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30.9.10

Winslow: "Crecí con esos tipos, te protegían"

El escritor presenta una nueva novela sobre la mafia, El invierno de Frankie Machine
El escritor estadounidense Don Winslow.foto.fuente:ADN.es

Su anterior libro, El poder del perro (Mondadori), fue elogiado por la crítica y devorado por el público. Don Winslow (Nueva York, 1953) vuelve a retratar a la mafia con El invierno de Frankie Machine (Martínez Roca). Otro fantástico thriller.

Antes era detective privado.

Siempre quise ser escritor pero también comer todos los días. Así que acabé haciéndolo.

También fue consultor o guía de safari. ¿Qué le aporta más?

Quizás mi trabajo en Kenia. Como guía has de analizar cada detalle del paisaje y rápido.

La gente adora la mafia tras el éxito de 'Los Soprano'.

¡Soy un gran fan! Retrata muy bien el estado de la mafia actual. El repunte de la novela negra también se debe a la recesión. Con la crisis vuelve el interés por el mundo marginal.

De Niro ha comprado los derechos del libro.

Así es. Estoy convencido de que me gustará mucho.

¿Cómo se le ocurrió hablar de un mafioso jubilado?

Crecí con esos tipos. Estaban en la esquina, te daban helados y te regalaban céntimos para comprar cómics. Te protegían.

¿Pudo ser uno de ellos?

Apaga la grabadora (risas). De niño hice alguna entrega de alcohol cuando era ilegal vender el domingo. Pero era calderilla.

Dicen que es un experto en la naturaleza humana.

Como detective conocí ciertas personalidades a fondo. A mi pesar vi demasiado de lo peor y lo mejor del ser humano.

Ha dicho que el 90% de 'El poder del perro' es realidad, ¿lo es también en esta novela?

Está cerca. Frankie es ficticio pero cada flashback de su pasado se basa en hechos reales.

Kennedy, Nixon, Hoffa...

Bob Kennedy y Jimmy Hoffa eran enemigos. La mafia ayudó a que lo eligieran y Bob debía dejar a Hoffa tranquilo. Él no lo respetó y por eso asesinaron a JFK. Nixon estaba cerca del sindicato de Hoffa y la mafia ayudó en su reelección.

¿Qué papel tuvo la mafia en la construcción de EE UU?

Es menor pero en la política de los cincuenta hasta los sesenta fue crucial. Y no todos eran italianos, los míos, los irlandeses, también estuvieron. Y siempre digo que la clase criminal nativa de EE UU es el Congreso.

'Savages' es su último libro -del que Oliver Stone prepara un guión-, ¿de qué trata?

De drogas, sobre agricultores de marihuana en California.

27.9.10

El dudoso arte de matar

Un pueblo perdido pero a la vez demasiado cerca de la capital. Un joven abogado cargado de culpas y una o varias mujeres nerviosas

Vlady Kociancich, escritora argentina.foto.fuente:pagina12.com.ar

Vlady Kociancich vuelve a la novela con un policial magnético, cerca de P. D. James pero a la vez, curiosamente, muy argentino, con personajes de ascendencia inglesa a la deriva en la llanura. Cuadro de una muerte dudosa resume la visión de la autora sobre un género al que considera cada vez más en auge y un modo de cruzar la literatura con una atemperada crítica social y de costumbres.

Una mujer joven y nerviosa dice haber tropezado, en medio de una noche de tormenta, con un cadáver ensangrentado y todavía tibio; pero unos minutos después, cuando se recobra y vuelve al sitio del hallazgo, el cuerpo ya no está. Otra mujer, mayor, de buen talante, aparece colgada de un sauce, junto a un lago, con una nota de suicidio enganchada en su ropa. Las dos mujeres tienen (tenían) algo en común: se alojan en El Castillo, una especie de spa con espacio para retiros espirituales y rutinas sanadoras y a la moda para recauchutarse del estrés porteño, un establecimiento afamado y bodrio ubicado en medio del campo, en un pueblito llamado Las Rosas, a apenas 70 kilómetros de Plaza de Mayo. Es el verano de 2004 y a ese sitio de calles polvorientas fue a buscar refugio como provisorio juez de paz Juan Turner, un abogado en ascenso que un par de años atrás se estrelló: Panamericana y auto nuevo a toda máquina, plena vorágine de divorcio, trámite truncado en el amasijo de hierros y lucecitas al que ella, Elena, casi una ex, no sobrevivió.

Turner es el narrador de Cuadro de una muerte dudosa, el magnético primer policial de Vlady Kociancich que es, además, retrato de época en la salida del crack y pintura de personajes bajo la óptica de un protagonista tironeado entre el que era y el que tantea ser, entre el porteño extranjero y el que lleva ya un tiempo asentado con un cargo respetable, burocrático y que le permite interactuar de cerquita con los pobladores, el cura, el sargento a cargo de la comisaría, la dueña de la pensión en la que vive, el jardinero, la resentida trepa del almacén y el dueño de ese castillo en medio de la llanura, Martín Shomberg, un cincuentón que posa de muchachito y aggiornó la construcción original que le dejó su padre, un alemán que tras la muerte de su esposa, se dice, volvió a Alemania.

Las Rosas lleva a pensar en Manzanares, el pueblito al que Kociancich iba, tiempo atrás, a pasar vacaciones y fines de semana. "Al estar tan cerca de Buenos Aires y al mismo tiempo ser un sitio tan aislado, escribía allá muchísimo –confirma la escritora en su claro, prolijo, espacioso departamento de Barrio Norte–. Buena parte de las observaciones del libro vienen de ahí: me gustaba recorrer a caballo el pueblo y los alrededores. Cualquiera de nosotros habrá notado, al estar en lo que se llama el interior, que en esos pueblos hay una diferente forma de vida, de percepción del mundo, y a veces hasta cambios a nivel del lenguaje, el trato, y más que nada las diferencias entre el tiempo urbano y el tiempo del campo, unas medidas de tiempo humano que incluso creo antagónicas. Y la distancia no tiene que ver con la cantidad de kilómetros, porque este pueblo perdido queda a unos pocos de la ciudad. Hay un personaje en la novela que se pregunta ¿qué hace esa gente que vive en medio de la nada?; es algo que yo escuché acá, de los porteños, dicho con un asombro infinito. Es que para quienes viven en este monstruo poblacional, que concentra prácticamente todo, cruzar la General Paz los hace sentir en Marte, o en la Luna. He conocido mucha gente que compró una casa en un pueblo de llanura y que ha estado, sobre todo los domingos a la tarde, al borde del suicidio, subiéndose a un auto para volverse de inmediato."

Cuenta Kociancich que el primer sobresalto que siente al llegar a estos pueblos –que le encantan, dice– se produce cuando asiste a diálogos íntimos, privadísimos, que las personas encaran como si hablaran del clima.

"La vida privada está expuesta y, además, deformada por los comentarios de cada uno –explica–, algo normal, porque cada individuo tiene su propia percepción. En el caso de un hecho policial, si tenemos cuatro testigos todos van a ver algo diferente, difícilmente coincidan en una descripción."

ROTH & MANKELL

Uno de los componentes que se planteó la escritora hace atípico a este policial: el que indagará y buscará resolver sobre los (hipotéticos) crímenes es un civil.

"Hasta el momento del accidente él era un abogado frívolo, al que le gustan las mismas cosas que al 99 por ciento de los jóvenes exitosos de hoy –cuenta–. El accidente lo conecta con la muerte y con eso llega la culpa y luego esa expiación; rechaza todo lo que había tenido antes, no es más el de los autos caros, el de la zona privilegiada en la que vivía, el que gana todos los casos: todo eso le parece una locura. De todos modos no termina de aceptar que está en Las Rosas: se dice que es provisorio, pero el caso es que ya lleva ahí dos años y entonces ha tenido que interactuar con la gente, que acomodarse a un contacto completamente distinto con los individuos que trata, a los que ni siquiera veía en esa otra vida, totalmente acelerada. Y lo que me pareció interesante como idea es que, a diferencia de las novelas policiales, donde hay una muerte y la búsqueda de una verdad a cargo de un policía, un detective o alguien especializado, en este caso el que indaga es una persona común, que no está capacitado y ni siquiera está interesado en investigar. Aun corriendo el riesgo de que no fuera el héroe más atractivo para una novela policial, trabajé mucho durante la primera mitad para ir presentando a los personajes y para mostrar, gradualmente, cómo va involucrándose. Porque el afecto por la suicida, el reconocimiento de los otros y las circunstancias lo obligan a ir más allá de poner una firma, de lo burocrático. Y entonces sale de la apatía, de sus propios problemas, para ver que sucede."

Efectivamente, está el suspenso del policial y los semblantes de los personajes, compuestos de trazos a los que cada tanto, páginas más allá, se les agregan otros que los transfiguran, los muestran de perfil o en la penumbra, revelan cicatrices, fortalezas, miedos. Kociancich destaca el optimismo y la vitalidad de Flora, la dueña de la pensión, porque contrarresta en una novela que sin ella, dice, hubiera sido demasiado amarga. "Los que la han leído me dicen que los personajes tienen vida, y eso es lo más importante para mí, porque es la gracia del escenario –dice–. En casi todo lo que escribo tiendo a subrayarlos, porque me parecen más importantes que la historia." Camina unos pasos por el living, regresa con un atado de cigarrillos, vuelve a acomodarse en el sillón blanco. "Estoy fumando menos, pero con un esfuerzo" –enciende–. Juro, siempre digo que cuando termino una novela voy a dejar. Soy de esas fumadoras sociales, fumo cuando estoy nerviosa."

Es además una novela de amor, ¿no? Aunque juegue eso en segundo plano.

–¡También! El personaje de la mujer nerviosa, la que anda a caballo, es muy útil. En principio, para sacarlo a él de su condena: es un tipo que no duerme. Recién empieza a dormir cuando Stein (el viudo de la suicida) le trae un momento de su pasado, de su abuelo, de sus libros, porque él no quiere recordar nada. Ella lo distrae del posible crimen, pero al enamorarse, muy lentamente, va saliendo de su estado. Está muy en segundo plano, fue difícil calibrar eso y tuve mucho cuidado, porque de lo contrario tambalea la estructura de la intriga, la búsqueda de la verdad, los otros personajes. Tenía que ser como esas cosas que explican un poco la complejidad de la vida, que a uno le sucede tanto la muerte como el amor, la soledad, los errores cometidos, las cosas que uno no entiende hasta que todo va tomando un sentido. Es un tipo que empieza perdiendo el sentido de todo, el gusto de la vida, y luego va reencontrándolo.

