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17.5.10

El huracán de la historia

Leonardo Padura se ha hecho conocido en la literatura latinoamericana por las novelas policiales protagonizadas por el detective Mario Conde, y también por La novela de mi vida, biografía ficcionalizada del poeta José María Heredia



foto,fuente:página12.com.ar





Ahora, tras varios años de trabajo, el autor cubano da a conocer El hombre que amaba a los perros, una perturbadora historia que une las figuras de León Trotski y de su asesino, Ramón Mercader, en una trama en cuyo centro se encuentran Cuba, el comunismo y los cambios políticos y culturales de las últimas décadas en la isla, centro obsesivo de su quehacer como escritor.

Es muy compleja la relación que un hombre establece con un perro. No es solamente cuestión de darles de comer cada tanto ni tampoco la de asegurarse que cumplan una función primordial (cuidar nuestra casa cuando no estemos, dormir arriba de la cama en una noche de invierno para abrigarnos los pies) para luego restringir todas aquellas otras cosas que nos resultan peligrosas o atentan directamente contra la integridad de algún mueble. No, para nada: ninguna relación con un perro, ninguna verdadera, auténtica y plena, incumbe solamente eso. El verdadero meollo de esta cuestión parece salir a la luz en la última novela de Leonardo Padura, El hombre que amaba a los perros, en donde sus tres –condenados y atrapados– protagonistas no pueden dejar de exponer o experimentar ese secreto vínculo que los une al mundo canino.

Perros, entonces: perros y hombres a través de la historia, arrastrados casi por las fuerzas (¿naturales?, ¿simbólicas?) de ciertos acontecimientos, casi como promete arrastrar todo lo que existe el huracán Iván del comienzo de la novela, que amenaza con cortar al medio a Cuba. Un personaje, uno de los protagonistas, con el mismo nombre que el fenómeno natural, es menos huracán que víctima: escritor frustrado devenido veterinario, flamante viudo, no puede menos que recordar la miseria en la que se encuentra encerrado, tanto política como sentimentalmente, y comienza a recordar uno de los momentos más significativos de su vida, el momento en que, sentado en una de las playas cubanas en 1977, se encontró por primera vez con un misterioso hombre que paseaba a sus dos perros –dos galgos borzois, parte de la aristocracia canina de la isla– y los miraba, meditativo, chapotear en la espuma que dejan las olas sobre la costa. Su historia, la del hombre que amaba a los perros, revelará otro huracán: aquel que viene azotando al mundo desde el asesinato de León Trotski a manos del agente soviético-español Ramón Mercader.

En una entrevista que el escritor mantuvo con Radar Libros, Leonardo Padura confiesa que al misterioso título del libro en relación con su tema "vino solo, como una semilla que germina en el territorio propicio. Yo había leído hace mucho el relato de Chandler The Man Who Loved Dogs, y cuando vi que los perros eran un elemento que acercaba a los tres personajes protagónicos –Trotski, Mercader y el cubano Iván– pues me pareció el más acertado".

Los galgos, los galgos rusos

Esa conversación entre Iván y el misterioso sujeto de los galgos a lo largo de algunos encuentros va a conformar un relato fragmentario que obligará al primero a inmiscuirse en la vida de quien hasta ese momento, tanto para él como para todos los cubanos, había sido un traidor a la causa socialista vinculado con las oscuras fuerzas del fascismo: apenas un sospechoso más de bogar por el fin de la utopía y que bien muerto está. ¿Qué es lo que le impide al personaje, con su demostrada habilidad para escribir historias, no usar esto como base para el gran texto que desde joven siempre esperó, pero que –por restricciones políticas, por frustraciones personales– nunca pudo realizar? El miedo, el mismo miedo que sintió alguna vez Trotski, el mismo miedo que sentirá luego Mercader, cuyas historias están escritas en tercera persona, como si fueran vistas no sólo por la escritura de Iván, sino también por los ojos de los defraudados, los tragados por esa misma utopía.

¿Cómo fue escribir esta novela en el actual clima político en Cuba? El libro destila por todos lados esta persistencia del miedo, y está clara la posición de los personajes con respecto a este factor. ¿Qué trabas o problemas vislumbraste al escribirlo? ¿Sentías que bordeabas o atravesabas un límite?

