30.7.14

Once obras que se leen de una sentada

Novelas, títulos y  autores
La lectura amplia el marco de nuestra imaginación./queleer.com.ve
Crónica de una muerte anunciada  de Gabriel García Márquez.
Historia policíaca trufada de ese toque de realismo mágico marca de la casa, la trama de la novelita (por extensión solamente) del Nobel colombiano atrapa –a pesar de que el título es un spoiler en sí mismo– gracias a una audaz rompecabezas en el que la narración de los hechos avanza y retrocede de forma aparentemente caótica y ciertamente genial.

 El Perfume de Patrick Süskind
La historia de Jean-Baptiste Grenouille (nacido paria en la Francia del siglo XVIII pero con una capacidad olfativa prodigiosa) y su demencial búsqueda del olor definitivo  resulta un thriller apasionante, algo a priori sorprendente si se tiene en cuenta que en infinidad de pasajes no se habla de otra cosa que no sea eso, olores. Una ovación para el autor.

El misterio de la cripta embrujada de Eduardo Mendoza
La mezcla de novela negra, humor descacharrante, prosa pomposa y florida y costumbrismo casposo y cañí hacen de esta novela una lectura tan gozosa como absorbente. Dado el merecido éxito, Mendoza ha publicado otros tres títulos sobre las desventuras del majareta detective sin nombre, ‘El laberinto de las aceitunas’, ‘La aventura del tocador de señoras’ y ‘El enredo de la bolsa y la vida’.

 El viejo y el mar  de Ernest Hemingway
Sencillamente una de las mejores piezas de ficción jamás escritas. Puede que Papa Hem esté pasado de moda y en muchas ocasiones se comportase como un auténtico capullo, pero su estilo literario es único e inimitable: rudo pero suave, poderoso y a la vez romántico, nunca lo desplegó mejor que en esta historia de un hombre mayor empeñado en pescar un pez.


Rebelión en la granja de George Orwell
Fábula moderna en la que el autor de 1984 refleja las miserias del totalitarismo (inspirado en el modelo de la URSS y motivado por el desencanto de su experiencia en la Guerra Civil española). Escrita en tono de sátira y protagonizada por animales, la obra tiene tantos niveles de profundidad que su mensaje trasciende a adultos y niños, formando parte de numerosos programas de lectura infantil.

La carretera  de Cormac McCarthy
 El novelista americano es un maestro de las letras a la altura de los más grandes, algo que queda de manifiesto en esta apasionante y adictiva historia de un hombre y su hijo intentando sobrevivir en un mundo postapocalíptico. No hay diálogos ni giros efectistas sino monólogos interiores, horror, angustia, hambre y frío, mucho frío. Se lee de una sentada pero ese frío tarda en abandonarte muuuuucho tiempo.

Pantaleón y las visitadoras  de Mario Vargas Llosa
Una novela breve y humorística está condenada a ser una “obra menor” en la carrera de un grande como Vargas Llosa. Sin embargo, ‘Pantaleón y las visitadoras’ funciona como un descacharrante mecanismo de precisión. El novelista utiliza la remilgada jerga militar para relatar la quijotesca organización de un ejército de meretrices en la selva peruana por parte del concienzudo capitán Pantaleón Pantoja.

El niño con el pijama de rayas de John Boyne
Si el libro se lee de una sentada (y tanto: fue dos años seguidos el libro más vendido de España), su autor tardó poco más en parirlo (el escritor irlandés confesó que escribió entero el primer esbozo en dos días y medio y sin apenas dormir). Pese a todas estas prisas, y al protagonismo absoluto de los muchas veces espinosos niños, estamos ante un relato conmovedor, tratado desde una perspectiva diferente, de los horrores del Holocausto nazi.


Matadero 5  de Kurt Vonnegut
Ambientada durante la Segunda Guerra Mundial, esta obra popular y superventas es un alegato antibelicista disfrazado de novela de ciencia ficción en torno a los viajes en el tiempo. Vonnegut, que emplea metáforas, rasgos surrealistas y situaciones absurdas, aprovecha las desordenadas traslaciones temporales y espaciales para subrayar el estado mental del protagonista; con gran efectividad, por cierto.

Cartero  de Charles Bukovsky
 Prácticamente todos los libros de este escritor tardío, follador, bebedor y apostador empedernido, e involuntario héroe de la contracultura americana, se leen con celeridad. Su prosa sencilla descarnada y sus historias autobiográficas –aunque las protagonice su alter ego literario Henry Chinasky– de miseria cotidiana enganchan. Pero este en concreto, divertidísimo, ambientado en los años que pasó trabajando en el servicio postal de su país, se devora en un par de sabrosos bocados.


 Extraños en un tren  de  Patricia Highsmith
Qué menos que incluir en este listado algo del denostado –y bendito– género negro de consumo masivo (en el caso que nos atañe, bien merecido por cuestiones de calidad). Una novela apasionante, original, entretenidísima, con carga psicológica… de las que te atrapan para no soltarte hasta el final.

29.7.14

Basado en hechos reales

 No solo el cine y la televisión: hasta el mundo editorial se dejó seducir por el encanto de la realidad. Cada vez más le apuesta a personajes de carne y hueso o a hechos de coyuntura para cautivar a los lectores
 De izquierda a derecha:Vicky Dávila publicó Enemigos, uno de los libros de coyuntura más importantes del año. José Guarnizo escribió Extraditados por error, literatura y realidad. Abajo: Mauricio Silva, coautor de Así volvimos al Mundial.

De izquierda a derecha: la historiadora Diana Uribe, una de las autoras que más vende. Y Catalina Gómez, con sus Apuntes de Cata, también tuvo éxito en el mercado editorial. Daniel Samper Ospina no tiene pierde en las librerías con la combinación de humor y política./semana.com
 
Se acabo el mundial, pasaron las elecciones y muchos olvidaron sumar en la lista de los ganadores a las editoriales. Este par de acontecimientos inspiraron libros que tan pronto llenaron las estanterías, fueron rápidamente vendidos. Un hecho que no sorprende, pues desde hace un par de décadas la noficción ganó un considerable espacio entre los lectores. Tanto así que pone en aprietos a la literatura
Este avance de la no ficción comercial, en donde entran publicaciones periodísticas o de coyuntura, pero también los de autoayuda, espiritualidad, salud y ejercicio y otras más, comenzó hace algunos años con los libros del cronista Germán Castro Caycedo (Colombia amarga y El Karina, entre otros) que siguen vendiéndose muy bien. Después, el devenir del país, con hechos como el narcotráfico y sus grandes capos, el proceso 8.000, la corrupción y los testimonios de exsecuestrados, se convirtió en una oportunidad para que algunas editoriales empezaran a publicar libros de periodistas que abordaban esa realidad. La fórmula funcionó.

Aunque no hay cifras oficiales que ratifiquen esta tendencia, las editoriales son recelosas a la hora de revelar sus números. Felipe Ossa, gerente de la Librería Nacional, asegura que los textos de no ficción pueden llegar a tener un 25 por ciento del mercado. Y algunos títulos, no todos, venden muy bien. Según él, la razón es que “en este país se lee poca literatura seria, la mayoría de sus lectores no lo son realmente. Es decir, solo compran libros porque son de escándalos o de temas morbosos”.

La no ficción, por supuesto, no solo abarca a estos libros coyunturales comercialmente exitosos, pues hay muchísimos títulos serios de historia o ensayo que no participan de este boom. Los que están creciendo en ventas tienen un factor, en la mayoría de los casos, que marca la diferencia: sus autores. En gran parte son periodistas reconocidos que no solo recurren a la visibilidad que les da su medio, sino también a las redes sociales, que se han convertido en una

infalible herramienta promocional. Y si vienen acompañados de polémica, mucho mejor. Otra tendencia es la de los famosos que escriben de otros temas con buenos recaudos, como Santiago Rojas, en la salud; Flavia Dos Santos, en el sexo y Catalina Gómez, en la belleza.

