piezas y crácate, se reestructura de nuevo como antes. Eso es mágico. Y entonces quiero explorar. Me puse a escribir. Ahora, porque al principio no podés."

Volvió a su casa a fines de abril, pero hasta fines de mayo estuvo "hecha un trapo, muy medicada", dice. No podía siquiera leer. "Ahí no querés nada, no te gusta nada, no quería ver ni a las perras. Tenía un miedo muy grande, ambiguo. Y una relación con el cuerpo muy extraña. Sigo sin querer escuchar música. Fue un viaje, un viaje al fondo de la noche. En la única visión que me acuerdo, porque estaba en coma, iba caminando por una cosa muy oscura, pero era placentero. Y llego a una parte donde hay una cortina negra, negra carbón. Y digo: 'Tengo que atravesar eso y desaparezco. Yo no creo en Dios. ¿Cómo que no creo en Dios? Si no creo en Dios ni en nada, desaparezco y no quiero, no me quiero morir, no puedo morirme ahora. Es la muerte. No puedo morirme ahora porque tengo que escribir esto y esto'. Una lista de cosas que era muy ridícula. Y entonces salí de eso, o me desperté, o me fui a otro lado. No tengo más memoria que de esa escena. Después me contaron que hubo un momento en el que entré en convulsiones. Fue acá, porque estuve internada, vine a casa tres días y volvieron a llevarme. Y los que vinieron de emergencia decían 'la perdemos, la perdemos'. Yo quiero saber si la visión aquella coincidió con este momento, pero es imposible. Se lo conté a Alberto Díaz (el editor) y me dijo 'podés escribir un best-seller'. Y enseguida corrigió: 'Ah, no, si es negro no, porque tiene que ser blanco, como Sueiro'."

Y se ríe con ganas Valenzuela, y dice que también temió haber perdido el sentido del humor. El neurólogo que fue a consultar en los últimos días le sugirió hablar, explorarlo, acaso en terapia. "No, psicoanálisis no", respondió ella. Le interesa, en cambio, seguir abordando el asunto desde el lado de la neurología, charlando con este médico, que le recomendó que todavía no escribiera sobre el tema. Retruca: "Y yo me dije: '¿Qué me viene a contar, éste?' Si toda mi vida me metí en los espacios oscuros, quise explorar zonas prohibidas. Empecé a leer todos los partes médicos, me metí en Internet, leo, quiero saber todo. Al principio no podés ni caminar, tenía unos ataques de nervios infernales, como nunca. Me parece que el cuerpo adquiere otra dimensión cuando está herido, no podían ni tocarme. Ahora me canso fácilmente, nada más, me siento bien. El cerebro quedó bien. Es asombroso cómo recuperás: un día llamo por teléfono a un gran amigo en Nueva York y de golpe tomé conciencia: 'Estoy hablando en inglés como siempre, el inglés está ahí, intacto'. El peligro fue grave y tenía noción de eso, pero ahora me resulta una aventura más. ¿Uno quiere explorar zonas oscuras? Bueno, ¡al carajo que las explora! Ojalá me acordara de más ensoñaciones."

Lo más impresionante "es lo premonitorio que es eso", dice Valenzuela y señala, como si no quisiera nombrarlo, un ejemplar de El Mañana que está también sobre la mesa. "Todo ese encierro, el arresto domiciliario, la parte del sueño en la villa miseria, no lo quería ver", dice. Página 259: "Mejor seguir deshilachando viejas bolsas de arpillera en vez de poner en marcha las meninges. Tantas veces se rebeló contra el mandato oscuro ¡No pienses! y ahora no se le ocurre mejor sosiego que ése. No pensar. Deshilachar. Migajas. Si pensara tendría que ponerse a reflexionar en tantas cosas, en sus compañeras de infortunio, en el ataque a traición, en el encierro que a ella se le hizo doble porque del domiciliario fue derechito a caer en otro y aquí mismo donde se supone que está la protección también está el rechazo de quienes sospechan de ella. Una leprosa de la mente, así se percibe. Mejor la atención puesta en los sueños, donde no hay rechazo alguno y no hay un amor perdido ni una hija por venir, es decir soledad por los cuatro costados."

En sus últimos días en el sanatorio le mandaron un ejemplar desde la editorial: no quería ni tocarlo. Luego le mandaron tres más a su casa: le dio uno a su hija, otro a su nieto y el tercero a una investigadora norteamericana estudiosa de su obra que vino de visita. "Vos mencionás la palabra meningitis", le dijo esta mujer, y ella respondió: "Noooo, no creo". Fue a buscar: estaba "meninges". "Eso es lo que más miedo me da, porque ella estaba con la orden de 'no pensar'", dice Valenzuela. "¿Qué pasa con la escritura y la realidad, dónde está la ficción, cuál es la premonición? ¿Provocás las cosas, las prevés? ¿Cómo se ponen en funcionamiento? Porque me ha pasado muchas veces. Y no es que no quisiera ver el libro porque tuviera conciencia de que era premonitorio: simplemente, no quería. Y otro día, charlando con una amiga psicoanalista, me dice a ver, contame de qué trata. Le cuento un poco y me dice 'estás contando tu historia, el encierro'. Qué curioso. Eso también quiero explorar. En este libro puse a funcionar mi búsqueda de qué pasa con el lenguaje, y mi única forma de averiguar es a través de la ficción. Uno se separa de los libros, pero con éste, por esta historia, me cuesta."

El Mañana Luisa Valenzuela Planeta 382 páginas

Escritoras silenciadas

Recuerdo que en varias situaciones decías que estabas empantanada con esta novela. Y vi, leyéndola, que esas marcas de bloqueo están incorporadas a la escritura, para avanzar.

–Claro, para dar una vuelta de tuerca y seguir. Esta novela me llevó años, me empantanaba a cada rato. No sé hacer un plan previo, y en la medida en que lo tengo, me aburro. Por lo general uno está como en un estado, y aunque hagas otras cosas va cocinándose a fuego lento, in the back of the mind, como dicen los ingleses. Pero acá no, me desprendía completamente, me iba de viaje, daba conferencias, escribía otros libros y me olvidaba. Entonces me costaba muchísimo volver y entrar, cómo sigue. Era complicado retomar el hilo.

Hay mucho trajín sobre esta línea que separa dos campos: la literatura replegada sobre sí misma y en el lenguaje, de un lado, y el relato de historias, la aventura, etc., del otro. ¿Hay una búsqueda por conjugar ambos en El Mañana?

–Yo creo que no son dos cosas aparte: qué pasa como thriller y qué pasa dentro del lenguaje. Pueden considerarse las dos líneas, pero yo creo que no existiría la peripecia si no hubiera existido el cuestionamiento constante sobre el lenguaje. Es una novela de conjeturas al respecto. También me interesa la acción, porque es un libro de aventuras, ¿pero cómo la explicitás, cómo lo ponés en acto, eso? Meterte en el lenguaje es una aventura en sí. Son dos caras de una misma moneda. El lenguaje te lleva por vericuetos rarísimos, inesperados, insospechados y peligrosos, eventualmente, pero si lo explicás es un bodrio.

Juana Azurduy juega un papel muy importante en El Mañana.

–Sí. Me sorprendió cuando reaparece, ya cuando ella está en la villa. Creí que la había abandonado en mitad de camino, cosa muy mal hecha, porque va en contra de todos los preceptos de la buena literatura. Es la pistola de Chéjov, ¿no?, que tiene que dispararse al final.

Que haya sido sorpresivo incluso para el autor quizá otorgue mayor contundencia al relato.

–Lógico, sí, porque ahí entendés la razón de ser, por qué estaba al principio. Porque al principio es una bisagra que lleva a otra instancia: que ella se identifique con alguien heroico y que no salga de su situación de víctima. Cuando eso vuelve, de golpe, adquiere otra resonancia. Y también al final, ¿no?

¿Por qué te interesa Juana Azurduy?

