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7.5.10

Literatura, tabaco y ron

En el Festival de la Palabra, en Puerto Rico, setenta escritores en lengua castellana se reunieron a debatir junto al mar Caribe

SARAMAGO: "es necesario un punto de encuentro de las literaturas en español e inglés".fOTO;fUENTE: Revista Ñ

Es difícil encontrar una librería en esta isla envuelta por el azul del mar Caribe, al menos en el casco histórico del viejo San Juan donde desde hace unos días, paradójicamente, se respira pura literatura.

Esa es la razón de ser de este Festival de la Palabra que reunirá hasta el fin de semana a casi 70 escritores llegados de toda América Latina y España, más un par de docenas de autores locales: acercar a los narradores de Puerto Rico a sus pares que también escriben en castellano y darles a la vez a los lectores de esta tierra que pertenece ­pero no forma parte­ de los Estados Unidos, una bocanada de literatura en la que reconozcan raíces comunes.

Todo arrancó la noche del martes al ritmo de bomba y batucada.

En las galerías había puestos de libros, pero también de piña colada, mojitos y ron, síntesis del espíritu que rodea el Festival: la palabra se bebe de a sorbos mientras la fiesta no se detiene.

El Premio Nobel José Saramago envió un mensaje: "Un acontecimiento cultural de estas características está llamado a convertirse en un punto de encuentro de las literaturas en lengua española e inglesa, algo que en los tiempos que corren es necesario si no queremos perder nuestro patrimonio y los valores añadidos de expresarnos en idiomas distintos".

Luego del "bombazo" musical, la noche cerró ­al menos formalmente­ con la apertura de la muestra "Los rostros de la escritura" del argentino a Daniel Mordzinski, con 150 imágenes de los escritores más representativos de la literatura actual. El público se asombraba ante cada foto, donde los autores aparecen retratados maniobrando frente a un mingitorio o entre las sábanas revueltas de una cama de hotel.

El miércoles comenzó oficialmente la agenda de actividades con el homenaje a otro argentino, Tomás Eloy Martínez. Más tarde, Martín Caparrós y Rosa Montero encabezaron un diálogo titulado La escurridiza realidad y, por la noche, Alfredo Bryce Echenique dictaba la primera conferencia magistral del Festival, sin que nadie se animara a preguntarle si se trataba de una pieza original (el escritor ha sido acusado de plagio).

Pero como la alegría no es sólo caribeña, el grupo más entusiasta en lo que va de este Festival tiene el sello de algunos de los ex Bogotá 39, aquel grupo de escritores de América Latina que han sido señalados como los más interesantes de la nueva generación. En las esquinas, en las cenas o en el lobby de los hoteles, los embajadores de ese conjunto (Pedro Mairal, Pilar Quintana, Gabriela Alemán, Iván Thays, Karla Suárez y Antonio García Angel, entre otros) dicen que no van a irse de Puerto Rico hasta que se imponga una frase que resuma el alma de este encuentro: "¡Qué razaaaa!". Un invento llamado a perdurar, como este Festival.

"¡Qué razaaa!"


COLOR CARIBE. Mayra Santos-Febres es la matriarca del Festival de la Palabra. Se define como un espécimen exótico: es la única autora de raza negra que escribe en español.

El martes por la noche arrancó aquí en Puerto Rico el Festival de la Palabra, un encuentro literario como nunca antes había tenido lugar en esta isla de ningún lugar, o de todos. ¿Son norteamericanos que hablan y escriben en español? ¿Pertenecen a los Estados Unidos, pero son ajenos al american way of life? La escritora portorriqueña Mayra Santos-Febres, directora y turbina de este encuentro (porque lo de motor le queda corto), lo definió con un exacto juego de palabras: "Este es un lugar no lugar. Es un estado libre asociado que ni es estado ni es asociado... es Puerto Rico".

Mayra logró convocar a casi 70 escritores de América latina y España, para compartir mesas, charlas, talleres, debates y encuentros con un par de docenas de autores locales y un público que no está acostumbrado a leer -porque no les llega, o porque abundan los títulos en inglés- narrativa en castellano. El gran punto de encuentro del Festival es el Cuartel de Ballajá, en el corazón del viejo San Juan. Pero en los alrededores también pasan cosas: autores que se reencuentran después de mucho tiempo, excursiones a la selva profunda, rondas de ron y charlas postergadas. Porque mientras la literatura es protagonista, las anécdotas se escriben en los márgenes de una Moleskine (remito al blog del peruano Iván Thays, con el cual es imposible competir, para ponerse al tanto casi en tiempo real de lo que sucede aquí).

