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6.9.10

Delator de realidades

Con Blanco nocturno Ricardo Piglia vuelve a la novela, tras el éxito de Plata quemada hace 13 años. Reconocido como uno de los escritores latinoamericanos más importantes, el autor argentino ha creado un libro que arranca como una historia policiaca y deriva en la narración de una vida familiar en los años setenta donde entra en juego la ficción literaria y la realidad


El escritor Ricardo Piglia.foto: DANIEL MORDZINSKI.fuente: elpais.com


La vida como escritor de Ricardo Piglia comenzó en un momento más o menos preciso: en alguno de todos los días -o en cada uno de todos los días- que transcurrieron entre el mes de febrero y el jueves 3 de marzo de 1957. El error de paralaje puede corregirse pero en todo caso la huella primigenia de ese comienzo son unas líneas de su diario personal cuya primera entrada dice así: "3 de marzo de 1957 (Nos vamos pasado mañana.) Decidí no despedirme de nadie. Despedirse de la gente me parece ridículo. Se saluda al que llega, al que uno encuentra, no al que se deja de ver. Gané al billar, hice dos tacadas de nueve. Nunca había jugado tan bien. Tenía el corazón helado y el taco golpeaba con absoluta precisión (...) Después fuimos a la pileta y nos quedamos hasta tardísimo. Me zambullí del trampolín alto. Desde tan arriba las luces de la cancha de paleta flotaban en el agua. Todo lo que hago me parece que lo hago por última vez".

La vida como escritor de Ricardo Piglia comenzó -sin que él lo supiera- en el verano austral de ese año en que tuvo 16, cuando su padre, Pedro Piglia, médico, peronista, perseguido y encarcelado en tiempos de antiperonismo furibundo en la Argentina, decidió que era más seguro abandonar la casa donde habían vivido siempre en Adrogué, un suburbio de la ciudad de Buenos Aires, y mudarse a un sitio donde pudieran inventarse un pasado u omitir, al menos, las partes difíciles. En esos años los kilómetros establecían también una distancia temporal, y los cuatrocientos que separaban a Buenos Aires de una ciudad de la costa atlántica llamada Mar del Plata parecían suficientes. De modo que en menos de un mes los integrantes de la familia Piglia -Pedro Piglia, Aída Renzi y sus dos hijos, Ricardo Emilio y Carlos- desmantelaron todo para empezar la vida en otra parte. El efecto colateral para uno de todos esos integrantes fue tan bueno como devastador: Ricardo, ese chico que apenas si cumplía con el colegio porque prefería frecuentar billares, bailes y partidos de fútbol, se quedó, de un día para otro, sin amigos, sin barrio, sin primos: sin mundo. Así, en una de las tardes de ese tiempo de yeso, en alguna de las habitaciones de la casa ya vacía, empezó a escribir, como defensa y como ataque, un diario -"3 de marzo de 1957: (Nos vamos pasado mañana.)"- y ese no fue el comienzo pero sí la huella primigenia de su vida como escritor.

Años más tarde, a fines de los sesenta, Ricardo Piglia viajó a Turín, la ciudad donde se suicidó Cesare Pavese, y descubrió que, después de anotar aquella línea final en su diario ("Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más"), Pavese había permanecido vivo una semana más. "El Diario terminaba ahí -escribiría Piglia en su cuento 'Un pez en el hielo' incluido en La invasión (Anagrama, 2006)-. Todo estaba decidido. Y sin embargo Pavese pasó una semana antes de matarse (...) Vivió todavía ocho días más, aunque para sí mismo ya era un muerto. El condenado. El muerto vivo. Cuánto tiempo puede sobrevivir, inmóvil, el pez en el hielo. Los ojos atentos a la blancura transparente; la inmovilidad total". Piglia es, hoy, uno de los escritores más prestigiosos de Latinoamérica, profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Princeton, autor de tres libros de relatos, cinco de ensayos, una nouvelle y tres novelas, sin contar la esperadísima Blanco nocturno, que Anagrama publica en España, Chile, México y Argentina. Y todo eso es producto de muchas cosas -de las lecturas, de los amigos, de los bares, del cine, de las mujeres y hasta de sus gafas redondas y sus sacos de lana y su manera de achicar los ojos y adelantar el mentón o acercarlo al pecho cuando habla-, pero es también -¿quizás, seguramente?- producto de la espera fúnebre de aquellas semanas de 1957 en las que contempló todo desde la cáscara helada de su destino inevitable, cuando fue el pez en el hielo, haciendo las cosas como si las hiciera por última vez.

-Compré uvas. Están ricas. Servite.

El departamento no es la casa sino el estudio de Ricardo Piglia, un piso diez en Barrio Norte. Hay, sobre una mesa de madera, un plato de vidrio, vasos con agua, uvas. Son las dos y cuarto de la tarde. Piglia está sentado, de espaldas a una ventana detrás de la que crece un edificio que, probablemente, le quitará a esta sala algo de luz, o de privacidad, o de ambas cosas. Promedia, en Buenos Aires, el mes de agosto.

-Yo tengo una sensación muy fuerte de esos días, desde el momento en que tenemos la noticia de que nos vamos. El desarraigo fue terrible. Lo viví mal. Era muy fúnebre la situación.

El 5 de marzo de 1957 Ricardo Piglia, 16 años, trepó al camión de la mudanza e hizo el viaje hasta Mar del Plata sentado en un canasto de mimbre. "Viví ese viaje", escribiría, años después, en Prisión perpetua (Anagrama, 2007), "como un destierro (

...) no podía concebir que se pudiera vivir en otro lado y de hecho después no me ha importado nunca el lugar donde he vivido".

-Pero fue muy bueno irme. En Mar del Plata empecé a escribir mis primeros cuentos. Iba a un club donde había un bar que estaba abierto toda la noche, y al que iban los periodistas, la gente de la radio, del cineclub.

El club, curiosamente, se llamaba Ambos Mundos -hay hectáreas de estudios académicos y tesis que versan sobre la idea de la dualidad en la obra de Piglia- y allí aprendió (casi) todo gracias a un gringo que, como él, no tenía pasado. Se llamaba Steve Ratliff y fue quien le habló, por primera vez, de William Faulkner, de Henry James, de Scott Fitzgerald.

-Yo ya leía, pero sin método. Había tenido una noviecita en Adrogué. El padre era de familia de anarquistas, leían mucho. Y me acuerdo de la escena. Íbamos caminando, había un muro alto, y ella me dijo: "¿Estás leyendo algo?". Y yo había visto, en la vidriera de una librería, La peste, de Camus. Y le dije: "Sí. La peste, de Camus". Y me dijo: "Prestameló". Entonces compré el libro... me da vergüenza contar esto... pero compré el libro, lo leí esa noche, lo arrugué un poco para que pareciera más usado, y se lo llevé al día siguiente. Y ahí empecé a leer.

-Empezaste a leer por las mujeres.

-Claro. Ese es el sentido. Ahora siempre estoy arrugando un libro para no prestarlo tan flamante.

Después de trabajar un verano como cartero ("Mi padre, con una especie de mecanismo peronista, pensando que el trabajo hace bien, insistió en que tenía que trabajar. Y ahí andaba yo, repartiendo cartas. Duré un mes y medio") emprendió el viaje hacia la ciudad de La Plata, a sesenta kilómetros de la capital argentina, no para transformarse en escritor sino para estudiar historia. Terminó la carrera en cinco años y, durante todo ese tiempo, publicó ensayos y cuentos en revistas. En 1965 se mudó a Buenos Aires, donde un editor colosal de entonces, Jorge Álvarez, le ofreció trabajo como director de una colección de libros, clásicos y policiales.

-Editaba, escribía. Me las arreglaba. Cada tanto tenía que ir al banco de empeño. Llevaba una máquina de fotos y después conseguía la plata para rescatarla. Pero era una época en que había posibilidad de publicar. Nos reuníamos en los bares. Éramos los melancólicos floggers de la época, que iban ahí a hablar de Faulkner. Y de chicas.

En 1967 publicó su primer libro, La invasión, diez cuentos con temas, escenarios y personajes que atravesarían, después, toda su obra: la ficción histórica, el peronismo, el periodismo, el amor homosexual entre hombres bravos, las mujeres lesivas y, claro, la traición, presente -con diversos grados de toxicidad- en relatos como La honda, Mata-Hari 55, Las actas del juicio, Mi amigo.

-Lo que me atrae narrativamente de eso es la nueva luz que tira el momento de la traición. Vos estás viendo las cosas del color tal, y de pronto cambia y se convierte en otra cosa. La traición produce ese momento que es como un flash, sobre quiénes son los buenos, quiénes son aquellos en quienes se podía confiar.

En el relato que da título al libro aparece, por primera vez, Emilio Renzi, periodista y aspirante a escritor que funciona como su álter ego y que aparecerá en muchos relatos y en casi todas sus novelas. En 1975 publicó un libro de cuentos, Nombre falso. Un año más tarde comenzó en la Argentina la dictadura militar que terminaría en 1982 y Piglia escribió Respiración artificial, una novela que lo cambiaría todo.

En los ensayos de El último lector (Anagrama, 2005), Piglia reproduce una carta de Kafka: "Con frecuencia he pensado que la mejor forma de vida para mí consistiría en encerrarme en lo más hondo de una vasta cueva con una lámpara y todo lo necesario para escribir. Me traerían la comida y me la dejarían siempre lejos de donde yo estuviera instalado, detrás de la puerta más exterior de la cueva. Ir a buscarla, en camisón, a través de todas las bóvedas, sería mi único paseo". Piglia se refiere a ese pasaje como "la más extraordinaria descripción que se pueda imaginar de las condiciones de una escritura perfecta".

-Respiración artificial la escribí aislado, en un departamento que daba sobre el Congreso. Los militares habían inventado un comité asesor, no sé qué. Ahí estaban, esos canallas. Y mi ventana daba justo ahí.

En la novela, que se publicó en 1980, Emilio Renzi investiga la historia de Enrique Ossorio -espía, secretario privado de Juan Manuel de Rosas- y para eso debe dar primero con la historia de su propio tío, Marcelo Maggi. El libro produjo un efecto inmediato. Todos vieron subterráneas alusiones a la dictadura, que se multiplicaron en el espíritu de los lectores asfixiados de la época, y Piglia devino un autor fundamental.

-El libro sintonizó con algo. De una manera completamente ajena, porque yo no tenía ninguna intención de decir: "Voy a escribir un libro sobre la dictadura". Yo, en realidad, quería escribir la historia de un tío mío.

