Mostrando entradas con la etiqueta autor argentino. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta autor argentino. Mostrar todas las entradas

1.10.10

Los que vinieron después de Borges

El segundo volumen de la edición crítica de sus obras completas permite desentrañar su legado en la historia de la literatura argentina: reclamos de paternidad y negaciones

"En la literatura argentina no es tan fácil hablar de tradiciones alternativas a Borges, porque él las incorpora a todas". foto.fuente:Revista Ñ

La sombra de Borges. Los escritores de las últimas décadas hicieron su propia reescritura del legado borgeano.

Borges tuvo varias canonizaciones. Se podría decir, enunciándolo de otro modo, que su obra sobrevivió al paso de las décadas y terminó por instalarse en el centro mismo de nuestra conciencia literaria por una serie de factores y golpes maestros que están por supuesto en su inmensidad literaria, pero que también están en toda esa órbita que gravita un poco por afuera de los textos. El mercado, con su lógica azarosa, le empezó a rendir pleitesía hacia 1961, cuando le otorgan el Premio Formentor compartido con Samuel Beckett. "El resultado inmediato fue que mis libros se reprodujeron como hongos en el mundo occidental", dijo entonces. A partir de ese punto aproximado, el Borges escrito empieza a languidecer y nace el ícono que alimentó las primeras planas del mundo: el ciego oral que da miles de entrevistas hablando de escritores ingleses de segunda línea, que despliega una especie de "política de la modestia" (Alan Pauls, El factor Borges ), tan consciente de que mejor que hablar de sí mismo es dejar que sus textos sedimenten solos y se metabolicen en el nervio de nuestra tradición. Su influencia en los escritores argentinos, sin embargo, ya era palpable, y en unos años la sombra de Borges lo dominaría todo.

Hay una suerte de consenso global que indica que lo más alto de su obra va del 30 al 52; de Evaristo Carriego a Otras inquisiciones . En esos años, Borges no sólo escribió libros, artículos en revistas y diarios, empezó a dictar algunas conferencias significativas y moldeó el esquema mental de su posteridad literaria, sino que además tuvo tiempo para dirigir desde las sombras un taller literario fantasmal y para pocos, del que surgieron por lo menos tres obras maestras: La invención de Morel de Bioy Casares, Las ratas de José Bianco y Autobiografía de Irene de Silvina Ocampo. Los escritores agrupados bajo el cielo de "Sur" encontraron en Borges esa mezcla perfecta entre anacronismo y modernidad para llevar a la ficción los vectores teóricos y las líneas de sentido que pregonaba el aura editorial de la revista. Pero no sólo lo conceptual hizo metástasis en ese grupo: la prosa opaca y precisa, contrabando perfecto de la sintaxis sajona, se impuso como un código de elegancia para la escritura de elite. Si Roberto Arlt, el escritor popular, escribía "mal", a los epígonos de Borges les tocó jugar el papel de la resistencia del belle letrismo y la híper literaturidad del texto –rasgos estilísticos que Borges iría erosionando de El informe de Brodie hacia adelante. Bioy Casares percibió desde luego ese movimiento, y siguió con diligencia los pasos del maestro; sus últimos libros se vuelcan a lo oral y se desembarazan de las marcas literarias duras.

En los años sesenta, el lugar de Borges en el microcosmos literario se rediseña y la centralidad que ya se infería se complica por la vía de la política. Son años de una militancia creciente, y una izquierda radicalizada busca correr a Borges –emparentado con el antiperonismo y artífice de declaraciones poco felices– del centro de la identidad letrada. Según Alan Pauls, "la izquierda más nacionalista casi ni se tomó el trabajo de leerlo; el fervor antiperonista de Borges, festivamente reivindicado bajo la revolución libertadora, fue suficiente para que lo descalificaran sin mayores trámites, acusado de representar los intereses de la oligarquía cipaya. Las cosas no eran tan fáciles para Ernesto Sabato o para el joven Abelardo Castillo, dos figuras menos involucradas en apuestas políticas inmediatas o, en todo caso, más sensibles al carácter problemático (a la vez artístico y político) de Borges. La solución, en este caso, es otra. Borges y su obra son sometidos a una doble exigencia simultánea; una es literaria, la otra es vital. Borges, previsiblemente, aprueba la primera y reprueba la segunda".

La sombra de Borges en esa década es, entonces, dominante pero también problemática. Ya había pasado Contorno (1953-1959), revista dirigida por los hermanos Viñas, que rearmó el lugar de Borges y Arlt en el mapa de las lecturas críticas. Rodolfo Walsh había publicado en 1957 Operación Masacre , y en la década del sesenta compuso un puñado de relatos donde se deja traslucir la estampa de Borges. Saer publica en esa década sus cinco primeros libros, y Piglia aparece con su primer volumen de relatos. Osvaldo Lamborghini saca en 1969 El Fiord , y Andrés Rivera, que destila por momentos una herencia borgeana literal, se empieza a construir su lugar en la literatura contemporánea. Para Rivera, Sabato y Castillo, sobre todo, Borges empieza a ser una figura difícil de eludir. Por aquellos años, ya es claro que hay por lo menos dos modos fuertes de capitalizar el legado borgeano: a través de la prosa, que es posiblemente el modo más tosco y estéril, demasiado visible, de saquear Borges, y a través de los modos en los que Borges leyó la literatura local en relación a la cultura universal, que quizás sea su gran legado y lo que los mejores escritores pudieron apropiar.

Con la vuelta de la democracia, la cartografía literaria se rearma y la centralidad de Borges, que ya era palpable, termina de consolidarse cuando los dados arrojan. Sylvia Saitta, en el libro Lo que sobra y lo que falta , dice: "Que Borges ocupara el centro del sistema literario en los años ochenta y fuera consagrado el gran escritor nacional, fue el resultado de operaciones convergentes de lectura y relectura de su obra, en la que participaron varios actores. En primer lugar, y en más de un sentido, las operaciones críticas de Ricardo Piglia, en tanto escritor y en tanto crítico, diseñaron el sistema literario que hoy se mantiene vigente: Piglia diseña un mapa en cuyo centro están Borges y Arlt, negando la disyunción con la que solía pensárselos hasta entonces". Parte del reposicionamiento de Borges vino, claro, de la academia: todos terminaron de entender que las teórias francesas en boga ya habían sido formuladas por Borges varias décadas antes, y un círculo conceptual terminaba entonces de cerrarse. Según Piglia en Crítica y ficción (1986), "Paul de Man, Harold Bloom, George Steiner, Stanley Fish son por momentos más borgeanos que Borges. Quiero decir que a su manera, en los años cuarenta, en Buenos Aires, en pequeños ensayos circunstanciales, Borges había planteado problemas y modos de leer que después la crítica contemporánea descubrió. Todo lo que Borges había estado haciendo en aquel momento entró después en la escena de la discusión académica. Lo que hoy dice Derrida de una manera un poco esotérica sobre el contexto, sobre el margen, sobre los límites, es lo mismo que dice Borges de una manera más elegante y mas clara".