Un grupo de los Bogotá39 invitados al Festival se han propuesto imponer una frase de cabecera que sintetice el espíritu del encuentro. Es una frase multipropósito, útil tanto para expresar sorpresa como para insultar. El énfasis o la cadencia de las vocales alargadas pueden provocar ofensa, sugerir una caricia o escalar hacia otras propuestas más intensas. Pero unos y otros, cuando recuerden con palabras a Puerto Rico, se reconocerán con este mismo santo y seña: "¡Qué razaaaa!".

CALLEJEROS. El argentino Pedro Mairal, el colombiano Antonio García Angel, la portorriqueña Mayra Santos-Febres, la ecuatoriana Gabriela Alemán y el peruano Iván Thays.

"NO ESTOY DE ACUERDO". Fue la frase más escuchada en la mesa sobre periodismo y literatura que compartieron la española Rosa Montero y el argentino Martín Caparrós. Un sabroso duelo de titanes.

TURISMO HUMEDO. Esta imagen explica por qué la cubana Karla Suárez y el español José Ovejero llegaron tan fresquitos al Festival, luego de una excursión al Parque nacional El Yunque.

COMO CALIENTA EL SOL. Las sonrisas disimulan el calor del mediodía en esta pausa con Gabriela Alemán, la colombiana Pilar Quintana y Pedro Mairal.
Tomado de En minúscula

29.4.10

Rosas y libros

Es un clásico de cada año donde las rosas, los libros y la gente son protagonistas

Además del caos que dejaron en Europa los aeropuertos boca arriba, las nubes volcánicas trajeron a Barcelona otra preocupación: el temor a que no llegaran a tiempo los seis millones de rosas importadas desde Holanda.

Quien haya estado en esta ciudad un 23 de abril sabrá de lo que hablo. Hoy caminé por Las Ramblas y repetí la misma ceremonia que todos: cambiar un libro por una rosa. La tradición dice que ellas regalan el libro, y ellos, las rosas. La fiesta se llama Sant Jordi, y es un clásico de cada año donde las rosas, los libros y la gente son protagonistas.

A medida que me acercaba hacia el epicentro de la movida, veía en las calles y avenidas, en las puertas de los bares o en las bocas de las estaciones de metro, jóvenes que montaban una mesa, un mantel, un par de sillas y un puesto improvisado de flores. Tres por 5 euros, una por 2,50, en sus versiones más sobrias de celofán en flor. Pero a medida que llegaba a Las Ramblas, la cosa se puso más sofisticada. Había rosas envueltas en tules, rosas de colores imposibles, arreglos de rosas encerradas en complejos trabajos de ingeniería con soportes, engranajes y maderas encorvadas.

Mientras la gente paseaba con rosas en sus bolsos, mochilas, cochecitos de bebé o cascos de motocicletas, una fila se armaba frente a una confitería donde vendían cajas de bombones con forma de libros y tapas de best seller dibujadas con mazapán.

Mientras los perfumes de un rojo intenso lo invadían todo, los libros -con un diez, quince o hasta veinte por ciento de descuento- se vendían por hectárea en las casetas de Las Ramblas, los puestos improvisados en medio de las veredas o en las megalibrerías en las que el apretuje era imposible.

Al menos, una vez al año, los libros tienen quien los adopte. En el noticiero están diciendo que el título más vendido fue El asedio, la nueva novela de Arturo Pérez Reverte, y que las rosas no llegaron a agotarse, pero casi. Como sea, fue un día de postal.




tomado de En minúscula

4.4.10

¿Por qué leemos?



Resonancia magnética del cerebro donde se destacan las áreas que intervienen durante la lectura (Imagen de Haskins Laboratories).
Por Ezequiel Martínez
¿Por qué leemos ficción? ¿Por qué nos interesamos tan apasionadamente en personajes inexistentes? ¿Qué procesos mentales básicos se activan cuando leemos?

Lisa Zunshine, profesora de literatura de la Universidad de Kentucky, junto con otros diez estudiosos, en 1999 obtuvieron la autorización de la Modern Language Association para conformar un grupo de discusión sobre los enfoques cognitivos de la literatura.

