Mostrando entradas con la etiqueta ediciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ediciones. Mostrar todas las entradas

16.8.10

Todo bien, Ma. Sólo estoy sangrando

El alemán Peter Handke, el francés George Simenon y los norteamericanos Richard Ford y James Ellroy son cuatro autores duros curtidos en el policial y el desasosiego. Pero también, en un momento de sus vidas, debieron enfrentar el abismo insondable de la enfermedad, el asesinato, la agonía y la muerte de sus madres

fotos.fuente:pagina12.com.ar

Casualmente (o no), los libros que les dedicaron a ellas, ajenos tanto a la ficción como a la no ficción, fueron editados o están a punto de ser reeditados en Argentina. Guillermo Saccomanno se sumergió en ellos para explorar el modo en que esas relaciones umbilicales forjaron universos literarios densos, cargados de crimen y dolor.

1 En 1971, siete semanas después del suicidio de su madre con una sobredosis de somníferos, Peter Handke enfrenta el duelo. Tiene treinta y dos años. Ha ganado fama, como su admirado Thomas Bernhard, de escritor polémico. Escribe contra la corriente, contra las prosas estandarizadas y las ideas tranquilizadoras. Supo declarar: "La veneración por la literatura se fue al carajo. Ya nadie respeta a los escritores. En principio porque ellos se han perdido el respeto".

Frente a la ausencia y el duelo, el escritor se plantea, tarea ardua, no hacer literatura. Pero empieza con dos acápites, uno de Bob Dylan: "He not busy being born, is busy dying", correspondiente a "It's all right, Ma. I'm only bleeding". Y otro de Patricia Highsmith: "Dusk was falling quickly. It was just after 7 p.m., and the month was October", de "A Dog's Ransom". Durante dos meses, renegando contra la literatura, se agarra de la construcción de una historia. Anota: "Quisiera ponerme a trabajar antes de que la necesidad de escribir sobre ella, que en el entierro fue tan fuerte, se convierta de nuevo en embotamiento, aquel quedarse sin habla con que reaccioné a la noticia de su suicidio". Teme, en este embotamiento, quedarse estúpido martillando una sola letra. Intenta escribir. Lo asalta el vértigo, pero en el vértigo se siente mejor que en la parálisis. "Por fin se acabó el aburrimiento", anota. De entrada se prohíbe la compasión. Empieza copiando la necrológica publicada en el diario local, un pueblo de Carintia. Los estados por los que pasa se caracterizan por el estupor y el desconcierto. Un suicidio es siempre un enigma. Además, interpela.

"Heredé de mi madre estas pulsiones. Bebí, consumí drogas y fui de putas con el descaro de quien cuenta con complicidad y es perdonado. La suerte y una prudencia de cobarde me impidieron caer en el abismo." James Ellroy

"No hay palabras, se dice a menudo en las historias, o bien: no se puede describir", y las más de las veces considero que esto son excusas para la pereza; sin embargo, esta historia tiene que ver realmente con lo que no tiene nombre, con segundos de espanto para los que no hay lenguaje. Trata de momentos en los que la conciencia, de puro pavor, da un brinco; de estadios de espanto, tan breves que para ellos el lenguaje llega siempre demasiado tarde; de procesos oníricos tan horribles que uno los vive de un modo físico, corporal, como gusanos que estuvieran en la conciencia." Una infancia miserable de aldeana sometida, la de su madre. Una ideología del ahorro, de las privaciones. Después la juventud, como un letargo. El nazismo, un estallido que la anima. El trabajo se vuelve deportivo. Y la mujer se siente, por fin, que tiene algo, que es parte de algo. La guerra le arrebata dos hermanos. La posguerra, dos conyugalidades fallidas: la primera porque su hombre, un empleado de correos, la abandona. La segunda, con un suboficial de la Wermacht, luego mecánico, borracho y golpeador. "Era muy fácil humillarla", anota Handke. También están los hijos. Y los abortos. Frisando los cuarenta la mujer se vuelve socialista. También lectora: Dostoievski, Faulkner, Wolfe. "Los libros los leía como si fueran una descripción de su propia vida, los vivía; con la lectura salía de sí misma por primera vez en su vida, aprendía a hablar de 'ella misma', con cada libro se le ocurría algo más sobre sí misma. De este modo, poco a poco fui conociéndola." De pronto, el relato se encamina, fluye. Pero el fluir es engañoso. Escribir la madre, también lo sabe, puede ser escribirse. Handke no se deja engañar. La reconstrucción de la vida de la madre lo mantiene en un alerta constante de sí: "A partir de ahora tengo que poner atención para que la historia no se cuente demasiado por sí misma". La conciencia alerta todo el tiempo. "A veces, trabajando en esta historia, me he hartado de tanta franqueza y de tanta honradez, y he deseado ardientemente escribir algo en lo que pudiera mentir un poco y en lo que pudiera disfrazarme, por ejemplo, una obra de teatro."

El lector puede cuestionar: si Handke no quiere hacer literatura, ¿con qué intención publica esta escritura? ¿No es acaso una teatralización darlo a una editorial? ¿Siente el dolor o lo actúa? Contradiciendo sus reparos, el relato no se detiene: confesión, crónica, biografía y, por qué no, catarsis. "El horror es algo que pertenece a las leyes de la Naturaleza: el horror vacuo de la conciencia. La representación se está formando en estos momentos y de repente advierte uno que no hay nada que representar. Entonces esta representación se cae como un personaje de dibujos animados que se da cuenta que lleva mucho tiempo andando por los aires." Si bien es cierto que todo relato testimonial comparte los elementos retóricos de la narración y que Desgracia impeorable –así se titula este libro–, lo es lo que escribe Handke, contra su intención, puede ser leído como una novela.

Una promesa incumplida termina el relato: "Más adelante escribiré algo más preciso sobre todo esto".

"¿Alguna vez se tiene una relación con la madre? No. Pienso que no. Mi madre y yo nunca estuvimos unidos por la culpa, la vergüenza, ni siquiera por el deber. El amor lo cubría todo. Esperamos que éste fuera fiable y lo fue." Richard Ford

2 "En el fondo, estamos solos nosotros dos, afrontándonos en cierto modo. Tú tienes noventa y un años, pero, para mí, no has envejecido. Siempre has tenido ese rostro fino, esa tez mate, esos labios que a veces se estiran." Georges Simenon, el autor prolífico de novelas policiales que llegó a enriquecerse produciendo una por mes, escribe a los setenta años su Carta a mi madre, en 1974, tres años y medio después de su muerte en un hospital de Lieja. "Nunca te llamé 'mamá', sino 'madre' como tampoco llamaba 'papá' a mi padre. ¿Por qué? ¿A qué se debió esto? Lo ignoro." Desde el vamos, la pregunta clave: ¿por qué escribir una carta a quien no la leerá ni la responderá? Sus preguntas aumentan.

Simenon es hijo de pobres: su madre era la decimotercera de una familia venida a menos. De chica la familia la consideraba el "pajarito para el gato". Su hijo habrá de definirla como "una extranjerita". Se casó con Desiré Simenon, un empleado público. Una vida signada por las estreches. Cuando pudo ser propietaria de una casa, alquiló habitaciones a estudiantes, viajeros, corredores. Cuando su hijo, ya escritor millonario, la invita a sus residencias lujosas, ella lo visitaba casi andrajosa queriendo, además de recordarle su origen humilde, irritarlo. No lo consigue. El hijo, aun en la opulencia, no esconde su origen humilde. Por el contrario, refiriéndose a su barrio de infancia anota: "Empleados, encargados, viudas con pensión, lo que yo llamo gente humilde y, aún hoy, me considero uno de ellos". Si se analiza su literatura se verá que sus protagonistas son realmente gente humilde. El ciclo de novelas del comisario Maigret trata de crímenes pequeño burgueses, de clase baja y lúmpenes. No requieren una deducción sofisticada. Las novelas unitarias, independientes de Maigret, más sagaces y penetrantes, se concentran en tramas de seres anodinos que no son tan atractivas como sus personajes y sus climas. En la carta que escribe a su madre, para comprenderla, procura aplicar esa mirada que inspecciona y domina a los humildes. Quiere comprenderla: "Somos dos, madre, mirándonos; tú me trajiste al mundo, yo salí de tu vientre, tú me diste mi primera leche y, sin embargo, yo te conozco tan poco como tú a mí".