Cuadro de una muerte dudosa. Vlady Kociancich Seix Barral 283 páginas

¿Fue complicado narrar desde la óptica de un hombre?

–A los que somos novelistas por naturaleza no nos cuesta esfuerzo, creo. Uno de los libros más conmovedores desde el punto de vista de una mujer es La romana, de Alberto Moravia. Y no le costó nada. Escribió El inconformista desde el punto de vista de un hombre y tampoco le costó. Los escritores trabajamos con la imaginación, nos ponemos en el lugar de cualquiera. Y es suficiente con escuchar, con lo que se tiene cerca, con los comentarios. El novelista es el director, el actor, el guionista y el tramoyista de su libro, puede hacerlo con perfecta naturalidad. Es muy diferente si uno se propone contar o describir sólo desde el punto de vista del sexo de un hombre. Yo no podría escribir una novela con el estilo de Philip Roth, a quien detesto, de hecho. Un editor amigo me decía, como un elogio: "No sé por qué las mujeres inteligentes lo odian" (se ríe).

¿Por qué lo odiás?

–El mismo es como una boutade literaria, no me gusta por esa razón. Llega hasta la pavada, diría, con esas especies de erupciones sexuales salidas del centro de la tierra: uno se aburre y no le cree nada. Parece un muchacho que cuenta sus hábitos a los amigos en el café. Además me parece, políticamente, un extremista. No he leído nada de él que me guste.

En La raza de los nerviosos decís, en contrapartida y para volver al policial, que, en cambio, te gustaba Mankell.

–Sí. Yo lo descubrí por La quinta mujer, una novela que me llama muchísimo la atención. Es un escritor cuidadoso; en la mayoría de los policiales muy populares lo que uno echa de menos es una escritura cuidada, los diálogos inteligentes. Mankell los tiene, y por lo tanto está un escalón por encima. Por otro lado tiene la enorme ventaja de elegir un ámbito exótico como Suecia, en el sentido de que no sabemos casi nada y nos parece que, salvo Bergman, no pudo haber pasado nada de importancia. De modo que todo ese mundo de nieves, tormentas, mares, oscuridad, tan rural, donde suceden crímenes espantosos, es una atracción en sí misma. Ahora, sus últimos libros me han parecido directamente malos: ni siquiera se molesta en darle solución a los misterios y enigmas que propone. Terminó por producir libros. Pero aquél, y un par más, me habían gustado mucho. Una lástima, aunque no se puede pretender que saque una novela tras otra sin decaer. Lo suyo es estrictamente policial, cada elemento cuenta, el lector va guardando las pistas; en el último que leí hizo algo delicioso, que me hizo reír bastante porque, al final, el detective Wallander dice algo así: "Con respecto a los zapatos del cadáver, que estaban tan alineados, bueno: nunca se sabrá por qué; con respecto a por qué la hija de uno de los sospechosos había sido escondida, vaya a saber" (se ríe). Quedó gracioso, pero la impunidad del autor o de la fama no puede llegar al punto de decir miren, arréglense como puedan, eso lo puse porque me pareció simpático. Bueno, eso enseña lo que no hay que hacer nunca en un policial: si uno propone un misterio está obligado a darle una explicación al lector. Todos podemos sembrar un libro de pistas, pero tener a alguien en suspenso y después no aclararlo es una burla.

P. D. JAMES & AGATHA CHRISTIE

Aunque sea imposible, dice Kociancich, le hubiera gustado emular a la escritora inglesa P. D. James. "Más que a Agatha Christie, que es inteligentísima y últimamente he estado leyéndola mucho –puntualiza–. Aunque no por la novela sino porque quiero hacer un artículo sobre su parte menos conocida, su vida de aventuras. Los libros de Agatha Christie son encantadores, con una sutil crítica social, con burlas a las manías y la vanidad británicas. Una adelantada para su tiempo. Uno lee sus novelas y se divierte, sobre todo porque hay humor, algo raro en un policial. Pero P. D. James me parece grandiosa: Pecado original es una de las mejores novelas policiales que he leído. Otro de mis autores favoritos, y supongo que habrá pesado en mi libro, es Eric Ambler, que tiene una gran calidad literaria y escribe entre el espionaje y el policial. Tuvo una época de esplendor, con obras suyas llevadas al cine. Como pasa con Graham Greene, uno puede leerlos, dejar pasar el tiempo, releerlos y disfrutarlos. Eso no pasa con Agatha, porque cuando uno sabe quién es el asesino, se acabó."

De aquí, inscriptos en esa línea, Kociancich destaca las obras de Guillermo Martínez y de Pablo De Santis. Coincide, la escritora, con la idea de que resulta difícil darle vida a un personaje que investigue en busca de la verdad encarnándolo como federal, bonaerense o agente secreto de la SIDE. "Scotland Yard o la policía inglesa permiten el verosímil –sostiene–. No hay policiales franceses, en cambio, porque la fuerza tiene muy mala prensa. Lo que hay son montones de policiales que tienen que ver con lo que yo llamo la ideología del buen asesino, que en el fondo son buenísimas personas (se ríe). En un momento dejé de ver películas con personaje francés del hampa, idealizado y convertido en una especie de héroe después de matar a no sé cuántos. El delincuente héroe y virginal no aparece en la literatura ni el cine inglés."

Kociancich recuerda entonces los policiales de Leonardo Sciascia. "El buen policía, ahí, generalmente es despreciado por sus jefes: en eso sigue bastante a la novela negra –dice–. Ni Chandler, que es un crítico de la brutalidad policial, deja de tener un buen policía. Sciascia es uno de mis autores más admirados y también debe haber influido en esta novela; las reflexiones que van más allá de los hechos sobre la situación social, política, el escepticismo, esa cierta amargura y desencanto típicamente italianos y, como tenemos tanto de ellos, tan argentinos, también. Uno de los comentarios que recibí del libro es que es muy argentina. Y yo no lo pensaba."

Cuando se le comenta a Kociancich que ya en la primera parte de la novela se instaló en la lectura la idea de entrever a Perón en Shomberg grande, a Menem en el hijo hotelero y al peronismo en el castillo, entre otras figuras, la rotunda respuesta lleva a preguntarse al entrevistador por la naturaleza de la yerba que le pone a sus mates cotidianos. "¡Nada, eh! –dice la autora–. Nada que ver: no puedo pensar en términos políticos tan inmediatos, porque me sacaría de lo que me gusta hacer, que es una visión histórica de más largo alcance. No hay nada simbólico en mis novelas, hay elementos que son de la vida cotidiana. El castillo es una cosa rarísima, y puede parecer novelesco, ¡pero hay por todo el país, construidos en medio de la nada! Lo he observado: es el traslado de una cosa evidentemente europea, antigua, a un paisaje que lo desmiente todo el tiempo: eso me pareció típicamente argentino. Y poner un spa de lujo en la llanura, ¡que ni siquiera funciona bien!, rodeado de un caserío en el que la pobreza es cotidiana y muy notoria, me pareció un modo de enmarcar la historia."

Son varios los elementos que componen el paisaje social: el auge de las espiritualidades alternativas, las búsquedas de certezas en las premoniciones y las videncias, la obsesión por el narcisismo físico, por citar algunos significativos. "Fui a hacer una entrevista a un canal y en la sala de maquillaje, mientras me ponían un poco de polvo, para no salir brillosa, me contaron que muchos hombres piden rimel para salir en cámara –relata–. Me quedé atónita. Y cada día me entero de alguna cosa por el estilo. Y eso no tiene que ver con la salud, sino más bien con una inseguridad física, intelectual, un eufemismo ante un mundo que se va volviendo cada vez más hostil. Es una época de incertidumbre y confusión, y ya no hablo solo de nuestro país. Los suicidios, sobre todo en los adolescentes, están alcanzando cifras increíbles. Por eso es bastante natural que cualquier ser humano algo más vulnerable que el resto busque algún refugio, alguna defensa. Si algo podemos sacar de la globalización es que el tema de la violencia, los crímenes y la inseguridad se han convertido en el problema principal de la aldea global. De ahí, también, una explicación de por qué tiene tanto auge el género policial en este momento en todas partes. Porque además del placer que siempre da una novela policial, de algún modo refleja una gran preocupación."

Cuenta Kociancich que escribió Cuadro de una muerte dudosa a comienzos de 2009 y durante un año y medio: "Increíblemente, en muy poco tiempo", dice. La idea estaba presente, sin embargo, desde hace mucho. Tras terminar los cuentos de La ronda de los jinetes muertos, en 2007 encaró una primera versión, de unas cuarenta páginas, que abandonó: que no dio con el tono, dice. "Empecé algo en tono de comedia y terminé escribiendo trágico, se fue convirtiendo en melancólico –dice–. La protagonista era una mujer, escritora. Y me dije que basta de escritores protagonistas. ¡Hasta yo estoy harta de eso!"

8.9.10

Y la novela negra revitalizó a los superhéroes

Se reedita Born again, obra fundacional de la renovación del comic-book en los años ochenta

El cómic 'Born again', de Frank Miller y David Mazzucchelli, abrió nuevos caminos para el cómic de superhéroes e inició el año milagroso del 'comic-book', 1986, en el que se publicaron 'El regreso del señor de la noche' y 'Watchmen'.foto: PANINI.fuente:elpais.com

Parecía que los cómics estaban en decadencia. A finales de los setenta, cuando el joven Frank Miller llegó a Manhattan con su carpeta de dibujos llena de ilusiones, muchos no daban un duro por los tebeos de superhéroes. Eran franquicias convertidas en una fórmula. Dedícate a otra cosa -le decían-, esto se acaba. No les hizo caso, claro, y siguió adelante con un empeño: introducir dosis de novela negra en las viñetas. Eso -se decía a sí mismo- iba a revitalizar los comic-books.

Y vaya si lo hizo. En menos de una década firmó tres historias que sometieron al género al mayor electrochoque en décadas: Born again, El regreso del señor de la noche y Batman: año uno. Miller (Olney, Maryland, EE UU; 1957) cambió el tratamiento narrativo, con unos argumentos más exigentes, amplió la caracterización de los personajes y renovó el lenguaje visual, junto al magnífico dibujante e ilustrador David Mazzucchelli (Rhode Island, EE UU; 1960) en dos de ellas. Fue una transformación tan impactante que sus ecos se prolongan 24 años después; hasta los Batman del cineasta Christopher Nolan , sin ir más lejos.