La exposición mediática es determinante, las editoriales lo saben y por eso también ofrecen libros de políticos, de actores y hasta de delincuentes. Como asegura Luis Fernando Afanador, crítico de libros de SEMANA, la fama es el criterio. Explica que por la rotación cada vez más rápida de títulos, no hay mucho tiempo para consolidar a un autor y se requiere que venga ya con su fama incorporada. O con algún tipo de plus, como ser joven, bonito o ganador de un premio. 

Sin embargo, en algunos casos se rompe esa hipótesis. Gustavo Mauricio García Arenas, de Icono, editorial especializada en libros de no ficción, hace énfasis en que “a veces importará más el tema del que se escriba que la calidad del texto o del autor”.

Y actualmente, en las librerías, hay dos obras de periodistas jóvenes que lo confirman. Alias, de Andrés Pachón, sobre un impostor colombiano que está en la lista de los más buscados del mundo. Y Extraditados por error, de José Guarnizo, el drama de cuatro colombianos deportados a Estados Unidos.

Vida corta

Los libros de no ficción tienen también la particularidad de que su vida es corta. En algunos casos duran mientras exista una coyuntura, una ocasión, como los títulos publicados sobre la Selección Colombia a raíz del Mundial Brasil 2014. Antes y durante el torneo fueron muy bien aceptados. Hoy, casi ni se exhiben. Pero ya muchas editoriales preparan una nueva ofensiva. Se espera que muy pronto aparezcan libros relacionados con la vida y obra de James Rodríguez y de otros jugadores del equipo nacional. Los éxitos del ciclismo colombiano, encabezados por Nairo Quintana, también están en la mira.

Este año los autores también aprovecharon las elecciones presidenciales, como la periodista Vicky Dávila con su libro Enemigos: Santos y Uribe ¿Por qué se odian?, que, según calcula Felipe Ossa, en época electoral pudo vender unos 10.000 ejemplares, pero después decayó. Igual ocurre con Por las sendas del Ubérrimo, de Iván Cepeda, que aparece en la lista de los más vendidos del año en la Librería Lerner. Un caso particular es Las aventuras de Pachito, de Daniel Samper Ospina, pues a pesar de que su fondo es político, el humor lo mantiene vigente.

No solo los libros de ocurrencias tienen una vida más larga en las estanterías. También los de periodismo literario, como los de Alberto Salcedo, y los de historia, como los de Diana Uribe. En ese lote también caben temas de espiritualidad, salud y ejercicio, con obras como El mejor medicamento eres tú o La enzima para rejuvenecer.

Aunque la no ficción venda bien, la crítica le encuentra reparos. Mauricio Silva, autor de seis libros, la mayoría crónicas deportivas, dice: “La crítica, en general, ni me trata. Y con razón, porque yo no soy escritor. Esto apenas es periodismo del más normal del mundo”.  Nicolás Morales, columnista de Arcadia y director editorial de la Universidad Javeriana, cree que los editores de las grandes casas intentan hacer su mejor trabajo pero los libros, no todos, son muy pobres, en parte porque los redactan apresuradamente (los tiempos de producción son muy cortos), los temas son muy predecibles y la escritura no es de mucha calidad.

Criticados o ignorados, la no ficción vende y seguirá lanzando novedades, como las que anuncia Editorial Planeta sobre la vida de Pablo Escobar, escrita por su familia, y también una publicación sobre uno de los hermanos Rodríguez Orejuela. Seguro estas historias, como otras de su género, seguirán atrapando lectores. Porque generalmente un título de no ficción, en muchos casos, como dice Gabriel Iriarte, director editorial de Penguin Random House Colombia, es el único libro que mucha gente compra durante el año.

Y el siguiente dato puede marcar lo que sucede con la ficción en el país. Felipe Ossa explica: “Como este no es un país de lectores, no se vende literatura, algo que requiere, en muchos casos, una formación como lector”.

Figuras de cultura mexicana recordarán a Benedetti con lectura de "La Tregua"

Importantes personalidades de la cultura recordarán en México el quinto aniversario de la muerte del escritor uruguayo Mario Benedetti con la lectura de La Tregua, una de sus principales novelas, el próximo 10 de agosto en el Auditorio Nacional
 
Mario Benedetti, autor uruguayo de La tregua./lainformacion.com
El principal teatro del país, la editorial Alfaguara y W Radio organizarán el homenaje a uno de los principales poetas latinoamericanos del siglo XX que, además, tuvo una prolija obra en prosa, entre la que destaca  La Tregua.
Publicada en 1960, la joya literaria está escrita con entradas del diario del protagonista Martín Santomé, un aburrido hombre maduro que espera su jubilación, pero que de repente conoce a la joven Laura Avellaneda, con quien vive una tórrida historia de amor que le cambia la vida.
El tema del tiempo, la diferencia de edad y razonamientos con un gran valor humano son tocados con una escritura fina por Benedetti, quien guarda para los lectores un final inesperado sobre el tema de la existencia del ser humano.
Se trata de una de las obras en prosa de más aceptación del escritor, que publicó más de 50 libros, entre ellos, las novelas Primavera con una esquina rota,  Gracias por el fuego  y  Andamios, en la cual cuenta duras experiencias sobre el tema del exilio, uno de sus preferidos.
Benedetti (Paseo de los Toros, 1920 - Montevideo, 2009) se ganó la vida como taquígrafo, vendedor, cajero, contable y funcionario público, ocupaciones que le dieron vivencias para luego desempeñarse como periodista y, sobre todo, para sus obras de ficción.
Fue un versátil autor que publicó poesía, cuentos, novela, ensayos, teatro y crítica literaria. En 1999, ganó el Premio Reina Sofía de Poesía y en el 2000 el Premio Iberoamericano José Martí.
La entrada a la lectura de "La Tregua", traducida a más de 10 idiomas, será libre a partir del mediodía del 10 de agosto en una velada que estará conducida por el conductor de radio Enrique Hernández Alcázar.

Cortázar: retrato del narrador como poeta

 El minucioso relato biográfico Cortázar en Mendoza de Jaime Correas, recupera versos tempranos y apuntes del escritor. Aquí, como celebración del próximo centenario de su nacimiento, un análisis del influjo del género en la literatura del autor de Rayuela y, a modo de anticipo, una selección de esos poemas poco conocidos
Julio Cortázar, El Gran Cronopio Mayor, está de centenario./adncultura.com

