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27.9.10

El dudoso arte de matar

Un pueblo perdido pero a la vez demasiado cerca de la capital. Un joven abogado cargado de culpas y una o varias mujeres nerviosas

Vlady Kociancich, escritora argentina.foto.fuente:pagina12.com.ar

Vlady Kociancich vuelve a la novela con un policial magnético, cerca de P. D. James pero a la vez, curiosamente, muy argentino, con personajes de ascendencia inglesa a la deriva en la llanura. Cuadro de una muerte dudosa resume la visión de la autora sobre un género al que considera cada vez más en auge y un modo de cruzar la literatura con una atemperada crítica social y de costumbres.

Una mujer joven y nerviosa dice haber tropezado, en medio de una noche de tormenta, con un cadáver ensangrentado y todavía tibio; pero unos minutos después, cuando se recobra y vuelve al sitio del hallazgo, el cuerpo ya no está. Otra mujer, mayor, de buen talante, aparece colgada de un sauce, junto a un lago, con una nota de suicidio enganchada en su ropa. Las dos mujeres tienen (tenían) algo en común: se alojan en El Castillo, una especie de spa con espacio para retiros espirituales y rutinas sanadoras y a la moda para recauchutarse del estrés porteño, un establecimiento afamado y bodrio ubicado en medio del campo, en un pueblito llamado Las Rosas, a apenas 70 kilómetros de Plaza de Mayo. Es el verano de 2004 y a ese sitio de calles polvorientas fue a buscar refugio como provisorio juez de paz Juan Turner, un abogado en ascenso que un par de años atrás se estrelló: Panamericana y auto nuevo a toda máquina, plena vorágine de divorcio, trámite truncado en el amasijo de hierros y lucecitas al que ella, Elena, casi una ex, no sobrevivió.

Turner es el narrador de Cuadro de una muerte dudosa, el magnético primer policial de Vlady Kociancich que es, además, retrato de época en la salida del crack y pintura de personajes bajo la óptica de un protagonista tironeado entre el que era y el que tantea ser, entre el porteño extranjero y el que lleva ya un tiempo asentado con un cargo respetable, burocrático y que le permite interactuar de cerquita con los pobladores, el cura, el sargento a cargo de la comisaría, la dueña de la pensión en la que vive, el jardinero, la resentida trepa del almacén y el dueño de ese castillo en medio de la llanura, Martín Shomberg, un cincuentón que posa de muchachito y aggiornó la construcción original que le dejó su padre, un alemán que tras la muerte de su esposa, se dice, volvió a Alemania.

Las Rosas lleva a pensar en Manzanares, el pueblito al que Kociancich iba, tiempo atrás, a pasar vacaciones y fines de semana. "Al estar tan cerca de Buenos Aires y al mismo tiempo ser un sitio tan aislado, escribía allá muchísimo –confirma la escritora en su claro, prolijo, espacioso departamento de Barrio Norte–. Buena parte de las observaciones del libro vienen de ahí: me gustaba recorrer a caballo el pueblo y los alrededores. Cualquiera de nosotros habrá notado, al estar en lo que se llama el interior, que en esos pueblos hay una diferente forma de vida, de percepción del mundo, y a veces hasta cambios a nivel del lenguaje, el trato, y más que nada las diferencias entre el tiempo urbano y el tiempo del campo, unas medidas de tiempo humano que incluso creo antagónicas. Y la distancia no tiene que ver con la cantidad de kilómetros, porque este pueblo perdido queda a unos pocos de la ciudad. Hay un personaje en la novela que se pregunta ¿qué hace esa gente que vive en medio de la nada?; es algo que yo escuché acá, de los porteños, dicho con un asombro infinito. Es que para quienes viven en este monstruo poblacional, que concentra prácticamente todo, cruzar la General Paz los hace sentir en Marte, o en la Luna. He conocido mucha gente que compró una casa en un pueblo de llanura y que ha estado, sobre todo los domingos a la tarde, al borde del suicidio, subiéndose a un auto para volverse de inmediato."

Cuenta Kociancich que el primer sobresalto que siente al llegar a estos pueblos –que le encantan, dice– se produce cuando asiste a diálogos íntimos, privadísimos, que las personas encaran como si hablaran del clima.

"La vida privada está expuesta y, además, deformada por los comentarios de cada uno –explica–, algo normal, porque cada individuo tiene su propia percepción. En el caso de un hecho policial, si tenemos cuatro testigos todos van a ver algo diferente, difícilmente coincidan en una descripción."

ROTH & MANKELL

Uno de los componentes que se planteó la escritora hace atípico a este policial: el que indagará y buscará resolver sobre los (hipotéticos) crímenes es un civil.

"Hasta el momento del accidente él era un abogado frívolo, al que le gustan las mismas cosas que al 99 por ciento de los jóvenes exitosos de hoy –cuenta–. El accidente lo conecta con la muerte y con eso llega la culpa y luego esa expiación; rechaza todo lo que había tenido antes, no es más el de los autos caros, el de la zona privilegiada en la que vivía, el que gana todos los casos: todo eso le parece una locura. De todos modos no termina de aceptar que está en Las Rosas: se dice que es provisorio, pero el caso es que ya lleva ahí dos años y entonces ha tenido que interactuar con la gente, que acomodarse a un contacto completamente distinto con los individuos que trata, a los que ni siquiera veía en esa otra vida, totalmente acelerada. Y lo que me pareció interesante como idea es que, a diferencia de las novelas policiales, donde hay una muerte y la búsqueda de una verdad a cargo de un policía, un detective o alguien especializado, en este caso el que indaga es una persona común, que no está capacitado y ni siquiera está interesado en investigar. Aun corriendo el riesgo de que no fuera el héroe más atractivo para una novela policial, trabajé mucho durante la primera mitad para ir presentando a los personajes y para mostrar, gradualmente, cómo va involucrándose. Porque el afecto por la suicida, el reconocimiento de los otros y las circunstancias lo obligan a ir más allá de poner una firma, de lo burocrático. Y entonces sale de la apatía, de sus propios problemas, para ver que sucede."