–Quería escribir un libro sobre Juana, ésa es la verdad de la milanesa, explorar ese contacto entre la mujer y el lenguaje indígena, los mundos unificados, otra manera de ver la realidad desde la palabra. ¿Qué tiene ella para convencer a estos indios que son sus soldados? La palabra, arengarlos. Y esa arenga, hecha por una mujer, creo que va a ser muy distinta a la de los hombres. Los indios empiezan a llamarla Pachamama, "nuestra madre", y ella los llama Los Leales. Ellos pelean por algo que les importa un reverendo cacahuete, por decirlo en mexicano, porque con Independencia o no, siempre van a estar atrapados en una situación horrible. Es verídico: ella tenía ese ejército, no le daban criollos. No le hubieran llevado el apunte. Por esto de machos, viste. Y acá habría otra dinámica de lenguaje. Eso quería contar en ese libro sobre ella, pero me dio la sensación de que al escribir el primer capítulo ya había contado todo. Porque como conozco su historia, no tengo por qué abundar en detalles. Después Pacho O'Donnell se apuró, sacó la de él y ahí abandoné la empresa. Es un personaje fabuloso Juana: salva al marido, toma pendones, rescata la cabeza de Padilla de la picota, le corta la cabeza a Eloyza en medio del río. Su historia es maravillosa.

El punto de partida tuvo que ver con esa idea de escritoras secuestradas, acalladas. Con una respuesta humorística a eso.

–Puede ser, pero mi idea primigenia fue tomarme en serio una época en la que no me daban mucha bola. (Se ríe.)

¿Y veías que era una actitud hacia las escritoras en general?

–Hacia ciertas escritoras, porque hay toda una línea de la escritura femenina muy aceptada y aplaudida, que no amenaza el statu quo. Yo creo que a las periodistas de investigación las respetan. Pero las escritoras de ficción que se metieron con el tema político en profundidad, con buena escritura, tuvieron un rechazo muy especial dentro de las mismas editoriales. ¿Cuánto tiempo tardaron en este país en publicar mi Cambio de armas, que es del '72? Veinte años. Es mi caso y el de otras, puedo citar a varias: Susana Romano Sued, Susana Cella, Liliana Heer, Elvira Orpheé, Elsa Osorio. Hay una especie de anteojeras para ver esta cosa política en las mujeres.

Ni malos ni buenos

Ha dicho Valenzuela que, en general, la escritura de la mujer es menos maniquea que la del hombre. Que en la escritura de las mujeres aparecen zonas de ambigüedad, donde los malos no son tan malos ni los buenos tan buenos. Y que eso incomoda mucho. "Por eso investigo tanto si existe o no un lenguaje femenino, si podemos decir otra cosa", dice. "No hay duda de que podemos mirar desde otro lugar, como los oprimidos. Quizá por eso ella va a la villa. Pensá que las mujeres estuvieron fuera del lenguaje; ya lo dijo Lacan, un poco brutalmente. No te incluyen en los plurales, está invisibilizado eso. Bueno, percibimos la realidad desde un cuerpo distinto."

"Conviene escribir –anota en El Mañana– como quien se tira de cabeza a la piscina sin averiguar si hay o no agua"; Valenzuela dice que es cierto y se ríe. Hay mucho de ella en la protagonista, dice. Y, también, que el personaje no le cae bien. Que prefiere a los hombres, a Omer, y al Viejo de los Siglos, o Saldívar, dos tipos que Elisa conoce en la villa y serán centrales en el encuentro consigo misma.

Cincuenta años atrás terminaba su primera novela, Hay que sonreír. Toma nota del dato y dice: "¡Qué horror! Tenía 21 cuando la escribí, sí. Cuando se cumplieron 40 me quería morir, imaginate. Me acuerdo patente de cuando la escribía, en París. Tenía un bebito que dormía la siesta y yo extrañaba mucho la Argentina. Se me ocurrió el principio y el final y pensé que sería un cuento; yo había publicado cuentos y creía que no podría hacer novelas. Pero después empezó a salir. Cuando terminé, noté que estaba un poco cruda, que había que pulirla. Volví a Buenos Aires y pensé que no tenía sentido del humor la novela, me amargué. Seis años después la saqué a relucir y me reí a mares: ni la pulí, era tan arquetípica, un Buenos Aires tan falso, que el palacio del tango, el parque Retiro, otra época. Me causó una gracia absurda. Ahí se publicó. Pero en su momento no me di cuenta, no lo podía calibrar. Y me acuerdo de descubrir esa fascinación por la escritura de ficción: cómo en perspectiva las cosas adquieren una dimensión distinta de lo que parece a simple vista".

Por estos días se publica también en Buenos Aires el volumen de cuentos Tres por cinco, editado inicialmente por Páginas de Espuma en España el año pasado. Valenzuela enseña además una edición casera de ABC de las microfábulas, unos textos que machacan con humor sobre la letra inicial que nombra a una serie de animales. Y un librito llamado Acerca de Dios (o aleja), que trata de su vínculo en la infancia con el barba, diría Diego. "De chica tenía una relación muy particular", dice Valenzuela, que se define primero atea y luego animista. "Me puse a analizar eso y llegué a la conclusión de que ahora no creo. Y me perturbó, te diré, en su momento, en esa visión, no tener una relación. Decir: 'Qué divina, me voy a morir, voy a encontrarme con Dios'. Ay, pucha, no me encuentro con nadie, qué espanto, no quiero desaparecer."

Te perturbó, pero tal vez eso mismo te dejó de este lado.

–Sí, no pude cambiar de parecer. Al mismo tiempo necesitaba como un mantra, una cosa para rezar, para concentrar el pensamiento. Y las oraciones que yo sé son las católicas, las cristianas. Entonces rezaba y decía "bueno, pero estoy falseando". Fue concentrar la energía en algo, en un momento en que estaba muy dispersa, como si se hubiera ido del alma. No sé si hay un alma, qué sé yo. En esa visión, una de las cosas que yo me imponía para hacer era un libro de viajes, contarlos, porque he hecho viajes divinos, con un montón de anécdotas que tengo ganas de contar. Y ahí me dije: "Bueno, éste es otro viaje y el medio de transporte es el virus. ¡Te lleva al carajo! Pero es un vehículo. Y si es un virus, con suerte, en algún momento se va a morir".

4.8.10

“Los informantes”, de Juan Gabriel Vásquez

Esta novela viene precedida por su fama. En 2009, fue la única obra no escrita en lengua inglesa elegida por Amazon como una de las diez mejores novelas del año


Los informantes. Juan Gabriel Vásquez
Alfaguara (México, 2010)

Mario Vargas Llosa ha dicho de ella que es "una poderosa historia sobre los sombríos años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial", testimonio de la riqueza de la imaginación de su autor, "así como de la sutileza y elegancia de su prosa". Tampoco le han ahorrado elogios Javier Cercas, John Banville y Alfredo Bryce Echenique, entre otros escritores y críticos.

¿Merece tales muestras de entusiasmo Los informantes (2004), de Juan Gabriel Vásquez (Colombia, 1973)? En mi modesta opinión, sí. Reeditada por Alfaguara en este 2010, esta novela no solo es relevadora de un pasaje poco conocido de la historia colombiana, sino que también explora con tino temas como la traición, la culpa, el perdón, la memoria y la relación entre padres e hijos; asuntos, pues, que a todos nos tocan de alguna u otra manera.

El narrador del libro es el joven periodista Gabriel Santoro. Luego de tres años distanciado de su padre, que lleva su mismo nombre, el joven visita al viejo a instancias de este. Gabriel padre será sometido a una delicada operación de corazón y al parecer no quiere pasar por el trance sin la compañía y el apoyo de su hijo. A raíz de este reencuentro, el narrador rememora el incidente que lo alejó de su padre: luego de que el joven publicara un biografía sobre una vieja amiga de su padre, Sara Guterman, una emigrada alemana que llegó a Colombia a los 14 años, huyendo junto a su familia del régimen nazi, Gabriel viejo publicó una crítica despiadada del libro. Su hijo nunca entendió el encarnizamiento de su progenitor. Solo lo entenderá cuando, luego de la muerte de este, salga a la luz un ominoso secreto que marcó a su padre de por vida.