Con esta refundación de nuestro canon, aparece también una nueva generación de narradores, que imponen su propia reescritura del legado borgeano. Siguiendo a Saitta, "el sistema literario que se reconstruye en los primeros años de la democracia es, entonces, un sistema presidido por Borges cuya marca predomina en la narrativa de comienzos de la década: la no respresentación de lo real, la exhibición de la desconfianza que genera la lengua como medio para representar la realidad, el rechazo por las motivaciones psicológicas en la elaboración de tramas y personajes, el uso de la cita, la parodia, el estilo conjetural. Con Piglia y Juan José Saer como escritores faro, el campo literario ha definido a sus actores y sus agentes consagratorios: por un lado la carrera de Letras de la UBA; por otro, las editoriales, los suplementos culturales de los diarios y las revistas culturales, en torno a los cuales se crean grupos de pertenencia". En este contexto, empiezan a publicar sus primeros libros los escritores agrupados en la revista Babel, muchos de ellos de impronta altamente borgeana: Luis Chitarroni, Alan Pauls, Sergio Bizzio, Sergio Chejfec, Charlie Feilling, entre otros. Deudores de una literatura intelectual, una literatura de prosa y de procedimientos, leían a Borges pero también a César Aira, a Fogwill, a Saer y a los escritores europeos, de Nabokov a Thomas Bernhard. Al mismo tiempo, aparece lo que se llamó los "planetarios", agrupados en torno a la colección Biblioteca del Sur de Planeta y después al suplemento Radar de Página/12. La literatura de este grupo –que, para arrojar algunos nombres, contaba entre sus filas con Rodrigo Fresán, Juan Forn, Guillermo Saccomanno, Marcelo Figueras– entró en discusión con la política literaria de Babel, y prefirió buscar a sus precursores en la literatura norteamericana y en autores argentinos más narrativistas, como Osvaldo Soriano. Así, la influencia de Borges, ya ampliamente expandida y legitimada, sufrió algunos tironeos que la mantuvieron viva. Sólo basta que los jóvenes (en determinado momento) se disputen la potestad de una obra para que esta rejuvenezca.

Además del sello decisivo que empiezan a dejar las lecturas de Borges que propone la literatura de Piglia y Saer, se abre un nuevo derrotero que desencapsula algunos de los tics borgeanos más estereotipados, que cruza la literatura con la cultura de masas y que tiene como centro de sistema a dos nombres de peso: Manuel Puig y César Aira. Así, a partir del comienzo del nuevo siglo, las generaciones de nuevos narradores destilan la influencia borgeana a través de la lupa deformante de estos autores de cabecera. Se podría decir que para los escritores jóvenes Borges es un autor que ya viene procesado por Aira, por Piglia, por Saer y por unos pocos escritores más. En ese sentido, es inútil tratar de indagar si los escritores que hoy empiezan a producir "leyeron" a Borges: la literatura de Borges ya está en nuestras letras, y cualquiera que haga su entrada en nuestra tradición va a escribir desde Borges, sea o no sea consciente de esa paternidad, evidencie o escamotee esas marcas de pertenencia.

Por lo demás, es cierto que los tiempos han cambiado, y es innegable que la poética y la retórica de pensamiento de un Aira o un Piglia puede ser más estimulante para un escritor joven que la de Borges. La erudición como se entendía en los días de Sur es un sistema de conocimiento ya casi impracticable, y la velocidad –asociada a una suerte de elogio del "vitalismo" y en algunos casos deudora de las nuevas tecnologías– parece haberse impuesto como contraseña de buena parte de la nueva narrativa. Sin embargo, no todo es tan sencillo. Con los escritores en los que Borges aparece atravesado por Piglia o Saer (Martín Kohan, Hernán Ronsino, Mariano Dupont, Juan José Becerra, Gustavo Ferreyra), la influencia parece ser mas desentrañable. Pero los escritores que salen de una línea más cercana a la que abrieron Aira y Puig (Félix Bruzzone, Romina Paula, Cucurto, Iosi Havillo, Pola Oloixarac) muestran una relación con Borges más tensa, tirante, acaso más demandante. En una conferencia que ofreció Josefina Ludmer en el último Festival de Literatura de Buenos Aires, dijo en algún momento que la literatura de Aira tardó en leerse en Europa porque para los lectores europeos es difícil entender la lectura, compleja y sutil, que el argentino hizo de Borges en sus propios relatos. Por eso es difícil ver a Borges en algunos de los nuevos narradores: porque escritores como César Aira le confirieron a lo borgeano una silenciosa y trabajada vuelta de tuerca, al punto de que ya es imposible volver a lo borgeano en sentido puro, original. Es, si se quiere, un movimiento que la propia literatura de Jorge Luis Borges imploraba, tan afecta a los juegos de manipulación, saqueo y deformación de un texto original.

Para terminar, podemos citar a César Aira en una entrevista, consignando una sensación que, como un fantasma, ha recorrido las últimas décadas de la narrativa argentina: "Borges es un centro, y es a la vez inescapable y muy resbaloso. Creo que el quid está en que leyéndolo, de adolescentes, vimos dónde estaba la esencia de la literatura. Eso fue definitivo, pero después descubrimos, también, que la literatura no tiene una esencia sino muchas, históricas y contingentes. Así que fue fácil escapar de la órbita borgeana, tan fácil como volver, o como no haber escapado nunca. En la literatura argentina no es tan fácil hablar de tradiciones alternativas a Borges, porque él las incorpora a todas".

27.9.10

El subrayado perfecto

En Borges, libros y lecturas, dos investigadores de la Biblioteca Nacional recuperaron los subrayados, anotaciones y citas en más de quinientos volúmenes consultados por Jorge Luis Borges. El hallazgo revela fuentes pocos conocidas de sus ficciones y arroja una luz nueva sobre su obra

Anotaciones en latín en un ejemplar de las Sátiras de Juvenal. Foto.fuente:adncultura.com

Más que en lo leído, el lector se revela en los usos caprichosos o instrumentales que hace de los libros. Nada lo delata mejor que los subrayados, las marcas, las citas que entresaca. Tal vez por eso el lector compulsivo que subraya y copia frases para sí mismo en las portadas, guardas y portadillas prefiere que nadie más vea esos rastros. Si se presta el libro, el pudor obliga a borrar las huellas de la lectura para no quedar intelectualmente desnudo delante de terceros. ¿Quién querría alentar especulaciones sobre las causas que llevaron a insistir en esa determinada frase o en ese determinado verso? ¿Cuántos tolerarían mostrar todas las cartas de su erudición? El subrayado y la cita no son solamente estrategias de lectura; son también una variedad mínima, y muy privada, de la autobiografía. De ahí, también, que cuando se compran libros usados puedan inferirse las curiosidades y aun el carácter de los propietarios anteriores simplemente por las marcas que dejaron.

Si se quisiera hacer una paráfrasis de la famosa frase de Osvaldo Lamborghini en su relato "La causa justa", habría que decir que Jorge Luis Borges no leía completo casi ningún libro pero que sus subrayados eran perfectos. Aunque la verdad es que eran subrayados metafóricos; en realidad, antes que trazar una raya más o menos sinuosa debajo de la línea, transcribía, con una letra minúscula que fue mutando de la cursiva a una envarada imprenta, frases, citas, versos en portadas y márgenes que luego, invariablemente, reciclaba en sus propios libros.

Borges, libros y lectur a revisa sus anotaciones en alrededor de 500 volúmenes, adquiridos desde su primer viaje a Europa en la década de 1910 y usados mientras dirigió la Biblioteca Nacional, de 1955 a 1973. Algunos de esos volúmenes (la mitad del total) fueron donados a la Biblioteca con la firma protocolar de un escribano (un expediente necesario porque habían hecho correr la infamia de que robaba libros) pero otros quedaron sencillamente allí, olvidados. Laura Rosato y Germán Álvarez, empleados del Tesoro y del Archivo Institucional de la Biblioteca, trabajaron con ese material, se hundieron en él, en una tarea a la vez monumental y obsesivamente detallista: no sólo buscaron y encontraron los libros usados por Borges con sus anotaciones; también completaron las citas que estaban apenas apuntadas, restituyeron sus contextos y cruzaron esas referencias con sus ficciones, ensayos y conferencias, de modo que conocemos tanto el origen (un libro ajeno) como el final (los textos del propio Borges) de cada cita y de cada anotación al margen. Así se explican, por ejemplo, los numerosos volúmenes sobre el budismo, imprescindibles para el ensayo ¿Qué es el budismo? que preparó en colaboración con Alicia Jurado. (Incidentalmente, es probable que el apellido del protagonista del cuento "El Sur" proceda del estudioso del budismo Joseph Dahlmann.)