–Este ha sido un libro de muy larga concepción, definición, investigación, escritura y revisión, no sólo por los desafíos literarios que significó, sino también por sus contenidos. Por lo tanto, las situaciones en Cuba, aunque en esencia son las mismas, en determinados aspectos fueron variando con los años (no menos de cinco) que mediaron entre el inicio de la lectura de materiales con la intención de escribir y la finalización de la escritura, en 2009. Pero lo que está claro es que desde el inicio sabía que estaba trabajando un asunto que ha sido tabú en Cuba, del que no se había escrito incluso por falta de conocimiento de la profundidad y la perversidad de muchos de los aspectos que toco en el libro. Aunque en mis novelas yo siempre trato de llegar hasta los límites, e incluso un poco más allá, en este caso sabía que iba a desbordar muchos de ellos, pues la historia de los modos en que se pervirtió y degradó –hasta desaparecer– la gran utopía igualitaria del siglo XX resultaría un tema espinoso. La misma persistencia del miedo que persigue al personaje cubano de la novela creo que puede explicar en alguna medida mi relación con el texto, pero asumí el riesgo, pues aunque no intento ni pretendo hacer política con el libro, la novela va a tener muchas lecturas políticas.

¿Desde cuándo tenés esta novela en mente y cómo fue su proceso de escritura?

–Como antes te decía, la elaboración de esta novela fue muy prolongada. Creo, y lo digo al final del libro, que la necesidad de escribirla surgió en 1989 cuando fui por primera vez a la casa donde asesinaron a Trotski, en Coyoacán. Pero entonces yo no estaba ni intelectual, ni profesional o ideológicamente preparado para escribirla y ni siquiera pensé intentarlo –digo, de manera consciente–. Pasaron los años, supe de la presencia de Mercader en Cuba desde 1974 hasta su muerte en el '78, empecé a leer sobre el tema, y sobre ese "renegado" desconocido (para los cubanos) que era Trotski y me fui acercando poco a poco a la posibilidad de escribir el libro. Algo decisivo para intentarlo finalmente fue la experiencia de la escritura de mi libro La novela de mi vida, donde la historia tiene un papel tan importante y en la que ensayo una estructura de historias paralelas y consecutivas. Entonces comencé a buscar información, a leer, a visitar lugares donde estuvieron esos personajes (desde Barcelona y Moscú hasta Copenhagen y Barbizon) y a medida que sabía más –pues discutía del tema con muchos amigos y me fui clarificando en lo que quería decir– comencé a escribir. Fue un proceso largo, de tanteos, en el que, por ejemplo, tuve que tomar grandes y dolorosas decisiones: después de haber escrito toda la línea de Trotski en primera persona, debí desecharla y escribirla de nuevo en una tercera objetiva, pues se me hizo evidente que jamás iba a tener la posibilidad de reflejar la manera de pensar de un hombre como él, ruso-ucraniano, judío, fanático, político en cada respiración de su vida.

Iván, el principal narrador, el único que usa la primera persona, reclama constantemente que no se sabía nada de Trotski. ¿La elección del tema tiene que ver con esta necesidad de revisar la historia del comunismo en Cuba a partir de sus puntos negros o vacíos?

–Tiene que ver sobre todo con la necesidad de superar la manipulación de la información, el ocultamiento de la historia, el engaño que significó todo aquello de que la URSS era el paraíso proletario. Y, por supuesto, tiene que ver con la verdad, o, al menos, con una parte de la verdad, o una visión de la verdad. Si bien Trotski no fue un santo, si bien fue un victimario cuando tuvo el poder en sus manos, creo que fue un hombre que luchó sinceramente por lo que quería y por lo que creía, pero le faltó capacidad para entender cabalmente quién era Stalin y a donde conduciría Stalin a la revolución. De todas formas, no es fácil entender qué puede pretender un hombre enfermo de poder y además desequilibrado como Stalin.

Pero de toda esa historia muy poca gente en Cuba tenía o tiene noticias. Todo lo que ocurrió en la URSS en esa terrible década de 1930 –colectivización, gulags, procesos de Moscú, desmontaje de la Internacional, pactos con los fascistas– fue tapiado por la desinformación o, cuando se sabía, calificado como propagada anticomunista, cuando lo cierto es que la peor faena que se hizo contra el comunismo no la hicieron los "imperialistas" ni la "burguesía", sino el estalinismo, sus métodos, sus crímenes, su engaño, su política imperial... porque todo aquello no terminó en los años '30, pues: ¿qué cosa fue el período de Brehznev sino una continuación del estalinismo por la vía del inmovilismo? ¿Qué fue la guerra de Afganistán? ¿Qué el silencio criminal de Chernobyl?... Era demasiado lo que se había ocultado y era inconmensurable nuestro desconocimiento.

