29.9.14

Franco, ¡presente!... en libros amigos

Stanley G. Payne y Jesús Palacios firman la última biografía sobre el dictador. Su figura decae como filón editorial, excepto en obras con retratos benévolos
 
Francisco Franco visto por Eduardo Arroyo en el 2000./elpais.com
 
A punto de cumplirse 39 años de su muerte, una nueva biografía, firmada por Stanley G. Payne y Jesús Palacios en la editorial Espasa, se adentra en la figura de Franco. Desde que la democracia dio rienda suelta a las editoriales, el dictador ha sido un gran reclamo para vender libros de distinta naturaleza, desde los hagiográficos a los rigurosos, que alcanzaron sus años de gloria entre 2000 y 2009. En esa década se publicaron 160 obras que incluían la palabra Franco en su título, aunque fuese para hablar de otra cosa (Ramón Tamames tituló su obra sobre Primo de Rivera: Ni Mussolini ni Franco: la dictadura de Primo de Rivera y su tiempo). “Creo que ha habido una sobreoferta, donde el libro malo ha ocupado el mismo espacio que el libro bueno en la mesa de novedades y al final lo hemos quemado. Yo noto la saturación en la caída de ventas y en la bajada de la calidad de los originales que me llegan”, expone Carmen Esteban, responsable de la editorial Crítica, que ha mimado especialmente en su catálogo la historia de España en el siglo XX.
El auge fue lógico. Tres décadas después de la muerte los historiadores habían culminado numerosas investigaciones que arrojaban más luz sobre el régimen. Además, en 2007 se aprobó la Ley de la Memoria Histórica, corolario político a toda una corriente ciudadana interesada en la recuperación y el descubrimiento del pasado cercano. Pero el apetito parece saciado. “Creo que el personaje está ya suficientemente tratado y que no merece la pena salvo que venga de un fuera de serie”, indica Carlos Pascual, editor de Marcial Pons.
En los últimos cinco años, los títulos sobre Franco se han reducido drásticamente (27 obras, según datos de la consultora Nielsen a los que ha accedido este diario). Los que triunfan son libros benévolos con el dictador, bien porque ofrecen revisiones de la Historia complacientes con el personaje, bien porque son nostálgicos retratos familiares. De hecho, el libro más vendido desde 2008 han sido las memorias de Carmen Franco escritas por Jesús Palacios y Stanley G. Payne: Franco, mi padre. El firmado por su nieto Francisco Franco Martínez-Bordiú, La naturaleza de Franco. Cuando mi abuelo era persona, se colocó también entre los más solicitados, aunque las tiradas actuales son más modestas.
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“Como es evidente, Franco es un personaje fundamental en la historia de España, pero creo que hay personajes contemporáneos con más atractivo comercial como el rey Juan Carlos. Puede tener interés si se hace un ensayo serio y completo, pero no se lo veo si se trata de un libro menor de cotilleos”, plantea Miguel Aguilar, editor de Debate, que confía en publicar una versión actualizada de la biografía que firmó el hispanista Paul Preston en 1994. Esta es la obra que varios editores (Carlos Pascual, Carmen Esteban o María Cifuentes, de Galaxia Gutenberg, que también destaca la escrita por Juan Pablo Fusi) citan como el estudio más exhaustivo, aunque salió antes del aluvión de investigaciones históricas sobre la represión del régimen.
Entre 2000 y 2009 se publicaron 160 obras. Desde entonces, sólo 27
Stanley G. Payne, su último biógrafo y catedrático emérito de Historia en la Universidad de Wisconsin-Madison, considera que “nunca” habrá una biografía definitiva de alguien como Franco, aunque defiende la suya como “la más objetiva y auténtica hasta la fecha”. Tacha de “hagiografías” las de Ricardo de la Cierva y Luis Suárez, el historiador que desató la gran polvareda sobre el Diccionario Biográfico Español como redactor de una reseña donde se negaba a retratarle como un dictador, pero también la de Preston. “Tenía mejor forma como biografía profesional, aunque era igualmente parcial”, explica por correo electrónico.
El ensayo de Payne y Palacios se presenta como “una obra ajena a las convicciones partidistas, tanto de los franquistas como de los antifranquistas”, pero algunos de sus planteamientos se acercan al revisionismo. “La insurrección y la Guerra Civil fueron provocadas deliberadamente por la izquierda, y habrían tenido lugar igualmente con la participación de Franco o sin ella”, afirman en sus conclusiones. “Debe tenerse en cuenta que fue el Frente Popular, y no Franco, el que creó unas condiciones de guerra civil haciendo un uso arbitrario del poder en 1936”, añaden. Por correo, el hispanista expone que el Gobierno republicano tuvo una responsabilidad similar a la de los militares sublevados en el inicio de la guerra.
En su comparación histórica sobre la corrupción, Payne y Palacios dejan bien parada la etapa franquista: “Después de los años cuarenta no se produjo nada equiparable a la masiva y directa corrupción de los gobiernos socialistas o de centro derecha. Y esto viene siendo así porque en la España formalmente democrática desde 1977 se ha instalado un sistema de corrupción sin límite que afecta a todas sus instituciones”. En el libro, que manejó documentación del archivo de la Fundación Francisco Franco (también accesible en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca), se concluye que Franco “podría considerarse no solo el gobernante individual más poderoso de la historia de España, sino también el modernizador definitivo de su país y el líder que alcanzó mayor éxito de todos los aspirantes a las ‘dictaduras de desarrollo’ del siglo XX”.

Los 10 más vendidos desde 2008

El sector editorial es opaco. No hay cifras sobre ventas fiables al cien por cien, pero las estadísticas de la consultora Nielsen aportan cierta claridad sobre el comportamiento del mercado editorial. Estos son los datos que registra sobre ventas de libros que abordan la figura de Franco o su régimen desde 2008.
Franco, mi padre. Memorias de Carmen Franco (La esfera de los libros). Jesús Palacios y Stanley G. Payne. 33.627 ejemplares.
Franco confidencial (Destino). Pilar Eyre. 23.337
Franco para antifranquistas (Altera). Pío Moa. 10.040
La naturaleza de Franco (La esfera de los libros). Francisco Franco Martínez-Bordiú. 9.456
Historia del franquismo (Planeta). César Vidal. 6.190
Franco: caudillo de España (Debolsillo). Paul Preston. 5.961
Franco y Hitler (La esfera de los libros). Stanley G. Payne. 5.545
La conspiración del general Franco (Crítica). Ángel Viñas. 5.238
La vida privada de Franco: confesiones del monaguillo del palacio del Pardo (Almuzara). Juan Cobos Arévalo. 4.522
El mito de la cruzada de Franco (Debolsillo). Herbert R. Southworth. 3.256