Efectivamente, está el suspenso del policial y los semblantes de los personajes, compuestos de trazos a los que cada tanto, páginas más allá, se les agregan otros que los transfiguran, los muestran de perfil o en la penumbra, revelan cicatrices, fortalezas, miedos. Kociancich destaca el optimismo y la vitalidad de Flora, la dueña de la pensión, porque contrarresta en una novela que sin ella, dice, hubiera sido demasiado amarga. "Los que la han leído me dicen que los personajes tienen vida, y eso es lo más importante para mí, porque es la gracia del escenario –dice–. En casi todo lo que escribo tiendo a subrayarlos, porque me parecen más importantes que la historia." Camina unos pasos por el living, regresa con un atado de cigarrillos, vuelve a acomodarse en el sillón blanco. "Estoy fumando menos, pero con un esfuerzo" –enciende–. Juro, siempre digo que cuando termino una novela voy a dejar. Soy de esas fumadoras sociales, fumo cuando estoy nerviosa."

Es además una novela de amor, ¿no? Aunque juegue eso en segundo plano.

–¡También! El personaje de la mujer nerviosa, la que anda a caballo, es muy útil. En principio, para sacarlo a él de su condena: es un tipo que no duerme. Recién empieza a dormir cuando Stein (el viudo de la suicida) le trae un momento de su pasado, de su abuelo, de sus libros, porque él no quiere recordar nada. Ella lo distrae del posible crimen, pero al enamorarse, muy lentamente, va saliendo de su estado. Está muy en segundo plano, fue difícil calibrar eso y tuve mucho cuidado, porque de lo contrario tambalea la estructura de la intriga, la búsqueda de la verdad, los otros personajes. Tenía que ser como esas cosas que explican un poco la complejidad de la vida, que a uno le sucede tanto la muerte como el amor, la soledad, los errores cometidos, las cosas que uno no entiende hasta que todo va tomando un sentido. Es un tipo que empieza perdiendo el sentido de todo, el gusto de la vida, y luego va reencontrándolo.

Cuadro de una muerte dudosa. Vlady Kociancich Seix Barral 283 páginas

¿Fue complicado narrar desde la óptica de un hombre?

–A los que somos novelistas por naturaleza no nos cuesta esfuerzo, creo. Uno de los libros más conmovedores desde el punto de vista de una mujer es La romana, de Alberto Moravia. Y no le costó nada. Escribió El inconformista desde el punto de vista de un hombre y tampoco le costó. Los escritores trabajamos con la imaginación, nos ponemos en el lugar de cualquiera. Y es suficiente con escuchar, con lo que se tiene cerca, con los comentarios. El novelista es el director, el actor, el guionista y el tramoyista de su libro, puede hacerlo con perfecta naturalidad. Es muy diferente si uno se propone contar o describir sólo desde el punto de vista del sexo de un hombre. Yo no podría escribir una novela con el estilo de Philip Roth, a quien detesto, de hecho. Un editor amigo me decía, como un elogio: "No sé por qué las mujeres inteligentes lo odian" (se ríe).

¿Por qué lo odiás?

–El mismo es como una boutade literaria, no me gusta por esa razón. Llega hasta la pavada, diría, con esas especies de erupciones sexuales salidas del centro de la tierra: uno se aburre y no le cree nada. Parece un muchacho que cuenta sus hábitos a los amigos en el café. Además me parece, políticamente, un extremista. No he leído nada de él que me guste.

En La raza de los nerviosos decís, en contrapartida y para volver al policial, que, en cambio, te gustaba Mankell.

–Sí. Yo lo descubrí por La quinta mujer, una novela que me llama muchísimo la atención. Es un escritor cuidadoso; en la mayoría de los policiales muy populares lo que uno echa de menos es una escritura cuidada, los diálogos inteligentes. Mankell los tiene, y por lo tanto está un escalón por encima. Por otro lado tiene la enorme ventaja de elegir un ámbito exótico como Suecia, en el sentido de que no sabemos casi nada y nos parece que, salvo Bergman, no pudo haber pasado nada de importancia. De modo que todo ese mundo de nieves, tormentas, mares, oscuridad, tan rural, donde suceden crímenes espantosos, es una atracción en sí misma. Ahora, sus últimos libros me han parecido directamente malos: ni siquiera se molesta en darle solución a los misterios y enigmas que propone. Terminó por producir libros. Pero aquél, y un par más, me habían gustado mucho. Una lástima, aunque no se puede pretender que saque una novela tras otra sin decaer. Lo suyo es estrictamente policial, cada elemento cuenta, el lector va guardando las pistas; en el último que leí hizo algo delicioso, que me hizo reír bastante porque, al final, el detective Wallander dice algo así: "Con respecto a los zapatos del cadáver, que estaban tan alineados, bueno: nunca se sabrá por qué; con respecto a por qué la hija de uno de los sospechosos había sido escondida, vaya a saber" (se ríe). Quedó gracioso, pero la impunidad del autor o de la fama no puede llegar al punto de decir miren, arréglense como puedan, eso lo puse porque me pareció simpático. Bueno, eso enseña lo que no hay que hacer nunca en un policial: si uno propone un misterio está obligado a darle una explicación al lector. Todos podemos sembrar un libro de pistas, pero tener a alguien en suspenso y después no aclararlo es una burla.