Hay un instante en que el poeta sabe para siempre que lo será. Ese instante puede ser un reconocimiento que vagamente transmite el soliloquio; tal vez la visión de un objeto real que de pronto acuerda con un verso inmediato; el deseo demasiado cercano de una infancia recordada a voluntad. Más a menudo es una lectura febril o hambrienta o despierta, ese eco simpático -que atraviesa el tiempo y marca la historia- que alguien quiere repetir en sí mismo hasta saber que esa mismidad del yo, en el poema, es un doble, otro, nadie. Y aun así, nada de lo que la poesía atestigua puede tener lugar sino en la vida. En Opio. Diario de una desintoxicación, Jean Cocteau escribió:
Asqueado por la literatura, he querido superar la literatura y vivir mi obra. Ello hace que mi obra me coma, que empiece ella a vivir y que yo muera. Por lo demás, las obras se dividen en dos categorías: las que hacen vivir y las que matan. [...] Nosotros, los poetas, tenemos la manía de la verdad, procuramos transmitir al detalle lo que nos choca. "¡Qué suyo es!", he aquí el elogio que se atrae siempre nuestra exactitud. [.]. Ahora bien, el poeta no pide ninguna admiración; quiere ser creído.
A los diecinueve años, Julio Cortázar leyó ese libro. No cuesta imaginar que haya creado en él esa misma determinación vitalista reunida con una autoconciencia poética que halló en la figura de Arthur Rimbaud, cuando escribió su primer ensayo sobre el poeta, en 1941. Lo había firmado para Huella, una de las fugaces revistas del neorromanticismo argentino de los años cuarenta, con el mismo seudónimo que usó para su primer libro de poesía, Presencia, publicado en 1938: Julio Denis. En él afirmaba que Rimbaud era un punto de partida y lo diferenciaba de Mallarmé en un aspecto esencial: mientras éste concentraba su logro en alcanzar una poesía pura a través de una lucha que a la vez se deshumaniza, se desangra y finalmente prescinde de sí mismo cuando "cayó en el total hermetismo del que lo libró la muerte", Rimbaud era "ante todo un hombre". No procuraba la impersonalidad, sino una liberación del yo en el "Yo es otro".
En su apropiación de Rimbaud, Cortázar se diferenciaba de los surrealistas, que lo veían confiando en impulsos inconscientes, o de aquellos que lo interpretaban como buscador de un absoluto de poesía. El camino de Rimbaud era para Cortázar, en cambio, un anticipo del existencialismo y una fusión de la poesía en la vida como lucha o agonía, camino del infierno o conquista del yo:
Mallarmé se despeña sobre la poesía; Rimbaud vuelve a esta existencia. El primero nos deja una Obra; el segundo, la historia de una sangre. Con toda mi devoción al gran poeta, siento que mi ser, en cuanto integral, va hacia Rimbaud con un cariño que es hermandad y nostalgia. [.]. La aventura de Rimbaud es un punto de partida para la desgarrada poesía de nuestro tiempo, que supera en conciencia de sí misma a cualquier momento de la historia espiritual; ahora, siendo más modestos, somos a la vez más ambiciosos; sabemos la grandeza y la miseria de esta Poesía, intuimos sus fuentes y sus napas. Somos, en ese sentido, los voyants (videntes) que él reclamaba.
El crítico Jaime Alazraki, editor de la obra crítica de Cortázar y antes abnegado pesquisa de aquel tempranísimo ensayo de Cortázar sobre Rimbaud, reconoció que ese texto era una versión simplificada, pero a la vez anticipatoria, de una cosmovisión que alcanzaría en Rayuela (1963) su punto más alto. Señala que esa diferenciación de Mallarmé era una solapada autocrítica de los sonetos mallarmeanos de su primer libro, Presencia, y que el seudónimo "Julio Denis" actuaba como una reserva y una señal de inseguridad, ya que sólo en aquel libro y en este artículo lo había usado. Si bien el propio Cortázar había reconocido a Luis Harss, en una entrevista incluida en Los nuestros (1966), que los poemas de Presencia eran "muy mallarmeanos y felizmente olvidados", existen varias cartas entre 1939 y 1944, años de su estadía como profesor en Chivilcoy hasta que fue contratado por la Universidad de Cuyo, firmadas como "Julio Denis". En carta del 31 de julio de 1940, advierte: "Yo sé que en Presencia hay mucho de ello, y no niego la influencia enorme que sobre mí tuvo y tiene Mallarmé. Pero no soy 'mallarméen'. [.]. Estoy muy lejos de Mallarmé. En cambio, ¡qué cerca me siento de Rimbaud!".
Esa figura de Julio Denis era menos una reticencia que un doble: el modo en que Cortázar se vincula con la literatura es a través de la poesía y con ella aparece esa duplicidad primera que será, a lo largo de toda su obra, matriz de numerosos juegos de dobles: personas, tiempos, lugares. Pero ello significa también que la poesía -o, como él la llamó, la poeticidad- es un impulso que lleva la literatura más allá de sí misma y quiebra en su manifestación vital los presupuestos de la razón de Occidente. Ese rasgo está desde el comienzo en la obra de Julio Cortázar y podría afirmarse que fue su fundación, su secreta vertiente, una fluencia que sostuvo incluso sus postulados más utópicos. En una entrevista con Evelyn Picon Garfield, de 1981, Cortázar reconoció:
Nadie me pregunta, nadie me entrevista ni me interroga sobre temas poéticos partiendo del principio de que no soy poeta sino prosista. Y sin embargo, la poesía es absolutamente necesaria para mí y si alguna nostalgia tengo yo es que mi obra en definitiva no es una obra exclusivamente poética.
La aparición del notable Cortázar en Mendoza, de Jaime Correas, que amplía y reescribe su Cortázar, profesor universitario (2004) a la luz de nuevos hallazgos, demuestra con creces el compromiso de Cortázar con la poesía, no sólo mediante su constante ejercicio sino también por su lectura y su enseñanza. El volumen de Correas es algo así como una biografía microscópica y minuciosa de tres años en la vida del escritor: aquellos en los cuales le ofrecieron dar clases en la Universidad de Cuyo, entre julio de 1944 y diciembre de 1945, cuando Cortázar se hizo cargo del interinato de dos cátedras de Literatura Francesa y una de Europa Septentrional.
La investigación de Correas es extraordinaria por el grado de precisión y seguimiento de todas las actividades de Cortázar en el claustro universitario y en la vida provinciana, que incluye también la encrucijada política de esos años de la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, las disputas con nacionalismos filofascistas que se extendían en diversos grupos de la sociedad argentina y el contexto de la presidencia de facto del general Edelmiro J. Farrel y la revolución de 1943, previa a la irrupción de la primera presidencia de Juan Domingo Perón.
Correas también reconstruye el mundo cotidiano del escritor y sus vínculos amistosos y aun el modo en el cual el circunspecto profesor Cortázar va dando paso, siquiera de un modo latente tal como se percibe en las cartas y textos y alusiones a su círculo íntimo (por ejemplo, con la familia del artista plástico Sergio Hocevar, que firmaba Sergio Sergi, al que llamaba "el Oso"), a esa dimensión lúdica y humorística y rítmica que minará la Gran Costumbre o el Gran Sistema con el humor y lo absurdo, desde los Cronopios hasta la Joda.
Así lo revela, entre las numerosos testimonios reunidos por Correas, un poema, "Goulash para el oso", que celebra con una receta poética el goulash ofrecido por su amigo, y que comienza: "Receta del goulash, tómese un pedazo de estrella y una ortiga,/ el corazón feroz del pez espada, la medusa que duerme en las despedidas,/ mezclados al inevitable conflicto que sigue a la llegada de los trenes,/ a las facturas de la tienda, a los mensajes del obispo./ Con ternura alicaída, como un perro bañado o un tomate solo,/ se irá tirando el día sobre un mármol hasta verlo arrugarse,/ a fin de que entre tanta lentitud se precise el latir de la tormenta,/ la cólera de los sartenes con su solo ojo ciego, el canto/ nupcial de las cebollas y las gelatinas".


 
Foto: LA NACION 
Acaso el núcleo más precioso de este libro sea el pasaje de la figura de aquel Julio Denis a la del autor Julio Cortázar, pero asumido en el gesto del poeta. Correas no sólo reconstruye todo ese pasaje iniciático, afirmando que los años de Mendoza fueron una especie de "bisagra vital" por la cual muere aquel Julio Denis para dar nacimiento al primer Julio Cortázar (que será también el narrador de aquellos iniciales cuentos inéditos recogidos en La otra orilla que formaban parte de esa época), sino que además reconstruye todo aquello que Cortázar enseñaba a través de sus programas y sus apuntes de clase, así como una carpeta de treinta poemas que el escritor ordenó bajo el título "Poemas 1945-1948" y que había editado Saúl Yurkievich en Poesía y poética (Galaxia Gutenberg, 2005-2009), un volumen que prácticamente no circuló en la Argentina.
Correas demuestra con creces la hipótesis de esa encrucijada vital que transformó al profesor en escritor, a ese doble llamado Julio Denis en el Cortázar que a su vez diseminaría dobles en sus ritos y pasajes, las dimensiones abismadas en un continuo de cinta de Moebius, el cuestionamiento del Logos occidental que hallaría tanto en el Juego como en la utopía socialista atajos posibles para la vida concreta. Correas acentúa un núcleo esencial que tiene en la figura de Rimbaud un centro y también en otros textos iniciales.
En esos años Cortázar publica en la Revista de Estudios Clásicos de Mendoza, hacia 1946, el ensayo "La urna griega en la poesía de John Keats", que luego se expandiría hacia un vasto ensayo de 1952 que había permanecido inédito por décadas: Imagen de John Keats (1996) -dedicado a Arturo Marasso, su querido ex profesor del Mariano Acosta-. De esa época data también el texto que sería, acaso, la primera poética personal, pero que revierte sobre el surrealismo y el existencialismo: "Teoría del túnel". En ese texto aparece otra figura poética central para Cortázar: Isidore Ducasse, el Conde de Lautréamont, el poeta excéntrico y extemporáneo de Los cantos de Maldoror. También Ducasse era, para Cortázar, alguien "para quien lo poético es el solo lenguaje significativo porque lo poético es lo existencial, su expresión humana y su realidad última".