La edición de Rosato y Álvarez publicada por la Biblioteca Nacional despliega a Borges como lector en cuatro niveles: el título leído, o a veces simplemente hojeado en busca del azar de la cita; las citas propiamente dichas que Borges destacó; las dataciones sucesivas, en el momento de la adquisición y a veces en cada relectura, como si el ejemplar volviera a hacerse propio cuando se lo abre de nuevo; por último, la cedulilla o estampilla de la librería en la que se consiguió el ejemplar. Esta información comercial resulta más bien nostálgica ahora, cuando ya casi no quedan en Buenos Aires librerías inglesas ni alemanas. Mitchell´s, Mackern´s, Pigmalión, Beutelspacher son los nombres de los negocios en los que Borges compraba los libros en sus dos idiomas predilectos.

Prácticamente todo lo registrado en Borges, libros y lectura está en alemán (llega a firmar un ejemplar de E. T. A. Hoffmann como "Georg Ludwig Borges") y en inglés. Predomina el ensayo y la poesía, y la compulsión por la cita se crispa en la Divina Comedia de Dante Alighieri (sin duda el volumen más anotado) y en los escritos del filósofo Arthur Schopenhauer. Después de todo, también allí aparece lo autobiográfico: acaso no haya habido dos hombres a los que Borges les haya dedicado tanta atención como a ellos. Pero hay algunas sorpresas, como el examen detenido -mucho más detenido de lo que se creía- de los ensayos y poemas de T. S. Eliot, el estudio de Carl Jung, e incluso la imprevista consulta de An I ntroduction to Wittgenstein´s Tractatus de G. E. M. Anscombe.

Que Borges era un lector "salteado", aunque de un tipo diferente al que pretendía Macedonio Fernández para sus novelas, queda claro en el orden (en el desorden) de las remisiones a páginas: no leía de punta a punta; buscaba un poco al azar, guiado por ese instinto de todo lector hábil que permite encontrar siempre aquello que necesita para lo que escribe. Además de un lector hedónico, como solía definirse, Borges era un lector interesado. Leía para escribir, y se diría que, inversamente, el acto de escribir era otra excusa para leer. No es casual que señalara los pasajes, a estas alturas muy manoseados, del inglés John Ruskin sobre la lectura como "nutrición" o "alimento" del espíritu y de la inteligencia consignados en Fors Clavigera . Pero de Ruskin y de su Sesame and Lilies llegaría otra idea muy pertinente para la estrategia de lectura borgeana: "Uno podría leer (si viviera lo suficiente) todos los libros del British Museum y seguir siendo una persona francamente ´iletrada´ y sin educación; pero si uno leyera diez páginas de un libro bueno, letra por letra -es decir, con verdadera precisión- sería una persona educada. La única diferencia entre una persona educada y otra que no lo es se corresponde con esa precisión". Nada más educativo que las enciclopedias, la auténtica formación de Borges, que trasladó luego ese protocolo de lectura fragmentario y agudamente preciso a todos los libros. Así, por ejemplo, el verso de Goethe más citado por Borges ("Cayó de arriba el crepúsculo/ todo lo cercano se aleja", del poema "Dämmrung") no procede aparentemente de la fuente directa (los libros del propio Goethe) sino de una biografía del poeta alemán de Houston Stewart Chamberlain, en una edición de 1919, comprada seguramente en Ginebra durante su adolescencia. En cambio, parece haberle prestado bastante atención a West-östlicher Divan .

Sin duda, Borges profesaba devoción por los libros, pero estaba libre del fetichismo del bibliófilo por las primeras ediciones o las ediciones limitadas. En ciertos casos (las literaturas que menos le importaban) tampoco se sentía impelido a leer algunos libros en el idioma original, aun cuando conociera esa lengua. Es lo que pasa con Rabelais, cuyos Gargantúa y Pantagruel parece haber leído según la edición inglesa en dos volúmenes publicada por Oxford University Press, donde encontró la cita por la cual podría especular, en un artículo incluido ahora en Otras inquisiciones , que Pascal tomó de allí su idea de Dios como una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia, en ninguna.

Como antes los Textos cautivos (recopilación de sus reseñas de libros extranjeros en la revista El Hogar ), este volumen proyecta una nueva luz crítica y habilita que se piense a Borges de otra manera, ya no como el erudito que simula con codicia haber leído todo sino como el cazador del disparo infalible. Concebido así, Borges, libros y lecturas es una antología colosal de versos y citas elegidas por Borges. Entre ellas, una idea brevísima de James Boswell tomada de su London Journal : "No vivir más de lo que se pueda recordar". Al elevar a método el principio de la antología, Borges quizá creyera que tampoco convenía vivir más de lo que se podía leer.


Borges, libros y lecturas
Por Laura Rosato y Germán Álvarez (comps.)
Biblioteca Nacional
416 páginas
$ 65 (precio argentino)

2.9.10

Cuando la ficción sirve de defensa

Alberto Manguel reivindica en La ciudad de las palabras el poder de la literatura como arma contra las mentiras de la manipulación comercial y política

Alberto Manguel, el mes pasado en un terreno cercano a su casa en la aldea francesa de Mondion.foto:DANIEL MORDZINSKI.fuente:elpais.com

Sobre la mesa de trabajo de Alberto Manguel hay una pulcra fila de cuadernitos idénticos, un centenar, tantos como cantos tiene la Divina comedia. Cada día entre las seis y las siete de la mañana el escritor argentino lee un canto y anota en una de esas libretas sus impresiones. Luego desayuna. "A Dante lo guardo para mí", explica. Es decir, no está preparando un ensayo sobre el poeta toscano. "¿Sabe lo que me sigue asombrando? Que ese libro haya salido de una sola cabeza".

También asombra que la vida de Alberto Manguel -que publica La ciudad de las palabras (RBA), una recopilación de cinco conferencias sobre el valor de la ficción como aviso contra las trampas de la identidad y las mentiras de la propaganda- sea la de una sola persona. Nació en Buenos Aires en 1948 pero se crió en Israel, donde su padre era diplomático. Aprendió alemán e inglés, la lengua en la que escribe, antes que español. Tras pasar la adolescencia en Argentina -donde ejerció como lector para un Borges ya ciego-, fue editor en Londres, París, Milán y Tahití. Hoy es ciudadano canadiense pero vive en Mondion, una aldea a una hora de Poitiers, en Francia. Allí, en un antiguo presbiterio pegado a una iglesia del siglo XII, instaló hace una década los 35.000 volúmenes de su biblioteca.

Una historia de la lectura (Lumen) fue el título que consagró a Manguel, que estos días toma notas para el libreto de una ópera con música de Osvaldo Golijov que se estrenará en el Metropolitan de Nueva York en 2014.

En su jardín, el escritor demuestra que vive apartado, pero no aislado. Y está de acuerdo en que este es su libro más político. "Beckett decía que, como extranjero en Francia, no tenía derecho a opinar sobre política. Yo tengo menos paciencia y aquí la injusticia es cotidiana: se puede quitar la nacionalidad a quien ha cometido un delito como castigo para los extranjeros. El Ministerio de Identidad Nacional y de Inmigración lo hubiese podido crear Goebbels".

En su nuevo libro, Manguel rastrea la política que contiene toda literatura por aséptica que parezca. "No es inocente la elección de las historias que utilizamos para representarnos. En Argentina el poema nacional es Martín Fierro: la historia de un desertor que se opone a las leyes del Gobierno, alguien que se ve obligado a dejar a su familia y para quien la emoción más importante es la amistad. Allí no se cree en las leyes y los medios para conseguir cierta justicia personal están justificados. No podría ser la epopeya nacional suiza".