El lector siempre tiene razón

La digitalización nos facilita unos instrumentos inapreciables para estar en contacto, valorar y comprender ese mercado 
Lectora  de Frederic Lord./elpais.com
Un debate entre periódicos buenos y no tan buenos puede resultar sumamente equívoco. Los periódicos mal hechos se identifican con gran facilidad; pero no tanto los que estén bien. Por eso yo prefiero hablar de adecuados e inadecuados, porque un periódico no existe nunca en el vacío, sino que es producto y está dirigido a una comunidad o comunidades determinadas. El periódico que no sea capaz de establecer esa conexión es claramente inadecuado, e importa poco que esté bien escrito, que técnicamente sea correcto, o que despliegue los mejores colaboradores del vecindario; igualmente, un diario aunque no esté tan bien escrito y cometa errores de técnica profesional, puede alcanzar algún grado de conexión con el medio, y por ello será más adecuado que el anterior.
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A mediados de los años noventa, caído ya el doble muro, Berlín (1989) y el propiamente soviético, estuve invitado en Moscú por un Instituto de Ciencias Políticas de la capital. El encuentro fue apasionante. Jóvenes periodistas rusos estaban descubriendo la libertad de expresión y vetustos diarios que no habían hecho más que chapotear en la langue de bois del régimen se estaban convirtiendo tumba abierta a los nuevos usos de la palabra, un espacio que se ha encogido, sin desaparecer del todo, durante el reinado del presidente Putin. Y uno de los más exaltados de aquellos jóvenes, redactor jefe del nuevo Izvestia, decía con verbo tan incendiario como candoroso que con publicidad no se podía hacer un buen diario. Se refería a una situación muy similar a la que había sufrido secularmente México hasta la apertura informativa de fin del siglo pasado con el presidente Fox: el anunciante pedía directamente al periodista que publicara esto o aquello a cambio de un porcentaje de lo que abonaba al diario por el aviso. La dirección era perfectamente consciente de ello, pero veía la coima como un complemento de salario, que ahorraba plata a la empresa. Carlos Payán, en esa época director de La Jornada, DF, me contaba que su diario, como también Siglo XXI de Jorge Zepeda en Guadalajara, fueron de los primeros en romper con tan malsana disposición.
Pero, ante las palabras del ardoroso periodista pos-soviético, sentí que tenía que intervenir. Y lo hice para decir que un periódico que no tuviera publicidad no podía ser del todo un buen periódico, por muchas excelencias abstractas que contuviera, porque carecía de esa conexión, ese cordón umbilical con el mercado al que se dirigía, aunque por supuesto que todo ello era únicamente válido en tiempos de normalidad económica, porque en la crisis que hoy vivimos en Europa no hay publicidad ni para un remedio. Y va de suyo que no estaba defendiendo el tipo de publicidad chantajista al que hacía referencia el colega ruso.
Hoy podemos saber con certeza inigualable quiénes y por qué nos leen, conocer sus gustos
Hará ya más de 20 años que en un importante país de América Latina apareció un diario que tenía muy buena pinta; que a mí me parecía de fabricación intelectual y técnica excelentes. Pero duró menos de tres meses, y un artículo en la última página anunciaba determinado día, cuando yo casualmente me encontraba en esa parte del mundo, que aquel era el último ejemplar y la razón del cierre era tan sencilla como perentoria: la opinión no había sabido apreciar un producto de semejante calidad. Y sigo creyendo que el diario era muy bueno, pero evidentemente no el más adecuado.
El mundo del periodismo ha cambiado enormemente en los últimos años, y seguirá cambiando hasta hacerse irreconocible para los que vivan para verlo. Pero ya cabe decir que la digitalización nos facilita unos instrumentos inapreciables para estar en contacto, valorar y comprender ese mercado. La misma interacción periódico-lector abre unas perspectivas a las que no se ve el fin. Hoy podemos saber con certeza inigualable quiénes y por qué nos leen, conocer gustos, insatisfacciones del lector; en suma, qué tipo de diario (o tipos) preferiría el mercado, todo lo que es sumamente útil para orientar nuestro trabajo y adecuar el diario. Pero con una salvedad importante. Los mejores diarios de calidad no siguen, sino que desbrozan el camino. Bueno es saber qué opinan los lectores para tenerlo en cuenta, pero no para hacer de ello una nueva Vulgata. El periódico adecuado está al servicio de los lectores, pero no haciendo genuflexiones. Ha de tener su propia visión y versión del mundo, influida, pero nunca maniatada por el mercado. Solo así se hace grande un diario.
Un periódico debe tener su propia visión del mundo, influida, pero no maniatada por el mercado
Siempre he creído que el secreto de las mejores redacciones se expresa en una cifra tótem: peso atómico. Cada diario tiene su peso atómico, un quantum x que expresa una combinación perfecta, y distinta para cada publicación, que cristaliza entre un venero de seniors, no demasiados pero suficientes como levadura de la redacción, maestros que ejercen simplemente siendo quienes son; una masa nuclear de quienes tienen ya mucha carrera a sus espaldas, pero todavía un buen recorrido por delante; y un número apropiado en cada caso de jóvenes sin los que las redacciones se fosilizarían, que sean capaces de aprender de sus mayores, pero también de poner en cuestión los principios cardinales imperantes. Y en nuestro tiempo digital ese número de jóvenes ha de ser creciente y dotado de unos saberes tecnológicos en tanta y tan rápida evolución como su aprendizaje. Si el periodismo ha de perdurar será porque las redacciones del día de hoy, ya no mañana, encuentren su peso atómico ideal para hacer el periódico adecuado.