Todo comenzó con Born again, que se acaba de editar en España en un solo volumen, y cuyo título -vuelto a nacer, en inglés- habría valido como vaticinio de lo que le iba a ocurrir al género aquel 1986, el año milagroso del comic-book; el de El regreso del señor de la noche y la crepuscular Watchmen, de Alan Moore y Dave Gibbons, sobre un grupo de superhéroes disfuncionales en unos Estados Unidos preapocalípticos, y que está reconocida unánimemente como una de las obras más influyentes del noveno arte.

Miller abrió la veda. En 1979 se encargó de un personaje periférico, Daredevil, un héroe ciego con los otros cuatro sentidos superdesarrollados a causa de un accidente con una sustancia radioactiva. El joven guionista dibujó y luego escribió sus historias durante tres años, en los que transformó al hombre sin miedo, guardián del barrio neoyorquino de Hell's Kitchen, en uno de los personajes más interesantes de la editorial. Y la culminación llegó siete años después, con Born again. "Pasó de mero comparsa, versión descafeinada y poco carismática de Spiderman, a convertirse en una de las personalidades más complejas y fascinantes del Universo Marvel", escribe en la introducción el especialista en cómics y bloguero David Fernández. La historia, publicada originalmente en los números 227 a 233 de la serie Daredevil, se publica ahora en un único volumen con bocetos y originales.

Desde el interior de las convenciones del género, Miller introdujo la complejidad argumental de la novela negra. En las páginas de Born again, un capo mafioso de Manhattan, Kingpin, orquestaba una trama para destruir la vida del héroe, Daredevil/Matt Murdock. Y no había ninguna banda de matones en busca de rótulas que partir. El jefe del crimen de Nueva York le cancelaba las cuentas bancarias, envenenaba la relación con sus amistades y hundía su reputación como abogado. Así, el disfraz pasaba a segundo plano y cobraba protagonismo la aniquilación moral del protagonista.

Miller profundizó en el personaje "obligando al héroe a afrontar un desafío que bien podría terminar con su existencia: la muerte metafórica del individuo, a través de la pérdida de los rasgos que integran su personalidad. La degradación social, profesional y psicológica, hasta el punto de aproximarse a la anulación -casi destrucción- del ser", detalla Fernández.

Vuelta a los orígenes

Miller recuperaba así también la esencia del sello Marvel y de sus héroes sometidos a disquisiciones morales e indagaciones psicológicas, como recuerda Fernández. "Evidentemente, Daredevil parte de un contexto fantástico, interpretado a partir de las claves de la ficción superheroica. Pero Miller optó por recuperar la esencia de los grandes clásicos de la editorial, conocidos por su capacidad de plantear situaciones pegadas a la realidad, reconocibles por los lectores hasta el punto de propiciar un poderoso sentimiento de identificación con el protagonista de turno".

Recurrir a los ingredientes de la novela negra fue una ingeniosa renovación argumental. "La densidad de tramas y la credibilidad de los personajes de Born again parece presagiar la ficción audiovisual del siglo XXI", escribe Santiago García, autor del ensayo La novela gráfica. "Es un drama polifónico como Los Soprano o The wire que no concluye -y esto es algo insólito en el cómic de superhéroes de todos los tiempos- con un enfrentamiento físico con el villano. Matt Murdock devuelve a Kingpin los golpes recibidos en la misma moneda en que los ha cobrado: a través del escándalo, a través del rastro de contactos corruptos y "la pista de papel": todo está conectado".

El talento visual de Mazzucchelli

Mientras Miller le daba un vuelco al guión del cómic, los lápices los asumía un dibujante de una calidad excepcional, David Mazzucchelli, maestro de la composición y del trazo naturalista (aunque en Born again el color quizá no esté a la altura del dibujo). El tándem Miller-Mazzucchelli fue una coincidencia de talentos en estado de gracia que repetiría un año después en la miniserie Batman: año uno, que refundó el mito del hombre murciélago con nuevas dosis de novela negra. Considerada una de las mejores historias del personaje, se centraba en la corrupción política y policial de la ciudad de Gotham, y en el nacimiento de la amistad entre el héroe y el comisario Gordon. Fue una de las historia que inspiró a Christopher Nolan en su aclamada versión cinematográfica de Batman.

Miller y Mazzucchelli dieron dos obras maestras y no volvieron a trabajar juntos. El primero siguió agrandando su leyenda como autor en un mundo de franquicias en serie, con títulos como Sin City y 300, y Mazzucchelli se dedicó a la enseñanza y a proyectos más personales, como la ilustración novela Ciudad de cristal , de Paul Auster, y, sobre todo, al cómic vanguardista Asterios Polyp (que se publica en octubre en la editorial Sins Entido), distinguida el mes pasado con el premio Eisner (los oscar del cómic) a la mejor novela gráfica . Sus caminos no volvieron a cruzarse pero su influyente legado conserva toda su fuerza casi un cuarto de siglo después.

7.9.10

Misterio y novela negra en Last Window para Nintendo DS

Una de las características que distingue a la verdadera literatura de todas las demás es su búsqueda constante de fronteras nuevas y arriesgadas. Quebrantar los moldes establecidos suele despertar la ira de los conservadores, pero es también una de las rutas hacia la posible posteridad

Last Window: El secreto de Cape West.foto.fuente:cope.es

La narrativa negra en sus vertientes literaria y cinematográfica, que supuso una de las grandes revoluciones culturales del siglo XX, es una permanente prueba viva de esta inquietud por el movimiento interior. Los escritores del género (Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Ross MacDonald, Robert Towne) y sus personajes (Sam Spade, Philip Marlowe, Lew Archer, J.J. Gittes) han pasado a engrosar la lista de los clásicos con sorprendente celeridad y, precisamente por ello, creo que serían los primeros en apoyar la poderosa consolidación de Kyle Hyde en su mundo, que es el nuestro.

La primera aventura de Hyde, "Hotel Dusk", ya demostró que la combinación de dos pantallas animadas, elementos de sonido y afluentes impredecibles de virtualidad generaban una experiencia que, aunque aparentemente surgida de una indefinible fusión del cine y la literatura, era dueña en realidad de formas inéditas de emoción narrativa.

Los autores de la nueva aventura de Kyle Hyde, Last Window: El secreto de Cape West, han optado, venturosamente para nosotros, por el camino difícil: ahondar sin miedo en las claves que han hecho mítico y universal el género negro; ir más allá, como en su día hicieron Hammett o Chandler. El resultado es una tentación irresistible por múltiples razones, de las que resaltan tres:

- La atmósfera del edificio de apartamentos donde transcurre la acción resulta inquietante y opresiva sin necesidad de atrezzo o decoración, sólo a partir de los elementos que definen las bases del juego. Es nuestra propia mirada, vagando por el edificio de la mano de Hyde, la que acaba por generar desasosiego y desolación, el aire de un incierto peligro. Una novela negra o tiene atmósfera negra o no es una novela negra y yo, mientras escribo estas líneas, siento aún el eco de mis pasos nocturnos por los pasillos de Cape West, la incertidumbre ante sus puertas cerradas, los ojos de la silenciosa oscuridad sobre mi nuca.

- La trama. Apenas comienza la acción, y mientras se desliza información sobre la intriga en apariencia nimia que transcurre en el presente, afloran las referencias a un crimen cometido lustros atrás, nada menos que el asesinato del padre del propio protagonista. ¿Qué tiene que ver ese lejano y oscuro crimen nunca resuelto con la venta de un edificio de apartamentos y con la desaparición del anillo de una de las inquilinas? La pregunta parece formulada por Ross MacDonald, el más grande creador de argumentos de la literatura negra de todos los tiempos.

- El mismo Kyle Hyde. Las grandes narraciones negras sustentan su vínculo con el lector en la simpatía que éste siente por el protagonista que viaja con él a lo largo del libro, un protagonista que uno de los grandes arriba citados definió como "triste, solitario y final". Acaso es fácil mostrar esas peculiaridades mediante la palabra o la imagen. Pero, ¿cuál es la magia que, simplemente con los recursos de la consola, nos permite percibir, "saber", que Kyle Hyde es un hombre ensimismado y frágil, herido sin remedio por el fracaso y obsesionado por los pasos perdidos del propio pasado, un hombre honesto que sin embargo lucha por mantener la propia dignidad?

Kyle Hyde ha vuelto. Triste y solitario, pero de ninguna manera final. Porque, atravesando fronteras arriesgadas y rompiendo moldes, se ha propuesto convertirse en un clásico del género negro. Y no parece que nada vaya a poder impedírselo.

Last Window: El secreto de Cape West es una novela interactiva de suspense para Nintendo DS que se lanza en España el próximo 17 de septiembre. La historia narra la investigación de Kyle Hyde, un antiguo oficial de policía, en su intento de resolver el misterio que rodea la muerte de su padre y su oscuro pasado. Los hechos transcurren en el Los Ángeles de 1980, un año después de los sucesos ocurridos en Hotel Dusk: Room 215 (Nintendo DS, 2007).

Fernando Marías (Bilbao, 1958) es novelista, guionista ocasional de cine y editor. Entre sus obras se encuentran El niño de los coroneles, novela con la que ganó el Premio Nadal 2001; Todo el amor y casi toda la muerte , por la que ha recibido este año 2010 el XIII Premio Primavera de Novela; o guiones como El segundo nombre y La luz prodigiosa.

24.8.10

La novela negra en seis pasos, según Leonardo Padura

El escritor cubano Leonardo Padura desliza su pluma por los entresijos de la novela negra desde hace 20 años

El escritor cubano Leonardo Padura, durante la entrevista en el patio de su casa en Mantilla, cerca de La Habana.foto: JOSE GOITIA.fuente:elpais.com

Su hijo literario más conocido, el investigador cubano Mario Conde, protagoniza ya seis obras y va camino de una séptima. "Es un personaje por el que la gente me pregunta como si existiera de verdad, ¿cómo va Mario Conde?, me dicen por la calle", sostiene el escritor. Padura, que ha impartido un curso sobre novela policiaca en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, nos da las que para él son las seis claves del género.