P. D. JAMES & AGATHA CHRISTIE

Aunque sea imposible, dice Kociancich, le hubiera gustado emular a la escritora inglesa P. D. James. "Más que a Agatha Christie, que es inteligentísima y últimamente he estado leyéndola mucho –puntualiza–. Aunque no por la novela sino porque quiero hacer un artículo sobre su parte menos conocida, su vida de aventuras. Los libros de Agatha Christie son encantadores, con una sutil crítica social, con burlas a las manías y la vanidad británicas. Una adelantada para su tiempo. Uno lee sus novelas y se divierte, sobre todo porque hay humor, algo raro en un policial. Pero P. D. James me parece grandiosa: Pecado original es una de las mejores novelas policiales que he leído. Otro de mis autores favoritos, y supongo que habrá pesado en mi libro, es Eric Ambler, que tiene una gran calidad literaria y escribe entre el espionaje y el policial. Tuvo una época de esplendor, con obras suyas llevadas al cine. Como pasa con Graham Greene, uno puede leerlos, dejar pasar el tiempo, releerlos y disfrutarlos. Eso no pasa con Agatha, porque cuando uno sabe quién es el asesino, se acabó."

De aquí, inscriptos en esa línea, Kociancich destaca las obras de Guillermo Martínez y de Pablo De Santis. Coincide, la escritora, con la idea de que resulta difícil darle vida a un personaje que investigue en busca de la verdad encarnándolo como federal, bonaerense o agente secreto de la SIDE. "Scotland Yard o la policía inglesa permiten el verosímil –sostiene–. No hay policiales franceses, en cambio, porque la fuerza tiene muy mala prensa. Lo que hay son montones de policiales que tienen que ver con lo que yo llamo la ideología del buen asesino, que en el fondo son buenísimas personas (se ríe). En un momento dejé de ver películas con personaje francés del hampa, idealizado y convertido en una especie de héroe después de matar a no sé cuántos. El delincuente héroe y virginal no aparece en la literatura ni el cine inglés."

Kociancich recuerda entonces los policiales de Leonardo Sciascia. "El buen policía, ahí, generalmente es despreciado por sus jefes: en eso sigue bastante a la novela negra –dice–. Ni Chandler, que es un crítico de la brutalidad policial, deja de tener un buen policía. Sciascia es uno de mis autores más admirados y también debe haber influido en esta novela; las reflexiones que van más allá de los hechos sobre la situación social, política, el escepticismo, esa cierta amargura y desencanto típicamente italianos y, como tenemos tanto de ellos, tan argentinos, también. Uno de los comentarios que recibí del libro es que es muy argentina. Y yo no lo pensaba."

Cuando se le comenta a Kociancich que ya en la primera parte de la novela se instaló en la lectura la idea de entrever a Perón en Shomberg grande, a Menem en el hijo hotelero y al peronismo en el castillo, entre otras figuras, la rotunda respuesta lleva a preguntarse al entrevistador por la naturaleza de la yerba que le pone a sus mates cotidianos. "¡Nada, eh! –dice la autora–. Nada que ver: no puedo pensar en términos políticos tan inmediatos, porque me sacaría de lo que me gusta hacer, que es una visión histórica de más largo alcance. No hay nada simbólico en mis novelas, hay elementos que son de la vida cotidiana. El castillo es una cosa rarísima, y puede parecer novelesco, ¡pero hay por todo el país, construidos en medio de la nada! Lo he observado: es el traslado de una cosa evidentemente europea, antigua, a un paisaje que lo desmiente todo el tiempo: eso me pareció típicamente argentino. Y poner un spa de lujo en la llanura, ¡que ni siquiera funciona bien!, rodeado de un caserío en el que la pobreza es cotidiana y muy notoria, me pareció un modo de enmarcar la historia."

Son varios los elementos que componen el paisaje social: el auge de las espiritualidades alternativas, las búsquedas de certezas en las premoniciones y las videncias, la obsesión por el narcisismo físico, por citar algunos significativos. "Fui a hacer una entrevista a un canal y en la sala de maquillaje, mientras me ponían un poco de polvo, para no salir brillosa, me contaron que muchos hombres piden rimel para salir en cámara –relata–. Me quedé atónita. Y cada día me entero de alguna cosa por el estilo. Y eso no tiene que ver con la salud, sino más bien con una inseguridad física, intelectual, un eufemismo ante un mundo que se va volviendo cada vez más hostil. Es una época de incertidumbre y confusión, y ya no hablo solo de nuestro país. Los suicidios, sobre todo en los adolescentes, están alcanzando cifras increíbles. Por eso es bastante natural que cualquier ser humano algo más vulnerable que el resto busque algún refugio, alguna defensa. Si algo podemos sacar de la globalización es que el tema de la violencia, los crímenes y la inseguridad se han convertido en el problema principal de la aldea global. De ahí, también, una explicación de por qué tiene tanto auge el género policial en este momento en todas partes. Porque además del placer que siempre da una novela policial, de algún modo refleja una gran preocupación."

Cuenta Kociancich que escribió Cuadro de una muerte dudosa a comienzos de 2009 y durante un año y medio: "Increíblemente, en muy poco tiempo", dice. La idea estaba presente, sin embargo, desde hace mucho. Tras terminar los cuentos de La ronda de los jinetes muertos, en 2007 encaró una primera versión, de unas cuarenta páginas, que abandonó: que no dio con el tono, dice. "Empecé algo en tono de comedia y terminé escribiendo trágico, se fue convirtiendo en melancólico –dice–. La protagonista era una mujer, escritora. Y me dije que basta de escritores protagonistas. ¡Hasta yo estoy harta de eso!"

21.8.10

La huella del crimen global

Enigma, investigación y detective son las claves de un género cargado de estereotipos. En los últimos años, el centro de la novela negra ha pasado de Estados Unidos e Inglaterra a países como Suecia. ¿Cómo se reconfigura en diferentes contextos sociales y económicos?

