30.9.16

La memoria del escritor y su doble

 Ricardo Piglia Está ya en las librerías  Los años felices, el esperadísimo segundo tomo de sus diarios novelados: cultura y política entre 1968 y 1975. Las imágenes inéditas, pertenecientes a su archivo personal, corresponden a este período

Ver y contar. Piglia, en los años 70./revista Ñ

Cada escritor tiene su doble. Leemos en el segundo tomo de Los Diarios de Emilio Renzi , de Ricardo Piglia: “El doble que sostiene la escritura: el otro escribe y yo asisto a su trabajo”. Para decirlo pavesianamente, el oficio de vivir da trabajo y provee un salario; en otras ocasiones, kafkianamente, cuesta trabajo escribir; y también, por ráfagas, escribir da felicidad.Pero ¿quién es Renzi? Una anotación de 1969 nos orienta: “Estoy pensando el seudónimo y el doble como una manera no corporal del suicidio.” Pero ¿quién escribe? ¿Qué lugar tiene ese yo? Renzi nos responde: “El yo es una figura hueca, hay que buscar en otro lado…”.
Los sueños
Buscando en otro lado, nos encontramos con el primer texto del libro, titulado “El bar”. Allí Renzi le comenta al barman La interpretación de los sueños (“gran texto autobiográfico, dicho sea de paso”), y también le confiesa que “uno nunca es uno, nunca es el mismo, y como no creo a esta altura que exista una unidad concéntrica llamada el yo…”. Como prueba sólo basta citar a Pevese, un autor que se repite a lo largo de estos diarios: “En el sueño, eres autor y no sabes cómo acabara.” Es con esta incertidumbre que el escritor de Los años felices , inventa un estilo.

Si en otras novelas de Ricardo Piglia la ciudad está ausente, en estos diarios la ciudad está presente. El escritor nos deja las huellas de su paso por Buenos Aires. Renzi y su doble, deambulan por bares, cafés, restaurantes, librerías y editoriales. En Mar de Plata, se condensan: la familia, la infancia, el color del mar y los amores difíciles. Y como posta, entre ambas ciudades, la ciudad de La Plata.
La amistad
En Los años felices encontramos más de una referencia a la amistad y a los libros. Estas anotaciones es posible orientarlas por una frase de Proust: “En la lectura, la amistad a menudo nos devuelve su primitiva pureza. Con los libros, no hay amabilidad que valga”. Hay que reconocerle a los diarios de Renzi esta práctica proustiana.

Los setenta
En los años setenta, más de un joven o una chica se hubiera dejado cortar la cabeza por La maga o por Oliveira, los dos personajes de Rayuela . En esos años, el cortazarismo predominaba como estética. Renzi interpela cierta poetización de la literatura que el cortazarismo había impuesto a los escritores de su generación. Renzi apuesta a que la irrupción del ensayo ficcional en la ficción, disloque esa retórica cortazariana impuesta porRayuela.

Las revistas
Es una época en que las revistas literarias ocupaban un lugar decisivo en la escena no sólo literaria sino también política y que se condesó en el sintagma: una política de la cultura.

Los libros , Nuevos Aires , El escarabajo de oro , la futura Literal .
En la redacción de Los libros , Renzi discute o acuerda con: Héctor ‘Toto’ Schmucler, German García, Carlos Altamirano, Beatriz Sarlo o David Viñas. El discurso de Renzi puede pasar de la barricada al tedio.
Literatura y política
Estamos a comienzos de 1969, los setenta están próximos, Renzi, un escritor y un intelectual se sitúa en los intersticios: “Nunca dejo que la política tenga una incidencia directa en lo que escribo”. El contexto obliga a tomar posiciones: “Lección repetida: no me gusta el lenguaje de los políticos de izquierda, aunque intento no perder sus posiciones. Debo defender mi soledad, aislarme, no sólo de la política, aunque está demasiado presente en estos tiempos”. Pero Renzi encuentra los intersticios para que la literatura intervenga en el tópico: Literatura política. “Se trata de estar frente a la realidad como un escrito y no como un espectáculo.”.

Los encuentros
La lectura es un encuentro con un libro o con un escritor. A veces, es difícil separar uno del otro; y este encuentro elide la cuestión del origen y por eso es atemporal y siempre está sucediendo: “ El juguete rabioso , los cuentos de Hemingway, el diario de Pavese, que nunca he podio soltar, que cada vez he vuelto a descubrir… Es visible que fueron esos encuentros que hicieron de mí lo que soy, por eso los veo como un encuentro y no como un origen”.

Los escritores imaginarios
Renzi = Piglia, podría entrar en esta serie que se propone en el diario: “Hamlet=Stephen Dedalus=Quentin Compson =Nick Adams= Jorge Malabia”. Podrían entrar, según esta anotación de los diarios: “Soy feliz y libre cuando no escribo, y si escribo no puedo ser feliz ni libre.” Como Bouvard y Pecuchet : no hay Renzi sin Piglia y no hay Piglia sin Renzi. Y por qué no “hacer entonces una historia de los escritores imaginarios”.

