24.2.17

Primer mapa de los exiliados literarios

Un equipo de la UAB publica un monumental diccionario del éxodo intelectual español
Imagen de un campo de refugiados de republicanos españoles, al término de la Guerra Civil./lavanguardia.com

 Cecilia G. de Guilarte, corresponsal en el frente de batalla del País Vasco./lavanguardia.com

Hace 78 años en los campos de refugiados del sur de Francia y el Norte de África se hablaba castellano, euskera, gallego y catalán. Entre los miles de republicanos que abandonaron España en 1939 había centenares de escritores, ensayistas, dramaturgos y profesores, un éxodo de intelectuales que siguió su obra lejos de su país natal. ¿Quiénes fueron ? ¿Qué fue de ellos? ¿Qué escribieron? Aparte de los casos más notables, la mayoría ha permanecido anónima e invisible. Desde hace unos pocos días contamos con una foto de grupo y la imagen ofrece la magnitud del conocimiento que se perdió la España franquista. Esta foto de grupo es el resultado de casi veinte años de trabajo llevado a cabo por un equipo de la Universitat Autònoma de Barcelona, dirigido por Manuel Aznar Soler y Jose-Ramón López. Cuatro tomos de medio millar de páginas cada uno convierten el Diccionario bibliográfico del exilio republicano de 1939, una guía de escritores, editoriales y revistas del exilio en las cuatro lenguas del Estado.
“Sobre los escritores integrados en el canon, como Rafael Alberti o María Zambrano, hay mucha información, pero el resto fue víctima del silencio y el olvido durante el franquismo y hasta hoy seguían siendo inexistentes. Por eso nos pareció que recuperar su memoria era una cuestión necesaria y urgente para la salud de la democracia española, algo que tendría que haber sido un objetivo fundamental de la política cultural, y que, sin embargo, no se quiso hacer, ni siquiera durante los gobiernos socialistas”, dice Manuel Aznar.
“Las mejores novelas de la época fueron escritas en el exilio y aquí no se hablaba de ellas. Hoy nadie se atrevería a silenciar la existencia de Max Aub, Ramón Sender o Francisco Ayala. En cambio, Cela, un censor franquista, tenía toda la atención del régimen, que le dio apoyo a su revista Papeles de Son Armadans para hacer creer en el exterior que había una apertura política. Se sirvió de los escritores del exilio para labrarse una imagen que después le ayudaría a conseguir el Nobel. Los exiliados colaboraron con él y cuando algunos de ellos regresaron a España creyéndose célebres vieron con sorpresa que no los conocía nadie. La revista de Cela no la leía casi nadie”.
La mayoría de exiliados fueron a Francia y, sobre todo, a América. sobre todo a América Latina, por cuestiones de lengua. “Las capitales literarias en los años 40 ya no fueron ni Madrid ni Barcelona, sino Buenos Aires y México”, dice Aznar. A Francia fueron César Arconada y Alberto Sánchez y a los países del Este, sobre todo los comunistas, como Teresa Pàmies.
El diccionario recoge también la obra de los hijos del exilio. Vicente Rojo, Roger Bartra, Ramon Xirau... Según Max Aub, fueron los verdaderos trasterrados, niños nacidos ya en el exilio o que marcharon con sus familias a muy corta edad. Fue el caso de Angelina Muñiz-Huberman, nacida en 1936 en Hyères, al sur de Francia, huyendo de la guerra. Antes de los que alemanes entraran en París, su familia emprende el camino de Cuba y después el de Veracruz, en 1942. En México su madre le confesó su origen criptojudío. Muñiz siente cómo le han educado para un retorno al país de origen al que no conoce , un viaje de retorno que se aplaza de un año a otro, sin que llegue nunca un año. Trazó una poética del exilio, de todos los exilios, Gombrowicz, Brodsky, Joyce, etcétera, habló con una santa Teresa como si fuera una mujer contemporánea que vivió la Guerra Civil y no creyera en Dios. O con Dulcinea encantada, una de las republicanas que marcharon a Rusia y que cuando llegó a México no reconoció a sus padres, se volvió loca y se puso a intentar novelas mentales que no escribía. El diccionario recoge todas las entradas que sus autores han podido reunir de editoriales y revistas publicadas en el exilio. ¿Hubo entre los que se fueron y los que se quedaron celos y disputas? Manuel Aznar recuerda que León Felipe, al principio de la postguerra, dijo: ·”Nos hemos llevado la canción” y que, años más tarde, en los años cincuenta, al aparecer nuevos poetas como Gabriel Celaya, León Felipe rectifica por completo: “No, no os habéis llevado la canción”. 
Reportera de guerra
Las norteamericanas Martha Gellhorn y Virgina Cowles, la sueca Barbro Alving o la alemana Gerda Taro no fueron, entre otras corresponsales extranjeras, las únicas mujeres que dieron noticia de la Guerra Civil desde primera línea de fuego. Cecilia G. de Guilarte cubrió para el diario CNT Norte los frentes del País Vasco, Santander y Asturias.
Entre sus crónicas, la batalla de Irún y la ofensiva del general Mola. Sus buenas relaciones con los dirigentes anarquistas le facilitaron la primicia de entrevistar al único –y asustado– piloto alemán derribado en suelo vasco. Embarazada, dio a luz a su hija en Francia y volvió a España, ya con la causa republicana perdida. Se exilió de nuevo a Francia y ahí siguió su carrera periodística hasta que, con las tropas alemanas pisándoles los talones, logró embarcarse in extremis en el último barco que zarpaba hacia América.
Llegados a la República Dominicana, el dictador Trujillo no les dejó desembarcar y mantuvo el barco varado 45 días hasta que México les abre las puertas, gracias al presidente Lázaro Cárdenas, que logra desarticular la campaña que había montado la derecha mexicana para negar la entrada en el país de los refugiados republicanos .

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