Viajero curioso, compañero de juergas de Lacan, mujeriego célebre, sabedor de todas las mezquindades, observador de la gente que nunca saldrá en un diario si no es en la página de policiales o necrológicas, para él comprender a su madre es una investigación que supera la perspicacia del comisario Maigret. Las preguntas se le multiplican al internarse en la escritura. Se vuelven tan obsesivas como infantiles. Un Simenon apichonado retorna una y otra vez a la infancia obsedido por secretos cuya revelación no lo consuelan. Se pregunta si alguna vez, como hijo, fue querido por su madre, y le consterna comprobar que ella hubiera preferido que muriera antes él que su hermano Christian. Se pregunta si ella amó a su padre, y le azora comprobar que su padre fue apenas un partido conveniente. Se pregunta cómo ella, tras enviudar, pudo casarse por segunda vez con un viejo y confirma que lo hizo esperando enviudar nuevamente y quedarse con una pensión.

"Sufrías la vida, no la vivías", anota Simenon. Preguntas y preguntas. Las que encuentran respuesta pintan cada vez peor a una neurasténica que muele a patadas a su hijo, una avara que rapiña y recela del prójimo, aunque de tanto en tanto suele hacerse la caritativa ayudando a algún menesteroso. "Era necesario, era indispensable que te sintieras buena." Ocho días pasa Simenon en Lieja visitando a su madre en el hospital: "Seguías siendo una extraña para mí", anota después en su carta. "Mientras viviste nunca nos quisimos, bien lo sabes. Los dos fingimos." Aunque la carta empieza: "Querida mamá", sobre el final, el hijo atormentado por la culpa se esfuerza en una reconciliación y afloja: "Querida mamita", escribe. "¿Cómo podría guardarte rencor?", se pregunta. "Seguí pensando. Seguí intentando comprenderte. Y comprendí que durante toda tu vida habías sido buena." Después concluye: "Como ves, madre, eres una de las personas más complejas que he conocido".

"Los libros los leía como si fueran una descripción de su propia vida, los vivía; con la lectura salía de sí misma por primera vez en su vida, aprendía a hablar de 'ella misma', con cada libro se le ocurría algo más sobre sí misma. De este modo, poco a poco fui conociéndola." Peter Handke

3 "En 1973 mi madre descubrió que tenía un cáncer de pecho", escribe Richard Ford. "La muerte se toma un largo tiempo antes de culminar su tarea. Y en ese tiempo, en su esencia misma, hay una vida que debe vivirse eficazmente. Es lo que hicimos. Había siete años por delante, pero no lo sabíamos. Así que continuamos de la misma manera. Volvimos a estar lejos. A visitarnos. A insistir en que la vida es estar vivo, en la convicción de que muy difícilmente podía ser menos. Charlas por teléfono, visitas, viajes, amigos, acontecimientos. Una necesidad más acusada de saber 'cómo estaban las cosas' y una voluntad de que resultaran perfectas para el momento presente."

En el marco de una literatura, como la norteamericana, signada por la búsqueda del padre, donde lo primero que un joven escritor suele publicar es el recuerdo de cuando su padre lo llevó a cazar o pescar, Mi madre es rara avis. Escrito cuando Ford tiene cuarenta y tres años, publicado en 1988 en una editorial de Portland, el relato apela al registro de crónica intimista y persigue un examen de conciencia. Al describir el origen de su madre en un rincón de Arkansas, un territorio duro, Ford aclara: "No hago hincapié en estas circunstancias por sus posibilidades novelísticas ni porque piense que otorgan a la vida de mi madre ninguna cualidad especial, sino por la impresión que dan de pertenecer a una época remota y un lugar lejano e inaccesible. Y, sin embargo, mi madre, a quien amaba y conocía muy bien, me vincula a ese territorio extraño, a eso otro que fue su vida y de lo que en realidad no sé ni supe nunca demasiado. Es una cualidad de la vida de nuestros padres que a menudo nos pasa inadvertida y por consiguiente no le damos importancia. Los padres nos conectan –por encerrados que estemos en nuestra vida– con algo que nosotros no somos pero ellos sí, una amenidad, tal vez un misterio, que hace que, aun cuando estemos juntos, estemos solos". Sin embargo, aun cuando Ford dice no estar interesado en las "posibilidades novelísticas", Mi madre sigue las reglas clásicas de una nouvelle realista. Por más que se propone evitar la literatura, no puede dejar de lado la técnica que lo consagró como uno de los novelistas importantes hoy en Estados Unidos. Pero, cabe reflexionar, la desconfianza en lo literario de su intento, un cierto menosprecio de la literatura en función de la vida misma, puede también leerse de otro modo cuando incorpora en el libro fotos familiares: se insinúa una cierta desconfianza en el narrar con palabras, como si las fotos pudieran expresar aquello que las palabras no pueden. Si por un lado Ford ha enunciado que conocía muy bien a su madre, por otro habla de lo extraño que fue "eso otro", eso que tal vez puedan aportar las fotos, un indicio. La soledad y el extrañamiento son prerrogativas de la relación padres e hijos. "Tengo que recomponer la vida de mi madre a partir de fragmentos", anota. Y acostumbra, después de cada anécdota, extraer alguna conclusión. Cada dato de la experiencia, sugiere, deja una enseñanza. Al dar con una presunta verdad después de cada recuerdo, la memoria se vuelve ejercicio moral. Lo que tiene una razón de ser: esa presunta verdad, esa moral, alivia la culpa, la culpa de lo que se ignora del ser querido, la culpa que se filtra entre líneas a lo largo de una trama que, en su eficacia, hace presumir que por más que se acomoden los hechos en una prosa impecable, la culpa viborea por debajo.

"Ha pasado mucho tiempo desde entonces y he recordado cosas de las que no hablo hoy. Algunas he tratado de volcarlas en novelas. He escrito cosas y las he olvidado. He contado historias. Y había más, una vida es más." Una vida, entonces, la vida de su madre, se le escurre: no hay certezas. Unicamente una soledad espesa: "Y aún juntos estábamos solos", machaca Ford. Recuerda la muerte de su padre, un vendedor y corredor. Recuerda después un amante de la madre viuda. Recuerda también sus propias aventuras de adolescencia, en ocasiones cruzando la barrera de la ley. Hay un diálogo seco entre madre e hijo. Pocas palabras, las necesarias, siempre con un tono de sentencia. Daría la impresión de que Ford entonces es Clint Eastwood. Y la madre, su heroína templada: "No la vi muerta, ni quería hacerlo, simplemente atendí la noticia del hospital cuando me llamaron para decírmelo. Aunque ese mes la vi afrontar la muerte una y otra vez, y por eso creo que ver afrontar la muerte con dignidad y valor no confiere una cosa ni la otra, sino sólo lástima, desamparo y miedo. Todo el resto es privado: momentos y mensajes cuyo conocimiento no mejoraría el mundo. Ella sabía que yo la quería porque se lo dije bastantes veces. Yo sabía que ella me quería. Eso es lo único que ahora me importa, lo único que debe importar. Y para terminar. ¿Alguna vez se tiene una relación con la madre? No. Pienso que no. Mi madre y yo nunca estuvimos unidos por la culpa, la vergüenza, ni siquiera por el deber. El amor lo cubría todo. Esperamos que éste fuera fiable y lo fue. Siempre nos encargamos de decirlo –'Te quiero'– como si, inesperadamente, pudiera llegar un momento en que ella o yo quisiéramos oírlo, o cada uno de nosotros quisiera oírse a sí mismo decirlo al otro, pero por alguna razón no fuera posible. Entonces el daño sería inmenso: confusión, ignorancia, una vida incompleta".