Sabuesos

Las novelas policiales de Leonardo Padura Fuentes, nacido en La Habana en 1955 y aún residente en Mantilla, le han granjeado un nombre de referencia en la literatura internacional. Con su personaje de Mario Conde como protagonista –el detective de novelas como Paisajes de otoño (1988) o Adiós, Hemingway (2001)–, ha escrito textos en donde recurre a la intriga y la clásica melancolía de todo policial negro. En sus trabajos, sin embargo, ese sentimiento un tanto neblinoso que afecta a todos (es más un aire denso que se respira que cualquier otra cosa) adquiere una dimensión política, una consecuencia de la manera en que un país se administra o se relaciona con su pasado, una mirada triste que por momentos se cuela también en El hombre que amaba a los perros.

Te has hecho famoso en el ámbito literario por las novelas de Mario Conde, un "amigo" que el mismo Iván reclama en esta novela. ¿Creés que el afán investigativo de la novela negra y sus climas particularmente crepusculares te sirvieron para la escritura de El hombre que amaba a los perros?

–Todo me ha servido, pero sin duda la experiencia literaria que he ido obteniendo de mis libros anteriores, entre ellos las novelas policíacas de Mario Conde, me prepararon para esta novela que es peculiar en el sentido de que, antes de empezar, todos saben quién es la víctima y quién el asesino, por lo que debía crear una estructura capaz de atrapar al lector y llevarlo a través de casi 600 páginas. Si no hubiera escrito esas novelas negras, habría sido imposible entrar en ésta, pero igual lo habría sido sin mi trabajo como periodista de investigación en los '80, o mi trabajo como ensayista. De las historias de Mario Conde, por supuesto, extraigo sobre todo la visión de la vida contemporánea cubana y, especialmente, el sentimiento de desencanto y frustración que ha caracterizado a una parte demasiado importante de mi generación en Cuba.

Por otra parte, creo que, en realidad, esta es la menos melancólica o nostálgica de mis novelas. Es más bien una novela triste, quizás desoladora, porque es una historia de fracasados históricos, de derrotados totales, de seres a los que la historia los devora, sean protagonistas o simples testigos, como es el caso de Iván. No es el mismo sustrato el que dejan las novelas de Mario Conde, donde también hay fracaso y sentido de pérdida, pero siempre queda una esperanza, quizás individual, una especie de posibilidad de redención que se logra por la vía de la amistad, de la literatura, de la complicidad, y hasta por la del amor... Pero, ¿qué les queda al final del libro a Trotski, a Mercader? No les queda ni siquiera la vida, ni siquiera la esperanza de futuro, y eso es más desgarrador que las melancolías.

El otro sentimiento que parece ser un efecto que el texto busca en el posible lector es la compasión. ¿Qué esperabas específicamente de este efecto?

–Podemos sentir compasión por estos personajes porque todos ellos son marionetas de la historia, aun los que más poder tuvieron, como el propio León Trotski, que casi dirigió un partido y que creó un ejército y dirigió represiones. Pero la manera en que fue destruida su vida y la de su familia por la obsesión enfermiza de Stalin es tal vez lo que más lo humaniza como personaje. En el caso de Ramón Mercader las cosas cambian: hay, posiblemente, un margen para la compasión, pero él tuvo la posibilidad de decir que no, y no convertirse en el asesino en que se convirtió por un fanatismo, más que por una ideología. Fíjate que quien llega a sentir algo parecido a la compasión por Mercader es Iván, pero es que Iván es un hombre tan golpeado –casi un santo, según su amigo Daniel– que no es raro ese sentimiento. Pero yo, como autor y como persona, no siento lo mismo... Y de Iván qué decir: por él sí que sólo podemos sentir compasión, y mucha...

Habías establecido un vínculo entre tu novela de 2002, La novela de mi vida, basada en un trabajo de ficcionalizar la biografía del poeta cubano José María Heredia, y tu actual trabajo, en donde ficcionalizás más de una biografía. ¿Hay algo premeditado en el hecho de que hayas dejado a Mario Conde y te hayas abocado a estos trabajos en donde tus largos años de periodista parecen funcionar como motor del trabajo de investigación?