Pero La ciudad de las palabras no está anclado en el pasado. Quiere medirse con los retos del presente. Para su autor, dos: el elogio de la facilidad y la negación de la inteligencia. "Vivimos en una época en la que valores como brevedad, superficialidad, rapidez y simpleza son absolutos. Nunca lo habían sido. Los valores que desarrollaron nuestra sociedad fueron los de la dificultad (para aprender a sobrellevar los problemas), la lentitud (para reflexionar y no actuar impulsivamente) y la profundidad (para saber adentrarse en un problema). Si se prescinde de esos valores se obtienen reacciones banales fácilmente manipulables".

El peligro, según Manguel, alcanza al propio desarrollo humano. "Nos define como especie el poder de reflexionar y de imaginar. Estamos convirtiendo las escuelas en centros de adiestramiento. Han dejado de ser sitios en los que la imaginación se desarrolla gratuitamente, por ninguna otra razón que para desarrollarla, y exigimos que la educación rinda cuentas. La ministra francesa de Finanzas lo dejó claro: hay que pensar menos y trabajar más. Se trata de crear esclavos consumidores: nadie que piense dos minutos compra unos jeans rasgados por 300 euros". Lo peor, además, es que muchos han terminado por creerse su propia propaganda. "Se desprecia la inteligencia de la gente diciendo que es incapaz de enfrentarse a un libro complejo. El resultado es que en EE UU muchos autores literarios solo publican en sellos universitarios", dice Manguel. El ensayista alerta también contra cierta literatura reciente -apunta un nombre: David Foster Wallace- que echó los dientes con el pop art y que considera un valor lo que era tradicionalmente objeto de crítica: "Lo que sucede en literatura no está separado de la política o la economía. Seguimos el modelo del supermercado: objetos de consumo muchas veces inútiles y desechables. Es peligroso buscar valores ahí porque se eliminan los niveles de lectura de una verdadera obra de arte. Dicen: quedémonos en la superficie de las cosas, admiremos la elegancia de un uniforme militar".

El autor de Una historia de la lectura asegura que es demasiado pronto para añadir un capítulo sobre el libro electrónico: "Cuando esa tecnología tenga su uso preciso y sus creadores, sí". Por lo demás, es consciente de que el trato con el libro de papel tiene mucho de costumbre, "como el que usa unas chanclas viejas porque son cómodas". Él no tiene lector de libros electrónicos, pero entiende que otros lo usen. "Me pregunto si pueden hacer con un libro electrónico lo mismo que yo con uno de papel".

Para demostrar que no tiene problemas con el mundo contemporáneo, solo con algunos de sus apóstoles, Manguel adelanta una lista de escritores a los que se puede leer "con Stevenson o San Juan de la Cruz": Cees Nooteboom, Kadaré, Anne Carson y "buena parte" de la obra de Ian McEwan. No está mal si el listón lo pone Dante a las seis de la mañana.

Género y humor en la letra oculta de Sabato

En un encuentro internacional de literatura, se exaltó al autor de El túnel a través de estudios que aportan visiones novedosas y ocurrentes sobre su obra literaria y ensayística

CENTENARIO. El año próximo se cumplen cien años del nacimiento de Sábato, un autor polémico.foto.fuente:Revista Ñ

Tal vez en la soledad de su casa de Santos Lugares, Ernesto Sabato no mida la importancia que se le está otorgando al prólogo del centenario de su nacimiento que se cumplirá en 2011. Sabato es un escritor que, contra críticas y desconfianzas, ha sido muy valorado, incluso en países como Francia (donde vivió), o en las palabras de José Saramago: "Las lecturas que he ido haciendo de Sabato, tanto de sus novelas como de sus ensayos, confirmaron aquella intuición inicial, la de que me encontraba ante un autor trágico y al mismo tiempo eminentemente lúcido".

De ello se habló en el XXXIV Simposio de Literatura realizado en la Sociedad Científica Argentina, organizado por el Instituto Literario y Cultural Hispánico de California y el Departamento de Lenguas Extranjeras de la Universidad de California. Una de las organizadoras, y presidentas de honor, la escritora María Rosa Lojo, también fue encargada de la realización de las actividades en torno al autor de El túnel.

Lojo coordinó y protagonizó una mesa con dos integrantes de la Colección Archivos que editó la Edición Crítica de Sobre héroes y tumbas , obra que compiló y pu- blicó en el año 2009.

El creador y entonces director del Programa Archivos, Amos Segala, convocó a Lojo para coordinar la edición de Sobre héroes y tumbas en 1998 después de leer su tesis doctoral: "Sábato: en busca del original perdido". Lojo explicó que el Programa establece pautas para la edición: debe ser crítica (es decir, cotejar las diferentes variantes, voluntarias o fruto de erratas, en sucesivas ediciones) y genética (porque despliega el proceso de génesis del texto sobre la base de los originales que el autor entregó a la imprenta). "Convoqué a la filóloga Norma Carricaburo; diseñé un plan de estudios sobre la novela que representase diversas metodologías y calas interpretativas, y formé para ello un equipo de reconocidos especialistas de Argentina, Alemania, EE.UU.

y Francia. Esta edición, la más completa hasta la fecha, demuestra la complejidad narrativa y la inquietante potencia simbólica de una novela (obsesivamente corregida por su autor a lo largo de treinta años) que fascinó a tantos lectores, que obtuvo un reconocimiento internacional no exento de apasionadas polémicas entre nosotros y que es considerada un clásico de las letras hispanoamericanas", expresó Lojo.

A continuación, Michèle Soriano, investigadora de la Université Toulose II Le Mirail de Francia, habló sobre "El eterno femenino en la construcción del artista moderno" basándose en dos libros de Sabato. "El inicio de Heterodoxia se dedica a reafirmar y naturalizar la diferencia de los sexos. Este ensayo se estructura a partir de un pensamiento binario cuya argumentación recurre a esa diferencia, concebida en tanto esencial y fundacional. Los paradigmas de lo femenino y de lo masculino fundamentan no sólo la bipartición de la humanidad en dos grupos sexuados, sino que se manifiestan en la cultura, la producción de conocimiento, las orientaciones políticas y el arte: el romanticismo sería el dominio del inconsciente, de lo femenino; el clasicismo, el dominio de lo racional, de lo masculino." En relación a El Túnel, dijo Soriano: "La diferencia de los sexos y la bisexualidad del artista son los espejos en los que se refleja la identidad del autor: éste va a ser el que triunfa de la condición mortal y sexuada del ser humano, el que se eleva por encima de los límites espaciales y temporales de la humanidad, el que asume la irremediable soledad de la creación --a la que se opone la cópula necesaria a la procreación".

Finalmente, Silvia Sauter, investigadora de la Kansas State University habló del, ocurrente, tema: "El humor en Sabato". Explicó que "en la narrativa de Sabato afianzada en un espacio metafísico, apocalíptico y sombrío, poblado de personajes atormentados en búsqueda de absolutos, comprensión y comunicación, parece imposible que haya jovialidad y menos humorismo, como aseguran algunos de sus más acervos críticos. Sin embargo, desde El túnel, Sabato presenta personajes y episodios que recorren de lo cómico a lo grotesco, revelando no el mal humor sabatiano del que se lo acusa, sino un humorismo áspero, desencantado, un humor negro que parodia y rebaja lo que encuentra, pero que a la vez critica rasgos culturales que le repugnan. Carnavaliza la figura del escritor Sabato como personaje público, la del personaje Sabato y también en Abaddon el exterminador ; y especialmente a Quique en Sobre héroes y tumbas ". Así, Sauter cita numerosas situaciones sabatianas donde se prima lo tragicómico, la ironía y el sarcasmo. Allí, aparece un autor inesperado y, por momentos, oculto tras la versión trágica, dramática y depresiva como suele ser leído en su obra en general.

Poco antes de los cien años, Sabato desata análisis y estudios que, afortunadamente, sorprenden al encontrar aristas desconocidas de una más que polémica escritura.

