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28.9.10

Le carré:"La barbarie es fruto de la mediocridad"

Su nuevo y estupendo libro, un voluminoso mafioso ruso, dos temibles ex-agentes del KGB y un espía británico venido a menos se pelean en el vestíbulo de este hotel
El escritor John Le Carré.foto: CARLES RIBAS.fuente:elpais.com

Por si quedaban dudas, John Le Carré adora una buena trama. Cita al periodista una injusta mañana invernal en Berna, en el lujoso Bellevue Palace, uno de esos hoteles que retienen cierta grandeur de otra época incluso aunque, como es el caso, albergue una bullanguera convención de productores de gruyère. Podría pasar perfectamente por el escenario de una de sus novelas si no fuera porque en efecto lo es. En el clímax de Un traidor como los nuestrosInternational Herald Tribune que en la adaptación en proceso de su novela El topo (1974) Gary Oldman encarnará a su más célebre criatura, el agente George Smiley. Y esta vez, la vida imita a la ficción: El sándwich club del hotel es tan bueno como se asegura en el libro y desde las habitaciones se vislumbra el "río Aar bajo la ventana y los picos del Oberland bernés a lo lejos, negros contra el cielo".

"En este mismo salón", recuerda el gran novelista británico de espionaje, "se celebraba los sábados por la tarde un baile cuando llegué en 1949 a la somnolienta Berna escapando de Inglaterra para estudiar alemán. Pagabas tres francos y podías escoger a una chica con la que bailar bajo la atenta mirada de su madre". David Cornwell no era por aquel entonces el John Le Carré de su seudónimo, ese autor que adoran millones de lectores de todo el mundo, ni tampoco había sido aún reclutado en Oxford por el MI6, servicio de inteligencia británico, con una discreta palmadita en la espalda.

Han pasado más de 60 años, pero el viejo espía, que abandonó el servicio a principios los sesenta, según confesó a finales de la década pasada, sigue embarcado en la misión de retratar con envidiable compromiso los problemas de nuestro tiempo desde el subsuelo del mundo del espionaje. En esta ocasión, el tema es el blanqueo internacional de dinero, el podrido Londres plutócrata y la impunidad en la que se mueven los oligarcas rusos. Hay espías, por supuesto, que "trabajan para un país que no alcanza a pagar las facturas" y "en el que el Foreign Office no es más útil que un sueño húmedo". También hay héroes inconfundiblemente Le Carré, como la pareja protagonista, Perry y Gail, aficionados el tenis como metáfora de lo que puede y no puede ir bien en el mundo, dos tipos normales en una situación completamente anormal.

Esta ronda de entrevistas, asegura el escritor desde la altura de sus casi 80 años, será la última. Si, como asegura uno de los personajes de Un traidor como los nuestros "los diplomáticos mienten por el bien de su país y los políticos para salvar su pellejo"... ¿Habrá que creer a un autor que construido su enorme reputación a partir de tipos tan acostumbrados a vivir en la mentira que olvidan lo que es decir la verdad? "Ya soy una persona mayor", explica Le Carré con la elegancia y la genuina amabilidad que adornan cada uno de sus gestos. "Bastante tengo con concentrarme en escribir. La conversación es una forma de arte. Y los requerimientos promocionales se han hecho enormes".

P. ¿Siente vértigo al asomarse a los 80 años?

R. No especialmente, solo agradecimiento por todas las vidas que viví.

P. ¿Tantas fueron?

R. He sido huérfano, interno en el Gulag de la enseñanza británica, cristiano fallido, desgraciado, virgen durante demasiado tiempo, marido precoz, espía niñato que buscaba su identidad en la pertenencia a las instituciones del servicio secreto, amante desesperado con aventuras continuas y bastante idiotas. Supongo que maduré demasiado tarde.

P. Esto podría ser un ensayo para su anhelada autobiografía.

R. Siempre que la empiezo, acabo escribiendo una novela y eso está bien. Creo que debería acometerla un buen biógrafo, le daré una lista de gente a la que no gusto y otra de gente que me quiere [Risas].

P. Sabemos por su propia confesión que fue espía en su juventud y que su padre fue un estafador de altos vuelos... ¿Le quedan secretos por desvelar?

R. No querría sonar pomposo, pero un escritor solo tiene un enigma y es su propia vida. Mi padre era un criminal y crecí con ello. Y sí, estuve en el servicio secreto. Nunca revelaría nada de aquel tiempo, por eso supongo que no escribo mis memorias.

P. Por eso su gran enemigo fue Kim Philby, el doble agente británico al servicio de la URSS que le delató a usted y a decenas de sus compañeros...

R. No estreché su mano en Moscú cuando pude, en 1989. No quería dignificarlo, como él pretendió tras el parapeto ideológico del comunismo. Cuando nos traicionó, el ya era consciente de lo que era capaz Stalin.

P. Y usted, como izquierdista en los sesenta, ¿se creyó aquel cuento? Otros, como Kingsley Amis, se dieron cuenta tarde.

R. Lo descubrí tarde, pero estaba claro. Era un régimen terrible. No había excusas. Cuando fui a Alemania por primera vez a finales de los cuarenta aun olía a muerte. No entendía cómo habían sido capaces. Luego, ya de mayor, me di cuenta de cada país tiene su barbarie. Y que la barbarie no es un atributo solo de los hombres poderosos. Es consecuencia de la mediocridad. Gente normal haciendo cosas horribles.

P. Hace año y medio declaró a este diario que creía en que el mundo financiero estaba en vías de cambiar para siempre, de aprender de los errores, que era un momento histórico. Obviamente, se equivocó.

R. Cierto. En nuestro país, los grandes bancos están sujetados en un 60, en un 80% por los impuestos. Esa era la política de Gordon Brown; imprimir dinero. Y los bancos son organismos que no benefician en absoluto a la sociedad.

P. Pareciera que los hombres una y otra vez confiáramos en el cambio de rumbo de las cosas solo para decepcionarnos de nuevo...