–Yo no lo llamaría premeditación, sino necesidad. Creo que mi trabajo literario no podía encerrarse en el mundo de Mario Conde y la contemporaneidad cubana, por rica y contradictoria que esta sea. Yo necesitaba, en ambos casos, lanzar una mirada más universal, más abarcadora sobre determinados conflictos históricos que van desde la esencia de la "cubanía" y su destino histórico (su literatura, el exilio, las fidelidades) hasta un proceso mucho más abarcador como lo fue el desarrollo y caída de un proyecto utópico en el que tantos confiamos y todavía confiamos.

El personaje y narrador central del texto, el que tamiza toda otra biografía, Iván: ¿cuánto de tu biografía personal, de tu historia como escritor en la isla, hay en él?

–De mi historia personal, muy poco –a diferencia de Mario Conde, con el que comparto muchas características, gustos, fobias, y hasta fechas de cumpleaños–. Con Iván comparto una vida vivida en Cuba en la misma etapa histórica y, por tanto, experiencias generacionales que más o menos nos tocaron a todos los cubanos de mi promoción. El problema es que si Conde es metafórico, Iván es simbólico: en él se resumen, se amontonan casi todas las desventuras de una vida posible en la Cuba contemporánea, pero subrayadas con un sentido dramático que yo manipulé en la novela para que tuviese ese carácter simbólico.

¿Qué lectura podés hacer del ambiente literario cubano en el momento en que empezaste a mediados de los '80 y la actualidad?

–Las cosas han cambiado muchísimo desde entonces y, en lo esencial, ha sido para bien. En aquellos años '80, cuando casi todos los escritores de mi generación comenzamos a publicar, vivíamos todavía bajo los efectos ideológicos del "decenio negro" de los '70, una época que se caracterizó por la ortodoxia más férrea y, con ella, por la represión y hasta marginación de muchos escritores incluidos Lezama y Virgilio Piñera. Era una época en la que siempre resultabas ser sospechoso de algo, en la que estabas en peligro de ser juzgado... Y castigado. La crisis de los años '90, sin embargo, trajo un gran espacio de libertad, pues no sólo hubo crisis económica, sino transformaciones sociales y espirituales muy profundas y una buena parte de ese miedo que persiguió a Iván desapareció, junto con la comida, el dinero, la electricidad, el papel, los ómnibus, los cigarrillos. Y cuando tienes poco o nada que perder... Desde esa nueva perspectiva es que comenzamos a escribir en los '90 y es desde la que todavía hoy escribimos, con la posibilidad de editar nuestros libros fuera de Cuba, con una visión más crítica y hasta desencantada de la realidad, incluso con más apoyo de las instituciones culturales. Por todo eso, si en los '80 casi todos escribíamos más o menos de los mismos temas y publicábamos en las mismas editoriales, hoy la literatura cubana es más diversa, está más descentrada geográficamente, es infinitamente más libre.

26.4.10

Los fantasmas de la revolución

El cubano Leonardo Padura desanda los caminos del asesinato de Trotski. Indaga el hecho, crucial para el siglo XX, a través de la víctima y su victimario, Ramón Mercader

Letras libres. La prosa de Padura, cada vez más política.fOTO;fUENTE:Revista Ñ

"Agosto de 1940. Coyoacán. México. "El grito (de Trotski)... removió los cimientos de la fortaleza". Y su muerte, su eco, tan real como simbólico, desnudó las miserias del estalinismo. Ese hecho, con los grises que correspondan, es la llave de El hombre que amaba a los perros, la novela en la que el cubano Leonardo Padura desovilla esta historia crucial, y sobre todo triste, para el sueño de la revolución socialista. El autor tiene un mirador privilegiado para narrar la tragedia. Se para en la misma isla caribeña y se calza el traje de un personaje ficticio, el escritor Iván Cárdenas Maturell, quien en 1977 conoce a un tal López, un enigmático personaje que pasea por la playa dos hermosos galgos rusos, ese hombre dispuesto a confiarle los detalles más profundos de la vida de Ramón Mercader, el verdugo de Trotski. A partir de ese nudo, son tres los personajes que motorizan el relato: Mercader, el comunista español enceguecido por la directiva soviética que lo convirtió en un soldado de la NKVD; Trotski, depositario de la furia de Stalin, que ya viejo y exiliado dará vueltas por el mundo tratando de desnudar a su enemigo, el
sepulturero de la revolución; e Iván, el escritor cubano que representa a la masa, metáfora de una generación y resultado de una derrota histórica que muchos comprendieron tarde. El mismo Padura lo explicita a través de su alter ego: en su intención de entender a Mercader, tenía que entender, mostrar y conocer la magnitud de la víctima. Y todo ello sin dejar de hablar de Cuba, donde transcurre el tiempo real de esta historia, que empieza a escribirse en 1977, un año antes de la muerte de Mercader en La Habana, y termina, si es que le cabe un fin, en este siglo XXI. Va y viene Padura entre sus tres personajes centrales y repite muchos pasajes cruzando sus puntos de vista. Se nota ese esfuerzo que a veces abruma.

