La lectura amplia el marco de nuestra imaginación./queleer.com.ve
Crónica de una muerte anunciada deGabriel García Márquez.
Historia policíaca trufada de ese toque de realismo mágico marca de
la casa, la trama de la novelita (por extensión solamente) del Nobel
colombiano atrapa –a pesar de que el título es un spoiler en sí
mismo– gracias a una audaz rompecabezas en el que la narración de los
hechos avanza y retrocede de forma aparentemente caótica y ciertamente
genial.
El Perfume dePatrick Süskind
La historia de Jean-Baptiste Grenouille (nacido paria en la Francia
del siglo XVIII pero con una capacidad olfativa prodigiosa) y su
demencial búsqueda del olor definitivo resulta un thriller
apasionante, algo a priori sorprendente si se tiene en cuenta
que en infinidad de pasajes no se habla de otra cosa que no sea eso,
olores. Una ovación para el autor.
El misterio de la cripta embrujada de Eduardo Mendoza
La mezcla de novela negra, humor
descacharrante, prosa pomposa y florida y costumbrismo casposo y cañí
hacen de esta novela una lectura tan gozosa como absorbente. Dado el
merecido éxito, Mendoza ha publicado otros tres títulos sobre las
desventuras del majareta detective sin nombre, ‘El laberinto de las
aceitunas’, ‘La aventura del tocador de señoras’ y ‘El enredo de la
bolsa y la vida’.
El viejo y el mar de Ernest Hemingway
Sencillamente una de las mejores piezas de ficción jamás escritas. Puede que Papa Hem
esté pasado de moda y en muchas ocasiones se comportase como un
auténtico capullo, pero su estilo literario es único e inimitable: rudo
pero suave, poderoso y a la vez romántico, nunca lo desplegó mejor que
en esta historia de un hombre mayor empeñado en pescar un pez.
Rebelión en la granja de George Orwell
Fábula moderna en la que el autor de 1984
refleja las miserias del totalitarismo (inspirado en el modelo de la
URSS y motivado por el desencanto de su experiencia en la Guerra Civil
española). Escrita en tono de sátira y protagonizada por animales, la
obra tiene tantos niveles de profundidad que su mensaje trasciende a
adultos y niños, formando parte de numerosos programas de lectura
infantil.
La carretera de Cormac McCarthy
El novelista americano es un maestro de
las letras a la altura de los más grandes, algo que queda de manifiesto
en esta apasionante y adictiva historia de un hombre y su hijo
intentando sobrevivir en un mundo postapocalíptico. No hay diálogos ni
giros efectistas sino monólogos interiores, horror, angustia, hambre y
frío, mucho frío. Se lee de una sentada pero ese frío tarda en
abandonarte muuuuucho tiempo.
Pantaleón y las visitadoras de Mario Vargas Llosa
Una novela breve y humorística está
condenada a ser una “obra menor” en la carrera de un grande como Vargas
Llosa. Sin embargo, ‘Pantaleón y las visitadoras’ funciona como un
descacharrante mecanismo de precisión. El novelista utiliza la remilgada
jerga militar para relatar la quijotesca organización de un ejército de
meretrices en la selva peruana por parte del concienzudo capitán
Pantaleón Pantoja.
El niño con el pijama de rayas de John Boyne
Si el libro se lee de una sentada (y tanto: fue dos años seguidos el
libro más vendido de España), su autor tardó poco más en parirlo (el
escritor irlandés confesó que escribió entero el primer esbozo en dos
días y medio y sin apenas dormir). Pese a todas estas prisas, y al
protagonismo absoluto de los muchas veces espinosos niños, estamos ante
un relato conmovedor, tratado desde una perspectiva diferente, de los
horrores del Holocausto nazi.
Matadero 5 de Kurt Vonnegut
Ambientada durante la Segunda Guerra
Mundial, esta obra popular y superventas es un alegato antibelicista
disfrazado de novela de ciencia ficción en torno a los viajes en el
tiempo. Vonnegut, que emplea metáforas, rasgos surrealistas y
situaciones absurdas, aprovecha las desordenadas traslaciones temporales
y espaciales para subrayar el estado mental del protagonista; con gran
efectividad, por cierto.
Cartero de Charles Bukovsky
Prácticamente todos los libros de este
escritor tardío, follador, bebedor y apostador empedernido, e
involuntario héroe de la contracultura americana, se leen con celeridad.
Su prosa sencilla descarnada y sus historias autobiográficas –aunque
las protagonice su alter ego literario Henry Chinasky– de miseria
cotidiana enganchan. Pero este en concreto, divertidísimo, ambientado en
los años que pasó trabajando en el servicio postal de su país, se
devora en un par de sabrosos bocados.
Extraños en un tren de Patricia Highsmith
Qué menos que incluir en este listado
algo del denostado –y bendito– género negro de consumo masivo (en el
caso que nos atañe, bien merecido por cuestiones de calidad). Una novela
apasionante, original, entretenidísima, con carga psicológica… de las
que te atrapan para no soltarte hasta el final.
No solo el cine y la televisión: hasta el mundo editorial se dejó seducir por el encanto de la realidad. Cada vez más le apuesta a personajes de carne y hueso o a hechos de coyuntura para cautivar a los lectores
De izquierda a derecha:Vicky Dávila publicó Enemigos, uno de los libros de coyuntura más importantes del año. José Guarnizo escribió Extraditados por error, literatura y realidad. Abajo: Mauricio Silva, coautor de Así volvimos al Mundial.
De izquierda a derecha: la historiadora Diana Uribe, una de las autoras
que más vende. Y Catalina Gómez, con sus Apuntes de Cata, también tuvo
éxito en el mercado editorial. Daniel Samper Ospina no tiene pierde en
las librerías con la combinación de humor y política./semana.com
Se acabo el mundial, pasaron las elecciones y muchos olvidaron sumar en la lista de los ganadores a las editoriales. Este par de acontecimientos inspiraron libros que tan pronto llenaron las estanterías, fueron rápidamente vendidos. Un hecho que no sorprende, pues desde hace un par de décadas la noficción ganó un considerable espacio entre los lectores. Tanto así que pone en aprietos a la literatura
Este
avance de la no ficción comercial, en donde entran publicaciones
periodísticas o de coyuntura, pero también los de autoayuda,
espiritualidad, salud y ejercicio y otras más, comenzó hace algunos
años con los libros del cronista Germán Castro Caycedo (Colombia amarga y
El Karina, entre otros) que siguen vendiéndose muy bien. Después, el
devenir del país, con hechos como el narcotráfico y sus grandes capos,
el proceso 8.000, la corrupción y los testimonios de exsecuestrados, se
convirtió en una oportunidad para que algunas editoriales empezaran a
publicar libros de periodistas que abordaban esa realidad. La fórmula
funcionó.
Aunque no hay cifras oficiales que ratifiquen esta
tendencia, las editoriales son recelosas a la hora de revelar sus
números. Felipe Ossa, gerente de la Librería Nacional, asegura que los
textos de no ficción pueden llegar a tener un 25 por ciento del mercado.
Y algunos títulos, no todos, venden muy bien. Según él, la razón es que
“en este país se lee poca literatura seria, la mayoría de sus
lectores no lo son realmente. Es decir, solo compran libros porque son
de escándalos o de temas morbosos”.
La no ficción, por supuesto,
no solo abarca a estos libros coyunturales comercialmente exitosos,
pues hay muchísimos títulos serios de historia o ensayo que no
participan de este boom. Los que están creciendo en ventas tienen un
factor, en la mayoría de los casos, que marca la diferencia: sus
autores. En gran parte son periodistas reconocidos que no solo recurren a
la visibilidad que les da su medio, sino también a las redes sociales,
que se han convertido en una
infalible herramienta promocional. Y
si vienen acompañados de polémica, mucho mejor. Otra tendencia es la de
los famosos que escriben de otros temas con buenos recaudos, como
Santiago Rojas, en la salud; Flavia Dos Santos, en el sexo y Catalina
Gómez, en la belleza.