 
Foto: LA NACION 
En su reconstrucción, Correas exalta parte de esa trama o, como la llama, esa "lógica interna": al seguir las clases de Cortázar, sus traducciones poéticas para ilustrarlas, sus apuntes y sus programas desarrollados en Mendoza (el curso de 1945 fue "La poesía francesa desde Rimbaud hasta nuestros días"), confirma, por un lado, el desarrollo de las ideas que cifraría el primer ensayo sobre Rimbaud para la revista Huella y, por otro, la original atención a Lautréamont, cuyos Cantos de Maldoror no serían traducidos por Aldo Pellegrini hasta 1964 (justamente un año después de la aparición de Rayuela). Como una coda conmovedora en esa trama hecha de huellas, fotografías, cartas, y aun libros obsequiados morosamente que guardan flores resecas, Correas reconstruyó un regreso: la visita de Cortázar a Mendoza en 1973. Un día sonó el teléfono de Lida Aronne Amestoy (autora de Cortázar: la novela mandala) en Godoy Cruz y la mujer escuchó la clara voz de erres arrastradas de Cortázar que decía: "Lida, te habla Horacio Oliveira". En esos días, además de sus visitas y reconocimientos, Correas registró un hecho olvidado y extraordinario: Antonio Di Benedetto escribió para el diario Los Andes la crónica de este regreso el 11 de marzo de 1973, reproducida completa, y también le regaló a Cortázar un ejemplar de su libro perfecto: Zama.
Habría así en Rayuela este humus poético. Tal vez no fue habitualmente reconocido el vínculo profundo de este origen poético de la literatura de Cortázar con el carácter más original y más permanente, aunque todavía menos explorado en términos críticos, de su actualidad. Aun en el origen mismo del proyecto de Rayuela este vínculo es evidente. Al comienzo del llamado Cuaderno de bitácora de "Rayuela", aquel legendario cuaderno de notas, esbozos, fragmentos y pre-textos de la gran novela de Julio Cortázar (que editó y estudió con amorosa inteligencia Ana María Barrenechea, a quien el autor se lo había regalado), se lee una profesión de fe poética en las páginas 9 a 13. Comienza apuntando: "Es exacto que la poesía ha perdido terreno". Luego señala que tanto la poesía como el poema fueron reemplazados por un "poetismo general" manifiestos en la literatura y el arte pero "sin la intensidad de un Rimbaud o de un Vallejo" y con una renuncia de Occidente al mundo "mágico, simpático, analógico". Cortázar ya había razonado este fundamento romántico en varios capítulos de Imagen de John Keats, anticipando en una década algunos argumentos de Morelli en Rayuela:
La evolución racionalizante del hombre ha eliminado progresivamente la cosmovisión mágica, sustituyéndola por las articulaciones que ilustran toda historia de la filosofía y la ciencia, [.] es evidente que el hombre ha renunciado a una concepción mágica del mundo con fines de dominio.


Foto: LA NACION 
Luego se pregunta por qué ha ocurrido esta muerte de la "poesía-en-la-vida". En cierto modo Cortázar reúne tanto los efectos de la era de la reproducción técnica como los fenómenos de la razón instrumental del capitalismo, en desmedro de aquello que con Nietzsche se llamó lo dionisíaco y de una crítica de la alienación en Occidente, resurgida con fuerza en los años sesenta:
La desmesurada centrifugación del hombre: radio, TV, Comet, Sputnik, high fidelity, cinemascope, etc. En vez de enraizarnos (que es actitud, búsqueda y logro de poesía), en vez de buscar el Centro (Eliade: el Mandala), nos extendemos en mancha de aceite, nos trivializamos. Un poema exige siempre una solidarización momentánea para una confrontación. [.]. La lectura de los poetas es un "lujo" más, no ya una operación nocturna y grave como lo entendían los románticos. O sea que el Occidente sigue su tradición helénica de racionalismo, Apolo gana hoy este round de su lucha secular con Dionisos. Pero el hombre es más que el Occidente. Por no querer aceptarlo, el Occidente se está suicidando. La muerte de la poesía es una de sus necrosis.
Pero luego agrega una posdata, en francés: "'Poésie pas morte!', La poesía no ha muerto. [.]. La muerte, aquí, es una resultante estadística: la poesía vuelve hoy a la dimensión de género literario que tuvo en sus peores épocas".
Se advierte allí que lo poético informa esa dimensión de lo dionisíaco propio de la modernidad estética que, como estudió Jürgen Habermas en El discurso filosófico de la modernidad (1985), corresponde a una nueva subjetividad descentrada, liberada de las convenciones cotidianas de la percepción consuetudinaria, abierta en cambio al mundo de lo imprevisible, de lo súbito, del éxtasis, allí donde progresa la pérdida de los límites individuales. ¿Pero no es éste el sentido de los dobles y los espacios duales en Cortázar, entre Oliveira y Traveler, entre la Maga y Talita? ¿No es éste el fundamento del salto hacia el fulgor del mandala que lanza a Horacio Oliveira al vacío? ¿No es la prédica de Morelli la de una razón centrada en ese sujeto unitario, la de un enfrentamiento con lo otro de la razón? ¿Y acaso Cortázar no aprendió ese fundamento en la poesía de Rimbaud y en las Cartas del vidente, que él tradujo y divulgó en sus clases y en su primer ensayo de los años cuarenta?
Esa resistencia estética ya se halla en el saxofonista Johnny Carter de "El perseguidor", pero así como muchos de los surrealistas -el propio Breton, Buñuel, Aragon o Eluard- hallaron en el comunismo la vía de una encarnación de la razón ardiente, así en un movimiento análogo Cortázar buscó en la Revolución cubana y las utopías de los años sesenta la articulación concreta de aquellas proyecciones. Y otra vez su origen era poético y se hallaba ya en Rimbaud, porque la busca de su nueva lengua poética, desde el soneto "Vocales", coincidía con el sueño de un mundo nuevo como el barco ebrio lanzado al horizonte de la historia. Y aun así el Julio Denis de los años cuarenta había predicado el fin, como una derrota que sería, sin embargo, un paradójico pasaje triunfal como manifestación viviente:
Hay en todo poeta una fatalidad que lo arrastra, una "manía". Y si la tentativa de este orden está destinada a fracasar, si lo absoluto no puede serle dado, si el conocimiento poético, como el místico, es inexpresable, su pasaje nunca será vano. Del Rimbaud que traficó en Abisinia no nos resta nada merecedor del recuerdo; del adolescente que se desangró sobre los filos de un imposible queda la obra más viva y más honda de la poesía moderna. Y, para decirlo con él, aunque el logro sea siempre diferido, "vendrán otros horribles trabajadores: comenzarán por el horizonte donde el anterior fue abatido".
El vínculo fundacional de Cortázar con la poesía, que el volumen de Jaime Correas Cortázar en Mendoza asegura y magnifica, también explicaría su agudísima y temprana conciencia de una novela como Adán Buenosayres, en 1949, cuyo fundamento también es poético. O esa coincidencia magnética con José Lezama Lima y su novela Paradiso, así como Lezama interpreta Rayuela como vector de su propia obra. No es extraño, tampoco, que desde la praxis poética, Octavio Paz reconociera hacia 1971 -cuando Cortázar ya había manifestado largamente su compromiso con el socialismo latinoamericano- que "Julio Cortázar es el escritor de mi lengua del que yo me siento más cerca". De hecho, un libro algo anómalo de Cortázar como Prosa del observatorio (1971) se vincula directamente con Octavio Paz.
La experiencia diplomática de Paz como embajador mexicano en la India, en Nueva Delhi, alentó el vínculo con la cultura hindú y, entre otros textos, su obra maestra El mono gramático. Ese texto en prosa de Paz, escrito en Cambridge en 1970, evoca la experiencia poética y sagrada de un itinerario, decurso del discurso, por el camino de Galta, localidad abandonada y en ruinas cerca de Jaipur, llevado a cabo antes de octubre de 1968, cuando Paz renunció a su cargo a raíz de la matanza de Tlatelolco. Entre febrero y abril de ese mismo año, Paz alojó en la embajada a Julio Cortázar y a Aurora Bernárdez, lo inició en muchos aspectos del hinduismo y el budismo y realizó viajes con él. Entre esos viajes a diversas ciudades y regiones, hubo uno a Jaipur, donde Cortázar fotografió los observatorios del sultán Jai Singh. En 1971, en su casa de veraneo en Saignon, escribió, a propósito de esa experiencia, ese breve texto en prosa, no menos poético y heterodoxo que El mono gramático, llamado Prosa del observatorio, que Graciela Maturo (por entonces Graciela de Sola), en una carta al autor, señaló como un texto poético. En 1972, Cortázar le respondió:
No es injusto que haya llamado prosa a lo que vos sentís como un poema; lo hice en la misma dirección en que Cendrars había llamado Prose du Transibérien a su poema, o Mallarmé Prose pour des Esseintes al suyo, es decir que a buen entendedor.
La confluencia vital y poética de Paz y Cortázar tuvo, en el espacio a la vez real e imaginario de Jaipur y en esos libros de prosa poética, una convergencia que también puede razonarse a través de la noción de pasaje.
La permanente labor poética de Cortázar finalizó en Salvo el crepúsculo, un volumen de poemas que revisó poco antes de morir, en 1984. Ese hecho, que parece fruto de la contingencia, podría leerse como necesidad en la lógica de las analogías cortazarianas. Allí entrelazó los poemas con textos que los comentaban, estos sí en esa prosa de ensayismo zumbón que había ejercitado en La vuelta al día en ochenta mundos o en Último round, como una voz que se refractaba en otros sujetos diversos del sujeto poético, por ejemplo en las figuras de Polanco y Calac. En ese orden alterno, los poemas se transforman en "pameos" y "meopas" y "prosemas", mediante un juego combinatorio de tiempos confluyentes y azares objetivos:
hay pameos que buscan pameos a la vez que rechazan meopas, hay prosemas que sólo aceptan por compañía otros prosemas que sólo aceptan por compañía otros prosemas hasta ahora separados por años, olvidos y bloques de papel tan diferentes. [.]. Nunca quise mariposas clavadas en un cartón; busco una ecología poética, atisbarme y reconocerme desde mundos diferentes, desde cosas que sólo los poemas no habían olvidado y me guardaban como viejas fotografías fieles.
El poeta había dado el salto, del cielo a la tierra.