Los clichés saltan por los aires. Mujeres fatales, atmósferas hechas de humo denso y un hombre sentado en el ángulo más oscuro del local, que siempre resuelve el caso pero, indefectiblemente, pierde en lo personal. Son ingredientes afianzados en la tradición del género que Padura aconseja utilizar con una "perspectiva posmoderna". "Yo los utilizo sabiendo que son clichés. Están en mis libros, pero no como una parte fundamental, sino como un guiño al lector; son parte del juego literario".

La novela negra tiene banda sonora. Si el jazz envolvía las cuitas de Santiago Biralbo en El invierno en Lisboa de Antonio Muñoz Molina y el Bernard Gunter de Philip Kerr rumiaba sus preocupaciones a ritmo de tango en los locales más decadentes de Buenos Aires en Esa llama misteriosa, la música no es menos relevante para Padura. "La música es importantísima en la novela policiaca", asegura. En su caso, las historias transcurren en Cuba y allí, explica el autor, "la música es una presencia constante". "Mario Conde tiene una relación nostálgica con la música de los años 60, que a Cuba llegó con retraso. En cinco de las novelas discute con su amigo el flaco sobre qué van a escuchar en un momento determinado, Beatles o Rolling Stones, al final, eligen a la Creedence".

Una forma astuta de cometer un delito no basta. No hay que quedarse en la mera anécdota. "El escritor se puede quedar en el ingenio, en la superficie, o profundizar en la vida, la sociedad y la Historia; cualquiera de los grandes asuntos de la literatura pueden abordarse desde la novela negra, que es muy dúctil". Y recuerda que su novela Pasado perfecto trata de la nostalgia y la memoria; Vientos de cuaresma, del amor, y la marginación y el engaño se abordan en Máscaras y Paisajes de otoño.

El lector se identifica con el antihéroe. "Es clave tener un personaje que exprese un punto de vista ético, social y humano, y que tenga una mirada propia sobre un contexto determinado". Y hay que conseguir que el lector se identifique con él, incluso en los aspectos de antihéroe. "Son personajes con un sentido ético peculiar". Para Padura, su Mario Conde es un nieto del Marlowe de Raymond Chandler y un hijo del Carvalho de Manuel Vázquez Montalbán. El resultado, un personaje "de mirada crítica e ironía desencantada".

Romper las estructuras. El autor invita a jugar al despiste con el lector. "Hay que conocer las reglas del juego, hacer un ejercicio racional y romperlas. En casi todos los casos se cuenta la historia según el esquema del principio, desarrollo, clima y desenlace; pero a veces conviene violar esas estructuras". Como ejemplo recurre a su novela La neblina del ayer: "el crimen se comete a la mitad de la historia".

Huir de lo maniqueo. Ningún lugar físico ni ningún espacio moral está libre de albergar el delito. "Hay que mover las líneas entre buenos y malos", explica el autor, que habla de policías corruptos, y recorre en sus tramas desde los barrios marginales hasta los de clase alta. "Trato la degradación de ciertas formas de pensar y actuar de un sector de la población que debería ser representante del ideal revolucionario y que, sin embargo, se aprovecha de su posición para obtener ciertos beneficios".

21.8.10

Montes: "Mankell sugiere las preguntas adecuadas para acercarse al conocimiento"

La filóloga española que tradujo al castellano casi todos los libros de la serie Wallander cuenta que llegó al mundo Mankell por azar y que eso ha significado todo para ella

TODO MANKELL. Carmen Montes tradujo casi todos los libros de la serie Wallander y algunos de la serie africana.foto.fuente: Revista Ñ

"El mundo de la traducción literaria es muy escabroso y cuesta mucho entrar bien", dice Montes.

Las obras de Henning Mankell ha merecido una traducción a la altura de sus significativos relatos, tanto los policiales como los llamados humanistas. Muchos de sus libros, en el momento de ser trasladados al español cayeron en las manos inteligentes de la traductora Carmen Montes.
En esta entrevista Montes nos cuenta detalles de su formación y de la forma en que afrontó cada texto de Mankell. Ha traducido casi todos los libros de la serie Wallander (incluyendo El hombre inquieto), algunas de las serie africana y también otras novelas que el escritor sueco ha publicado en editorial Tusquets. Filóloga y traductora, también explica en esta entrevista las peculiaridades de traducir del sueco al español.
--¿Cómo aprendió sueco, cómo se vinculó con la cultura escandinava?
--Lo aprendí en Suecia y lo aprendí traduciendo. Estuve viviendo en Estocolmo. Cuando llegué no conocía el idioma y no podía matricularme en ningún curso. Entré en una librería y vi una novela que se llamaba Ifigenia , y pensé que bueno, que Ifigenia sí sabía quien era, así que la llevé, me compré un diccionario y una gramática y empecé a traducir, y así aprendí sueco. Traduciendo.
--¿Y qué dificultades en particular le puede provocar llevar el sueco al español?
--Las dificultades casi nunca son de lengua. Es decir, la tarea del traductor y la pelea del traductor es siempre con la lengua, pero curiosamente todas las lenguas tienen formas de decirlo todo, de expresarlo todo. Sin embargo, cuando se trata de traducir cultura, de traducir referentes culturales, traducir una mentalidad, de manera que el lector hispanohablante la perciba, aunque le sea ajena, y la perciba además como ajena, esa sí era una gran dificultad. La sociedad sueca es una sociedad que se compone de silencios... Suecia es un país muy silencioso en todos los órdenes. Sin embargo aquí, en España, somos más ruidosos. ¿Qué ocurre?, que no prestamos atención a los sonidos con la misma intensidad con que lo hacen ellos. Y por ejemplo, ése es un campo semántico, el campo semántico de los sonidos, en todas sus manifestaciones, que es muy difícil de traducir, porque ellos tienen una precisión matemática, quirúrgica de la expresión de los sonidos. Otro ejemplo, los paisajes: la atmósfera de los paisajes en las distintas estaciones del año a las cuales ellos son más sensibles, están más atentos a los cambios estacionales. Esto ocurre sencillamente porque lo ven, lo viven mucho más, con mucha más intensidad, son más conscientes de la naturaleza que los que estamos aquí; y da igual que vivan en la ciudad, que sean urbanitas, ¿no? Viven muy unidos a la naturaleza. Y ése es otro ejemplo, otro campo semántico complejo de traducir; los términos de la naturaleza, de los animales, las plantas, los sonidos de los animales, los cantos de los pájaros, el sonido del agua cuando está medio congelada, o congelada entera en la superficie, pero fluye líquida por debajo. En fin, son unos matices tan precisos que cuesta trabajo reproducirlos.
--¿Cómo llegó al mundo de Henning Mankell?
--Pues fue la diosa Fortuna porque yo no había traducido nada más que un cuento de un gran autor sueco, clásico, de los años 40, Stig Dagerman, que se había publicado en la revista Quimera , y no contaba con una trayectoria de la que hablar ni la de que presumir como traductora literaria, pero una profesora de sueco de la universidad de Barcelona me recomendó a la editorial, y la editorial se puso en contacto conmigo, me pidieron una prueba, les gustó, y así empecé.
--¿Cuál fue el primer libro que tradujo de Mankell?
--El primer libro que traduje fue Comedia infantil . Un libro de la serie africana, un libro entrañable, tierno, muy triste pero también muy irónico, con esa mezcla de la que Mankell es maestro en realidad, de dosificar muy bien la ironía, el desespero, la desesperanza profunda y la risa y... a veces, a veces la felicidad, pero sólo a veces, es bastante pesimista pese a todo. Y ésa fue la primera; un libro de la serie africana.
--Y desde entonces, ¿cuál ha sido el libro que le ha causado mayores dificultades?
--Quizá el que más dificultades traductológicas me causó fue Profundidades, porque tenía una cantidad considerable de vocabulario técnico. Cuando se está traduciendo literatura y uno se topa con un submarino nuclear, la traducción deja de ser literaria para ser técnica. Y ahí me ocurrió esto. Los grados militares son problemáticos y esta novela versaba precisamente sobre la vida y las vicisitudes de un capitán de la marina sueca del siglo XlX. Es decir, no eran solamente rangos militares, que casi nunca son equivalentes, o que con mucha frecuencia no lo son, sino que encima eran históricos; con lo cual algunos habían desaparecido, y bueno, fue difícil encontrar las equivalencias.
--¿Qué ha representado para usted traducir otro tipo de libros como Profundidades o Zapatos italianos , más allá de estas dificultades técnicas que ha señalado?
--Bueno, es otra dimensión de Mankell, son como otras interpretaciones de la misma partitura. Mankell tiene en mente unos temas muy concretos, inquietudes y cuestiones que le interesan siempre. Pues casi como al ser humano en general, ¿no?, que llevamos 3.000, 4.000 ó 5.000 años dándole vuelta a las mismas cuestiones, que son tres o cuatro en definitiva. Eso mismo le ocurre a Mankell. Esas novelas son otra manera de aproximarse, de adentrarse en la naturaleza humana y en lo que la inquieta, lo que la amarga, y lo que la corroe, y lo que le procura felicidad también. Pero para mí fue muy interesante. Comedia infantil, que es una novela de la serie africana, también es exponente de su compromiso solidario y social tan conocido y encomiable.
--Usted siempre menciona, en las primeras páginas de los libros traducidos, que el tuteo entre desconocidos es algo común en Suecia a diferencia de otros países, ¿verdad?
--En realidad no es una nota mía, es una nota de la editorial, porque cuando yo empecé a traducir a Mankell, me habían precedido otras colegas en esa tarea, y ellas advirtieron el hecho de que en Suecia lo que prima, lo que se utiliza entre desconocidos es el tuteo; y la editorial decidió mantener ese rasgo sociológico que lo es; pero no sólo es un rasgo sociológico, es también un rasgo lingüístico. Es decir, el sueco actual carece de una forma para el trato de cortesía como la del español. Hasta el siglo XIX coexistieron de modo residual dos formas, el trato en tercera persona, que expresaba distancia y respeto, y el trato con la segunda persona del plural, el equivalente a nuestro «vosotros» (erróneo, como señalaba ya en el siglo XIX la Real Academia Sueca de la Lengua), que indicaba distancia y superioridad social por parte de quien lo usaba. Es decir, es despectivo, y en una sociedad socialdemócrata como la sueca eso era insostenible y llegó un momento en que casi por decreto, no fue exactamente por decreto pero casi, fue una decisión política que se adoptó, se suprimió el uso del ni («vosotros») como trato supuestamente de cortesía. Esto sucedió en los años 50 y 60. Al mismo tiempo se eliminó el trato de cortesía en tercera persona porque complicaba terriblemente la comprensión. Es decir, cuando el interlocutor es un inspector y el hablante le pregunta «¿Cree el inspector que el inspector llegará a tiempo?» en una lengua en la que, además, hay que expresar el sujeto siempre, necesariamente, llega un momento en que se entorpece la comprensión. De modo que se eliminó, sencillamente, y, salvo a los reyes de Suecia, se tutea a todo el mundo.
--¿Cómo vivió usted los cambios de la serie Wallander, desde la aparición de Linda Wallender hasta la despedida del inspector?
--Pues en lo profesional fue un poco caótico, porque en España no se publicaron los libros por orden cronológico y a veces se remitía a sucesos, a personajes que habían fallecido incluso. Pero al final, cuando has traducido tanto a Mankell y en concreto a Wallander, a veces todas las novelas se funden en una, es un continuum de peripecias del personaje y la mente las ordena según una sucesión armónica. Pero en lo personal fue curioso, porque llega un momento en que te sientes amiga del personaje, te sientes cercana; sus reacciones a veces te irritan, te sorprendes reaccionando precisamente a sus salidas de tono, a su desidia, a su pereza, a su tozudez. Aunque en realidad no eres muy consciente de este hecho hasta que, de repente, te dicen que ya no hay más, que se acabó Wallander. ¿Cómo que se acabó Wallander? Y no te lo puedes creer, porque para ti es un ser tan vivo, tiene tanto peso específico, es tan humano, demasiado humano, es un personaje con el que el lector puede dialogar, un socialdemócrata recalcitrante, un policía que se asusta, que agarra temeroso la pistola, ¿no? Claro que sentí pena cuando me dieron la noticia: "Bueno, ya no hay más Wallander". Y después, cuando llegó El hombre inquieto , me sorprendí... pues casi dando un salto de alegría; dije "¡Hombre!, Wallander otra vez". Claro, me alegró reencontrarme con él. Y fue verdaderamente un reencuentro muy entrañable, como reencontrar a un amigo al que creía perdido. Y sinceramente, me entristeció mucho la despedida de Wallander. Pero Mankell es siempre fiel a sí mismo y es muy consecuente, y ahí también lo fue, claro.
--¿Qué ha significado para usted, y también en lo personal y en lo profesional, traducir a Mankell?
--Pues en lo profesional, yo casi diría que ha significado todo. El mundo de la traducción literaria es un tanto escabroso y proceloso y cuesta mucho entrar y cuesta mucho entrar bien. Mankell y Tusquets me abrieron la puerta al mundo de la traducción literaria, pero la puerta grande. Y en lo personal... Bueno, lo que siempre aporta el conocimiento de un autor, o el contacto, aunque no sea tan profundo como en mi caso con Mankell, pero el contacto con un autor que tiene tanto que decir o tanto que cuestionarse sobre la verdad. Cuando uno lee, o por lo menos yo, cuando leo, busco verdades, busco respuestas y también preguntas, me busco a mí misma -supongo que le ocurre a muchos lectores- en las similitudes y en las diferencias, y yo creo que Mankell lo consigue. Mankell consigue sugerir, siempre con la mayor humildad, las preguntas adecuadas para acercarse al conocimiento. De modo que en lo personal creo que he crecido mucho también con él y con Wallander.