La exposición mediática es determinante,
las editoriales lo saben y por eso también ofrecen libros de políticos,
de actores y hasta de delincuentes. Como asegura Luis Fernando Afanador,
crítico de libros de SEMANA, la fama es el criterio. Explica que por la
rotación cada vez más rápida de títulos, no hay mucho tiempo para
consolidar a un autor y se requiere que venga ya con su fama
incorporada. O con algún tipo de plus, como ser joven, bonito o ganador
de un premio.
Sin embargo, en algunos casos se rompe esa
hipótesis. Gustavo Mauricio García Arenas, de Icono, editorial
especializada en libros de no ficción, hace énfasis en que “a veces
importará más el tema del que se escriba que la calidad del texto o del
autor”.
Y actualmente, en las librerías, hay dos obras de
periodistas jóvenes que lo confirman. Alias, de Andrés Pachón, sobre un
impostor colombiano que está en la lista de los más buscados del mundo. Y
Extraditados por error, de José Guarnizo, el drama de cuatro
colombianos deportados a Estados Unidos.
Vida corta
Los
libros de no ficción tienen también la particularidad de que su vida es
corta. En algunos casos duran mientras exista una coyuntura, una
ocasión, como los títulos publicados sobre la Selección Colombia a raíz
del Mundial Brasil 2014. Antes y durante el torneo fueron muy bien
aceptados. Hoy, casi ni se exhiben. Pero ya muchas editoriales preparan
una nueva ofensiva. Se espera que muy pronto aparezcan libros
relacionados con la vida y obra de James Rodríguez y de otros jugadores
del equipo nacional. Los éxitos del ciclismo colombiano, encabezados
por Nairo Quintana, también están en la mira.
Este año los
autores también aprovecharon las elecciones presidenciales, como la
periodista Vicky Dávila con su libro Enemigos: Santos y Uribe ¿Por qué
se odian?, que, según calcula Felipe Ossa, en época electoral pudo
vender unos 10.000 ejemplares, pero después decayó. Igual ocurre con
Por las sendas del Ubérrimo, de Iván Cepeda, que aparece en la lista de
los más vendidos del año en la Librería Lerner. Un caso particular es
Las aventuras de Pachito, de Daniel Samper Ospina, pues a pesar de que
su fondo es político, el humor lo mantiene vigente.
No solo los
libros de ocurrencias tienen una vida más larga en las estanterías.
También los de periodismo literario, como los de Alberto Salcedo, y los
de historia, como los de Diana Uribe. En ese lote también caben temas de
espiritualidad, salud y ejercicio, con obras como El mejor medicamento
eres tú o La enzima para rejuvenecer.
Aunque la no ficción venda
bien, la crítica le encuentra reparos. Mauricio Silva, autor de seis
libros, la mayoría crónicas deportivas, dice: “La crítica, en general,
ni me trata. Y con razón, porque yo no soy escritor. Esto apenas
es periodismo del más normal del mundo”. Nicolás Morales, columnista de
Arcadia y director editorial de la Universidad Javeriana, cree que los
editores de las grandes casas intentan hacer su mejor trabajo pero los
libros, no todos, son muy pobres, en parte porque los redactan
apresuradamente (los tiempos de producción son muy cortos), los temas
son muy predecibles y la escritura no es de mucha calidad.
Criticados
o ignorados, la no ficción vende y seguirá lanzando novedades, como las
que anuncia Editorial Planeta sobre la vida de Pablo Escobar, escrita
por su familia, y también una publicación sobre uno de los hermanos
Rodríguez Orejuela. Seguro estas historias, como otras de su género,
seguirán atrapando lectores. Porque generalmente un título de no
ficción, en muchos casos, como dice Gabriel Iriarte, director editorial
de Penguin Random House Colombia, es el único libro que mucha gente
compra durante el año.
Y el siguiente dato puede marcar lo que
sucede con la ficción en el país. Felipe Ossa explica: “Como este no es
un país de lectores, no se vende literatura, algo que requiere, en
muchos casos, una formación como lector”.
Importantes personalidades de la cultura recordarán en México el
quinto aniversario de la muerte del escritor uruguayo Mario Benedetti
con la lectura de La Tregua, una de sus principales novelas, el
próximo 10 de agosto en el Auditorio Nacional
Mario Benedetti, autor uruguayo de La tregua./lainformacion.com
El principal teatro
del país, la editorial Alfaguara y W Radio organizarán el homenaje a
uno de los principales poetas latinoamericanos del siglo XX que, además,
tuvo una prolija obra en prosa, entre la que destaca La Tregua.
Publicada
en 1960, la joya literaria está escrita con entradas del diario del
protagonista Martín Santomé, un aburrido hombre maduro que espera su
jubilación, pero que de repente conoce a la joven Laura Avellaneda, con
quien vive una tórrida historia de amor que le cambia la vida.
El
tema del tiempo, la diferencia de edad y razonamientos con un gran valor
humano son tocados con una escritura fina por Benedetti, quien guarda
para los lectores un final inesperado sobre el tema de la existencia del
ser humano.
Se trata de una de las obras en prosa de más
aceptación del escritor, que publicó más de 50 libros, entre ellos, las
novelas Primavera con una esquina rota, Gracias por el fuego y Andamios, en la cual cuenta duras experiencias sobre el tema del
exilio, uno de sus preferidos.
Benedetti (Paseo de los Toros, 1920 - Montevideo,
2009) se ganó la vida como taquígrafo, vendedor, cajero, contable y
funcionario público, ocupaciones que le dieron vivencias para luego
desempeñarse como periodista y, sobre todo, para sus obras de ficción.
Fue
un versátil autor que publicó poesía, cuentos, novela, ensayos, teatro y
crítica literaria. En 1999, ganó el Premio Reina Sofía de Poesía y en
el 2000 el Premio Iberoamericano José Martí.
La
entrada a la lectura de "La Tregua", traducida a más de 10 idiomas,
será libre a partir del mediodía del 10 de agosto en una velada que
estará conducida por el conductor de radio Enrique Hernández Alcázar.
El minucioso relato biográfico Cortázar en Mendoza de Jaime Correas, recupera versos tempranos y apuntes del escritor. Aquí, como celebración del próximo centenario de su nacimiento, un análisis del influjo del género en la literatura del autor de Rayuela y, a modo de anticipo, una selección de esos poemas poco conocidos
Julio Cortázar, El Gran Cronopio Mayor, está de centenario./adncultura.com
Hay un instante en que el poeta sabe para siempre que
lo será. Ese instante puede ser un reconocimiento que vagamente
transmite el soliloquio; tal vez la visión de un objeto real que de
pronto acuerda con un verso inmediato; el deseo demasiado cercano de una
infancia recordada a voluntad. Más a menudo es una lectura febril o
hambrienta o despierta, ese eco simpático -que atraviesa el tiempo y
marca la historia- que alguien quiere repetir en sí mismo hasta saber
que esa mismidad del yo, en el poema, es un doble, otro, nadie. Y aun
así, nada de lo que la poesía atestigua puede tener lugar sino en la
vida. En Opio. Diario de una desintoxicación, Jean Cocteau escribió:
Asqueado
por la literatura, he querido superar la literatura y vivir mi obra.
Ello hace que mi obra me coma, que empiece ella a vivir y que yo muera.
Por lo demás, las obras se dividen en dos categorías: las que hacen
vivir y las que matan. [...] Nosotros, los poetas, tenemos la manía de
la verdad, procuramos transmitir al detalle lo que nos choca. "¡Qué suyo
es!", he aquí el elogio que se atrae siempre nuestra exactitud. [.].
Ahora bien, el poeta no pide ninguna admiración; quiere ser creído.
A
los diecinueve años, Julio Cortázar leyó ese libro. No cuesta imaginar
que haya creado en él esa misma determinación vitalista reunida con una
autoconciencia poética que halló en la figura de Arthur Rimbaud, cuando
escribió su primer ensayo sobre el poeta, en 1941. Lo había firmado para
Huella, una de las fugaces revistas del neorromanticismo argentino de
los años cuarenta, con el mismo seudónimo que usó para su primer libro
de poesía, Presencia, publicado en 1938: Julio Denis. En él afirmaba que
Rimbaud era un punto de partida y lo diferenciaba de Mallarmé en un
aspecto esencial: mientras éste concentraba su logro en alcanzar una
poesía pura a través de una lucha que a la vez se deshumaniza, se
desangra y finalmente prescinde de sí mismo cuando "cayó en el total
hermetismo del que lo libró la muerte", Rimbaud era "ante todo un
hombre". No procuraba la impersonalidad, sino una liberación del yo en
el "Yo es otro".