28.9.14

El cuento del domingo



Marguerite Yourcenar
La leche de la muerte
La larga hilera beige y gris de turistas se extendía por la calle principal de Ragusa; los gorros, las elegantes chaquetas bordadas que se movían con el viento a la entrada de las tiendas, iluminaban los ojos de los viajeros en busca de regalos a buen precio o de disfraces para los bailes de a bordo. Hacía tanto calor como sólo puede hacer en el Infierno. Las montañas desnudas de Herzegovina mantenían a Ragusa bajo el fuego de espejos ardientes. Philip Mild pasó al interior de una cervecería alemana donde algunas moscas gordas zumbaban en una semioscuridad sofocante. Paradójicamente, la terraza del restaurant daba sobre el Adriático que aparecía allí en plena ciudad, en el lugar más inesperado, sin que esa súbita aparición azul sirviera para otra cosa que para añadir un color de más al mosaico de la plaza del mercado. Una peste subía de un montón de desperdicios de pescado que algunas gaviotas casi insoportablemente blancas hurgaban. Ningún viento llegaba del mar. El compañero de camarote de Philip, el ingeniero Jules Boutrin, bebía recargado en un velador de zinc, a la sombra de un parasol color fuego que de lejos parecía una naranja flotando sobre el mar.
-Cuéntame otra historia, viejo- dijo Philip dejándose caer pesadamente en una silla. -Necesito un whisky y un buen relato frente al mar… El relato más hermoso y el menos verosímil posible que me haga olvidar las mentiras patrióticas y contradictorias de algunos periódicos que acabo de comprar en el malecón. Los italianos insultan a los eslavos, los eslavos a los griegos, los alemanes a los rusos, los franceses a Alemania y casi del mismo modo a Inglaterra. Imagino que todos tienen razón. Hablemos de otra cosa. ¿Qué hiciste ayer en Scutari donde estabas tan ansioso por ir a ver no sé qué turbinas?
-Nada -dijo el ingeniero-. Aparte de echar un vistazo a unos torpes trabajos de la presa, dediqué la mayor parte de mi tiempo a buscar una torre. He escuchado a tantas ancianas servias contarme la historia de la torre de Scutari, que necesitaba localizar sus gastados ladrillos para ver si no tienen una marca blanca. Pero el tiempo, las guerras y los campesinos de los alrededores, preocupados por consolidar las paredes de sus granjas, la demolieron piedra por piedra y su memoria ya no se mantiene sino en los cuentos… A propósito, Philip, ¿eres lo suficientemente afortunado para tener lo que se llama una buena madre?
-Qué pregunta -respondió negligentemente el joven inglés-. Mi madre es hermosa, delgada, distinguida, resistente como el espejo de una vitrina. ¿Qué otra cosa te puedo decir? Cuando salimos juntos me toman por su hermano mayor.
-Eso es. Eres como todos nosotros. Cuando pienso que algunos idiotas suponen que nuestra época carece de poesía, como si no tuviera sus surrealistas, sus profetas, sus estrellas de cine y sus dictadores. Créeme, Philip, de lo que carecemos es de realidades. La seda es artificial; los alimentos detestablemente sintéticos se parecen a esa copia de alimentos con los que llenan a las momias, y las mujeres ya no toleran la tristeza ni la vejez. Sólo en las leyendas de países semibárbaros se pueden encontrar todavía esas criaturas colmadas de leche y lágrimas de las que uno estaría orgulloso de ser hijo… ¿Dónde oí hablar de aquel poeta que no podía amar a ninguna mujer porque en otra vida había conocido a Antígona? Un hombre como yo. Algunas docenas de madres y enamoradas, desde Andrómaca hasta Griselda, me han vuelto exigente frente a esas muñecas irrompibles que pasan por ser la realidad.
“Isolda como amante y, por hermana la dulce Aude… Sí, pero la que yo hubiera querido por madre es una muchacha de una leyenda albanesa, la mujer de un joven noble de por aquí.”
“Eran tres hermanos que trabajaban en construir una torre desde donde pudieran observar a los invasores turcos. Todos los días una de sus mujeres les llevaba de comer. Se habían dedicado ellos mismos al trabajo, ya porque la mano de obra fuera escasa, cara, o porque como buenos campesinos no confiaran sino en sus propios brazos. Sin embargo, cada vez que lograban llevar lo suficientemente bien el trabajo para colocar un montón de hierbas en el tejado, el viento de la noche y las brujas de la montaña tiraban su torre como Dios hizo derrumbar Babel. Hay muchas razones para que una torre no se mantenga en pie, se puede inculpar a la torpeza de los obreros, a lo difícil del terreno o a la mala calidad del cemento que se utiliza. Pero los campesinos servios, albaneses o búlgaros no reconocen en este desastre sino una sola causa: saben que un edificio se desploma si no se ha tomado el cuidado de encerrar en su cimiento a un hombre o una mujer cuyo cuerpo llevará hasta el día del Juicio Final este pesado vestido de piedras. Así en Arta, en Grecia, hay un puente donde fue encerrada una joven -aún se ve su cabellera que sale por una fisura y cuelga sobre el agua como una planta rubia.”
“Los tres hermanos comenzaron entonces a mirarse con desconfianza. Incluso cuidaban de no proyectar su sombra sobre el muro sin terminar porque se puede, a falta de algo mejor, encerrar en una obra en construcción a esa obscura prolongación del hombre que probablemente es su alma. Aquél cuya sombra es hecha prisionera, muere como un desdichado enfermo de una pena de amor.
Durante la noche cada uno de los tres hermanos se sentaba lo más lejos posible del fuego por miedo a que alguno se aproximara silenciosamente por detrás, echara una bolsa de tela sobre su sombra y la llevara semiasfixiada como un pichón negro. Su entusiasmo en el trabajo disminuía y la angustia, que ya no la fatiga, bañaba de sudor sus rostros cafés. Por fin un día, el mayor de los hermanos reunió a su alrededor a los otros dos y les dijo:
-Hermanos, hermanos por la sangre, la leche y el bautizo, si nuestra torre permanece inconclusa los turcos se arrastrarán de nuevo por las orillas de este lago ocultos entre las cañas. Violarán a nuestras criadas, quemarán en nuestros campos la esperanza del pan futuro, crucificarán a nuestros siervos en los espantapájaros levantados en los vergeles que se transformarán así en alimento para los cuervos. Hermanos míos; los unos necesitamos de los otros y no hay razón para que el trébol pierda una de sus tres hojas. Pero cada uno de nosotros tiene una mujer joven y vigorosa cuyos hombros y hermosa nuca están acostumbrados a cargar bultos. No decidamos nada, hermanos, dejemos la elección al Azar, ese prestanombres de Dios. Mañana al amanecer tomaremos para enterrarla en los cimientos a aquélla de nuestras mujeres que venga a traernos de comer. No les pido sino el silencio de una noche, y no besemos con demasiadas lágrimas y suspiros a la que, después de todo, tiene dos oportunidades sobre tres de respirar todavía cuando el sol se oculte.
“Para él era fácil hablar así, pues en secreto detestaba a su joven mujer y quería deshacerse de ella para tomar en su lugar a una hermosa muchacha griega que tenía los cabellos rojos. El segundo hermano no hizo ninguna objeción porque contaba con prevenir a su mujer desde su regreso, y el único que protestó fue el más joven porque tenía la costumbre de mantener sus promesas. Conmovido por la magnanimidad de sus hermanos mayores que renunciaban en favor de la obra común a lo más querido que tenían en el mundo, terminó por dejarse convencer y prometió callarse toda la noche.
“Regresaron a las tiendas a esa hora del crepúsculo en que el fantasma de la luz muerta merodea todavía por los campos. El segundo hermano llegó a su tienda de muy mal humor y ordenó rudamente a su mujer que le ayudara a quitarse las botas. Cuando estuvo sentada frente a él, le tiró los zapatos en plena cara y gritó:
-Hace ocho días que llevo la misma camisa y llegará el domingo sin que me pueda poner algo limpio. Maldita fodonga, mañana desde el amanecer irás al lago con tu canasto de ropa y te quedarás ahí hasta la noche, entre tu jabón y tu bandeja. Si te alejas el largo de un pie, morirás.
“Y la joven mujer prometió temblando lavar durante todo el día siguiente.
“El hermano mayor regresó a su casa dispuesto a no decir nada a su esposa cuyos besos lo ahogaban y de la que ya no le gustaba su flácida belleza. Pero tenía una debilidad: hablaba en sueños. La abundante matrona albanesa no durmió esa noche pensando qué habría podido disgustar a su señor. De pronto escuchó a su marido mascullar, al jalar el cobertor:
-Ah, corazón, dulce corazón de mí mismo, pronto serás viudo… Cómo estaremos tranquilos separados de la morena por los buenos ladrillos de la torre.
“El más joven regresó a su tienda pálido y resignado como un hombre que ha encontrado en el camino a la misma Muerte, guadaña al hombro, yendo por su cosecha. Besó a su hijo que dormía en la cuna de mimbre, tomó dulcemente entre sus brazos a su joven mujer, y durante toda la noche ella lo escuchó sollozar contra su corazón. La discreta joven no le preguntó la causa de esa gran pena, porque no quería obligarlo a hacerle confidencias y no necesitaba saber cuáles eran sus penas para tratar de consolarlas.
“A la mañana siguiente los tres hermanos tomaron sus picos y sus martillos y partieron con dirección a la torre. La mujer del segundo hermano preparó su canasto de ropa y fue a arrodillarse ante la mujer del hermano mayor:
-Hermana -dijo-, querida hermana, es mi día de llevar la comida a los hombres; pero mi marido me ha ordenado bajo pena de muerte lavar sus camisas y mi canasto está repleto.
-Hermana, querida hermana, dijo la mujer del mayor, llevaría con gran gusto la comida de nuestros hombres, pero un demonio se escondió esta noche dentro de uno de mis dientes. Ay, ay, ay, sólo sirvo para gritar de dolor.
“Y aplaudió sin ceremonia para llamar a la mujer del más joven:
-Mujer de nuestro hermano pequeño -dijo-, querida mujercita del más joven, lleva en nuestro lugar la comida para nuestros hombres pues el camino es largo, nuestros pies están cansados y nosotras somos menos jóvenes y menos ligeras que tú. Ve, querida, y llenaremos tu canasta de buenas viandas para que nuestros hombres te reciban con una sonrisa, mensajera que les quitará el hambre.
“Y llenaron la canasta de pescados confitados con miel y uvas de Corinto, de arroz envuelto en hojas de parra, de queso de cabra y pasteles de almendra salada. La joven mujer puso tiernamente a su hijo en los brazos de sus nueras y se fue por el camino sola, con su fardo sobre la cabeza y su destino alrededor del cuello, como una medalla bendita e invisible para todos, sobre la que el mismo Dios hubiera escrito a qué clase de muerte estaba destinada y a qué lugar en su cielo.
“Cuando los tres hombres la vieron a lo lejos, pequeña silueta aún indistinta, corrieron hacia ella; los dos primeros inquietos por el buen éxito de su estratagema y el más joven rogando a Dios. El mayor lanzó una maldición al descubrir que no era su matrona y el segundo agradeció al Señor en voz alta por haber salvado a su lavandera. Pero el más joven se arrodilló, rodeando con sus brazos la cadera de su joven mujer, y sollozando le pidió perdón. Enseguida se arrastró a los pies de sus hermanos y les suplicó tener piedad. En fin, se levantó e hizo brillar al sol el acero de su puñal. Un martillazo en la nuca lo derrumbó, jadeante, al borde del camino. La joven, asustada, había dejado caer su canasta y la comida llegó hasta los hocicos de los perros. Cuando por fin comprendió de qué se trataba, levantó las manos al cielo:
-Hermanos a los que nunca he faltado, hermanos por la sortija de matrimonio y la bendición del padre, no me hagan morir. Mejor avisen a mi padre, que es jefe de clan en la montaña; él les procurará mil sirvientes que ustedes podrán sacrificar. No me maten, amo tanto la vida. No coloquen entre mi amado y yo la frialdad de la piedra.