En 1986 publicó los ensayos de Crítica y ficción. En 1988, la nouvelle Prisión perpetua. En 1992, la novela La ciudad ausente. En 1993, los ensayos de La Argentina en pedazos. En 1995, los relatos de Cuentos morales. En 1997, la novela Plata quemada, en medio de cierto escándalo (fue ganadora del Premio Planeta-Argentina, pero uno de los finalistas inició un juicio cuyo fallo sentenció que Piglia, "o más específicamente su obra, no debió postularse para la obtención del premio", pues "se encontraba vinculado contractualmente con la editora"). Le siguieron los ensayos de Formas breves en 1999, Diccionario de la novela de Macedonio Fernández, en 2000, y El último lector en 2005. De modo que, desde Plata quemada, Piglia no había vuelto a publicar una novela. Hasta ahora.

Blanco nocturno fue mencionada por Piglia a lo largo de la última década en diversas entrevistas en las que, además de coquetear con la idea de dar a conocer el Diario que comenzó a escribir aquella tarde de 1957 y que no ha abandonado desde entonces, hacía referencia a esa novela que, decía a veces, transcurría en 1982, el año de la guerra de Malvinas o, decía otras, contaba la historia de Emilio Renzi que, sumido en una crisis y encerrado en una casa de Adrogué, releía sus diarios mientras iniciaba una relación con su vecina. Pero Blanco nocturno no es nada de todo eso sino la historia de un hombre y su familia, y no transcurre en 1982 sino en 1972, y su escenario no es el confín gélido del mundo sino un pueblo de la llanura bonaerense con madrugadas luminosas y tardes serenas: "La última luz de la tarde de marzo entraba cortada por las rejas de la ventana y afuera el campo tendido se disolvía, como si fuera de agua, en el atardecer".

-Nunca fue una novela sobre la guerra de Malvinas.

-Sí, no, mirá, mi idea era que la novela sucediera durante la guerra, pero que la guerra no tuviera peso. Y eso lo modifiqué, también. No me lleva tanto tiempo escribir las novelas. Si cuento todo el tiempo serán dos años. Pero la anécdota va cambiando mucho. Y yo, en realidad, quería escribir la historia de mi primo.

Blanco nocturno comienza con Tony Durán, un mulato nacido en Puerto Rico, que llega al pueblo tras los pasos de las gemelas Sofía y Ada Belladona a quienes ha conocido en un viaje por Estados Unidos. Durán se hospeda en un hotel, entabla una relación ambigua con otro extranjero, el japonés Yoshio, y desde entonces vive apenas tres meses y cuatro días más, porque lo matan. Entonces entran en escena el comisario Croce -con más intuición que método, en las antípodas de los detectives racionales del género policial- y Emilio Renzi, que llega como enviado del diario El Mundo para informar sobre el caso y queda prendado de una de las gemelas, Sofía, que, además de contarle la historia del pueblo en largas conversaciones envueltas en un clima muy Gatsby, lo pone al tanto de la historia disfuncional de su familia y de la de su hermano Luca, el personaje en torno al cual gira la novela, un hombre dispuesto a todo con tal de no perder la fábrica de autos que es su obsesión y su vida, y que termina conectado, de manera terrible, con la muerte de Durán.

-En realidad, Luca es mi primo. Él tenía una fábrica, y tuvo una crisis porque las cosas iban mal y su hermano pensó que lo mejor era tener una sociedad anónima. Un día Luca se encontró la fábrica en manos de desconocidos, y le dio una especie de ataque. Empezó a escribir sus sueños en las paredes de la fábrica. Encontró un libro de Jung, como en la novela, y ese libro le dio contenido a su delirio, que consistía en que él podía percibir lo que estaba por pasar si era capaz de leer sus sueños. Yo lo quería muchísimo. Murió hace dos años. Poco antes fui a verlo, hicimos un vídeo, fotos. En un momento pensé que iba a poner esas fotos en la novela, pero decidí que no. Yo quería contar esa historia, pero no como una historia familiar. Quería un tono más épico. Entonces aparecieron el portorriqueño, el crimen, las gemelas.

El portorriqueño, el crimen y las gemelas se entrelazan con la historia de Luca, atrincherado en su fábrica, y la novela, bañada de luces -la luz ambarina que tiñe los encuentros entre Sofía y Renzi; la luz amenazante y cegadora de la fábrica; la luz fantasmal que baña las conversaciones entre Renzi y Croce cuando el comisario pasa una temporada en el manicomio-, se entrelaza, a su vez, con las 42 notas al pie (que incluyen chistes malos -como la número 40, que reproduce un chiste clásico entre dos gauchos-, aclaraciones arbitrarias -como la número 38, que segura que cada vez que Sofía se tendía al sol las gallinas trataban de picotearle las pecas- y la única referencia a la guerra de Malvinas en sus casi 300 páginas) que arman un relato paralelo, autónomo.

-Lo que hice fue ir escribiéndolas aparte. Después elegí algunas arbitrariamente, jugando con la nota al pie como un relato que tiene cierta autonomía.

Pero, dice Piglia, la novela no es una novela policial -aunque tiene un comisario-, ni una novela familiar -aunque tiene una familia-, ni una novela campestre -aunque transcurre en el campo-. En la página 142, en la exacta mitad, el comisario Croce le dice a Renzi que le interesa mostrar que las cosas que parecen lo mismo son, en realidad, diferentes. Y, para eso, dibuja un pato que, si se mira de otra forma, es un conejo. Allí está, según Piglia, el núcleo de todo.

-El pato no lo dibujé yo. Lo hizo el primo de mi mujer que es pintor. Ese es el nudo de la novela. Hay un elemento endogámico en un pueblo, de expulsión de cualquier forastero que no tenga similitud con el universo en que se mueve. Me interesó eso, el juego de parecerse a algo. Qué es ser parecido. Qué quiere decir. Eso, y las falsas percepciones.

Las gemelas parecidas; los inocentes falsos; la luz de la traición que lo transforma todo; el apellido Belladona que refiere, entre otras cosas (¿a una conocida actriz porno, extrema?), a una planta de mitología inquietante que produce, en realidad, midriasis, una dilatación de las pupilas que genera un cambio en las percepciones de la luz.

-Pequeñas distorsiones en la percepción. Eso era el nudo secreto de la novela.

En una de las habitaciones de este apartamento hay cajas y, en las cajas, cuadernos de la marca Congreso con tapas de hule negro, los únicos que Piglia usa para escribir el Diario que empezó aquella tarde de marzo de 1957 y en el que ha volcado, desde entonces, 53 años de escritura permanente. Excepto por algunos fragmentos reproducidos en Prisión perpetua, y por un destello publicado en el número 10 de la revista Dossier que edita la Universidad Diego Portales, de Chile, no se conoce nada del contenido de esta obra de más de medio siglo.

-Yo creo que lo voy a publicar. No dejarlo como libro póstumo, ¿no? En un momento pensé que sería bueno publicarlo bajo la forma de series. La serie de los encuentros en los bares, la serie de las cenas con amigos.

En el Diario, la escritura manuscrita alterna palabras bien dibujadas con otras un tanto rotas. Piglia usa tinta azul, o al menos la usó a veces. Entre las páginas amarillas guarda -¿guardaba?- papeles con anotaciones: cuentas, garabatos, listas de tareas pendientes de las que empiezan con frases como ir a tal parte o comprar tal cosa. Los cuadernos de tapas de hule negro marca Congreso se consiguen en una sola librería de Buenos Aires, en el barrio de La Boca.

-¿Y cuando se terminen los cuadernos en esa librería?

-Imaginate. Cuando se terminen no escribo más. Pero no el diario: nada más. Sería buenísimo, ¿no? Se terminan los cuadernos y se termina todo.

Acontecimientos e ideas

3.9.10

Marc Augé: "El mundo digital construye la ilusión de conocer todas las respuestas"

El antropólogo francés dio una conferencia sobre identidades virtuales y literatura, en el Malba, en la apertura del Festival de Literatura de Buenos Aires

El antropólogo francés, Marc Augé.foto.fuente: Revista Ñ

Que las dos ediciones del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires hayan sido inauguradas por dos figuras ajenas al ámbito estrictamente literario es por los menos extraño. Y ya casi una tradición.

En 2008 fue el turno del filósofo italiano Gianni Vattimo. Ayer le tocó al antropólogo francés Marc Augé. Con él, en un colmadísimo auditorio del Malba, se puso en marcha el Filba 2010.

El festival ideado por Pablo Braun y Soledad Costantini tendrá esta vez un total de siete sedes en las que, hasta el domingo, habrá conferencias. Y performances como la anterior a la intervención de Augé, del cuentacuentos colombiano Nicolás Buenaventura.

El autor de El viajero subterráneo. Un etnólogo en el metro se refirió a la evolución de la antinomia entre los conceptos de "lugar" y "no lugar", que acuñó y le dio fama. Con la segunda categoría, Augé se refería a los espacios dominados por una naturaleza transitoria, como un aeropuerto o un supermercado; en oposición a los "lugares", donde siempre es posible leer mejor "las inscripciones sociales". "En la actualidad un supermecado es un lugar de encuentro para jóvenes de la periferia parisina", contrapuso.

Sin embargo, para este etnólogo de la Escuela de Estudios en Ciencias Sociales de París, Internet y el horizonte virtual de las comunicaciones son los motores que revolucionan las relaciones humanas
."La ficción y la imagen reorientan nuestra relación con la historia y la actualidad", sentenció Augé, siempre con cierto tono apocalíptico y su castellano gutural. Para él, las comunidades virtuales son en primer lugar agrupaciones de usuarios y, por ende, agrupaciones de consumidores, una figura dominante en el mundo de la antropología actual.

"La aparición de la identidad digital plantea varios problemas, porque puede ser utilizada para actividades lúdicas, públicas o laborales. Se pueden usar nuevos nombres y cambiarlos. Son nuevas máscaras", señaló. Con estas identidades el sujeto pasa del otro lado del espejo y asume el riesgo de convertirse en un actor de teatro improvisando todo el tiempo una identidad prestada: "Una forma de esquizofrenia de la que no es fácil desembarazarse. El mundo cibernético no se plantea nuevos temas, pero construye la ilusión de conocer todas las respuestas ", sentenció. Para Augé en ese pasaje al otro lado del espejo el sujeto necesita convertirse en su propia imagen. Todo eso en un contexto en el que, según el teórico, el mundo corre el riesgo de convertirse en una oligarquía planetaria. "Garantizar la libertad de los individuos sin condenarlos al anonimato es la función más alta de la democracia", concluyó Augé cuando promediaba los tres cuartas partes de su exposición.