23.8.10

Adiós a Fogwill: el último maldito de la literatura argentina

El pasado sábado, en la tarde, alrededor de las cinco falleció Fogwill, uno de los mejores escritores argentinos de los últimos 40 años. Tenía 69 años y más de 20 libros publicados entre ensayos, poesía, cuentos y novelas. Aquí, el mejor recuerdo: la visión de Fogwill sobre Fogwill

MULTIPLES OFICIOS. Fogwill era poeta, cuentista, novelista y ensayista.foto.fuente:Revista Ñ

"Discípulos: hace muchos años que tengo un solo alumno. Casi nunca falta, siempre paga y parece ir envejeciendo a la par mía. Soy yo, su manager, mi preceptor, su personal trainer, mi mentor secretísimo. Le enseño y él aprende y olvida a la par. Le digo que mi maestro anterior estableció que escribir es filmar directamente contra la pantalla. Y tratando de que filme directamente contra su pantalla le repito que, de ahora en más, escribir, para él, será conseguir que cualquier cosa que se le vaya ocurriendo pase directamente al texto sin romper su ilusión de continuidad. He tratado por todos lo medios que aprenda a oír a la gente haciéndose escuchar. Creo que ya casi aprendió a poner títulos a sus sonetos y sus letras de rock. No es nada fácil.

Cómo titular

¿Cuál será mi mejor título? En general se me conoce por Muchacha Punk, Los Pichiciegos, Vivir Afuera, Restos Diurnos y con Partes del Todo que no casualmente son cinco títulos pentasílabos. También se me vincula a tres libros a los que deliberadamente impuse un título heptasílabo: La experiencia sensible, En otro orden de cosas y Los libros de la guerra. Este último también me pertenece, pero al libro no lo escribí yo: lo compuso Francisco Garamona, de editorial Mansalva, a partir de varias resmas de fotocopias de diarios y revistas que circularon con mi firma y en cuyo rescate y agrupamiento contribuyeron la doctora María Pía López –gran atesoradora de cosas– y los infatigables Mica, Gustavo, Alejo y Sebastián. "Infatigable" también es un pentasílabo y, a la hora de titular libritos vale la pena detenerse a medir el número de sílabas y la ubicación de los acentos.

Acentos

Bien acentuadas, las sucesiones de cinco o siete sílabas, como las de once bien organizadas prometen un discurso más fluido que el que predomina en el habla y en el periodismo, aunque después el libro –como siempre me ocurre– termine frustrando cualquier expectativa de fluidez. Decía mi maestro que en la ficción hay que saber mentir bien desde el comienzo: el título. Mi maestro soy yo y por eso jamás titularía una obra "el presente", "el futuro" ni "el pasado" que, por tetrasílabos, en la lectura muda se oyen como dos nombres (Elfu Turo) ninguno de los cuales significa nada y, por simétricos (Tá-tá/Tá-ta) preanuncian una escritura tan moralista y escolar como los tiempos de conjugación verbales en los que se inspiran.

Comienzo

Algunos escritores comienzan sus novelas por el título. No es mala idea. Un día encuentro a Sergio Bizzio y me cuenta que está escribiendo su segunda o tercera novela llamada "Más allá del bien y lentamente". Como me pareció un buen título que prometía el relato de un larguísimo acto sexual en cuyo curso podría aparecer todo lo que vale la pena contar en la vida y todo lo que se pueda reflexionar sobre la moral, le pregunté de qué trataba y me respondió que no lo sabía porque aún no había salido del primer párrafo. No es una mala manera de empezar: aquel proyecto de Bizzio se convirtió en el guión de cine que soñaba filmar, después una obra de teatro (¡representada por perros!) y, finalmente, sin mayor esfuerzo generó una novela que hasta fue publicada. Sólo una vez comencé por el título. Fue en 1977 y a mis pocos cuentos –dos o tres que acababa de escribir y que nunca publicaría– ansiaba agregar otros tantos para componer ¡un libro!, el soñado destino de cada escritor y me senté frente a la máquina, cargué la hoja que sería la página sesenta de mi librito soñado y escribí con mayúsculas la palabra "MÚSICA", con la esperanza de que, tironeando de ella, emergiese alguna trama, o un imaginario acontecimiento poético de esos que a veces precipita el azar. Me llevó tres años imaginar el relato y otros dos escribirlo. Música se publicó dos veces y aunque casi nadie lo recuerde es uno de mis relatos menos malos.

Alcancías

Hay libros alcancía. Suele suceder con las novelas. El autor no sabe hacia dónde ir y cada día vuelve a depositar en él sus pequeños ahorros de energía procurando continuar y agrandar lo escrito en la víspera. Otro día, cuando encontré a Bizzio contar que ya estaba a punto de terminar el cuarto capítulo de su quinta o sexta novela, se me revelaron las virtudes del Gran Método de las Moneditas, que es eficaz a condición de que el que escribe sepa borrar las huellas de las ilusiones mezquinas y el espíritu de ahorro y consumo diferido que lo animó. Obvio: si el pequeño ahorrista es capaz de ocultar las huellas de su tesón es un verdadero escritor, tan verdadero como si pudiese sobreponerse a cualquier otra vulgaridad que lo asalte en su lucha diaria por la subsistencia y la fama. Yo compuse tres o cuatro novelas-alcancía y no son las peores de mi obra.

Un propósito

Cuando unos escritores (¡de izquierda!) que habían participado del proyecto de lanzamiento del Partido de la Democracia Social de Massera me contaron que su almirante negociaba con Isabel Perón reponerla en el poder para organizar la transición a la democracia, me propuse imaginar la intimidad de la ex bailarina y presidenta y por eso escribí aquel mal libro que se llamó Una Pálida Historia de Amor. Evidentemente, no nací para cumplir propósitos, pero ahora ando con el propósito de reciclar aquella escena de erotismo lesbiano pedófilo entre la protagonista y la hijita de otra figura de su época, que debe ser lo único rescatable de tanta pálida de mi novela mala.

