2.8.13

Una patria versión peruana

El escritor José Ovejero sigue su periplo por América Latina por la presentación de su novela La invención del amor. Hoy escribe desde Lima

Lima, Perú. Fachada de Miraflores.José Ovejero./elpais.com
Escribo en la última entrada Buenavista por Bellavista, en otra, monte Águila por monte Ávila, confundo a Schumann con Schubert. A partir de ahora seré más clemente con las erratas de los periodistas. No estoy acostumbrado a escribir así, a salto de mata, enviando la entrada desde la sala de espera de un aeropuerto justo antes de que salga el vuelo, desde un cibercafé, desde el hotel entre dos entrevistas. Estoy habituado a otro ritmo, a releer, a corregir una y otra vez. Estas semanas tengo la impresión de haber cambiado completamente de oficio.
Llego a Perú, como dije en la entrada anterior, en medio de las Fiestas Patrias. En cada edificio ondea una bandera nacional, lo que no responde al espontáneo patriotismo de los peruanos sino a que es obligatorio ponerla del 27 al 30 de julio, so pena de multa. Hay fotos en los periódicos de los desfiles y del presidente durante el discurso a la nación. Pero veo menos fotos de los otros patriotas, los de verdad, los que salieron a la calle a manifestarse contra la corrupción. A ellos la policía los dispersa con gases lacrimógenos.
Los indignados. También los hay aquí. Y los taxistas con los que converso los defienden sin excepción. Aunque no son muy numerosos quienes salen a la calle. Según una noticia que leo en el periódico, cinco mil. Y cinco mil policías. Tiene que ser un error. Un gazapo como los míos.
Los taxistas, por cierto, sacuden la cabeza con preocupación cuando se dan cuenta de que soy español, y hablan con pesar sobre la crisis española. Desde el inicio del viaje, en todos los países, me encuentro con ese pesar, cuando yo creía que me iba a encontrar con un “les está bien empleado, por prepotentes”.
Ceno con Julio Villanueva Chang. Director y fundador de la revista Etiqueta Negra, un modelo de diseño y de cuidado de los textos. Me habla de su manera de entender las crónicas, no como trabajo aislado del periodista/escritor, sino como trabajo de equipo, ya desde antes de empezar a escribir. Primero buscan la orientación, desde qué ángulo contar la historia, descubrir qué es lo que la hace especial. Y después durante las con frecuencia numerosas correcciones, continúa el trabajo en equipo. Habla de la revista no como quien presume de haber logrado una gran obra, sino como un padre orgulloso de la proeza de sus hijos. Julio es un tipo extraordinariamente simpático, sonriente, amable, y sin embargo estoy seguro de que es un director firme y testarudo, como lo es quien tiene claro lo que le importa.
Inevitablemente hablamos de cocina peruana,y de la ya famosa entrada que hizo Iván Thays en su blog, Vano oficio, donde criticaba los platos de su tierra, orgullo nacional, lo que le valió decenas de airados ataques. Ya decía en otro sitio que los ánimos patrióticos se encienden con cualquier excusa.
En la presentación de mi novela me acompañan Jerónimo  Pimentel y Martín López de Romaña. Así que, continuando la tradición de leer a autores jóvenes de los países que visito, empezaré por la poesía del primero y por una novela del segundo.
También leeré Cometa #3, El primer periódico hecho en cómics de la galaxia. La idea es, cuando menos, original.
No es verdad que, como dicen, en Lima no hay horizonte: aunque el gris del mar y el gris del cielo son muy parecidos, si te fijas bien, ves a lo lejos la línea de separación. Pero sólo si te fijas bien.

Lima-mar y cielo en Lima
Fotografías de José Ovejero.

Mao, un cuadro de doble lectura

El escritor disidente chino Liao Yiwu advierte a los franceses sobre los riesgos de ponderar una figura política que dominó China con mano dura. A 37 años de su muerte, el líder sigue generando polémicas