TENDENCIA. El policial en el mundo.fotoilustración.fuente:Revista Ñ

La historia ya no transcurre en Londres, París o Nueva York. Ahora los crímenes y los investigadores pueden encontrarse en cualquier parte del mundo, de Venecia a Pyongyang, de Atenas a Luanda, de Edimburgo a Valparaíso. La globalización de la novela policial plantea un nuevo enigma para la crítica literaria. Al margen de los planes de la industria editorial, las respuestas a ese misterio parecen encontrarse en las formas y las lecturas de un género que cambia y a la vez vuelve a los orígenes, cargado de estereotipos y simultáneamente abierto a reflexiones que no tienen lugar en otros textos literarios.

La difusión de la novela policial podría explicarse por el tipo de producción que supone. El ritmo regular de los autores, la entrega periódica al mercado, recuerda a los modos de circulación del folletín y la novela popular del siglo XIX. Puede tratarse de una decena de títulos, como los que dedicaron Maj Sjöwall (Suecia, 1935) y Per Wahlöö (Suecia, 1926-1975) al inspector Martin Beck, o de más de un centenar, posible récord que ostenta Sheiji Shimada (Japón, 1948). Históricamente, la figura del escritor de género ha estado desprovista del aura del escritor clásico, y esa circunstancia remite a condiciones frecuentes de trabajo: la escritura por encargo, la producción en serie. El nombre de autor puede funcionar como marca, y por eso las portadas de los libros lo destacan por encima del título de las obras.

Un relato policial necesita básicamente un enigma y un detective. La creación de un investigador permite desarrollar una saga; la saga, a su vez, favorece la instalación del autor, su familiarización con lectores de cualquier parte del mundo. Así como hay escritores dedicados a las intrigas policiales, también hay lectores exclusivos del género. Son parte muy interesada en el asunto, desde que Arthur Conan Doyle decidió matar a Sherlock Holmes y las quejas de los seguidores del detective decidieron su regreso, sano y salvo.

Los premios literarios, los festivales y encuentros de escritores y las colecciones del género realimentan un circuito que funciona de manera muy aceitada. La pionera Semana Negra de Gijón, donde se otorgan los premios Dashiell Hammett y Rodolfo Walsh, ha dado lugar a la Barcelona Negra, que tiene su premio Pepe Carvalho, y al Getafe Negro. El premio más importante en lengua española, al menos en términos económicos, es el que convoca la editorial RBA desde 2007 y que han ganado autores consagrados como Francisco González Ledesma (España, 1927), Andrea Camilleri (Italia, 1925) y Philip Kerr (Escocia, 1965).

RBA publica además "Serie Negra", una colección que reúne autores del boom nórdico, redactores de best-séllers y clásicos de la novela negra norteamericana. Para los lectores argentinos, el título remite a la colección que dirigió Ricardo Piglia para la Editorial Tiempo Contemporáneo, a fines de los años 60, y es un nuevo homenaje a la "Série Noire", de Gallimard, fundada en 1945 por Marcel Duhamel, con 2460 títulos publicados a la fecha.

Después de Wallander

A primera vista, ningún detective se parece a otro. Sin embargo, hay rasgos que se reiteran. En general, sufren a sus jefes, sea porque se trata de burócratas o porque están en medio de una enmarañada red donde se cruzan la CIA y la DEA, como le ocurre a Art Keller en El poder del perro (RHM), de Don Winslow (Estados Unidos, 1953). Pero el prototipo del investigador solitario no siempre garantiza un personaje logrado. Jack Reacher de Lee Child (Inglaterra, 1954), es un ex oficial de policía dedicado a hacer justicia allí donde lo necesiten, un vagabundo que recurre a la violencia y las armas para resolver sus problemas: un estereotipo reforzado con fórmulas trilladas del cine.

Hay creaciones calcadas sobre modelos célebres. Charlie Chan, el investigador metódico y de apariencia inofensiva, tiene un descendiente en el inspector O, detective de Corea del Norte creado por James Church (seudónimo de un presunto agente de inteligencia occidental "con años de experiencia en Asia", según el editor inglés). El inspector Morimoto, de Timothy Hemion (Inglaterra, 1961), sigue los pasos de Sherlock Holmes en la ciudad de Okayama.

La impronta de Kurt Wallander, el personaje de Henning Mankell (Suecia, 1948), resulta notable en las nuevas versiones. Los investigadores privados suelen acusar, como él, los efectos de una vida privada poco feliz. Además de los casos policiales, tienen que resolver una novela familiar. No todos gozan de un matrimonio diáfano, como el comisario Brunetti, el personaje veneciano de Donna Leon (Estados Unidos, 1942). El inspector Rebus, de Ian Rankin (Escocia, 1960), tiene una mujer que no lo comprende. Su colega Erlendur Sveinsson, personaje de Arnaldur Indridason (Islandia, 1961), perdió un hermano, está separado y su hija es drogadicta. Harry Hole, de Jo Nesbo (Noruega, 1960), lucha contra la adicción al alcohol, un vicio recurrente.

La pareja de personajes de carácter opuesto y complementario sigue presente. Roberto Ampuero (Chile, 1951) recurre con buen resultado a ese tópico en la saga del detective Cayetano Brulé y su ayudante Bernardo Suzuki, inaugurada con ¿Quién mató a Cristián Klustermann? (Norma), donde la intriga policial se asocia con el exilio chileno durante la dictadura de Pinochet. Nacido en La Habana y radicado en Valparaíso, Brulé es un detective graduado en una academia de Miami que por lo general se dedica a trabajos modestos, pero cuyos servicios también son requeridos cuando la policía no puede resolver un caso. "Soy un proletario de la investigación policial", dice.