R. Siempre hay señales que te convencen de que esta vez será distinto. Volviendo al tema de los bancos, creo que son en gran parte responsables del blanqueo internacional de dinero. Si yo o usted se presenta en un banco de Londres con una maleta llena de billetes grandes, probablemente llamen directamente a la policía. Ahora, sí el señor Orloff, prominente hombre de negocios de Moscú, lo hace... yo se lo pregunté a dos grandes banqueros de Londres y los dos me contestaron lo mismo: si presenta ciertos credenciales y quinientos millones de libras, no somos policías, si tiene apariencia legal, será legal. En Rusia no existe el dinero limpio. Me fascinan los mecanismos del blanqueo de dinero.

P. En el libro habla de los hoteles negros...

R. Ese es maravilloso, pero no lo he inventado yo. Lo vi en Panamá por primera vez. Era uno propiedad de [el narco] Pablo Escobar. Allí los llaman hoteles de la cocaína. Son enormes, pero nunca nadie pernocta en ellos. Están vacíos. Si llama, le dirán que están completos. Y cada semana sale un camión repleto de dinero supuestamente procedente del acomodo, del casino y de los restaurantes rumbo a un banco para lavarlo convenientemente.

P. De la lectura de su última novela se deduce que no cree que el dinero no huela, el non olet de la vieja expresión de los romanos.

R. Apesta a tráfico de drogas, de armas, asesinatos a sueldo, a opresión y a enorme corrupción. Y creo que los bancos son en gran parte responsables del blanqueo internacional de dinero. Mucho más preocupante resulta el asunto en Rusia, donde no existe el dinero limpio.

P. Resulta irónico hablar de este tema en la capital de la confederación helvética... ¿Exigir a un banquero suizo control sobre el blanqueo de dinero es como aspirar a que un relojero de este país pida explicaciones al tiempo?

R. No es un asunto exclusivamente suizo. En Gran Bretaña los bancos también compiten por lavar más blanco. Le contaré mi propia experiencia en blanqueo de dinero... Cuando Harold Wilson era primer ministro, pagaba 86% de tasas y si ganabas aún más que yo, podrías verte en la situación surrealista de que tenías que pagar más de lo que ingresabas. Así que una reputada firma contable me aconsejó que constituyese una empresa en Suiza de la que recibir un sueldo. Me metí en este mundo durante unos dos años, hasta que me pillaron. Desde entonces he sido puro y virginal. Nadie sabe ya cuándo el dinero es negro, blanco o gris. La realidad es que cuanto antes entre el dinero negro en el círculo del dinero legítimo, mejor para el sistema, aunque proceda de las más horrendas fuentes.

P. Nadie está en condiciones de rechazar dinero ahora mismo, supongo.

R. Cierto. Los bancos necesitan dinero venga de donde venga. La Rochefoucauld decía que la hipocresía es el peaje que el vicio le paga a la virtud. El propio sistema de los servicios secretos se basa en el dinero negro. Es el modo en el que recibes tu salario, es inevitable. Y si por esa razón en todos los países hay un cierto matrimonio entre el crimen y la inteligencia, en Rusia el matrimonio es completo. Rusia es un estado criminal.

P. Lo afirma rotundamente...

R. Lo es. Fueron de los zares blancos a los zares rojos y ahora están bajo los zares grises. Es una nación sin ninguna experiencia democrática. Sospechan de ella. Hay dos cosas que unen a los rusos; aman su país, siempre que pasan dos semanas fuera lo añoran terriblemente, y les aterroriza el caos. En nombre del patriotismo puedes conseguir mucho si eres un político. No digamos ya del miedo al caos. El truco para gobernar un gran país es convertirlo en víctima. Ya sea con ocasión de las Torres Gemelas o la amenaza chechena. Inventamos los enemigos que necesitamos.

P. En el libro asegura que se inventan ataques chechenos para justificar crímenes de estado.

R. Estoy seguro de que sucede. Los rusos tienen una licencia para hacer lo que quieran con los chechenos. Primero Reagan y luego los Bush les dijeron: "Haceros cargo de esa gente. Es vuestro problema. Nosotros nos encargaremos del resto del mundo". Lo que era una guerra de independencia como las que ha habido en mi país o en el suyo, se ha convertido a los ojos occidentales una guerra contra el terror. Inventamos los enemigos que necesitamos. En el libro anterior, estaba presente el asunto del blanqueo de dinero y el asunto checheno, así que me quedé prendado con ello. Es una cosa que viene de 1991, cuando conocí a un tipo, uno de los hombres más peligrosos de Rusia, un pez gordo, en un club a las dos de la mañana. Se llamaba Dima, como el personaje de la última novela, y yo iba acompañado de mi guardaespaldas, que era el campeón nacional de lucha abjaso. Fue muy ilustrativo.

P. Un cliché sobre su obra dice que con el fin de la Guerra Fría, se le acabó su tema literario. Da la sensación de todo lo contrario.

R. Yo estaba cansado, ¿cuánto puedes escribir sobre los problemas morales de enfrentarse al comunismo? Lo hice durante demasiado tiempo. Lo que nos dejó fue una era pos imperial apasionante...

P. Nada que se pudiese considerar, como en el desafortunado vaticinio de Fukuyama, el fin de la historia.

R. ¡Claro que no! El propósito del capitalismo quedó desenmascarado. En una de las últimas apariciones del bueno de [su célebre personaje] George Smiley decía: "Ya hemos vencido al comunismo; ahora nos toca lidiar con el capitalismo". Y en esas estamos. No creo que la globalización sea buena en absoluto. Es la vieja colonización con otro traje. Es la destrucción del tercer mundo, la creación de mega ciudades y la explotación del trabajo barato y sin regular. Es una catástrofe ecológica y sociológica. Creo que hay mucho sobre lo que escribir.

