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27.8.09

¿Cómo salvar la Feria del Libro?









Por: César Rodríguez Garavito*
APENAS DOS DÍAS DESPUÉS DEL CIErre de la Feria del Libro de Bogotá, la polémica sobre sus resultados está al rojo vivo.
Organizadores y expositores debaten por qué no se logró la cifra esperada de 415.000 visitantes. Unos y otros comienzan a hacer cuentas temiendo que el público gastó más en las hamburguesas de la plazoleta de comidas que en los libros que se exhibían en los pabellones. Y todos se apresuran a buscar chivos expiatorios.
Unos le echan la culpa al cambio de fecha (de abril a agosto), que habría hecho que la Feria cogiera a la gente sin plata por las vacaciones de mitad de año. Otros dicen que todo se debe a la crisis económica, al precio de la entrada o a la “falta de una estrategia de publicidad agresiva”.
Lo que tienen en común todos los diagnósticos es que apuntan a los síntomas, y no a las causas de la enfermedad de la Feria, entre las que está la enfermedad de la mercancía que quiere vender: los libros impresos. Es como buscar la explicación de la crisis de las discotiendas en la situación económica o el cambio climático, en lugar de ver que la explosión del internet cambió para siempre la forma de circular canciones y escuchar música.
El problema es que la industria colombiana del libro sigue estando dominada por un modelo editorial que hace agua en todo el mundo. Es el modelo de los libros de papel, que reinó desde la invención de la imprenta hace 570 años, y en el que la única forma de descubrir libros era frecuentar las librerías para preguntar “qué ha llegado”, o pasar una tarde en la Feria haciendo lo mismo.
Lo que pasa es que las ideas y los textos ya no circulan sólo de esta forma. Basta ver la revolución que ha causado el Kindle y otros aparatos de lectura de libros digitales, que no pesan nada, cuestan la mitad y pueden ser bajados en un segundo por internet. O los hábitos de lectura de los jóvenes criados con Messenger y Twitter, que no se explican por qué no pueden leer un libro en línea, agregar sus comentarios, circular un pasaje a sus amigos por Facebook, o hacer un vínculo a un video de YouTube donde se entrevista al autor.
Así que, para salvar esa maravilla que ha sido la Feria del Libro, hay que comenzar por salvar el libro. Para eso, lo mejor es digerir la respuesta de los expertos a la pregunta sobre si los libros pueden sobrevivir en la era digital. “Claro que sí”, dice Clive Thompson en un artículo reciente de la revista Wired, que debería ser lectura obligatoria para los editores criollos. “Pero sólo si los editores… ofrecen nuevas formas para que la gente se tope con la palabra escrita. Tenemos que dejar de pensar en el futuro de la publicación y comenzar a pensar en el futuro de la lectura”.
Si se hace esto, las posibilidades que se abren son inmensas. Basta ver el éxito que han tenido los experimentos de editoriales como la de la Universidad de Harvard, que han colgado libros gratis en espacios como CommentPress. O la explosión de sitios virtuales (como Scribd) para difusión o venta de textos digitales. El resultado ha sido que los textos circulan mucho más porque los lectores los encuentran más fácil y porque los precios son mucho más bajos. Y que las ventas convencionales aumentan porque hay mucha gente que quiere seguir leyendo libros impresos.
El cambio es gradual y, claro, no depende sólo de los editores y los organizadores de la Feria. Pero ya es tiempo de empezar a dar el paso. Qué bueno que los editores ofrecieran el próximo año una demostración de nuevos libros que se pueden bajar por internet, incluso por capítulos. Y que los organizadores nos sorprendieran con un pabellón sobre el libro digital. Ahí les dejo la inquietud.
* Profesor Universidad de los Andes y miembro fundador de DeJuSticia

24.8.09

Otra mirada sobre lo mismo...o casi.(1)

Existirá siempre la expectativa de una feria llena de sorpresas, pero en el fondo fue igual.Por primera vez, me dí la oportunidad de estar en la feria con continuidad de un día tras otro, para observarla en su justa medida, de la dimensión que ella ha alcanzado en el concierto de las ferias internacionales. Algunos cambios notables y evidentes. Lo primero, el costo de la entrada subió(todo sube). Los precios de los libros se incrementaron. Las promociones, que constituyen siempre la mejor opción de compra para los lectores, fueron igualmente incrementadas. Las que costaban, el año pasado(ya largo, porque la feria cambió de fecha) de 5 mil pesos pasó a 8 mil pesos.
Un libro de culto para mi: 2666 del chileno ya fallecido, Roberto Bolaño, estaba el año pasado a 139 mil pesos. Alegremente, para regocijo de muchos lectores, bajó a 89,900 pesos ¿Ya no se está leyendo tanto a Bolaño? ¿Pasó su boom? Quién sabe...
Nunca pude asistir a los eventos académicos, en las mañanas, que fueron cerrados. Muy distinto de los eventos con las conferencias abiertas a todo público.
¿Siempre la Academia se aparta de la realidad?
El público, en los días ordinarios era muy bajo, bajísimo diría con conocimiento, y esto se reflejaba inmediatamente en las ventas de los expositores.Los primeros días sentía que había desgano. Los vendedores tenían un aura de relativo optimismo. En los cubículos comerciales mal llamados Stands ví muchos bostezos, y por supuesto pereza, ¿o debilidad? Al pasar por uno de éstos, uno expresó con cierta angustia:"nada que arranca"."Espera, espera, que apenas empieza", le contestaba su contraparte femenina, con tono esperanzador.
El fin de semana cambió el panorama. Ya el público empezaba a responder al llamado. Varios noticieros de televisión hicieron directos desde la feria."¡Estamos vendiendo!" dijo con alegría la expositora de un cubículo de las editoriales independientes.Y sí, la feria se llenó de gente, de vida.