Mao Tse Tung, o Mao Zedong. Ilustración de Daniel Roldán./revista Ñ
 
Escribir sobre la disidencia china para un público francés es una tarea compleja. Ustedes los franceses han sido defensores fervientes del pensamiento de Mao Zedong (1893-1976) durante su movimiento de Mayo 68 y admiraron de lejos esa marea de banderas rojas que ondeaba sobre la Plaza de Tiananmen.
La distancia les impidió constatar que ese color rojo, tan pintoresco, no era en realidad sino un baño de sangre. Las catástrofes provocadas por Mao, uno de los dictadores más grandes del siglo XX, dejaron heridas tan profundas en nuestra sociedad que es imposible saber si China se recuperará alguna vez.
Los historiadores tratan de establecer una cifra del número de muertes directamente imputables a las múltiples experiencias visionarias de Mao y no consiguen ponerse totalmente de acuerdo: ¿más de cuarenta millones? ¿Cincuenta millones? ¿Ochenta millones?
Están las muertes provocadas por la hambruna que desató el Gran Salto adelante desde 1959 hasta 1962, por las masacres de la Revolución Cultural, los innumerables fusilados inocentes, y todos los que prefirieron darse muerte antes que soportar el deshonor o torturas, los que hallaron la muerte tratando de huir a nado hacia Hong Kong, o a través de las selvas hacia Vietnam o Birmania, y tantos otros casos...
Y sin embargo, aún hoy, el personaje de Mao Zedong continúa siendo agradable en la memoria de numerosos contemporáneos. Su imagen se vende como pan caliente en todos los mercados chinos, en forma de camisetas, de estatuillas, de colgantes, y el famoso Librito rojo forma parte actualmente de los objetos de moda.
¿Quién se atrevería a hacer algo así con Stalin o Hitler? ¿Quién se atrevería a lucir una remera con su efigie? ¿A quién se le ocurriría reproducir, de manera laudatoria, los discursos de Mussolini o de Franco? ¿Por qué Mao se salvó del oprobio global?
Pues, en el fondo, la dictadura china nunca cambió de naturaleza desde la muerte de su presidente, en 1976, y aprueba sus métodos sanguinarios. Sigue siendo brutal, mortífera, despreciativa de los valores universales que son la libertad del individuo, su bienestar, su deseo de expresarse.
Los franceses se consuelan, empero: ¡no fueron los únicos burlados por este visionario asesino! El 21 de abril, en ocasión de un discurso pronunciado en una conferencia organizada por el poder chino, el Premio Nobel de Literatura 2012, Mo Yan, declaró, jugando a dos puntas: “Utilizar la distorsión, la caricatura, la demonización de un personaje histórico tan grandioso como Mao Zedong no es muy inteligente. En realidad, quienes todavía quieran hablar bien de Mao en nuestro tiempo se exponen a muchos inconvenientes”.
Sólo que el retrato de Mao continúa estando en todos nuestros billetes, que Mo Yan puede expresarse de manera positiva sobre uno de los criminales más grandes del siglo y que, no sólo no lo metieron en la cárcel sino que le asignaron un auto oficial, un alojamiento principesco, el rango de viceministro con su correspondiente sueldo, y que su pueblo natal fue transformado en parque de atracciones del cual cobra cómodos dividendos. ¿Todo eso con el apoyo de quién? Del poder chino actual.
Hace cuarenta años, la palabra de un escritor como Alexander Solzhenitsyn (1918-2008) no se cuestionaba, y su denuncia del gulag soviético dejó helados a sus lectores. Quienes conseguían huir del infierno comunista eran recibidos como héroes y la prensa transmitía sus ideas, daba a conocer su perfil.
Yo no tuve la suerte de Alexander Solzhenitsyn. Pero, igual que él, no me considero un disidente sino más bien un rebelde, y en igual medida que a él, me enfurece la indolencia de los países occidentales que no ven el peligro que representan estos inmensos países bajo el peso de la dictadura.
Durante la Guerra Fría, nadie cuestionaba la idea del bien (democracia) y del mal (dictadura). Hoy, los valores han perdido sus contornos y todo está sumergido en una vaguedad sin sustancia.
Mire: mi amigo Li Bifeng, poeta y escritor, que compartió mis cuatro años de cárcel después de la masacre de Tiananmen, al comienzo de los años Noventas, está en la cárcel en nuestra provincia natal, el Sichuan. Fue condenado a doce años de reclusión en el otoño de 2012. Obviamente, fue acusado de delitos económicos, pero todos saben que su único crimen es haber seguido fiel a la causa democrática, y haber sido amigo mío.
Fue incluso condenado de una forma más excesiva que mi otro amigo fiel, Liu Xiaobo, que gozó, por su parte, de cierta compasión, ya que su pena de once años de cárcel le valió el Premio Nobel de la Paz en 2010. Pero ¿quién se acuerda, hoy, de su nombre en Francia, qué intelectual sale a auxiliarlo, qué sinólogo tomó partido por él para pedir su liberación?
Todos temen perder su visa para China, la subvención que será otorgada a su universidad si contribuye a crear allí un Instituto Confucio, la posibilidad de efectuar viajes a China cuando se realizan coloquios que son pretextos para grandes festines en hoteles de lujo.
Utilizo mi pluma y la magia de la literatura para que los sufrimientos de China no sean silenciados, para que esta prodigiosa injusticia que se comete con nosotros, con los chinos, sea conocida en mínima medida: ¿por qué hay que lamentar las víctimas del nazismo, del estalinismo o del fascismo y seguir cantando loas al desarrollo económico de China? ¿Acaso nuestra piel es menos blanda que la de ustedes?