Uno de estos escritores imaginarios es David Viñas, o David, según el matiz del encuentro. Porque mas allá de las citas pautadas entre ambos, es como si Renzi y su doble se encontraran con David telepáticamente a cualquier hora y en cualquier lugar de la ciudad: “David es visto por mí como un escritor imaginario. Lo pienso como un Silvio Astier en la mitad de la vida”.
El espía sin mapa
Esta figura de escritor, dispone de sus armas, diría joyceanas: la soledad y el aislamiento. Renzi no es un solitario, está separado por la singularidad que le va a otorgar a su proyecto.

Hay un fragmento del diario que se detiene en cómo Malcom Lowry trabaja en la construcción de un escritor imaginario. Este escritor es Sigbjørn Wilderness quien en sus diarios ( Through the Panama ), teme ser confundido con un espía También recuerda que a Firmin, el cónsul de Bajo el volcán , lo asesinan por estar acusado de espía. En esta instancia ficcional, Renzi retoma la pregunta de Wilderness: ¿Qué es un escritor?, y se responde. “La figura del escritor como un espía en territorio enemigo era ya la definición que daba Benjamin a Baudelaire…”. Y refiriéndose a los diarios de Wilderness: “Hay algo en los diarios en que la figura del escritor se asemeja a un espía incursionando en un territorio enemigo.” Las moscas de Piglia
La literatura argentina tiene sus moscas. Las de Arlt en un aguafuerte; las de Zelarayan cuando pide piedad por esas imbéciles moscas; las de Masotta que son imbéciles sin ninguna piedad; las que a Leónidas Lamborghini se le “pegan” de Kafka; las de Gombrowicz que interrumpen al lector. Citando las cartas de Scott Fitzgerald, Renzi como Gatsby, releva sus “reglas” de escritor: “No te preocupes de la opinión pública. No te preocupes del pasado. No te preocupes del dinero. Del pasado. Del futuro. De hacer carrera. De que otros te superen. De triunfar. De fracasar. De los mosquitos. De las moscas….”. Podemos decir que para Renzi no hay ninguna mosca.

Santo o comediante
En el bar, su musa mexicana se ríe a carcajadas con las divertidas aventuras de Renzi como un aspirante a santo. En otro pasaje de los diarios, después de enunciar sus reglas de manera solemne, la voz de una mujer ironiza sobre semejante aspiración: “Hay que ser un santo para cumplir con esas reglas, dijo ella.” Renzi siempre quiso escribir en clave de comedia, y confiesa que fueron esos días de su vida los que consiguieron el toque de humor que estaba buscando: “Por eso, tal vez, los voy a llamar mis años felices, porque al leerlos y al transcribirlos me divertí viendo lo ridículo que es uno; hice sin querer de mi experiencia una sátira de la vida en general y también en particular”.

El humor y el género de la sátira, le permiten dislocar al yo, y que exista uno, como particular. En las últimas páginas del diario, con la aparición de Nombre falso, en 1975, se transcriben unos elogios encendidos sobre el libro. En el mito del canto de las sirenas, Ulises decidió atarse al mástil y taparse los oídos con cera. Kafka, en cambio, declara que el problema de este mito, no es su canto sino su silencio. Renzi supo salir airoso de algo más difícil que el silencio, el canto elogioso. Para ello, se vale de un recurso, el chiste: “Basta ver de lejos para que la ironía y el humor conviertan los empecinamientos y las salidas de tono en un chiste.” Contra él mismo
Estos diarios tienen la originalidad y el valor de no ser póstumos, están escritos cuando la obra comenzaba a escribirse y forman parte de ella y hasta se podría decir: son la obra.

De entrada, Renzi define un diario como la ordenación según los días de la semana y el calendario pero a la vez dice: “Sólo lo imprevisto hace posible, para mí, la felicidad.” ¿Qué sucede con la contradicción que plantea la contingencia?
Imposible resolver esa contradicción, por la vida misma. En cambio, la escritura parece ofrecer una posibilidad que Renzi no deja escapar: “Curioso el olvido que me borra una frase en el momento en que estoy por escribirla. En el lugar de esa pérdida hay otra frase que ya no recuerdo ni reconozco. La escritura ausente”. La escritura sí, pero no el estilo.
Renzi redobla la apuesta: “Para mí, solo valen los diarios escritos contra uno mismo”. Renzi utiliza distintos recursos para que ese “contra sí mismo” sea posible. La salida preferida es la fuga: “Tomar una biografía real y escribirla como si fuera mía. Introducir en ese fárrago de datos extraños. Mi tono personal y mi propia conciencia sería un modo de escapar de mí mismo, quedarme sólo con el estilo”. Sueño flaubertiano y de cualquier escritor que se precie de tal, como Piglia lo es. Yo diría: quedarse a solas con el estilo: “Pienso que lo mejor que he escrito en estos cuadernos ha sido resultado de la espontaneidad, de la improvisación (en el sentido musical del termino), nunca sé lo que voy a escribir y a veces, esa incertidumbre se convierte en estilo.” Escribir “en contra de uno mismo”, según la conversación que en el bar Renzi tiene con el barman, no es otra cosa que soportar la incertidumbre como estilo.
Y el estilo es lo único que legitima la literatura por sí misma. En una de las anotaciones más lúcidas del diario, sobre todo por su actualidad, leemos: “Esto quiere decir, que en esta época la literatura ya no se justifica a sí misma, hay que legitimarla”.
Luis Gusmán es psicoanalista y autor de tres ensayos y quince novelas, entre ellas, “Hasta que te conocí”.