La pareja puede ser mixta. Harlan Coben, cuyas historias suelen apelar a las ideas más conservadoras de los lectores, presenta a Loren Muse, jefa policial que debe lidiar con el machismo de sus subordinados, y el fiscal Paul Copeland. La inspectora Petra Delicado y su ayudante Fermín Garzón son los protagonistas de las novelas de Alicia Giménez Bartlett (España, 1951). En Ojos violetas, Stephen Woodworth inicia la serie del agente del FBI Dan Atwater y Natalie Lindstrom, detective psíquica que puede hablar con las almas de los muertos y hacer de médium para que testimonien en procesos judiciales. Algunos dúos exploran lo bizarro: Jonathan Kellerman (Estados Unidos, 1949) ha construido una saga sobre la base de los casos de un psicólogo infantil al que asiste un oficial de policía gay y con inclinaciones literarias. Y también hay protagonistas colectivos. Si bien tienen como eje al comisario Adamsberg, las novelas de Fred Vargas (Francia, 1957) ponen en escena el conjunto de un cuerpo policial, al estilo de Ed McBain (Estados Unidos, 1926-2005), autor con influencia sostenida en la tematización realista de los procedimientos policiales.

Stieg Larsson (Suecia, 1954-2004) ha compuesto la pareja más atractiva de los últimos tiempos. Mikael Blomkvist y Lisbeth Salander, los protagonistas de la trilogía Millenium, están marcados por el fracaso y el sufrimiento, y esos reveses los vuelven carismáticos. Blomkvist es además un lector de novelas policiales; y los libros que lee, en el curso de Los hombres que no amaban a las mujeres, son guiños cómplices para el lector de género: antes de descubrir que el heredero de las empresas Vanger secuestra, tortura y asesina mujeres, lee una novela de Val McDermid sobre un asesino con esas características; cuando se asocia con Lisbeth Salander, lee otra de Sara Paretsky, cuya protagonista es una mujer detective de características insólitas, como su compañera.

"No soy un detective privado", aclara Blomkvist. Pero es él quien se encarga de resolver la desaparición de Harriet Vanger. El investigador aficionado, una figura a la que la novela negra parecía haber liquidado, goza de buena salud. Giorgio Todde (Italia, 1951) toma como personaje a Efisio Marini, un médico embalsamador sardo que vivió entre 1835 y 1900; Celil Oker (Turquía, 1952), a un detective expulsado de la Fuerza Aérea; Saskia Noort (Holanda, 1967), a una diseñadora gráfica devenida a la fuerza en investigadora de unos crímenes. Este retorno se explica también por una característica de cierto tipo de autores que atrae a la industria editorial: un escritor también aficionado, que llega al género desde disciplinas heterogéneas y está calificado no en términos literarios sino por su desempeño en algún ámbito relacionado con la investigación criminal. La antropóloga forense Kathy Reichs (Estados Unidos, 1950), la abogada Asa Larsson (Suecia, 1966) y el periodista Stieg Larsson pueden encuadrar en esta corriente.
Sus personajes son a la vez sus alter ego.

Negro al cuadrado

El centro de irradiación de la novela policial ya no se encuentra en Estados Unidos ni en Inglaterra, pese a la importancia de escritores como James Ellroy (Estados Unidos, 1948). Los autores más difundidos provienen de países sin mucha tradición en el género, como Suecia o Escocia.

El desarrollo más sorprendente de la novela policial quizá pueda encontrarse en la literatura africana contemporánea. El último descubrimiento de las editoriales europeas y norteamericanas es Deon Meyer (Sudáfrica, 1958). Pero el desarrollo del género tiene una historia rica y compleja en el continente.

Achille Ngoye (Congo, 1944) fue el primer africano publicado en la "Serie Noire" de Gallimard, con Agence Black Bafoussa (1996), cuya historia comienza con el asesinato en París de un activista africano que lucha contra el dictador de un país imaginario. Ngoye atribuye el interés del policial a tres factores: es una vertiente aún inexplorada en la literatura africana; permite acceder a un público amplio y difundir ideas y, finalmente, "la vida no es tan rosa como se la quiere presentar".

Otro autor muy difundido en francés y en español, Yasmina Khadra (Argelia, 1955), desarrolló la saga de Brahim Llob, un comisario aficionado a escribir novelas policiales, al que termina por dar muerte en la novela El otoño de las quimeras (1998). Khadra es el seudónimo femenino adoptado por Mohamed Moulessehoul, ex comandante del ejército de su país. La novela policial tiene un desarrollo sostenido en Argelia al menos desde los años 70, y en los últimos años ha cobrado un nuevo impulso con autores jóvenes.

Driss Chraïbi (Marruecos, 1926-2007) produjo una serie donde el relato policial se cruza con la sátira política. En El hombre que venía del pasado, su personaje, el inspector Alí, investiga la presunta muerte de Bin Laden en Marrakech. Su compatriota Miloudi Hamdouchi, alias Colombo, escribe novelas policiales más ortodoxas, con la autoridad que le da su condición de ex comisario y criminólogo. Alain Mabanckou (Congo, 1966) toma el tema de los asesinos seriales, con African Psycho (2005).

En Senegal, el género se desarrolla a partir de Abasse Ndione (1946). En Tanzania, Ben Mtobwa (1958-2008) inauguró el género en swahili con Dar es Salaam usiku (1998). En Malí, Aïda Maly Diallo, una de las primeras africanas dedicadas al género; su novela Kouty, memoria de sangre, también traducida al español, narra la historia de una niña que venga la masacre de su familia por saqueadores tuaregs.