MONTES CANO
BASICO CADIZ 1963.
FILOLOGA Y TRADUCTORA

Carmen Montes Cano nació en Cádiz y se licenció en Filología Clásica por la Universidad de Granada, donde también cursó estudios de lingüística. Estudió lengua y literatura suecas, y traducción inversa español-sueco en la Universidad de Estocolmo. Ha sido profesora de español para extranjeros y de traducción aplicada sueco-español en el Curso de Español para Extranjeros de la Universidad de Málaga, y de lengua y cultura suecas en España (Centro de Lenguas Modernas de la Universidad de Granada) y en Suecia (Servicios de Coordinación «Erasmus» de la Universidad de Estocolmo). En 2001 se inició en el mundo de la traducción literaria, que hoy compagina con otras actividades relacionadas con la docencia y la traducción de libros, es miembro de la junta rectora de ACE Traductores y cuenta con cerca de medio centenar de libros publicados, entre los que figuran varios éxitos de ventas de los novelistas suecos Henning Mankell y Camilla Läckberg, pero también clásicos como Ingmar Bergman.

28.7.10

El sombrero de Lennox

Craig Russell, el creador del detective Jan Fabel, ha ideado un nuevo investigador, perspicaz y atormentado por su experiencia bélica. La acción de su nueva novela transcurre en la posguerra en Glasgow, donde "la lluvia nunca lavaba la ciudad"

Imagen tomada en Glasgow (Escocia) en 1946.- ANTHONY STEWART / NATIONAL GEOGRAPHIC SOCIETY / CORBIS.foto.fuente:elpais.com

Llueve en Glasgow, como no podía ser de otra manera. Bajo el cielo inmisericorde, Craig Russell (Fife, Escocia 1956) asegura que hemos sido afortunados con el tiempo: "Es un Glasgow de novela negra". Celta, dura, proletaria, guasona. Esta es la ciudad de Lennox (Roca Editorial), un ex soldado e investigador privado en la Escocia de los años cincuenta.

Lennox es el tipo de detective que agarra la página por las solapas: ingenioso, de buen vestir y puñetazo fácil. Está en la cuerda floja de la ley y atormentado por sus experiencias bélicas. Su corazón de oro late cuando menos se lo espera. El personaje fue modelado según la generación del padre de Russell, la que no salía de casa sin sombrero y cuyos trajes a medida ocultaban cicatrices de la Segunda Guerra Mundial.

Russell vive en Perthshire con su mujer y sus dos hijos adolescentes, a algunos kilómetros de la brumosa Glasgow. "Conozco la ciudad bastante bien. Aquí es fácil entablar una conversación. Es como un pueblo. Y gasta un sentido del humor muy negro".

La Glasgow de hoy, con edificios de piedra impoluta, cafés y galerías de arte, muestra un carácter más apaciguado que la de los años de posguerra. "Parece pura invención, pero durante años se respiraba humo verdoso", explica el novelista. "Tan espeso era que los conductores tenían que seguir al tranvía para llegar a casa. Miles de personas murieron de enfermedades respiratorias". La entonces segunda ciudad del Imperio británico era una urbe con unos bajos fondos tan oscuros como su aspecto. "Había niños que pensaban que el color natural de la piedra era el negro", describe en Lennox. "La lluvia, fuerte y frecuente, nunca lavaba la ciudad, sino que le pasaba un trapo con aceite".

Pese a que el aire está limpio y apenas quedan resquicios de la industria pesada, todavía se encuentran rincones que transportan hasta la Gran Bretaña de los cincuenta. Bajo el paraguas, Russell señala un piso frente a la estación central de tren. En la primera planta de un edificio de piedra rojiza, unos visillos tras los que se adivinan archivadores y una planta sedienta. "En ese piso imagino la oficina de Lennox". En el pub The Horse Shoe (en Lennox, bautizado The Horse Head), impregnado de olor a la típica empanada de cerdo, los parroquianos beben con tanta seriedad y dedicación como si trabajaran en la fábrica.

Frente a una pinta de la cerveza Bellhaven Best, Russell parece un escocés típico. Hasta que la atención se fija en su obra. En su primer libro, Muerte en Hamburgo, el autor viajó hasta la Alemania contemporánea. Fue la presentación de Jan Fabel, un sesudo oficial de policía cuyo complejo de culpa le lleva a especializarse en la resolución de horripilantes crímenes. La saga Fabel, con cuatro títulos publicados en nuestro país (además, de Muerte en Hamburgo, Cuento de muerte, Resurrección y El señor del carnaval, todos en Roca Editorial), ha obtenido un éxito rotundo en Alemania. Su adaptación a la pequeña pantalla confirma que el autor ha diseccionado con pericia los recovecos de la psique y la cultura germanas.

Explícitas y sangrientas, las descripciones de crímenes que elabora Russell piden cuentas al pasado: "Desde que tuve uso de razón, quise ser escritor. Mi entorno familiar era muy protector y crecí a la sombra de mi padre, que había luchado como voluntario en la Segunda Guerra Mundial, en Burma. Crecí con la idea de que si quería escribir, primero tenía que vivir experiencias. Aunque sabía que no sería policía en toda mi vida, me uní al cuerpo". Durante cuatro años fue parte de una patrulla de especialistas en sucesos violentos, homicidios, fallecimientos inesperados. "Por esta razón suelo describir primero una calle, una casa o una habitación en calma y, súbitamente, la reacción visceral que produce encontrarse con la muerte".

Nacido a mediados de la década de los cincuenta, el escritor se considera parte de una época que todavía podía oler la violencia absoluta. "Yo tenía unos quince años. Mi padre me llevaba en coche a ver a una novia, y por el camino vimos a alguien que había sido atropellado", recuerda concentrado. "Fuimos a ayudar y cuando volvimos a casa, mi padre anunció a mi madre que yo había visto mi primer hombre muerto. La manera en la que lo dijo fue como si hubiera pasado a pertenecer a un club. Me hizo pensar en todo lo que él debió haber presenciado. Su consejo fue que, cualquiera que fuera la causa, nunca debería enrolarme voluntario para luchar en la guerra".

El autor empezó a publicar ya en su cuarta década, cuando se dedicaba a la redacción por encargo. "El negocio iba bien. Tenía mucho trabajo y me era complicado ponerme a escribir ficción, pero supe que si no escribía un libro entonces, nunca lo haría. Tenía que justificar ante mí mismo y ante mi mujer que podía hacerlo. Le conté todos los temas que tenía en mente y ella sin dudar dijo que tenía que escribir sobre el comisario de policía en Alemania (Fabel). Como no tenía demasiado tiempo, terminé tres capítulos y un documento en donde alegaba por qué funcionaría. Fui tan arrogante que lo mandé a los mejores agentes de Gran Bretaña. Un par de días después ya tenía una oferta".