P. Y no piensa dejar de hacerlo, claro.

R. Es mi obligación moral, muchacho.

P. ¿Contra la URSS vivíamos mejor?

R. Al menos la mitad de los problemas eran de otros. La gran pesadilla de los americanos durante la Guerra Fría es que alguien, los cubanos por ejemplo, tirase una bomba sobre Nueva York. ¡No era una realidad de la Guerra Fría, era una realidad de la era posterior! No sé por cuánto tiempo podemos vivir con este concepto de América como un animal herido. Ha provocado dos cosas: el completo aislamiento del país y la demonización del Islam. A diferencia de los europeos, los americanos piensan que una guerra sirve para algo. Y francamente, no lo entiendo, porque esos tipos han perdido (o no han ganado) todas las guerras en las que se han metido. La Segunda Guerra Mundial la ganaron los soviéticos, con el coste de treinta millones de vidas, no ganaron la de Corea, ni Vietnam. De Irak se han ido con el trabajo sin terminar y no ganarán la de Afganistán.

P. ¿Cambiará algo Obama?

R. Desearía ser capaz de cambiar algo. Pero si aún siete de cada diez estadounidenses siguen creyendo que Sadam Hussein tuvo algo que ver con las Torres Gemelas, y un 40% se traga que Obama no es americano y encima es musulmán, a qué puedes aspirar. No sé cómo podrá contra los lobbies, el aparato mediático de la derecha y contra su propio partido, que es extremadamente incompetente y desleal. Está esposado.

P. Da la sensación de que la propaganda es un asunto mucho más preocupante en esta era de la información.

R. Es más poderosa. Mussolini definió el fascismo como ese momento en el que no hay diferencia entre el poder político y el empresarial. Se olvidó del poder mediático, porque en aquellos tiempos se daba por supuesto. También hemos olvidado a dios en el argumento. Nunca creímos que en el siglo XXI el asunto religioso estaría tan condenadamente presente. Que cada cual crea lo que quiera, pero ¡que sea un asunto político!

P. Desde luego, hay que pellizcarse para creerlo...

R. Mi considerable antipatía hacia Tony Blair viene precisamente por ese lado. Y eso que le voté creyendo que era de izquierdas, cuando resultó ser más de derechas que Gengis Khan. Una vez el periódico The Guardian me invitó a entrevistarlo y consulté a algunos amigos periodistas que me dijeron: "David, es imposible hacer sangre de ese hipócrita". Así que lo rechacé. No quería contar como uno de sus triunfos. Está claro ahora, tras leer la autobiografía, que había mezclo a Dios en sus decisiones. Creo que las creencias religiosas deberían declararse en la alta política. Si yo creo que el segundo advenimiento del señor solo se dará cuando el Gran Estado de Israel está consolidado, mis votantes deberían saberlo. Si Bush y Blair pensaban que estaban conduciendo una cruzada cristiana contra las fuerzas del Islam, eso no puede ser un secreto de estado. ¿Qué Dios te dijo que invadiese un país? ¡No fastidie! ¡Cuál dios!

P. ¿Tiende a dar crédito a las teorías de la conspiración?

R. No. Mi limitada experiencia sobre conspiraciones, que ya ha cumplido los cincuenta años [desde que abandonó el servicio secreto], es que si usted y yo conspiramos, uno de los dos se lo contará a su novia, el otro se dejará una maleta olvidada en el metro y ambos olvidaremos sincronizar nuestros relojes. El otro día Ahmadineyad dijo en las Naciones Unidas que el 11-S fue una trama del Gobierno de EE UU. Eso no puede ser, por la sencilla razón de que se necesitaría la complicidad de tanta gente, que sería prácticamente imposible guardar el secreto.

P. ¿Cómo se las apaña para no perder comba con la contemporaneidad, para escribir sobre problemas de hoy que le suceden a gente de hoy?

R. Tengo muchos hijos y nietos. Y mantengo vivo al niño en mi interior. Lo bueno de ser un escritor vejestorio es que has vivido muchas vidas y que ya no estás dominado por la pasión o el deseo, pero puedes recordar lo que es perder la cabeza por las mujeres.

P. ¿Se comportaría como un héroe en el caso de una guerra?

R. No. Una vez estuve en Vietnam. En Phnom Penh. Compartí experiencias con corresponsales de guerra y los respeté un montón, entendí por qué todos son unos junkies, tienen que hacerlo para pasar el trago.

P. ¿Cómo ve a los servicios secretos en esta nueva era?

R. Me preocupa su politización. Están al servicio del poder, proporcionan información para sostener sus mentiras. Cuando yo me dedicaba a ello, nos considerábamos como los buenos periodistas; conseguíamos verdades para arrojárselas al poder. La diferencia con los periodistas es que estábamos autorizados a emplear otros métodos, como hablar con traidores, ser desleales, pinchar teléfonos y toda esa basura.

P. A todas luces de eso trata su obra, de hacer cosas erróneas por las razones correctas y los conflictos morales que eso acarrea.

R. Exacto. Sobre el conflicto de lo que nos debemos a nosotros mismos y a la sociedad. Sobre lo que es en realidad el patriotismo.

P. ¿Nunca fue contactado por el servicio británico después de abandonarlo?

R. No. Me volví un tipo bastante impopular.

P. Se dice que los agentes del KGB adoraban sus novelas...

R. No tengo ninguna duda. Hace unos años Eugeni Primakov, que entonces era ministro de Asuntos Exteriores y había sido director del KGB, me lo confirmó. Le pregunté con quién se identificaba en mis novelas y dijo: "Smiley, por supuesto" [Risas].

21.9.10

El ocaso de los sueños

Es uno de los mejores novelistas británicos, junto con Martin Amis, Ian McEwan y Salman Rushdie. Acaba de publicar un libro de cuentos, Nocturnos, donde el tema gira en torno al fracaso

COMPOSITOR. En Nocturnos, Ishiguro escribe una obra dividida en cinco movimientos.foto.fuente;Revista Ñ
El nuevo libro de Kazuo Ishiguro presenta a una mujer norteamericana que dice ser una virtuosa del violoncelo. Se hace amiga de un violencelista húngaro que se gana la vida tocando en cafés, y todos los días lo alecciona, con honestidad y vehemencia. "Vos lo tenés", le dice. "Es indudable. Vos tenés... potencial". Los días devienen semanas y él se pregunta por qué ella no tiene un violoncelo, y finalmente, cuando el verano ya está a punto de terminar, descubre por qué. En realidad, no sabe tocar el instrumento. Estaba tan convencida de su genio musical que para ella ningún profesor podía llegar a estar a su altura, por lo tanto, antes que opacar su don con la imperfección, optó por no realizarlo nunca. "Al menos no dañé lo que tengo de nacimiento", dice.