Poemas recobrados

Enajenada vida
¡Qué pocamente vives, alma!
Sólo por un cabello que bajo el sol sonríe,
o desde los arroyos por un furtivo paso -
De sustancias ajenas se completa tu reino.
Juntas tienes las manos
centinelas del hueco que en su interior espera,
paloma de humo para las flechas de la luna,
enamorado encuentro de un caballito de aire
-sus rizos o sus cejas-
o solamente el verso que mis arañas tejen
a manera de olvido.
Qué pocamente vives, alma,
pues que vives sin ti y enajenada,
sin que de tantas fugas por sus cielos negados
me traigas una voz, una postal, un trébol.
Mendoza, septiembre 1944 - marzo 1945
Blues de la media vuelta
Andaba -¿quién me vio?-
por las retamas, las perdidas fiestas,
con un lebrel de olvido por los flancos
y tú perpetuamente.
Yo no tengo la culpa
de que en las calles no me saludaran,
que me reconocieran solamente
los ciegos, las ancianas, los buzones.
¿Acaso no buscábamos
una idéntica cifra, unas canciones
de niebla, y esos pájaros salados
que a tu piano acudían por la tarde
y eran como tu llanto, sí, tu llanto?
Andaba -¿quién me oyó?-
por las perdidas fiestas, los parterres,
y el lebrel. Hasta un punto de retorno,
seguir y perseguir; estuve
pronto de vuelta.
Mendoza, febrero de 1945
Versos para la tarde
Sobre un cielo de loza
se va posando el ave de la noche
con la leve demora
que abre en el horizonte
la vanidad final de sus colores.
-Este pensar la vida
como el dulce vivir de no pensarla;
esta rubia caricia
mojándonos las alas,
sustituyendo el vuelo por la estancia.
Ícaro adolescente,
¿qué fue del remo de aire y la corona?
¿Dónde yace tu muerte
abandonada y sola,
muerte ya sin misión liberadora?
Gaston de Foix, ¿no suena
amargamente el hierro de tu espada?
En la cripta desierta,
¿qué edad vuelve a la hazaña,
quién recoge la luz de tu oriflama?
Mendoza, marzo de 1945
Nocturno
Como el musgo reposas en la sorda
piedra de mi silencio.
Por no herirte sucumbo a los estíos
sin moverme de ti que no lo sabes;
por no infligirte el aire
quemado de tormentas donde ruedo,
giro incansable sobre mi alegría
de muerte.
Ésta es la noche,
asómate sin verme.
(Estar aquí, tan junto como el ojo a su mirada
que lo ignora -
Porque tú eres el musgo.)
Mendoza, 8 de marzo de 1945
Quién soy yo
¡Quién soy yo, vanidad descompuesta
bajo jubones y recuerdos protectores!
Apenas un halago, una presunción de tormenta,
ese hueco gentil en las manos ajenas.
Quién soy yo, solamente el dolor de alguna mujer,
una carta que recibe mi madre,
un signo por el cual se me distingue
en las brillantes jaulas de bancos y oficinas.
Mendoza, marzo de 1945
Plaza
Abanico esmeralda y apenas aire
de siesta, de remanso calino como un seno.
Se recobra en los bancos un frescor olvidado
un pájaro ya solo, una acequia menuda
paseando su plateada cintura por las piedras sedientas.
Mendoza, 1945
Caja fuerte
La llave de mi vida la guarda alguna mano.
La llave de la mano tiene por dueño el tiempo.
De la llave del tiempo se ocupan las mareas,
y en el fondo del mar, rodeada de medusas,
una llave sin nombre protege las mareas
y el riente esqueleto que antaño era mi vida.
Marzo, 1945
Muerte en Roma
A pena si puo dir: Questa fu rosa.
Pastor Fido.
No viste el Capitolio, no fue tuyo
su mármol ni tuviste su sombra
posada en la mejilla a mediodía.
Tan cerca de su muerte sostenida
te derramabas más y más sobre la noche.
Las regiones del sueño limitaban tu nombre,
columnas de laurel, de hiedra y yerbamora.
(Tus sueños: un adiós cortando crinolinas,
tal vez el vals, con rizos y aleteos de cobre
como un pequeño guante tirado sobre el piano
palpitando.
Tus sueños, un espejo
donde profundamente mueren unos ojos
mientras sobre un bargueño alguien apoya
la paloma callada de un paquete de cartas.)
-¡Oh ciudad de los muertos, Roma de negras fauces,
oh alcantarilla inmensa donde vuelven las aguas
con nubes y alaridos y muchachos desnudos!
Sobrepasado, ardiendo, con la tos de las albas
y el pañuelo amapola que recorta la fiebre,
pequeño más que nunca, ¡oh John Keats moribundo
entre turistas, cónsules, torbellino de hoteles
invadiendo tu casa pequeña y tu agonía,
amarillo huracán de vino y de caballos!
No viste el Capitolio, no viste el Quirinal.
Sombría ocupación de tus ojos volcados
sobre el mapa distante, los alciones y el té,
vacante entrega horrible de tus ojos al viento.
No viste el Capitolio, ocupado de muerte.
Y estabas sin embargo coronado a su sombra
mientras te ibas muriendo menudo e ignorante.
Mendoza, 16 de marzo de 1945
Nadie sabe ese nombre que reposa
bajo el color perfecto de la nieve.
Nadie alcanza la luz donde se mueve
la verdadera forma de la rosa.
Mas la mano del Músico se posa
-libro incesante, el piano, aire que llueve-
y sin nombrar nos da una rosa leve
como la nieve de la mariposa.
Déjanos, tañedor, esa dolida
conquista del silencio por tu clave
donde anda el ave de la melodía;
déjanos para tanta despedida
la estremecida estela de tu nave
que se va con su viento de Poesía.
A Daniel, ya en su nave, fraternalmente
Mendoza, 4 de agosto, 1945
El celoso
Une rose d'automne est plus
qu'une autre exquise...
Agrippa d'Aubigné
Cuando me acuesto contigo
¿me dirás con quién te acuestas?
¿A quién estarás besando
con la boca que me besa,
en qué almohada sigilosa
se desanudan tus trenzas?
...........
Mendoza, 1945
Vuelta al mar
Para Nina
Cuando yo vuelva al mar
cuando esté verde y diáfano de mar
cuando haya mar en tu voz
en tu teléfono
cuando el perfume y tus muslos sean el mar
Cuando nos duela el pelo de amanecidos peces húmedos
y la toalla rompa en mi cara su blanco golpe de ola
cuando las nueve menos veinte sean el mar
y tú
seas el mar
oh retorno imposible de la tierra
despojo de la tierra pedregosa y calina
de la sedienta perra, el mediodía,
las calcinadas piedras con hormigas
restallando de sed y con hormigas
oh necesaria sed de sequedad -
Por mí, de mí, desnudamente mía
cuando me vuelva al mar.
Mendoza, tierra adentro.
12 de octubre de 1945
Reconstrucción recíproca
Cuando sumando pequeños números infatigables
ves levantarse del papel planisferios azules,
o por túneles de rosa, por bebidas frías y deseadas
transitas con tus dedos en donde está la gracia,
allí me gustas, allí te encuentro, es necesario allí que me enhieste y te cante
la verdadera cifra de tu nombre que ignoras.
Porque, ¿qué noche, qué almanaque, qué acordado extravío
configuraron algo que tú viste y nombras
y llevas por las calles y duermes en los lechos
y crees ser tú y alabas?
Oh, déjame derruir
pacientemente el día de tantos estandartes,
echar abajo el cielo de tus falsas estrellas,
máquina minuciosa con lápices que escriben otra cosa,
libros de caja donde alguien altera los resúmenes.
Ya estoy más cerca, sé
que nos encontraremos libres, solamente nosotros,
pues quizá tú también echas abajo un río,
un halcón, una cítara, barricada agudísima que me oculta de tu alma.
Nos hallaremos, sí, ¡oh amor que no conozco!
(Tal vez cruzando el uno la figura del otro
nos iremos, lejanos, sin encuentro ni júbilo;
tan ciertos, tan nosotros, ya tan sin conocernos.)
Mendoza, marzo de 1945
Novela en estío
La vi brotar de las columnas y ascender por las lajas
festejada por su vestido claro, por la mañana y los rosales,
así como del águila cerniéndose parece nacer y recrearse el
cielo,
así como en todo navío encuentra su centro el océano.
¡Oh tú, que tenías en mí tu más secreto nombre y tu resumen!
Está el jardín, y entre las lajas
la gramilla ejercita sus pequeñas tijeras contra el viento.
Yo te busco de noche solamente,
cuando el engaño de las sombras consuela con pretextos de retama tu fragancia ausente.
Marzo, 1945.