En su apropiación de Rimbaud, Cortázar se
diferenciaba de los surrealistas, que lo veían confiando en impulsos
inconscientes, o de aquellos que lo interpretaban como buscador de un
absoluto de poesía. El camino de Rimbaud era para Cortázar, en cambio,
un anticipo del existencialismo y una fusión de la poesía en la vida
como lucha o agonía, camino del infierno o conquista del yo:
Mallarmé
se despeña sobre la poesía; Rimbaud vuelve a esta existencia. El
primero nos deja una Obra; el segundo, la historia de una sangre. Con
toda mi devoción al gran poeta, siento que mi ser, en cuanto integral,
va hacia Rimbaud con un cariño que es hermandad y nostalgia. [.]. La
aventura de Rimbaud es un punto de partida para la desgarrada poesía de
nuestro tiempo, que supera en conciencia de sí misma a cualquier momento
de la historia espiritual; ahora, siendo más modestos, somos a la vez
más ambiciosos; sabemos la grandeza y la miseria de esta Poesía,
intuimos sus fuentes y sus napas. Somos, en ese sentido, los voyants
(videntes) que él reclamaba.
El crítico Jaime Alazraki, editor de
la obra crítica de Cortázar y antes abnegado pesquisa de aquel
tempranísimo ensayo de Cortázar sobre Rimbaud, reconoció que ese texto
era una versión simplificada, pero a la vez anticipatoria, de una
cosmovisión que alcanzaría en Rayuela (1963) su punto más alto. Señala
que esa diferenciación de Mallarmé era una solapada autocrítica de los
sonetos mallarmeanos de su primer libro, Presencia, y que el seudónimo
"Julio Denis" actuaba como una reserva y una señal de inseguridad, ya
que sólo en aquel libro y en este artículo lo había usado. Si bien el
propio Cortázar había reconocido a Luis Harss, en una entrevista
incluida en Los nuestros (1966), que los poemas de Presencia eran "muy
mallarmeanos y felizmente olvidados", existen varias cartas entre 1939 y
1944, años de su estadía como profesor en Chivilcoy hasta que fue
contratado por la Universidad de Cuyo, firmadas como "Julio Denis". En
carta del 31 de julio de 1940, advierte: "Yo sé que en Presencia hay
mucho de ello, y no niego la influencia enorme que sobre mí tuvo y tiene
Mallarmé. Pero no soy 'mallarméen'. [.]. Estoy muy lejos de Mallarmé.
En cambio, ¡qué cerca me siento de Rimbaud!".
Esa figura de Julio
Denis era menos una reticencia que un doble: el modo en que Cortázar se
vincula con la literatura es a través de la poesía y con ella aparece
esa duplicidad primera que será, a lo largo de toda su obra, matriz de
numerosos juegos de dobles: personas, tiempos, lugares. Pero ello
significa también que la poesía -o, como él la llamó, la poeticidad- es
un impulso que lleva la literatura más allá de sí misma y quiebra en su
manifestación vital los presupuestos de la razón de Occidente. Ese rasgo
está desde el comienzo en la obra de Julio Cortázar y podría afirmarse
que fue su fundación, su secreta vertiente, una fluencia que sostuvo
incluso sus postulados más utópicos. En una entrevista con Evelyn Picon
Garfield, de 1981, Cortázar reconoció:
Nadie me pregunta, nadie me
entrevista ni me interroga sobre temas poéticos partiendo del principio
de que no soy poeta sino prosista. Y sin embargo, la poesía es
absolutamente necesaria para mí y si alguna nostalgia tengo yo es que mi
obra en definitiva no es una obra exclusivamente poética.
La
aparición del notable Cortázar en Mendoza, de Jaime Correas, que amplía y
reescribe su Cortázar, profesor universitario (2004) a la luz de nuevos
hallazgos, demuestra con creces el compromiso de Cortázar con la
poesía, no sólo mediante su constante ejercicio sino también por su
lectura y su enseñanza. El volumen de Correas es algo así como una
biografía microscópica y minuciosa de tres años en la vida del escritor:
aquellos en los cuales le ofrecieron dar clases en la Universidad de
Cuyo, entre julio de 1944 y diciembre de 1945, cuando Cortázar se hizo
cargo del interinato de dos cátedras de Literatura Francesa y una de
Europa Septentrional.
La investigación de Correas es
extraordinaria por el grado de precisión y seguimiento de todas las
actividades de Cortázar en el claustro universitario y en la vida
provinciana, que incluye también la encrucijada política de esos años de
la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, las disputas con nacionalismos
filofascistas que se extendían en diversos grupos de la sociedad
argentina y el contexto de la presidencia de facto del general Edelmiro
J. Farrel y la revolución de 1943, previa a la irrupción de la primera
presidencia de Juan Domingo Perón.
Correas también reconstruye el
mundo cotidiano del escritor y sus vínculos amistosos y aun el modo en
el cual el circunspecto profesor Cortázar va dando paso, siquiera de un
modo latente tal como se percibe en las cartas y textos y alusiones a su
círculo íntimo (por ejemplo, con la familia del artista plástico Sergio
Hocevar, que firmaba Sergio Sergi, al que llamaba "el Oso"), a esa
dimensión lúdica y humorística y rítmica que minará la Gran Costumbre o
el Gran Sistema con el humor y lo absurdo, desde los Cronopios hasta la
Joda.
Así lo revela, entre las numerosos testimonios reunidos por
Correas, un poema, "Goulash para el oso", que celebra con una receta
poética el goulash ofrecido por su amigo, y que comienza: "Receta del
goulash, tómese un pedazo de estrella y una ortiga,/ el corazón feroz
del pez espada, la medusa que duerme en las despedidas,/ mezclados al
inevitable conflicto que sigue a la llegada de los trenes,/ a las
facturas de la tienda, a los mensajes del obispo./ Con ternura alicaída,
como un perro bañado o un tomate solo,/ se irá tirando el día sobre un
mármol hasta verlo arrugarse,/ a fin de que entre tanta lentitud se
precise el latir de la tormenta,/ la cólera de los sartenes con su solo
ojo ciego, el canto/ nupcial de las cebollas y las gelatinas".
Foto: LA NACION
Acaso
el núcleo más precioso de este libro sea el pasaje de la figura de
aquel Julio Denis a la del autor Julio Cortázar, pero asumido en el
gesto del poeta. Correas no sólo reconstruye todo ese pasaje iniciático,
afirmando que los años de Mendoza fueron una especie de "bisagra vital"
por la cual muere aquel Julio Denis para dar nacimiento al primer Julio
Cortázar (que será también el narrador de aquellos iniciales cuentos
inéditos recogidos en La otra orilla que formaban parte de esa época),
sino que además reconstruye todo aquello que Cortázar enseñaba a través
de sus programas y sus apuntes de clase, así como una carpeta de treinta
poemas que el escritor ordenó bajo el título "Poemas 1945-1948" y que
había editado Saúl Yurkievich en Poesía y poética (Galaxia Gutenberg,
2005-2009), un volumen que prácticamente no circuló en la Argentina.
Correas
demuestra con creces la hipótesis de esa encrucijada vital que
transformó al profesor en escritor, a ese doble llamado Julio Denis en
el Cortázar que a su vez diseminaría dobles en sus ritos y pasajes, las
dimensiones abismadas en un continuo de cinta de Moebius, el
cuestionamiento del Logos occidental que hallaría tanto en el Juego como
en la utopía socialista atajos posibles para la vida concreta. Correas
acentúa un núcleo esencial que tiene en la figura de Rimbaud un centro y
también en otros textos iniciales.