El autoengaño sensiblero y los sueños incumplidos –un lamento al tiempo que se va y a la vida que no es como esperamos– han sido temas característicos de casi toda la obra de Ishiguro. Son, al parecer, inquietudes perturbadoras para uno de los escritores más exitosos de Gran Bretaña.

Su potencial fue ciertamente identificado desde muy temprano; en 1983, fue considerado uno de los mejores novelistas jóvenes de Gran Bretaña, junto con Martin Amis, Salman Rushdie e Ian McEwan, su segunda novela ganó el premio Whitebread, y la tercera, Los restos del día, ganó el Booker. Pero esta promesa temprana se cumplió con creces; a los 54, sigue siendo un fenómeno literario –su última novela, No me abandones, fue llevada al cine, protagonizada por Keira Knightley– y en persona transmite la confianza contenida de un escritor seguro de que su nuevo trabajo, Nocturnos, será otro acontecimiento editorial.

Vive en la zona norte de Londres con su mujer y su hija de 17 años –una casa amplia llena de piezas artísticas y libros y música. Cualquiera que busque pistas crudas que revelen la motivación oculta detrás de sus cuentos, las encontrará en guitarras salpicadas en distintos lugares. El sueño de Ishiguro en su adolescencia y después de los 20 años era ser cantautor –actuó en el subte de París, presentó demos esperanzados, y Nocturnos es una compilación de cinco cuentos sobre músicos que nunca alcanzaron el éxito que soñaron. Pero aclara que el patetismo de la pérdida de ellos no tiene nada que ver con él.

"No, la ambigüedad de la duda: ¿podemos o no aferrarnos a un sueño? no tiene que ver con un sentimiento mío de que hubo una carrera que no hice, porque lo que quería ser se desarrolló siendo novelista. Siempre quise crear determinados climas e historias, y a los veinte sentí los límites de lo que podía hacer componiendo canciones. No podía llevarlo más lejos. Pero sí descubrí en ese momento que podía hacerlo si escribía ficción. Por eso siento que hice una evolución natural de escribir canciones a novelas –y ese estilo que todavía tengo, cosa evidente en los Nocturnos, es muy reducido como autor de canciones."

Después de cinco novelas, Nocturnos es su primera compilación de cuentos. Si bien están unidos por el pathos de su estética nostálgica, se leen como cuatro relatos discontinuos, pero él parece incómodo describiéndolos así y prefiere referirse a Nocturnos como "un libro de cuentos". "Me resistí a llamarlo una selección de cuentos porque a veces los novelistas publican selecciones de cuentos y son una mezcolanza de historias que estuvieron guardadas durante 30 años. Mientras que yo me senté a escribir este libro y lo escribí del principio al fin.

"No sé qué pensaría de esto un verdadero escritor de cuentos, pero yo trabajé como lo haría un novelista. No me declaro autor de cuentos, y no tengo idea de si soy bueno; simplemente los escribo casi como un novelista. Suena muy pretencioso, pero es similar a algunas formas musicales, las sonatas por ejemplo, hay cinco que parecen piezas totalmente independientes pero van juntas".

¿O sea que no es una novela? "No quería que las historias se entrelazaran como en una novela. O sea son cuentos. Pero siempre he dicho que no quería editarlos por separado, no quiero que los dividan. Es poco razonable de mi parte porque probablemente funcionarían solos, pero siempre los pensé como un solo libro. Es un libro de ficción que está dividido en estos cinco movimientos". Hace una pausa para reflexionar y sonríe disculpándose. "No me gustan estas analogías musicales, porque suena terriblemente pretencioso. Tal vez sea mejor decir que es como un álbum, y a veces el autor no quiere que un tema sea lanzado como single".

La ficción de Ishiguro es aclamada por la elegancia despojada de su escritura, un testamento a la fuerza de lo que queda sin decir. Pero no es nada despojado en la conversación. Lo curioso es que, al final, sigo sin saber cómo es. No podría decir que está a la defensiva pero hay en él una opacidad que elude la descripción y no da ningún indicio de lo que podría haber en su interior. Tiene la piel sin arrugas, la voz suave, los movimientos compactos y fluidos, casi felinos, y, como siempre, está vestido de negro. Hasta la casa es difícil de catalogar, pues aunque amplia y forrada de libros, se encuentra en Golders Green, un barrio londinense poco de moda, y de afuera es un lugar donde podría vivir un contador. No tengo idea de qué lo divierte, o qué podría enojarlo, y después me doy cuenta de que es muy bueno hablando sin transmitir una idea de sí mismo. Nunca conocí a nadie que se prestara menos a una caracterización. No debo ser el primero que se encuentra con esto porque cuando le pregunto cómo se siente cuando lo entrevistan, responde: "Me han dicho que en situaciones de guerra, cuando interrogan a la gente, el interrogado debe desarrollar dos o tres capas de historia personal, porque si lo capturan y se quiebra, entonces, está entrenado para sacar la segunda capa; y luego se quiebra de vuelta y pasa a la siguiente. Cuando no es más que un cráneo que grita, lo que grita es la tercera historia preparada. Al parecer es así como está entrenado.

"No estoy diciendo que yo tenga una segunda o tercera capa", se ríe. "Digo esto porque los entrevistadores leen entrevistas anteriores, y cuando uno dice lo mismo que antes, lo consideran como la primera historia entonces quieren pasar a la segunda capa. Y así hasta que uno empieza a decir, OK, sí, todo tiene que ver con mi trauma infantil".