Bruscamente enmudeció al darse cuenta de que su joven marido, tirado al borde del camino, no movía los párpados y que sus cabellos negros estaban sucios de sangre y pedazos de cerebro. Entonces, sin gritos y sin lágrimas, se dejó conducir por los dos hermanos hasta el hueco abierto en la muralla redonda de la torre. Ya que ella iba a la muerte por su propio pie, podía ahorrarse el llanto. Pero en el momento en que ponían el primer ladrillo sobre sus pies, calzados con sandalias rojas, recordó a su hijo que tenía la costumbre de mordisquear sus zapatos como un cachorro juguetón. Algunas lágrimas tibias rodaron por sus mejillas y vinieron a confundirse con el cemento que la cuchara extendía sobre la piedra:
-Ay, mis pies -dijo ella0-. Ya no me llevarán hasta la cima de la colina para que mi amado me vea más pronto. Ya no conocerán la frescura del agua corriente; sólo los ángeles los lavarán en la mañana de la Resurrección.
“La pila de ladrillos y de piedras se levantó hasta sus rodillas cubiertas por un faldón amarillo. Erguida, en el fondo de su tumba parecía una virgen parada detrás de su altar.
-Adiós, queridas rodillas -dijo la joven mujer-. Ya no mecerán a mi niño; sentada bajo el vergel que a la vez da sombra y alimento, ya no les daré frutas.
“El muro se elevó un poco más arriba y la joven continuó:
-Adiós, queridas manos que cuelgan a lo largo de mi cuerpo, manos que ya no harán la comida, manos que ya no tejerán la lana, manos que ya no estrecharán el cuerpo de mi amado. Adiós, cadera mía y tú, mi vientre, que ya no conocerás ni el parto ni el amor. Niños que yo hubiera podido traer al mundo, hermanos que no tuve el tiempo de dar a mi hijo único. Ustedes me acompañarán en esta prisión que me sirve de tumba donde permaneceré de pie, sin sueño, hasta el día del Juicio Final.
“El muro llegaba ya al pecho. En ese momento un escalofrío recorrió el torso de la mujer y sus ojos suplicantes tuvieron una mirada parecida al gesto de dos manos tendidas.
-Cuñados -dijo ella-, por consideración no para mí sino para su hermano muerto, piensen en mi hijo y no lo dejen morir de hambre. No encierren mi pecho, hermanos, que mis dos senos queden accesibles bajo mi blusa bordada y que todos los días me traigan a mi hijo al amanecer, al mediodía y con el crepúsculo. Mientras me queden algunas gotas de vida, resbalarán hasta la punta de mis dos tetas para alimentar al niño que yo traje al mundo. El día que no tenga más leche beberá mi alma. Háganlo, malos hermanos, y si así lo hacen mi querido marido y yo no les haremos ningún reproche el día en que nos encontremos frente a Dios.
“Asustados, los hermanos consintieron en satisfacer este último deseo y dejaron un espacio de dos ladrillos a la altura de los senos. Entonces, la joven mujer murmuró:
-Hermanos queridos, coloquen sus ladrillos delante de mi boca porque los besos de los muertos atemorizan a los vivos, pero dejen una ranura delante de mis ojos para que pueda ver si mi leche le sirve a mi hijo.
“Lo hicieron como ella lo había dicho y dejaron una ranura horizontal a la altura de los ojos. Con el crepúsculo, a la hora en que su madre tenía costumbre de amamantarlo, llevaron al niño por el camino polvoriento bordeado de arbustos bajos que servían de alimento a las cabras. La emparedada saludó la llegada del bebé con gritos de alegría y bendiciones para los dos hermanos. Chorros de leche corrieron de sus senos duros y tibios, y cuando el niño, hecho de la misma substancia de su corazón, quedó dormido contra su pecho, cantó con una voz que amortiguaba el muro de ladrillos. En el momento en que su bebé se separó del pecho, ordenó que se le regresara al campamento para dormir; toda la noche la dulce canción se escuchó bajo las estrellas y entonada a la distancia esta melodía bastaba para no dejarle llorar. A la mañana siguiente ya no cantaba, fue con voz débil que preguntó cómo había pasado la noche Vania. Al otro día se calló, pero respiraba todavía pues sus senos, animados por su aliento, subían y bajaban imperceptiblemente en su encierro. Días más tarde su respiración fue a hacerle compañía a su voz, pero sus senos inmóviles no habían perdido nada de su dulce abundancia de manantial y el niño, dormido en el hueco de su pecho, escuchaba todavía su corazón. Después, este corazón tan bien conciliado con la vida espació sus latidos. Sus ojos lánguidos se apagaron como el reflejo de las estrellas en una cisterna sin agua; por la ranura se veían ahora dos pupilas vidriosas que ya no miraban al cielo. A su vez, estas pupilas se licuaron y dejaron el lugar a dos órbitas vacías sólo habitadas por la Muerte, mas el joven pecho permanecía intacto y durante dos años, con la aurora, al mediodía y con el crepúsculo, la milagrosa abundancia continuó hasta que el niño, más grande, se alejó por sí mismo del pecho.
“Entonces solamente las tetas agotadas se desmoronaron y no hubo en el reborde de ladrillos sino un puñado de cenizas blancas. Durante algunos siglos las madres conmovidas vinieron a seguir con el dedo las huellas dejadas por la leche maravillosa. Después, la misma torre desapareció y el peso de las bóvedas dejó de aplastar ese ligero esqueleto de mujer. En fin, los mismos huesos frágiles se dispersaron y ya no queda aquí sino un viejo francés, asado por este calor del demonio, que repite al primer llegado esta historia digna de inspirar a los poetas tantas lágrimas como la de Andrómaca.
“En ese momento una gitana cubierta con una espantosa y dorada sarna se aproximó a la mesa en que estaban acodados los dos hombres. Llevaba en sus brazos a un niño que tenía los ojos cubiertos con un vendaje hecho de andrajos. Dobló la espalda con el insolente servilismo característico de las razas miserables o imperiales, y sus faldones amarillentos barrieron la tierra. El ingeniero la alejó rudamente sin preocuparse por su voz que subía del tono de la súplica al de la maldición. El Inglés la volvió a llamar para darle un dinar
¿Qué te pasa, viejo soñador? -dijo con impaciencia-. Sus senos y sus collares bien valen los de tu heroína albanesa. Y el niño que la acompaña está ciego.
-Yo conozco a esa mujer, respondió Joseph Boutrin. Un médico de Ragusa me contó su historia. Hace meses que aplica a su hijo emplastos que le inflaman los ojos y apiadan a los pasantes. Todavía ve, más pronto será lo que ella desea: un ciego. Esa mujer tendrá entonces su comida segura para toda la vida, porque el cuidado de un enfermo es una profesión lucrativa. Hay de madres a madres.
Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislaine Cleenewerck de Crayencour nació en Bruselas (Bélgica). Su madre, Fernande de Cartier de Marchienne,2 que provenía de una familia aristocrática belga, murió a los diez días de su nacimiento por complicaciones en el parto, y la niña fue educada por su padre, Michel-René Cleenewerck de Crayencour, que provenía de una familia aristocrática francesa, en la casa de la abuela paterna, en el norte de Francia, Mont Noir, cerca de la frontera con Bélgica. Yourcenar leía a Racine y a Aristófanes a la edad de ocho años. Su padre le enseñó latín a los 10 y griego clásico a los 12.
A partir de 1919 abandona su apellido real y empieza a firmar como Marguerite Yourcenar, siendo éste un anagrama de Crayencour. Su primera novela, Alexis, fue publicada en 1929. En 1939, para que pudiera escapar de los problemas bélicos, su mejor amiga en ese momento, una traductora norteamericana llamada Grace Frick a la que había conocido en París en 1937, la invita a Estados Unidos, donde dará clases de Literatura comparada en la ciudad de Nueva York. Yourcenar era bisexual,3 ella y Frick se harán amantes y seguirán juntas hasta la muerte de ésta en 1979 a consecuencia de un cáncer de mama.4
Tradujo al francés Las olas de Virginia Woolf, en 1937, Lo que Maisie sabía de Henry James, en 1947, y obras de Yukio Mishima.
En 1947 obtuvo la nacionalidad norteamericana. En 1951 publica en París su muy documentada novela histórica Mémoires d'Hadrien (en español Memorias de Adriano), en la que estuvo trabajando a lo largo de una década. La novela fue un éxito inmediato y tuvo una gran acogida por parte de la crítica. Su presentación fue el motivo para volver a Francia después de doce años de ausencia.
En Memorias de Adriano, Yourcenar recrea la vida y muerte de una de las figuras más importantes del mundo antiguo, el emperador romano Adriano. La obra está escrita a modo de larga carta del emperador a su nieto adoptivo y futuro sucesor, Marco Aurelio. Adriano le explica su pasado, describiendo sus triunfos, su amor por Antinoo y su filosofía. Memorias de Adriano fue una novela pionera que ha servido de influencia en la posterior novelística histórica y se ha convertido en una obra maestra moderna.
En 1965 publica su obra "Opus Nigrum"-La obra en negro-, que lleva como protagonista al médico, filósofo y alquimista Zenón, de ambiente en la Europa del siglo XVI. Marguerite marca la transición entre la Edad Media y el Renacimiento. Zenón es un sabio con "La rabia del saber" que se ve expuesto a los prejuicios, dogmas religiosos y supersticiones fuertemente arraigados en el pensamiento Europeo de aquel siglo.
Otra de sus obras más aclamadas es "Fuegos", escrita en 1935, y que alterna relatos basados en mitos clásicos con algunos fragmentos sobre la pasión amorosa, he aquí unos cuantos fragmentos extraídos de este libro:
-"Espero que este libro no sea leído jamás". -"Soledad...yo no creo como ellos creen, no vivio como ellos viven,no amo como ellos aman...Moriré como ellos mueren". -"No hay nada que temer. He tocado fondo. No puedo caer más bajo que tu corazón". -"¿Adónde huir? Tú llenas el mundo. No puedo huir más que en ti". -"Soporto tus defectos. Uno se resigna a los defectos de Dios. Soporto tu ausencia. Uno se resigna a la ausencia de Dios".
Ganadora de los premios Femina y Erasmus, en 1980 fue la primera mujer elegida miembro de número de la Academia francesa, aunque desde 1970 ya pertenecía a la Academia belga. Una de las más respetadas escritoras en lengua francesa, tras el éxito de Memorias de Adriano, siguió publicando novela, ensayo, poesía y tres volúmenes de memorias.
Existe una anécdota ya bien conocida del encuentro de esta autora con el célebre escritor Jorge Luis Borges. En 1986, seis días antes de la muerte de Borges, estos dos autores se encontraron en Ginebra, donde Marguerite le preguntó:"Borges,¿cuándo saldrás del laberinto". Él le respondió:"Cuando hayan salido todos".
Lápida de Marguerite Yourcenar
Yourcenar vivió la mayor parte de su vida en su casa Petite Plaisance, en Mount Desert Island, en el estado de Maine, y sus restos descansan en la misma isla junto a los de la compañera de toda su vida Grace Frick,5 en una sencilla tumba en el Brookside Cemetery de Somesville[2].6 La casa de ambas es ahora un museo dedicado a su memoria, abierto al público durante los veranos.
Legó sus archivos personales y literarios a la Harvard University de Cambridge. En su Houghton Library pueden ser consultados libremente miles de cartas, fotografías y manuscritos (cf. Marguerite Yourcenar additional papers: Guide), excepto algunos documentos, que quedarán liberados en 2057. En Bruselas, su ciudad natal, existe también, desde 1989, el CIDMY: Centre International de Documentation Marguerite Yourcenar, que atesora numerosos fondos gráficos y escritos y ofrece información puntual sobre actividades y publicaciones relacionadas con la afamada autora.
Semblanza biográfica:Wikipedia. Texto: El cuento del día.Foto:sinjania.es