Escritor, si te bloqueas usa una rueda de argumentos

El bloqueo es quizá uno de los momentos más terribles al que tarde o temprano tiene que enfrentarse casi todo escritor
 
Rueda de argumentos para romper bloqueos de escritor./lapiedradesisifo.com
En su relato «El cadillac de Dolan», recogido en el volumen Pesadillas y alucinaciones, y más tarde en el ensayo Mientras escribo, Stephen King se refiere a un curioso método para superar la temible parálisis ante la hoja en blanco. Se trata de un artilugio que él bautiza con el nombre de «rueda de argumentos de Edgar Wallace». El tal Edgar Wallace fue periodista y escritor de novela negra que sería recordado más que por su labor como literato por ser el autor del guión original de la película King-Kong.
 
   Según cuenta King, la rueda de argumentos inventada por Wallace era un invento sencillo que consistía en dos círculos de cartón superpuestos. En el de abajo había escritas una serie de líneas argumentales como por ejemplo «una aparición fortuita», «la heroína se declara», «un asesinato», «un accidente», «una explosión», etc., mientras que en el círculo superior había una pequeña ventana que permitía ver una sola de las frases. De tal manera que cuando el escritor se quedara atascado, era suficiente con darle vueltas al ingenio hasta que la ventana quedara sobre una de las líneas argumentales y proseguir con el escrito.
 
   Sin embargo, más allá del testimonio de King, que llega a decir incluso que Wallace patentó su invento y lo vendió como rosquillas, no queda constancia alguna de que la rueda de argumentos de Wallace llegara a existir. Diez años antes de que King lo mencionara por primera vez Michael Crichton habla de una rueda similar en su ensayo Electronic Life, e incluso anticipa un programa de ordenador capaz de realizar la misma función ‒algo así como el abuelo de aplicaciones del estilo de iDeas para escribir‒. Crichton dice que el inventor del aparato es un «famoso escritor de misterio», lo que encaja en la descripción de Wallace, pero no llega a dar su nombre.
 
   Aunque hay otro escritor que también podría corresponderse con la descripción que hace Crichton: Erle Stanley Gardner, conocido sobre todo por haber escrito más de cincuenta novelas del abogado detectivesco Perry Mason. De Gardner sí nos ha llegado una rueda de argumentos, pero es difícil saber si el ingenio es original o si es que tomó algunos de los modelos que se empezaron a hacer populares a partir de los años 20. Al fin y al cabo, son fáciles de fabricar y sus posibilidades solo están limitadas por la imaginación. Amén de ser un reto para el desarrollo de la escritura creativa.

El hombre que salió de un pueblo

 Héctor Tizón murió hace dos años, el 30 de julio de 2012, dejando una obra paulatinamente reconocida como mucho más que un testimonio regional
 
Héctor Tizón, autor argentino que escribió simpemente por dejar obra./pagina12.com.ar
 En vida trazó un arco paradigmático de los destinos de un escritor e intelectual entre los años sesenta, el exilio bajo la dictadura y el regreso posterior a la Argentina. Yala, su lugar en el mundo, a unos quince kilómetros de la capital jujeña; el origen de algunos de sus libros, desde el fundacional Fuego en Casabindo, su lucidez y también parte de su inocencia en materia política se repasan en esta crónica realizada en San Salvador de Jujuy, con el testimonio de su esposa y compañera de toda la vida, Flora Guzmán, y algunos papeles que dejó para terminar de descifrar una vida literaria.
La memoria atesora un espacio donde se instala Héctor Tizón aquella noche de septiembre de 1976. “No dejemos que la política supere a la amistad. Los amigos, la amistad, están por encima de la política...”. Tizón y su esposa, Flora Guzmán, fueron a casa en La Lucila a despedirse. Anunciaron que partían al exilio. Casi un cuarto de siglo después, en agosto de 2000, reinstalado en su querida Yala, en Jujuy, Tizón enfatizaba: “Sí, dije eso, la amistad está por encima de la mitología y la militancia, claro que sí. Fue un momento terrible... Lo político puso en segundo plano a la amistad. Se desconfiaban los hijos de los padres, los padres de los hijos, los hermanos de los hermanos. Llegamos a la carnicería”. Casi cuatro décadas después, decido recordarlo, con pocas certezas y muchas omisiones. Suele ser así la amistad.

Extraño es que esa noche en La Lucila es la que más claramente se registra en el archivo personal. Estaba iniciada la gran fuga al exilio. Tizón y su familia se resignaban a seguir ese camino. Poco después lo haríamos también con Micaela y nuestros tres hijos. El exilio corta una relación, la amistad no se perdía, pero se nublaba la intimidad de las charlas, de la consulta, de la felicidad que producía lo más querible en Buenos Aires o en Jujuy. Mantuvimos una nutrida correspondencia entre octubre de 1969, a poco de la publicación de su primera novela, Fuego en Casabindo, y mediados de los noventa, cuando el teléfono reemplazó a la esquela manuscrita.

Aquella noche de 1976 puso fin a la fantasía de ser vecinos aunque fuera con 1500 kilómetros entre casa y casa en un país que nos pertenecía. Londres y Madrid parecían estar separados por diez o cien mil kilómetros.