Su ansiosa preocupación por el potencial desaprovechado no parece deberse en absoluto al trauma infantil. Nació en Japón, pero se mudó con sus padres y dos hermanas a Surrey cuando tenía cinco años, y desde entonces vive aquí. Sus padres encontraron deslumbrante la cultura británica, e Ishiguro fue moldeado en el papel del intermediario antropológico, pero esto le dejó más una fascinación por las minucias de clase que una herida de separación. Después de graduarse en Lengua trabajó para una obra de beneficencia que se ocupaba de los sin techo, donde conoció y se casó con su esposa de Glasgow, y luego se anotó en el curso de escritura creativa de Malcolm Bradbury en la Universidad de East Anglia. "Tuve la suerte de surgir justo en ese momento, y escribí los libros que eran indicados para esa época. Tuve mucha suerte. Publicar tres libros y tener diez años de carrera y ganar el Booker y el Whitebread lo que hace es, hasta cierto punto, que desaparezca esa ansiedad, esa sed de ser elogiado. Otras ambiciones y otros criterios de éxito y fracaso comienzan a aparecer. "Incluso escribir Los restos del día fue demasiado fácil para mí, el proceso de escritura no fue tan interesante como podría haberlo sido. Pienso que en ese momento estaba listo para algo que me resultara difícil escribir. En cierto modo, ansiaba una relación diferente con los críticos. Había sentido que corría peligro de ser un escritor demasiado agradable".

Su cuarta novela, Los inconsolables, fue distinta, y tan difícil, que un crítico sugirió que se hiciera el harakiri y otros se preguntaron si se había vuelto loco. Pero algunos grandes literatos lo defendieron ferozmente, como Anita Brookner, y a partir de ese momento fue revalorado. Cuando The Observer publicó una encuesta sobre las mejores novelas contemporáneas, Los inconsolables se ubicó tercera, en el mismo puesto que Expiación e Hijos de la medianoche y por delante de Los restos del día.

¿Se siente reivindicado? "No es que me sienta reivindicado, pero sin Los inconsolables no habría podido hacer las cosas que hice después. Me permitió escribir de una determinada manera, y me sacó de cierto tipo de rincón intelectual en el que estaba".

Pero le preocupa el paso del tiempo porque hasta ahora sólo ha publicado una novela cada cinco años. A este ritmo, sonríe, Nocturnos "se adelantó un año porque tomé conciencia, creo, de mi lentitud para publicar. Llega un momento en que uno puede, más o menos, calcular la cantidad de libros que va a escribir antes de morir. Y pienso: me quedan sólo cuatro y entonces empiezo", se ríe, "Es un poco alarmante. Por eso pensé que me convenía adoptar una actitud menos relajada".

Suelen decir que a Ishiguro lo obsesiona el hecho de que un escritor escriba la mejor obra en su juventud, pero cuando se lo digo, se apura a comentar, "Sí, no es tanto mi obsesión como la de Martin Amis. Me cita constantemente. Hace poco estaba en el programa Today y me sorprendió que mencionara mi nombre. Cuando abordó el tema de la gente que va marchitándose con la edad, dijo, 'Oh, Ishiguro tiene un gráfico en su pared que muestra qué edad tenían algunos autores cuando escribieron sus obras maestras'. Y también lo dijo en la muestra de la South Bank".

¿No es verdad? "No, no tengo un gráfico en mi pared. Creo que se lo dije una vez en broma cuando él estaba por cumplir 40, y obviamente le llegó. Le preocupa a él pero él dice que el preocupado soy yo". Pero Ishiguro parece realmente preocupado. Cuando tenía alrededor de 30 años, dice, se enteró de que la mayoría de las obras maestras literarias habían sido escritas por menores de 40. "O sea que no hay que quedarse cómodo a los 30 pensando: 'Ah, bueno, voy a perder el tiempo y hacer algunas reseñas de restaurantes y pasarla bien y cuando tenga 50 me siento a escribir mi obra maestra'. La cultura literaria es muy engañosa porque mira a los escritores de 30 y dice que son 'promisorios' o 'con futuro', cuando en realidad alcanzaron el punto más alto".

Cuando le pregunto si él piensa que alcanzó el punto más alto a los 30, se toma un segundo antes de responder, "En ciertos aspectos, sí. Por eso trato de cambiar y escribir cosas distintas".

Sigo sin saber por qué le genera tanta compasión su personaje de Nocturnos, la mujer que se considera una violoncelista virtuosa pero nunca se atrevió a probarlo aprendiendo a tocar. Es un personaje obsesivamente triste, pero retratado con simpatía, e Ishiguro coincide en que no se burla de ella. Pero no escribe sobre sí mismo, explica. "Muchos amigos se encuentran en esa situación. Desde jóvenes estuvieron convencidos de que eran genios. Recuerdo uno que una vez me escribió, entre comillas, diciendo, ¿hay vida después del potencial? Estaba con una crisis de aquéllas y a veces uno se vuelve adicto a la idea de que tiene un potencial enorme. Es una posición por la que siento mucha empatía –bueno, siento mucha simpatía por la gente que quiere hacer algo. Sólo que no tiene la técnica".

"No me muevo con los exitosos brillantes, salgo con amigos de muchos años y hasta cierto punto mi éxito mundano les resulta un poco incómodo. Soy casi como una acusación. Me cuesta mucho –cuando me encuentro con algunos viejos amigos, trato de no hacer referencia a ciertas cosas que hago en este mundo. Uno de mis amigos más viejos viene a tocar música y seguimos juntos. Es alguien que conozco desde los 12 años, y nunca pudimos llevar adelante la amistad fingiendo que no soy un escritor famoso. Bueno, no fingimos que no lo soy. Simplemente no hablamos de eso. Soy consciente de que algunas personas están teniendo experiencias como los personajes de este libro, se han construido con mucho cuidado una protección a su alrededor, o se consuelan entre sí diciendo que es imposible alcanzar un sueño sin hacer concesiones muy fuertes consigo mismo".