Una característica del policial africano es que el culto del género resulta menos importante que su utilidad para la difusión de ideas, como ocurre en la trilogía Variations on the theme of an African Dictatorship, de Nuruddin Farah (Somalía, 1945). Pepetela (Artur Pestana dos Santos Angola, 1941) creó el personaje Jaime Bunda, como parodia de James Bond, para satirizar la vida en Luanda y plantear una mirada crítica sobre la política sudafricana y la política de Estados Unidos hacia el continente. Bunda es un James Bond sin tecnología, subdesarrollado, y sus historias, dice Pepetela, constituyen "falsos policiales" en la medida en que "el argumento policial es un pretexto para analizar la sociedad".

Enigmas en el jarrón

"Una sociedad queda retratada por los crímenes que se producen", dice Lorenzo Silva (España, 1966), pero esa frase ya es un cliché. Que la policía sea ineficaz y las instituciones no funcionen son casi condiciones de posibilidad para un relato policial. Decir que la novela policial, en Suecia, descubre el lado oscuro del estado socialdemócrata es más bien un argumento de marketing. Por otra parte, en contradicción con la visión crítica que se atribuyen, los escritores europeos y norteamericanos suelen reafirmar el rol central del Estado y en particular de la policía en la investigación criminal. A la luz de la historia reciente, ese tipo de personaje es inverosímil en América Latina; pero más que un obstáculo puede tratarse de una posibilidad para desarrollar un sentido propio del género, como muestra Trampa para ángeles de barro, de Renzo Rossello (Uruguay, 1960), donde un policía marginal, con un pasado oscuro como agente de inteligencia, y un delincuente se mueven en una trama manejada donde se enlazan la corrupción, la pequeña delincuencia y un par de personajes memorables.

Petros Márkaris (Turquía, 1937) reivindica la tradición crítica del género, pero no tanto en relación con la novela negra norteamericana como a la literatura europea, y en particular con Bertold Brecht. El autor de la saga del comisario Kostas Jaritos (Tusquets) describe el relato policial como "novela social" enfocada en la actualidad: a partir de la caída del Muro de Berlín, dice, el crimen se ha globalizado y la economía del delito se ha expandido de tal forma que no puede distinguirse de la economía de origen legal.

Las historias, entonces, pueden situarse en cualquier lugar. Así, las novelas de Mari Jugnstedt (Suecia, 1962) transcurren en la isla de Gotland; las de Asa Larsson en el pueblo de Kiruna; las de Arnaldur Indridason en Rejkiavik. Los escritores reparan en su entorno, aunque con logros diferentes. La ciudad de Oslo no pasa de ser un simple decorado en las novelas de Jo Nesbo; Philip Kerr se propone hacer de Berlín "un carácter de la misma manera que Los Angeles es un carácter en Chandler: un sentido de lugar es esencial en una buena ficción".

En Los hombres que no amaban a las mujeres, el misterio está planteado en la isla de Hedeby, en un momento en que un accidente bloqueó la comunicación con el continente. Larsson retoma así un antiguo tópico: el misterio del cuarto cerrado, el crimen cometido en una habitación a la que es imposible entrar y de la que es imposible salir. Pero la referencia del sueco no es Edgar Allan Poe, el escritor que estableció ese tema y fundó el género, con Los crímenes de la calle Morgue (1841), sino Dorothy L. Sayers, una escritora menor pero emblemática de la antigua novela policial, aquella del enigma en el jarrón veneciano, según la expresión de Raymond Chandler para rechazar ese tipo de literatura.

Blomkvist investiga un misterio con una lista cerrada de sospechosos. Este rasgo recuerda a las novelas de Agatha Christie, referencia que reaparece explícitamente en otros escritores, como Fred Vargas. La creciente difusión de la novela policial de corte histórico, las intrigas ambientadas en un pasado lejano o con enigmas que remiten a épocas remotas y, en consecuencia, desatan investigaciones complejas son otros indicios de que el predominio de la novela negra como forma del relato policial está actualmente en cuestión.

"Cuando te aproximas a algo debes saber qué puedes esperar de él. Y debes esperar precisamente aquello que constituye su esencia", decía la poeta rusa Marina Tsvetáieva. La esencia de la novela policial consiste en unos pocos elementos que se mantienen invariables y que no podrían cambiar. Un enigma, el relato de una investigación, un detective, cierta iluminación del mundo: no hay mucho más. La clave de la difusión del género se encuentra en esa fórmula vigente desde sus orígenes y susceptible de las más diversas realizaciones. El encanto de un relato policial no consiste en acontecimientos irrepetibles ni en personajes novedosos, sino en ofrecer a los lectores la combinación de los mismos elementos, la repetición de una aventura inesperada.

La muerte y la brújula
Vicente Battista
En 1841 Edgar Allan Poe publica Los crímenes de la calle Morgue y establece las pautas de lo que poco después se conocería como "género policial". Tres años antes, en Buenos Aires, Esteban Echeverría había escrito El matadero (que se publicaría póstumamente en 1874), un texto en el que se pueden advertir algunos elementos cercanos a ese género. Aunque la violación y la muerte del joven unitario no bastan para tildar de policial a El Matadero, a su manera preanunciará la importancia que en la Argentina iba a tener ese modo de la literatura. No es casual que la primera novela policial publicada en lengua española haya aparecido en Buenos Aires. Se trata de La huella del crimen, de Raúl Waleis (pseudónimo de Luis V. Varela), editada en 1877 por Imprenta y Librerías de Mayo y anunciada bajo el rubro de "Novela Jurídica Orijinal" (sic). Su personaje clave es el comisario L'Archiduc, policía de París, que también será protagonista en Clemencia, la siguiente novela de Waleis. Para realizar sus investigaciones L'Archiduc recurre a la metodología que haría famoso a Sherlock Holmes. A Holmes lo encontraremos por primera vez en Estudio en escarlata, publicada en 1887. Como ya hemos visto, el comisario L'Archiduc resuelve su primer caso en 1877; es decir, lo hace diez años antes de que el célebre detective de Baker Street se diera a conocer.