El grupo observó que los seres humanos pueden captar sin problemas tres estados mentales diferentes al mismo tiempo. Los autores modernistas como Virginia Woolf, dijo Zunshine, son especialmente difíciles porque la escritora pide a sus lectores que estén atentos a seis diferentes estados mentales, o lo que los académicos denominan niveles de intencionalidad.
La noticia completa se publicó hoy en The New York Times. Aquí pueden leerla.
(fUENTE:Enminuscula)

7.2.10

Algo que García Márquez quizás haya olvidado

HOMENAJE

Con el dinero del Premio Nobel, el autor de Cien años de soledad se propuso fundar un diario con Tomás Eloy Martínez y Rodolfo Terragno, pero una de sus mejores novelas postergó para siempre ese proyecto

Algo que García Márquez quizás haya olvidadoAMIGOS. La relación entre los dos escritores se remonta a los años sesenta Foto: AFP / GUILLERMO OGAMfUENTE:adnCULTURA

Por Tomás Eloy Martínez (q.e.p.d)
Sábado 28 de setiembre de 2002

"Gabriel García Márquez tiene una habilidad para recordar tan prodigiosa que nadie sabe cómo se las ha arreglado para resumir los primeros treinta años de su vida en las seiscientas páginas de Vivir para contarla , que será lanzado en lengua castellana a comienzos de octubre. Más de una vez corrigió, con exactitud, los detalles de acontecimientos que habíamos vivido juntos en víspera de la publicación de Cien años de soledad , su novela mítica. "Los hechos no son como fueron sino como uno los recuerda", le he oído decir. En su caso, los hechos son como él los recuerda, pero además tienen el raro privilegio de ser como fueron.

Siempre imaginé que las memorias de García Márquez se parecerían al mapa del imperio que Borges describe en uno de sus textos apócrifos: un mapa tan dilatado y minucioso que tiene el exacto tamaño de ese imperio. Las pocas páginas de las memorias que he leído confirman que son igualmente vastas: no por su extensión (lo que las tornaría ilegibles) sino por los significados, que se abren a cada paso como afluentes de un río infinito.

Habrá que esperar años, quizá, para que García Márquez complete los volúmenes de autobiografía que aún le faltan, si acaso ha decidido escribirlos. Hay un fragmento de su historia personal del que fui testigo directo. Como no he sabido que nadie lo haya contado todavía, lo hago ahora, con la certeza de que mis recuerdos son más falibles que los del protagonista.

En diciembre de 1982, pocas semanas después de recibir el Premio Nobel de Literatura, García Márquez decidió fundar un diario en Colombia. Alguien me había contado que, poco después de poner fin a Crónica de una muerte anunciada , empezó a añorar los tiempos en que andaba corriendo detrás de las noticias. Los 300.000 dólares del premio y algunos aportes privados le permitieron sumirse en el proyecto con la obsesión de un empresario, enredándose entre flujos de caja, estudios de factibilidad y cronogramas aterradores.

Encomendó la estructura del proyecto a Rodolfo Terragno, que ahora es uno de los precandidatos a la presidencia de la Argentina y que entonces era uno de los fundadores de El Diario de Caracas. Me pidió a mí que ayudara a organizar la redacción y confió el diseño gráfico a otro argentino, Juan Fresán. El diario iba a llamarse El Otro , tal vez en alusión a que sería diferente.

García Márquez había sido un periodista magistral y seguía siéndolo, pero los lectores lo veían ahora como un creador de fábulas. Eso complicaba las cosas. ¿Qué tipo de escritura esperaría la gente de un medio como ése? ¿Un realismo mágico sembrado de adjetivos fulgurantes, a la manera de El otoño del patriarca ? ¿Una reproducción al infinito de los artículos que él venía escribiendo desde 1980 para la agencia EFE, creo, y que se compilaron luego como Notas de prensa ? Casi no hubo tiempo de proponer una respuesta.

A mediados de junio de 1983, cuando ya Fresán había enviado sus primeros bocetos de diseño y Terragno había pasado un par de meses recorriendo Colombia de cabo a rabo, discutiendo con García Márquez las estrategias de organización, y yo había dictado un curso de periodismo en Andiarios (la asociación que reúne a todos los periódicos colombianos), para aprender con quiénes iba a enredarme en la batalla, el novelista empezó a confiarnos sus dudas en llamadas telefónicas cotidianas.

"Anoche no pude dormir porque la trepidación de las rotativas que compraremos el próximo mes me está volviendo loco -solía decir-. Y la noche antes me la pasé soñando con una novela en la que un hombre de setenta años consigue por fin ir a la cama con la mujer de sesenta y ocho de la que está enamorado desde que tiene uso de razón. Si supiera cuáles van a ser los nombres de esos viejos, ya la estaría escribiendo."