En ese momento se permitió una pregunta que involucró más directamente a la literatura.

"¿Cuál es el lugar del escritor?", interrogó a una sala plagada con varios de los autores que participarán del festival . El escritor, como el usuario de Internet, también tiene un problema de identidad y quiere saber quién es. "Dos milenios de monoteísmo y un siglo de psicoanálisis nos convencieron de que el sentido proviene del pasado.

El escritor escribe por la intención y la necesidad de ser leído, para establecer una relación y comprometer el futuro, busca a otros y regresa a sí mismo para explicarse . La literatura responde al llamado del futuro del porvenir, no al llamado del pasado", señaló.

El autor de Travesía por los jardines de Luxemburgo advirtió que para entender algo sobre el misterio de la creación literaria es necesario quitarse los anteojos freudianos o marxistas que miran al pasado en vez de al futuro y a los lectores. "El autor es un doble que quiere establecer relaciones para existir. La relación identidad-alteridad necesita siempre del futuro", dijo antes de que una multitud de dobles, autores y lectores, lo aplaudiera con ganas.

Augé Básico
Poitiers, Francia, 1935.
Antropólogo.

Es director de la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París. Entre sus libros: Los no lugares: espacios del anonimato (1993), Hacia una antropología de los mundos contemporáneos (1995), Ficciones de fin de siglo (2001), Diario de guerra: El mundo después del 11 de septiembre (2002), ¿Por qué vivimos? Por una antropología de los fines (2004).
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26.8.10

Aparente levedad

Los grandes maestros, tanto en literatura como en pintura o en cualquier otro campo artístico, también hacen su daño, no vayan ustedes a creer

Descanso de Sergeyet Alexey Tkachev.foto:archivo:fuente:elpais.com

En cierto sentido, un daño mayor incluso que el que puedan infligirnos los malos autores. No se lo hacen a sus parroquianos ni a los seguidores con talento, claro está, pero sí a la morralla de los que pretenden imitarles a pies juntillas, sin retranca suficiente para razonar por su cuenta o, simplemente, pasarlo todo a través del imprescindible tamiz de la sinceridad.

Se cumplen ahora ciento cincuenta años de la muerte de Chéjov, quien renovó, como todos sabemos, el arte del relato, y volveremos a leer una y mil veces, ya lo verán, que éste ha de ser por fuerza corto, intangible, acuarelado y, en particular, desprendido de cualquier tentación argumental.

El argumento supone, junto al costumbrismo, algo así como la bicha negra para los partidarios a ultranza del ruso -no para el autor de La cerilla sueca o La dama del perrito, que conste-: un peligro situado al borde de lo aceptable, con grave riesgo de caer en la pura grosería creativa.

Olvidan los tales que, desde que el mundo es mundo, los cuentos han implicado una sucesión de incidentes más o menos maravillosos, ejemplares, dramáticos, divertidos o aterradores. Si alguien abría la boca era, en principio, para dejarnos atónitos con su relato. El hecho de que a finales del XIX un médico tuberculoso irrumpiera en la escena literaria con historias que, con frecuencia, contradecían tales prácticas no ha de llevarnos necesariamente a la conclusión de que hoy en día no quepa volver a contar peripecias inesperadas o aventuras del otro jueves.

Hace muy poco, un libro repasaba los relatos incluidos en las novelas más célebres de nuestro Siglo de Oro, con Cervantes a la cabeza. ¿Debemos considerar que El curioso impertinente es un trabajo superado, obsoleto o, siguiendo la jerga establecida, "autoralmente" incorrecto?

Es cierto que los hermanos listos de Chéjov -Mansfield, Woolf, Cheever, Carver, y hasta, en cierta medida, el propio Joyce o Salinger- se apoyaron en las recetas del célebre galeno para volar luego por su cuenta y riesgo. Pero, con ser mucho el peso de tanto nombre ilustre, no basta para seguir a ciegas las prácticas del maestro. En particular si pensamos que, bien mirado, su aparente levedad no se apoya principalmente, según proponía él, en un proceso incansable de lima y depuración -menos es más, etcétera-, sino también, y sobre todo, en centrar el relato en la situación en que se encuentran los personajes más que en las consecuencias a que ésta pueda dar lugar con su desarrollo.

Frente a cuanto podamos pensar, las circunstancias suelen resultar bastante más amplias, espesas y aun barrocas. La situación engloba un puñado de salidas de las cuales el autor sólo utilizará dos o tres a todo tirar. Mantener abierta la puerta para que el lector escoja, o aventure a su antojo en qué han de acabar la nostalgia, el miedo, los recuerdos turbadores o el estado anímico de un hombre o de una mujer, no presuponen un proceso de destilación sino todo lo contrario: el despliegue de un rico muestrario donde el lector sea libre de elegir a pleno gusto. Conozcamos los anhelos secretos o inciertos de alguien, y lo demás se nos dará por añadidura.

Con todos los respetos para el genio al que con entera justicia homenajeamos ahora, su postura literaria no era tan leve ni sencilla. De lo contrario, Stendhal y su epígono Baroja, campeones de la acción por la acción, quedarían ante nuestros ojos como escritores atropellados. Y no estamos por la labor.

Por otra parte, tampoco hay que darle más vueltas al asunto. El propio Chéjov confesaría a su colega Scheglow: "En los cuentos cortos es mejor decir menos que contar mucho porque

... porque... ¡no sé por qué!" (en carta fechada en Moscú el 22 de enero de 1888).

José Luis Borau (Zaragoza, 1929) es director de cine, guionista y autor del libro Palabra de cine (Península). Su último libro de relatos es Cuentos de Culver City (Pre-Textos).

La historia trágica de un escritor cómico

Uno de los cuentistas de humor más imaginativos y geniales de la literatura inglesa murió hace cien años víctima del whisky

William Sydney Porter, más conocido como O Henry.foto.fuente:revistacredencial.com

Secuestros, amenazas, robos, crímenes, duelos, estafas... Antes de naufragar en whisky y morir a los 47 años, William Sydney Porter, más conocido como O Henry, descubrió que era posible divertirse con cuentos inspirados en algunos de los más oscuros instintos humanos. Otros lo habían hecho antes que él, por supuesto, pero con la intención de estremecer o moralizar, rara vez con la de despertar carcajadas.

O Henry había nacido en 1862 -el 11 de septiembre, para más trágica coincidencia- en el estado de Carolina del Norte y se lo llevó en junio de 1910 una cirrosis hepática copiosamente alimentada desde tiempo atrás. Cuando murió en Nueva York, tras una vida llena de malos momentos, llevaba en el bolsillo veintitrés centavos de dólar. Huérfano de madre desde los tres años, heredó a medias la vocación médica de su padre. Digo a medias porque, a pesar de haber sido un alumno juicioso, un tío suyo lo indujo a ser farmaceuta y trabajar en su droguería.

Al cabo de un tiempo, sin embargo, le dio por aventurar y se hizo pastor en un rancho de ovejas texano. En la hacienda convivió con inmigrantes chicanos, aprendió a defenderse en español y descubrió el alcohol, cuyo consumo lo acompañó hasta el último día de su vida. Llamado por un amigo, se trasladó a Austin, donde se transformó en burócrata de la Oficina de Registro de Bienes. No le iba mal. Tenía un buen salario, en sus ratos libres tocaba mandolina en una orquesta y se enamoró de una jovencita rica, pero que padecía principios de tuberculosis. Cuando los padres se opusieron al matrimonio, se marcharon a vivir juntos, como cualquier pareja del siglo XXI.

Pero, cosas de la mala pata, sus amigos políticos perdieron las elecciones y con ellos se fue el cargo que ocupaba. Para peor, su primer hijo murió a los pocos meses y agregó otra nota trágica a un hombre que, a pesar de todo, siempre supo sonreír y extraer sonrisas.

El primer Rolling Stone

En 1894 -mucho antes de que existieran el rock, Mick Jagger, los Rolling Stones y la revista de ese nombre que hoy conocemos- funda un semanario de humor así titulado. Fracasa, por supuesto, como corresponde a casi todas las publicaciones satíricas. Sin embargo, un editor inteligente del Houston Post entiende que detrás de ese malhadado periodista hay un excelente escritor cómico y le encarga una columna diaria que goza de éxito inmediato.

Un poco antes de ello, O Henry había saltado de la burocracia oficial a la particular, cuando le ofrecieron ser contabilista de un importante banco y aceptó. Ojalá no lo hubiera hecho, porque el prometedor empleo se convirtió en fuente de nuevos problemas. Al cabo de unos meses, el banco lo acusó de haber desviado dineros a su propio bolsillo. Porter alegó su inocencia pero, por precaución, decidió retirarse discreta y velozmente hacia el exterior.

El 7 de julio de 1986 huye hacia Honduras y vive un tiempo escondido en un casposo hotel de Trujillo, como si eso fuera mejor que una buena celda en una prisión gringa. Allí, en la caliente, histórica y pequeña ciudad costera hondureña, Porter pule aún más su español y empieza a escribir cuentos. En uno de ellos utiliza por primera vez una expresión que se ha empleado innumerables veces en varios idiomas, pero por la cual ha recibido poco crédito: "banana republic".

Su estancia de siete meses en Centro América se manifestará después en varios cuentos donde Anchuria es un país imaginario que corresponde a Honduras y Coralio una ciudad que se parece mucho a Trujillo.

El plan era llevar la familia a Honduras, pero Athol, su esposa, enferma gravemente. Obligado a regresar para atenderla, William Sydney Porter se entrega a las autoridades poco antes de que fallezca la mujer. El juez considera que el joven viudo es culpable de desfalco y lo condena a cinco años de cárcel en la penitenciaría de Columbus, Ohio.

Es allí donde Porter recupera el seudónimo O Henry, con el que había firmado unos pocos textos cuando vivía en Austin.

¿Y esa O? ¿Y ese Henry?

¿Por qué O Henry, sin punto después de la O y sin más pistas que una inicial sobre el posible primer nombre? No está claro. Algunos dicen que lo tomó del gato de la familia y otros que lo inspiró un farmaceuta francés; no falta quien lo arma a partir de un complicadísimo juego de palabras donde aparecen el estado de Ohio y el vocablo penitenciary. El propio Porter, que era un mamagallista irreprimible, daba una versión diferente cada vez que le preguntaban por la razón de ser de su seudónimo.