En esos años Cortázar publica
en la Revista de Estudios Clásicos de Mendoza, hacia 1946, el ensayo "La
urna griega en la poesía de John Keats", que luego se expandiría hacia
un vasto ensayo de 1952 que había permanecido inédito por décadas:
Imagen de John Keats (1996) -dedicado a Arturo Marasso, su querido ex
profesor del Mariano Acosta-. De esa época data también el texto que
sería, acaso, la primera poética personal, pero que revierte sobre el
surrealismo y el existencialismo: "Teoría del túnel". En ese texto
aparece otra figura poética central para Cortázar: Isidore Ducasse, el
Conde de Lautréamont, el poeta excéntrico y extemporáneo de Los cantos
de Maldoror. También Ducasse era, para Cortázar, alguien "para quien lo
poético es el solo lenguaje significativo porque lo poético es lo
existencial, su expresión humana y su realidad última".
Foto: LA NACION
En
su reconstrucción, Correas exalta parte de esa trama o, como la llama,
esa "lógica interna": al seguir las clases de Cortázar, sus traducciones
poéticas para ilustrarlas, sus apuntes y sus programas desarrollados en
Mendoza (el curso de 1945 fue "La poesía francesa desde Rimbaud hasta
nuestros días"), confirma, por un lado, el desarrollo de las ideas que
cifraría el primer ensayo sobre Rimbaud para la revista Huella y, por
otro, la original atención a Lautréamont, cuyos Cantos de Maldoror no
serían traducidos por Aldo Pellegrini hasta 1964 (justamente un año
después de la aparición de Rayuela). Como una coda conmovedora en esa
trama hecha de huellas, fotografías, cartas, y aun libros obsequiados
morosamente que guardan flores resecas, Correas reconstruyó un regreso:
la visita de Cortázar a Mendoza en 1973. Un día sonó el teléfono de Lida
Aronne Amestoy (autora de Cortázar: la novela mandala) en Godoy Cruz y
la mujer escuchó la clara voz de erres arrastradas de Cortázar que
decía: "Lida, te habla Horacio Oliveira". En esos días, además de sus
visitas y reconocimientos, Correas registró un hecho olvidado y
extraordinario: Antonio Di Benedetto escribió para el diario Los Andes
la crónica de este regreso el 11 de marzo de 1973, reproducida completa,
y también le regaló a Cortázar un ejemplar de su libro perfecto: Zama.
Habría
así en Rayuela este humus poético. Tal vez no fue habitualmente
reconocido el vínculo profundo de este origen poético de la literatura
de Cortázar con el carácter más original y más permanente, aunque
todavía menos explorado en términos críticos, de su actualidad. Aun en
el origen mismo del proyecto de Rayuela este vínculo es evidente. Al
comienzo del llamado Cuaderno de bitácora de "Rayuela", aquel legendario
cuaderno de notas, esbozos, fragmentos y pre-textos de la gran novela
de Julio Cortázar (que editó y estudió con amorosa inteligencia Ana
María Barrenechea, a quien el autor se lo había regalado), se lee una
profesión de fe poética en las páginas 9 a 13. Comienza apuntando: "Es
exacto que la poesía ha perdido terreno". Luego señala que tanto la
poesía como el poema fueron reemplazados por un "poetismo general"
manifiestos en la literatura y el arte pero "sin la intensidad de un
Rimbaud o de un Vallejo" y con una renuncia de Occidente al mundo
"mágico, simpático, analógico". Cortázar ya había razonado este
fundamento romántico en varios capítulos de Imagen de John Keats,
anticipando en una década algunos argumentos de Morelli en Rayuela:
La
evolución racionalizante del hombre ha eliminado progresivamente la
cosmovisión mágica, sustituyéndola por las articulaciones que ilustran
toda historia de la filosofía y la ciencia, [.] es evidente que el
hombre ha renunciado a una concepción mágica del mundo con fines de
dominio.
Foto: LA NACION
Luego
se pregunta por qué ha ocurrido esta muerte de la "poesía-en-la-vida".
En cierto modo Cortázar reúne tanto los efectos de la era de la
reproducción técnica como los fenómenos de la razón instrumental del
capitalismo, en desmedro de aquello que con Nietzsche se llamó lo
dionisíaco y de una crítica de la alienación en Occidente, resurgida con
fuerza en los años sesenta:
La desmesurada centrifugación del
hombre: radio, TV, Comet, Sputnik, high fidelity, cinemascope, etc. En
vez de enraizarnos (que es actitud, búsqueda y logro de poesía), en vez
de buscar el Centro (Eliade: el Mandala), nos extendemos en mancha de
aceite, nos trivializamos. Un poema exige siempre una solidarización
momentánea para una confrontación. [.]. La lectura de los poetas es un
"lujo" más, no ya una operación nocturna y grave como lo entendían los
románticos. O sea que el Occidente sigue su tradición helénica de
racionalismo, Apolo gana hoy este round de su lucha secular con
Dionisos. Pero el hombre es más que el Occidente. Por no querer
aceptarlo, el Occidente se está suicidando. La muerte de la poesía es
una de sus necrosis.
Pero luego agrega una posdata, en francés:
"'Poésie pas morte!', La poesía no ha muerto. [.]. La muerte, aquí, es
una resultante estadística: la poesía vuelve hoy a la dimensión de
género literario que tuvo en sus peores épocas".
Se advierte allí
que lo poético informa esa dimensión de lo dionisíaco propio de la
modernidad estética que, como estudió Jürgen Habermas en El discurso
filosófico de la modernidad (1985), corresponde a una nueva subjetividad
descentrada, liberada de las convenciones cotidianas de la percepción
consuetudinaria, abierta en cambio al mundo de lo imprevisible, de lo
súbito, del éxtasis, allí donde progresa la pérdida de los límites
individuales. ¿Pero no es éste el sentido de los dobles y los espacios
duales en Cortázar, entre Oliveira y Traveler, entre la Maga y Talita?
¿No es éste el fundamento del salto hacia el fulgor del mandala que
lanza a Horacio Oliveira al vacío? ¿No es la prédica de Morelli la de
una razón centrada en ese sujeto unitario, la de un enfrentamiento con
lo otro de la razón? ¿Y acaso Cortázar no aprendió ese fundamento en la
poesía de Rimbaud y en las Cartas del vidente, que él tradujo y divulgó
en sus clases y en su primer ensayo de los años cuarenta?
Esa
resistencia estética ya se halla en el saxofonista Johnny Carter de "El
perseguidor", pero así como muchos de los surrealistas -el propio
Breton, Buñuel, Aragon o Eluard- hallaron en el comunismo la vía de una
encarnación de la razón ardiente, así en un movimiento análogo Cortázar
buscó en la Revolución cubana y las utopías de los años sesenta la
articulación concreta de aquellas proyecciones. Y otra vez su origen era
poético y se hallaba ya en Rimbaud, porque la busca de su nueva lengua
poética, desde el soneto "Vocales", coincidía con el sueño de un mundo
nuevo como el barco ebrio lanzado al horizonte de la historia. Y aun así
el Julio Denis de los años cuarenta había predicado el fin, como una
derrota que sería, sin embargo, un paradójico pasaje triunfal como
manifestación viviente:
Hay en todo poeta una fatalidad que lo
arrastra, una "manía". Y si la tentativa de este orden está destinada a
fracasar, si lo absoluto no puede serle dado, si el conocimiento
poético, como el místico, es inexpresable, su pasaje nunca será vano.
Del Rimbaud que traficó en Abisinia no nos resta nada merecedor del
recuerdo; del adolescente que se desangró sobre los filos de un
imposible queda la obra más viva y más honda de la poesía moderna. Y,
para decirlo con él, aunque el logro sea siempre diferido, "vendrán
otros horribles trabajadores: comenzarán por el horizonte donde el
anterior fue abatido".
El vínculo fundacional de Cortázar con la
poesía, que el volumen de Jaime Correas Cortázar en Mendoza asegura y
magnifica, también explicaría su agudísima y temprana conciencia de una
novela como Adán Buenosayres, en 1949, cuyo fundamento también es
poético. O esa coincidencia magnética con José Lezama Lima y su novela
Paradiso, así como Lezama interpreta Rayuela como vector de su propia
obra. No es extraño, tampoco, que desde la praxis poética, Octavio Paz
reconociera hacia 1971 -cuando Cortázar ya había manifestado largamente
su compromiso con el socialismo latinoamericano- que "Julio Cortázar es
el escritor de mi lengua del que yo me siento más cerca". De hecho, un
libro algo anómalo de Cortázar como Prosa del observatorio (1971) se
vincula directamente con Octavio Paz.