27.9.14

En septiembre Bogotá sigue y es literatura

Bogotá sigue disfrutando durante este mes una agenda nutrida de eventos enmarcados en el ámbito de la Literatura. Con Septiembre Literario los capitalinos viven una experiencia fantástica, divertida, misteriosa, romántica e histórica, como la vida misma
Hoy, Parque Nacional, desde las 10:am a las 6:pm/idartes.gov.co


La gerencia de Literatura del Idartes presenta, para esta segunda quincena del mes de septiembre, diferentes actividades enmarcadas bajo Septiembre Literario, la agenda que ha mantenido a los bogotanos viviendo la literatura.  En esta ocasión les contamos sobre Lectura Bajo Los Árboles y Bogotá Contada 2.0
Lectura bajo los Árboles

Lectores, escritores, editores, libreros y otros actores de la cadena del libro se darán cita, por cuarto año consecutivo este 27 de septiembre en el Parque Nacional para encontrarse, conversar y disfrutar entorno a los libros y la literatura. Narradores y poetas, reconocidos e inéditos, leerán sus textos en voz alta. Habrá talleres de ilustración y de cómic, Picnic Literario, Trueque El Libro, librerías itinerantes, espacio para carpas institucionales, concursos, música y lecturas dramáticas. Este evento busca acercar a los habitantes de la capital a una oferta bibliográfica de primera calidad a través de la venta, el préstamo y el trueque, propiciar un uso creativo del espacio público y ofrecer espacios de reflexión y práctica en torno a la literatura, el fomento del libro y la promoción de lectura.

A las 10 a.m. se prenden los motores en la tarima principal con el concierto de rock "De la Cuna a La Jungla" a cargo de Rokcito. También se desarrollará el ya tradicional concurso para los gomosos de la palabra la Word Cup. En este mismo escenario, a las 11:00 a.m. se rendirá un homenaje a escritores a cargo de reconocidos artistas y directores colombianos como Sergio Cabrera, Fabio Rubiano, Santiago Moure, Iván López, Sebastián Eslava, entre otros. A las 2:00 p.m. se presentará María del Sol y Canta Claro con el concierto "No te vayas a aburrir" y posteriormente inician las lecturas recomendadas en donde artistas de distintas disciplinas recetan obras literarias según estados de ánimo, ocasiones especiales e intereses variados. Esta actividad estará en manos de Nicolás Consuegra, Álvaro González Villamarín "El Profe" y Mario Duarte, entre otros.

Si le gusta la ilustración y el cómic, no se pierda los talleres en las instalaciones del Bloque Pedagógico del Parque. A las 11:00 a.m. inicia esta jornada con el taller de ilustración para niños y familias con Rafael Yockteng y a las 2:00 p.m., elaboración de cómic con el invitado Ave Negra Cómics.

La Fuente del Parque será el epicentro para la poesía. Habrá taller de marimba, poesía rapeada y cantada, micrófono abierto y lectura en voz alta a cargo de reconocidos poetas como Álvaro Miranda, José Luis Díaz-Granados y Margarita Mejía, entre otros. A las 03:00 p.m. el Teatro El Parque presentará la obra "Canta y Cuenta Historias de Macondo", de Pilar Ternera.


Bogotá Contada 2.0

Siguiendo la exitosa experiencia vivida el año pasado vuelve Bogotá Contada, esta vez bajo el título Bogotá Contada 2.0. Iniciamos este año con la visita del autor mexicano Élmer Mendoza y de la escritora y guionista cubana Wendy Guerra. Del 23 al 28 de septiembre, caminará las calles de la capital el escritor y periodista boliviano Rodrigo Hasbún, elegido en 2010 como uno de los 22 mejores escritores de habla hispana menor de 35 años por la revista británica Granta. ¿Qué nos contarán todos ellos? Bogotá Contada 2.0 será un Libro al Viento el próximo año, allí sabremos cómo nos leen estos escritores hispanoamericanos y qué quisieron contarnos sobre Bogotá. Si usted quiere conocer y dialogar con estos autores puede asistir a los conversatorios que se realizan en bibliotecas y librerías de la ciudad.

Escritor a cadena perpetua

Un sicario de la mafia siciliana que lleva 23 años preso presenta en la cárcel un libro sobre su vida. El relato fue galardonado con el Premio Leonardo  Sciascia de novela
Giuseppe Grassonelli, a la derecha, sostiene el premio. Junto a él, Carmelo Sardo. / Daniele Pace./elpais.com

Los dos son de Sicilia, del mismo pueblo, casi de la misma edad, pero no habían llegado a conocerse cuando, hace ya un cuarto de siglo, uno de ellos, Giuseppe Grassonelli, se convirtió en sicario durante una feroz guerra de mafias, y el otro, Carmelo Sardo, redactaba sus primeras crónicas como periodista de sucesos en una televisión local. Cada vez que Grassonelli, que por aquel sangriento entonces se escondía bajo el nombre de Antonio Brasso, cometía un asesinato, tenía la costumbre de sentarse frente al televisor para comprobar que no había errado ni el tiro ni la identidad de la víctima. Y era el joven Sardo —del mismo pueblo, casi de la misma edad— quien se lo contaba en directo desde el lugar del crimen. Ahora han escrito un libro juntos, Malerba (Mala hierba, publicado en Italia por Mondadori), que ha ganado —por votación popular— el último premio Leonardo Sciascia de novela