En el libro, Liev Davídovich Bronstein, Trotski, es sólo un ejemplo de la furia de Stalin, tal vez el más vital por haber sido un actor crucial de la revolución del 17 y por convertirse con los años en el gran teórico marxista. Pero esa furia también arrasó a figuras como Andreu Nin, el trotskista español que timoneó el POUM, a Erwin Wolf y a los mismísimos hijos de Trotski. Padura también desanda esos vínculos. Lo cuenta tan bien, a veces, que conmueve con la implosión de aquella España ensagrentada por la Guerra Civil, un país que tuvo la Revolución al alcance de la mano y que "sacrificó ese destino porque los dueños del socialismo supremo (los comunistas rusos comandados por el georgiano Stalin )", se volvieron funcionales a las falanges de Franco. ¿Qué hubiera sido de Europa con una España socialista? ¿Qué de la Unión Soviética si Trotski se hubiera impuesto a Stalin? Padura hurga sin ofrecer antídoto en un mundo lleno de mezquindades y delaciones, en el que un titiritero maneja cientos de marionetas, soldados del miedo o de la ceguera. Y nos da su visión de cómo fue que se pervirtió "la mayor utopía que alguna vez los hombres tuvimos al alcance de la mano". Antes y después del crimen, Ramón Mercader, Jacques Mornard o Jacson, algunos de sus nombres, va dando pistas de ese destino, a veces aceptando sus errores, otras veces negándolos maquinalmente.

En esa evolución de los hechos Iván, el personaje cubano, se va arrastrando hacia la escritura con dolor. Y ese dolor se siente y se transmite en las páginas de El hombre que amaba a los perros. Pasa él mismo de las bonanzas de la Cuba ochentista a las penurias del período especial, tras el fin abrupto de la URSS. Deja en claro Padura que la revolución cubana, que nació 20 años después del asesinato de Trotski, demoró en distanciarse de la manipulación y el ocultamiento de una historia que fue escrita y reescrita a merced del poder. Del mismísimo Stalin. "En Cuba era poca la gente que sabía de Trotski", dice Padura. Tampoco en España entendieron el juego de Stalin a tiempo, y ya era tarde cuando convirtieron a Mercader en el símbolo de un gran error para los comunistas españoles. Eso también lo sugiere el libro. En cuanto a Stalin, a Hitler y al final cantado de la URSS, las profecías de Trotski terminaron por cumplirse. Iván, tal vez Padura, convivió casi 30 años con esta historia lacerante.

Lo nuevo en su obra es la historia de Mercader. En una biografía ficcionada, reconstruye la trayectoria de este hombre que nunca dejó de escuchar el grito de Trotski. También es ameno y exhaustivo el relato del penoso exilio del líder e impactante ese fresco de la URSS de Stalin, capaz de crear un nuevo sistema de explotación, "otra clase de dictadura adornada con la retórica y sostenida en mentiras y miedos". La revolución traicionada escribió Trotski. Y Padura rubrica. Costará en cambio sentir la compasión que siente Iván por Ramón Mercader, moldeado para cometer uno de los crímenes más reveladores de la historia del siglo XX. Tal vez sienta él mismo el soplo de Trotski en la nuca y escriba empujado por ese influjo. Trae muchas respuestas El hombre que amaba a los perros, aunque sea ficción. Pero trae sobre todo preguntas. Podremos pensar cómo hacer la revolución del futuro, pero la pregunta es si, alguna vez, superaremos estos odios. La revolución fue traicionada, y éstos son algunos de sus fantasmas.