Los saltos temporales son uno de los recursos principales de los que se vale esta novela. El narrador se mueve con fluidez por distintas épocas tanto de su propia vida como de las de su padre y Sara. De los días anteriores a la operación del viejo pasamos a los años posteriores a su muerte, luego al tiempo en que el narrador empezó a escribir el libro que provocaría la ruptura con su padre o a los días en que Sara partió de su país convulsionado o al momento en que Gabriel joven lee la crítica de su padre a su biografía. Todos estas historias y tiempos distintos se revelan, conforme avanza el libro, íntimamente ligados, de modo que sin uno de ellos no se entendería el resto. La fragmentación temporal le permite al autor hacer avanzar varias tramas a la vez, al mismo tiempo que genera expectativas en el lector por los vacíos entre ellas, los cuales se irán llenando poco a poco.

Juan Gabriel Vásquez (Foto: Alfaguara)

Los informantes es una novela que golpea emocionalmente al lector: ya sea cuando lo entera de la persecución de la que fueron víctimas los alemanes refugiados en Colombia luego de huir del horror del nazismo, o cuando lo expone al propósito malogrado de un viejo de reorientar su vida o al de un joven que se debate entre el afecto y la repulsión por su padre, el libro, sin caer nunca en el melodrama, lo enfrenta a situaciones dolorosas y muy significativas para el puñado de personajes que lo protagonizan. Toda la obra está atravesada por desencuentros, violencia y la nostalgia del camino que no se tomó, de la infamia que no se evitó, la palabra que no se dijo.

No ofrece Los informantes conclusiones categóricas sobre los temas que aborda. El lector no podrá extraer lecciones de la novela. El autor más bien narra, con gran habilidad, una serie de historias engarzadas que suscitan, además de la respuesta emocional, la reflexión intensa sobre algunas de esas preguntas que los seres humanos se han hecho y se seguirán haciendo siempre, tal vez sin encontrar nunca respuestas definitivas. Quizás a ello se deba la honda impresión que el libro deja.

Javier Munguía
Fuente: http://javiermunguia.blogspot.com

3.8.10

El mapa de la literatura norteamericana y sus alrededores

Publicado en 1919, Winesburg, Ohio es un libro fundamental y fundacional para entender la literatura norteamericana

Sherwood Anderson.foto.fuente:pagina12.com.ar

Con las muertes todavía tibias de los grandes fundadores (Whitman, Thoreau, Twain, Hawthorne, Melville), este libro extraño, cruza de colección de cuentos y novela atomizada, da vida a buena parte de las verdades, los mitos y las ideas que luego se verían en Faulkner, Hemingway, Fitzgerald, Thomas Wolfe y los herederos de esa generación de deidades literarias. La fundación de un pueblo, el retrato de sus habitantes y el papel del testigo que lo cuenta y lo escribe es un influjo poderoso que cruza a la Comala de Rulfo, el Macondo de García Márquez y hasta la literatura barrial de hoy en día. Imposible de conseguir en castellano hasta hace poco, la edición de Acantilado pone en las librerías esa pequeña maravilla en 22 capítulos.

Un maestro que se expresa más con sus manos nerviosas que con las palabras es sospechado por tocar a sus alumnos. Un granjero poseído intenta mojar la cabeza de su nieto, aterrorizado heredero, en la sangre de un cordero. Una mujer hastiada siente una noche de lluvia el deseo irrefrenable de lanzarse a correr desnuda bajo el aguacero por las calles del pueblo. Un pastor atisba por una ventana una mujer que fuma y experimenta una revelación de Dios. Vidas rutinarias, sometidas a la costumbre pero también retobándose contra los preceptos morales de su comunidad, de pronto pueden encontrar el sentido de su existencia en un gesto –como mucho, un acto– que les descubrirá el sentido de su existencia. Un muchacho, periodista del diario local, que ambiciona ser escritor, George Willard, camina el pueblo, lo recorre buscando una historia que merezca ser narrada y, por lo general, la historia se le presenta cuando menos se lo espera, ya sea paseando distraído o bostezando en su escritorio. "Debes escucharme –le recomienda un médico viejo y fracasado que alguna vez también fue periodista–. Tal vez puedas escribir el libro que nadie escribiría. La idea es muy sencilla, tan sencilla que, si no tienes cuidado, podrías olvidarla. Consiste en esto: todo el mundo es Jesucristo y todos acaban siendo crucificados. Eso es lo que quería decirte. No lo olvides. Pase lo que pase, no dejes que se te olvide." Todos en Winesburg, Ohio, porque éste es el pueblo, son entonces pobres cristos con una vida que merece atención y puede constituir una buena historia. Y esta historia se roza y vincula con la de sus vecinos: quien es protagonista en un cuento pasa más tarde a ser circunstancial en otro, porque todos y cada uno, ya sea en primer plano o de soslayo, son protagonistas en esta colección de cuentos que no pierde de vista nunca la relación entre el sujeto y su contexto, el individuo y la sociedad o, si se prefiere, entre el uno y el todo. Algunos, como un vendedor de combustible, piensan que podrían ocupar el lugar del cronista y se animan a suministrarle ideas sobre su oficio: "El mundo está en llamas. Empieza así tus artículos: El mundo está en llamas. De esta manera conseguirás que la gente se fije en ti". La consigna anticipa una de las máximas de John Cheever en sus clases de literatura creativa en Iowa University al proponer: "Escriban como si estuvieran en un edificio en llamas". Pero todavía faltan décadas para el surgimiento de este Homero de los suburbios. Ahora, en Winesburg, Ohio, una maestra también tiene consejos para el futuro escritor: "Tendrás que conocer la vida. Si quieres ser escritor debes dejar de tontear con las palabras. Será mejor que abandones la idea de escribir hasta que estés mejor preparado. Ahora debes vivir. No pretendo asustarte, pero quisiera que comprendas el alcance de lo que piensas hacer. No debes convertirte en un mero mercachifle de las palabras. Lo más importante es que aprendas lo que la gente piensa, no lo que dice".

Publicado en 1919 por Sherwood Anderson, Winesburg, Ohio es desde entonces un libro basal de la literatura norteamericana. Inconseguible en castellano hasta ahora, publicado con una traducción impecable de Miguel Temprano García, en su edición de Acantilado, fue galardonado en Barcelona el año pasado por su presentación cuidadosa. Volviendo: en la fecha de su primera publicación, en 1919, no hace tantísimos años que han muerto Whitman y Melville con sus intentos ciclópeos de fundar una literatura que abreva tanto en Thoreau y Emerson como en la Biblia. Con esa distancia escasa, sin el humorismo caricaturesco de O'Henry ni el pathos de Harte, como un Twain más melancólico, Sherwood Anderson (Camden, Ohio, 1876 - Colón, Panamá, 1941), planta las bases de la short-story, funda un género y, a un tiempo, construye una manera de enfocar la realidad que, pasando por la teoría del iceberg de Hemingway, alcanzará a Carver, Ford y Wolf. Lo que sorprende en Anderson es el absoluto despojamiento de la prosa, la intervención escasa y como conversada de la voz narradora, además de una pasmosa frescura al describir paisajes, hombres, mujeres, ese pueblo. Anderson parece, por instantes, prestarle más atención a la naturaleza, un viento, una nevada, un temporal, que a sus caracteres. Al describirlos los integra a la tierra, al clima, a una naturaleza que empieza a sentir los avances y estragos del industrialismo que acabará con ese ritmo adormecido de lo provinciano, aunque los dramas chicos, esas tragedias secretas, de golpe, contadas desde la intimidad de sus vidas, cobran la trascendencia de épicas privadas, pero siempre, sin altisonancias, sin perder de vista aquello que por cotidiano no puede darse por sentado. Por ejemplo, acerca de uno de sus personajes Anderson escribe que la suya "es más la historia de una habitación que la de un hombre". Cada ser, entonces, está encerrado. El oficio del escritor consiste en disponer del talento necesario para abrir su puerta y curiosear. Conviene fijarse en la dedicatoria que precede estos veintidós cuentos que, según la crítica, conforman una athomized novel: "Este libro está dedicado a la memoria de mi madre, Emma Smith Anderson, cuyas agudas observaciones acerca de todo lo que la rodeaba despertaron en mí la inquietud de mirar por debajo de la superficie de las vidas ajenas". (El subrayado es mío.) Cuando, en la ficción, la madre de George Willard muere, el muchacho dejará atrás su puesto de reportero en el Winesburg Eagle y subirá al tren que lo llevará al mundo, la experiencia, otra vida. Cero paradoja: deberá dejar atrás Itaca para narrarla. "Quien se aleja de su casa/ ya ha vuelto", anotaría Borges con motivo del I Ching.