L'Archiduc sigue los pasos de Monsieur Lecocq quien, a su vez, transita la senda trazada por el chevalier Dupin. Puro espíritu británico, en Estudio en escarlata Holmes ignora a L'Archiduc (es muy improbable que oyera hablar de él) y se burla de Dupin ("no cabe duda de que los análisis de Dupin eran geniales, pero no eran en absoluto el fenómeno que Poe parecía describir") y de Lecocq ("lo que Lecocq tarda al menos seis meses en conseguir me hubiera llevado a mí menos de veinticuatro horas"). Sin embargo, el sarcasmo de Holmes no alcanza a quebrar esa cadena del policial que comienza con Poe, continúa con Gaboriu, quien humildemente se considera su discípulo, se extiende a Waleis, quien a su vez se confiesa discípulo de Gaboriu, y se prolonga en Conan Doyle. Es interesante detenerse en ese ciclo para comprobar de qué modo el género policial se incorpora de inmediato en estas tierras. Basta con evocar a todos los escritores argentinos que lo practicaron y practican para comprender que llegó con el propósito de multiplicarse. Podríamos aventurar distintas hipótesis para explicar esa situación, desde nuestra necesidad de resolver enigmas hasta los modos particularmente violentos de enfrentar conflictos. En estas dos características –enigma/violencia– se centran los dos esenciales modos del policial, tanto el propuesto por Edgar Allan Poe como el propuesto por Dashiell Hammett. Pienso que hay un escritor argentino, Rodolfo Walsh, que aglutina y sintetiza ambos modos.

En 1953 Walsh compiló Diez cuentos policiales argentinos, la primera antología del género editada en nuestro país. En ese mismo año dio a conocer Variaciones en rojo, un volumen de cuentos policiales que tendrá por protagonista a Daniel Hernández, un corrector de pruebas que deviene detective llevado por las circunstancias: "Daniel no se habría interesado en la solución de problemas criminales –señala Walsh en el prólogo del libro– ni habría llevado su antigua amistad con el comisario Jiménez al nivel de una activa –y a veces molesta– colaboración". Además de Jiménez, policía en actividad, Walsh puso en escena a otro comisario, Laurenzi, algo irónico y muy suspicaz, pero ya retirado de la Fuerza. La misión de Hernández, de Jiménez y de Laurenzi es resolver enigmas, por consiguiente obedecen a las pautas del policial clásico, "género del que hoy abomino", confesaría Walsh un par de años después; exactamente en 1956, cuando llegó a sus oídos que podría haber sobrevivientes del fusilamiento clandestino que ordenara el general Aramburu para los supuestos participantes del alzamiento comandado por el general Valle. Buscó las fuentes y el resultado fue Operación Masacre, libro con el que inauguraría un nuevo género. "No fiction", lo bautizaron en los Estados Unidos y le otorgaron la paternidad a Truman Capote y a Norman Mailer, por A sangre fría y por La canción del verdugo, aunque ambas novelas aparecieron muchos años después de Operación Masacre. Poco importa el desliz, lo que de verdad interesa es que todos esos títulos se refieren a hechos criminales. Los libros posteriores de Walsh –¿Quién mató a Rosendo? (1969) y El Caso Satanovsky (1973)– consolidarán esa manera de contar la historia, con palabras precisas, definitivas, los modos típicos del policial negro.

El viernes 25 de marzo de 1977, en una esquina de San Juan y Entre Ríos, en el barrio de San Cristóbal, Rodolfo Walsh fue cercado por un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada. Tuvo tiempo de sacar la pistola calibre 22, pero no le sirvió de nada: los sicarios lo acribillaron a balazos y de inmediato, como quien recoge un trofeo, se llevaron su cadáver; aún continúa desaparecido. Si bien fue un crimen político, uno de los muchos que se cometieron en la última dictadura, no se puede negar que esa muerte heroica contiene el desgarro y la violencia de un excelente texto policial. Aquel que por estas tierras prefigurara El matadero y que se fue multiplicando sin descanso hasta llegar a nuestros días.

Asesinatos en el frío de Islandia

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Los asesinatos se venden mejor en verano

Las novelas de género negro son las más solicitadas durante los meses de vacaciones. Las novelas ambientadas en el lugar a visitar sustituyen ahora a las guías de viajes

"Se lo que estais pensando". Novela debut de John Vernon.foto.fuente:elheraldo.es


Del género negro o de aventuras, que cueste entre 19 y 20 euros, y "que enganche a la primera". Durante el verano, eso es lo que se busca en un libro, según los datos de las principales librerías zaragozanas. Todas coinciden en estas características, y también en que el grande entre los grandes durante está siendo 'Sé lo que estás pensando', de John Verdon. Aunque a la hora de escoger otros 'best sellers' veraniegos, los títulos son muy variados.

"Las personas se olvidan de la narrativa y optan solo por el entretenimiento", señalan en El Corte Inglés. Ahí, la gente ha comprado mucho 'La biblioteca de los muertos', de Glenn Cooper. El texto, traducido a 29 idiomas, cuenta la historia de un asesino que envía a sus víctimas una postal con la imagen de un ataúd y la fecha en la que van a morir. Toda la policía le busca sin éxito, porque no saben que la respuesta al enigma se encuentra en una profecía escrita mil trescientos años antes.

"Se busca la novela negra, el suspense, porque estos días lo que se quiere es alejarse de la realidad", explica León Vela, de Cálamo, quien explica que entre los títulos más solicitados en su librería están dos ejemplares de tramas policíacas: 'Crimen en directo', de Camilla Läckberg, y 'Dos crímenes', de Jorge Ibargüengoitia.