Una vida voluntariosa que superó con estoicismo las dificultades con unas pocas certezas, casi higiénicas. Eso, la parte de arriba del iceberg. "Pero de alguna manera hizo para mí posibles mis afectos más verdaderos, como los que una gran obra literaria conferiría a su lector devoto." Es decir, la madre como personaje literario, la evocación traducida en novela. Conviene volver al principio y subrayar la contradicción: "posibilidades novelísticas". Y si fuera así, qué. Cada uno elabora como puede este dolor. En su esfuerzo por prolijar el tumulto de sentimientos, pretendiendo dominar su complejidad, Ford realiza un tour de force al narrar su madre. No sólo rescata la historia gris, chata y conformista de una pobre mujer convencional de clase media baja. También parece decirnos que cada uno hace con la muerte de la madre lo mismo que con la escritura: no lo que se quiere sino lo que se puede.

"Somos dos, madre, mirándonos; tú me trajiste al mundo, yo salí de tu vientre, tú me diste mi primera leche y, sin embargo, yo te conozco tan poco como tú a mí." Georges Simenon

4 Es el otoño de 1993, cuando Art Cooper, el editor de GQ, invita al escritor James Ellroy al The Four Seasons, un restaurante para potentados en el centro de Manhattan. El editor es un fan. Ellroy ha publicado, entre varias novelas, una tan realista como sombría, La Dalia Negra. Narra el asesinato de una chica que fue a Hollywood con el sueño de ser estrella y terminó envuelta en el porno, secuestrada, torturada durante dos días y cortada en dos. El caso quedó sin resolver y se convirtió desde entonces en una de las tantas manchas roñosas de la meca del cine. Al editor Cooper le fascinan las historias de crímenes de Hollywood de los '40 y '50. "Bueno, estoy obsesionado con un crimen sin resolver", le dice Ellroy. "Mi madre fue asesinada cuando yo tenía diez años. Había estado chupando en un bar y se marchó con un tipo. Encontraron el cadáver en una carretera de acceso, cerca de un instituto. La habían estrangulado. Nunca se encontró al asesino."

Cooper le propone a Ellroy escribir sobre el asesinato de su madre. Al revés de otros escritores, que empiezan en las revistas y desembocan en los libros, Ellroy acepta gustoso colaborar en la GQ. En su búsqueda del tiempo perdido, la magdalena de su operación narrativa es un cadáver, el de su madre. Educado por un padre busca de los sumideros de Hollywood, James fue un adolescente descarriado, voyeur y ladrón de poca monta que entraba en las casas a oler bombachas. Pasó nueve meses –todo un período de gestación– en cárceles locales. Su prosa tiene el vértigo de esta etapa desenfrenada. Un modo de narrar espasmódico, como de cámara en mano, que oscila entre el párrafo de frases comprimidas y el corte intempestivo. En algunos tramos se tiene la impresión de estar escuchando al locutor en off de una de esas series documentales de forenses que cautivan a los norteamericanos. Una prosa tajante y seca que tiende a la descripción impasible de la sordidez. Sus personajes, estén del lado de la ley que estén, son víctimas sociales. A Ellroy no se le escapa que su narrativa, impregnada de un ansia justiciera, proviene de ese lugar llamado madre. Ellroy abomina eso que denomina, burlón, "la palabrería psico-pop". Pero admite: "Heredé de mi madre estas pulsiones. Los prejuicios sexuales me favorecían: los hombres pueden fornicar indiscriminadamente con mujeres y contar con mayor aprobación por parte de la sociedad de la que gozan las mujeres para hacer lo mismo indiscriminadamente con hombres. Bebí, consumí drogas y fui de putas con el descaro de quien cuenta con complicidad y es perdonado. La suerte y una prudencia de cobarde me impidieron caer en el abismo".

A los cuarenta y seis años Ellroy vuela a Los Angeles para revisar el expediente de esa mujer asesinada a los cuarenta y tres. Antes que escribir un artículo, una crónica, hacer literatura, Ellroy se fija resolver un caso. El pasado que vuelve. Al cumplir diez años, hijo de padres separados, la madre se muda a El Monte, en la periferia de Los Angeles. Calles de tierra, viviendas deprimentes, basura blanca y latinos. El chico no quiere vivir con su madre y se lo dice. La madre le pega. El chico la llama borracha y puta. La madre le pega más. Todos los fines de semana los pasa con el padre. Una noche de domingo, de vuelta de la casa del padre, al bajar del colectivo, frente a la casa materna, ve coches de policía blancos y negros, uniformados y agentes de civil. Una vecina lo señala al verlo venir: "Ese es el chico". Un policía lo lleva aparte: "Hijo, han matado a tu madre". James no llora. Otro policía le da un caramelo. Un fotógrafo de prensa lo lleva a un cobertizo y lo fotografía con un taladro en las manos. Esa foto se difundirá, años más tarde, cuando el chico sea un escritor.

Ellroy inicia la investigación. Acude a la Oficina de Homicidios de East L.A. Aquí conoce al sargento Bill Stoner, un policía veterano. El expediente de su madre es un revoltijo de sobres, anotaciones, cintas de teletipo, transcripciones de interrogatorios. Su "primera impresión es que esto refleja el caos que había sido la vida de Jean Ellroy". El detective le insinúa que puede no mirar todas las fotos. Ellroy las mira todas: "Contemplé las imágenes de mi madre muerta. Vi la media en torno del cuello y las picaduras de insectos en los pechos. La lividez había engordado sus facciones. No se parecía a nadie que yo hubiera conocido en mi vida". Con una distancia absoluta, que en algún momento le hace temer que un peso inmenso le caerá en la cabeza, Ellroy revisita cada uno de los pasos de la investigación del asesinato. Reconstruye aquella noche. Imagina al hombre moreno con el que su madre salió del drive in. Más fotos: fotos de sospechosos, tipos duros, miradas hoscas, tatuajes. La foto de un asesino sexual ejecutado en 1959. Los arbustos junto a la calzada donde fue encontrado el cadáver. Una foto de su padre. Pero ni una pista. Repasa los testimonios de una camarera y unos clientes. La madre y el tipo habían salido del local pero volvieron más tarde. Chispeados, borrachos. Y volvieron a perderse en la noche. Este dato sugiere algo, pero no lo puede transparentar todavía.

El sargento Stoner acompaña al escritor en el recorrido de su barrio de infancia, contempla los cambios en la construcción, los lavados de cara y los nuevos descampados. Uno de los policías que habían investigado el crimen ha muerto. Otro, amnésico, tiene ochenta y seis años. Ellroy se pregunta si este viejo será el policía que le dio un caramelo esa noche de cuando tenía diez años.