¿No es simplemente vano autoengaño? "Bueno, a veces sí", responde con una leve sonrisa.

(c) The Guardian y Clarín
Traducción de Cristina Sardoy

19.8.10

El padre de Jeckyll y Mr.Hyde también escribía ensayos

Gonzalo Suárez, escritor y guionista, se lleva de vacaciones los Ensayos de Robert Louis Stevenson

Robert Louis Stevenson, autor de La isla del tesoro.foto.fuente:elpais.com

EL PAÍS ha preguntado a 30 escritores qué cinco libros meterían en la maleta para las vacaciones. Cuáles serían sus lecturas de verano ¿El resultado? Hemos hecho una clasificación con los más citados y te los recomendaremos cada día en 'Tentaciones de Verano'. Estira la toalla, es hora de leer.

¿Quién no ha escuchado hablar de La isla del tesoro o de El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde? Su autor, Robert Louis Stevenson, (Edimburgo, 1850 - Samoa, 1894) es uno de los grandes narradores del siglo XIX y sus historias, desde las de aventuras hasta las novelas fantásticas, han entretenido a jóvenes y no tan jóvenes de generación en generación. Pero al margen de su faceta más conocida, la de novelista, Stevenson también dejó un importante legado de ensayos que recomienda el escritor y guionista Gonzalo Suárez (Oviedo, 1934; otrora conocido como Martín Girard).

Esta recopilación de ensayos literarios de Stevenson incluye reflexiones sobre el arte de la escritura y la crítica literaria. Documentos que contienen las ideas fundamentales en las que se basó el autor para construir toda su obra: sus influencias. Stevenson habla de la moral del escritor, de la técnica y el estilo. Para completar los ensayos se apoya en textos de grandes escritores como Edgar Allan Poe, Julio Verne y Alejandro Dumas, entre otros. La obra ensayística del autor escocés es decisiva por su influencia en el género de la novela de aventuras.

Stevenson tuvo una vida intensa. Su salud fue muy débil desde muy temprana edad y algunos estudiosos de la vida del escritor han barajado la posibilidad de que sufriera tuberculosis. Fue su niñera la que le inculcó la afición por la lectura, contándole historias mientras permanecía en cama a causa de su continua enfermedad. Cuando alcanzó la edad para entrar en la universidad se matriculó en Ingeniería, como era la tradición familiar. Pero el joven escritor ya llevaba tiempo redactando historias, por lo que abandonó la carrera. Poco después se dedicó al estudio de las leyes.

Durante un viaje por Europa conoció a la que sería su mujer, Fanny. Juntos vivieron en multitud de lugares, desde el lejano oeste hasta Suiza. Finalmente se instalaron en la isla de Samoa, en el Pacífico sur, donde el escritor murió con 44 años.

Esta recopilación de ensayos es, en definitiva, de gran interés para todos los seguidores del autor, así como para los estudiosos de los fundamentos teóricos de la literatura. Eruditos y fans, todos son bienvenidos a disfrutar de este ejemplar en los días de descanso que aún quedan.

Ensayos, Stevenson (Ediciones Hiperión).


Otros libros de R.L. Stevenson:

El extraño caso del doctor Jeckyll y Mr. Hyde (Libros del zorro rojo)

La isla del tesoro (Espasa-Calpe)

La flecha negra (Alianza)

El club de los suicidas (Alianza)

12.7.10

La Primera Dama

Hasta el momento, las biografías sobre Agatha Christie, incluyendo su autobiografía, se habían concentrado en las facetas más misteriosas y ambiguas de su vida, y también en la forma como se había fraguado uno de los más rutilantes éxitos en el mundo de la novela detectivesca

Agatha Christie, La Primera dama del misterio.foto.fuente:pagina12.com.ar

Cambiando un poco el ángulo, Agatha Christie. Los cuadernos secretos (Suma) de John Curran, pone el acento en sus numerosos libros a partir del descubrimiento de los apuntes que la autora escribía en cuadernos caseros a lo largo de los años, sin intención de que fueran publicados. Un verdadero viaje a la cocina de Diez negritos, Muerte en el Nilo, El espejo se rajó de parte a parte y otros tantos enigmas que perduran para nuevas generaciones de lectores dispuestos a dejarse seducir por el eterno misterio de quién fue el asesino.

Alicia Plante

Es fácil imaginar al irlandés John Curran, un apasionado experto en la obra de Agatha Christie, cuando aquel día de noviembre de 2005 descubrió el tesoro insospechado que lo impulsó a preparar este libro: una caja con 73 cuadernos escolares y libretas comunes conteniendo anotaciones manuscritas de Agatha Christie, en ciertos momentos consignando una intención o una trama en desarrollo, en otros como en diálogo consigo misma. Y Curran fue abriéndolos uno a uno, numerados al azar por alguien que no había sido ella, alguien que no tomó conciencia de la trascendencia del material y lo relegó a una caja que a su vez fue a dar a un rincón de la habitación donde se conservaban documentos, así como ejemplares de todos los títulos en sus diferentes ediciones y traducciones, publicadas en más de cien países y vendidas en cifras billonarias, jamás superadas por nadie.

Había sido recién en 2004, veintiocho años después de la muerte de Christie, que su nieto, Mathew Prichard, hizo accesibles a los investigadores la documentación y los objetos personales de su abuela, hasta entonces celosamente guardados bajo siete llaves por Rosalind, la hija de la escritora. Prichard también levantó el cerco de misterio que volvía inaccesible la residencia de la familia, Greenway House, una bella y amplia mansión que Christie había adquirido en Devon. Invitado especialmente por Prichard a hospedarse en la casa y revisar libremente la documentación, Curran descubrió la caja, los cuadernos y el corazón de su amada Agatha Christie.