La experiencia diplomática
de Paz como embajador mexicano en la India, en Nueva Delhi, alentó el
vínculo con la cultura hindú y, entre otros textos, su obra maestra El
mono gramático. Ese texto en prosa de Paz, escrito en Cambridge en 1970,
evoca la experiencia poética y sagrada de un itinerario, decurso del
discurso, por el camino de Galta, localidad abandonada y en ruinas cerca
de Jaipur, llevado a cabo antes de octubre de 1968, cuando Paz renunció
a su cargo a raíz de la matanza de Tlatelolco. Entre febrero y abril de
ese mismo año, Paz alojó en la embajada a Julio Cortázar y a Aurora
Bernárdez, lo inició en muchos aspectos del hinduismo y el budismo y
realizó viajes con él. Entre esos viajes a diversas ciudades y regiones,
hubo uno a Jaipur, donde Cortázar fotografió los observatorios del
sultán Jai Singh. En 1971, en su casa de veraneo en Saignon, escribió, a
propósito de esa experiencia, ese breve texto en prosa, no menos
poético y heterodoxo que El mono gramático, llamado Prosa del
observatorio, que Graciela Maturo (por entonces Graciela de Sola), en
una carta al autor, señaló como un texto poético. En 1972, Cortázar le
respondió:
No es injusto que haya llamado prosa a lo que vos
sentís como un poema; lo hice en la misma dirección en que Cendrars
había llamado Prose du Transibérien a su poema, o Mallarmé Prose pour
des Esseintes al suyo, es decir que a buen entendedor.
La
confluencia vital y poética de Paz y Cortázar tuvo, en el espacio a la
vez real e imaginario de Jaipur y en esos libros de prosa poética, una
convergencia que también puede razonarse a través de la noción de
pasaje.
La permanente labor poética de Cortázar finalizó en Salvo
el crepúsculo, un volumen de poemas que revisó poco antes de morir, en
1984. Ese hecho, que parece fruto de la contingencia, podría leerse como
necesidad en la lógica de las analogías cortazarianas. Allí entrelazó
los poemas con textos que los comentaban, estos sí en esa prosa de
ensayismo zumbón que había ejercitado en La vuelta al día en ochenta
mundos o en Último round, como una voz que se refractaba en otros
sujetos diversos del sujeto poético, por ejemplo en las figuras de
Polanco y Calac. En ese orden alterno, los poemas se transforman en
"pameos" y "meopas" y "prosemas", mediante un juego combinatorio de
tiempos confluyentes y azares objetivos:
hay pameos que buscan
pameos a la vez que rechazan meopas, hay prosemas que sólo aceptan por
compañía otros prosemas que sólo aceptan por compañía otros prosemas
hasta ahora separados por años, olvidos y bloques de papel tan
diferentes. [.]. Nunca quise mariposas clavadas en un cartón; busco una
ecología poética, atisbarme y reconocerme desde mundos diferentes, desde
cosas que sólo los poemas no habían olvidado y me guardaban como viejas
fotografías fieles.
El poeta había dado el salto, del cielo a la tierra.
Poemas recobrados
Enajenada vida
¡Qué pocamente vives, alma!
Sólo por un cabello que bajo el sol sonríe,
o desde los arroyos por un furtivo paso -
De sustancias ajenas se completa tu reino.
Juntas tienes las manos
centinelas del hueco que en su interior espera,
paloma de humo para las flechas de la luna,
enamorado encuentro de un caballito de aire
-sus rizos o sus cejas-
o solamente el verso que mis arañas tejen
a manera de olvido.
Qué pocamente vives, alma,
pues que vives sin ti y enajenada,
sin que de tantas fugas por sus cielos negados
me traigas una voz, una postal, un trébol.
Mendoza, septiembre 1944 - marzo 1945
Blues de la media vuelta
Andaba -¿quién me vio?-
por las retamas, las perdidas fiestas,
con un lebrel de olvido por los flancos
y tú perpetuamente.
Yo no tengo la culpa
de que en las calles no me saludaran,
que me reconocieran solamente
los ciegos, las ancianas, los buzones.
¿Acaso no buscábamos
una idéntica cifra, unas canciones
de niebla, y esos pájaros salados
que a tu piano acudían por la tarde
y eran como tu llanto, sí, tu llanto?
Andaba -¿quién me oyó?-
por las perdidas fiestas, los parterres,
y el lebrel. Hasta un punto de retorno,
seguir y perseguir; estuve
pronto de vuelta.
Mendoza, febrero de 1945
Versos para la tarde
Sobre un cielo de loza
se va posando el ave de la noche
con la leve demora
que abre en el horizonte
la vanidad final de sus colores.
-Este pensar la vida
como el dulce vivir de no pensarla;
esta rubia caricia
mojándonos las alas,
sustituyendo el vuelo por la estancia.
Ícaro adolescente,
¿qué fue del remo de aire y la corona?
¿Dónde yace tu muerte
abandonada y sola,
muerte ya sin misión liberadora?
Gaston de Foix, ¿no suena
amargamente el hierro de tu espada?
En la cripta desierta,
¿qué edad vuelve a la hazaña,
quién recoge la luz de tu oriflama?
Mendoza, marzo de 1945
Nocturno
Como el musgo reposas en la sorda
piedra de mi silencio.
Por no herirte sucumbo a los estíos
sin moverme de ti que no lo sabes;
por no infligirte el aire
quemado de tormentas donde ruedo,
giro incansable sobre mi alegría
de muerte.
Ésta es la noche,
asómate sin verme.
(Estar aquí, tan junto como el ojo a su mirada
que lo ignora -
Porque tú eres el musgo.)
Mendoza, 8 de marzo de 1945
Quién soy yo
¡Quién soy yo, vanidad descompuesta
bajo jubones y recuerdos protectores!
Apenas un halago, una presunción de tormenta,
ese hueco gentil en las manos ajenas.
Quién soy yo, solamente el dolor de alguna mujer,
una carta que recibe mi madre,
un signo por el cual se me distingue
en las brillantes jaulas de bancos y oficinas.
Mendoza, marzo de 1945
Plaza
Abanico esmeralda y apenas aire
de siesta, de remanso calino como un seno.
Se recobra en los bancos un frescor olvidado
un pájaro ya solo, una acequia menuda
paseando su plateada cintura por las piedras sedientas.
Mendoza, 1945
Caja fuerte
La llave de mi vida la guarda alguna mano.
La llave de la mano tiene por dueño el tiempo.
De la llave del tiempo se ocupan las mareas,
y en el fondo del mar, rodeada de medusas,
una llave sin nombre protege las mareas
y el riente esqueleto que antaño era mi vida.
Marzo, 1945
Muerte en Roma
A pena si puo dir: Questa fu rosa.
Pastor Fido.
No viste el Capitolio, no fue tuyo
su mármol ni tuviste su sombra
posada en la mejilla a mediodía.
Tan cerca de su muerte sostenida
te derramabas más y más sobre la noche.
Las regiones del sueño limitaban tu nombre,
columnas de laurel, de hiedra y yerbamora.
(Tus sueños: un adiós cortando crinolinas,
tal vez el vals, con rizos y aleteos de cobre
como un pequeño guante tirado sobre el piano
palpitando.
Tus sueños, un espejo
donde profundamente mueren unos ojos
mientras sobre un bargueño alguien apoya
la paloma callada de un paquete de cartas.)
-¡Oh ciudad de los muertos, Roma de negras fauces,
oh alcantarilla inmensa donde vuelven las aguas
con nubes y alaridos y muchachos desnudos!
Sobrepasado, ardiendo, con la tos de las albas
y el pañuelo amapola que recorta la fiebre,
pequeño más que nunca, ¡oh John Keats moribundo
entre turistas, cónsules, torbellino de hoteles
invadiendo tu casa pequeña y tu agonía,
amarillo huracán de vino y de caballos!