Esta noche, en el hotel, después de una ducha, Ellroy piensa en el asunto. Los nuevos datos contradicen lo que había creído hasta entonces. "Siempre había pensado que a mi madre la mataron porque no había querido tener relaciones sexuales con un hombre. Era la coda infantil al horror: una mujer que muere defendiéndose de una violación. Pero no. Mi madre hizo el amor con su asesino. Una testigo presenció los momentos posteriores al coito. Volvieron al drive in. Y después sí se perdieron en la noche. El hombre quería librarse de aquella mujer desesperada con la que había cogido y continuar su vida. La combustión se produjo porque ella quería más."

El asesino de mi madre supera los límites de una simple crónica. Descenso impiadoso en aquello que aterra de la memoria, cavar a ver hasta dónde se resiste, Ellroy cree escuchar el mandato de Geneva Hilliker Ellroy: "Pensé que las imágenes me herirían. Pensé que me devolverían a mi antigua pesadilla. Pensé que tocaría el horror literal y, de algún modo, conmutaría mi pena a cadena perpetua. Estaba equivocado. La mujer se negó a concederme una suspensión de sentencia. Sus razones eran sencillas: Mi muerte te ha dado una voz y necesito que me reconozcas más allá de la explotación que haces de ella".

Contado en primera persona, el relato es por instantes una cámara en mano que busca desesperada en la memoria y reflexiona sobre el arte doloroso de escribir. Sobre el final, una sentida oración fúnebre: "Su dolor era superior al mío. Su dolor define la lejanía que hay entre nosotros. Su muerte me enseñó a mirar hacia adentro y a mantenerme a distancia. El regalo del conocimiento me salvó la vida. No había terminado. Mi investigación continuará. Salí de El Monte con un regalo nuevo. Me siento orgulloso de llevar los rasgos de su personalidad. Geneva Hilliker Ellroy: 1915-1958. Mi deuda crece. Tu terror final es la llama a la que acerco la mano. No haré que disminuya tu poder diciendo que te quiero".

El relato se publicó en GQ en agosto de 1994. Art Cooper cuenta que fue "uno de los más elogiados de los que se publicaron ese año. James ampliaría más adelante el relato de su biografía, Mis rincones oscuros. James me escribió en mi ejemplar de Mis rincones oscuros: '¡Ella vive!'".

5 En principio, qué novedad, problema de género y no sólo, no es la misma la relación que establecen los escritores masculinos con sus madres que con sus padres. Abundan cuentos, relatos y novelas que, incluyendo la rivalidad y el parricidio, se centran en la tensa dialéctica padre/hijo. La bibliografía al respecto es profusa. Pero tratándose de la madre, las estrategias narrativas masculinas se suavizan. Las novelas, ficciones puras, suelen desplegar un tono que oscila entre la epopeya y la elegía. Los autores que elegí, en cambio, no pertenecen al rango de hijos complacientes. La elección no es arbitraria: rebelándose contra la literatura lo que persiguen, en superficie, es no tanto ficcionar como un acto de escritura donde lo que se juega es la verdad.

Pretenden, como dije, rehuir la "literatura", es decir, no "ficcionalizar", como si hacer "literatura" fuera incurrir en la mojigatería y el melodrama, sensiblería femenina. Buscan, por supuesto, apartarse de la constante nostálgica de un género que se distingue por el amor filial. Intentan narrar la madre con una distancia clínica. Hurgan en sus propios sentimientos a menudo contradictorios. Además de narrarse en la ausencia, narran sus madres: las describen, las retratan. En algún momento de escritura establecen una fuerte identificación con ellas. Handke lo dice así: "Es especialmente en los sueños donde se hace palpable la historia de mi madre: porque allí sus sentimientos se convierten en algo tan físico que los vivo como si fuera su doble y me identifico con ellos, pero son precisamente estos momentos de los que ya he hablado en los que la extrema necesidad de comunicación coincide con la extrema falta de lenguaje", escribe Handke. En más de una oportunidad me pregunté si estos relatos no podrían leerse como variaciones sobre la temática del doppelgänger. ¿Acaso la problemática del doble no es la de otro yo?

Si bien estas escrituras son en primera persona –y entonces lo que se impone es un yo que todo lo prisma: la ternura, el odio, los celos, la desolación–, en su cosa confesional, terminan encontrándose con aquella de la que huyen: la ficción. La verdad, esa verdad deseada no es sino la escritura: en consecuencia, contra su terquedad, novelaron a sus madres. ¿Por qué no inferir entonces que la "literatura del yo" –si es que esta etiqueta tiene un sentido– empieza con una palabra y que ésta es "mamá"?

Guillermo Saccomanno
La canción de Roland

27.7.10

El hombre que volvió del frío

Los Relatos autobiográficos de Thomas Bernhard, reunidos en un solo volumen, recorren desde su crítica feroz contra la educación hasta el horror del nazismo

ORIGEN. Salzburgo, durante la II Guerra Mundial, es el comienzo del relato de Bernhard.foto:fuente: Revista Ñ
Los Relatos autobiográficos de Thomas Bernhard ("El origen", "El sótano", "El aliento", "El frío", "Un Niño") van desde su juventud a su infancia.

Y llevan subtítulos que funcionan como brújulas en la construcción de su "vida biográfica".


El origen
Este primer tomo, tiene como subtítulo: "Una indicación" y esto da la referencia desde dónde va a contar este tramo de su vida.

Estamos en Salzburgo durante la Segunda Guerra Mundial. La indicación es una descripción de la ciudad: "descripción como indicación de lo que debe ser dicho, de lo que debe ser indicado". Indicación sentenciosa sobre su ciudad de origen: "mi ciudad de origen es una enfermedad mortal". Salzburgo, como los Divertimentos de Mozart, es una cajita de música.

Este lugar célebre por su belleza, tal como la describe Bernhard, es en esa época "una pequeña máquina perversa de belleza".

¿En qué reside esa perversión? En una descomposición horrorosa de los valores. Es una ciudad muerta donde los jóvenes se matan. Ya que el otro tema de este origen es el suicidio. Hay una calle de la metrópolis que los jóvenes eligen para suicidarse. Hay dos causas que los impulsan: la educación opresiva de los internados y la religión: "una ciudad así, totalmente a merced del embrutecimiento del catolicismo y totalmente dominada por ese embrutecimiento católico, y que además, en aquella época era una ciudad nazi de pies a cabeza." Esta ciudad durante la guerra se ha transformado en dos ciudades. La visible, destruida por los bombardeos con su estación de tren y su cartel nazi: "Las ruedas deben rodar para la victoria"; y otro submundo bajo tierra donde transcurría la vida que se respiraba en los refugios. Todo era doble, así había también dos radios; una para los alumnos de los internados con noticias sobre la victoria del nazismo: y otra radio, clandestina, la de la Resistencia. Cuando termina de contar su origen, Bernhard tenía quince años de edad.


El sótano
Este libro trata de una decisión. La de ir en una dirección opuesta a la del Instituto de Música que dirige la señora Grünkranz. La vida del instituto responde al tópico opresivo de otros establecimientos similares como los descriptos por Musil en Las tribulaciones del Estudiante Törless o Walser en Jakob von Gunten. El aprendiz rechaza cualquier propuesta de trabajo que lo lleve en dirección de su vida anterior. Es más, se obliga a elegir un camino opuesto. Es el pasaje del estudio opresivo al trabajo como libertad. Pero también la crítica lúcida y despiadada a los institutos de educación. Por lo cual el trabajo queda del lado de lo útil y la educación del lado del tedio y la inutilidad.