Poco importa. El caso es que Austin, la ciudad que lo condena, es la que hoy conserva su memoria. La Universidad de Texas administra la Casa O Henry, un pequeño museo levantado en el lugar donde funcionó el tribunal que lo mandó a prisión. También se rinde homenaje a O Henry desde 1919 en el premio de cuento que lleva su nombre, uno de los más importantes de Estados Unidos. Entre sus ganadores figuran William Faulkner, Dorothy Parker, John Updike, Truman Capote, Saul Bellow, John Cheever, Katherine Ann Porter, Stephen King y Woody Allen.

Seamos sinceros: la vida que llevaba O Henry en la cárcel no era mala, sobre todo para un profesional de la desventura, como él. De cualquier manera, resultaba mejor que la del hotel de Trujillo. En vez de mazmorra compartida, le asignaron un cuarto cerca de la enfermería, donde trabajaba gracias a sus conocimientos de farmacia. Le sobraba tiempo para escribir y no tenía whisky a su alcance. A través de un amigo enviaba sus cuentos, de modo que las publicaciones ignoraban que se trataba de un preso. Un preso light, pero un preso. Su primer éxito fue un relato navideño que apareció en la entonces famosa McClure's Magazine en diciembre de 1899.

Un año y medio después, las autoridades, desgraciadamente, le otorgaron la libertad condicional en atención a su buena conducta y ahora sí O Henry pudo dedicarse sin cortapisas a escribir... y a beber.

En 1902, ya famoso y contratado por la revista New York World Sunday, se trasladó a Nueva York. Así como había escrito piezas deliciosas sobre la vida en la frontera y las praderas sureñas, se especializó entonces en escenas y personajes de ambiente neoyorquino. Sus historias de ficción, siempre inspiradas en la realidad, son complemento indispensable de las crónicas urbanas que han escrito después autores como Gay Talase o Joseph Mitchell.

En la Gran Manzana escribió 381 de los 600 cuentos que componen su obra narrativa y se convirtió en ídolo de la ciudad y de los lectores en lengua inglesa, que lo siguen considerando uno de los mejores cuentistas de todos los tiempos. Sus recopilaciones en forma de libro empezaron a publicarse en 1906 con éxito instantáneo, y siguieron saliendo en forma póstuma.

Pero su mala estrella no lo abandonaba. En 1907 se casó de nuevo y en 1909 lo dejó la segunda mujer, desesperada por su alcoholismo. Ya le quedaba poco tiempo de vida. El deterioro irreparable del tejido hepático, complicado con diabetes y cardiomegalia (corazón excesivamente grande), causó la muerte de O Henry el 23 de junio de 1910. Nada más peligroso que una cirrosis toreada...

Historias de maleantes

O Henry construyó una fascinante obra narrativa mediante el recurso de retorcer situaciones terribles hasta convertirlas en cómicas, como quizás le habría gustado que ocurriese en su amarga vida.

Así empieza, por ejemplo, El rescate del Cacique Rojo, uno de sus más famosos cuentos:

«La idea no parecía mala; pero espérese hasta que le cuente. Bill Driscoll y yo nos hallábamos en el sur profundo, en Alabama, cuando nos vino como un rayo la idea del secuestro. Como después explicó Bill, fue un momento de 'rapto mental temporal', pero eso sólo lo supimos más tarde».

Lo que sigue es la desopilante historia de los dos secuestradores que se encartan con un niño insoportable de diez años cuya pasión es jugar a indios y vaqueros, origen de su apodo de Cacique Rojo. Poco a poco los secuestradores se dan cuenta de que ellos son las víctimas del guámbito y no saben cómo hacer para que la familia lo reciba de nuevo.

Aún más delirante, más larga y más divertida es Rehenes de Momo, una de las más alocadas narraciones del Oeste norteamericano que se hayan escrito jamás. Allí abundan los elementos del género western, pero en función de las aventuras de dos maleantes inolvidables, uno de los cuales (juzguen por eso) se llama Caligula Polk.

Los bandidos de O Henry no suelen ser gente perversa, sino personas infortunadas, como él, que en un momento dado deciden sacudir su suerte haciendo caso omiso de la ley. Eso sí, procuran compensar su resbalón manteniendo una compostura digna de caballeros (o lo que ellos creen que es la compostura digna de los caballeros) y un lenguaje remilgado, rebuscado y de cursi elegancia que es una verdadera joya.

En Telémaco, amigo, dos viejos camaradas, Hicks y Paisley, que parecen clonados de la picaresca española, se enamoran de la misma viuda en una vereda perdida de Nuevo México. Para que la pasión no los fuerce a traicionar su amistad, acuerdan que ninguno de ellos hará avances a la señora mientras el otro se halla ausente. Son diálogos "exquisitos" entre gente vulgar, que producen risa y conmiseración.

- Oh, señor Hicks -[dice la dama en cierto momento en que está a solas con uno de los pretendientes]¿, cuando una se considera íngrima en el mundo, ¿no cree usted que hay razones para sentirse aún más agraviada en su soledad en una noche tan bella como esta?
Ante lo cual Hicks se pone en pie y se aparta del tentador rincón diciendo:
"- Perdóneme, señora, pero tendré que esperar a que Paisley venga antes de ofrecer respuesta audible a una pregunta tan importante como esa."

Otro cuento de bandidos (Asaltando un tren) ofrece las claves para robar un convoy férreo. El ladrón aconseja con adorable educación:

«La mayoría de la gente diría, si se le preguntara su opinión, que asaltar un tren es un trabajo muy duro. Bueno, pues no es así; es fácil. Yo he contribuido en alguna medida al desasosiego de los ferrocarriles y el insomnio de los trenes expresos y creo que el problema más grave que se me presentó después de un asalto fue el me hubieran timado gentes inescrupulosas a la hora de gastar el dinero del botín».

Cisco Kid, aquel célebre vaquero de cómics y películas, fue invento suyo. Aparece en 1907 en un cuento titulado, con obsesión recurrente, A la manera de un caballero (aunque ha sido traducido como La venganza de Cisco Kid).

Para que vean qué clase de caballero era este, empieza así:

«El Cisco Kid había dado de baja a seis hombres en riñas más o menos limpias, había asesinado al doble, en su mayoría mexicanos, y había dejado maltrecho a un número mucho mayor que, por pura modestia, se abstuvo de contar. Por consiguiente, una mujer lo amaba».

Dónde leerlo

La imaginación de O Henry para retorcer situaciones fue muy celebrada por los lectores, pero censurada por algunos críticos. Jorge Luis Borges señaló que la trick story (el cuento con trama y resolución de esmerada sorpresa) tiene "algo de mecánico" pero que debemos a O Henry "más de una breve y patética obra maestra".

Júzguenlo ustedes mismos. Aparecen cuentos en inglés de O Henry en http://www.literaturecollection.com/a/o_henry/ y en español en http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/henry/oh.htm.

Ignoro si los relatos de O Henry, tan desconocidos en español, podrían seducir a los lectores tanto como lo hicieron conmigo. Pero sé que si el Negro Fontanarrosa hubiera nacido en Estados Unidos hace 147 años, algunas de sus historias se parecerían mucho a las del trágico y cómico William Sydney Porter.

24.8.10

La novela negra en seis pasos, según Leonardo Padura

El escritor cubano Leonardo Padura desliza su pluma por los entresijos de la novela negra desde hace 20 años

El escritor cubano Leonardo Padura, durante la entrevista en el patio de su casa en Mantilla, cerca de La Habana.foto: JOSE GOITIA.fuente:elpais.com

Su hijo literario más conocido, el investigador cubano Mario Conde, protagoniza ya seis obras y va camino de una séptima. "Es un personaje por el que la gente me pregunta como si existiera de verdad, ¿cómo va Mario Conde?, me dicen por la calle", sostiene el escritor. Padura, que ha impartido un curso sobre novela policiaca en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, nos da las que para él son las seis claves del género.

Los clichés saltan por los aires. Mujeres fatales, atmósferas hechas de humo denso y un hombre sentado en el ángulo más oscuro del local, que siempre resuelve el caso pero, indefectiblemente, pierde en lo personal. Son ingredientes afianzados en la tradición del género que Padura aconseja utilizar con una "perspectiva posmoderna". "Yo los utilizo sabiendo que son clichés. Están en mis libros, pero no como una parte fundamental, sino como un guiño al lector; son parte del juego literario".

La novela negra tiene banda sonora. Si el jazz envolvía las cuitas de Santiago Biralbo en El invierno en Lisboa de Antonio Muñoz Molina y el Bernard Gunter de Philip Kerr rumiaba sus preocupaciones a ritmo de tango en los locales más decadentes de Buenos Aires en Esa llama misteriosa, la música no es menos relevante para Padura. "La música es importantísima en la novela policiaca", asegura. En su caso, las historias transcurren en Cuba y allí, explica el autor, "la música es una presencia constante". "Mario Conde tiene una relación nostálgica con la música de los años 60, que a Cuba llegó con retraso. En cinco de las novelas discute con su amigo el flaco sobre qué van a escuchar en un momento determinado, Beatles o Rolling Stones, al final, eligen a la Creedence".

Una forma astuta de cometer un delito no basta. No hay que quedarse en la mera anécdota. "El escritor se puede quedar en el ingenio, en la superficie, o profundizar en la vida, la sociedad y la Historia; cualquiera de los grandes asuntos de la literatura pueden abordarse desde la novela negra, que es muy dúctil". Y recuerda que su novela Pasado perfecto trata de la nostalgia y la memoria; Vientos de cuaresma, del amor, y la marginación y el engaño se abordan en Máscaras y Paisajes de otoño.

El lector se identifica con el antihéroe. "Es clave tener un personaje que exprese un punto de vista ético, social y humano, y que tenga una mirada propia sobre un contexto determinado". Y hay que conseguir que el lector se identifique con él, incluso en los aspectos de antihéroe. "Son personajes con un sentido ético peculiar". Para Padura, su Mario Conde es un nieto del Marlowe de Raymond Chandler y un hijo del Carvalho de Manuel Vázquez Montalbán. El resultado, un personaje "de mirada crítica e ironía desencantada".

Romper las estructuras. El autor invita a jugar al despiste con el lector. "Hay que conocer las reglas del juego, hacer un ejercicio racional y romperlas. En casi todos los casos se cuenta la historia según el esquema del principio, desarrollo, clima y desenlace; pero a veces conviene violar esas estructuras". Como ejemplo recurre a su novela La neblina del ayer: "el crimen se comete a la mitad de la historia".