Al concluir la lectura de estos cuentos algo empieza. Y es, nada menos, el inicio de la portentosa y moderna literatura norteamericana. Una literatura que, como paradigma, habría de contribuir a las búsquedas de otras voces, otros ámbitos. En sus ensayos sobre literatura norteamericana, a propósito de Anderson, Cesare Pavese aseveraba en "Middle West y Piamonte": "No existe el arte por el arte. E incluso la más ociosa lírica parnasiana resolverá para el lector un problema de la práctica: cómo vivir soñando. Para entender a los modernos novelistas norteamericanos no sólo es necesario conocer cuál es la necesidad histórica común que han enfrentado con su obra, sino que es indispensable, para no hablar inútilmente, encontrar una imagen, un paralelo histórico que ponga en términos conocidos por nosotros aquellos modos de vida de ultramar que, a casi todos nosotros, nos gusta imaginar un tanto exóticos". Si para Pavese –como para Calvino y Vittorini– la literatura norteamericana, con Anderson puntero, ofrecía un prisma para enfocar el Piamonte de posguerra, su operación no fue diferente en otros escritores. Consideremos: Winesburg, Ohio empieza con un plano del pueblo. En el trazado de sus calles, incluyendo el trazado del ferrocarril, se manifiesta una intención: localizar lo que se narra, concederle una impronta de verosimilitud. El mapa del pueblo, dibujado de puño y letra por el mismo Anderson, es el antecedente de otro mapa célebre, el del condado de Yoknapatawpha, en Jefferson, propiedad "privada" de William Faulkner, donde habrían de transcurrir todas sus obras. (Como leyenda literaria circula la anécdota de que fue Anderson quien impulsó a Faulkner a la publicación. El joven Faulkner le habría acercado su primera novela a Anderson. Y éste, con tal de librarse de su lectura, le recomendó –al modo Arlt– un imprentero.) Unos años después, no siempre apelando al dibujo del plano, pero sí al propósito de inventar un pueblo, habrían de suceder, derivadas, operaciones identitarias similares de territorialización: la Comala de Rulfo y el Macondo de García Márquez, por citar dos ejemplos. Más acá, el Belgrano de Briante. Y, por qué no, desde Winesburg, Ohio, aunque sus autores puedan no conocer el pueblo de Anderson pero sí sus estribaciones, leer el Lanús de Olguín, el Boedo de Casas, la Villa Celina de Incardona y la Turdera de Pradelli.

La vida que esperaba a George Willard al marcharse de Winesburg, Ohio, una vida aventurera, soñada por un chico de pueblo, puede imaginarse siguiendo la biografía de su padre en la realidad. Anderson dejó el colegio a los catorce años, tuvo varios oficios, fue soldado en la Guerra de Cuba y más tarde publicitario y periodista. Escribió una considerable cantidad de novelas y relatos y también dos volúmenes autobiográficos. Su epitafio reza: "La vida, no la muerte, es la gran aventura". La relación entre experiencia y literatura es una cuestión vital en su obra vasta. Pero que le atribuyera un primer lugar a la experiencia no significa que la literatura fuera secundaria. Uno no es tanto lo que vive, parece sugerir Anderson, como lo que cuenta. Más importante aún, la manera en que lo interpreta y lo cuenta.

28.6.10

Lucidez vs. ceguera

Algunos escriben obras literarias; otros, filosóficas o políticas, pero sólo unos pocos han sido capaces de armonizar todos estos aspectos en cada una de ellas para, a través de la ficción, ahondar en la oscura alma del ser humano y en su conducta como individuo social,
desde una postura crítica y reivindicativa

Foto: Fundação José Saramago

José Saramago, escritor vital y comprometido hasta sus últimas consecuencias, uno de los más insignes y lúcidos escritores, y uno de los grandes pensadores de nuestra época, ha muerto en su refugio de Lanzarote, y con su desaparición el mundo de las letras, de la literatura y del pensamiento ha perdido una de las figuras más destacadas de las últimas décadas.

Desde una ideología declarada y marcadamente comunista y agnóstica, defendida hasta el final de sus días, el escritor lleva a cabo un profundo análisis del mundo actual y de la condición humana, a la vez que realiza una aguda y dura crítica de la sociedad occidental y de su comportamiento como grupo desde la ficción que supone el hecho literario; pero al mismo tiempo, en cada una de sus obras, se vislumbra una fe sólida en el ser humano y en su capacidad para salir de ese estado de ceguera intelectual, ideológica y social en el que se halla sumido. El hombre, como individuo, como ente pensante y ser inteligente, debe redimir y salvar al grupo.

Cada una de sus obras es un intento de despertar las conciencias, ya sea desde la provocación, ya desde la simulación o desde la denuncia, y de abrir los ojos a una sociedad, la nuestra, indiferente, poco crítica y dócil ante las manipulaciones y el abuso del poder en cualquiera de sus manifestaciones.

La civilización occidental debe salir del letargo en el que se encuentra, acomodada en un sistema de vida capitalista, en el que la escala de valores sitúa en primer término lo superfluo, dejando a un lado los valores éticos de solidaridad, compromiso y sensibilidad, y en el que el hombre, ignorante de su alienación, es manipulado por los poderes fácticos y esclavo de unas ideologías impuestas, en algunos casos, por la tradición de la que difícilmente puede liberarse.

Desde una postura ética, abierta y radical al mismo tiempo, critica la resignación para asumir doctrinas, especialmente religiosas, que comprometen la libertad del hombre y nublan su razón. Esta ceguera es la causa de su esclavitud; se hace necesario recobrar la visión, la lucidez, cuando el resto el mundo permanece ciego, vagando sin rumbo en una espesa nube blanca, y la supervivencia, única razón para actuar, marca las pautas de conducta.

Foto: Fundação José Saramago

Usando su palabra como revulsivo para incitar a nuevos planteamientos, ésta será la luz que ilumine el camino hacia una nueva sociedad fruto de una visión renovada que empujará al hombre a la rebelión transformándolo en un ser libre para actuar, para cambiar el status quo y construir un mundo mejor, más justo y más habitable, más social, en el sentido marxista del término; se trata de la defensa de un socialismo revolucionario que el escritor reivindica desde la literatura y que defiende utilizando como arma la palabra.

Pero para que estos planteamientos se hagan realidad es necesario ver la luz, salir de la oscuridad, abrir los ojos, cuestionarse lo establecido y replantearse las normas que rigen las relaciones sociales y la propia vida. Hay que destruir para crear. Hay que cambiar para progresar.

Esta es la proclama que, de un modo u otro, trasmite con cada una de sus obras desde las que se reivindican valores éticos de compromiso personal, social y político.

Así, inquieto y preocupado, pero en armonía con su entorno, se nos presenta la figura de este escritor que manejó como ningún otro la alegoría en sus novelas para trasmitir una visión personal y apasionada del mundo en el que le hubiera gustado vivir.

Foto: Fundação José Saramago

"Soy un hombre que mantiene intacta la capacidad de indignación. Tengo un cabreo profundo, permanente… En América, hace poco, me hablaban de los epitafios. Mire, si yo pudiera redactar mi propio epitafio diría "aquí yace, indignado, fulanito de tal". La indignación es, digamos, mi estado habitual. […] Por decirlo de una forma que puede parecer chocante, estoy en armonía con un mundo que no me gusta".