La pesadilla ya se le había arrimado a Tizón; primero cuando a un joven abogado, Jorge Ernesto “Dumbo” Turk, se lo llevaron los sicarios de Videla del bufete del poeta y abogado de presos políticos Andrés Fidalgo (1919-2008), preso él también de una dictadura que precedió al terror. Y luego Alcira, hija de Fidalgo, detenida en Buenos Aires en 1976. Cayó por segunda vez, a los 26 años, en 1977, y fue desaparecida. Tizón, abogado laboralista, estaba marcado. El exilio lo alteró, lo hizo un escritor de otra marca, con el mismo idioma, claro, con una desazón subyacente.

Ahora, en su casa en el barrio Los Perales de la capital jujeña, Flora Guzmán recordaba que nos reencontramos por algún trámite, a unos días de aquella despedida en La Lucila en 1976, en la confitería de la estación Retiro. “La conversación no duró ni quince minutos. ¿Te acuerdas? Cada uno de nosotros miraba para todos lados, menos a quien hablaba o escuchaba. Y vos te levantaste y dijiste: ‘¡Así no se puede hablar, vámonos!’. Y nos fuimos, asustados.”

Héctor Tizón falleció el 30 de julio de 2012, arrimando a los 83, en un sanatorio de San Salvador de Jujuy. Yala quedaba a pocos, quizás quince kilómetros, en el corazón.

Los papeles


Flora Guzmán, esposa y gran amor del escritor Héctor Tizón, revisaba memorias y papeles. La conversación giraba en torno de cómo usar los apuntes, notas, entradas, en una especie de diario de Tizón. Flora Guzmán consideraba su publicación. “Está todo mezclado –comentaba–. Hay 71 páginas de diario, pero no siempre se sabe a qué o a quién se refieren los escritos. Hay apuntes sobre el futuro presidente (Josef Broz) Tito, de Yugoslavia, que según Héctor estuvo en Jujuy, cosa que incluye en La mujer de Strasser (1997).” En el ensayo Tierras de frontera (1998), escrito en Yala, Tizón incorpora a otro excéntrico personaje aparecido en Jujuy, un hermano del compositor Giacomo Puccini. La lejanía acomoda a esos extraños.

En voz alta Flora Guzmán leyó pasajes de las notas que consignó Tizón. “‘Para más adelante ya nada me importa demasiado. Tal vez sopla para mí una brizna de esperanza. ¿No habrá llegado ya el momento de quebrar el lápiz, como dije en el reportaje de Granma?’. Eso lo escribió la última vez que estuvimos en Cuba, en 2009”, aclara Flora.

Tizón fue jurado en la Casa de las Américas. “Hay mucho que no tiene sentido. Son apuntes. A veces habla de algo específico pero no se entiende.”

El mensaje escrito en Cuba tiene el mismo tono terminal de su último libro, Memorial de la Puna (2012), publicado poco tiempo antes de su muerte. “Aquí me quedaré, con estas piedras edificaré mi casa y no regresaré jamás a vivir en la ciudad, entre una multitud que no llegaré a conocer nunca. El agua entre las montañas, el verdor de estos angostos valles, la llovizna que, aparentemente, hace más tristes los otoños; y así será hasta que se cumpla mi destino. Tampoco escribiré más, ahora me doy cuenta más claramente de que escribía porque la vida no me bastaba. Ahora sé también que no basta con escribir, hace falta un destino”, se lee en esas páginas.

Ese libro final tiene pasajes hermosos, brillantes. Hay mucho más Tizón en los apuntes que leía Flora Guzmán, su amada, su esposa, su viuda, que lentamente recorría las hojas tratando de enhebrar lo que dejó su amado, pasajes que debieron ser empalmados con lo que es hoy el delgado volumen que es el “último” libro de Tizón.

Flora siguió leyendo: “A lo largo de mi vida que ya atardece he recibido distinciones y honores que me han obligado a enderezar mi conducta...” Faltaban cosas, dijo Flora. Las notas, incluyendo la agenda, suman 85 páginas tipiadas. “Esto es una copia, luego elaboramos otra. Mira, acá hay una referencia a Graham-Yooll...” Y lee las palabras de Tizón: “Circula una versión acerca de que habrían cocinado a balazos a nuestro amigo Andrew Graham-Yooll, secretario de redacción del Buenos Aires Herald, presa de bandas fachistas... pero él nos avisa que va a ser padre de su tercer hijo”. En tiempos de la Triple A no se sabía si se verían nacer a los hijos. La referencia de Tizón es a Isabel Graham-Yooll, nacida el 12 de octubre de 1975. El allanamiento al Herald es de fines de aquel mes. Flora tiene razón, los apuntes, cuidadosamente tipiados, son confusos.

Tomamos un té, “Hiroshima Mon Amour: Té Verde Sencha (Japón), con damasco y durazno, flores de malva europeas, rosas blancas de Paquistán, caléndulas de Egipto y flores de azahar”. Luego pasamos al whisky. Un alivio. A Tizón le gustaba tomar su whisky.

Casabindo


La primera gran novela de Tizón es Fuego en Casabindo (1969). Tenía antes una colección de cuentos, A un costado de los rieles (1960), publicada cuando era secretario de Cultura en la Embajada argentina en México. Casabindo, la novela, tiene su propia historia de origen. “Yo tenía una beca, investigaba relatos orales sobre el diablo en la Puna. Nos fuimos a Humahuaca. Al día siguiente era la fiesta patronal en Casabindo. Ahí empezaron a formarse las primeras imágenes de Héctor Tizón para su novela.” Años después, contaría Dardo Cuneo, en Buenos Aires, que Tizón le había enviado el original para que lo leyera y aconsejara acerca de posibles editoriales. A partir de ahí, el silencio. Largos meses después, Tizón le recuerda a Cuneo el envío y le solicita alguna noticia. Cuneo le había mandado el original a Guillermo Schavelzon, en la editorial Galerna. Para entonces ya anunciaba que tenía las pruebas de página. El libro estaba editado.

Fuego en Casabindo se desarrolla en el pueblo con personajes de la Puna, duros, silenciosos, taciturnos, sobrevivientes de las postrimerías de la batalla de Quera, el 14 de enero de 1875, cuando los terratenientes de Jujuy se propusieron aniquilar a los kollas que reclamaban la devolución de sus tierras ancestrales. Además, las huestes de hacendados querían vengar la derrota que le habían infligido a la oligarquía local los nativos en la batalla de Abra de la Cruz (conocido también como Combate de Cochinoca) el 3 de diciembre de 1874.

Años después, el compositor argentino Virtú Maragno compondría su única ópera, basada en Fuego en Casabindo. Fue llevada al teatro Colón con régie de Alejandro Tantanian en junio de 2004, ya fallecido Maragno, a los 78 años. Tizón fue al Colón.

Fuego en Casabindo confirmó a Tizón como habitante de la Puna para su público lector. Se hallaba lejos de Buenos Aires y las vidrieras de modas. La Puna era para Tizón tierra ancestral. A su padre lo trasladaban de un lugar a otro como parte de su trabajo en el ferrocarril. “Tuve una infancia feliz”, dice Tizón en los apuntes que revisaba Flora. Sus padres fueron Eduardo Tizón y Eleonor Lagomarsino.

Flora Guzmán recordaba: “Al padre lo mandaron un tiempo a Abra Pampa. En realidad lo mandaban por toda la provincia. Entonces Héctor tiene unas imágenes de infancia tan fuertes de la Puna que lo iban a seguir la vida entera. Lo más parecido al hogar paterno iba a ser Yala, donde el padre fue el encargado de la estación (hoy sin rieles y el edificio ocupado por quienes tomaron la propiedad). Yo estaba escribiendo una cosa de mi vida con Héctor y me es muy difícil. Estaba rescatando, por ejemplo, la historia que trae Fuego en Casabindo”.