Russell completa dos libros al año, uno de la serie Lennox y otro de la de Fabel. Las coordenadas en las que se mueve cada grupo de libros son muy diferentes. Si Lennox recibe los efluvios clásicos de Raymond Chandler, Fabel está influenciado por la novela negra escandinava encabezada por el sueco Henning Mankell. Ambas coinciden en su capacidad de trascender el género gracias a la dimensión histórica, cultural y social que alcanzan. En el universo Lennox, de trifulcas callejeras, heridas curadas con whisky y casas de citas, existe una puerta trasera que nos lleva a tramas que cruzan las fronteras de Glasgow y de una aparentemente insular Gran Bretaña. En este caso, es el tráfico de armas y el germen del conflicto israelí-palestino: "En aquellos años tienen lugar sucesos que nos afectan en la actualidad. La década de los cincuenta me atrae tanto porque es cuando el mundo empieza a cambiar de una determinada manera".

En nuestra vieja Europa cansada, quebradiza y sin esperanza en el futuro, Russell aboga por una estructura federal unitaria. "Según mi punto de vista, muchos de los problemas europeos vienen del nacionalismo, el separatismo. Se alega que las estructuras políticas homogeneizarán las culturas. Yo considero que son las grandes corporaciones las que uniforman de manera salvaje. Hay que evitarlo. Una Europa federal y sin desigualdad social podría convertirse en líder de la causa humanitaria".

Russell es un británico poco convencional, que tiene sus lealtades al otro lado del Canal de la Mancha en lugar de al otro lado del Atlántico. Algo avergonzado, admite que es miembro de Mensa, una asociación que agrupa a personas de elevado cociente intelectual: "Quise explorar mi manera de percibir, por eso hice el test", explica reticente. "A pesar de sacar una puntuación muy alta, no pude encontrar en el mapa el lugar donde tenía lugar la prueba". De una manera o de otra, Russell siempre ha sido un outsider. "Habrá que preguntar a mi madre el porqué", bromea. Esta posición de distancia se repite en sus protagonistas. Lennox es mitad canadiense, mitad escocés. Jan Fabel, escocés y frisio. "Para mí es necesario narrar desde fuera".

En pleno boom de la novela negra, Russell todavía ve un género sin apuestas radicales. "Es bastante conservador", observa. "Existe una corriente en la que los procesos están tomando importancia. La serie televisiva The Wire (HBO) ha supuesto una gran influencia. Una de las razones por las que situé a Lennox en la década de los cincuenta es porque quería escaparme de los procedimientos: los métodos, las pruebas de ADN. Quería un detective que no pudiera pedir ayuda con el móvil, que trabajara solo". Las concesiones de Russell a la tecnología se reducen al averno en la tierra que puede desenterrarse en Internet: "Mientras investigaba (sobre canibalismo) para la novela de Fabel El Señor del Carnaval, encontré muy perturbador la manera en la que gente que normalmente se sentiría aislada, termina asociándose y justificando lo que hace o pretende hacer".

Russell, cordial, conversador y amante de la buena mesa, se siente como pez en el agua en la bonhomía del noir literario. "Los festivales de novela negra son muy agradables. Los escritores se llevan bien, beben juntos. En cambio, dicen que los autores de ficción general o de novela romántica se enzarzan en discusiones, se apuñalan por la espalda. Quizás tenga que ver con que nosotros dejamos nuestro lado oscuro en la página".

Pese a la camaradería, el escritor confiesa que dedica más tiempo a leer a Günter Grass, Heinrich Böll o tratados de historia que a sus compañeros. "Puedo sonar algo altivo, pero aunque claramente yo sea un autor del género negro nunca creo que esté escribiendo una novela de crímenes. Hablo de gente corriente que se ve envuelta en situaciones extraordinarias".

Lennox. Craig Russell. Traducción de Eduardo Hojman. Roca Editorial. Barcelona, 2010. 336 páginas. 19 euros. www.craigrussell.com

Stieg Larsson, primer autor en vender más de un millón de libros para Kindle

El escritor sueco Stieg Larsson, autor de la exitosa trilogía Millennium, se ha convertido en el primer escritor en vender más de un millón de libros digitales en la tienda del lector Kindle de Amazon.

Los e- libros del top selecto en ventas.foto.fuente:elmundo.es

Larsson, fallecido en 2004, saltó poco después a la fama gracias al éxito póstumo de sus novelas 'Los hombres que no amaban a las mujeres', 'La chica que soñaba con una cerilla' y 'La reina en el palacio de las corrientes de aire'.

"Los libros de Larsson han cautivado a millones de lectores alrededor del mundo y han encendido un interés voraz por las vidas de sus protagonistas, Lisbeth Salander y Michael Blomkvist", explicó en un comunicado el vicepresidente de contenido Kindle de Amazon, Russ Grandinetti, al anunciar la noticia.

Amazon informó además de que ha decidido crear el 'Kindle Million Club', un selecto club al que pertenecerán a modo de galardón todos los autores cuyo conjunto de obras superen el millón de ejemplares vendidos en su tienda Kindle y del que Larsson ha sido nombrado primer miembro.

Gracias a ese millón de copias vendidas, las tres obras que componen la saga 'Millennium', que ya ha sido llevada al cine en Suecia y cuya adaptación en Hollywood se espera próximamente, se encuentran además entre los diez primeros puestos de los títulos digitales más vendidos por Amazon.

La mayor tienda minorista del mundo en Internet vende libros digitales a través de la conocida como Kindle Store, que ofrece obras para sus conocidos lectores de ciberlibros, los Kindle, pero que también pueden ser leídas en varios dispositivos de Apple, como el iPhone, el iPad o el iPod Touch, y en ordenadores personales, entre otros.

Esta misma semana la trilogía de Larsson ocupa los tres primeros puestos de libros digitales más vendidos en esa tienda.

Ese éxito en el mundo digital se suma a los ya conseguidos en todo el mundo por las obras de Larsson, que componen una suerte de novela negra aderezada con denuncia social y que están protagonizadas por un conocido periodista (Blomkvist) y una 'hacker' llena de sorpresas (Salander).

Desde la publicación en Suecia hace cuatro años de la primera de las obras, 'Män som hatar kvinnor' ('Los hombres que no amaban a las mujeres', en español), los libros de Larsson se han convertido en un fenómeno internacional que han llevado al autor a lo más alto de las listas de ventas en muchos países.

27.7.10

Los crímenes de la señorita Highsmith

Editorial Norma lanza seis novelas de la maestra del suspenso Patricia Highsmith. Una escritora descomunal que supo hacer literatura con las bajas pasiones, con una maestría que envidiarían los libretistas de CSI. Ahora bien, su personalidad era aún más perversa que sus argumentos...

Llega a las librerías las novelas de Patricia Highsmith, la creadora de Tom Ripley.foto.fuente:revista Arcadia.com

Patricia Highsmith no es Agatha Christie ni sir Arthur Conan Doyle, ni siquiera es Alfred Hitchcock. Ella revela al asesino en las primeras páginas de sus libros. Descubrir el misterio –quién mató a quién, qué arma utilizó, cuándo y dónde lo hizo– no significa nada, lo verdaderamente importante está en otra parte, tal vez, en esa brumosa voz que se esparce entre líneas y le susurra al lector: hey, el criminal podrías ser tú. Por eso, si a alguien se parece Patricia Highsmith, más que a los escritores de misterio, terror o detectivesca, es a Dostoievski. En últimas, ambos son maestros del suspenso. Pero de otra clase de suspenso. De ese que no se nutre de datos ni de cifras sino de motivos. En donde el detective nunca descubre nada porque el único que puede mirar en lo profundo de su ser es el protagonista. Un suspenso que, como toda la literatura que ha tocado el cielo, hace de su materia –en este caso el crimen– un arte. Y también entretiene.

En las más de 30 novelas y cuentos de Highsmith eso es evidente. Tanto que su más reciente biógrafa, Joan Schenkar –que en diciembre pasado publicó The Talented Miss Highsmith: The Secret Life and Serious Art of Patricia Highsmith– está convencida de que si no se hubiera convertido en escritora, habría sido asesina. "Tenía la mente de un genio criminal", dice Schenkar. Y no solo la mente, sino también las manos –grandes como de carnicero y prontas a estrangular– los ojos acechantes y, sobre todo, determinación, ausencia de moral y una conciencia absoluta de que, cuando se ha decidido cometer un crimen, no hay vuelta atrás. Tom Ripley, su personaje más querido y protagonista en cinco de sus novelas, siguió ese camino.

Highsmith aprendió a convivir con sus demonios. Lesbiana, conocía a la perfección los bares gay de la Nueva York de los cuarenta y cincuenta –clandestinos y rechazados en ese entonces– y se paseaba por allí en busca de amantes. Prefería las parejas. Solía inmiscuirse en relaciones heterosexuales estables, aunque nunca se interesó por ninguna en especial. Su segunda novela, El precio de la sal –de temática abiertamente homosexual–, fue publicada en 1953 bajo el seudónimo de Claire Morgan. Al fin y al cabo, para la época, la homosexualidad era considerada una enfermedad. La misma Patricia se despreciaba por ello y por no ser parte de la clase social alta neoyorquina.

Llegó a salir con tres mujeres a la vez. Fue alcohólica. Fumadora. Racista. Solitaria. Secreta. Obsesionada con su madre, con la seguridad, con el paso del tiempo, con las listas, con los impuestos y con la comida.

De niña, Patsy Plangman (ese era su verdadero apellido) planeó asesinar a su padrastro de quien, no obstante, tomó el Highsmith. Lo odiaba por tener que vivir con él en un diminuto apartamento de ladrillos rojos de Greenwich Village en Nueva York. Patsy había nacido en Fort Worth, Texas, un 19 de enero –el mismo día que Edgar Allan Poe un siglo antes– y allí volvería, contra su voluntad a los 12 años, a la casa de su abuela materna, Willie Mae Stewart. "Aprendí a vivir con un odio cruel y asesino desde muy pronto. Y aprendí también a sofocar mis emociones más positivas", diría Highsmith.

Que nadie se alarme. Los niños también pueden matar. Así ocurre en 'La tortuga de agua dulce', un cuento suyo en el que un niño, atormentado por su madre, la asesina tras haberla visto hervir una tortuga para preparar estofado. Una década después, Highsmith, con 52 años, haría una lista que llamó 'Little Crimes for Little Tots: Things Around the House Which Small Children Can Do' que incluía perturbadoras escenas al estilo de: los niños pueden poner cuerdas en la parte alta de las escaleras para que algún adulto se caiga o llenar el frasco de la harina con veneno para ratas.