Liao Yiwu.Escritor chino. Su último libro El imperio de las tinieblas. Fue arrestado en 1990 y enviado a prision cuatro años por haber denunciado la represion de Tiananmen. Huyo de China en 2011 y vive en el exilio en Berlin.

1.8.13

Colombia aspira a ser referente mundial para aprendizaje de español

El Instituto Caro y Cuervo recopiló todas las entidades educativas autorizadas para enseñar la lengua a foráneos


En el 2050 el español será el idioma más hablado después del mandarín/elespectador.com
El Gobierno colombiano presentó el portal Spanish in Colombia, una nueva estrategia de promoción que busca convertir al país en el principal destino del mundo para extranjeros que quieran aprender español
El Instituto Caro y Cuervo, entidad encargada de la investigación lingüística, literaria, filológica y humanista en Colombia, recopiló todas las entidades educativas autorizadas para enseñar la lengua a foráneos y las dispuso en una sola plataforma digital desde la que los alumnos pueden encontrar toda la oferta formativa, explicó en un comunicado el ente gubernamental Marca País.
El portal www.spanishincolombia.gov.co recopila además información directa de los centros educativos reconocidos en las ciudades de Bogotá, Barranquilla, Bucaramanga, Cali, Cartagena, Manizales y Medellín, así como recomendaciones básicas para vivir en el país, entre ellas requisitos migratorios, posibilidades de alojamiento, gastronomía y modos de transporte.
Bajo el lema "Para aprender el mejor español del mundo ¡La respuesta es Colombia!", el programa ofrece a los alumnos una oferta cultural de 700 festividades repartidas por todo el territorio a lo largo del año con las que sumergirse en la rica variedad de tradiciones culturales y poner en práctica lo aprendido.
Según los datos facilitados por Marca País, el Sistema Internacional de Certificación de Español como Lengua Extranjera (Sicele) reconoce en Hispanoamérica 77 instituciones con cursos regulares y activos, 34 de las cuales se encuentran en España, mientras las 43 restantes están ubicadas en Latinoamérica, 20 de ellas en Colombia.

Correa: "La literatura debe recuperar la memoria"

El bogotano Juan David Correa retrata en Casi nunca es tarde el final de los 80 en Colombia

Portada de Casi nunca es tarde, de Juan David Correa./Laguna libros./eltiempo.com