No viste el Capitolio, no viste el Quirinal.
Sombría ocupación de tus ojos volcados
sobre el mapa distante, los alciones y el té,
vacante entrega horrible de tus ojos al viento.
No viste el Capitolio, ocupado de muerte.
Y estabas sin embargo coronado a su sombra
mientras te ibas muriendo menudo e ignorante.
Mendoza, 16 de marzo de 1945
Nadie sabe ese nombre que reposa
bajo el color perfecto de la nieve.
Nadie alcanza la luz donde se mueve
la verdadera forma de la rosa.
Mas la mano del Músico se posa
-libro incesante, el piano, aire que llueve-
y sin nombrar nos da una rosa leve
como la nieve de la mariposa.
Déjanos, tañedor, esa dolida
conquista del silencio por tu clave
donde anda el ave de la melodía;
déjanos para tanta despedida
la estremecida estela de tu nave
que se va con su viento de Poesía.
A Daniel, ya en su nave, fraternalmente
Mendoza, 4 de agosto, 1945
El celoso
Une rose d'automne est plus
qu'une autre exquise...
Agrippa d'Aubigné
Cuando me acuesto contigo
¿me dirás con quién te acuestas?
¿A quién estarás besando
con la boca que me besa,
en qué almohada sigilosa
se desanudan tus trenzas?
...........
Mendoza, 1945
Vuelta al mar
Para Nina
Cuando yo vuelva al mar
cuando esté verde y diáfano de mar
cuando haya mar en tu voz
en tu teléfono
cuando el perfume y tus muslos sean el mar
Cuando nos duela el pelo de amanecidos peces húmedos
y la toalla rompa en mi cara su blanco golpe de ola
cuando las nueve menos veinte sean el mar
y tú
seas el mar
oh retorno imposible de la tierra
despojo de la tierra pedregosa y calina
de la sedienta perra, el mediodía,
las calcinadas piedras con hormigas
restallando de sed y con hormigas
oh necesaria sed de sequedad -
Por mí, de mí, desnudamente mía
cuando me vuelva al mar.
Mendoza, tierra adentro.
12 de octubre de 1945
Reconstrucción recíproca
Cuando sumando pequeños números infatigables
ves levantarse del papel planisferios azules,
o por túneles de rosa, por bebidas frías y deseadas
transitas con tus dedos en donde está la gracia,
allí me gustas, allí te encuentro, es necesario allí que me enhieste y te cante
El
bloqueo es quizá uno de los momentos más terribles al que tarde o
temprano tiene que enfrentarse casi todo escritor
Rueda de argumentos para romper bloqueos de escritor./lapiedradesisifo.com
En su relato «El
cadillac de Dolan», recogido en el volumen
Pesadillas y alucinaciones, y más tarde en el ensayo Mientras escribo,
Stephen King se refiere a un curioso método para superar la temible
parálisis ante la hoja en blanco. Se
trata de un artilugio que él bautiza con el nombre de «rueda de
argumentos de Edgar Wallace». El tal Edgar Wallace fue periodista y
escritor de novela negra que sería recordado más que por su
labor como literato por ser el autor del guión original de la
película King-Kong.
Según cuenta King, la rueda de argumentos inventada por Wallace
era un invento sencillo que consistía en dos círculos de cartón
superpuestos. En el de abajo había escritas una serie
de líneas argumentales como por ejemplo «una aparición fortuita»,
«la heroína se declara», «un asesinato», «un accidente», «una
explosión», etc., mientras que en el círculo superior había una
pequeña ventana que permitía ver una sola de las frases. De tal
manera que cuando el escritor se quedara atascado, era suficiente con
darle vueltas al ingenio hasta que la ventana quedara sobre
una de las líneas argumentales y proseguir con el escrito.
Sin embargo, más allá del testimonio de King, que llega a decir
incluso que Wallace patentó su invento y lo vendió como rosquillas, no
queda constancia alguna de que la rueda de
argumentos de Wallace llegara a existir. Diez años antes de que King
lo mencionara por primera vez Michael Crichton habla de una rueda
similar en su ensayo Electronic Life, e incluso
anticipa un programa de ordenador capaz de realizar la misma función ‒algo así como el abuelo de aplicaciones del estilo de iDeas para escribir‒.
Crichton dice que el inventor del aparato es un «famoso escritor de
misterio», lo que encaja en la descripción de Wallace, pero no llega a
dar su nombre.
Aunque hay otro escritor que también podría corresponderse con la
descripción que hace Crichton: Erle Stanley Gardner, conocido sobre
todo por haber escrito más de cincuenta novelas
del abogado detectivesco Perry Mason. De Gardner sí nos ha llegado una rueda de argumentos,
pero es difícil saber
si el ingenio es original o si es que tomó algunos de los modelos
que se empezaron a hacer populares a partir de los años 20. Al fin y al
cabo, son fáciles de fabricar y sus posibilidades solo
están limitadas por la imaginación. Amén de ser un reto para el
desarrollo de la escritura creativa.
Héctor Tizón murió hace dos años, el 30 de julio de 2012, dejando una obra paulatinamente reconocida como mucho más que un testimonio regional
Héctor Tizón, autor argentino que escribió simpemente por dejar obra./pagina12.com.ar
En vida trazó un arco paradigmático de los destinos de un escritor e intelectual entre los años sesenta, el exilio bajo la dictadura y el regreso posterior a la Argentina. Yala, su lugar en el mundo, a unos quince kilómetros de la capital jujeña; el origen de algunos de sus libros, desde el fundacional Fuego en Casabindo, su lucidez y también parte de su inocencia en materia política se repasan en esta crónica realizada en San Salvador de Jujuy, con el testimonio de su esposa y compañera de toda la vida, Flora Guzmán, y algunos papeles que dejó para terminar de descifrar una vida literaria.
La
memoria atesora un espacio donde se instala Héctor Tizón aquella noche
de septiembre de 1976. “No dejemos que la política supere a la amistad.
Los amigos, la amistad, están por encima de la política...”. Tizón y su
esposa, Flora Guzmán, fueron a casa en La Lucila a despedirse.
Anunciaron que partían al exilio. Casi un cuarto de siglo después, en
agosto de 2000, reinstalado en su querida Yala, en Jujuy, Tizón
enfatizaba: “Sí, dije eso, la amistad está por encima de la mitología y
la militancia, claro que sí. Fue un momento terrible... Lo político puso
en segundo plano a la amistad. Se desconfiaban los hijos de los padres,
los padres de los hijos, los hermanos de los hermanos. Llegamos a la
carnicería”. Casi cuatro décadas después, decido recordarlo, con pocas
certezas y muchas omisiones. Suele ser así la amistad.
Extraño es que esa noche en La Lucila es la que más claramente se
registra en el archivo personal. Estaba iniciada la gran fuga al exilio.
Tizón y su familia se resignaban a seguir ese camino. Poco después lo
haríamos también con Micaela y nuestros tres hijos. El exilio corta una
relación, la amistad no se perdía, pero se nublaba la intimidad de las
charlas, de la consulta, de la felicidad que producía lo más querible en
Buenos Aires o en Jujuy. Mantuvimos una nutrida correspondencia entre
octubre de 1969, a poco de la publicación de su primera novela, Fuego en
Casabindo, y mediados de los noventa, cuando el teléfono reemplazó a la
esquela manuscrita.
Aquella noche de 1976 puso fin a la fantasía de ser vecinos aunque
fuera con 1500 kilómetros entre casa y casa en un país que nos
pertenecía. Londres y Madrid parecían estar separados por diez o cien
mil kilómetros.
La pesadilla ya se le había arrimado a Tizón; primero cuando a un
joven abogado, Jorge Ernesto “Dumbo” Turk, se lo llevaron los sicarios
de Videla del bufete del poeta y abogado de presos políticos Andrés
Fidalgo (1919-2008), preso él también de una dictadura que precedió al
terror. Y luego Alcira, hija de Fidalgo, detenida en Buenos Aires en
1976. Cayó por segunda vez, a los 26 años, en 1977, y fue desaparecida.
Tizón, abogado laboralista, estaba marcado. El exilio lo alteró, lo hizo
un escritor de otra marca, con el mismo idioma, claro, con una desazón
subyacente.