Novelas malas

Caí en la trampa mediática: comencé pensando sobre literatura y a poco de empezar ya estaba escribiendo acerca de novelas. Héctor Viel Temperley y Juan Gelman han escrito no menos de diez libros verdaderos y buenos sin infligirnos siquiera una sola novela y ninguna novela mala. Ignoro qué significa "novela mala". Ha de ser algo así como la electricidad, una cosa imprescindible, que todos usamos, que muy pocos podrían definir qué es y muchos menos alcanzar a entender lo que significa para la vida habitar un mundo dependiente de ella. Es algo así como esos "escritores verdaderos" que mencioné en el quinto párrafo. No vale definirlos por la inversa, enumerando casos de "escritores falsos" que tanto abundan. De modo que, a menos que uno crea en la democracia –que no es mi caso ni el de los que pensamos que la democracia, bien entendida, sólo transmite el veredicto de los mercados–, debe seguir arreglándose con sus propios criterios de bueno, malo, verdadero y falso. Habitar estos ejes platónicos del bien y la verdad es la ideología espontánea del escritor. Su paradoja es llevar a moverse en un plano delimitado por cuatro entidades que, bien se sabe, son inexistentes. La paradoja del editor es andar siempre a la caza de un libro bueno –paga fortunas por los que lo parecen– sabiendo que su mejor negocio es fabricar libros malos: los libros que se tiran a la basura, los libros que se olvidan rápidamente, los que no son irremplazables son, por puro fáciles de reemplazar, la realización sobre papel de la fórmula de la obsolescencia planificada que fortalece al capitalismo predador, abarrotador y contaminador que sostiene el modo de vida que preferimos. Y entonces: ¿qué es una novela mala? No lo sé: sólo sé que soy malo y que estoy condenado a manejarme con ideas tan caprichosas como la creencia de que una novela buena es la que nos sorprende con una verdad que su propio autor ignoraba hasta el momento de escribirla. ¿Que él mismo lo ignoraba? No me interesa la verdad: aún mejor sería la novela si él lo supiese desde siempre sin que nadie llegue a sospecharlo en momento alguno de la lectura. Sigo en la trampa, refiriéndome a novelas como si olvidara que son una pequeña parte, tal vez la menos importante de la literatura: hay canción, mito, dichos, fábulas, juegos de la lengua, oraciones religiosas, cuentos, poemas, y ensayos, y la novela, el género más reciente, es el único configurado a medida de los mercados en la modalidad con que ahora los conocemos. En las mismas semanas en que se distribuyó la obra completa del poeta y narrador Ricardo Zelarayán, las subsidiarias locales de las dos editoras más importantes de la lengua –Alfaguara y Mondadori– imprimieron en la Argentina réplicas de sus grandes apuestas del año, la primera novela del naïf americano Nathan Englander y la cuarta del argentino radicado en España Andrés Neuman. Han de haber impreso con estos productos toneladas de papel de buena calidad –árboles: ¡Arboles!– y algo de eso se venderá en librerías a razón de ciento veinte pesos el kilo, gracias a que los principales suplementos literarios han impreso, –¡Y a color!–, no menos de dos toneladas de papel de baja calidad con reportajes y crónicas de las andanzas de ambos autores y con críticas que mucho no difieren de las gacetillas de prensa de cada editorial. Un caso extremo se verificó entre el sábado 18 y el domingo 19 de julio pasados, cuando dos suplementos publicaron reportajes idénticos a Englander ilustrados con la misma fotografía (provista por el editor), y uno de ellos –el del domingo– lo anunció en su portada como "reportaje exclusivo" reproduciendo un diálogo telefónico en el que, a otras preguntas parecidas del empleado del diario del domingo, el pobre Englander daba las mismas respuestas publicadas en la víspera por un suplemento de los sábados. Es lo que hay. Los poemas de La obsesión del espacio que proyectaron a Zelarayán al centro de orientación de la literatura argentina fueron publicados en 1972. Era un año Puig, pero ya entonces también abundaban los Englander de su tiempo, gente que ahora, mientras se relee a Zelarayán y a Puig no figura ni en los catastros inmobiliarios de las pequeñas propiedades que compraron con sus éxitos de momento.

Giancarlo

En los años sesenta, Giancarlo Elia Valori, era un veinteañero protegido del Cardenal Ottaviani y, a pesar de su juventud y su obediencia masónica, tenía acceso directo al Cardenal Montini, quien, ungido como Paulo VI, lo nombró "Cameriere di spada e cappa" un rango inicial de la nobleza vaticana. Su vida durante aquella década fascinaba a Manuel Mujica Lainez por el manúchico cóctel de permeabilidad generacional, efebos brillantes, guardias suizos de tensos glúteos, y boato, sedas y armiños papales que daban justo la atmósfera de sus novelas. Pero desde 1971 Giancarlo se desplaza hasta convertirse en un personaje de novela de intriga histórica lo que lo llevó décadas más tarde a figurar como actor de reparto en best-sellers de Tomás Eloy Martínez y Miguel Bonasso. Aquel año hizo trascender su participación en la recuperación del cadáver de Evita, por entonces bajo custodia eclesiástica en un cementerio de Milán y dio comienzo a su amistad con el trío Perón, Isabel y López Rega. En 1972 alojó en casa de sus padres a Perón e Isabelita, facilitó el encuentro romano de Frondizi con el anciano general y agilizó los trámites que concluyeron desactivando la excomunión del General, que nunca había completado su diligenciamiento según las reglas del derecho canónico. Por entonces, sus relaciones con Lanusse estaban aceitadas por gestiones de la FIAT: el secuestro y la ejecución del presidente de la automotriz Oberdan Sallustro no hicieron más que fortalecerlas. De algún modo y con no poca ayuda de sus hermanos de logia, Giancarlo obtuvo el préstamo de una máquina de Alitalia para trasladar a Perón a la Argentina en noviembre de 1972: le cedieron el mismo Boeing acondicionado para los vuelos del Pontífice. Todo esto y el honor de haber introducido al venerable Licio Gelli en el mundo de los negocios y de las fuerzas armadas convertían al ex efebo en personaje ideal para una novela. Pero había que escribirla y a mí no me daban la cara ni las fuerzas para emprender un proyecto de escala Bonasso o Tomás Eloy. Por eso, en 1982 emprendí la composición de Memoria Romana, una novela que, amparada en un simulacro de diario íntimo, me aliviase del penoso deber de dotar a los italianos de un español macarrónico, de sustituir las eses y las cés por zetas cada vez que López Rega abriera la boca, o de transcribir el menú de un hotel cinco estrellas parisino cada vez que mi héroe almorzase con Galimberti, o con López Rega y la familia del gobernador filomonto Bidegain.

Mamá hundió un barco

Yo vivía en una pocilga vecina al departamento de mi mamá. Cada día, volviendo de trabajar, pasaba por su casa a saludar y a surtirme de comida antes de irme a engordar mi Memoria Romana y revisar las novedades de su enfermedad. Ella estaba enferma y yo trabajaba en una agencia de publicidad donde se daban cita comodoros y generales a repartirse las ganancias de las cuentas publicitarias de las empresas intervenidas por el Banco Central: las marcas Noel, Resero, Ferrum, el grupo Greco, el Grupo Catena y otras. Era una mina de oro y allí participaba en conversaciones en las que un brigadier retirado Cabrera, por entonces vicepresidente del Central y un general activo Saá se jactaban de la victoria inminente de las tropas argentinas. Como yo imaginaba miles de muertos, la escena no daba risa, sino pánico. Esa tarde, creo que fue el primer martes de mayo del 82, al llegar a la casa encontré a mamá y a la empleada que la cuidaba pegadas al televisor y mamá me recibió gritando entusiasmada:

—¡Hundimos un barco...!

Ni la imagen de decenas de ingleses violetas flotando congelados, que de alguna manera me alegraba, pudo atenuar el horror que me producía el veneno mediático inoculado a mi familia.

Entonces volví a mi pocilga, escribí la frase "mamá hoy hundió un barco" con la que di por terminada para siempre mi fallida novela romana, cargué otra hoja de papel en la IBM y doce horas después había completado la mitad del relato de Los Pichiciegos: cien mil caracteres que, sin hacer mal a nadie, siguen tan vigentes como Giancarlo Elia, que ahora es un rico empresario y mecenas de la Fundación Valori que subvenciona los premios de la academia francesa de ciencias y diversos premios a servicios humanitarios. En el currículum del mecenas se destacan lauros de Unesco –Gran Cruz al Merito–, Francia –la Légion d´Honneur–, y la Orden de Isabel la Católica de España y la del Libertador, concedida por la Argentina en 1973. Vinculado por amistad y negocios con los más altos dirigentes de China, Libia, y, hasta su muerte con el rumano Ceausescu, fue reconocido como benefactor del estado de Israel por el primer ministro Simon Peres por su aporte a los vínculos entre Tel Aviv y la elite dirigente de Pekín. Entre las metas de la fundación Valori figura la conservación de las lenguas y las canciones tradicionales. Justo él que tanto contribuyó a la conservación de la marchita peronista que ahora suena en la Secretaría de Cultura de la Nación.



Fogwill Básico
Buenos Aires, 1941. 2010
Escritor

Sociólogo, egresado de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, de la que fue docente y Profesor Titular. Publicó seis libros de poemas y tres colecciones de relatos, reeditados en Chile, España y Francia. En 1980 su cuento Muchacha Punk ganó un importante premio literario y por un tiempo se dedicó exclusivamente a escribir. Entre sus libros están las novelas Los Pichiciegos, Urbana, La experiencia sensible y Runa. Sus ensayos y artículos fueron compilados en Los Libros de la Guerra. En 2003 ganó la beca Guggenheim y en 2004 el Premio Nacional de Literatura por Vivir afuera, que acaba de ser reeditada.