La pasión que sentía por las novelas policíacas desde niño y el hecho de haber crecido al lado del edificio del DAS, destruido por una bomba en la peor época del narcotráfico en Colombia, abonaron el terreno literario para que el escritor bogotano Juan David Correa (1976) diera vida a su nueva novela, Casi nunca es tarde, que retrata la dura etapa del narcoterrorismo.
“Me parece definitivo el año que cierra la década de los 80 porque quizás resume todo el dolor de esa época tan brutal, y quise usarlo de excusa para contar la vida de dos jóvenes de clase media en esta ciudad que estaba cercada por el miedo y por lo que le pasó a la izquierda”, explica Correa, autor de Todo pasa pronto (2007) y de la crónica sobre la tragedia de Armero El barro y el silencio (2010).
Casi nunca es tarde narra la vida de Juan Jaramillo, de 18 años, sospechoso de haber asesinado al rector de su colegio. Juan es hijo de una madre militante de la izquierda a la que también le desaparecen a su marido.
Se nota una gran investigación detrás de su libro...
Leí mucha prensa, como el archivo de EL TIEMPO por Internet, para mirar lo que ocurrió los días antes y después de la bomba del DAS; leí casi todos los informes del Centro de Memoria Histórica para documentarme sobre la desaparición del padre del protagonista, y me documenté mucho con libros de historia.
Hay una gran preocupación suya por los detalles...
A mí me obsesionan las épocas, sobre todo los años 70 y 80. Me gusta mucho la luz de esa época, me gusta crear a través de los detalles la posibilidad de que alguien se sienta en ese territorio que ya no existe, que ya pasó.
¿Quería también dejar testimonio de una Bogotá particular?
Sin duda, hay una necesidad de dejar una memoria de una ciudad que ya no existe. Si hay algo que se clama con urgencia en este país, es la memoria de quienes fuimos, la de nuestra infancia. Creo que la memoria no ha sido importante aquí. Hemos destruido el pasado por encima de muchas cosas, y la literatura tiene ese deber y ese valor de recuperar la memoria. De que emerjan esas ciudades y esas esquinas que ya no vamos a poder ver nunca más.
Aunque al principio Juan iba a hablar en primera persona, luego se decidió por la tercera persona. ¿Por qué?
Quizás por una admiración profunda por Vargas Llosa; yo quise hacer un poco lo que ha hecho él, que es ir contrapunteando con personajes toda la novela. Entonces, primero me ocupo del joven, después de la mamá, después de los detectives, y así se va armando ese caleidoscopio de voces y de miradas sobre esa realidad y sobre esa época.
¿Le ocurrió, como a muchos autores, que se le crecieron personajes secundarios como el detective Henry Lizarazo?
Sí, claro que pasó. Yo tenía la idea de que Juan fuera un centro de la novela, pero también me interesaba –por ese gusto mío por la novela negra– crear un personaje estereotipado de lo que podría ser un inspector de la policía de acá; un tipo ordinario de esta ciudad, que está en un momento de crisis con su esposa, consigo mismo, que fuma, que toma Coca-Cola como un loco y que ha tenido ese pasado oscuro que tuvieron muchos agentes del Estado con el paramilitarismo.
¿Amanda, la madre de Juan, encarna a esas mujeres cabeza de familia de esa época?
Aunque siempre he dicho que uno nunca hace tesis con los personajes, Amanda sí es el reflejo de muchas mujeres que yo he conocido. Son mujeres que por ejemplo redescubrieron su sexualidad después de los 30 años, que fueron de alguna manera marginadas por una cultura que no admite la diferencia, mujeres que desde los años 80 –no es de ahora– han tenido una mirada clara sobre el aborto y fueron las predecesoras de esas que hoy salen en la prensa.
¿A qué cree usted que remite ‘Casi nunca es tarde’?
Me gusta creer en las segundas oportunidades. Creo que casi nunca es tarde, en verdad. La única manera que podrá ser tarde es cuando llegue la muerte. Entonces, el título de lo que habla es de que todos los personajes de la historia se reivindican, como se dará cuenta el lector.
Fotografía del dolor
Dos amigos colegiales (Rafa y Juan), sus madres (Amanda y Agustina), tres detectives (Lizarazo, López y Olimpo) y la familia Manzini, propietaria de un colegio vanguardista, son algunos de los personajes que habitan la novela de Correa, que ocurre en los cuatro días previos a la explosión de la bomba del DAS, en 1989, y que humaniza el dolor a través de personas comunes y corrientes que padecieron una época oscura de nuestra historia.

Literatura y veneno

Celos, envidias, chismes y pataletas: los escritores se han agarrado por siglos unos con otros, dando a las palabras un uso muy alejado de la literatura. A continuación, un breve ensayo sobre el tema y una maléfica selección de lengüetazos ponzoñosos