Huir de lo maniqueo. Ningún lugar físico ni ningún espacio moral está libre de albergar el delito. "Hay que mover las líneas entre buenos y malos", explica el autor, que habla de policías corruptos, y recorre en sus tramas desde los barrios marginales hasta los de clase alta. "Trato la degradación de ciertas formas de pensar y actuar de un sector de la población que debería ser representante del ideal revolucionario y que, sin embargo, se aprovecha de su posición para obtener ciertos beneficios".

7.8.10

¡Escriba como los maestros!

¿SE PUEDE ENSEÑAR A ESCRIBIR?



Por: Julio César Londoño

POR supuesto que sí, aunque los escritores se empeñen en hacernos creer que lo suyo es un don divino, una cualidad marciana, un misterio impenetrable, como la inteligencia, el mesmerismo o la telepatía. Cuando se los interroga, responden con gravedad: "Nadie entiende los arcanos de la escritura, y si alguien los entendiera no podrá enseñarlos, y si alguien lograra enseñarlos no será comprendido".

Tampoco digo que sea una tarea fácil. No hay fórmulas que garanticen la calidad de un ensayo, digamos, pero sí podemos enseñarle al alumno la poética del género, darle una bibliografía básica, ponerlo en guardia contra los errores más comunes y, sobre todo, vacunarlo contra cuatro enemigos letales: el patetismo, el proselitismo, la vanidad y la ternura.

Con estas ideas en mente, he diseñado un taller de escritura creativa compuesto por las siguientes asignaturas:

Gramática básica: estudio de la naturaleza de las palabras, vistas de manera aislada (morfología), y la manera de enlazarlas en series lógicas (sintaxis), sin perder de vista que un idioma no es un sistema arbitrario de signos sino la manera como un pueblo siente la realidad y dialoga con su tradición.

Teoría literaria: definiciones de géneros, tropos, escuelas, tendencias y estructuras, en el lenguaje plano y elemental que las enciclopedias estilan.

La poética vuelve sobre los mismos asuntos de la teoría, pero lo hace con el lenguaje y la agudeza de los grandes maestros (v. gr. los "decálogos" de Poe, Quiroga, Bolaño, Monterroso, etc.). La teoría es una asignatura técnica mientras que la poética es una suerte de filosofía de la literatura; pero ambas, teoría y poética, son de carácter abstracto, general.

La crítica, en cambio, es concreta y particular: resulta de aplicar la teoría y la poética (+ filosofía + sociología + historia de la literatura + lo que usted guste) al análisis de una obra o un autor determinado, sin olvidar que el asunto es la literatura (no la filosofía, ni el psicoanálisis, ni la sociología) y que las conclusiones deben ponerse en lenguaje literario. O, para decirlo con las palabras de Harold Bloom: "En crítica, es válido analizar el estilo de Freud en clave de Shakespeare, pero no es válido leer a Shakespeare en clave de Freud".

En el capítulo narrativa se estudiará el cuento, esa forma sintética y esencial cuyo protagonista es el argumento, y la novela, que es un género de personajes (o como dijo Philip K. Dick: el cuento trata del crimen, la novela del criminal). También nos ocuparemos aquí de la estructura del relato: manejo del espacio y del tiempo (que puede ser lineal u oscilante), la inserción de descripciones pertinentes y la construcción de personajes con relieve, es decir, "dotados de un ADN singular", como quiere Roberto Rubiano.

El ensayo es el lenguaje del pensamiento, o "la mejor manera de sostener con gracia un punto de vista original", según Jaime Alberto Vélez, y tiene tres partes: introducción, desarrollo y cierre. Estudiaremos por qué es éste el género de más importancia social, la conveniencia de investigar mucho pero desechar luego las 9/10 partes del acopio, y la razón de que la cualidad clave de un ensayista sea su capacidad de mantener un equilibrio exacto entre el rigor y la especulación.

La última asignatura a estudiar será el periodismo literario, ese poderoso invento de Gabo, Truman Capote y Gay Talese en los años cincuenta, ese híbrido que mezcla las estructuras, la claridad, el impacto y las vastas audiencias del periodismo con el poder de seducción de la poesía.

Los interesados en tomar estos contenidos pueden obtener más información en La Fundación Casa de la Lectura de Cali: Tels.: 5581818 y 3175385416, casalectura@yahoo.com.

26.7.10

Cómo se escribe hoy una historia de amor

Nueve escritores dicen qué vale y qué no vale más para contar un romance. Ellos entregan las claves para narrar en literatura la búsqueda del principe @zul

fotos;fuente:Revista Ñ
Se ha preguntado y dicho casi todo sobre el amor.: nebulosa indefinible, el valor más noble, misterio cuasi religioso, capricho burgués, absurdo inalcanzable o absoluto hipócrita. Para bien o para mal, se lo ha pintado, se le ha cantado, se lo ha narrado de mil maneras. Algunas, antiguas, todavía conmueven. Otras, quizás más cercanas, dan risa. ¿Cuál es la forma de contar una historia de amor hoy, que la comunicación transita entre teléfonos celulares y amigos de Facebook y los sentimientos quedan impresos a la velocidad de Twitter?

Desde sus trincheras, distintas voces de escritores que se han aventurado a narrar "las contingencias amorosas modernas" –y asumir lo que, palabras de Susana Guzner representa "un poderoso y soberbio desafío"– reflexionan sobre la novela de amor en la era del blog y el nihilismo.


"Un género ñoño"
Guillermo Saccomanno –autor de Bajo Bandera y El oficinista– admite su escepticismo y, de plano, descarta el amor, que sería "Un absoluto hipócrita dentro de la sociedad capitalista", dice. Saccomanno descalifica la novela romántica, a la que define como un género "ñoño" que sirve "de consuelo para secretarias, mucamas y amas de casa desesperadas". El novelista es tajante: "¡Pero de qué amor hablamos, si es tan improbable como la existencia de Dios! Es equívoco hablar de amor en una sociedad donde los chicos se mueren de hambre".

¿Nada bueno para decir? Parece que no. Saccomanno asegura que el género amoroso ha derivado "en su lado más patético" en la literatura gay, donde lo que funciona no es amor, es melodrama, como en películas de María Félix y Bette Davis.

Una para el lado del amor: Guillermo Saccomanno, habla de El Cielo Protector de Paul Bowles, como una de las grandes novelas de amor contemporáneas. "Es paradigmática y está escrita con gran frialdad y distancia, donde la dificultad está en la esencia de los personajes, los personajes se aman pero nunca hablan de amor."


"Sin desdicha, no hay novela"
Entre los autores habrá muchas diferencias pero un acuerdo: el elemento imprescindible es el obstáculo. Al que quiera celeste, que le cueste: para que exista una historia de amor tiene que haber imposibilidad, una dificultad que construya el relato. Ana María Shua, autora de Los Amores de Laurita, afirma que la representación cambia a través del tiempo, pero el amor es el mismo y que lo que cambia es la escenografía, el telón de fondo.

"Sin desdicha, separación, pérdida, sufrimiento, no hay novela," cuenta Ana María Shua. "Por eso no recordamos Orgullo y Prejuicio, de Jane Austen, como novela de amor (termina demasiado bien), y sí en cambio Cumbres Borrascosas, de Emily Brontë."

La autora de El Libro de los Recuerdos considera que no hay novela de amor más atroz y desgarradora que Lolita, porque el amor de un hombre mayor por una niña de 12 años "está destinado al rechazo y al horror, es una historia que hubiera sido imposible contar en el siglo XIX".


"El amor es el mismo"
Para Florencia Bonelli, autora de Bodas de Odio, el amor triunfa y renace inevitablemente. "El amor es atemporal y universal pero también es muy humano y pertenece a todas las épocas. El sentimiento entre las personas es más o menos el mismo, no han habido grandes cambios", dice. "Es tan misterioso y deseado por el ser humano, que se escribe y se escribe sobre él y la gente sigue leyendo. Cualquier cosa puede pasar hoy, pero el amor es el mismo. Todo lo demás es parafernalia".

Bonelli analiza obras clásicas del siglo XIX para encontrar siempre un conflicto de amor acompañado de una problemática social que rodeaba a las autoras. Jane Austen o George Elliot y obras como María de Jorge Isaacs, o Cumbres Borrascosas de Emily Brontë, ejemplifican este esquema.

"¿A quién escandaliza un adulterio?"
Susana Guzner, autora de La insensata geometría del amor, habla de otro clásico, Madame Bovary, contrastándolo con un contexto actual, diverso y cambiante: "¿A quién puede escandalizar un adulterio sin el contrafuerte de otros "ingredientes" ficcionales que intensifiquen la magnitud de su potencia dramática?", pregunta.

Pero también constata que los grandes conflictos humanos –venganza, celos, locura, pasión-continúan vigentes y que la situación más nimia e imprevisible –un post en Facebook, una mirada fortuita, recuerdos– puede motorizar la creación de una trama amorosa. Su novela La Insensata Geometría... nació de un sueño. "Las dos primeras frases del diálogo inicial me despertaron a las 4 de la madrugada y me obligaron a precipitarme en la computadora para ser escritas,"cuenta. Las palabras que dejaron sin sueño a la escritora fueron estas:

–Pidamos pronto –dijo sin alzar la vista del menú– porque me muero de hambre.
–Sí, pidamos pronto porque me muero de amor– me oí responder (...).


"Sexo y soledad"
Al peruano SantiagoRoncagliolo, autor de Abril Rojo, le resulta complicado escribir una auténtica historia de amor y acepta su miedo –una marca de época– a caer en las redes de sentimentalismo y la cursilería. El resultado es la novela que publicará en septiembre: Tan Cerca de la Vida. Allí, combina dos géneros literarios: romance y terror. "La gente le tiene miedo al amor y a ser cursi y eso no pasaba antes. En esta sociedad individualista e independiente es más fácil tener sexo que comunicarte con alguien, por eso la única forma de contar una historia de amor es contando una historia de terror", dice entre risas. Para el escritor, los elementos vitales de novela romántica son: "mucho sexo y soledad".


Amantes del mismo sexo
"La novela de amor cayó con la diferencia social como impedimento, el adulterio como sancionable y la tuberculosis como agente exterminador de uno de los amantes. Y fue reemplazada por la novela de deseo y el deseo por el deseo carnal", dice María Moreno, autora de El affair Skeffington.
"(Michel) Houellebecq no es más que un romántico que sangra su desilusión por la herida del pornocinismo, lo mismo que las bloguistas hot: todos dejan de sublimar mirando fijo un celular que no suena."