No fue la única lista que hizo. Al parecer, Highsmith sufrió de un desorden archivístico que la llevó a rotular, planear y clasificar todos los aspectos de su vida. Escribió más de 8.000 páginas de diarios y cuadernos, entre los que se encuentra una lista bastante peculiar, conformada por sus amantes a las que, tras un examen riguroso, aprobaba o desechaba según el deseo momentáneo. También hizo cálculos. ¿Cuántos golpes se necesitan para matar a un niño de ocho años?, y ¿cuántos para matar a uno mayor? Nunca soportó los gritos de los niños. "No entiendo a la gente que es aficionada a armar ruido; por consiguiente, me da miedo, y, como me da miedo, la odio", escribió. Aun así, jamás hirió a nadie: soltaba sus dardos escondida en un rincón.

En los años cuarenta, cuando la joven Pat volvió de Texas a Nueva York –una ciudad que conocía y que la sofocó al punto de instalarse para siempre en Europa– sus cuentos aparecieron en Harper's Bazar mientras ella trabajaba en una editorial de cómics donde el constante peligro de los superhéroes, las persecuciones y las identidades secretas de cualquier Linterna Verde nutrieron su imaginación.

Por esa época inició un amorío con su máquina de escribir Olympia de la que saldrían verdaderos golpes al lector como su primera novela, Extraños en un tren. Sobre el argumento dijo Highsmith: "(...) dos personas acuerdan asesinar a sus amigos mutuos, lo que les permitirá una coartada perfecta". Pero hay mucho más. Está, por ejemplo, Charles Anthony Bruno, un tipo macabro, obsesivo y sin rastro de moral cuya actitud recuerda a alguien que está en el trabajo y quiere llegar a su casa rápido para ver algo en la televisión o alimentar a los peces o hacer cualquier cosa urgente. Bruno quiere llegar rápido para matar.

"Los primeros seis años de mi carrera no fueron precisamente afortunados –anotó Highsmith–, luego ocurrieron unas cuantas cosas que hicieron que la suerte me sonriera". Una de ellas fue la llamada del aclamado Alfred Hitchcock para llevar al cine Extraños en un tren. Highsmith recibió 6.800 dólares. "Cambió mi novela –confesó a su asistente personal– pero siempre le estaré agradecida porque gracias a él pude seguir escribiendo y viviendo de escribir". Esa sería la primera de una larga lista de novelas y cuentos suyos que fueron convertidos en películas. La última: Mr. Ripley el regreso realizada en el 2005.

Con seguridad Highsmith se afectaba cuando veía a sus protagonistas salir mal librados en el cine. Y es que todos ellos –desquiciados y manipuladores como eran– siempre resultaban invictos en sus libros. En El talento de Mr. Ripley, Tom Ripley comete dos asesinatos, cambia de identidad, huye, roba y falsifica firmas. Al final se va a Grecia. Está exhausto y necesita unas buenas vacaciones en el Mediterráneo después de tanto ajetreo. Como Tom, Patricia viajó y tuvo obsesiones.

Caracoles y Gauloise

Patricia Highsmith tenía cientos de caracoles. Los coleccionaba y cuando estaba aburrida sacaba dos o tres de su cartera y los miraba perderse. No es difícil creer que le gustaran más que las personas, tanto, que llegó a escribir un cuento sobre ellos: 'El observador de caracoles', donde cita al naturalista Henry Fabré para anunciar que ninguna especie del reino animal manifiesta tal grado de sensualidad durante el apareamiento como los caracoles. La gente, en cambio, entorpecía su creatividad y por eso la rehuía.

O tal vez por miedo. De hecho, esta planificadora de crímenes perfectos y coartadas inimaginables, nunca dejó de pensar en su seguridad. Según Schenkar, su casa en la villa francesa de Moncourt estaba rodeada por un muro de concreto grueso. Adentro, un cuarto no muy grande, con una cama y una estantería con pañuelos y frascos de Vic Vaporub. En ángulo recto con la cama, un escritorio lleno de papeles y cartas. Cerveza y cigarrillos Gauloise humeando por el suelo. En medio de todo, la solitaria Patricia con sus caracoles.

¿Por qué Otto Penzel, uno de los editores de Highsmith, dijo que era un ser humano horrible? Probablemente porque así fue. Patricia nunca fue correcta ni mucho menos cortés. Tan solo inquietante y transgresora. Desde su juventud, se sintió incómoda con la población negra y ese racismo degeneró en un antisemitismo que la llevó, ya en sus últimos años, a inventar 40 identidades falsas con las que mandó cartas a políticos y periodistas estadounidenses para criticar el estado de Israel y la influencia judía en el mundo. Curioso. Muchas de sus amantes fueron judías.

En realidad, nunca estuvo demasiado feliz respecto a nada. Odiaba también la comida. Schenkar cuenta que su única dieta en décadas fueron el alcohol y los cigarrillos. "La diferencia entre la joven y seductora Pat de sus tempranas fotografías y la vieja escritora de 53 años sentada tecleando es chocante", dice en su biografía. Para Highsmith, el problema de Estados Unidos –por esos días pendiente del Watergate de Nixon– era gástrico. Un ataque de ácido estomacal que los hacía vomitar. Ella misma solía vomitar.

Al tiempo Patricia escribió. Continuó con la saga Ripley. Lanzó antologías desconcertantes como Pequeños cuentos misóginos y Once, novelas como El diario de Edith, La celda de cristal y A merced del viento y un ensayo sobre la escritura que llamó Suspense.

Murió en 1995 –hace justo 15 años– en Locarno Suiza. Estaba enferma. Su entierro fue solitario. Ningún amante. Pocas lágrimas. Sus últimos días los pasó en un hospital acompañada por su contador (Highsmith pagaba impuestos rigurosamente en Estados Unidos y en Suiza). Tuvo, en efecto, una mente criminal. No fue una buena chica, como las que abundaban en los años cincuenta. De esas que iban al salón de belleza y esperaban a que sus maridos regresaran de la guerra. Fue, más bien de otro tipo. De las que telefonea en medio de la noche, con un par de tragos en la cabeza, y pregunta: "¿Alguna vez has tenido ganas de matar a alguien?".

16.7.10

El último detective privado

Un curso de verano recuerda a Vázquez Montalbán y al personaje de Carvalho como cronistas de la Transición de España

Manuel Vázquez Montalbán en 1992.-foto:JOAN SÁNCHEZ.fuente:elpais.com

Decir Pepe Carvalho es decir Manuel Vázquez Montalbán. El detective tiene tantas similitudes con su creador que ayer era difícil adivinar de quién hablaban en cada momento los ponentes de la mesa redonda del curso Recordando a Pepe Carvalho: cómo se crea un personaje en la novela negra. Los escritores Lorenzo Silva y Domingo Villar, el librero Francisco Camarasa, la periodista Rosa Mora y Ana Gavín, directora de relaciones editoriales de Planeta, fueron los encargados de reflexionar sobre el mítico detective en los cursos de verano de El Escorial.

"Carvalho es una mezcla de Harry el Sucio y la madre Teresa de Calcuta", sentencia Domingo Villar, escritor de novela policiaca que ve en el personaje de Vázquez Montalbán un modelo de "piedad". Carvalho es irónico y sarcástico, es un hombre que va de la Barcelona burguesa a los bajos fondos. El personaje bebe del Vázquez Montalbán nacido de una familia humilde en el barrio del Raval, con un padre preso por ser republicano al que no conoció hasta los cinco años. El detective refleja la vida de su autor y es un cronista de primera mano del cambio de la dictadura franquista a la democracia.

Vázquez Montalbán describe sin explicar lo que Carvalho vive, da por hecho que el lector sabe de lo que habla, para no perder agilidad. "Quizá en el futuro habrá que poner anotaciones a pie de página", opina Lorenzo Silva, quien considera que, a diferencia de Alejandro Dumas, que "se apoya en informes y papeles para recrear la Francia de Luis XIII, Vázquez Montalbán mira a su alrededor en la Transición y capta los destellos, como un poeta que rescata imágenes".

Para Rosa Mora, el tipo de vida que llevaba Vázquez Montalbán y su forma de escribir, que él mismo definía como "a ráfagas", es lo que hizo llegar tan alto al personaje de Pepe Carvalho. "Creo que con él dignificó la novela policiaca", afirma.

Lo que diferencia al detective Carvalho, cuyas aventuras transcurren a lo largo de 25 libros, de los otros personajes de la novela policiaca actual, es la autonomía de su profesión. "Carvalho es el último detective privado", explica Rosa Mora, y pone de ejemplo los personajes creados por los dos escritores que la acompañan. El detective de la Policía Nacional Leo Caldas, creación de Domingo Villar, y la pareja de guardias civiles compuesta por el brigada Bevilacqua y la cabo Chamorro, salida de la imaginación de Lorenzo Silva, muestran cómo la novela se adapta a la realidad, y como el detective privado ya no puede competir con los medios de la policía o la Guardia Civil. "Saben hasta en el chat que te metes y a quién envías mensajes, ¿cómo va a competir con eso alguien que hace guardia ante una puerta a ver quién sale?", se cuestiona Silva, que, al igual que Villar, ha aprendido de Vázquez Montalbán y de su manera de narrar. "No sabía cómo agradecérselo y, cuando murió en 2000, le envié a su viuda, Anna Sallés, mis libros para que los leyera", comenta Villar emocionado.

13.7.10

El amor a lo oscuro y a la reflexión social de Martin Cruz Smith

El autor de Gorky Park vuelve a la Semana Negra de Gijón 20 años después

Martin Cruz Smith, ayer en Gijón. foto:PACO PAREDES.fuente:elpais.com

A las musas es imposible controlarlas. Martin Cruz Smith (Reading, Pensilvania, 1942) así lo cree, pero asegura que su escritura, "cargada de reflexión social", como la describió ayer Paco Ignacio Taibo II, director de la Semana Negra de Gijón, ha evolucionado a un lado más oscuro: "La experiencia a lo largo de los años hace que mis historias, sin pretenderlo, sean más oscuras y afiladas". El escritor llevaba dos décadas sin pisar Asturias.