Claudio Magris, escritor italiano./elmalpensante.com

Según Brecht, Baudelaire era un poeta pequeño-burgués cuyas palabras son como chaquetas viejas remodeladas, mientras que para Tolstoi las sensaciones evocadas por su lírica no le pueden interesar a ningún hombre en sus cabales. Brecht, por otro lado, fue definido por Ionesco como un poeta didascálico, un estúpido creador de personajes de cartón piedra, y por Döblin como un novelista anticuado. Proust fue liquidado por Beckett en una sola palabra, “güevonadas”, y Beckett a su vez fue tildado por Arno Schmidt de ser un epígono inútil de Maeterlinck. Para Voltaire, Homero es aburrido, y según Benn, Lawrence, Virginia Woolf, Pound y muchos otros, Joyce era un mediocre. Nabokov considera ineptos a Mann, Conrad, Cervantes, Camus, Eliot y Pound; La divina comedia, para el expresionista alemán Albert Ehrenstein, es la obra académica, cerebral, pesada y sádica de un poeta musical pero monótono.
La lista podría prolongarse a voluntad. Los poetas insultan a los poetas, como dice el título de una antología de estas injurias compilada en alemán por Joerg Drews. Estas manifiestan un ensañamiento y una crueldad que muy difícilmente se encuentra en las furiosas rivalidades que también existen, como es obvio, en otras categorías sociales, desde los políticos hasta los empresarios y los comerciantes. Los juicios de muchos grandes artistas sobre sus colegas demuestran una torpeza única, o bien una envidia lívida y pueril, incapaz de ser controlada o al menos disfrazada. El libro de Drews –y hay más ejemplos– muestra la escena literaria (y en general la artística) como una arena de mezquindades y de rencores que parece elevar a la enésima potencia las ruindades y los rencores, la falta de amor, de generosidad y de grandeza existentes en cualquier conglomerado humano, desde la familia hasta la oficina, el mercado o el partido.
Este vulgar y faccioso desconocimiento del otro –que tan a menudo desfigura perversamente la boca de escritores que en otras ocasiones han sido capaces de proferir grandes palabras llenas de humanidad– se justifica a veces por la necesidad que tendrían los artistas de afirmar su propia visión y representación del mundo. Para lograrlo recurren a la negación de otras visiones y representaciones, distintas o contrarias a las suyas, que podrían oponerse a ellas y ponerlas en dificultad o por lo menos en discusión. Una gran obra clásica y armoniosa puede poner en crisis al autor de una gran obra fragmentaria y desacralizante, poner en duda su legitimidad e impulsarlo por lo tanto a rechazar de un modo sectario ese clasicismo, del mismo modo que puede suceder lo inverso. En un caso así, el juicio sale desequilibrado, pero al ser unilateral se entiende que proviene de un sufrimiento, de la necesidad de proteger una exigencia creativa, lo que no justifica ese juicio, pero lo explica y le confiere cierta dignidad humana. Conrad o Hamsun se equivocan, por supuesto, al condenar a Dostoievski y a Ibsen, pero uno entiende por qué sentían la necesidad de hacerlo.
Más a menudo, sin embargo, estas diatribas endogámicas, que no se salen del mismo gremio, desnudan un origen menos noble: un narcisismo exasperado, una pretensión de ser el único dios creador al que hay que adorar, y una penosa inseguridad, que percibe todo homenaje ofrecido a otro como un hurto y un atentado contra la propia necesidad de ser amado y aceptado. En este sentido los consumidores de arte –lectores, escuchas, espectadores– son mucho más libres y mucho más generosos (más poéticos) que los productores de las obras que ellos aman y admiran, porque, en su politeísmo artístico, saben muy bien que amar a Mozart no significa quitarle nada a Beethoven, y que se puede y se debe amar al mismo tiempo a Brecht y a Baudelaire, a Proust y a Beckett. Como en la casa del Padre, según dice la Escritura, también en la casa del arte –de cualquier arte– hay múltiples habitaciones y está permitido frecuentarlas y habitarlas todas, sin que por esto se le esté haciendo un desaire a las demás.
Sin embargo el poeta, que por un lado es un alto mensajero y portador de humanidad, parece muchas veces sucumbir al más innoble de los vicios, la envidia: envidia que, a diferencia de los otros pecados capitales, no consiste en la exacerbación de un desorden en sí mismo bueno (como la lujuria lo es del amor y del sexo o la soberbia del respeto de sí mismo), sino que es toda entera y por completo un mal y una negación, disgusto ante la vista del bien ajeno, que sin embargo nada nos quita y debería alegrar a todo el mundo, porque la existencia de Ana Karenina es algo que enriquece a quienes escribieron Los Buddenbrook o El proceso.