Alejandra Crespo Martínez

Tomado de Revista de Letras

1.6.10

Un día hay vida

No hay lugar más mítico en la obra de Paul Auster que el cuarto del número 6 de la calle Varick. Allí escribió El libro de la memoria, la segunda de las dos partes de La invención de la soledad, que se inaugura con una frase que ha vencido al tiempo

Paul Auster (Newark, Nueva Jersey, 1947), en su casa de Brooklyn en 1993.foto:ARNOLD NEWMAN.fuente:elpais.com

Enrique Vila-Matas
Camino por la ciudad y lo que pienso va dibujando un trayecto mental construido por mis propios pasos. Es un modo de marchar que sirve para mejor inventar mi soledad, de la misma forma que para el narrador de La ciudad de cristal identificarse con Auster se convertía en "sinónimo de ser útil al mundo". Es también un modo de pensar y guarda cierto parecido con un viaje alrededor de mi cuarto, aunque sólo lo veré como tal si, al llegar a la meta, puedo afirmar que he estado en algún sitio, incluso aun cuando no sepa en cuál. El sitio podría no ser un lugar exactamente, sino un breve momento de La invención de la soledad, por ejemplo. Podría ser ese fragmento en el que Paul Auster celebra, con palabras muy felices, la vida. Es un momento que me recuerda la dedicatoria del Persiles, aquella página póstuma en la que Cervantes nos dejó dicho que amaba la vida. Las palabras de Auster tienen algo de la confesión cervantina:

"Juzga extraordinario que algunas mañanas, poco después de despertar, cuando se agacha para atarse los cordones, lo inunde una dicha tan intensa, una felicidad tan natural y armoniosamente a tono con el mundo, que le permite sentirse vivo en el presente, un presente que lo rodea y lo impregna, que llega hasta él con la súbita y abrumadora conciencia de que está vivo".

La felicidad que descubre el cervantino Auster en ese momento es extraordinaria. "Así es, no volveremos a vagar", recuerdo que escribió Byron. Y ese verso me lleva también a la conciencia feliz de estar vivo y a recordar a todos que la oportunidad de deambular es única, no la volveremos a tener y, por tanto, mejor será que veamos que se abre ante nosotros la posibilidad excelsa de vagar, de perderse quizás al modo de esos héroes austerianos que han buscado siempre su identidad en una vida errante, hecha de innumerables pasos en sus trayectos mentales y urbanos que imitan viajes por cuartos cerrados.

No hay Auster sin la invención de un cuarto cerrado y sin la invención de la soledad en ese cuarto, del mismo modo que no hay soledad sin la escritura, ni escritura sin un lugar. Y quizás, en la órbita austeriana no hay lugar más mítico que el cuarto del número 6 de la calle Varick, aquella buhardilla neoyorquina en la que una sola persona llenaba la estancia y dos la volvían sofocante, lo que no fue inconveniente para que en la habitación cupiera "un universo entero, una cosmología en miniatura que contenía en sí misma lo más extenso, distante y desconocido" y en definitiva el mundo interior de un hombre que iba a ser escritor. No hay habitación más importante en su obra. En ella redactó El libro de la memoria, que es la segunda de las dos partes de ese libro, La invención de la soledad, que se inaugura con una frase que ha vencido al tiempo: "Un día hay vida".

"Un día hay vida. Por ejemplo, un hombre de excelente salud, ni siquiera viejo...". Aquellas palabras han ido gozando de suerte propia y de un destino ciertamente muy fértil. El hombre de excelente salud, ni siquiera viejo, es el padre del escritor. Es alguien que pasa un día y otro ocupándose sólo de sus asuntos y soñando con la vida que le queda por delante. Y entonces, de repente, nos dice Auster, aparece la muerte. El hombre deja escapar un pequeño suspiro, se desploma en un sillón y muere.

Fascina la singularidad de la estructura de La invención de la soledad, ver cómo están tan admirablemente combinadas las dos partes del libro. La primera, Retrato de un hombre invisible, es más famosa que la segunda, quizás porque el tema de la muerte del padre y el enigma de un asesinato ocurrido en la familia sesenta años antes la convierten en una historia perdurable.

"Pensé: mi padre ya no está, y si no hago algo deprisa, su vida entera se desvanecerá con él", escribe el joven Auster. Y ésta es, por cierto, la clase de pensamiento que parece haber acompañado también a Marcos Giralt Torrente en Tiempo de vida, su sorprendente e interesantísima ficción sin invención, su conmovedora y extraña historia en torno a la muerte del padre. De hecho, aunque no se parezcan en ningún otro aspecto más, el final de Retrato de un hombre invisible y el hondo desenlace del de Giralt Torrente son muy parecidos: los dos pensando en el hijo casi recién nacido y preguntándose qué sacará éste en limpio de esas páginas cuando tenga ya edad para leerlas.

El libro de la memoria tiene menos fama que Retrato de un hombre invisible, pero es un bello texto que contiene el germen de toda la obra austeriana y el más poético análisis que he leído nunca en torno a habitaciones de artistas y desamparo. En él, Auster enlaza sutilmente la reflexión acerca de su papel de hijo con su propia paternidad y con la soledad del escritor, y logra así que invención y aislamiento se hermanen en un encuentro doblemente trágico, puntuado por ese inmenso fragmento sobre la felicidad que releo -releer es una forma muy amable de oír la temblorosa verdad que dice que hay vida- siempre que puedo.

Sabemos que en otros tiempos se consideraba que las desgracias de los hombres venían de su incapacidad para quedarse quietos en una habitación. Y también sabemos que hoy en día se ve todo de forma distinta, pues no salir del cuarto es lo que en verdad lo complica todo, muy especialmente si quien se queda encerrado es receptivo y sabe -como sabe Auster- que una habitación es tanto el espacio central del drama humano -"el lugar donde Hölderlin alcanzó la locura y donde Emily Dickinson pensó sus mil setecientos poemas"- como también el sitio donde, por ejemplo, Vermeer conoció "la experiencia de la plenitud e independencia del momento presente". Porque no todo lo que ocurre entre las cuatro paredes de la conciencia es tedio, angustia, pesadumbre, desesperación. Basta pensar -dice Auster- en las mujeres que pintara Vermeer, solas allí en sus habitaciones, pero con la luz brillante del mundo real entrando a raudales por una ventana abierta o cerrada.

A veces, al igual que en su novela La habitación cerrada, la melancolía y sus adláteres son el precio que hay que pagar para un día llegar a ver la luz y constatar que hay vida y, tras un largo encierro en un cuarto de hotel, poder decir, al fin, como el narrador de ese tercer libro de la Trilogía de Nueva York: "De pronto, tumbado sobre la cama y mirando las rendijas de las persianas cerradas, comprendí que había sobrevivido".

Es la luz que, a la larga, encuentra toda persona encerrada. Pascal, sin ir más lejos, entre pensamiento y pensamiento, dio con ella en la noche del 23 de noviembre de 1654 y, pasado el momento de asombro -cuenta Auster, experto en iluminaciones y encierros-, se dedicó a coser en el forro de su ropa todo lo que pudo memorizar del instante crucial. Quería tener a mano cuando lo necesitara, durante el resto de sus días, el registro detallado del éxtasis que le había llevado a la extraña felicidad de estar vivo: su encuentro con el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob y también su encuentro con la certeza de la grandeza del alma humana. Un tipo de certeza que, a decir verdad, se acopla como un guante al ritmo de los trayectos mentales construidos por nuestros propios pasos y termina por acercarnos siempre a la vida. Y la vida, ya se sabe, es la zona más honda de la sufrida calle Varick.

La invención de la soledad. Paul Auster. Traducción de María Eugenia Ciocchini. Anagrama. Barcelona, 1982. Tiempo de vida. Marcos Giralt Torrente. Anagrama. Barcelona 2010.