Ayer, Cruz Smith tenía ganas de hablar de política, de sus orígenes y de las figuras que han inspirado sus más de 20 novelas, principalmente de género negro y westerns. Con un gran sentido democrático y progresista en sus declaraciones, Cruz Smith se alegra de que Barack Obama llegara al poder, porque John McCain y Sarah Palin "podrían pertenecer al Know Nothing", un movimiento de mediados del siglo XIX surgido del temor de los estadounidenses a los inmigrantes irlandeses. Por eso, el escritor se muestra contrario a la Ley de Inmigración de Arizona: "Los europeos conquistaron el continente americano a los nativos en su totalidad. Ahora la historia les devuelve la jugada y quieren criminalizar a aquellos que vienen a Estados Unidos en busca de trabajo; esos blancos reclaman un país que ya no es suyo, que no existe". Si alguien puede hablar de multiculturalidad es el autor de Gorky Park (Grijalbo). Su padre, John Smith, tocaba el saxo. Músico de jazz, conoció en la exposición de Nueva York de 1939 a una india de la tribu Pueblo, de Nuevo México, "con una belleza como la de Ava Gadner". El saxofonista tuvo un flechazo: "Mis padres formaron la perfecta conjunción entre el be-bop y la reina de la belleza".

Las últimas noticias de intercambios de espías rusos y estadounidenses devuelven a la actualidad a su personaje más conocido, el detective ruso Arkady Renko, el protagonista de Gorky Park, que decide suicidarse en La Habana en la cuarta entrega de la saga de siete libros ambientados en la época de la Guerra Fría. En Havana bay, el soviético decide insuflar aire en sus venas y acabar con su vida: "Conozco muy bien a mis personajes, y cuanto más años pasan, más depresivos se vuelven". La trama lo lleva a mantener al protagonista vivo: "Introduzco la idea en esta obra de que lo difícil es esperar a que la vida pase".

El autor confiesa que vive cargado de más de doce ideas que le rondan la cabeza continuamente y que de situaciones dispares han salido sus mejores obras: "Un día de compras con mi esposa y mis hijas, para no aburrirme, decidí leer algunas revistas. En las últimas páginas encontré una fotografía de unas mujeres de la época victoriana, de clase baja, vestidas con pantalones. Esa imagen, junto a la de mi familia empujando el carrito de la compra hizo la conexión en mi cabeza, y dio lugar a lo que más tarde sería La rosa, mi libro sobre un grupo de mujeres mineras en Wigan". Un guiño y recuerdo de uno de sus libros favoritos, The road to Wigan Pier, inédito en España, un estudio sociológico que realizó George Orwell de la clase trabajadora del norte de Inglaterra antes de la Segunda Guerra Mundial.

Más influencias: considera a Batman un héroe de guerra y califica de magistral al momento en que el actor Richard Widmark arroja a una anciana paralítica por las escaleras en El beso de la muerte (1947): "Hay tanta cultura de donde beber que mis influencias no se quedan en un apartado de la literatura, son permeables".

9.7.10

En busca de Lisbeth

Tratar de encontrar a Lisbeth Salander por las calles y pequeñas plazas de Estocolmo es desesperante. Siempre crees que llegas tarde y que la heroína de la trilogía Millennium, de Stieg Larsson, acaba de abandonar el lugar protegida por su sigilo y su capucha negra. La frustración se supera finalmente, porque la búsqueda de una de las criaturas más increíbles creada por la literatura te mete de lleno en la obra de Larsson, a la vez que se descubre una de las ciudades más maravillosas del mundo

Noomi Rapace interpreta a Lisbeth Salander, una de las creaciones literarias de Stiegg Larsson más interesantes de los últimos años.foto.fuente:adn.es

Una isla destaca en Estocolmo sobre las otras 13: Södermalm, el epicentro de Millennium, el refugio de los personajes buenos, la selva urbana impenetrable en la que la hacker Lisbeth Salander se mueve como una sombra y donde se palpa el espíritu del desaparecido Stieg Larsson (1954-2004).

Albert Montagut

Cualquier recorrido por Södermalm acerca al visitante a la trilogía mágica que componen Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire, y que ahora Destino nos hace llegar en edición de bolsillo.

Un barrio especial

El tour oficial que ofrece el museo de la ciudad por el barrio de Södermalm ha atraído a unas 10.000 personas en el último año. La visita se puede hacer en castellano y tiene una duración de 90 minutos. En la web www.stadsmuseum.stockholm.se está toda la información relativa al circuito Millennium. El tour cuesta 120 coronas, unos 12 euros, y es perfecto para conocer de cerca este barrio repleto de cafés, bares, pequeños restaurantes y zona preferida como lugar de residencia de los intelectuales, jóvenes o los más bohemios habitantes de esta ciudad que ha adquirido el inglés como el segundo idioma no oficial y donde no se prohíbe el uso del burka.

Es inevitable que el tour introduzca elementos tanto del libro como de la película. Inicialmente éste es un detalle incómodo. Muchos consideran que los tres filmes no reflejan la calidad de la obra de Larsson, aunque su éxito taquillero en Europa ha activado un proyecto Millennium en Hollywood, un hecho que ha molestado en Suecia, donde la producción local de la trilogía no sólo ha gustado a la gran mayoría, sino que ha activado incluso una serie televisiva.

La mezcla entre los escenarios que aparecen en los libros y los filmes resulta efectivamente chocante, y sin embargo son complementarios e interesantes. Las películas suecas han sido producidas por Sören Staermose, y fueron dirigidas, en su primera entrega, por el danés Niels Arden Olsen, y por el sueco Daniel Alfredson. Millennium está protagonizada por Noomi Rapace, en el papel estelar de Lisbeth Salander, y por Michael Nyqvist, que interpreta al periodista Mikael Blomkvist.

Bellmansgatan, 1. Aquí vive Blomkvist en la novela y en la realidad, porque así se llama uno de los vecinos del edificio, recientemente restaurado. La imagen amarilla de la fachada que teníamos en mente desde hace meses se ha convertido, tras una restauración, en roja, en homenaje al color de la mayoría de las granjas del interior del país.

Desde una de las buhardillas se divisa la isla de la ciudad antigua Gamla Stan y la pasarela de hierro al estilo Eiffel a través de la que se llega al edificio es hoy uno de los lugares más fotografiados de Estocolmo. Bellmansgatan, 1 es un edificio del siglo XVIII, que sobrevivió al gran incendio que en 1759 arrasó la mayor parte de las casas del barrio montañoso de Monteliusvägen, desde el que se divisa todo Estocolmo y un lugar de visita obligatorio.

La ruta sigue a través del puente de Lunda (Lundabron). Ése es el camino más rápido para llegar al Mellqvist Kaffebar, en el número 78 de Hornsgatan, una de las dos arterias principales de Södermalm. La zona está repleta de edificios que se perciben como nuevos, y que fueron construidos en los años sesenta y setenta para albergar al boom demográfico que relanzó la población sueca. Ikea, la marca de muebles preferida por Salander, se creó en esa época, y precisamente para poder atender la necesidad de los inquilinos que ocuparon estos edificios y desde donde surgió una nueva Estocolmo y una nueva Suecia.

Café y Ruiz Zafón

En el Mellqvist es imprescindible una parada. Sobre las mesas hay muchos cafés y se observa a un joven con camisa rosa, americana vintage beige, bermudas verdes y zapatillas negras de Fred Perry con calcetines también negros con lunares blancos. Entre sus manos sostiene Vindens Skugga, la conocida La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón.

Hay muchos detalles de los libros de Larsson que se visualizan en Hornsgatan: una tienda de ropa donde se supone compra Salander y una tienda de electrónica donde suele acudir la hacker. Desde allí hasta el otro eje importante de Södermalm, Götgatan, uno pasa por otro de los escenarios del libro, la Bofill Bage, un edificio semicircular de viviendas cuyo espacio interior está ocupado por un jardín y una cadena de árboles perfectamente podados y cuya visita es imprescindible para quienes la arquitectura tiene algo de especial.

El edificio fue diseñado por el arquitecto español Ricardo Bofill y fue construido entre 1991 y 1992. El complejo, cuya media luna forma un diámetro de 180 metros, incluye otros cinco edificios de apartamentos más pequeños. Los expertos han dicho de esta construcción que sus líneas simples ligan con la arquitectura nórdica tradicional y destacan que, gracias al proyecto de Bofill, la técnica del concreto arquitectónico prefabricado fue introducida en Suecia por primera vez. El Bofill Bage es de parada obligada en la búsqueda de Salander.

Es obligatorio subir hasta la plaza Mosebacke, desde donde se puede disfrutar de una vista increíble de la ciudad vieja y del Báltico y donde está Fiskargatan, 9, el bloque de apartamentos de lujo donde Salander se refugia en un piso de 21 habitaciones y desde donde se divisa el incesante tráfico marítimo de Strömmen y Saltsjön. A diario, antes de subir a su casa, Salander suele comprar en el cercano 7 Eleven de Götgatan, y donde nuestra heroína no se olvida del champú, dentífrico, jabón, leche fermentada, huevos, queso, pan, bollos de canela congelados, café, bolsitas de té Lipton, pepinillos encurtidos, manzanas, una caja grande de las horribles Billys Pan Pizza y un cartón de Marlboro Light.

Por mucho que esperes en ese 7 Eleven de Götgatan, Salander, llamémosla ya Lisbeth, no aparece. Tampoco lo hace en el Kvarnen, la taberna de Tjärhovsgatan, 4, muy cerca del 7 Eleven. Allí, uno de los lugares preferidos de Larsson, Lisbeth intenta llamar la atención de Blomkvist en el primer libro besando a Miriam Wu, sin demasiado éxito.

El edificio donde está Millennium, en Götgatan, está ocupado por Greenpeace. Éste es otro de los lugares de imprescindible visita.

El impacto de Millennium en Estocolmo ha sido evidente. Hay que visitar la exposición que hay en el Museo de la Ciudad, en Slussen, y otros lugares que aparecen en la trilogía como la zona de Kungsholmen. Allí en Norr Mälastrand aún se puede ver a la agente Monica Figuerola haciendo footing.

El malo más malo

Quien no aparece por su casa es Nils Bjurman. En Upplandsgatan, en el barrio de Vasatsan, vive el violador y es donde este hombre que no amaba a las mujeres ataca a Lisbeth. El contraataque de nuestra heroína y el episodio del tatuaje en la barriga de Bjurman divide a los suecos. Algunos critican a Lisbeth por su acción; otros, la disculpan y se solidarizan con ella.

La visita a los escenarios de Millennium puede ser interminable. Lisbeth no aparece, pero, por lo menos, dicen que la fantástica Noomi Rapace regresará a finales de agosto a la ciudad. Su hijo tiene que volver al colegio. Algunos afortunados podrán verla y hasta hablar con ella.

Dicen que Noomi es sencilla y encantadora.