Las lenguas de Fogwill

"Seguimos viviendo la democracia que nos hicieron los milicos"

20.8.10

Enloquecido por el pelo

El escritor argentino Alan Pauls publicó Historia del pelo, segunda entrega de la trilogía en la que habla de su país en los años 70. El protagonista es un obsesionado por el pelo

El autor de 'Historia del pelo', Alan Pauls. foto:GDA.fuente:carrusel

Un hombre al que el pelo lo domina, cómo cortárselo, dónde, con quién, su estilo, su forma, su color. El pelo lo controla. ¿Desde cuándo? No recuerda. No tiene claro en qué momento empezó a pensar en el pelo tanto como otros piensan, por ejemplo, en la muerte. Está dominado por la ley de su pelo. Son los años 70 en su país, Argentina, y la política cruje. Pero él... piensa en el pelo. ¿Son tiempos de pelo largo? Se lo deja. ¿Tiempos de llevar afro? Lo intenta. Pelo, pelo, pelo.

Alan Pauls es el escritor de esta historia. Historia del pelo, una novela corta que hace parte de la trilogía que el autor argentino está desarrollando (primero fue Historia del llanto y pronto vendrá Historia del dinero) y en la que describe la realidad de los años 70 en su país desde esos tres elementos cotidianos. "Son tres cosas que están condenadas a perderse: elementos menores, laterales, relativamente arbitrarios, que uso como puertas de servicio para entrar en una época en la que suele entrarse por la puerta principal (es decir: el guión más o menos estereotipado escrito por la Historia misma, con sus héroes, sus víctimas, sus hazañas, sus derrotas). Como un arqueólogo un poco psicótico, leo toda la época en esos elementos, sin jerarquizar ni distinguir planos", dice Pauls desde su casa en Buenos Aires, desde su estudio en el barrio Palermo. De ahí poco se mueve cuando escribe. Lo que hace, lo que piensa, lo que es, depende del proceso de escritura "Soy un poco intratable", confiesa.

Pauls nació en Buenos Aires hace 51 años y ha trabajado en periodismo (como comentarista de libros en Página 12), ha escrito guiones de cine y es autor de once libros, entre novelas y ensayos. Uno de ellos -El pasado- le dio el Premio Herralde de Novela en el 2003. "Es uno de los mejores escritores latinoamericanos vivos", dijo de Alan Pauls el escritor chileno Roberto Bolaño. Enrique Vila Matas, autor catalán, lo incluyó como personaje en uno de sus libros, lo que por un tiempo llevó a pensar a muchos que su existencia era solo una invención entre escritores. Alan Pauls, como un fantasma. Aunque la verdad es que le cuesta dejarse ver, ser entrevistado, hablar de más.

-¿Por qué escribir del pelo en esta novela?

-"El libro postula que el pelo es historia pura, como lo prueban la subasta del mechón de pelo del Che Guevara y el hecho de que en el corazón de la gran operación guerrillera que inaugura la historia argentina contemporánea (el secuestro y muerte del general Aramburu, 1970) hay una peluca rubia con claritos. En la novela, el pelo (cortes, estilos, significados) es el campo de batalla donde se oponen las mismas fuerzas que se oponen en el campo social, político, histórico, etc. La violencia que desgarra a la sociedad desgarra también un terreno aparentemente insignificante y politiza de un modo radical su carga de frivolidad, igual que los Black Panthers no vacilaban en politizar cuestiones de look cuando a fines de los años 60 reivindicaban la potencia revolucionaria del afro".

Mientras su papá y sus hermanos lo pierden cuando pasan la adolescencia, el protagonista de esta historia tiene pelo de sobra, tiene pelo para regalar si quiere. Pero no sabe qué hacer con él y por eso se pasea de peluquería en peluquería arriesgándose cada vez a un nuevo "¿qué quieres que te hagamos?", dicho por un hombre con tijeras en mano. Sufre. Y sin embargo, no responde. Se deja hacer. "Tener pelo es una condena porque es tener la posibilidad de perderlo. Tener pelo es, además, tener que cortárselo", dice el protagonista, que -como en todos los libros de Pauls- se pierde en pensamientos e imaginaciones más que en acciones.

-Usted prefiere a estos personajes que actúan poco.

- "Sí, porque la verdadera aventura, para mí (como para la mejor ficción literaria moderna, de Proust a Beckett, pasando por Gombrowicz o Robert Walser), empieza con la impotencia, cuando algo obstruye una acción o cuando la acción ya ha terminado y quedan en el aire sus ecos. Alguien no atina a moverse, o llega tarde y se pierde el vivo de los hechos: esos síndromes "negativos", sin embargo, desencadenan para mí los procesos más interesantes: recordar, reconstruir, interpretar, incluso malversar".

Los libros de Pauls no son de los que se leen en una hora, así sean cortos. El propio Pauls prefiere que no sea una lectura fácil, prefiere incomodar al lector, hacerle usar todos los sentidos. Esto lo logra no solo con la historia que cuenta, sino con cómo la cuenta. Historia del llanto está escrita prácticamente en un solo párrafo. Historia del pelo tiene una estructura un poco más convencional, sin embargo, tiene cambios de tiempo inesperados que exigen atención en cada línea. A Pauls le interesa poner a prueba la arquitectura de los libros, dejar en evidencia el material que ha usado para escribirlos.

-Leerlo es como un reto. ¿También es un reto escribir de esa manera?

-"Más bien es un placer, y quizá la única manera en que concibo una narración. Cuando las cosas se organizan de manera lineal, según la ley del antes y el después, la causa y el efecto, el avance y la continuidad, no puedo reprimir un bostezo. Es el mismo tedio que me producen esas frases de sujeto y predicado verbal simple (siempre en ese orden) con que los contadores puros de historias siguen empeñados en reducir la literatura a un compendio de ejemplos gramaticales de escuela primaria. La literatura es la frase, y la frase es un prototipo de mundo, así que yo pretendo que la mía sea lo más múltiple, compleja y lisérgica posible".

Pauls no se reconoce entre los autores que dicen que escriben para contar historias ("como afirma Gabo"). Para él, la literatura es otra cosa. Es discípulo de Brecht en eso de que "puede entusiasmarse con un relato, al mismo tiempo que piensa que es un relato".

Sus libros han usado el género epistolar (El pudor del pornógrafo); el género policial (El coloquio); ha hecho historias de escritores (Wasabi); conflictos de pareja (El pasado), siempre con personajes masculinos que, de alguna manera, son movidos por los femeninos. "¨Por lo general mis personajes femeninos son muy activos: ponen en marcha, marcan -explica el escritor-. Incluso cuando, como en Historia del pelo, novela más bien testosterónica, tienen una participación efímera".

-En Historia del pelo sorprende, además, el grado de precisión con que describe esos momentos previos al corte, la reacción de la persona ante el peluquero, el momento del lavado... ¿Cómo es su proceso de investigación previa para un libro?

-"En mi caso hay muy poco trabajo previo a la escritura. Memoria, observación, análisis: todo se pone en marcha y empieza a existir, en muchos casos retroactivamente, en el momento en que me pongo a escribir. Es la escritura misma la que recuerda, observa, analiza".

Este personaje del libro, del que no sabemos el nombre, encuentra por fin a su peluquero ideal, Celso, un paraguayo que ha inmigrado a Buenos Aires y trabaja en un salón como empleado. Por fin el corte perfecto. Por fin dejar de preocuparse por el remolino que se le arma en la frente, por el largo de más. Nada. Por fin, la felicidad.