Carmelo Sardo sigue siendo periodista. Giuseppe Grassonelli fue detenido y condenado a cadena perpetua. Ha pasado 23 de sus 49 años de vida en la cárcel. “De vida, no”, puntualizaba ayer en la prisión de alta seguridad de Sulmona, una ciudad de 25.000 habitantes en la región de los Abruzos. “En la cárcel no se vive, solo se existe. La vida es otra cosa. Yo no puedo devolver la vida a los que se la quité. Si acaso les estoy devolviendo el tributo de la muerte blanca que es la cadena perpetua. La vida sin existencia de las plantas”.
Grassonelli escribió la obra junto al reportero que relataba sus crímenes por televisión
Grassonelli ya no es el “bárbaro criminal” —según propia definición—que, en el verano de 1986, con apenas 20 años, decidió participar a tiro limpio en una guerra de familias de la Cosa Nostra. Su abuelo, su tío y su mejor amigo fueron aniquilados. Él estaba llamado a ser el siguiente y, de hecho, resultó herido en una emboscada, pero la policía llegó a tiempo de cambiarle la muerte por una vida entre rejas. Nada más ser detenido se dio cuenta de que “el Estado siempre gana”, así que renunció a su defensa y admitió su culpa, pero se negó a arrepentirse —“en aquella Sicilia todos fuimos víctimas”— y a colaborar con la ley, lo que le supuso el régimen carcelario más duro: 22 horas de aislamiento al día.
Grassonelli se dedicó a estudiar y pasó de ser casi un analfabeto a licenciarse en Letras. Un día, el profesor de Nápoles Giuseppe Ferraro fue a visitarlo y le dijo: “Los delitos quedan, pero las personas cambian. Cuando se escribe, se habla con uno mismo. Y el futuro es el relato que haremos en pasado de nuestro presente. Escribe tu historia”. Fue entonces cuando Grassonelli, de nuevo sentado frente al televisor, se acordó de aquel muchacho siciliano que contaba sus crímenes en el verano de 1986. Lo llamó, le contó su vida y le pidió —durante dos horas en las que no le soltó las manos— que le ayudase a escribirlo todo.
Desde aquel chaval travieso al que ya sus padres llamaban Malerba y que enviaron a Alemania en un intento de engañar al destino al hombre preso de ahora, sin olvidar ni una coma del capo sanguinario. El resultado es un libro que, gracias a un permiso del Ministerio de Justicia, Grassonelli y Sardo pudieron presentar ayer en la cárcel de alta seguridad. Como testigos, algunos de los 500 reclusos —170 con cadena perpetua y el resto con largas condenas— y unos muchachos de un instituto cercano: “Antes de que vosotros naciérais, yo ya estaba en la cárcel. Cuidad vuestra libertad. Aquí solo se escuchan puertas que se abren y se cierran”.

En la cama con Onetti

Casa de América y el Museo del Escritor conmemoran el vigésimo aniversario de la muerte del escritor con una exposición de sus objetos íntimos
Juan Carlos Onetti apuntando con uno de sus revólveres de juguete, 1993. /Dolly Onetti./elcultural.es

Este año se han cumplido 20 de la muerte de Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909 - Madrid, 1994). El Museo del Escritor y Casa de América han querido aprovechar la efeméride para recordar al autor de La vida breve, que pasó sus últimos 20 años de vida en Madrid, con una exposición titulada Reencuentro con Onetti: veinte años después, que puede visitarse hasta el 15 de noviembre en Casa de América.

La muestra recrea el ámbito más personal del escritor gracias a casi trescientos objetos personales, nunca antes expuestos al público. Desde su cama, donde tantas horas dedicó a la lectura y escritura de sus obras, hasta su correspondencia con otros escritores como Octavio Paz o Gabriel García Márquez, pasando por su máquina de escribir o sus lecturas, con anotaciones personales.

“La exposición reproduce el piso en el que vivió, en Avenida de América, recreando dos ambientes: el salón, donde recibía normalmente a las visitas, y su habitación, donde recibía solamente a los elegidos, a sus amigos más íntimos”, explica Raúl Manrique, director del Museo del Escritor y comisario de la muestra junto a Claudio Pérez Miguez.

En sus últimos años de vida, Onetti pasó casi todo el tiempo en su cama. En el espacio que recrea su habitación pueden verse los libros que tenía en la mesilla de noche en el momento de su muerte, manuscritos de sus obras, su pasaporte o el documento original de su nombramiento como director de Bibliotecas de Uruguay en 1957. También se expone su correspondencia personal y un buen número de fotografías con amigos y otros literatos, como Juan Marsé, Eduardo Galeano, Juan Rulfo o Jorge Luis Borges.

Entre las recreaciones del salón y la habitación, explica Manrique, se ha dispuesto un pasillo con todas las primeras ediciones de las obras de Onetti. También pueden verse numerosos documentos mecanografiados repletos de correcciones manuscritas, “lo que demuestra que en sus últimos años no estaba todo el tiempo leyendo en la cama, como se suele pensar, sino que trabajaba mucho y se preocupaba por la difusión de su obra”, explica Manrique. Esto último lo demuestra, por ejemplo, “una carta escrita a máquina a Carmen Balcells, de la que también se conserva el borrador manuscrito, en la que le preguntaba cuánto dinero iba a pedirle a la editorial Gallimard por la publicación de una obra suya”, apunta el comisario.

La exposición se completa con proyecciones de algunos vídeos de entrevistas realizadas al autor. Una de ellas, bastante extensa, se la realizó su amigo Jorge Ruffinelli en 1973 en Montevideo, otra es de Hortensia Campanella, editora de sus obras completas, en 1990 en Madrid, y le siguen 15 minutos de filmación inédita de una entrevista que le realizó en 1991 un periodista vallisoletano del que no han podido rastrear los datos los comisarios de la muestra.

Onetti se exilió en España por motivos políticos en 1974, huyendo de la dictadura de Bordaberry en Uruguay y después de haber pasado tres meses encarcelado. El motivo fue, simplemente, haber formado parte del jurado del premio literario del semanario Marcha, al que había estado vinculado muchos años y que dejó de publicarse poco después. “El cuento ganador fue considerado pornográfico por las autoridades del país e incluso acusaron al autor de estar relacionado con el asesinato de un policía, ya que en su historia narraba un crimen muy similar a aquél”, explica Manrique. Su entorno consiguió que buena parte de ese tiempo lo pasara en un psiquiátrico en vez de en la cárcel.

Gracias a la presión internacional y a la intercesión del diplomático español Juan Ignacio Tena Ybarra, director del Instituto de Cultura Hispánica, Onetti fue liberado y decidió irse a vivir a España. “Cuando llegó a Madrid, pensaba que su carrera estaba acabada, pero se encontró tan cómodo que siguió escribiendo -Dejemos hablar al viento, Cuando ya no importe, artículos para EFE...- y en esa época recibió sus máximos reconocimientos”. En 1980 recibió el Premio Cervantes, máximo galardón de las letras hispánicas.

La muestra se inaugurará esta tarde con una conversación entre Pérez Miguez y la viuda del escritor, Dolly Onetti, que fue su cuarta y última esposa y ha vuelto a Madrid desde Buenos Aires para la ocasión. El autor de Juntacadáveres tuvo una vida amorosa muy agitada. Se casó por primera vez con su prima María Amalia Onetti, madre de su hijo Jorge. A los tres años se separó y al poco se casó con su otra prima, hermana de la anterior, María Julia Onetti. En 1945 se casó con su compañera de Reuters, Elizabeth María Pekelharing, y diez años después, con Dorothea Muhr (Dolly), que fue su última mujer. “Esas son solo las oficiales, porque Onetti era un seductor nato y ejerció como tal permanentemente. Tenía ese humor y esa personalidad rioplatense que a las mujeres le resulta tan atractivo”, comenta el director del Museo del Escritor.