Moreno encuentra algo de la vieja historia de amor en aquellas donde los amantes tienen el mismo sexo: Tengo miedo torero de Pedro Lemebel, El beso de la mujer araña de Manuel Puig, En breve cárcel de Sylvia Molloy y Testo Yonqui de Beatriz Preciado.

Una pista similar sigue Mariana Enriquez, autora de Los peligros de fumar en la cama: "No está vigente que la historia de amor sea exclusivamente heterosexual. Las historias de amor tienen que incorporar la diversidad y, al hacerlo, se renueva desde muchos puntos de vista (de tradición literaria, sociológicos) la tradicional novela 'de amor'. Las historias que me interesan leer se inclinan hacia la pasión perturbadora, la obsesión".


El sentido y las rubias
Pablo de Santis, autor de El enigma de París, se remite a la obra de Remy de Gourmont, Amor y Occidente, para entender toda historia de amor como "una especie de código secreto cuyo sentido original se ha perdido, y al que nuevos sentidos reemplazan."

Se trata de narrar, parece decir Leonardo Oyola, autor de Chamamé. Y narra: "Raymond Chandler, en El largo adiós hace una clasificación de rubias. La distancia con las que las mide es la de aquel que fue y vino, pero que bien supo extraviarse entre esas piernas. Nosotros, los tipos, somos bichos diferentes. Lo genital está muy presente. En cualquier sociedad, en cualquier época, en cualquier geografía, desde cualquier género se puede contar una historia de amor; de sexo, de erotismo; si el relato y los personajes lo piden."

Sexo, dolor, secreto. En Facebook o en otro lado, el amor no perece, sino aparece, quizá, escondido en 140 caracteres.

14.7.10

Donde tu vocación te lleve

Escritor y psicoanalista Carlos Chernov, autor de El amante imperfecto, sostiene que hablar de vocaciones y profesiones remite al lenguaje religioso y señala el peso que la sociedad otorga a la elección de un oficio. "Compromisos varios inclinan una decisión que debería definir el deseo", dice.

foto.fuente: Revista Ñ
Carlos Chernov
En Pieza inconclusa para piano mecánico , esa conmovedora película rusa sobre amores e ideales traicionados, hay una escena que resume la desesperación de varios de los personajes. Uno de ellos comienza a gritar: "Tengo treinta y cinco años y soy un cero, una nulidad. Lermontov a los veintisiete estaba en la tumba, Napoleón ya era general y yo no hice nada en esta maldita vida." Cuando la vi, yo también tenía treinta y cinco años y estaba atravesando una crisis vocacional que la película puso en escena y que, de algún modo, me ayudó a resolver.

De joven, estudiaba medicina y escribía poesía; después me recibí y me dediqué por completo a la psiquiatría y al psicoanálisis y abandoné la poesía. Al ver la película, terminé de entender un malestar que arrastraba desde hacía varios años. No estaba conforme con mi vida. Mi profesión me apasionaba, pero me faltaba la literatura y esta ausencia me hacía profundamente infeliz.

A lo largo de la historia, la mayoría de las personas no ha podido elegir sus trabajos. Los condicionamientos sociales han predominado absolutamente sobre las elecciones individuales. Los hijos de los campesinos se convertían en campesinos, los señores feudales les legaban sus posesiones a sus descendientes, los hijos de los artesanos se iniciaban como aprendices y se integraban a los gremios. Este orden sólo era alterado por catástrofes masivas: guerras, pestes, hambrunas o revoluciones. El hombre empieza a elegir, a no heredar su ubicación laboral en la sociedad, con el surgimiento de la burguesía como clase, con sus ideales liberales y su valoración de las profesiones universitarias.

No elegir, quedar determinado por el origen, también era lo habitual a la hora de casarse. Los casamientos se arreglaban. El amor, como causa suficiente para superar los mandatos familiares, es un invento posterior a la Revolución Francesa.

Siempre recuerdo una frase que no sé dónde leí: "Mi abuelo fue campesino, para que mi padre fuera comerciante y yo pudiera ser poeta". Una buena ilustración de la movilidad social. Si uno apenas puede sobrevivir, las elecciones vocacionales son un lujo disparatado; sin embargo, incluso para los "poetas", que por no sufrir necesidades acuciantes tienen más libertad, la elección del proyecto de vida estará jaqueada por compromisos familiares y sociales.

Los compromisos arrancan con nuestro nacimiento. Se nace en deuda: la deuda de que nos hayan dado la vida. Una deuda curiosa porque nunca pedimos el crédito, pero sin duda entendemos que es un crédito porque actuamos como si nuestra vida no fuera del todo nuestra, y no me refiero a lo efímero de la existencia, sino a la cantidad de deberes que hemos contraído antes de empezarla.

Debemos saldar la deuda teniendo hijos y cumpliendo con los ideales más diversos. Cuando nos damos cuenta, ya hemos pasado los cuarenta o cincuenta años y todavía no hemos terminado de pagar. Esta deuda originaria es uno de los motivos de la dificultad para apropiarnos de nuestra vida: pocos consiguen hacer lo que realmente quieren; vivir de acuerdo a su manera de sentir y pensar.

Naturalmente, los principales acreedores son nuestros padres. En la actualidad, la autoridad de la familia está cuestionada y se ha debilitado, pero todavía sigue siendo determinante. Los deseos de los padres intervienen regularmente en las elecciones de los jóvenes; en ocasiones ejercen una influencia consciente y deliberada, en otras, se trata de presiones inconscientes.

Muchos padres esperan que sus hijos cumplan con los ideales que ellos no pudieron alcanzar; otros quieren que los hijos los sucedan en sus empresas o profesiones. Además del obvio propósito de no tirar por la borda lo que costó años de esfuerzo construir, que alguien los suceda, que el mismo apellido esté en el frente del negocio o en la chapa del estudio, les permite albergar la fantasía de que mientras exista esa prolongación laboral de su ser, de algún modo trascenderán, serán recordados.

Los condicionantes sociales son algo más flexibles. No podemos elegir ni nuestro nombre ni algunas designaciones que vienen dadas por nuestro origen: se es mujer, alto o argentino; pero podemos tomar ciertas decisiones. Se dice: es peronista, médico, gordo, tenista o soltero, y estas nominaciones se adosan a nosotros como nuevos apellidos.

"Vocación" y "profesión" provienen del lenguaje religioso. Se trata de la elección de un género de vida más que de un mero trabajo. La confianza de la sociedad en los profesionales se basa en que se cree que profesan su saber como una fe. Vocación significa "acudir al llamado de una voz". En otros tiempos, remitía en particular a la vocación religiosa o artística; las bellas artes o la vida monástica o sacerdotal. Ocupaciones en las que, en principio, el móvil no es el dinero.

Algunos no tienen problemas para elegir, escuchan el llamado de la voz que les dice hacia qué actividad se sienten inclinados. A otros la voz no se les presenta –nada les interesa especialmente–, también están los que escuchan demasiadas voces –hay tantas cosas interesantes. Lo importante entre estos últimos es saber cuánto les atrae cada actividad; la magnitud de los deseos se mide por el esfuerzo que estamos dispuestos a hacer para cumplirlos.

Por las quejas que se escuchan, se podría decir que las vocaciones traicionadas son más comunes que las realizadas. En la juventud –una edad en la que sabemos muy poco del mundo y de nosotros mismos– tenemos que tomar grandes decisiones –el trabajo y la pareja– que, se supone, nos van a acompañar el resto de la vida. No podemos prever cómo será trabajar en lo que elegimos aunque nos lo cuenten: la experiencia es muy difícil de transmitir.

Tampoco sabemos cómo seremos nosotros mismos en el futuro. En la adolescencia se tiene todo el tiempo por delante, los errores no parecen tan caros; pero al promediar la vida, uno mira hacia atrás y hace la cuenta de los años que pasaron y de los que le quedan y entra en crisis. Si encuentra una salida creativa, las que se suponían elecciones definitivas pueden ser cuestionadas y reemplazadas por otras.

24.6.10

El oficio de tirarse por la ventana

"No importa escribir bien, aun para pocos, porque los pocos cada vez se mueren más deprisa"

El escritor, en la cárcel de la creatividad, preso por el lenguaje.foto:archivo.fuente:elpais.com
Vicente Verdú
Hace ya años, años antes de la crisis, un joven y reconocido periodista ilicitano, Gerardo Irles, me confesó que había decidido dejar de escribir libros, fueran estos novelas o ensayos. Tenía la suficiente experiencia como para atreverse a diagnosticar que en este sector no quedaba ya lugar alguno para la clase media. De un lado se situaban la opulencia de unos cuantos autores y libros bestsellers y, de otro, solo la miseria.

Efectivamente, lo juzgué un derrotista, pero el tiempo, año tras año, ha venido a convertir su argumento en la carta magna de la edición. No hay lugar para la clase media. O vendes cientos de miles de ejemplares y, en consecuencia, existes para los suplementos, las entrevistas, los anuncios o se pertenece a una suerte de grey ingenua (grey gris) que escribe esforzadamente para obtener unas migajas de recompensa o, incluso, unos cuantos kilos de hambre.

¿Sucedió así en todos los tiempos? No podemos dar testimonio personal de la Generación de Plata, pero sí de muchos Años de Plomo en los que se escribía, si no persiguiendo la gloria, sí persiguiendo un ideal. Lo más importante es que se trabajaba, en cuanto escritor, con una meta que, al perseguirla con ahínco moral, nos hacía perseverar. La suma de escritores, novelistas, cuentistas, poetas, guionistas o ensayistas de ese tiempo recibían dos clases de ingresos capaces de sustituir la falta de estipendio. Un ingreso era el de ingresar en las filas de los combatientes por la democracia. El otro pago consistía en ser reconocido por un apreciado grupo de lectores que se comportaban como una tribu sagrada dentro de la cual nacía el "escritor de culto".

Ahora, por contraste, ese culto al escritor ha sido reemplazado por el culto el espectáculo de las superventas. El escritor será para algunos un fenómeno en sí pero, en conjunto, la gran atención que convoca procede del fenomenal éxito de ventas. La mágica dinámica interior entre vender mucho y ser famoso, ser famoso por vender mucho y vender mucho por ser famoso, dibuja un círculo que, como en otros productos, caracteriza el actual comportamiento del mercado se refiera a la marca que sea.

La altísima rentabilidad que desencadena la vorágine cuando el título explota resulta tan remunerativa para los editores que si editan 70.000 títulos al año en España es en busca de esa bomba atómica que arrasará con lo demás y salvará holgadamente el balance de la empresa.