El aliento
Este relato comienza cuando Bernhard tiene dieciocho años y es internado en un hospital junto con su abuelo. Padece una pleuresía húmeda como consecuencia de los enfriamientos sufridos por cargar bolsas de papas en la tienda de comestibles de Podlaha. Los internados son, en su mayoría, enfermos terminales de tuberculosis. Al respecto, la historia de la literatura tiene relatos ejemplares: Thomas Mann con La montaña mágica, y Onetti con Los adioses; sin dudas, "El aliento" se sitúa en este registro donde la enfermedad coincide también con una especie de iniciación, el pasaje de la juventud a cierta edad de hombre. Otro pasaje es el umbral que separa a los enfermos de la habitación de morir. El joven Bernhard ingresa en ella pero logra salir. Esa es su decisión, su aliento: "Entre dos caminos posibles, había decidido esa noche, en el instante decisivo por el camino de la vida."
El frío
En este tomo narra la hospitalización en el sanatorio de Grafenhof.

Le llega un boletín oficial con un billete de ferrocarril para ser trasladado, como quien es llamado a las filas. En ese sanatorio, Bernhard va a librar una batalla. A este libro lo subtitula: "El aislamiento", al que lo ha arrojado la enfermedad y la muerte de su abuelo. Pero también los carteles que rodean el lugar: "Alto. Establecimiento médico. Carretera prohibida. ¡Prohibido el paso!" En Grafenhof hay que sobreponerse a la enfermedad y a los hábitos: un uniforme, un horario, una dieta, un encierro.


Un niño
El último tomo de su autobiografía no está subtitulado. Como si sólo bastara con decir un niño. Aquí, narra desde los ocho años de edad, y cuenta los episodios más felices e infelices de su vida. Sus aventuras montando en una bicicleta Steyr -Waffenrad, sus desventuras con su madre y su tutor y la figura salvadora de su abuelo materno.

Entre estas vicisitudes transcurre: "la catástrofe elemental de mi infancia." Al final saca otro "pasaje de ferrocarril". Unas palabras del abuelo le posibilitan otro viaje: "Mi abuelo se llevó las manos a la cabeza y dijo: es una suerte que no sea Passau sino Salzburgo lo que te tengo destinado." Es cierto.

Nadie como Bernhard ha escrito sobre una ciudad ni con tanta virulencia ni con tanto lirismo.

Quizás sin saberlo Bernhard escribió su autobiografía "guiado" por la mano de su abuelo que fue un escritor inédito: "Se decía siempre que trabajaba en su gran novela, y mi abuela subrayaba esa observación, hecha siempre en un cuchicheo, con las palabras tendrá más de mil páginas. Para mí, era totalmente misterioso cómo podía sentarse alguien y escribir mil páginas." Sin duda, los libros escritos por Bernhard tuvieron como brújula develar ese misterio.

10.5.10

El siglo XXI, mejor en verso

Varias antologías y ensayos indagan en una nueva generación de poetas - Ninguneada por el mercado, la poesía ha encontrado sus formas de supervivencia

Ilustración de Sciammarella. fuente:elpais.com

En una realidad cada vez más arraigada en lo breve y fragmentario sólo era cuestión de tiempo que una nueva poesía irrumpiera con renovada fuerza. ¿Qué mejor que la poesía para tender el sutil puente que puede unir un pueril sms con toda una tradición literaria?

En los últimos días media docena de libros han puesto sobre el tapete literario los nuevos caminos y los nuevos nombres de los poetas españoles del presente y del futuro. No existe una bandera común, ni una tendencia única, ni un nombre generacional para agruparlos, ni siquiera ese innato parricidio estético al que aspira todo artista. Pero todo eso, por supuesto, también forma parte de su callada identidad.


"El corte estético con la generación anterior es muy brusco", asegura Luis Antonio de Villena, autor de la antología La inteligencia y el hacha (Visor). "Pero como no ha habido una pelea literaria nadie ha reparado en ellos como generación. Son plurales, como lo son todas, pero un sector importante coincide en una poesía irracionalista que pretende ser una reflexión sobre la realidad, la materia y la vida".

Villena -que insiste en que su libro ofrece una mirada panorámica y no crítica de los poetas de 2000- añade otra peculiaridad: se trata de una generación que todavía no ha logrado un gran libro pero que sin embargo ya tiene unos cuantos intentando explicarla. De Juan Antonio González Iglesias a Luis Muñoz, Andrés Neuman, Elena Medel, Antonio Lucas, Isabel Pérez Montalbán, Javier Vela, Balbina Prior, Javier Rodríguez Marcos o Rafael Espejo, el libro refleja una generación distinta a la de los ochenta pero que de alguna manera entronca con los Novísimos. "Pero no nos engañemos, y citando a Octavio Paz, la poesía sigue siendo un rito de las catacumbas. Quizá muchos poetas han aceptado el territorio de las minorías y no les importa ser sólo leídos por unos pocos fervorosos, pero la realidad de la poesía es precaria y terrible en una sociedad que ha impuesto los valores de mercado sobre los de la cultura. Este es un país singular en el que se produce mucha cultura y se consume muy poca y la poesía la leen cuatro gatos y para ser publicada está condenada a las antologías y los premios".

El caso es que, arrojada del mercado, la poesía -según apunta el ensayo Mejorando lo presente. Poesía española última: posmodernidad, humanismo y redes, de Martín Rodríguez-Gaona (Caballo de Troya)- se ha vuelto "promiscua, disponible y viajera" e invade por ello "las nuevas geografías virtuales". Un ciberactivismo literario que, aunque no se sabe adonde va, al menos va dos pasos por delante. La manera de recogerse el pelo. Generación Blogger (Bartleby Editores) reúne la obra de 13 mujeres poeta. El asturiano David González, autor de la antología, las leyó o descubrió por primera vez en Internet, en un blog o en una revista digital.

Para Antonio Jiménez Morato, encargado de Poesía en mutación (Alpha Mini), algo está cambiando. "Quizá no estamos viviendo una revolución necesaria, no presenciamos el asalto de las generaciones anteriores, pero sin duda estamos ante una significativa mutación". Su libro reúne a siete autores nacidos después de 1975 y criados en democracia: Martín López-Vega, Carlos Pardo, Sandra Santana, Ana Gorría, Fruela Fernández, Teresa Soto González y, otra vez Elena Medel. Nacida en Córdoba en 1985, escribe: "Tú y yo en los demás: libran a la manzana de su / piel. Más hermosos cuando estamos a solas". "Yo busco las preguntas en lo cotidiano", explica la poetisa. "Nunca sé si lo que veo fuera es una proyección de mí misma o si soy yo una proyección de lo que veo. El caso es que he pasado de la autobiografía a escribir sobre los demás". Medel (una de las impulsoras de la web labellavarsovia) habla con optimismo de Internet y de las redes sociales para captar nuevos lectores. "Pero Internet es un espejismo, cultura marginal que no se refleja en ventas", asegura Villena.

En este sentido, el poema de González Iglesias La canción del verano suena más que la Eneida -que recoge el libro Las moradas del verbo. Poetas españoles de la democracia, de Ángel L. Prieto de Paula (Calambur)- apunta: "La canción del verano suena más que la Eneida / y en vano -Cioran dice- busca Occidente una / forma de agonía digna de su pasado. / Pero así están las cosas, y no tienen / vuelta / ni las generaciones ni las hojas / de los hombres. / Tristeza de saber que no regresaremos / a la ternura, la serenidad, / al fulgor de Virgilio. / Aquel verano / bailábamos oscuros bajo la noche sola".

Derrotistas o no, cuando el debate entre los jóvenes novelistas está entre si son escritores abeja (esos que se alimentan de distintas flores) o escritores araña (esos que sacan de sí mismos, de su estómago, el hilo que tejen) la poesía se mantiene extrañamente en pie con todo su poder de insecto híbrido.