31.5.10

La parálisis de la crítica

Complaciente, perezosa, acomodaticia. Así define Gonzalo Garcés a las reseñas literarias en español y traza una radiografía de los defectos y las virtudes del análisis de libros

foto.fuente:Revista Ñ
Yo leo crítica literaria para divertirme. Encuentro que la reseña, como género, no está muy por debajo del cuento o el ensayo. Dicho esto, las reseñas que leo por placer están casi siem­pre en inglés. Alguien dirá que soy un esnob. Es una posibilidad. Pe­ro cualquiera que conozca el New York Times Review of Books, o el New Yorker, entiende que la razón es otra. La verdad es que la crítica en español, con excepciones, es aburrida. Con esto quiero decir: complaciente, perezosa, acomo­daticia. En inglés a veces también es estas cosas, pero en conjunto no. ¿Por qué?

Aclaro que la reseña en caste­llano no es, hasta donde llega mi conocimiento, la peor del mundo. Esa palma le toca a Francia, donde la prosa de cotillón, el provincia­nismo y el amiguismo la vuelven derechamente ilegible. En Francia, la reseña suele consistir en una re­capitulación mimosa de la carrera del autor y una descripción lírica del libro. Si el escritor es hombre, el reseñista puede decir cosas como: "Noguez lava sus textos a noventa grados." Si es mujer, que su pluma "acaricia, como las uñas antes de arañar." Los dispositivos preferidos son la clasificación en seudocategorías ("Guyotat pone en juego una teología del deseo"), la banalidad en forma de díptico ("Nothomb impone su propia concepción del mundo, con una desenvoltura que contrasta con la profundidad del tema") y el gui­ñote culto ("Una novela que nos pone cara a cara con el Otro"). Por otro lado, está la crítica en profon­deur ; es peor. Ahí la obra desapare­ce bajo los escombros de la teoría posestructuralista, y de allá abajo no hay rescate posible.

En España, la crítica suele ser igual de descerebrada, pero al menos tiene el encanto de lo rús­tico. Después del amaneramiento francés, reconforta leer al agrama­tical Francisco Solano (quien, en una reseña reciente, elogia a Ju­lian Barnes por escribir "con una completa desconfianza al estilo so­lemne") o al hilarante Ricardo Se­nabre, que termina todas sus rese­ñas con una andanada de correc­ciones escolares. Uno casi puede oír el acento de maestro rural, esti­lo Amanece que no es poco , cuan­do Senabre deplora en una novela "ciertos anglicismos de moda", asevera que no debe decirse "no sufras" sino "no te preocupes", y termina despachando al autor con una palmadita en el hombro: hala, ahora a jugar, chaval, y no hagas trastadas. En la Argentina, la barra está colocada un poco más alto. Al menos suele haber cierta noción de historia literaria, cierta idea de que un libro debería situarse en un contexto. Pero, a la hora de la verdad, la crítica argentina padece las mismas taras que la española. Es chirle; casi nunca transmite la impresión de que hay algo impor­tante en juego.

En este punto, supongo, se podría protestar que en España y Latinoamérica hay críticos admi­rables. Los hay, por supuesto. A los nombres evidentes (Domín­guez Michael, Faverón, Carrión, Gandolfo) podría agregar otros menos conocidos (Walter Cassa­ra, Osvaldo Gallone). Pero no se trata de eso. Es en las constantes donde se manifiesta el estado de la cultura. Y el hecho es que cier­tas nociones, y sobre todo ciertas inhibiciones, hacen de la crítica en castellano algo más débil de lo que podría ser.

¿Quién te creés?

¿Qué autoriza al crítico a decir lo que dice? Robert Musil escribió (y a Ignacio Echevarría le gusta repe­tirlo) que la autoridad del crítico le viene de la capacidad de tener ra­zón. Muy bien. ¿Pero razón sobre qué? Se puede tener razón al decir que un libro es malo, pero eso no basta para hacer interesante una reseña. Ahora bien, los críticos españoles establecidos –cuando no están adulando abyectamente a un autor publicado por el mis­mo grupo editorial del diario que les paga el sueldo–, están intere­sados en una sola cosa: el control de calidad.

A tono con esa suerte de servi­cio de protección al consumidor, usan esos modismos que suelen dar un aire tan cómicamente al­midonado a los suplementos espa­ñoles: "Echase en falta una mayor agilidad..." "No se puede en modo alguno aprobar..." A propósito de esfuerzos ridículos por esconder la propia subjetividad, me acuerdo de un compañero de colegio que una vez, jugando a las escondidas, cuando lo descubrieron gritó: ¡No, yo no estoy acá! Si eso fue motivo de risa durante toda la primaria, no veo por qué merece menos quien intenta ganar autoridad desapareciendo detrás de la figura pétrea del Custodio de la Cultura.

Pero su par argentino no lo hace mucho mejor. Es curioso cómo, partiendo de un tono muy distinto, termina por causar un efecto bastante similar. El crítico argentino típico se reconoce por un rasgo: no critica. Si formula reparos, lo hace sobre el final y co­mo por cumplir, se queja de la fal­ta de agilidad de algún diálogo o la insuficiente definición de un per­sonaje, y nunca como problema a indagar. Por lo demás, procura ex­poner lo que cree la intención de la obra, omitiendo cuanto puede los juicios de valor. Si la autoridad a la que aspira el crítico español es la del árbitro del gusto, la que bus­ca el argentino está más ligada a cierta pretensión positivista, la au­toridad del profesor. Este modelo también tiene sus peligros.

¿Cómo construye sus reseñas el crítico argentino? Típicamen­te, el primer párrafo anuncia la "propuesta". Se hace una des­cripción del estilo, se menciona una tendencia general en la que se inscribe o se parafrasea una de las escenas. Leemos: "La saga familiar parece haberse vuelto una tradición literaria hindú..." (Nina Jäger, Página/12, para in­troducir una novela de Anuradha Roy). "Escenas breves, mínimas iluminaciones y un estilo seco, despojado." (Susana Rosano, Ñ, para introducir un libro de Ja­mes Salter). "Alonso Cueto [...] profundiza en las ramificacio­nes de la culpa y la persistencia del pasado." (Clara Albertengo, ADN cultura). En la revista onli­ne El Interpretador, una reseña de un libro de Alan Pauls, firma­da por Micaela Cuesta y Mariano Zarowsky, se abre con una cita de Rodolfo Walsh: "Un intelectual que no comprende lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante".

Nada que objetar a todo esto. El malestar empieza al compro­bar que el autor de la reseña no procede a examinar en qué medi­da esas propuestas o modelos tu­telares se realizan, o no. Hablo de la falta de una estructura retórica ("Parece que hay esto; ¿es lo que parece?") que, aunque no hiciera otra cosa, ofrecería una ilusión de indagación en acto; pero en rea­lidad ofrece mucho más. Parece mentira que haga falta recordar­lo, pero en política, en arte, en el mercado, en el sexo, las relacio­nes de poder están marcadas por el intento de unos por parecer al­go, y el intento simétrico de otros por discernir la verdad detrás de esa apariencia. Barthes escribió que la función de la escritura no es sólo comunicar o expresar, sino imponer "un más allá del lenguaje que es al mismo tiem­po la Historia y el partido que to­mamos en ella." ¿Y cuál sería la primera función del crítico, si no es discernir ese partido tomado que la escritura delata, pero que el escritor prefiere ocultar, o de­rechamente ignora?

Pero el crítico promedio en este país, por alguna razón, se prohíbe especular sobre las in­tenciones del autor (o la genera­ción, o el género sexual, o la clase social, o el grupo editorial) acti­vas detrás del libro. Hace como si la intención o el anuncio o el programa fuera lo mismo que el resultado. En el desarrollo de las reseñas que cité antes, resulta que el libro de Cueto, en efecto, profundiza en las ramificaciones, que la novela de Roy es en efecto una saga familiar, que los cuen­tos de Salter en efecto son secos y despojados, y que la novela de Pauls, en efecto, responde bas­tante bien a la frase de Walsh. ¿Y cómo iba a ser de otro modo, si todo el esfuerzo del crítico estuvo consagrado a afirmar esas relacio­nes? Es como buscarle formas a las constelaciones y después feli­citarse de haber descubierto que en el cielo hay un centauro.