Cierta mañana de julio nos anunció que al día siguiente llegaba a Caracas para "poner de una vez en marcha esa vaina [ El Otro ]". Terragno y yo lo vimos media hora al caer la noche, pero de lo único que hablamos fue de su historia de amor. Convinimos en que volveríamos a encontrarnos hacia la una de la madrugada, en un bodegón donde nadie pudiera reconocerlo, cuando él saliera de una comida con el rey de España y el presidente de Venezuela.

A la una ya estaba esperándonos. El lugar era inhóspito, bullicioso y, para nuestro asombro, nadie en verdad lo reconocía. Tardó una hora en dejar caer la noticia: "Ya está todo listo para sacar el diario en noviembre. Instálense ahora en Bogotá y empiecen a trabajar. Yo tengo que encerrarme a escribir la novela sobre los amantes viejos". Al principio, no lo entendí: ¿García Márquez quería que su diario, El Otro , saliera sin que García Márquez estuviera presente? "De eso se trata", respondió.

Nos negamos. Trató de explicar lo que ya sabíamos: que no se puede escribir una novela y hacer un diario a la vez. Que para la novela él era imprescindible pero que al diario le bastaría con nosotros. Y la novela, nos dijo, ya no podía esperar: estaba mordiéndole las entrañas. Le replicamos lo que él ya también sabía: que el otro era él, y que no podíamos ponernos en el lugar de ese personaje.

Nos separamos al amanecer. Durante algún tiempo siguió llamándonos por teléfono para contar que había ordenado nuevos estudios de factibilidad y un plan alternativo de financiación, pero cada vez hablaba más de la novela. A fines de septiembre dijo que había encontrado el nombre perfecto para el viejo de su historia, Florentino Ariza, y a comienzos de octubre anunció, exultante, que por fin había dado con el título. Se llamaría El amor en los tiempos del cólera . Cuando leí al fin ese libro en la edición amarilla de Oveja Negra, supe que habíamos hecho lo correcto. El Otro hubiera sido un diario de tantos. La novela, en cambio, era única.

Ninguno de nosotros volvió a mencionar El Otro desde entonces. Fue una historia de amor, pero no de las verdaderas. Nunca es verdadera una historia de amor que no deja ninguna melancolía"

1.2.10

Entre la crónica y la invención de la historia

Tomas Eloy Martinez (1934 - 2010)

Falleció anoche, a los 75 años, como consecuencia de un cáncer. El escritor tucumano fue testigo inmediato de años turbulentos y develó la raíz más latinoamericana de la política argentina con La novela de Perón. Sus obras de no ficción modernizaron el periodismo.
EN PRIMERA PLANA En 1965. Un periodista estrella para lanzar el boom.Foto; fUENTE: Revista Ñ

"Fue en diciembre de 1973, en la redacción del diario La Opinión, que me encontré por primera vez con Tomás Eloy Martínez, aunque la verdad es que ya nos habíamos leído y puede aventurarse que éramos de alguna manera amigos, con esa fidelidad lejana y feroz que suelen exhibir los lectores hacia un autor admirado. Eran tiempos nefastos. Yo había llegado la noche anterior de un Chile que le había prometido al mundo la revolución de Salvador Allende y nos había dado, en cambio, la asonada de Pinochet. Creo que se me notaban en el rostro y en los hombros las muchas y recientes muertes que cargaba­ un aire fantasmagórico que me iba rondando y que Tomás no tardaría en discernir, él que era tan familiar con la muerte, de la que había sabido, hasta anoche, milagrosamente librarse.

Venía a conversar con Jacobo Timerman y cobrar un premio literario, pero también a juntarme con Osvaldo Soriano; y Soriano estaba conversando animadamente con Tomás, y ahí comenzó todo, así eran las cosas en esa época. Todos los que trabajaban en torno a la cultura en la Argentina formaban parte de una especie de colmena abigarrada de relaciones y sueños, se conocían entre sí e insistían en abrir puertas y ventanas. Eduardo Galeano me dijo que tenía que aproximarme a Rodolfo Walsh, Walsh me introdujo a Paco Urondo y me acuerdo de una noche infinita en que Augusto Roa Bastos me escribió largas y minuciosas listas con sus contactos, incluyendo a Graham Greene y Tomás, que bueno, fue el más expansivo y accesible. Me ofreció desde ese primer día que colaborara en el suplemento cultural que dirigía en La Opinión y también la publicación de un cuento en la revista Primera Plana. Hallé en él una generosidad que nunca cesó hasta el día de su muerte. Me armaba reuniones en su casa con corresponsales holandeses, curas revolucionarios y Montoneros esquivos, siempre bien regadas con vino y pasta y carnes, si bien él prefería el café como su oficina.