Pero antes de avanzar en sus cotejos entre anotaciones y obras publicadas, Curran nos ofrece un interesante estudio de las claves del éxito de Christie. Primero, dice, en todas y cada una de sus obras está presente una legibilidad extraordinaria que permite que jamás decaiga el interés del lector. Destaca luego la escrupulosidad con que Christie compuso sus historias, el equilibrio que lograba entre fantasía y factibilidad. En casi todas sus tramas, subraya, instala el crimen en una situación que limita el número de sospechosos (una casa de campo, un tren, un barco, una isla), lo cual, además de acotar los alcances de la investigación, estimula y activa los mecanismos deductivos del lector. Simultáneamente, la autora jamás lo defrauda: cada historia es un ejemplo de juego limpio.

Los cuadernos secretos de Agatha Christie. John Curran Suma 568 páginas

Por mi parte, considero que su infalible respeto de estas premisas lleva al público amante del género de misterio a meterse de cabeza, desde la primera página de una historia suya, en el siempre renovado duelo autor/ lector. Así, cuando cerremos el libro, será sabiendo quién ganó, quién fue más hábil, si el autor para ocultar e inducir legítimamente a error, o el error para no dejarse despistar y descubrir la verdad por su cuenta, antes de que el autor se la revelara. El libro de Curran muestra numerosos ejemplos de la malicia de Christie en el manejo de esta pulseada. Por ejemplo, en la página 24, encontramos esta cita suya: "...Si le damos un aire de misterio, los lectores pensarán que ya han dado en el clavo... Las mujeres de avanzada edad siempre funcionan bien como sospechosas; o en la 457 a El misterio de Pale Horse, uno de los títulos más potentes de sus últimos quince años según Curran, donde agrega: "...como sucede en muchos de sus títulos, lo que uno cree ver no es exactamente lo que hay; o en la 415, en relación con Los Trabajos de Hércules, otro comentario suyo: "Una vez más, Christie juega con nuestros errores de apreciación y percepción".

Cabe suponer que detrás de ese duelo, cuyo sustrato evidente es la lucha entre dos extremos representados por el criminal y el investigador, está la eterna oposición bien/mal, vida/muerte. No es extraño, entonces, que el lector se apasione con un juego que compromete aspectos tan básicos de su psiquismo.

Curran avanzó en su intensa lectura de los cuadernos, y nos muestra cómo en breves frases crípticas, apenas recordatorios que seguramente a ella le disparaban mil imágenes, Christie traza las ideas para los tres o cuatro próximos misterios –algunos materializados recién décadas más tarde– que surgían incontenibles en medio del trabajo con un libro en curso. El experto percibió que aquellos cuadernos develaban retroactivamente el secreto del "cómo" en el trabajo de la escritora, lo cual lo convertía a él en el primer testigo de una creatividad en pleno funcionamiento. Aquello, concluyó, le permitiría comprender, imaginar y apreciar con mayor profundidad ese especial cuidado de Christie en la elaboración siempre verosímil de sus argumentos y la creación de sus personajes. Para alguien que se había dedicado al estudio académico de su obra, era asombroso tener acceso a un número importante de borradores, muchos de ellos los iniciales; otros, evidentemente, los últimos –lo cual sugería el extravío de numerosos cuadernos–; poder meterse en los pliegues ocultos de su inagotable y frondosa fantasía y compartir la inquietud de su férrea exigencia consigo misma; tener ante los ojos, como en una charla con ella, los laberintos de su pensamiento, reconocer escenarios de sus novelas en la propia casa, en aquel jardín, en el mirador sobre el río en el cual algún personaje había trepado al parapeto, se había reído y había paseado por donde él lo hacía ahora. Como si las hubiese necesitado para el mejor desarrollo de una trama, Christie también había consignado en los cuadernos los bocetos y mapas de aquellas imágenes mentales sobreimpuestas a su entorno doméstico, delicados diseños que más parecen apuntes para una escenografía.

Jeroglífico del Cuaderno 56 que encabeza la primera de las dos únicas páginas en las que aparece la obra de teatro más famosa de Agatha Christie: La ratonera

La huella dejada en su espíritu por los viajes en que acompañó al primer marido aparece asimismo en los argumentos de numerosas novelas ubicadas en el extranjero, cuyas notas revelan el ansia y la inquietud de una viajera nunca saciada.

De un modo que las obras terminadas no permiten sospechar, Curran se topó con la insatisfacción y la duda en Christie, sentimientos ante los cuales ella recurrió una vez más a sus cuadernos, consignando allí, de manera sólo aparentemente anárquica (abría un cuaderno, encontraba una página en blanco, y allí escribía lo que ocupaba su mente en el momento), las soluciones alternativas para la trama o el mecanismo problemático. Enumeradas meticulosamente e identificadas por medio de letras mayúsculas –cuyo ordenamiento a veces no seguía el alfabeto sino lo que su intuición ya la predisponía a decidir–, en cada caso el experto reconoció en inmediato cotejo mental y casi con el placer de un cómplice, la finalmente elegida. O, en cambio, descubrió que una escena del borrador había sido eliminada, o que al fin Poirot había reemplazado a Miss Marple o viceversa.

Estas anotaciones, que Christie jamás pensó en compartir con otros ojos, proporcionaron a Curran –y, a través de sus abundantes transcripciones, a nosotros– el paisaje ficcional contra el cual surgió y se desarrolló su obra entre 1929 y 1976, año de su muerte. Esta carrera suya, que abarcó cincuenta y cinco años, se dio a caballo de dos guerras mundiales y resultó en una producción prolija y sistemática de una novela por año, que remitía a Collins, su editor, cada Navidad. Aparte estaban los relatos breves y las obras de teatro que estrenó en el West End londinense a lo largo de veinte años, logrando en cada género el mismo enorme éxito comercial.

Merece una mención aparte el tema de su caligrafía, que curiosamente la edad volvió más clara. Era casi indescifrable, y lo logrado por Curran en esa tarea merecería ser equiparado con una de las investigaciones de Poirot.

