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13.9.10

Los nombres del juego

Los términos con que se refieren, o se han referido, a los inmigrantes de origen latinoamericano en Estados Unidos y en Europa retratan prejuicios y prevenciones. Un paso más allá es la ley de Arizona

A pesar de los muros de contención represiva, siempre hay formas de hacer huecos.foto:archivo.fuente:elpais.com

Cuando entras a Estados Unidos dejas de ser mexicano, colombiano, cubano, y te conviertes en "latino". Antes, las autoridades de Estados Unidos nos llamaban "hispanos", una denominación de la lengua y no de la piel. Usado por primera vez por Richard Nixon en un discurso, el nombre "hispano" fue incluido por Jimmy Carter en el censo de 1980.
Un año antes, Carter fue atacado por un conejo -eso dijo- en un pantano, mientras pescaba. El conejo trató de subir a la barca y el presidente se defendió a golpes de remo. El incidente conocido como el de "the killer rabbit" fue usado como burla, pero nadie recordó que Hispania quiere decir precisamente "tierra de conejos". Ya se vislumbraba el cambio a "latinos" -para 2000, los latinoamericanos en Estados Unidos habían crecido casi el 60% en sólo diez años-, que parecían ahora más presentes y, a veces, amenazantes. Con Bill Clinton ya no se trataba de hablar español, sino de una etnia morena, de labios suculentos, traseros increíbles, capacidad para bailar, apegados a la familia y al trabajo, en el supuesto de que Jennifer López, Shakira, Salma Hayek y Penélope Cruz vengan del mismo lugar. Pero los "latinos" también son violentos, pandilleros que se niegan a aprender inglés, narcotraficantes. Y yo que quería ser inocuo frente a la Afroamericana de la aduana en Nueva York, pensé que una explicación sin palabras de a qué iba yo a Nueva York era ofrecerle un ejemplar de la revista de arte Review -la de David Rockefeller-, que iba a presentar al día siguiente. La abrió justo en un autorretrato del artista Daniel Joseph Martínez en el que alguien le dispara en la sien derecha con un revólver. La Afroamericana de Homeland Security abrió los ojos y me mostró la imagen:

-¿Qué es esto? -preguntó a punto de presionar el botón que abre la compuerta por la que sales de Estados Unidos despedido al desierto de Ciudad Juárez.

-¿Arte? -me hundí.

Después de ver los sellos en mi pasaporte, la Afroamericana se detiene en los de la República Bolivariana de Venezuela -así dice- y Ecuador. Desde esos países se ha recreado en los últimos años ese término inventado por los franceses para justificar la invasión de Napoleón III a México: América Latina. Michel Chevalier lo acuñó en 1837 cuando conoció a Andrés Manuel del Río en las minas mexicanas creyendo que habían aislado un elemento nuevo: el eritronium. Enviaron el rojo mineral a Europa, pero fue rechazado como descubrimiento hasta que, con Chevalier y Del Río muertos, los químicos alemanes aceptaron el elemento pero con otro nombre, vanadio, sacado de una diosa del sexo escandinava (el mineral parece un corazón estallando). La historia equívoca de ese hallazgo, con otro nombre, es la de la invención francesa de América Latina: un territorio cuya moral se opone al simple egoísmo de la "América Sajona". Desde entonces, hablar de América Latina es oponerla a Estados Unidos y no, como era la intención de Simón Bolívar, a una España "feudal" y opresiva que no nos dejaba a los americanos más ruta que la guerra independentista. De todos modos, todo llevaba a París y a los derechos del ciudadano. Eso, antes de que la propia Europa nos llamara "sudacas", con el sospechoso orgullo de sentirse arriba del Ecuador. Pero no ahora, a casi doscientos años de la Carta de Jamaica de Bolívar (1815), cuando América Latina invoca, simplemente, la defensa preventiva de un vecino armado que no voltea más al sur, sino al Medio Oriente. La América Latina de Hugo Chávez es como pasearse delante de una mujer que no nos voltea a ver. Es como defender la caballerosidad de Chevalier cuando nadie nos la solicitó.

La Afroamericana me mira detrás de sus anteojos. Estamos en los días de la ley que convierte en delincuentes a los inmigrantes en Arizona sólo por su aspecto de no pertenecer a ese desierto. Muchos de los "latinos" estaban ahí antes de que existiera Estados Unidos: justo ahora, de día, en el lado mexicano, fluyen las mercancías trabajadas por los empleados de salarios bajos. De noche, los asalariados cruzan la frontera por salarios menos bajos. Decido atizar la culpa de la burócrata de Homeland Security:

-No se aplica sólo a los "latinos" -se defiende.

-¿A poco detienen holandeses porque usan zapatos de madera?

No se ríe. Me hundo otro poco.

Tras veinte minutos de interrogatorio, finalmente, la Afroamericana me deja entrar a Estados Unidos, a Nueva York -que es una tercera parte puertorriqueña, dominicana, mexicana y colombiana- y llego a la puerta de la Americas Society en Park Avenue, donde los inmigrantes morenos no cargan muebles, ni riegan jardines, ni bailan tango, ni hacen películas con Tarantino, sino que pasean perros minúsculos, peinados, pulcros, perfumados. Le digo mi nombre a la recepcionista.

-¿Italian? -sonríe.

No logro más que encogerme de hombros.

Whatever. -

Fabrizio Mejía Madrid (México, 1968) es autor, entre otras obras, del libro de crónicas Salida de emergencia (Mondadori. México, 2007) y la novela Tequila, DF (Mondadori. México, 2008).