¿Aparece entonces el poeta no como persona que a lo mejor se equivoca, pero siempre de un modo magnánimo, sensual y transgresivo, o prometeico y rebelde –como nos lo presenta la retórica corriente–, sino más bien como ínfimo pecador, burdo y envidioso? Los premios literarios, con las escaramuzas dentro de la rosa de los finalistas, crean odios y bajezas a cuyo lado los enfrentamientos políticos y económicos, a veces incluso criminales, dejan ver una densidad más peligrosa, pero también más digna de respeto. El narcisismo de los artistas se muestra muchas veces como inhumano y miserable, como ya lo sabía Thomas Mann; no es casual que, entre la descendencia de los grandes hombres, los más infelices, los más lesionados en su propia persona sean precisamente los hijos de muchos artistas, evidentemente descuidados por sus padres, no por puras exigencias de trabajo (como en el caso de los políticos, de los empresarios o de los marineros, siempre de viaje y muy poco en casa, pero no por esto lejanos a su familia) sino más bien por un frecuente y sustancial desinterés afectivo de unos progenitores dedicados a las musas.
La rabiosa irritación del artista –incluso del artista cargado de elogios– con respecto a las loas que se dirigen a un colega suyo, demuestra de qué manera el artista, como otros y quizá más que otros, está obsesionado por el mecanismo de la competencia y por el temor de que el mínimo éxito de un producto ajeno amenace la preferencia por su propio producto. No por nada los insultos literarios más mordaces están dirigidos contra los colegas contemporáneos activos en el mercado del espíritu y del dinero. Hace años, un escritor al que apreciaba y sobre el que yo había escrito con entusiasmo, se ofendió profundamente conmigo porque escribí, también con pasión, sobre otro escritor de su misma ciudad. Me dijo explícitamente que, en la ciudad donde vivía, había sitio solamente para un escritor y no para dos, y que por lo tanto ese artículo mío a favor de otro le había hecho un gran daño.
Esta anécdota es solo un ejemplo entre muchos otros, demasiados, que se podrían citar. Quizá uno de los muchos aspectos del mysterium iniquitatis de que habla la Escritura consiste también en la frecuente y desconcertante contradicción ante la que nos ponen muchas veces el arte y los artistas. Por un lado debemos a sus creaciones revelaciones muy importantes de humanidad, que nos permiten no solo comprender intelectualmente, sino también vivir concretamente, casi físicamente, los sentimientos, las decisiones, los valores de la existencia; gracias a ellas sabemos verdaderamente qué es el amor, la valentía, la fidelidad, la bondad, la pasión erótica, la compasión, el delirio, el miedo, la traición, la infamia, la exigencia de justicia y de verdad, la búsqueda o el rechazo de Dios. Por otro lado muchas veces el artista, casi como si en realidad estuviera poseído por un dios que habla a través de él, como lo quiere el mito, es uno de los primeros en olvidar y en violar esa humanidad que les ha hecho descubrir a los demás.
Goethe escribe la tragedia de Margarita y luego vota por la condena a muerte de una joven que sufrió un destino análogo; Céline representa genialmente en Muerte a crédito el antisemitismo como una vulgar imbecilidad y más tarde se vuelve antisemita; la lista, también en este caso, es muy larga. Nos gusta creer que los escritores son los protectores de lo universal-humano, con frecuencia violado por la política, pero por ejemplo en la guerra que laceró a Yugoeslavia a menudo fueron los escritores quienes incitaron al odio nacionalista más salvaje. Pirandello, que adhiere al fascismo poco después del asesinato de Matteotti, o los escritores franceses que van a Moscú y asisten con devoción a la “Misa roja”, es decir, a las decapitaciones en la horca estaliniana de muchos de sus compañeros comunistas acusados de desviacionismo, no son ejemplos muy recomendables de humanidad.