Aunque era la urgencia del momento político lo que nos unía en esas conspiraciones ­llegaban noticias de más represión en Chile y cada día era más inquietante la evolución del Argentina en que Perón, en su última presidencia, viraba drásticamente a la derecha­, se infiltró la literatura en las conversaciones, en especial la extraña relación que guarda la ficción con la realidad en nuestra América Latina, la fluida tensión entre lo testimonial/periodístico/histórico y la forma en que la imaginación está obligada a tejer un escenario paralelo. Me dio a leer en manuscrito La Pasión según Trelew. Me pareció una novela más que reportaje y él me confió que la gran novela argentina tendría que construirse en torno al enigma de Perón. Tenía, me dijo, un proyecto para armar algo sobre él y tal vez sobre Evita y ahí supe de las memorias que Perón le había dictado en Madrid. Como tantas veces que Tomás contaba algo (y vaya que era narrador empedernido), no sabía yo si era cierto o no, si lo estaba inventando o había sucedido. Ya estaba especializando en confundir deliciosamente a sus interlocutores, ya iba juntando una pasión por la verdad y una compasión por los excluidos de la historia con una mirada mareante y juguetona que los críticos calificarían como postmoderna.

Lo que no era invento era el peligro que se cernía sobre la Argentina. Yo estaba desesperado por irme, veía que estaba por caer sobre Tomás y sus congéneres una masacre que haría palidecer las de Trelew y Ezeiza. Se lo dije a él y a su primera mujer, Pinky, la noche que fui a despedirme de ellos en febrero de 1974 ­unos días antes de que vi
[an error occurred while processing this directive]niera a buscarme la Triple A al departamento de mi abuela en la calle Urquiza. "Tienen que partir lo antes posible", les dije. "Los van a matar a todos." Tomás sonrió y me aseguró que me equivocaba. Algo malo se venía pero no iba a ser como Chile, él no tenía ganas ya de viajar, había tanto que hacer y construir en la Argentina, tanto que escribir.

No lo volvería a ver hasta 1978 cuando visité Caracas, donde él había buscado refugio unos anos antes.

No me acuerdo si ya estaba casado él con Susana Rotker, una venezolana con la que yo trabaría una amistad tan entrañable como la que tenía con él, pero lo cierto es que a partir de 1984, cuando se instalaron en los Estados Unidos, pudimos armar un vínculo más permanente, puesto que residimos durante tres años en las inmediaciones de Washington D.C.. Ahí leí, antes de que se publicara, la obra que me había susurrado en Buenos Aires: era La novela de Perón, y quedé deslumbrado y hasta adelanté el juicio de que iba a ser imposible que superara aquella obra maestra. "Espérate", me dijo Tomás. "Falta Evita".
En esos años de nuestra expatriación pude, por fin, devolverle la mano a Tomás, ayudarlo como me había ayudado a mí cuando me encontraba náufrago en Buenos Aires. Lo recomendé para una beca en el Wilson Center de Washington (donde comenzó a escribir Santa Evita), y le presenté a mi editor en Pantheon, Tom Engelhardt, que publicó The Perón novel en inglés.

Después, nunca más convivimos en una misma ciudad pero jamás nos perdimos de vista. Y en la medida en que cada cual alcanzó algún grado de celebridad (como en toda auténtica camaradería, aclamábamos el éxito del amigo como si fuera propio), los lazos se fortalecieron. Pasaban meses en que no nos habláramos por teléfono ni nos encontrábamos en conferencias, pero era posible saber del otro por los libros publicados y enviados y, especialmente, por las crónicas periodísticas. No compartimos, desventuradamente, tan sólo los premios, victorias y páginas de un diario, sino también. . . y no hay nada que hacer, tengo que recordar aquella madrugada cataclismática en que Daniel Divinsky me anunció que Susana Rotker había muerto en un accidente de tráfico en Nueva Jersey. Y más tarde la voz de Tomás al otro lado de la línea, desolado, más allá del dolor, y sin embargo contándome todo como si fuera una película, como si no pudiera, aún en los momentos de mayor devastación, dejar de narrar y supiera que sólo relatar esa historia alucinante podía salvarlo de la locura.

Con eso me quiero quedar. Con su empecinada exigencia de doblegar la realidad y construir delirios y engañar el destino precario, el suyo y el de su país y el de su continente. Contra y adentro del lugar común que es la muerte. Con eso me quiero quedar, con eso vamos a quedarnos todos. Con su certeza de que si algo no se cuenta no perdura, no vale la pena que exista. "

El último libro de Ariel Dorfman es Americanos: Los Pasos de Murieta.