13.4.10

Las nuevas caras de Alicia

Varias ediciones ilustradas del clásico de Lewis Carroll arropan el estreno del filme de Tim Burton. Una traducción moderna de Alicia en el país de las maravillas y libros del autor enriquecen la oferta


El país de las maravillas, visto por Peter Kuper. fOTO: PETER KUPER / SEXTO PISO.fUENTE:elperiodico.com

"Ya se lo preguntaba la propia Alicia, sentada a la orilla del río, cuando se fijó en que el libro que leía su hermana no tenía ni dibujos ni diálogos. «Y ¿de qué sirve un libro si no tiene dibujos o diálogos?». Así empieza Alicia en el país de las maravillas, el clásico que Lewis Carroll publicó en 1865 y que ahora, casi un siglo y medio después, Tim Burton reinventa en la gran pantalla con una Alicia algo más crecidita que la original. El sector editorial, coincidiendo con el esperado estreno de la película en España, este viernes, parece haberse tomado en serio el interrogante de la protagonista volcándose en nuevas ediciones ilustradas, además de reediciones con los dibujos originales, ya canónicos, que Carroll le pidió al británico John Tenniel.
Los fieles a sus trazos los hallarán en Alicia anotada (Akal), obra de referencia con textos de Martin Gardner, en Alianza (en estuche de bolsillo, con A través del espejo), Debolsillo o Quaderns Crema, que edita en catalán A través de l'espill. Desde el siglo XIX, muchos han dado su versión de Alicia. Marta Gómez-Pintado, que aceptó ilustrar la cuidada edición de Nórdica (también en formato mini) mucho antes de conocer el proyecto de Burton, era consciente del reto. «Es un personaje que tiene unas imágenes muy reconocibles, como las de Tenniel o la de la peli de Disney, y de entrada te acobardas, pero cuando me lancé evité basarme en ninguna de ellas», explica la ilustradora, que ha utilizado los tonos sepia y el efecto témpera. Según Diego Moreno, editor de Nórdica, «se trataba de huir de la versión infantil». Algo que contrasta con alguna edición destinada a los jóvenes lectores, como la de Anaya, con coloreados dibujos de Tony Ross.
Lo que más choca a Gómez-Pintado de la Alicia de Burton es que sea una joven de 19 años (que vuelve al país de las maravillas para huir de un compromiso matrimonial). «Creo que es importante mostrar que es una niña de 8 o 9 años», afirma.
Para Teresa Duran, especialista en literatura infantil y juvenil, Burton es un «gran renovador de géneros con instinto propio e hiperbólico capaz de crear un icono propio de Alicia». El márketing ayuda: Disney publica la novelización del filme, La guía esencial y la novela gráfica.
«El libro ilustrado –añade Duran– es como un escenario de teatro donde cada dibujante puede ser capaz de crear cosas que no se olvidan con puestas en escena diversas». Tan distintas como la fiel adaptación en cómic, llegada de Francia, que propone Glénat, con guión de David Chauvel e ilustraciones de Xavier Collette, que pinta a una dulce Alicia; o la original e irreverente novela gráfica de Bryan Talbot Alicia en Sunderland (Reservoir Books), en la que el británico despliega su ácida visión de la historia y la monarquía de su país a través de unos relatos sobre Carroll y Alice Liddell. Ella fue la niña culpable de que un cuento improvisado una tarde de verano de 1862 durante un paseo por el Támesis se convirtiera primero en libro y luego en clásico.

FIEL AL ESPÍRITU
Por su parte, Sexto Piso presenta un proyecto iniciado también hace un par de años: un lujoso, y goloso, volumen, diseñado e ilustrado por el estadounidense Peter Kuper, con páginas apergaminadas y cubiertas de tela. En él, una Alicia algo caricaturesca habla con el gato de Cheshire o el Conejo blanco gracias a una nueva y moderna traducción, fiel al espíritu del texto, de Teresa y Andrés Barba, con prólogo de este y una miscelánea con textos de Carroll y del hijo de Liddell.
«La mayoría de traducciones son de hace muchos años», explica Santiago Tobón, de Sexto Piso, y por ello se la propusieron a Barba, que sabe que traducir Alicia es «una carrera de obstáculos; cada tres líneas uno se encuentra con un juego de palabras». Los que tanto gustaban a Carroll y que tan difíciles son de trasladar al lector no británico y de otra época. Alicia ha entrado en el siglo XXI.

5.4.10

En España, la crisis económica también afectó la producción de libros

La producción editorial disminuyó un 13,7 por ciento en 2009 respecto al año anterior y registró la cifra más baja de ejemplares publicados de los últimos 10 años. Los libros de Literatura fueron los más publicados

EN CRISIS. Si se diferencia entre libros y folletos, el número de libros editados descendió un 14,1 por ciento, hasta 65.213 títulos, y los folletos registraron un descenso del 10,5 por ciento, situándose en 9.308 títulos.fOTO;fUENTE: Revista Ñ

"Estos datos se desprenden de la Estadística de la Producción Editorial, reseñados por la agencia Europa-Press que corresponden al año 2009 y que fue dada a conocer hoy por el Instituto Nacional de Estadística (INE). Este estudio revela que la producción editorial disminuyó un 13,7 por ciento en 2009 pero que, pese a esta bajada, el número total de títulos editados (74.521) es el segundo más elevado de la última década (2008 alcanzó la cifra récord con 86.330 libros editados).

La cifra total (74.521) engloba las primeras ediciones: 68.870 títulos (un 14,2 por ciento menos que en 2008); y las reediciones: 5.651 títulos (un 7,4 por ciento menos).

Si se diferencia entre libros y folletos, el número de libros editados descendió un 14,1 por ciento, hasta 65.213 títulos, y los folletos registraron un descenso del 10,5 por ciento, situándose en 9.308 títulos.

La tirada media fue de 2.467 ejemplares por título, lo que confirma la tendencia decreciente de los últimos años, con una reducción del 16,7 por ciento respecto a 2008. El número de ejemplares editados se sitúa en el nivel más bajo de los 10 últimos años, con 183,87 millones.


Reimpresiones

En 2009 se reimprimieron 12.697 títulos, cifra que representa el 14,6 por ciento de las publicaciones editadas en España. Por categorías de temas, más de la cuarta parte de los títulos editados (el 28 por ciento) y casi la mitad de ejemplares impresos (el 48,7 por ciento), correspondieron a la categoría Literatura.

Los títulos dedicados a Derecho, Administración Pública, Previsión y Asistencia Social y Seguros representaron el 7,1 por ciento del total; los de Historia y Biografía, el 5,9 por ciento; los de Ciencias Médicas y Sanidad, el 5,5 por ciento; y los de Ciencias Políticas y Económicas y Artes Plásticas y Gráficas y Fotografía, un 5,3 por ciento cada uno.


Libros para niños

Cabe destacar dos temas de especial interés, pese a representar una parte menor de la producción. Se trata de las publicaciones para niños y los libros de texto, que constituyeron el 3,2 por ciento y el 5,8 por ciento de los títulos publicados, respectivamente. En cuanto al volumen de ejemplares, estas categorías representaron el 5 por ciento y el 12,5 por ciento.

Entre los libros de texto, el 19 por ciento fueron de Ciencias Naturales; el 17,7 por ciento, de Filología, Idiomas y Lingüística; y el 12,1 por ciento, de Matemáticas. Las publicaciones para niños se concentraron en temas de Literatura (85,5 por ciento).

En cuanto al número de publicaciones oficiales, descendió un 19 por ciento respecto al año anterior. El mayor porcentaje de títulos (11,8 por ciento) tuvo como temática las Artes Plásticas y Gráficas, Fotografía.

Por su parte, el castellano representó el 77,4 por ciento del total de títulos y el 80,5 por ciento de los ejemplares editados en el año 2009. Estos porcentajes son similares a los registrados en 2008 (del 77 y el 80,1 por ciento, respectivamente). En 2009 se editaron un total de 57.664 títulos en castellano.