Platón sabía que solo la divina manía del arte expresa la esencia de la vida y de la verdad vivida, pero expulsaba a los poetas de su República ideal. Aquella condena es injusta, potencialmente totalitaria y debe rechazarse, pero no sobra tenerla siempre en cuenta, con la verdad que contiene, aunque esté distorsionada. La poesía no está obligada a subordinar la existencia a su significado más alto, que la trasciende, como lo hace la filosofía. La manía –recuerda Livio Garzanti en su estupendo Amar a Platón– “produce sueños que la razón, cuando se despierta, debe interpretar”. La poesía está llamada a decir la verdad de la existencia, por cerril, imperfecta o cruel que sea; a expresar el contradictorio corazón del hombre, en el que coexisten la magnanimidad con la bajeza, la vanidad y la maldad. El arte ilumina a fondo estas contradicciones y para hacerlo está obligado –o naturalmente inclinado– a ensimismarse con ellas, incluso con las peores; a mimar esa realidad mundana que para Platón es ya mímesis engañosa de la verdad, de la cual por lo tanto la poesía es mímesis al cuadrado. Doblemente falaz, entonces, pero también necesaria para la verdad, porque es reveladora de ese mundo de sombras que el hombre ve en la caverna platónica y que aunque sean solamente sombras ilusorias, son también, en cuanto tales, compañeras de toda la existencia humana. El mismo yo poético se siente incierto como una sombra.
El alma del hombre, se dice en el Fedro, es tirada hacia lo alto y lo verdadero por un caballo, y arrastrada hacia la bajeza de las propias miserias, por otro. Quizá la función de todo arte, a diferencia de la filosofía o de la religión, consiste en contar y representar lo que le sucede al caballo que nos jala hacia abajo, o mejor, a nosotros cuando le soltamos las riendas y lo seguimos, no solo entre desordenadas y fuertes pasiones, sino también en vanos disgustos –incluidas las envidias de las que dan testimonio estos insultos entre poetas–, quizá inevitables dada la debilidad humana. Lo que no quita que definir “burdo” al Quijote, como hizo Nabokov, seguirá siendo siempre una gran metedura de pata. 
Miniantología de la mala leche
—Cada vez que leo Orgullo y prejuicio me entran ganas de desenterrarla y golpearle en el cráneo con su propia tibia (Mark Twain sobre Jane Austen).
—Baroja escribía los adjetivos como suelta un burro sus pedos (Josep Pla).
—Octavio Paz es la chochona del PRI (Raúl del Pozo)
—Bernard Shaw no tiene enemigos, pero causa intenso desagrado entre sus amigos (Oscar Wilde).
—George Sand sobre todo, y más que ninguna otra cosa, es estúpida como una vaca (Baudelaire).
—Solzhenitsyn es un mal novelista y un bobo. Esa combinación suele implicar gran popularidad en Estados Unidos (Gore Vidal).
—Ya basta de Keats. Yo les suplico: capémoslo vivo (Lord Byron).
—Me enviaron esa mierda de De aquí a la eternidad. Y con lo mierda que es, me extraña que el hombre que la escribió tenga esa extraordinaria pinta de estreñido (Truman Capote sobre James Jones).
—Hace treinta años que no lo leo. Es un pelmazo. Y me tiene sin cuidado que le hayan dado el Nobel o no (Sánchez Ferlosio sobre Camilo José Cela).
—Su estilo es despreciable, pero eso no es lo peor de él (Coleridge contra Gibbon).
—Su estilo tiene el desenfado desesperado de una orquesta que estuviera aferrándose por un pelo a la vida en un barco que se va a pique (Edmund Wilson contra Evelyn Waugh).
—Cada vez pienso más en él como un jovencito que escribió un libro maravilloso (Decadencia y caída), pero a quien luego le dio un ataque de histeria y se unió a la Iglesia católica (Kingsley Amis contra Evelyn Waugh).
—El jadeante hipopótamo Flaubert (Elias Canetti).
—Hay quien aspira a Donoso y se queda en Skármeta, o quien sueña con Huidobro y tiene que conformarse con Isabel Allende (Andrés Neuman)
—Pobre Faulkner. ¿De veras cree que las grandes emociones surgen de las grandes palabras? (Hemingway).
—Jamás ha utilizado una sola palabra que pudiese mandar al lector en busca de un diccionario (Faulkner sobre Hemingway).
—Todo es tan gris e incómodo en los libros de Beckett que al final parece que sufre constantes malestares de vejiga, como le pasa a la gente mayor cuando duerme. (Nabokov).
—No me gustó la obra, pero fue que la vi en condiciones adversas: el telón estaba arriba (George S. Kaufman).
—Bueno, digamos que fue un premio de tercela categoría (Darío Jaramillo al ser consultado sobre el premio Nobel a Camilo José Cela).
—Su manuscrito es a un tiempo bueno y original; pero la parte que es buena no es original y la parte que es original no es buena (Samuel Johnson).
¿Benedetti? Ughs (Rodrigo Fresán). 