Pero Celso un buen día desaparece. Y el protagonista puede enloquecer. Desaparece, también, la tranquilidad de su matrimonio, que termina por derrumbarse. Desaparece su mejor amigo, por cuenta de un cáncer. La enfermedad es otro de los temas que siempre están presentes en los libros de este argentino. Él explica por qué:

"Me interesa la enfermedad porque es un estado de transformación; del cuerpo, del alma, de la mente. Y escribir es dar cuenta de que algo cambia. La enfermedad no es solo un estado deficitario. Es una alteración de la percepción que permite ver las cosas de otro modo".

-Y le interesa tratar la política desde un lugar más íntimo, en años tan agitados como los 70 en Argentina.

-"Sí, una década que probablemente sea el último momento en que la historia argentina fue una verdadera pasión, una apoteosis de intensidad, una mezcla de orgía y de carnicería. La idea es articular política e intimidad. Rastrear la lógica de lo político en zonas generalmente subjetivas, domésticas, "internas", como la emoción, el erotismo, el mundo sensible. En ese sentido, lo íntimo no es un interior a prueba de política sino la escena privilegiada en que la política nace, se forma y despliega sus energías".

"Raparse. ¿Por qué no? A menudo ha pensado que no hay nada que se acerque más a la solución final. Raparse y matar dos pájaros de un tiro: acabar de una vez con la vacilación, el anhelo insatisfecho, la esperanza de dar con la mano, el estilo, el tipo especial de corte que supone que le están destinados, enterrar para siempre -para lo módica eternidad que demora el pelo en revivir, crecer, volver a la carga con sus complicaciones- el sueño de lo único en esa especie de páramo desolado, anónimo, indiferente a que queda reducida la cabeza una vez barrida por la máquina de rapar", se lee en la novela de Alan Pauls.

Raparse. Puede ser la solución para el personaje. Por cierto, hablando de pelo con un argentino, la pregunta al final aparece: ¿por qué es tan común que los hombres de ese país prefieran usar el pelo largo? Se ve en el fútbol, el cine, la televisión. Sin embargo, para Alan Pauls la realidad parece ser otra:

- "Me temo que acá los únicos que todavía usan el pelo largo son los cantantes de heavy metal. Lo extraño -según quiso hacerme notar un periodista brasileño hace algún tiempo- es que mientras en Brasil hay tres o cuatro cortes para todo el mundo, acá hay un corte por habitante. Habrá que estudiarlo".

28.6.10

Exaltación del Borges poeta

En un encuentro académico, previo a la feria más importante del mundo editorial, se realiza en Leipzig, Alemania un coloquio internacional sobre la poesía del mayor escritor argentino

MARIA KODAMA. "Una de las cosas que más amo en Borges es que nunca se traicionó a sí mismo", dijo la viuda del escritor más importante de las letras argentinas.foto.fuente:Revista Ñ

"Era mundialmente conocido por su prosa, pero fundamentalmente era un poeta", dijo María Kodama

Tenía menos de 20 años, un diccionario y los poemas de Heynicke cuando decidió aprender alemán por su cuenta para poder animársele a Shopenhauer. Fue uno de los mejores traductores del expresionismo alemán, la única vanguardia que respetó durante toda su vida. No es extraño entonces que 90 años después, Jorge Luis Borges sea una vez más objeto de estudio en Alemania.

Desde ayer y hasta el sábado, especialistas de México, Italia, Alemania, Argentina, Israel, Italia, Chile y España debaten acerca de una de las facetas más olvidadas de Borges en el extranjero: su poesía.

El coloquio internacional "Borges poeta", organizado por el Centro de Investigación Iberoamericana de la Universidad de Leipzig (CIALL) -donde se desarrolla el congreso- en colaboración con el Comité Organizador Argentina-Frankfurt 2010 (COFRA), cuenta además con la presencia de María Kodama, viuda del más grande escritor argentino. "Es un gran honor para Borges que comiencen a prestar atención a su poesía. El es mundialmente conocido por su prosa, pero fundamentalmente era un poeta", señaló Kodama a Clarín, en un alto antes de su conferencia.

El encuentro académico es un paso más en el camino hacia la feria más importante del mundo editorial, donde Argentina será invitada de honor en octubre. La presidenta del Cofra, la embajadora Magdalena Faillace, celebró por su parte, la infinitud de temas que contiene la poesía de Borges.

Kodama comparó además la poesía borgeana con la profundidad de las tragedias griegas. "Borges, como los clásicos griegos no va a morir nunca, porque como los clásicos griegos trata las cosas esenciales al alma humana", profetizó la también presidenta de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges.

El director del CIALL, el profesor chileno Alfonso de Toro, se mostró entusiasmado por la realización del coloquio, el sexto organizado en honor a Borges en la ciudad de Goethe y Bäch. "La poesía le permitió a Borges crear Argentina como nación cultural y literaria", reflexionó el académico para quien la obra poética del autor de "Ficciones" todavía ocupa un rol marginal en las investigaciones académicas.

La cita más importante fue de un ausente, el mexicano Octavio Paz, que -tal como Kodama recordó en su ponencia- advirtió no sin poesía, que los ensayos de Borges se leen como cuentos, que sus cuentos son poemas y que, en fin, sus poemas nos hacen pensar como si fueran ensayos.

Homenajearon a Ernesto Sabato en su cumpleaños 99

En el día de su cumpleaños, le entregaron el Premio José Hernández por su trayectoria

EN EL NOMBRE DEL PADRE. Mario Sabato con el gobernador Scioli.foto.fuente Revista Ñ

Ernesto Sábato nació en Rojas y se convirtió en unos de los escritores más importantes de la Argentina. Su obra es tan reconocida en el país como en el resto del mundo. Se doctoró en Física pero cuando descubrió el poder de las palabras, se entregó por completo a la literatura. Fue amigo de escritores y pintores.

Ayer cumplió 99, y por su trayectoria y aporte a la cultura nacional, le entregaron el Premio José Hernández. Cuando le preguntaron a Mario Sabato, hijo del escritor, por su padre, él solo respondió: "Papá está yéndose".

De la ceremonia, en la Casa de la Provincia de Buenos Aires, participaron el gobernador Daniel Scioli, la periodista Julia Constenla, el presidente del Instituto Cultural, Carlos D'Amico, la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, y Pacho O'Donnell. El premio fue recibido por su hijo, autor, además, del documental "Ernesto Sábato, mi padre".

Durante el homenaje se proyectaron fragmentos del documental.

Se ve un Sabato ya mayor que recorre los lugares en los que transcurrió parte de su vida. Desde que se llamó a silencio, hace 4 años, no hace apariciones públicas ni da entrevistas. Sabato no estuvo en el homenaje; tampoco fueron su compañera, Elvira González Fraga, ni su hijo Jorge.

Además de su aporte a la literatura, en los discursos se destacó el rol de la memoria y, en ese sentido, el trabajo de Sabato como presidente de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep). Uno de los últimos datos que se conocen sobre Sabato es que cuando por prescripción médica tuvo que dejar de leer y escribir, se dedicó con la misma pasión e intensidad a la pintura, que fue "el amor de su adolescencia".

Aquel hombre que hizo de la escritura y de la lectura, el leit motiv de su vida, está ahora recluído en su "lugar preferido en el mundo", Santos Lugares.

A la hora de recibir el premio, Mario Sabato agradeció en nombre de su padre y de su madre, Matilde Kuminsky, y destacó el rol que ella tuvo en las obras de Sabato: "Papá escribió empujado, apoyado y criticado por mi madre. Por eso, las obras deberían firmarse Ernesto y Matilde Sabato". En el homenaje también estuvieron algunos vecinos de Santos Lugares, y figuras como Eduardo Falú, Graciela Fernández Meijide, la periodista Magdalena Ruiz Guiñazú, Virgina Lagos, Antonio Grimau, Stella Maris Closas, Silvestre, Victor Laplace y monseñor Justo Laguna.

El domingo a las 18, en el Club de Defensores de Santos Lugares seguirá el festejo de cumpleaños con la proyección completa de "Ernesto Sabato, mi padre".