Ahora, en su casa en el barrio Los Perales de la capital jujeña,
Flora Guzmán recordaba que nos reencontramos por algún trámite, a unos
días de aquella despedida en La Lucila en 1976, en la confitería de la
estación Retiro. “La conversación no duró ni quince minutos. ¿Te
acuerdas? Cada uno de nosotros miraba para todos lados, menos a quien
hablaba o escuchaba. Y vos te levantaste y dijiste: ‘¡Así no se puede
hablar, vámonos!’. Y nos fuimos, asustados.”
Héctor Tizón falleció el 30 de julio de 2012, arrimando a los 83, en
un sanatorio de San Salvador de Jujuy. Yala quedaba a pocos, quizás
quince kilómetros, en el corazón.
Los papeles
Flora Guzmán, esposa y gran amor del escritor Héctor Tizón, revisaba
memorias y papeles. La conversación giraba en torno de cómo usar los
apuntes, notas, entradas, en una especie de diario de Tizón. Flora
Guzmán consideraba su publicación. “Está todo mezclado –comentaba–. Hay
71 páginas de diario, pero no siempre se sabe a qué o a quién se
refieren los escritos. Hay apuntes sobre el futuro presidente (Josef
Broz) Tito, de Yugoslavia, que según Héctor estuvo en Jujuy, cosa que
incluye en La mujer de Strasser (1997).” En el ensayo Tierras de
frontera (1998), escrito en Yala, Tizón incorpora a otro excéntrico
personaje aparecido en Jujuy, un hermano del compositor Giacomo Puccini.
La lejanía acomoda a esos extraños.
En voz alta Flora Guzmán leyó pasajes de las notas que consignó
Tizón. “‘Para más adelante ya nada me importa demasiado. Tal vez sopla
para mí una brizna de esperanza. ¿No habrá llegado ya el momento de
quebrar el lápiz, como dije en el reportaje de Granma?’. Eso lo escribió
la última vez que estuvimos en Cuba, en 2009”, aclara Flora.
Tizón fue jurado en la Casa de las Américas. “Hay mucho que no tiene
sentido. Son apuntes. A veces habla de algo específico pero no se
entiende.”
El mensaje escrito en Cuba tiene el mismo tono terminal de su último
libro, Memorial de la Puna (2012), publicado poco tiempo antes de su
muerte. “Aquí me quedaré, con estas piedras edificaré mi casa y no
regresaré jamás a vivir en la ciudad, entre una multitud que no llegaré a
conocer nunca. El agua entre las montañas, el verdor de estos angostos
valles, la llovizna que, aparentemente, hace más tristes los otoños; y
así será hasta que se cumpla mi destino. Tampoco escribiré más, ahora me
doy cuenta más claramente de que escribía porque la vida no me bastaba.
Ahora sé también que no basta con escribir, hace falta un destino”, se
lee en esas páginas.
Ese libro final tiene pasajes hermosos, brillantes. Hay mucho más
Tizón en los apuntes que leía Flora Guzmán, su amada, su esposa, su
viuda, que lentamente recorría las hojas tratando de enhebrar lo que
dejó su amado, pasajes que debieron ser empalmados con lo que es hoy el
delgado volumen que es el “último” libro de Tizón.
Flora siguió leyendo: “A lo largo de mi vida que ya atardece he
recibido distinciones y honores que me han obligado a enderezar mi
conducta...” Faltaban cosas, dijo Flora. Las notas, incluyendo la
agenda, suman 85 páginas tipiadas. “Esto es una copia, luego elaboramos
otra. Mira, acá hay una referencia a Graham-Yooll...” Y lee las palabras
de Tizón: “Circula una versión acerca de que habrían cocinado a balazos
a nuestro amigo Andrew Graham-Yooll, secretario de redacción del Buenos
Aires Herald, presa de bandas fachistas... pero él nos avisa que va a
ser padre de su tercer hijo”. En tiempos de la Triple A no se sabía si
se verían nacer a los hijos. La referencia de Tizón es a Isabel
Graham-Yooll, nacida el 12 de octubre de 1975. El allanamiento al Herald
es de fines de aquel mes. Flora tiene razón, los apuntes,
cuidadosamente tipiados, son confusos.
Tomamos un té, “Hiroshima Mon Amour: Té Verde Sencha (Japón), con
damasco y durazno, flores de malva europeas, rosas blancas de Paquistán,
caléndulas de Egipto y flores de azahar”. Luego pasamos al whisky. Un
alivio. A Tizón le gustaba tomar su whisky.
Casabindo
La primera gran novela de Tizón es Fuego en Casabindo (1969). Tenía
antes una colección de cuentos, A un costado de los rieles (1960),
publicada cuando era secretario de Cultura en la Embajada argentina en
México. Casabindo, la novela, tiene su propia historia de origen. “Yo
tenía una beca, investigaba relatos orales sobre el diablo en la Puna.
Nos fuimos a Humahuaca. Al día siguiente era la fiesta patronal en
Casabindo. Ahí empezaron a formarse las primeras imágenes de Héctor
Tizón para su novela.” Años después, contaría Dardo Cuneo, en Buenos
Aires, que Tizón le había enviado el original para que lo leyera y
aconsejara acerca de posibles editoriales. A partir de ahí, el silencio.
Largos meses después, Tizón le recuerda a Cuneo el envío y le solicita
alguna noticia. Cuneo le había mandado el original a Guillermo
Schavelzon, en la editorial Galerna. Para entonces ya anunciaba que
tenía las pruebas de página. El libro estaba editado.
Fuego en Casabindo se desarrolla en el pueblo con personajes de la
Puna, duros, silenciosos, taciturnos, sobrevivientes de las postrimerías
de la batalla de Quera, el 14 de enero de 1875, cuando los
terratenientes de Jujuy se propusieron aniquilar a los kollas que
reclamaban la devolución de sus tierras ancestrales. Además, las huestes
de hacendados querían vengar la derrota que le habían infligido a la
oligarquía local los nativos en la batalla de Abra de la Cruz (conocido
también como Combate de Cochinoca) el 3 de diciembre de 1874.
Años después, el compositor argentino Virtú Maragno compondría su
única ópera, basada en Fuego en Casabindo. Fue llevada al teatro Colón
con régie de Alejandro Tantanian en junio de 2004, ya fallecido Maragno,
a los 78 años. Tizón fue al Colón.
Fuego en Casabindo confirmó a Tizón como habitante de la Puna para
su público lector. Se hallaba lejos de Buenos Aires y las vidrieras de
modas. La Puna era para Tizón tierra ancestral. A su padre lo
trasladaban de un lugar a otro como parte de su trabajo en el
ferrocarril. “Tuve una infancia feliz”, dice Tizón en los apuntes que
revisaba Flora. Sus padres fueron Eduardo Tizón y Eleonor Lagomarsino.
Flora Guzmán recordaba: “Al padre lo mandaron un tiempo a Abra
Pampa. En realidad lo mandaban por toda la provincia. Entonces Héctor
tiene unas imágenes de infancia tan fuertes de la Puna que lo iban a
seguir la vida entera. Lo más parecido al hogar paterno iba a ser Yala,
donde el padre fue el encargado de la estación (hoy sin rieles y el
edificio ocupado por quienes tomaron la propiedad). Yo estaba
escribiendo una cosa de mi vida con Héctor y me es muy difícil. Estaba
rescatando, por ejemplo, la historia que trae Fuego en Casabindo”.
Sentado en el jardín en Yala bajo el árbol frente a la amplia puerta
que tenía su lugar de trabajo, Tizón alguna vez relató que había
logrado terminar sus libros gracias a Flora. Así completó El cantar del
profeta y del bandido, de 1972, también el casi simultáneo El
jactancioso y la bella. Finalmente logró dedicar un tiempo cada mañana
antes de ir a la oficina a escribir. “Así logré terminar, porque yo
estaba trabado, bloqueado, como dicen los ingleses, tenía un virus que
le llaman writer’s block.” Poco después, en 1975, salió en Buenos Aires
Sota de bastos, caballo de espadas, cada uno con esa tremenda y pesada
sensación envolvente de vacío, del desierto y el panorama rocoso.