Austerlitz y yo

Ante la brega de escribir una crítica sobre un libro leído, o releído, el articulista se ha de ubicar en un extraño lugar en el que no cabe la objetividad –ya que toda crítica debe emanar temperatura–, pero tampoco se consiente la extrema implicación del crítico con la obra
 
W.G. Sebald./Jerry Bauer./revistadeletras.net
Ni fervor extremo, ni aversión enfermiza. Ecuanimidad, pero con un necesario color personal, con latidos. El articulista que habla sobre libros –o sobre películas, o sobre restaurantes– ha de situarse a dos o tres palmos de distancia del objeto observado si quiere que sus palabras sean útiles para quien tenga la bondad de pasar sus ojos sobre ellas. Dos o tres palmos: no sumergidos hasta el cuello, tampoco a treinta leguas de distancia.
Confieso que he eliminado varias veces los primeros párrafos con los cuales quería iniciar esta reseña. Nada me resultaba natural, todo era cartón seco, todo me sabía a rancio. Mi tendencia a desplegar un bastimento estilístico a caballo de citas memorables, tips de lectura o reflexiones varias no encajaban del todo en estas líneas dedicadas a Austerlitz (2001) de W. G. Sebald. Además, no puede negarse que es un handicap referirse a una obra sobre la cual todo ya se ha dicho y redicho: las sombras de las palabras pretéritas –recordemos aquel “círculo hermenéutico” de Gadamer– inevitablemente sobrevuelan el trabajo del crítico.
Fue por ello que decidí reiniciar la escritura de estas líneas con un espíritu diferente, ya que no podía evitar que cada escena de Austerlitz trajera a mi conciencia buena parte de mi pasado, de mi historia personal. Pido, pues, disculpas adelantadas a los lectores por el tono de este artículo. Disculpas por utilizar en más de una ocasión la primera persona. Disculpas por introducir referencias personales que quizá a nadie le importe. Disculpas por no haber conseguido ubicarme, como hubiese querido, a dos o tres palmos de la obra.
La quinta y última novela publicada en vida por Winfried Georg Maximilian Sebald puede parecer, a priori, un himno a la esperanza, si tenemos en cuenta la perenne intención del protagonista de querer conocer su verdadera identidad. Sin embargo, yo creo que es un himno a la resignación. El ser, dijera Heidegger, es suceder, acaecer –de accadĕre, cuya etimología proviene del verbo caer–; o sea: el acto de ser viene ligado al de la inherente caducidad, a la entrega a la muerte. Sebald recoge este espíritu al ponernos en nuestras narices la tragedia más amarga de la Historia moderna personificada en un hombre solitario y perdido, sin tierra ni brújula, cuya madre residente en Praga es asesinada por los nazis en el campo de concentración de Theresienstad, su padre huye a Francia sin dejar rastro, y él, a sus cuatro años, es metido en un vagón atestado de niños iguales a él camino a algún país del oeste que lo acoja y lo ponga a salvo. Desde entonces, el pequeño aprende a olvidar su corto pasado junto a un viejo párroco galés y su enfermiza esposa, olvida su lengua materna, erradica recuerdos, recibe el nombre de Dafydd.
Varios años después, descubre que su verdadero nombre es Jacques Austerlitz y que proviene de Praga. Entiende entonces por qué siempre se ha sentido un extranjero de la vida, por qué era invadido a diario por ácidas e inexplicables remembranzas. Es esta la circunstancia que lo empuja a deambular por ciudades europeas en busca de ese yo: en Praga se entrevista con una vieja amiga de su madre; acude a ciudades llenas de eco, a bibliotecas, a museos; en París visita centros de documentación; vaga por las calles de Amberes, de Londres; visita el balneario de Marienbad, el poblado de Terezin… Reconstruye ligeramente la figura de su madre, una bella actriz de variedades. No consigue, empero, dar con datos fehacientes de su padre. En el camino, su apatía por la vida le hace perder el que quizás será el único amor de su vida. Y si bien Austerlitz no claudica en su búsqueda vital, en el fondo, uno, como lector, atisba que en definitiva es una búsqueda sonámbula, el camino hacia una respuesta que no acercará al personaje a ese yo perdido, hacia datos a punto de borrarse para siempre. Austerlitz busca y busca, deambula y se pierde en las calles de cualquier ciudad, camina hacia delante no con esperanza sino con un abatimiento granítico, porque bien sabe que ya nunca podrá asir ese yo arrancado ilegítimamente. Buscar por buscar es lo único que le queda a alguien condenado a convivir con un yo impuesto.
Yo arrancado, yo impuesto
Abro paréntesis. Quien escribe estas líneas nació en un momento y un lugar de la Historia argentina en los que sus raíces fácilmente podrían haberse esfumado: un hospital público de Buenos Aires en el año 1979, justo al lado de una clínica policial, al tiempo que por las calles circundantes deambulaban siniestros Ford Falcon de color verde. Es sabido que, como en otros países latinoamericanos a merced del Plan Cóndor, la dictadura militar de Videla había activado el eugenésico proyecto de erradicar aquello que denominaban “subversión” mediante el secuestro, tortura y asesinato de cualquiera que sea mínimamente sospechoso de oponerse al régimen; y ante tal panorama, las mujeres subversivas que en esos momentos estaban cerca de parir eran el plato más codiciado, porque tras el cautiverio y el alumbramiento solo debían asesinar a la sediciosa madre y entregar el retoño a familias menos contaminadas por tanto zurdaje. Familias que, generalmente, o bien provenían de respetables estirpes militares, o bien eran parejas que entregaban una suma de dinero a cambio del niño, ignorantes –o no tanto– de lo que ocurría allí fuera.
Aunque la dictadura de Videla dirigía sus balas principalmente a las fuerzas subversivas, nadie estaba exento del terror. Los tres días que tardé en nacer fueron para mis progenitores la eternidad, no solo por la salud de mi madre sino también por aquella amenaza. Si bien, evidentemente, nada me ha ocurrido –mis padres no militaban–, conozco a varias personas que han sido secuestradas apenas nacer, que sus identidades han sido ocultadas por sus padres adoptivos, que muchos de ellos han decidido investigar para saber quiénes son realmente, que algunos han dado con la respuesta, que otros aún la están esperando. Y otros, muchos otros, creen saber que no son quienes son pero aún no han decidido ir en busca de la verdad, de su verdadera identidad. Mi identidad no padeció cambios, aunque creció rodeada de retoños de raíces arrancadas.
Quien escribe estas líneas, décadas después, decidió emigrar debido a conflictos varios –personales, económicos, familiares, existenciales–. Mi familia lo perdió todo, literalmente. Yo lo vendí todo, y con los dólares resultantes me pagué un viaje a Europa. Creía que lo mejor era darle al reset: renegué de aquellas raíces que por poco no me habían arrancado al nacer, renegué de mi familia, vagué, busqué, creí encontrar. Me mimeticé en el nuevo mundo que me acogía casi por vergüenza. Intenté construir un nuevo yo. Absurda meta, pienso hoy. Absurda, me subraya Sebald. Querer resetear la propia vida es la cara B de la búsqueda de Austerlitz, otra manera de acometer una búsqueda sonámbula, más bien una búsqueda zombi. Ni Austerlitz ni quien escribe estas líneas claudican en sus búsquedas ilusorias, en sus placebos vitales. Este juego de espejos surgido a instancias de Austerlitz, ha activado en mí una experiencia lectora que más que vicaria es visceral. El personaje de la novela me refriega en la cara ese yo que soy y no soy, ese lector que también es personaje, ese personaje que interpela al yo-lector hasta el límite de lo soportable. Austerlitz es un himno a la resignación porque el propio protagonista se esconde en sus indagaciones, pero ese lector que también es protagonista –yo, tú, quien sea– se siente demasiado aludido: Sebald nos da una bofetada en la nuca para despertarnos y tocarnos las narices: “¿para qué buscas constantemente un yo, si ese yo jamás acabará satisfaciéndote?”. Y acto seguido mi yo-lector se levanta de la silla, entonces me formulo preguntas, entrecierro los ojos, me muevo. Los libros que trascienden son aquellos que te despeinan, que te levantan de la silla y te hacen salir a la calle, a respirar hondo y a deambular. En mi caso, el de mi yo-lector, así ha ocurrido. De ahí la imposibilidad de situarme a dos o tres palmos de Jacques Austerlitz, sino a su lado, con el oído bien pegado a sus palabras entrecortadas. Ya lo decía Susan Sontag: Sebald sabe muy bien cómo intimar con el lector. Cierro paréntesis.
Testigos de Austerlitz
Anagrama
Anagrama