"La explosión de este género se debe a la saga de Stieg Larsson, porque este es un fenómeno que viene desde antes del verano", asegura Vela. Y aunque las listas de los más vendidos demuestran que eso es cierto, también desvelan que a más calor, más historias de asesinos se buscan: nombres como Arturo Pérez-Reverte, que presidió el ranquin de ventas durante las últimas 18 semanas con 'El asedio', ha sido superado en verano por títulos del género negro.

"Las que no pierden lectores son Julia Navarro, con 'Dime quién soy', y María Dueñas, con 'El tiempo entre costuras", cometan en la Librería General. Las dos españolas han estado entre las más vendidas todo el año y se mantienen, aún sin ser novedades. Si la tendencia continúa, podrían colarse en la lista de los más vendido del año, mejorando los datos de 2009, cuando los primeros cinco puestos fueron ocupados por obras extranjeras.

"Piense en un número"
Un hombre recibe una postal donde le solicitan que piense en un número. Luego le piden que abra el pequeño sobre que acompaña al texto, y dentro está el número que segundos antes había pensado. Así arranca 'Sé lo que estás pensando', el bombazo literario de la temporada.

Es la primera novela de John Verdon, hasta hace poco solo conocido por sus campañas publicitarias. Y tiene todo lo que requiere un libro de verano: acción, misterio y enganche. Basta con ver su trailer (http://tinyurl.com/ 2vku6cy) para darse cuenta.

"Me fui de vacaciones en julio y al volver me encontré con esta sorpresa", admite César Muñío, de la librería París, quien confiesa que cada verano hay uno de estos grandes éxitos, pero que el de este año ha superado las expectativas.

Añade que gracias a esos libros, las ventas se han mantenido a pesar de la crisis, y en ese sentido también destaca los libros de bolsillo, que siempre cumplen en los meses de vacaciones. En su establecimiento, como en El Corte Inglés, la Librería General y Cálamo, además se ha notado otro fenómeno: en vez de los tradicionales libros de viaje, la gente ha comenzado a usar como guías las novelas ambientadas en los lugares que visitarán.

"La gente ojea mucho y si no les gusta la historia, lo dejan. Las guías no tiene trama, por eso prefieren algo que se pueda leer", afirman en El Corte Inglés. Obras del Nobel Orhan Pamuk como manuales para recorrer Turquía o 'Historias de Londres', de Enric González, para descubrir la capital británica, se usan como guías turísticas.

19.7.10

La nueva 'femme fatale' de la novela gráfica

Coqueteo, alcohol, cigarrillos y un mundo de apariencias fabrican un cóctel explosivo en Asquerosamente rica, una novela gráfica arquetípica del género negro, un relato "de crimen y sexo, y de cómo uno se relaciona con el otro", en palabras de su dibujante, el valenciano Víctor Santos

La lujosa protagonista de Asquerosamente rica.foto:Efe.fuente:elmundos.es

El cómic, primera publicación de la serie Panini Noir, cuenta la historia de un perdedor, Richard Junkin -"Junk para los amigos"-, un antiguo jugador de fútbol americano con una carrera truncada por una lesión, que ha acabado por convertirse en un patético vendedor de coches de Nueva Jersey.

Las cosas se complican para Junk cuando el jefe del concesionario le encomienda una nueva tarea: ser el guardaespaldas de su hija Vicky, una sensual joven cuyo "territorio de caza" son las noches desenfadadas del Nueva York de la década de los 60. Pero más que el acompañante de Vicky, Junk acabará transformándose en su "perrito faldero", o lo que es peor, en la persona encargada "del trabajo sucio".

Escrita por el conocido guionista de cómics estadounidense Brian Azzarello, autor de la serie '100 balas', 'Asquerosamente rica' es una historia producto de la amistad surgida entre el escritor y el dibujante tras coincidir ambos hace unos seis años en el Salón del Cómic de Avilés.

En aquella ocasión, cuenta Santos en una entrevista con Efe, Azzarello quedó entusiasmado con la incipiente obra del joven dibujante valenciano -autor sobre todo de serie negra y fantástica-, al punto de que se marchó "con ganas" de trabajar con el dibujante.

Dos años después volvieron a coincidir en Barcelona, pero esta vez Azzarello traía una propuesta concreta para Santos: "una historia de género negro puro y duro, en esa línea de blanco y negro que a él [Azzarello] le gusta mucho", confiesa el dibujante. "Hablamos de hacer un tipo de historia muy clásica, con la clásica 'femme fatale', que es una figura que nos gusta mucho, y con personajes arquetípicos", agrega.

Un cómic lleno de influencias

Surgió así 'Asquerosamente rica', una novela gráfica que bebe de las fuentes de los autores clásicos del género negro: Raymond Chandler, Dashiell Hammett, James M. Cain y, en particular, de Jim Thompson, un escritor con muchos "puntos en común", afirma Santos, con Azzarello. "Él juega mucho con el tema del perdedor, sus personajes suelen ser gente que tiene algo del pasado que arrastran y que les ha jodido la vida", afirma Santos.

En 'Asquerosamente rica', aclara el dibujante, la historia está muy contenida, "pero cuando la violencia estalla, estalla de forma muy potente".

El cine es otro de los puntos de referencia de la historia. Películas como 'Ocean's Eleven', 'El cartero siempre llama dos veces' o 'L.A Confidential' marcan la línea estética de la historieta. Con un trazo realista pero con el toque 'cartoon' que lo caracteriza, Santos explica que se preocupó por "definir espacialmente" el escenario en el que los personajes se mueven e interactúan para que el lector pudiera situarse.

Sobre si el cómic tendrá continuidad, Santos señala que "hay muchas posibilidades". Lo que sí es seguro es que ambos tienen la intención de continuar colaborando juntos, pero "siempre en género negro", acota el dibujante.