J.K. Rowling, indemnizada por el bufete de abogados que reveló su seudónimo

La autora de la saga de Harry Potter denunció a los abogados por desvelar el nombre que usó para escribir una novela policíaca. El dinero se destinará a una ONG

La escritora británica, autora de la saga de Harry Potter, J.K. Rowling / Ben Stansall./elpais.com

La escritora británica J.K. Rowling ha aceptado hoy una importante donación con fines benéficos de la firma de abogados responsable de revelar su seudónimo, que la autora utilizó para escribir la novela policíaca El cucú está llamando. La creadora de la saga mágica de Harry Potter puso la denuncia  después de que uno de sus socios, Chris Gossage, revelase a la mejor amiga de su mujer que Roberth Galbraith, autor del libro, era en realidad la propia autora.
La portadora del secreto contactó días después a través de Twitter con una columnista del periódico británico The Sunday Times, que provocó un boom literario tras desenmascarar a la novelista, lo que disparó las ventas del libro en el Reino Unido.
La escritora ha accedido a dar por zanjado el proceso judicial que había iniciado en un tribunal británico después de acordar que Russells realizará una "sustancial donación" benéfica a la ONG Soldiers' Charity, dedicada a atender a soldados retirados o heridos en combate y a sus familias. Los beneficios globales obtenidos por la venta de la novela desde el 14 de julio, día en que se reveló que había sido escrita por Rowling, se destinarán a dicha asociación durante tres años, como ha explicado la propia autora en un comunicado tras el acuerdo judicial.
El protagonista de la novela policíaca The cuckoo's calling es un excombatiente de guerra reconvertido en detective privado, algo que hizo que la escritora se acercara al mundo militar como resultado de su trabajo creativo, lo que le impactó enormemente. "Escribir sobre un héroe que es veterano de guerra me ha permitido apreciar y entender enormemente lo mucho que estas organizaciones benéficas hacen por los excombatientes y sus familias, y cuánto apoyo es necesario para ellos", ha afirmado la escritora en un comunicado.

El Caribe paradisiaco e infernal de Jean Rhys

No hay más esclavitud. Pero cuesta liberarse plenamente. En Ancho mar de los sargazos, los negros se aplican a la venganza, unos cuantos colonos ingleses todavía tratan de seguir haciendo fortuna, y, en medio del fuego cruzado, están los criollos, esos “blancos negros” o “negros blancos” rechazados por todos que deambularán como fantasmas hasta asumir su identidad dividida. Aunque eso les cueste la vida 

Portada Ancho mar de los sargazos, de Jean Rhys/elpais.com

Pocas precuelas hay más atrevidas que Ancho mar de los sargazos (1966), la novela de Jean Rhys, escritora nacida en la colonia inglesa de Dominica en 1890 y fallecida en 1979. Rhys se atrevió a meterse con Jane Eyre (1847), la reverenciada novela de Charlotte Brontë. Al imaginar la historia de Antoinette Cosway, la “loca del ático”, al dotarla de personalidad, Ancho mar de los sargazos le da una respuesta post-colonial a una literatura inglesa que, a lo largo del siglo XIX, tuvo a las colonias del imperio como uno de suspuntos ciegos. La novela está ambientada en su primera parte en una Jamaica en la que los negros esclavos acaban de obtener su libertad. Es una sociedad pigmentocrática, de colonos ingleses, negros, y criollos como la madre de Antoinette, una viuda joven rechazada por las señoras jamaiquinas porque proviene de la Martinica. Los negros también se burlan de ella: la pobreza los acecha, y la finca en la que viven en Coulibri muestra señales de deterioro: “Nuestro jardín era amplio y hermoso como el Jardín de la Biblia: allí crecía el árbol de la vida. Pero se había transformado en un lugar salvaje. La hierba borraba los senderos y el olor de las flores muertas se mezclaba con el fresco olor de la vida… La finca de Coulibri, en su totalidad, se había asalvajado al igual que el jardín, toda ella era salvaje floresta. Ya no había esclavos, ¿quién iba a trabajar? Esto no me entristecía. No recordaba el lugar en sus días de prosperidad”.
Ancho mar de los sargazos es la historia de un descenso en la locura en pleno Paraíso, en un Caribe tan hostil como encantado, en el que la lluvia es música, el agua de los ríos es verde y la puesta del sol es un incendio en “el cielo y el distante mar”. La madre de Antoinette perderá la razón, y Antoinette, casada con un inglés en un matrimonio apresurado, la irá también perdiendo inexorablemente. Esa locura no sólo es hereditaria, sino también está relacionada con el pecado histórico de la esclavitud. Los colonos ingleses tardan en darse cuenta que esas islas de las Antillas no les pertenecen culturalmente; pertenecen a gente como Christophine, la nana de Antoinette, que canta canciones en patois de música alegre y palabras tristes, domina las artes de la magia negra (la versión local se llama obeah) y sabe de zombies, “personas muertas que parecen estar vivas o personas vivas que están muertas”.
No hay más esclavitud. Pero cuesta liberarse plenamente. En Ancho mar de los sargazos, los negros se aplican a la venganza, unos cuantos colonos ingleses todavía tratan de seguir haciendo fortuna, y, en medio del fuego cruzado, están los criollos, esos “blancos negros” o “negros blancos” rechazados por todos que deambularán como fantasmas hasta asumir su identidad dividida. Aunque eso les cueste la vida.
* Edmundo Paz Soldán ha publicado Billie Ruth (Páginas de Espuma)