Como se ve, esto excluye toda posibilidad de hacer crítica real. Si el crítico cree que toda su mi­sión consiste en glosar la forma en que la obra ilustra una consig­na formulada por un prócer lite­rario, o las supuestas intenciones del autor, entonces tiene todo el interés del mundo en ayudar ac­tivamente al libro a rendir, como frutos esperados, esas ilustra­ciones. Esto se llama colusión de intereses. El libro le provee al crítico la ocasión de mostrar su buena formación, y éste, a cam­bio, lo presenta como un arte­facto inobjetable, sin fisuras, un sistema de correspondencias tan perfecto como un crucigrama re­suelto o un dibujo de Pictionary . No digo nada de lo apasionante que resulta, presentada de esta forma, la literatura.

Dos versiones de Ford

Quizá no es necesario que sea así. Tengo a mano dos reseñas de la novela Acción de gracias , de Richard Ford. La primera apare­ció en el diario español El Mundo y la firma José Antonio Gurpegui; la otra la escribió A.O. Scott para el New York Times.

La reseña de Gurpegui es re­presentativa. Desde la primera frase descarta la crítica en favor del cholulaje: "Richard Ford fue uno de los invitados estrella du­rante la última edición de la feria de Francfort." Siguen tres párra­fos de sinopsis; en el cuarto, se afirma que cierta frase del pro­tagonista de Acción de Gracias "podía haberla pronunciado el inefable Conejo Armstrong de Updike, o el singular Nat Zucker­man de Philip Roth". Que Ford se parece a Roth y Updike es una de esas ideas que corren por las redacciones y se repiten a falta de opiniones propias. Gurpegui no intenta someterla a examen. So­bre el final, advierte que hay en la novela personajes "que plantean complejos interrogantes": se re­fiere al tibetano Mike Mahoney. Dicho lo cual, cambia de tema. Por lo visto, los interrogantes son tan complejos que mejor ni tocarlos.
Son 706 palabras. No hay una que no pudiera estar en la solapa del libro.

La reseña de Scott toca casi los mismos puntos que Gurpegui. Pero ahí donde el español repro­duce acríticamente, Scott indaga. En realidad, basta el primer pá­rrafo para establecer –y, de nue­vo, no hay crítica sin esto– que estamos ante un problema. Scott cita del libro: "Ojalá pudiera decir que tengo una fórmula para con­vertir la cualidad de lo grande en pequeño." Esta frase resume una voluntad muy presente en la no­vela: presentar lo cotidiano como lo que vale la pena narrar de la experiencia humana. Frank Bas­combe, el protagonista, insiste en presentarse como un tipo nor­mal. Scott toma nota, pero duda. En la práctica —dice—, el autor amplía hasta lo monumental lo que normalmente sería pequeño. Cada sándwich que se come, cada subida a la autopista, está tratada como un hecho épico. Pese a las protestas de normalidad, el mun­do de Frank tiende al gigantismo. Scott nota que esto puede ser ha­lagador para los lectores, que se encuentran, al mismo tiempo, con un personaje excepcional y con permiso para considerarlo como su igual:
"Aquellos de nosotros que so­mos menos modestos que Frank nos complacemos en proclamar­lo un Hombre Representativo, un Héroe Cotidiano, un reluciente ejemplar del Gran Cualunque Americano."

En menos de una página te­nemos una discusión en marcha acerca de la identidad colectiva, los arquetipos nacionales, la no­ción consensual de "normalidad" y los juegos más o menos dies­tros que un escritor puede inten­tar a partir de esto. Sería absurdo sostener que esto agota lo que una reseña puede hacer; decir que no resulta más estimulante que el ejercicio publicado por el español sería mala fe.

Por otra parte, la reseña de Scott pone de manifiesto, por contraste, las inhibiciones que paralizan al sistema crítico ar­gentino: la repugnancia a pre­guntarse por la recepción, por las teclas que el libro tocará en el lector común, y la renuencia a tomarse a sí mismo como campo de pruebas válido para inferir esa recepción. Ni siquiera aceptamos el concepto de "público"; nos re­sulta demagógico, sospechoso de mercantilismo. Pero el público, sin preocuparse de lo que pense­mos, existe; y en cambio el libro no existe plenamente hasta que entra en contacto con él. Consi­derado esto, que el crítico tome sus propias reacciones como aceptablemente representativas y las incluya como prueba de cargo, sin esconder su necesaria subje­tividad, sin el "nosotros" clerical ni la impostación positivista, no es un acto de soberbia sino de humildad, apropiada y provecho­sa humildad. Cuando el crítico se resigna a decir "yo", se puede empezar a construir algo.

En el caso de Scott, le permite plantear la disparidad entre la co­sa que Acción de gracias pretende ser y lo que resulta en la lectura. Bascombe (concluye Scott) no es un personaje representativo; co­mo a una persona real, sólo pode­mos aceptarlo o rechazarlo como ser humano. Yo no estoy seguro de compartir esa conclusión. Lo cual, si algo prueba, es que una reseña ni siquiera necesita con­vencer para resultar interesante.

24.5.10

El Carver de Carver

La publicación de Principiantes cierra el círculo de la polémica desatada por la revelación de que el editor Gordon Lish había sometido los primeros cuentos de Raymond Carver a una corrección excesiva con el propósito de inventar una nueva forma literaria

Portada del libro de Anagrama.foto.fuente:pagina12.com.ar


Restauradas tras varios años de trabajo con los manuscritos, las versiones originales permiten cotejar el nuevo libro con el publicado en 1981, De qué hablamos cuando hablamos de amor. Y también volver a leer a un Carver parecido y diferente del que conocemos, pero lleno de matices y emociones sorprendentes.

La lectura de Principiantes es una experiencia literaria singular, no nos atrevemos a decir única pero sí bastante llamativa. Y muy intensa. Sobre todo tratándose de un autor como Raymond Carver, dueño de una particular consagración (la consagración de los previamente derrotados, de los previamente perdedores) a puro talento, coronación de un esfuerzo sobrehumano por llegar a ser escritor, de una lucha conmovedora, en definitiva, por el reconocimiento. Pero resulta que en la mitad de ese esfuerzo, de esa pugna por "llegar" se topó con el bienhechor hoy convertido en villano de la película: el editor Gordon Lish, su mentor desde los años '60, quien lo llevó a la cima con la publicación de De qué hablamos cuando hablamos de amor. Ahora, la aparición de la versión original de esos cuentos bajo el título Principiantes, revela (ya se sabía, pero aquí se aportan las pruebas contundentes) que Lish los mutiló horriblemente, sobre todo a los relatos más largos, los más dotados de trama y sentido. Hubo un pacto entre ambos pero también un indiscutido abuso del editor. Lish cumplió: lo volvió un escritor consagrado de la (casi) nada. Pero puede pensarse que a pesar del éxito, el hachazo le dolió a Carver en lo más recóndito, y que por eso, tarde o temprano, en vida o a su muerte, se deberían dar a conocer los textos originales.

Muchos otros escritores sabían del enorme abismo que había entre las dos versiones de los libros. Y también es cierto que cuando se publicó el otro libro célebre de Carver, Catedral, Lish contuvo la mano. Los cuentos de Principiantes se parecen mucho más a los de Catedral que a los de De qué hablamos... El mito se consolidó pero la historia no se revirtió: Raymond Carver moría en plena fama (propia y de Lish) en 1988. Diez años después comenzaría a revelarse el "affair Lish" y ahora se cierra el círculo con la versión original de sus primeros relatos.