En este inesperado regalo del destino Curran había entrado en contacto personal con la intimidad –literaria pero también doméstica y social– de la escritora a la que llevaba años estudiando. La decisión a tomar era ¿cómo organizar sus observaciones a fin de comunicarlas? Decidió no hacerlo por orden alfabético ni cronológico sino por tema, comenzando por uno que, a través de los años, fascinó a Christie, el de las canciones de cuna y los cuentos infantiles, "siempre tan trágicos y macabros, por eso encantan a los niños". A esta categoría, que abarca diez obras, pertenecen algunos de sus relatos más célebres, como Cinco cerditos y Diez negritos. Sigue la sección dedicada a los asesinatos en forma de juego, luego los crímenes realmente ocurridos y nunca resueltos, y lo que Curran llamó "asesinatos previa cita". Finalmente, siguen los casos ubicados en países extranjeros. Por supuesto, dadas las dimensiones del libro, Curran no se ocupa de la totalidad de las obras de Christie, pero confía en poder remediarlo mediante una posterior edición ampliada.

Mapa que muestra la escena del asesinato en Cinco cerditos con la casa del embarcadero.

Los dos relatos inéditos incluidos son excelentes. "La captura de Cerbero" nos sorprende con una historia que en 1940 la revista The Strand, su habitual editor de cuentos cortos, no se animó a publicar debido al retrato apenas disimulado de Hitler. La otra, "El incidente de la pelota del perro", es asimismo un alarde de ingenio. Fue escrita en 1933 pero no se publicó porque Christie decidió convertirla en una novela, El testigo mudo y nunca la ofreció a su editor.

En síntesis, Los cuadernos secretos es un libro de consulta para bibliófilos del género, y seguramente un placer para el lector que siempre amó a Dame Agatha.

9.7.10

Hallan el más antiguo asentamiento humano del norte de Europa

Homínidos habitaron Happisburgh, al este de Inglaterra, hace más de 780.000 año, según Science

Reproducción del asentamiento de Happisbrugh, en Inglaterra, hace 800.000 años.foto.fuente:adn.es

Los homínidos que habitaron Happisburgh, al este de Inglaterra, hace 780.000 años podrían haber estado emparentados con otros de una antigüedad similar al hombre de Atapuerca.

El más antiguo asentamiento humano del norte de Europa ha sido hallado en el este de Inglaterra y data de hace más de 780.000 años, lo que indica que los homínidos habitaron la zona unos 100.000 años antes de lo que se pensaba, según un estudio llevado a cabo por arqueólogos y paleontólogos británicos.

Los expertos del Museo Británico, del Museo de Historia Natural y de dos universidades londinenses llegaron a esta conclusión tras analizar más de 70 artefactos y lascas de sílex excavados en un depósito fluvial en Happisburgh (Norfolk).

Según los científicos, éste es el primer indicio de presencia humana durante el Pleistoceno medio en los bordes de los fríos bosques boreales del continente eurasiático, donde escaseaban plantas y animales y el clima era más frío que el de hoy.

Hasta ahora se pensaba que los primeros homínidos no pasaron de las selvas tropicales, de la sabana africana y de los hábitats mediterráneos, sin sobrepasar por el norte las cordilleras de los Pirineos y de los Alpes.

Según Chris Stringer, del Museo de Historia natural, los homínidos que construyeron las herramientas halladas en Happisburgh podrían haber estado emparentados con otros de una antigüedad similar al hombre de Atapuerca en España (Homo antecessor, el homínido más antiguo de Europa).

El descubrimiento, publicado esta semana en la revista Nature, puede ayudar a entender mejor la dispersión de los primeros homínidos en el Pleistoceno, cuando se expandieron por el mundo desde África.

Se sabe que los primeros homínidos iniciaron su colonización del continente eurasiático tras partir de África hace más de 1,8 millones de años y se pensaba que no fueron más allá de los 45 grados al norte, excepto en períodos de calor extremo, al estar acostumbrados a condiciones de clima más suaves de la zona tropical.

El arqueólogo Nick Ashton, del Museo Británico, destacó la importancia de las herramientas excavadas en Happisburgh, por ser las más antiguas halladas en el Reino Unido y porque dan pistas sobre la vegetación y el clima de la época.

En 2005 los arqueólogos encontraron pruebas en Suffolk (este de Inglaterra) de la presencia de homínidos en esa zona hace unos 700.000 años, cuando durante un breve periodo el clima fue comparable al del Mediterráneo en la actualidad.

10.6.10

Los cuadernos secretos de Agatha Christie

Agatha Christie es la autora que más libros ha vendido en la historia: CUATRO BILLONES DE EJEMPLARES

Portada de el libro de John Curran.foto.fuente:sumadeletras.es

Una fascinante exploración del contenido de los 73 cuadernos de notas de Agatha Christie recientemente descubiertos, que incluyen ilustraciones, extractos eliminados y dos novelas inéditas de Poirot.

Cuando Agatha Christie falleció en 1976 se había convertido en la escritora más popular del mundo. Con unas ventas billonarias en todo el mundo y publicada en más de 100 países, había conseguido lo imposible: publicar más de un libro al año desde la década de 1920, y todos ellos éxitos de ventas.

Tras la muerte de la hija de Agatha, Rosalind, a finales de 2004, se reveló un extraordinario legado. Entre sus objetos personales de la residencia familiar de Greenway se desenterraron los cuadernos privados de Agatha Christie, 73 volúmenes escritos a mano que habían permanecido en gran parte ignorados, probablemente debido a que la inconfundible caligrafía de Agatha era muy dificultosa de leer. Pero cuando el archivero John Curran comenzó a descifrar los cuadernos, se hizo evidente la magnitud de este tesoro escondido…

Este libro abre la tapa del mayor secreto de Agatha Christie: cómo sus anotaciones, listados y borradores se convirtieron en los exitosos libros, obras de teatro y relatos que finalmente fueron. Argumentos alternativos, escenas eliminadas, incluso sus planes para libros que no llegó a escribir, la investigación de Curran revela una enorme riqueza de material inédito, incluidas dos novelas cortas de Hércules Poirot.