“Fue con empuje físico y emocional. Ahora, mirando estos apuntes de
Héctor, me doy cuenta de que costó mucho a veces darle ese empuje. Han
sido dos años de sentarme con mi asistente, Ana, que es profesora de
Letras, tratando de poner en orden sus escritos”, comentó Flora.
“Estábamos un día en Madrid con Blas Matamoro y le dice Blas a
Héctor: ‘Me acabo de enterar por el libro de los cuentos completos a los
que le hace el prólogo Leonor Fleming, que has nacido en un hotel en
Rosario de la Frontera (Salta)’. En conversación, Tizón mantenía que era
oriundo de Yala. Al rato reconocía haber nacido en Rosario de la
Frontera, en un hotel, `donde mi mamá había ido a bañarse en las aguas
del lugar y yo nací’”.
Yala
Fuimos a Yala un sábado a la mañana. La primera impresión es que
poco ha cambiado. La calle angosta, a la izquierda la vieja estación,
sin vías, con ocupas. Hay cercos que tapan casas nuevas. Estamos a 15
kms de San Salvador de Jujuy. Flora recuerda una gran tormenta reciente.
El viento, el granizo, el agua con furia de torrente habían castigado
al pueblo: “Quedó como si no hubiera pintado en diez años. Los árboles
parecían palitos nomás, pelados de hojas”, dijo Flora.
Entramos al jardín por un viejo portón de hierro. El pasto estaba
largo y los árboles hacía tiempo que no habían sido podados; de la
entrada al jardín, a la galería, al living donde hacía años habíamos
pasado largas noches de invierno frente al hogar, conversando. Estaba
todo igual. Flora atendió a un plomero, requerido con urgencia por
diversas pérdidas y reparaciones en la casa vacía llena de memorias. Di
una vuelta por el jardín, traté de mirar por encima del muro al fondo,
hacia el río grande, tapado de árboles y vegetación diversa.
La pileta de natación vacía es indicador del paso del tiempo, de
estaciones y años que se fueron, las hojas secas en el fondo casi seco
surgen como evidencia de abandono aun cuando no lo hay. Son imágenes.
Quizás en la primavera, cuando se pinte la pileta de azul piscina, se
corte el pasto, el lugar súbitamente recuperará su rol de testigo de
otras vivencias, novelas, historias y risas, la imagen de lugar
habitado, disfrutado, y los recuerdos vuelven a presentarse en
colores... El Yala de Tizón y de Flora, de amigos, los Cúneo, de Eric y
Martha Nepomuceno, de Eduardo Galeano y Helena y tantos más.
Nos sentamos con Flora en dos sillas en el estudio de Tizón, mirando
hacia el jardín. Flora comentó, “ahí bajo ese árbol es donde se
sentaban ustedes a conversar, a discutir de ingleses... Justo ahí daba
el sol. Ahí te contaba esos recuerdos”.
Exilio
“Héctor nunca dejó de pensar en la vuelta. Volver lo tenía decidido
desde siempre. Cuando vio terminar la crisis de Malvinas, con el
comienzo de la decadencia y caída de los militares, al día siguiente de
inmediato empezó a hacer las valijas. Sentía un enorme odio contra un
país que lo expulsó. Nunca entendió las innumerables negaciones que
sufría. Porque negaba las cosas con pertinacia. La primera negación,
para que veas, fue el grado de importancia que le daba a lo que estaba
sucediendo a su alrededor: estaba convencido de que podía recibir a los
milicos cuando cayeran acá (en Yala), les serviría un whisky, iban a
discutir sobre que él siempre había sido un demócrata y había
pertenecido a la UCR. Yo lo miraba alucinada, ¿cómo podía...?”
Agregaba Flor: “Lo que te quiero decir es que hubo un problema de
generación en Héctor. Creo que es lo que le hizo tan terrible daño. No
acababa de descifrar a Videla, con todo lo que representaba. Bueno, por
un lado sí, y por el otro Héctor afirmaba que esos militares tenían que
entender que había sido radical toda su vida. Era una desarmonía total
y, bueno, esto es lo que arrastró todo... Yo creo que yo la tenía
clara... porque tenemos los hijos, porque ya aparecían los chicos
muertos en Córdoba...”
Flora sacó de una pila de publicaciones un ejemplar de una revista
literaria, Estaciones, publicación española en la que participaron
Tizón, Santiago Sylvester, Pepe Avello y Carlos Benítez (estos dos son
españoles).
“Había en Madrid un personaje generoso, simpático, sensible que se
llamaba Faustino Lastra, mexicano de nacimiento que se había criado en
España, participó en la guerra civil como correo, que tenía dinero.
Faustino, que era amigo de muchos artistas y escritores, empezó a tramar
una revista que se llamaría Canto General y que se haría en México por
los costos, para que hubiera una comunicación latinoamericana y que se
publicara en España. Le pidió a Héctor que colaborara. Incluso, recuerdo
que lo mandó a México para que ordenara las cosas allá. Se iba a hacer
con la colaboración de Arnaldo Orfila Reynal, que dirigía el Fondo de
Cultura Económica... Un desastre. Armaron todo con la ilusión de que
esto se podía hacer, y de pronto, no recuerdo por qué causa, no se hizo.
Hicieron el número cero. Eso lo ayudó a Héctor en aquel período
inicial, muy difícil... Hasta 1979. No podía escribir lo suyo.”
Regreso a Yala
Tizón y parte de la familia regresaron a Jujuy en octubre de 1982.
En junio de 1983 lo fui a ver a Yala, buscando el reencuentro con el
amigo. Tizón vivía una feliz transición de la vuelta a la escritura. El
exilio había quedado atrás, si bien había dejado surcos profundos.
Surgieron los textos del fin del exilio: La casa y el viento (1984) y
Recuento (1984) y, quizás más impresionante, el claro retorno a la Puna,
El hombre que llegó a un pueblo (1988). Tiempo después, un comentario
mío acerca de que el clima era casi un personaje en Fuego en Casabindo y
en El hombre que llegó a un pueblo, y no tanto ya en La mujer de
Strasser (1997) fue vigorosamente refutado. “El clima está de alguna
manera presente detrás de todo. Lo que pasa es que a partir de El hombre
que llegó a un pueblo, yo he cambiado mis puntos de referencia. Como
los agrimensores. Cambian el teodolito y cambian el punto de referencia
respecto de la geografía. Me sucedió en un libro que se iba a llamar El
largo adiós, pero me dijeron que eso ya me lo habían robado... Y se
llama La casa y el viento, que era como una despedida mía no solamente a
los temas que habían sido objeto de mi curiosidad y de lo que había
escrito hasta entonces, sino incluso a la literatura misma. Yo creía que
no iba a escribir nunca más. Fue el último año de Madrid, cuando
pensaba que no iba a volver nunca más a Yala. Yo diría que en 1980, 1981
quizás. Estaba por decirle adiós a ese mundo que era mi mundo. No bien
terminé el libro se produjo lo de Malvinas y el hundimiento no solamente
del acorazado Belgrano sino el hundimiento de la jaula de esos hijos de
puta que fueron los que dirigieron el país desde 1976. Entonces me
volví aquí a Jujuy y ahí se produjo como una especie de cambio bisagra.
El próximo libro fue El hombre que llegó a un pueblo, donde ya no hay
localizaciones, no hay nombres propios, no hay prácticamente nada. Está
el hombre, que en realidad son dos hombres, es decir él es él y la
imagen que los demás tienen de él. Es la historia de un hombre en busca
de sí mismo. Es la aventura que todos padecemos.”
Siento un enorme agradecimiento por haberlo conocido, leído y más.
Espero que algún día los argentinos se den cuenta de que Héctor Tizón no
es sólo Jujuy, es la literatura argentina y más.
A
la izquierda, portada de la primera edición de Fuego en Casabindo, de
Galerna, 1969. Portada de la primera edición de El hombre que llegó a un
pueblo, Legasa, 1988. A la derecha, Héctor Tizón y Flora Guzmán, 1972.