Sentado en el jardín en Yala bajo el árbol frente a la amplia puerta que tenía su lugar de trabajo, Tizón alguna vez relató que había logrado terminar sus libros gracias a Flora. Así completó El cantar del profeta y del bandido, de 1972, también el casi simultáneo El jactancioso y la bella. Finalmente logró dedicar un tiempo cada mañana antes de ir a la oficina a escribir. “Así logré terminar, porque yo estaba trabado, bloqueado, como dicen los ingleses, tenía un virus que le llaman writer’s block.” Poco después, en 1975, salió en Buenos Aires Sota de bastos, caballo de espadas, cada uno con esa tremenda y pesada sensación envolvente de vacío, del desierto y el panorama rocoso.

“Fue con empuje físico y emocional. Ahora, mirando estos apuntes de Héctor, me doy cuenta de que costó mucho a veces darle ese empuje. Han sido dos años de sentarme con mi asistente, Ana, que es profesora de Letras, tratando de poner en orden sus escritos”, comentó Flora.

“Estábamos un día en Madrid con Blas Matamoro y le dice Blas a Héctor: ‘Me acabo de enterar por el libro de los cuentos completos a los que le hace el prólogo Leonor Fleming, que has nacido en un hotel en Rosario de la Frontera (Salta)’. En conversación, Tizón mantenía que era oriundo de Yala. Al rato reconocía haber nacido en Rosario de la Frontera, en un hotel, `donde mi mamá había ido a bañarse en las aguas del lugar y yo nací’”.

Yala


Fuimos a Yala un sábado a la mañana. La primera impresión es que poco ha cambiado. La calle angosta, a la izquierda la vieja estación, sin vías, con ocupas. Hay cercos que tapan casas nuevas. Estamos a 15 kms de San Salvador de Jujuy. Flora recuerda una gran tormenta reciente. El viento, el granizo, el agua con furia de torrente habían castigado al pueblo: “Quedó como si no hubiera pintado en diez años. Los árboles parecían palitos nomás, pelados de hojas”, dijo Flora.

Entramos al jardín por un viejo portón de hierro. El pasto estaba largo y los árboles hacía tiempo que no habían sido podados; de la entrada al jardín, a la galería, al living donde hacía años habíamos pasado largas noches de invierno frente al hogar, conversando. Estaba todo igual. Flora atendió a un plomero, requerido con urgencia por diversas pérdidas y reparaciones en la casa vacía llena de memorias. Di una vuelta por el jardín, traté de mirar por encima del muro al fondo, hacia el río grande, tapado de árboles y vegetación diversa.

La pileta de natación vacía es indicador del paso del tiempo, de estaciones y años que se fueron, las hojas secas en el fondo casi seco surgen como evidencia de abandono aun cuando no lo hay. Son imágenes. Quizás en la primavera, cuando se pinte la pileta de azul piscina, se corte el pasto, el lugar súbitamente recuperará su rol de testigo de otras vivencias, novelas, historias y risas, la imagen de lugar habitado, disfrutado, y los recuerdos vuelven a presentarse en colores... El Yala de Tizón y de Flora, de amigos, los Cúneo, de Eric y Martha Nepomuceno, de Eduardo Galeano y Helena y tantos más.

Nos sentamos con Flora en dos sillas en el estudio de Tizón, mirando hacia el jardín. Flora comentó, “ahí bajo ese árbol es donde se sentaban ustedes a conversar, a discutir de ingleses... Justo ahí daba el sol. Ahí te contaba esos recuerdos”.

Exilio


“Héctor nunca dejó de pensar en la vuelta. Volver lo tenía decidido desde siempre. Cuando vio terminar la crisis de Malvinas, con el comienzo de la decadencia y caída de los militares, al día siguiente de inmediato empezó a hacer las valijas. Sentía un enorme odio contra un país que lo expulsó. Nunca entendió las innumerables negaciones que sufría. Porque negaba las cosas con pertinacia. La primera negación, para que veas, fue el grado de importancia que le daba a lo que estaba sucediendo a su alrededor: estaba convencido de que podía recibir a los milicos cuando cayeran acá (en Yala), les serviría un whisky, iban a discutir sobre que él siempre había sido un demócrata y había pertenecido a la UCR. Yo lo miraba alucinada, ¿cómo podía...?”

Agregaba Flor: “Lo que te quiero decir es que hubo un problema de generación en Héctor. Creo que es lo que le hizo tan terrible daño. No acababa de descifrar a Videla, con todo lo que representaba. Bueno, por un lado sí, y por el otro Héctor afirmaba que esos militares tenían que entender que había sido radical toda su vida. Era una desarmonía total y, bueno, esto es lo que arrastró todo... Yo creo que yo la tenía clara... porque tenemos los hijos, porque ya aparecían los chicos muertos en Córdoba...”

Flora sacó de una pila de publicaciones un ejemplar de una revista literaria, Estaciones, publicación española en la que participaron Tizón, Santiago Sylvester, Pepe Avello y Carlos Benítez (estos dos son españoles).

“Había en Madrid un personaje generoso, simpático, sensible que se llamaba Faustino Lastra, mexicano de nacimiento que se había criado en España, participó en la guerra civil como correo, que tenía dinero. Faustino, que era amigo de muchos artistas y escritores, empezó a tramar una revista que se llamaría Canto General y que se haría en México por los costos, para que hubiera una comunicación latinoamericana y que se publicara en España. Le pidió a Héctor que colaborara. Incluso, recuerdo que lo mandó a México para que ordenara las cosas allá. Se iba a hacer con la colaboración de Arnaldo Orfila Reynal, que dirigía el Fondo de Cultura Económica... Un desastre. Armaron todo con la ilusión de que esto se podía hacer, y de pronto, no recuerdo por qué causa, no se hizo. Hicieron el número cero. Eso lo ayudó a Héctor en aquel período inicial, muy difícil... Hasta 1979. No podía escribir lo suyo.”

Regreso a Yala


Tizón y parte de la familia regresaron a Jujuy en octubre de 1982. En junio de 1983 lo fui a ver a Yala, buscando el reencuentro con el amigo. Tizón vivía una feliz transición de la vuelta a la escritura. El exilio había quedado atrás, si bien había dejado surcos profundos. Surgieron los textos del fin del exilio: La casa y el viento (1984) y Recuento (1984) y, quizás más impresionante, el claro retorno a la Puna, El hombre que llegó a un pueblo (1988). Tiempo después, un comentario mío acerca de que el clima era casi un personaje en Fuego en Casabindo y en El hombre que llegó a un pueblo, y no tanto ya en La mujer de Strasser (1997) fue vigorosamente refutado. “El clima está de alguna manera presente detrás de todo. Lo que pasa es que a partir de El hombre que llegó a un pueblo, yo he cambiado mis puntos de referencia. Como los agrimensores. Cambian el teodolito y cambian el punto de referencia respecto de la geografía. Me sucedió en un libro que se iba a llamar El largo adiós, pero me dijeron que eso ya me lo habían robado... Y se llama La casa y el viento, que era como una despedida mía no solamente a los temas que habían sido objeto de mi curiosidad y de lo que había escrito hasta entonces, sino incluso a la literatura misma. Yo creía que no iba a escribir nunca más. Fue el último año de Madrid, cuando pensaba que no iba a volver nunca más a Yala. Yo diría que en 1980, 1981 quizás. Estaba por decirle adiós a ese mundo que era mi mundo. No bien terminé el libro se produjo lo de Malvinas y el hundimiento no solamente del acorazado Belgrano sino el hundimiento de la jaula de esos hijos de puta que fueron los que dirigieron el país desde 1976. Entonces me volví aquí a Jujuy y ahí se produjo como una especie de cambio bisagra. El próximo libro fue El hombre que llegó a un pueblo, donde ya no hay localizaciones, no hay nombres propios, no hay prácticamente nada. Está el hombre, que en realidad son dos hombres, es decir él es él y la imagen que los demás tienen de él. Es la historia de un hombre en busca de sí mismo. Es la aventura que todos padecemos.”

Siento un enorme agradecimiento por haberlo conocido, leído y más. Espero que algún día los argentinos se den cuenta de que Héctor Tizón no es sólo Jujuy, es la literatura argentina y más.

A la izquierda, portada de la primera edición de Fuego en Casabindo, de Galerna, 1969. Portada de la primera edición de El hombre que llegó a un pueblo, Legasa, 1988. A la derecha, Héctor Tizón y Flora Guzmán, 1972.