El 11,2 por ciento de títulos se editaron en catalán, valenciano y/o balear (8.379 títulos); el 2,5 por ciento, en gallego (1.823); y el 1,4 por ciento, en euskera (1.027 títulos).


También en inglés

En cuanto a idiomas extranjeros, los títulos representaron el 3,5 por ciento del total de títulos editados en 2009, con un descenso del 17,8 por ciento respecto al año anterior. Destacaron los libros en inglés (con el 48,9 por ciento del total) y en portugués (20,9 por ciento). Los títulos traducidos alcanzaron el 14,7 por ciento de la producción editorial destacando, de nuevo, los traducidos del idioma inglés (que representaron el 60,1% del total).

Un total de 201 títulos (incluidas reimpresiones) fueron editados en el extranjero e impresos en España en el año 2009, lo que supuso un descenso del 34,7 por ciento respecto al año anterior. Por idioma de publicación, el 42,8 por ciento de los títulos fueron publicaciones en castellano."

6.12.09

Cuento de terror: cae la venta de libros

"Todas las instituciones se están retrasando en los pagos y eso hace que muchas librerías tengan problemas de tesorería", afirman desde CEGAL

La buena noticia es que el sector del libro cerrará el ejercicio de 2009 con pérdidas moderadas y asumibles, en general. La mala noticia es que esas pérdidas están muy desigualmente repartidas y afectarán mucho más a unos que a otros. Fuentes del sector auguran unas pérdidas globales del 4% por debajo de 2008, pero muestran tranquilidad porque «podría haber sido peor». En la memoria está el dramático primer trimestre, cuando las librerías devolvían libros masivamente, hasta un 40% de los ejemplares puestos en el mercado.
Curiosamente, desde septiembre no ha habido un porcentaje de devoluciones destacable. Para explicarlo, hay quien dice que eso ocurre porque los libreros prefieren vender sus existencias antes de apostar por otras novedades, siguiendo la costumbre de los últimos años, que hace que los libros estén apenas un mes a la vista en las librerías. Otros dicen que influye el bajón de novedades. Los libreros recortan gastos como pueden, y una de las formas es no coger tantas novedades porque tienen una caída de ventas entre el 5 y el 10%. Todos tienen puestas sus expectativas en la campaña navideña.
En este entorno cabe destacar que los grandes grupos editoriales han conseguido cuadrar cifras por los títulos de grandes ventas. Así, la saga de Stieg Larsson y el nuevo libro de Dan Brown han salvado a Planeta de cerrar en negativo. Fuentes del sector auguran al grupo de Lara un 3% de crecimiento, que sin esos autores se convertiría en un porcentaje similar, pero negativo. Alfaguara vive un proceso similar con la saga Crepúsculo, Random House con Isabel Allende, Javier Cercas e Ildefonso Falcones. Grandes autores como Henning Mankel y Haruki Murakami salvan a editoriales medianas como Tusquets, éxitos como «La soledad de los números primos» o las obras de John Boyne sostienen a Salamandra, y el Nobel de este año impulsa las ventas de Siruela... Pero detrás de esta realidad se esconden noticias menos halagüeñas.
Para empezar, sí se está notando un descenso acusado en las ventas de libros. Lo que las cifras más fiables reflejan -es el caso de la encuesta Nielsen- es que, aparte de los superventas, el resto de autores vende muchos menos ejemplares. La diferencia es tan abismal que los datos de esta última semana apuntan a que Dan Brown encabeza la lista con 34.953 ejemplares, pero bajando un 15% sus ventas con respecto a la semana anterior. A mucha distancia ya le siguen el premio Planeta de Ángeles Caso, titulado «Contra el viento», que vendió sólo 10.695 ejemplares en la última semana bajando nada menos que un 32% con respecto a la semana precedente. Ni los libros de Larsson se salvan y caen un 17% y un 24% con ventas de 6.919 y 5.880 para las dos últimas entregas. Se trata de una venta seis veces inferior a Dan Brown.
Y qué decir de autores más literarios, como José Saramago, que registró un discreto quinto puesto con 5.545 ejemplares y la caída de 28% en las ventas en una semana. Ni comparación con los pocos que suben, como Mankel, un 5% más con 4.378 ejemplares, o Antonio Muñoz Molina que entró esta semana en la lista con 3.206 ejemplares.
Reparto desigualAsí las cosas, las pérdidas no se reparten de igual manera. Las pequeñas y medianas editoriales caerán un 10% en 2009 pero las habrá con un 7% de pérdidas y otras con un 21% o 22%, según las mismas fuentes. Eso supone que muchas verán en peligro su continuidad. De igual modo los grandes grupos, que ya han aplicado políticas de recortes, encaran el 2010 con el corazón en un puño. Con este panorama, el Kindle es un problema que no les preocupa a corto plazo, aunque ya tienen planes para la venta de libros en versión electrónica a medio y largo plazo.

Sin embargo, el talón de aquiles de la industria literaria no reside en este momento sólo en la peligrosa caída de las ventas. La recesión económica ha mordido las arcas institucionales y su escasa liquidez está pasando factura tanto a libreros como a editoriales. Fuentes de la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL) reconocieron a ABC que «el problema que tienen este año las librerías es institucional. Todas las instituciones se están retrasando en los pagos y eso hace que muchas librerías tengan problemas de tesorería». Ante la falta de dinero en caja este año y de cara a las fiestas navideñas «están escogiendo más, apostando sobre seguro con best-sellers y, sobre todo, aceptando menos títulos para hacer frente a la campaña de Navidad».

Con esta sensación de temor, la industria editorial no puede hacer otra cosa que esperar a que corran mejores tiempos para la literatura (que no sólo la lírica anda estos días con el agua al cuello), aunque no dejan de reconocer que «este año va a ser una auténtica lotería». Pues que la fuerza nos acompañe y Dios reparta libros... Y si no es Dios, que al menos lo hagan Papá Noel y los Reyes Magos.

Lista Nielsen (semana 23-29 noviembre):
1- El símbolo perdido (Dan Brown): 34.953 (-15%)
2- Contra el viento (Ángeles Caso): 10.695 (-32%)
3- La reina en el palacio de las corrientes de aire (Stieg Larsson): 6.919 (-17%)
4- La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (S.Larsson): 5.880 (-24%)
5- Caín (José Saramago): 5.545 (-28%)
6- Los hombres que no amaban a las mujeres (S.Larsson): 5.319 (-10%)
7- El hombre inquieto (Henning Mankell): 4.378 (+5%)
El dato: libro de texto
El libro de texto ayudará menos este año a cuadrar las cuentas del sector. En 2008 se renovaban los libros de 6 cursos con una densidad demográfica de 120.000 nuevos alumnos. El panorama en 2009 no es tan halagüeño, puesto que sólo ha tocado cambiar los libros de 3 cursos y el alumnado ya no crece en la misma dimensión. A esto se une el problema de las comunidades gobernadas por el PSOE, que con su política de préstamos han reducido también la facturación de las editoriales, según se quejan desde el sector. También la inversión de instituciones y blibliotecas en libros responde este año a los recortes presupuestarios que se han generalizado alrededor del 10%, tanto en instituciones públicas como en entidades privadas.
fuente:abc.es