De esas decenas de miles de títulos, un 95% o más no se come una rosca. Es decir, acaso ni prueben las migajas de su publicación. Son metralla de un sello editorial, a menudo sin criterio, que dispara en todas direcciones -o insiste en la dirección de moda- para alcanzar la mina del supersuceso mediático. El resto es miseria.

En casi todos los casos, los anticipos son ridículos y las tiradas exiguas. Los autores que se lanzan y no explotan pronto se convierten en nada. Sus obras compuestas mediante decenas de miles de horas de trabajo desaparecen de las librerías en unas semanas y son destruidas urgentemente como las vacas locas. Ciertamente, se trata de autores locos, cada vez más locos. Tipos que deliran soñando una comunicación masiva que es solo un privilegio de muy pocos. Cada vez menos y cada vez con menor duración.

¿Conclusión? La conclusión es la conclusión de esta labor. No importa escribir bien, aun para pocos, porque los pocos cada vez se mueren más y más deprisa. No vale la pena, como ocurrió con aquellos encajes de bolillos domésticos, calentarse la cabeza, verbo a verbo, adjetivo a adjetivo, para no llegar a casi nada o a casi nadie. ¿Escribir para sí mismo? "El autor que por fin decide escribir para sí mismo se suicida por falta de destino", decía Vicente Aleixandre.

Todo artista necesita tanto la comunicación como la respiración. Dentro pues de esta creciente asfixia de la escritura, de los editores, de las librerías, de los libros, de los lectores, ¿cómo no elegir entre tirarse hacia el oxígeno de la ventana o decir ya adiós a este hermoso y jadeante oficio?

23.6.10

Rosa Montero y el Neuregulin 1

La escritora busca entre el dolor y la alegría el motor de la creatividad en el ciclo Lecciones y maestros

Rosa Montero y, detrás, de izquierda a derecha, David Trueba, Manuel Vicent y Javier Rioyo.-foto:PABLO HOJAS.fuente:elpais.com

Después de años de discusiones bizantinas, debates y comeduras de coco estériles o no sobre esa oscura o luminosa fuerza que prueba la escritura, la ciencia parece haber dado en el clavo. Rosa Montero lo expuso ayer en el curso Lecciones y maestros, organizado por la Fundación Santillana y la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP). "La clave es el Neuregulin 1", reveló la autora de La loca de la casa. En la sala la miraban atónitos e intrigados sus compañeros de armas, Héctor Aguilar Camín y Manuel Vicent, que cierra hoy las jornadas y junto a quienes protagonizará un debate abierto en el paraninfo de la Magdalena, en Santander.

Pero ayer, en Santillana del Mar, Rosa Montero dio algunas de las razones que la ayudan a explicarse entre papeles, tintas y mundos propios o ajenos. Centrémonos en la ciencia una vez más. ¿De dónde ha salido ahora el Neuregulin 1? "Por lo visto es una mutación muy común", aseguró la autora. Es el gen de la creatividad, descubierto en la Universidad de Semmelweis, Hungría. "Algunas personas pueden poseer tres o más copias de esta alteración. Eso explicaría la genialidad de Shakespeare o de Mozart. Pero lo más fascinante es que conlleva una mayor predisposición a sufrir trastornos psíquicos, una peor memoria, ¡y una tremenda hipersensibilidad a las críticas! Es el retrato del artista perfecto", comentó Rosa Montero.

Si la escritura es delirio, como probó Cervantes y asegura Sergio Pitol, entonces no hay duda. Muchos poseen ese gen. Si la literatura trata de mitigar el dolor y buscar una luz, como cree firmemente Montero, también. Así lo vio José Manuel Fajardo en su presentación: "En los libros de Rosa uno encuentra tres temas recurrentes. La muerte, la memoria y la mentira. Pero en la misma medida aparecen la libertad, la felicidad y la verdad posible", aseguró el escritor.

Y Rosa Montero, que empezó su intervención presentándonos a un personaje ruso inventado, después confesó ese tránsito difuso entre caminos que llevan a veces a dos lugares paradójicos: "Con el paso del tiempo, a veces me es difícil diferenciar lo vivido de lo soñado y de lo inventado. Todo pertenece a la misma nebulosa".

Entre esos terrenos confusos, entre hilos y barrancos, Montero ha trotado montada encima de palabras, ideas y obsesiones. Entre niñas, amantes, enanos y territorios de leyenda se ha movido para crear Crónica del desamor, Temblor, Amado amo, La función delta, Instrucciones para salvar el mundo, Bella y oscura, El corazón del tártaro, La hija del caníbal...

Historias que fueron cociéndose en su cabeza desde niña: "Empecé a escribir con cinco años. Siempre me he definido como una escritora orgánica". Sufriente y viviente. "Escribir una novela es un trabajo de picapedrero, una carrera de larga distancia". Y un continuo laberinto de dudas que impone decisiones contundentes. "Lo explica muy bien Amos Oz cuando dice: para escribir una novela de 80.000 palabras debo tomar algo así como un cuarto de millón de decisiones. Unas son sencillas, otras burdas y sutiles. Como poner ahí, al final del párrafo, azul o azulado. O celeste. O celeste oscuro. Lo cual", sigue Montero, "si se mira con distancia, aumenta aún más la sensación de estupidez".

Pero es esa una estupidez que puede llegar a ser crucial. Aunque todo provenga del dolor, puede resultar salvador. Rosa Montero insistió mucho en ello ayer a pesar de que amigos suyos como Nativel Preciado, Alejandro Gándara, Elvira Lindo y Nuria Labari, en mesa redonda, intentaron hacer prender la luz y la alegría que, en su opinión también desprende su literatura.

Ese fue el caso del clérigo John Cluny. Allá por 1348 se empeñó en dejar constancia de la peste bubónica, que como un apocalipsis, arrasó parte de Europa: "Lo hizo para que las cosas memorables no se desvanezcan en el recuerdo de los que vendrán detrás de nosotros". Es el testimonio del cronista, del periodista útil, del fajador de valores y verdades, una raza que Rosa Montero conoce a base de bien.

22.6.10

La crisis creativa del escritor según Aguilar Camín

El autor mexicano inaugura el ciclo literario Lecciones y maestros

Manuel Vicent, Rosa Montero y Aguilar Camín, en Santillana.foto PABLO HOJAS.fuente:elpais.com

A doña Emma Camín le gustaban las frases contundentes. "El que expulsa de su vida la mentira deja la verdad afuera", podía llegar a decir. Esas sentencias son un recuerdo insuficiente para su hijo, Héctor Aguilar Camín. Prefiere su presencia. Su muerte, hace cinco años, le ha dejado inmerso en una orfandad creativa.

Así lo confesó ayer el escritor mexicano en la jornada inaugural del ciclo literario Lecciones y maestros. El curso se abrió en Santillana del Mar con él, continúa hoy con Rosa Montero y concluirá mañana con Manuel Vicent.

La muerte se llevó a Emma Camín y también a su tía Luisa, que le criaron junto a sus cuatro hermanos. Desde entonces, se ha sentido, además de profundamente desamparado, desgajado de su buen juicio: "Del tribunal invisible al que comparecía con sus libros, el tribunal fundador de su escritura", confesó el autor de La guerra de Galio.

Así corroboraba el peso de ambas en su presentación su amigo el escritor Hugo Hiriart: "Para lograr un destilado de Aguilar Camín se requieren los siguientes ingredientes esparcidos en una retorta: un poco de Chetumal, el pueblo donde nació, lugar primitivo y selvático. Una pizca de su madre y de su tía, dos mujeres que ponían a los niños a cantar para espantar sus miedos, y los jesuitas, donde estudió desde niño hasta llegar a la universidad".

El dolor está aún presente. Lo mismo que la falta de ánimo y la depresión, "cosas de la edad", dice el autor de 64 años. Para recuperar una cierta perspectiva, Aguilar Camín se refirió a sí mismo en tercera persona: "No sé qué decir del escritor que se llama como yo. Escribe sin fe en lo que escribe, lleno de fragmentos que no van a ningún lado". Por dentro se le siguen revolviendo los temas de siempre: el poder, la política, el amor, las mujeres misteriosas, el periodismo, la historia, el whisky... México trágico, pujante y violento. Un país que vive una auténtica guerra contra personas dispuestas a matar por 400 euros al mes. "¿Qué hacer con ellos? La guerra, no queda otra solución", aseguró.

Pero no solo fue contundente con su país. También consigo mismo. Había empezado tarde su carrera de fabulador. Fue historiador antes, periodista hasta hoy. Su primera novela, Morir en el golfo, apareció cuando él tenía 39 años. Lo hizo, dice, "huyendo de la literatura experimental de los años sesenta. De la epidemia verbal, del enredo estilístico. Quería escribir novelas legibles". Después tuvo que sobrevivir al éxito de La guerra de Galio, crónica desmesurada del periodismo en su país que si hoy tuviera que repetir trasladaría a una televisión.

Siguieron El soplo del río, Las mujeres de Adriano, Mandatos del corazón, El error de la luna... En ellas se mezclan guerras, guerrillas, amores excesivos, luchas de poder, los contrastes entre pueblos míticos y la ciudad moderna. ¿Y ahora? Ahora sufre terror a la hoja en blanco. Desazón, poca motivación. "El escritor del que hablo quisiera tener al menos un libro largo. Conoce el estado de gracia que es eso".

Lo ha moldeado entre sus manos. Cuenta la historia de la separación de sus padres y su familia. Pero igual que le llegó la inspiración, desapareció. "Cuando llevaba tres capítulos y 100 páginas de notas, la magia se fue. Había ido a visitar a su padre. No quería fallar ante su mirada. Menos con una historia que contaba su fracaso y la destrucción de su progenitor por su propio padre, es decir, su abuelo". En ella se mezclan la separación, el desgarro, la huida, sus ancestros. Ayer quiso conjurarlos. Ojalá el exorcismo le lleve a arrancar de nuevo desde sus páginas moribundas. A desencallar y tomar de nuevo el rumbo.

16.6.10

Ritos de escritor

Trucos, secretos, cábalas y manías de Brizuela, Caparrós, Castillo, Coelho, De Santis, Fogwill, Heker, Pauls y Piñeiro. Además, las distintas estrategias: los que planean y los que improvisan


foto:archivo.fuente:adncultura

Mientras recorríamos los mágicos prados de La Rioja española, a punto de llegar a dos monasterios de los siglos V y X donde se hallaron las primeras evidencias escritas del castellano, Manuel Vicent y yo no podíamos dejar de hablar de literatura. Vicent, uno de los más geniales articulistas que ha generado la España democrática, me recordaba, entre otras cosas, que hay muchas clases de escritores. Están, en principio, aquellos a los que les descubrimos el truco por la portada de un libro y aquellos a quienes se lo descubrimos inevitablemente en las primeras líneas o a mitad de una novela. Pero ya en los máximos niveles, están también aquellos excelsos a los que les descubrimos el truco recién al cabo de leer toda su obra, como Borges, y aquellos a quienes jamás logramos descubrírselo, como Shakespeare.