Cuenta la leyenda que tras una vida difícil signada por el alcoholismo, los múltiples trabajos mal pagos, una vida peregrina, un matrimonio complicado, Raymond Carver conoció unos pocos años de gloria literaria y murió acunado en ella, breve gloria, breve cielo tras breve cárcel. Fueron en particular esos dos libros los que consolidaron la leyenda del gran ex bebedor: De qué hablamos cuando hablamos de amor y Catedral; el primero se publicó en 1981. Hasta entonces Carver había publicado en revistas literarias, la mayoría de ellas universitarias, y un volumen de 1977 llamado Furious Seasons and Other Stories (cien ejemplares de tapa dura numerados y firmados por Carver, y 1200 ejemplares en rústica). Cuando entregó sus cuentos al editor Gordon Lish, sabía que su gran oportunidad estaba cerca, pero que, también, probablemente era la última. Según informan los editores de Principiantes (William Stull y Maureen Carroll) en el prefacio:

"Tres meses antes de llevar su original a Nueva York, en mayo de 1980, Carver escribió a Lish diciéndole que tenía entre manos tres grupos de relatos. Los relatos de uno de estos grupos habían aparecido previamente en revistas de difusión restringida o en alguna editorial pequeña, pero nunca habían sido publicados por una gran editorial. Los del segundo grupo bien habían aparecido o estaban a punto de aparecer en varias publicaciones periódicas. Un tercer grupo, el más pequeño, lo integraban relatos nuevos aun en forma de texto mecanografiado".

Gordon Lish hizo una operación de corrección que en definitiva cercenó más del cincuenta por ciento del material entregado. Según informan los editores, "las historias originales de Carver se han recuperado transcribiendo las palabras mecanografiadas que están debajo de las modificaciones y tachaduras manuscritas de Lish".

Resulta muy difícil, al leer Principiantes, no recurrir a la permanente comparación de las versiones entre este libro y el "original". En algunos casos –los relatos más breves, varios muy conocidos como "¿Por qué no bailan?" o "Visor"– son similares y están "corregidos" para lograr el efecto Hemingway de la entrelínea, el corte y el fragmento significativo. Pero en relatos largos como "Si ello te place", "Tanta agua tan cerca de casa", "Dummy" (títulos originales) se trata, como opinó Philip Roth, de verdaderas mutilaciones. En este punto, y sobre todo para los escritores norteamericanos, se abre un debate sobre el rol de los editores (sobre todo a la manera intervencionista del editing), pero más allá de la gran polémica americana, Principiantes permite una relectura y una consideración estricta sobre la obra de Carver. Y un reencuentro.

Mirando vivir

Hay que decirlo claramente. Es un libro extraordinario. Aun a quien haya leído y sea un admirador de Carver, le calará hondo la sorpresa. Hora de resignificar aquello conocido como minimalismo y "realismo sucio", no para descubrir un autor que nada tenía que ver con todo eso, sino para enriquecerlo con las sombras efectivamente convocadas de Hemingway, de Cheever y de Salinger, por citar las más palpables fuentes literarias.

Carver creó en este libro un mundo propio –el de la "nueva pobreza", el de los caídos del sistema– y una atmósfera más universal, que podría definirse como una cuestión de punto de vista: alguien mira vivir a otro desde una posición aventajada porque ya estuvo ahí, ya fue joven, ya se hizo ilusiones y las perdió. Como le gustaría advertirle el hombre ya maduro, alcohólico en recuperación, a la joven pareja hippona que tuvo la mala idea de ocupar su mesa en el bingo ("Si ello te place") y, para colmo, cantar ¡bingo! y alzarse con el pozo de la noche: "Si supieran... si ella y su amigo supieran... Les diría lo que podían esperar, les pondría las cosas claras. Les haría detenerse en mitad de su arrogancia y sus risas, y se iban a enterar. Les diría lo que les esperaba después de los anillos y las pulseras, de los aros en las orejas y de los pelos largos, y del amor".

No es casual entonces que el libro abra con el cuento "¿Por qué no bailan?": una pareja muy jovencita pasa frente a la casa del hombre que ha sacado al jardín todas sus pertenencias, muebles, televisor, tocadiscos. Un hombre de mediana edad en liquidación. La joven pareja que quiere empezar a vivir. Los extremos de la ilusión se tocan, generan chispazos y se separan. No es casual que Carver haya titulado al conjunto de relatos "Beginners", principiantes: novatos en la vida y el amor. Relatos de comienzos pero con la perspectiva de quien ha salido antes de la largada y aún no llega al final pero ya sabe. Vaya si sabe...

Realismo sucio

En Argentina, a mediados de la década del 80, Carver llegó en un estimulante combo de literatura norteamericana junto a autores disímiles pero con los que compartía una visión dura y desencantada de la década, y un ajuste formalista interesante: la expresión lacónica, el minimalismo, correspondía a la miseria de anécdota, a la parquedad de los personajes narrados. Algo común a Catedral, a Menos que cero, de Bret Easton Ellis, a los relatos de Tama Janowitz y también a los primeros cuentos de David Leavitt, los de Baile en familia, quizás el más "literario" del grupo que, en rigor, nunca fue un grupo. Ahora, a la luz de la nueva lectura, Principiantes parece estar más cerca de ese primer Leavitt, como dos hermanos, hijos de Cheever, digamos, dos hermanos que crecieron sin conocerse en ambientes sociales diferentes pero estuvieron siempre conectados por algunos secretos lazos de familia.

Zona de realismo sucio pero no excluyente –en la versión original hay varios cuentos que no tienen que ver con ese territorio realista– aunque Carver sí se encargó de marcar ese territorio, esa zona por la que se movía cómodamente autobiográfico. "Han sucedido muchas cosas desde aquella tarde, y en general las cosas han mejorado. Pero en aquellos días, cuando mi madre se liaba con hombres que acababa de conocer, yo estaba desocupado, bebía y casi había perdido la cabeza. Mis hijos estaban locos; mi mujer estaba loca y tenía un 'asunto' con un ingeniero aeroespacial en paro que había conocido en Alcohólicos Anónimos. El también estaba loco." ("¿Dónde está todo el mundo?"). Mucho desocupado, alcohólico en recuperación o no, o ex alcohólicos, crisis familiar, gente que cambia de ciudad y domicilio demasiado seguido al calor de esas crisis personales y sociales. Más allá de la cuestión cuantitativa de la corrección de Lish, llamativa en por lo menos seis o siete relatos largos, está la cuestión cualitativa. Y ahí es donde parece centrarse el debate literario más jugoso a partir de este libro, porque si bien los escritores reaccionaron en general alarmados por la mutilación sufrida, hay un patrón de las supresiones que revelan una intencionalidad muy precisa de Lish. Suprime el pasado de la mayoría de los personajes. Estos pasan a ser seres sin historia, o donde el pasado se convierte en una frágil línea insinuada, un trazo, una huella fugaz. Así, el proyecto minimalista cobra más visibilidad. Corte, fragmento, presente perpetuo, entrelínea, sugerencia. Pero la contraparte es que emerge diferente otro escritor, el "Carver de Carver", más tradicional en sus enfoques básicos de cuentista (una trama, un argumento, se desarrolla; los personajes tienen un pasado que en gran parte los explica en el presente y los proyecta en el futuro; los jóvenes actúan como dobles irrecuperables de los mayores) y mucho más rico en matices, más caudaloso que técnicamente innovador.

Hay otro aspecto que también salta a la vista, y es la eliminación casi total de escenas de violencia: sea física o sexual, es reducida a la mínima expresión; limpieza de detalles "sórdidos y escabrosos", cierta corrección moral. No es que Carver se regodeara deliberadamente en los aspectos sucios de la existencia humana, pero es evidente que los consideraba parte de la vida real, no un efecto literario que puede conseguirse a fuerza de sustraer palabras.

El "Carver de Carver" no viene a reescribir la historia de un conjunto de cuentos notables ni la vida de su autor. Pero ofrece una inolvidable experiencia al lector: volver a reconocer la emocionante alegría del descubrimiento de un escritor que parece estar escribiendo, en secreto, en voz baja, en tono de confesión, para su único descubridor.