9.11.09

Borges, hombre lobo



Lisa y Georgie -como cariñosamente se llamaban Luisa Mercedes Levinson y Jorge Luis Borges- caminaban por el gran Buenos Aires, se perdían por los barrios más inusitados, como Puente Alsina, llegaban hasta Avellaneda, tomaban el tren y se precipitaban hacia las estaciones del Oeste. Georgie (Jorge Luis Borges) iba a tomar el té todas las tardes con ella, y escribían durante dos o tres horas una sola página. «Era una novedad para mí, que fui siempre una atropellada. Cuando a Borges y a mí se nos ocurría una idea, él la sopesaba, la aclaraba, y la transformaba en síntesis», confesaba Lisa (Luisa Mercedes Levinson). Borges inventó una ciudad que ya no existe. A veces a pie, otras a través de la poesía, encerrada entre oscuridades, silencios y milongas. Probablemente no haya nada más porteño que un hombre que nace en pleno centro de Buenos Aires, exactamente en Tucumán 840, entre Suipacha y Esmeralda (zona conocida como Parroquia de San Nicolás), en un tiempo imposible de imaginar, el 24 de agosto de 1899, hace 110 años.
Una buena tarde, mientras apuraban entre las comisuras de sus labios los últimos estertores del té de las cinco, a Georgie Borges se le ocurrió la idea de escribir un relato en primera persona sobre la aventura de un arquitecto que recibe el encargo de construir un chalet para los Ferrari, familia donde habría anidado un amor de juventud. Así crearon conjuntamente «La hermana de Eloísa». Fue la única obra de ficción que el autor de «El Aleph» escribió a «cuatro manos», exceptuando las puras maravillas que esculpió con su «pequeña sociedad» Bioy Casares. «La hermana de Eloísa» se publicó en 1955 por la efímera editorial bonaerense Ene (en un volumen al que daba título, y que incluía otros dos relatos de Lisa y de Georgie: ««El doctor Sotiropoulos» y «El abra», de Levinson; y «La escritura del Dios» y «El fin», de Borges), pero dejó de circular por un buen tiempo, una vez agotada la escueta tirada, acaso porque sus autores no le daban mayor trascendencia. «Tal vez no fue una gran realización», escribió alguna vez Luisa Mercedes Levinson, quien dijo haber aprendido al lado de Borges «el arte de corregir». Causalidad o no, casi acto seguido ella escribió su cuento más famoso y antologado: «El abra». «Cuando me propuso escribir un cuento en colaboración, casi me desmayo. Borges, en 1954, no era conocido como ahora. Pero nosotros, los escritores, sabíamos de su grandeza», ensalza Luisa Mercedes Levinson al sumo hacedor Georgie Borges.
Inédito en España
El relato «La hermana de Eloísa» no salió jamás de Argentina, y permanecía inédito en España, Afortunadamente, gracias a la maravillosa iniciativa de Del Centro Editores, de Madrid, la obra llega a España cincuenta y cuatro años después. Se trata de una edición especial y única, con una tirada de cien ejemplares numerados, que se presentará el próximo jueves. El libro está realizado en rama, en carpeta y estuche manufacturado artesanalmente. La carpeta ha sido cubierta de papel estampado a mano y el estuche entelado. Esta joya está lustrada por el gran artista argentino, residente desde hace varias décadas en París, Antonio Seguí, quien firma, junto al editor, Claudio Pérez Míguez, cada ejemplar. «Al quedar sin republicarse «La hermana de Eloísa» -explica Pérez Míguez- nos interesó muchísimo sacarlo a la luz pública, ya que en España no se conocía. Es un texto, pues, semi inédito, maravilloso, tentador, que da mucho juego literario». Es cuento largo el de Borges. El relato (ABC reproduce parte de él) se prolonga a lo largo y ancho de diecisiete páginas de texto, y está divido en tres partes. Narra una historia de amor/desamor, la epopeya de un maravilloso arquitecto, a quien a traves de su socio le encargan un chalet, una casa para la familia Ferrari, situada en el sur del Gran Buenos Aires. El arquitecto vivía en aquella zona bonaerense y estaba enamorado de una hija de Ferrari. En ese eterno retorno para visitar a la mujer que le apasionaba el corazón, el arquitecto delinea el cambio de aquellos aires y de aquellas gentes: ya nada tiene nada que ver con la realidad. Borges inyecta enormes dosis de humor al relato, lo cual daba enorme lustre. Como el azucarillo que se diluía en el té de las cinco que apuraban Lisa y Georgie.
fuente:abc.es

11.10.09

Hallar libros de la Premio Nobel, una misión imposible

Herta Müller, al igual que Le Clézio, el Nobel del año
pasado, es muy desconocida en español.



La escritora rumano-alemana Herta Müller, ganadora del Premio Nobel de Literatura 2009, encarna en buena parte el destino de las minorías alemana en los países del centro de Europa que, tras el fin de la II Guerra Mundial, en muchas ocasiones tuvieron que pagar por partida doble las culpas del nacionalsocialismo.
La escritora, que vive en Berlín desde 1987, nació en Nytzkydorf (Rumania) en 1953 y en una familia de la minoría alemana en ese país -a la que pertenecieron otros escritores emblemáticos alemanes como Paul Celan u Oskar Pastior- y desde muy pronto trató de tender puentes entre las dos culturas a las que pertenecía.
Con la Rumania oficial, regida por el dictador Nicolai Ceaucescu, entró en conflicto muy pronto al ser despedida de su primer trabajo, como traductora en una fábrica de máquinas, por negarse a colaborar con la Securitate, el servicio secreto comunista.
"Todavía no me lo puedo creer. Lo sé, pero todavía no entró en mi cabeza", declaró la escritora en una multitudinaria conferencia de prensa celebrada el jueves en Berlín.
"(La dictadura) es el tema de todos mis libros -destacó Müller-. Viví más de treinta años bajo una dictadura. Cada mañana con el miedo de no existir más por la noche", dijo.
El premio sorprendió a todo el mundo. No estaba en las apuestas y su obra es muy poco conocida en España (donde han sido editados cuatro títulos suyos: dos en la editorial Siruela, uno en Plaza & Janés y uno en Mondadori) y en muchos otros países. De hecho, en las librerías no había el jueves un solo libro suyo, tal y como ocurrió el año pasado con el francés Jean-Marie Le Clézio.
Pocos minutos después de que se anunció el premio, la dueña de la librería madrileña Modesta, en la calle Modesto Lafuente, comentó: "Nos ha ocurrido como el año pasado con Le Clézio, que no hay libros en ninguna parte, sólo que en la anterior ocasión al final los encontramos en algunas editoriales sudamericanas y este año tendremos que esperar a que los reediten".
En 2007, la editorial Siruela publicó de esta autora en castellano En tierras bajas y El hombre es un gran faisán en el mundo, títulos que no se encuentran disponibles en las distribuidoras. En 1996, Plaza & Janés había publicado La piel del zorro y al año siguiente Mondadori editó de La bestia del corazón.
En la librería internacional Pasajes, situada en la calle Génova de Madrid, sí es posible encontrar tres títulos diferentes de Muller, pero en alemán.
Después de visitar las grandes superficies de venta de libros del centro de Madrid, comprobamos que en ninguna hay libros de Müller: "Tuvimos algo, pero hace mucho tiempo", comenta un vendedor, y cuenta que las editoriales ya anuncian numerosas reediciones para "finales de mes".
CODA: Aquí en Bogotá, Colombia, es una muy ilustre desconocida para los libreros. Hice una encuesta rapidísima al azar entre los libreros del Centro Cultural del Libro, y en las librerías de los alrededores: ni la recuerdan ni la han oído mencionar. Se desayunaron conmigo, al decirles que es la nueva Nobel de Literatura. En el catálogo de la Biblioteca Luis Ángel Arango, sí están los tres libros mencionados en el artículo y ya están reservados.
fuente: Efe-AFP http://delcastilloencantado.blogspot.com