Una de las claves para que el lector, ese yo-lector interpelado y despeinado, se sienta tan cerca de la búsqueda del protagonista –ergo, de la suya propia– es la voz narradora elegida por Sebald para hilar el relato, una estrategia frecuente en la obra del autor alemán: se trata de un narrador testigo que solo se limita a acudir a las llamadas de Austerlitz –cualquiera sea el lugar donde se encuentre el personaje– para escuchar sus vivencias y tomar cuidada nota de cada una de ellas. ¿Por qué Sebald no le dio voz protagónica al propio Austerlitz? Porque de este modo se activa un lúcido doble juego. En primer lugar, este personaje-narrador de quien nada sabemos lleva a cabo la misma tarea que cualquier lector: acceder lentamente a un relato, al principio con la precaución que tendría un explorador que atraviesa por primera vez una estepa helada; si lo que se le narra le resulta interesante, si se tienden puentes emocionales e intelectuales entre lector y personaje, ese lector es capturado por la intriga, indaga, se pregunta, va en busca de más información, se moja en las aguas de las emociones del personaje. Esta voz narradora es el propio Sebald y somos nosotros mismos, que respondemos a las cartas de Austerlitz y acudimos a sus llamadas, ya que cada episodio de su discurso nos embarra más y más en sus vísceras, en las nuestras, en la relato de la tragedia moderna. La experiencia lectora, de esta manera, no solo se duplica, también se enaltece.
Y, en segundo lugar, la elección de esta particular voz narradora cumple otra función característica de la poética de Sebald: supone una loa al acto de documentarse. Y documentarse es no olvidar, es exprimir la Historia hasta el final aunque exista resignación, porque si bien no conseguiremos llenar nuestro vacío, esta encomiable tarea jamás será en vano: trascenderá los tiempos, llegará al conocimiento de las generaciones futuras los detalles y las nimiedades de una época infernal. De este modo –¿por qué no?– puede que el tópico del eterno retorno un día se resquebraje. El trabajo del personaje testigo que nos relata la historia consiste en un abnegado acto de registrar, tanto palabras como imágenes, ya que, en típico acto sebaldiano, el texto es salpicado por fotografías que refuerzan el discurso a fin de que los hechos narrados se nos graben a fuego, aún más, otra estrategia para eludir el habitual territorio del olvido.
Posmoderno Baudelaire
Este personaje-narrador que presenta al protagonista es tan testigo de la trama como nuestro yo-lector. Compartimos el mismo grado de conocimiento, somos invadidos por la misma sensación de empatía, vivimos la historia con la misma perplejidad de quien se encariña con este hombre a la deriva que, mochila al hombro, nos relata la infinita cantidad de veces que ha visionado un viejo vídeo de propaganda nazi solo para dar con alguna facción del rostro de su madre, o cuando nos describe la vida de sesenta mil personas en un kilómetro cuadrado rodeado de alambre de espinos, o cuando nos pinta un cuadro magistral de la muerte de su madrastra, cuadro que bien podría haber sido pintado por Turner…
De algún modo, los tres componentes de la tríada literaria –lector, narrador, protagonista– compartimos el mismo grado de vulnerabilidad ante la realidad, tan vulnerables como las polillas que fascinan a Austerlitz, esos animalejos “sujetos por sus garras diminutas, rígidas por el espasmo de la muerte, aferrados al lugar de su desgracia hasta después de acabar su vida, hasta que un soplo de aire los suelta y los hecha a un rincón polvoriento”.
¿Cómo no sentirnos abatidos nosotros tres ante tanto hierro? ¿Cómo no experimentar ese “sordo sentimiento de no pertenecer a ningún Estado”, esa nada propia del yo arrancado, del yo de posguerra? En efecto, si algo es Austerlitz es un Baudelaire de posguerra, ya que cae atrapado en un spleen espeso, mucho más doloroso y asfixiante que aquella melancolía perenne que padecía el poeta francés. Advertimos, ergo, que hasta eso ha conseguido el nefasto siglo XX: se las ingenió para que ese spleen ya no solo sea un límbico estado de conciencia donde las emociones se aletargan, sino que ahora es un territorio de pesimismo que abarca todos y cada uno de los estratos conscientes del ser, un convencimiento de que ya no hay ni habrá nunca respuestas, ya no hay nada, ya ni siquiera es posible convivir con el vacío. Un spleen al cuadrado. No obstante, como ya he señalado, el tozudo Austerlitz lo intenta, claro que lo intenta: quiere respuestas, las busca, sus venas laten con la única necesidad de saber quién demonios es, de dónde demonios proviene. La posmodernidad ha conseguido hacer trizas el concepto de esperanza, y así como Nietzche afirmaba que tras la muerte de Dios hoy el hombre solo venera las sombras de aquel Dios, hoy también la humanidad acaricia las sombras de una esperanza que antes tenía cuerpo y raíces, y de la que hoy solo acariciamos sus ecos.
Y esa sensación de melancolía desesperanzada trabaja en consonancia con otro procedimiento baudeleriano: el flâneur. Baudelaire vagaba por las calles parisinas para lanzar una mirada rancia hacia la aplastante pero aún incipiente urbanidad. Austerlitz, en cambio, se pierde en unas ciudades cancerígenas solo con el fin de visitar obras en ruinas, contemplar cúpulas inalcanzables, o, tan solo, para hallar en el camino algún “espectro nocturno aislado”. Si en el siglo XIX el flâneur era un espécimen propio de la modernidad, el flâneur de Sebald es una rama seca que mira sin ver. Un sonámbulo.
Mirar hacia arriba para mirarse uno mismo
Antes he dicho cúpulas. En efecto, Austerlitz, la novela, está plagada de cúpulas. Austerlitz, el personaje, interesado en la historia de la arquitectura, se detiene varias veces a describir las cúpulas de los edificios que visita, y esa contemplación supone un símbolo que se agudiza cúpula tras cúpula. Esta clase de construcciones es fuente de una luz que nos fascina a la vez que nos enceguece, inalcanzable luz que solo podemos admirar y describir, jamás asir, un espejismo con el cual construimos dioses que no existen. Para Austerlitz, las cúpulas son una representación del dios contemporáneo, dios hecho de vigas oxidadas, vidrio y cagadas de paloma. Austerlitz nos señala las cúpulas de la estación de trenes de Wilson o de Lucerna con el propósito de obligarnos a mirar hacia arriba, hacia un cielo imaginario que, en lugar de traernos rayos de sol, bloquea o filtra esa luz. Y esa sensación la tuvo Austerlitz, el personaje, desde su época de estudiante en París, cuando se quedaba boquiabierto mirando el techo de Austerlitz –no la novela, tampoco el personaje, sino la estación de trenes parisina–, a la que considera “la imagen más misteriosa de París”.
E incluso Sebald, el autor, escarba en sí mismo y en sus raíces al volcar una mirada impávida sobre aquella Alemania que abandonara cuando joven pero cuya lengua jamás atinó a olvidar –a diferencia de expatriados como Conrad o Kundera–, actitud que supone toda una declaración de principios, ya que representa el antídoto contra la resignación que invade a Austerlitz. Y creo que no es baladí esta interpretación, porque en muchos sentidos Austerlitz es la contracara de Sebald: si exploramos la biografía del autor alemán, son evidentes las similitudes entre la vida de ambos –la sombra de la guerra, el desarraigo–, con la diferencia de que Sebald transforma su búsqueda en un generador de respuestas, no en una búsqueda por sí misma. La distancia con su tierra natal le otorga la necesaria mirada de extrañeza que solo puede dar el exilio, lo que le da la potestad –a él, a Austerlitz, a mí mismo y a cualquier desarraigado– de considerar su lugar de origen un lugar ajeno, apartado, una Alemania que en ocasiones puede ser “tan ajena como Afganistán o Paraguay”.
Y este contrapunto entre autor y personaje se magnifica con la ironía de que, poco tiempo después de la publicación de Austerlitz, Sebald muere en un accidente de tránsito en Norfolk, bien lejos de su tierra, justo cuando había alcanzado el cenit de su producción literaria. Austerlitz, el personaje, se pierde de la vista de los lectores en un amargo fundido a negro, lleno de preguntas e insinuaciones. Sebald, el autor, se esfuma en un abrupto corte de cinta justo cuando esperábamos más de esas respuestas que ahora no podrá darnos.
A poco de comenzar a redactar las primeras líneas de este artículo, me invadió un sentir parecido al que acudía en ocasiones a la conciencia de Austerlitz cuando se ponía a escribir, según relata en la mitad de la novela: “una especie de angustia difusa pero luego cada vez más densa, que hacía que el hermoso espectáculo de colores que iban desvaneciéndose se tornase en una palidez malvada y sin luz”. Lo que hemos de hacer con este spleen austerlitziano –en el que todo suena “vacío y falaz”– es combatirlo. Y la única manera de conseguirlo es aceptar con naturalidad que la resignación ha de ser en realidad aceptación, que el yo que pudimos haber sido no existe, son solo papeles, solo está en los libros, los documentos y las ilusiones. Pero no existe. Buscar respuestas, sí, identificar nuestro yo, también. Pero el yo verdadero es aquel que nos da las circunstancias actuales, no el pasado, el que solo tengo ahora y con el que he de convivir eternamente hasta el final de mis días. Austerlitz, esa opera magna, es resignación, sí. Una desesperanza activa, la búsqueda por la búsqueda misma. Porque lo único que nos queda es buscar, y hemos de buscar, claro que sí. Aunque no para nosotros, sino para el futuro.