8.7.10

El estilo de vida americano

Tierra desacostumbrada, la novela de Jhumpa Lahiri, describe las diversas maneras en que los inmigrantes de origen bengalí se adaptan a la idiosincrasia occidental. De este modo, la autora cambia la perspectiva del american way of life

foto.fuente:Revista Ñ

NUEVAS VOCES
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Lahiri es una de las escritoras más significativas de la nueva camada de "american-indians". De ascendencia bengalí, nació en Inglaterra y vivió toda su vida en Estados Unidos.

Los relatos que atraviesan la novela de Jhumpa Lahiri, Tierra desacostumbrada, tienen como punto en común la descripción de las diversas maneras en que los inmigrantes de origen bengalí se asimilan o se adaptan a la idiosincrasia occidental, contando parte de su vida diaria en ciudades de Estados Unidos. Pero el mérito mayor de este heterodoxo best-séller no es el de ilustrar las tensiones que conviven en esa adaptación, sino en aportar una mirada casi etnográfica sobre el conjunto de la sociedad norteamericana vista con los ojos de alguien que no ha nacido en el seno de la tribu, y que por lo tanto, es poseedora de una visión global y distante que no pueden percibir quienes viven inmersos en ella por la fuerza de la cotidianidad.american way of life, la autora potencia el gesto al comparar esa idiosincrasia con concepciones ancestrales que relativizan la experiencia vital que marca el ritmo de nuestros días.voyeur de sentir que estamos espiando por la cerradura la intimidad ajena. Pero no es merecedor, ni por asomo, del calificativo de libro del año que le otorgó el suplemento literario de renombre de la ciudad de Nueva York como The New York Times en 2008.

Traducida del inglés por Eduardo Iriarte, la primera historia, por caso, recorre la biografía de Ruma, hija de hindúes pero nacida y criada en Seattle, ejemplo cabal de una asimilación total a la vida norteamericana.

El relato empieza con una visita de su padre, viudo reciente, al nuevo hogar de su hija. Ruma está casada con un comerciante local y está criando un hijo, Akash, que ha roto todo lazo con las tradiciones de su madre. La llegada del abuelo produce una agudización de las tensiones latentes entre los ritos familiares bengalíes y la crianza de los niños en la Norteamérica actual.

Y es en la descripción de esos contrastes en donde cobra vida la literatura de Jhumpa Lahiri, esta inglesa de padres bengalíes: si todo escritor norteamericano insiste en remarcar la vacuidad y hasta la vulgaridad del

En la segunda historia y de ahí en adelante, el libro entra en los terrenos de lo que se podría denominar como novela global. Los personajes –unos idénticos a otros, sólo cambian sus nombres– son profesionales graduados en las más prestigiosas universidades de Estados Unidos que deambulan por el mundo buscando su destino.

Obvio que se trata de hindúes, obvio que se trata de inmigrantes que se mueven entre los dictados de la remota tradición familiar y la emancipación personal. Los relatos no son cronológicos, sino que parten de un momento impreciso de sus vidas para luego reconstruir, casi como una genealogía, la historia familiar de los protagonistas.

Resulta sumamente interesante comprobar cómo el antiquísimo sistema de castas de la India perdura en la actualidad, y esas férreas jerarquías se mantienen incluso cuando se vive en otro país y se traslada de generación en generación. Como en el caso de una de las historias, en la que un matrimonio concertado entre familias acaudaladas de la India se establece en Berlín primero y más tarde en Massachussets sin modificar jamás la estructura de las relaciones con sus semejantes emigrados (aunque sus hijos sí se "contaminan" con la cultura local, rebelándose contra la sumisión al patriarcado).

Dividido en dos partes, la primera contiene cinco historias que llevan como título "Tierra desacostumbrada", "Cielo e infierno" o "Una elección de alojamiento" en las que el tema, amén de lo ya señalado, gira en torno a las dificultades de las relaciones personales y familiares, sean estas entre padres e hijos, entre amigos o entre amantes.

La segunda mitad, relatada en primera persona por dos voces distintas, cuenta los caminos paralelos recorridos por dos hijos de hindúes nacidos en Estados Unidos, Hema y Kaushik, cuyas familias son amigas. Es una historia de amor que sólo cobrará su recompensa cuando ambos hayan atravesado un largo trayecto de realización personal, y luego de los lejanos días en que compartieron casa en la infancia, se volverán a reencontrar en otro continente para vivir un romance fugaz y truncado por el destino.

Si bien Lahiri evita caer en el tono meloso de la novela rosa, hay instantes en los que todas las situaciones parecieran conducir al melodrama: a la acción de los personajes sigue la descripción minuciosa y detallista y casi nunca hay lugar para la reflexión, el diálogo interior o el análisis de las conductas.

La novela es entretenida y, a pesar de una traducción sinuosa y por momentos hasta confusa, se deja leer con amenidad y de a ratos atrapa al lector con esa morbosidad


Lahiri BASICO
Londres, 1967
Escritora
Es una de las escritoras más significativas de la nueva camada de "american-indians". De ascendencia bengalí, nació en Inglaterra y vivió toda su vida en Estados Unidos. Desde que empezó a publicar, recibió algunos de los premios más importantes de Norteamérica, como el Pulitzer y el PEN. A su primera novela, "Intérprete de emociones", le siguieron los volúmenes "El buen nombre" (editado en nuestro país por el sello Emecé) y "Tierra desacostrumbrada", que consolidó su prestigio cuando el New York Times lo eligió mejor libro del 2008.