Más allá de la literatura experimental, que seguirá existiendo y tendrá siempre su valor, Vicent considera que ya no resulta creíble escribir "Julia se sirvió una copa y caminó hasta la ventana". "Es que no me lo puedo creer", comenta. La vida moderna, la intercomunicación instantánea, la posibilidad de ver y oír en directo a través de las pantallas de los medios o de Internet, la chance de entrar fácilmente en mundos cotidianos o viajar a cualquier rincón del planeta le quitan de algún modo verosimilitud a la novela actual y dejan al desnudo su impostura. "Es por eso que sostengo que si Dickens viviera, sería reportero", dice Manuel para provocar. El reportaje o crónica novelada le parece, por lo tanto, el gran género literario del siglo XXI. Tal vez tenga razón.

Luego hablamos de Frank Sinatra, a propósito de la legendaria crónica de Gay Talese, y pienso de improviso que hay también dos clases de escritores: los que componen y los que interpretan. Aquellos que dan a luz algo nuevo y aquellos que convierten esa obra ajena en nueva con su interpretación llena de matices. Los primeros son la vanguardia que va creando; entre ellos hay genios y mediocres. Pero luego están los que cantan a su manera esas canciones, poniéndoles su sello y haciéndolas sonar como si fueran propias y flamantes. También dentro de este grupo hay comerciales, bastardos y grandísimos artistas, como Frank Sinatra.

Los periodistas que escribimos literatura siempre estamos hablando acerca de estos temas misteriosos del arte, tratando de entenderlos más allá de lo que nos cuentan los críticos y los libros de ensayo. Nos interesan los métodos de la escritura: si el narrador aborda sin ideas preconcebidas y va creando página a página (Aira, Simenon, Marías), si conoce sólo el principio y el final del relato (Borges, Bioy, Poe) o si antes de sentarse lo imagina y planifica todo (Conan Doyle, Joseph Roth, Sarmiento, Galdós, Pérez-Reverte).

Finalmente, el renglón inconfesable y cholulo de nuestra curiosidad radica en saber además cómo escriben los que escriben. Pero ya no en un sentido de práctica literaria sino de mera operatividad de escritorio. En la mesa del narrador hay cábalas, caprichos, técnicas y secretos fascinantes que a veces revelan mucho más del autor que diez entrevistas de prensa. Acerca de estos secretos trata precisamente nuestra nota principal de esta semana.


Ritos de escritor
Abelardo Castillo
Claudia Piñeiro
Pablo De Santis
Rodolfo Enrique Fogwill
Liliana Heker
Martín Caparrós
Oliverio Coelho
Alan Pauls
Leopoldo Brizuela
De la manía al procedimiento

14.5.10

Di Nucci: "No hay una sola oración que no aluda a otro texto"

Cuatro años después del escándalo en torno a Bolivia Construcciones, Di Nucci publica su segunda novela, Grandeza Boliviana. Apelando al mismo seudónimo (Bruno Morales) retrata el mismo universo: el de los migrantes bolivianos que viven en la Argentina

fuente: Revista Ñ

Es un sábado de fines de abril. Sergio Di Nucci camina rápido por la avenida Bonorino en el Bajo Flores. Lleva en la mano una botella de agua mineral acaba de comprar en un almacén. Todavía está en el sector coreano. Para la Boronino boliviana, esa que mezcla puestos de comida humeante, feria de verduras, autos destartalados y en la que él se mueve como un local, todavía faltan un par de cuadras más.

Di Nucci conoció el lugar por casualidad en 1996 y desde entonces siente una ligazón con su gente ("Me gusta la disciplina de los bolivianos, su ética de trabajo. Y la forma en que festejan, con la misma energía con la que trabajan", dice). Tan fuerte es este vínculo que se inventó un nombre boliviano (Bruno Morales) con el que ya escribió dos novelas sobre las aventuras de un chico que viaja de Potosí a Buenos Aires para trabajar en el rubro de la construcción y prepara una tercera, en la que vuelve atrás y retrata cómo era la vida de este chico en Bolivia antes de subirse al micro junto a su tío Quispe.

Apasionado de la cultura y de la culinaria boliviana, Di Nucci también viaja. Dos o tres veces por año se va a Bolivia a visitar amigos y otras tantas recorre en bicicleta el trayecto que une su casa en Barracas con la villa 1-11-14 sólo para tomar una sopa de maní, uno de los platos más baratos que existen, a 3 pesos. Este sábado, sin embargo, ya no queda más de su sopa favorita y Di Nucci elige en reemplazo una sopa de fideos, condimentada con cilantro y carne de cerdo mezclada entre el caldo.

La entrevista está pautada para hablar sobre su último libro Grandeza Boliviana (Eterna Cadencia, 2010), pero las referencias a lo que pasó con el anterior, Bolivia Construcciones (Sudamericana, 2007), y el supuesto plagio a la novela Nada, de la catalana Carmen Laforet, surgirán inevitablemente.

-¿Cuánto tiempo te llevó escribir Grandeza Boliviana?
Dos años, uno y medio

-¿Cómo fue el proceso de escritura? ¿Cuándo escribís, en qué momentos?
-No tengo mucha disciplina. No soy un escritor profesional que se sienta a escribir a determinadas horas. Escribo cuando tengo ganas y tiempo. Cuando estoy entusiasmado por contar experiencias que acabo de vivir. Trabajo de traductor, de periodista, pero no diría que soy escritor. Tampoco aspiro a serlo.

- Elegiste el seudónimo Bruno Morales para que te lean los bolivianos: ¿Lo lograste?
-Uno de los elogios más lindos que recibí es de una boliviana que dijo que encontraba verosímil las cosas que yo escribía.

Di Nucci habla como escribe: breve, sintético, buscando rápido el punto final, el cierre de un capítulo. Al menos cuando hay una cámara filmándolo. En un momento, la charla deriva hacia los escritores franceses que le gustan (es docente de la Literatura Francesa en la Universidad de Buenos Aires). Se declara admirador de Balzac y Stendhal, en cambio, dice que no le gusta Flaubert. De los contemporáneos, prefiere a Michel Houellebecq. "Una de las cosas que admiro de los escritores clásicos franceses es su desprecio por la originalidad. En algún punto somos herederos de los románticos: la exaltación de la figura del escritor tortuoso, la insistencia con la originalidad son todos valores románticos".

Justamente, el tema de la originalidad y la intertextualidad estuvo en la base de la discusión en torno a su primer libro, Bolivia Construcciones. Algunos, entre ellos el escritor Gustavo Nielsen, dijeron que transcribir 30 páginas de forma literal y sin aclarar la fuente era "un robo"; los de la vereda de enfrente, en cambio, contestaron que lo que había hecho equivalía a lo que en música se llama sampleo. Como en declaraciones anteriores, Di Nucci insiste en que no tenía sentido poner notas a pie diciendo "esto está tomado de Nada" porque hubiera entorpecido la lectura de aquellos que no habían leído esa novela. Pero no está conforme con la respuesta. Y pide ampliarla por escrito.

Entonces, por mail, unos días después de ese sábado de abril, van a algunas preguntas más:

-A tres años de la discusión que se armó en torno a Bolivia Construcciones, ¿que tenés para agregar sobre el tema?
- Tal como decís, el debate se generó en torno a la novela, y no sobre la novela. Si el Premio de novela La Nación-Sudamericana 2006 lo hubiera ganado otro, tal vez yo habría seguido los debates con interés, y aun participado en ellos. Que una parte de la crítica académica se interesara en la novela, la defendiera o, menos taxativamente, reconociera la legitimidad literaria de los usos y costumbres seguidos para escribirla, fue sin duda tranquilizador, pero eso no implica, necesariamente, un juicio de valor sobre Bolivia Construcciones . Lo mismo vale para quienes impugnaron esos mismos hábitos literarios.

-¿Volverías a presentar una novela en un concurso grande?
-¿Por qué no? Si lo hiciera, sería nuevamente con el propósito de donar el monto del premio.

-¿Sabías que tarde o temprano saltaría alguien a gritar ¡plagio!?, ¿lo estabas esperando?
- Jamás pensé en eso, lo cual acaso revela los severos límites de mi imaginación.

-Dijiste que no hay un sólo párrafo de Grandeza Boliviana que no haga alusión a otros textos, ¿podría pasar con Grandeza Boliviana lo mismo que pasó con Bolivia Construcciones?
-Si te referís a si la novela alude a otros textos, podría decirte que no hay pasaje alguno -–en el extremo, oración alguna- sin alusiones. La naturaleza de cada alusión es diversa –-las hay literarias, políticas, teológicas--, pero prefiero abstenerme de señalarlas. No creo que el autor deba ser su propio crítico, ni ofrecer visitas guiadas por la obra. Como sea, en todos los casos procuré que no entorpecieran la fluidez de la trama ni tiñeran de erudición libresca escenarios, situaciones y personajes del presente inmediato. Me gustaría pensar que Grandeza Boliviana puede ser leída y disfrutada por lectores de distinta índole. Por decirlo de algún modo, su lector ideal es para mí el lector común, esa entelequia que, según el Dr Johnson en su elogio (llamémoslo así) de Gray, se abstiene de "las corrupciones de los prejuicios literarios, los refinamientos de la sutileza, y los dogmatismos de la erudición". Aunque el otro lector, corrupto, dogmático, hipócrita, sea mi semejante, mi hermano.

Di Nucci Básico
Nació en la Argentina en 1974. Trabaja como periodista y traductor. En 2006 ganó el premio La Nación-Sudamericana con Bolivia Construcciones, pero pocos meses después el jurado compuesto por Tomás Eloy Martínez, Luis Chitarroni, Carlos Fuentes, Griselda Gambaro y Hugo Beccacece revocó el fallo del certamen alegando que existían una serie de similitudes entre el texto presentado por Di Nucci y la novela Nada, de la escritora catalana Carmen Laforet, publicada en 1944. En especial entre las páginas 167 y 200. "En el caso de Bolivia Construcciones, los fragmentos de Nada, incluidos con mínimos retoques, no significan una reescritura. La novela avanza, las situaciones siguen porque Carmen Laforet las aporta", dijeron en ese momento.