5.6.09

'Este premio es un agradecido asombro', dijo William Ospina, al ganar el Rómulo Gallegos


William Ospina se llevó uno de los galardones más importantes de la lengua española.

El escritor colombiano habló con EL TIEMPO al bajar de un tren de Madrid a Barcelona, en donde presentará El país de la canela, libro que fue merecedor del premio.


Aún asombrado ante la noticia de haber sido escogido como ganador del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, el mismo que obtuvieron los colombianos Gabriel García Márquez (1972), Manuel Mejía Vallejo (1989) y Fernando Vallejo (2003), William Ospina dijo estar "conmovido" y necesitar tiempo para reflexionar sobre lo que significa este reconocimiento en su carrera.

Cuando apenas entraba a la habitación de su hotel en Barcelona (España), a donde había llegado para presentar su la segunda novela de su trilogía sobre la conquista, con la que obtuvo el galardón, Ospina le dijo a EL TIEMPO que lo primero que quería era agradecer a todos los escritores participantes (concursaron 274): "Sé que estos triunfos dependen de muchas circunstancias. Y estoy lejos de pensar que quien gana sea necesariamente mejor que muchos otros que han participado".

¿Cómo recibe este galardón?

En primer lugar muy asombrado, en segundo lugar muy conmovido y creo que voy a necesitar un poco de tiempo para pensarlo. Por lo pronto es un gran honor y una gran alegría.

¿Qué significa recibir este premio, precisamente, con 'El país de la canela'?

Me alegra mucho que este esfuerzo que ha sido no solamente hacer un viaje a la conquista del Amazonas, sino también un viaje al espíritu y al alma de los latinoamericanoshaya merecido la atención del jurado. Yo ni siquiera he hablado aún con ellos. Supongo que me habrán llamado, pero acabo de bajarme de un tren desde Madrid y estoy entrando al hotel.

Se trata de un premio que han ganado importantes plumas de las letras. ¿Qué significa para su carrera futura?

Prefiero no anticipar nada. Creo que es un momento muy hermoso, por el que siento mucha gratitud. Es un reconocimiento a un esfuerzo de bastantes años escribiendo esta trilogía. Yo dediqué unos seis años a escribir Ursúa, después unos tres años a escribir El país de la canela, de manera que son ya nueve años trabajando en ella. Pero ya llevaba unos años antes escribiendo sobre la Conquista y sobre la obra de Juan de Castellanos, así que es la coronación de un esfuerzo de más de 15 años tratando de pensar y de sentir lo que fue la Conquista y lo que nos dejó, porque es verdad que hay reflexiones y miradas también sobre el presente en estas novelas, en la medida en que mucho de lo que somos nació de esa Conquista.

¿Ya está trabando en el libro que cierra la trilogía?

Sí, así es. Tengo la esperanza de terminar en un año y medio La serpiente sin ojos, pero ahora tendré que tratar de encontrar la serenidad y el tiempo para dedicarme con mucha seriedad a ello.

¿Cómo ve la novela actual?

Creo que en el mundo de los libros y en el mundo de los lectores hay espacio para muchos tonos distintos y para muchos géneros. Me parece que la novela es un campo de la creación literaria que está muy vivo, que está muy abierto a nuevos experimentos y a nuevas posibilidades; y creo que una buena prueba de que la novela está muy viva, tanto en el interés de los lectores contemporáneos como de los creadores contemporáneos, es la cantidad de novelas que participaban en este concurso, tengo entendido que más de 240 novelas de todo el ámbito de la lengua española estuvieron concursando en este premio. Eso es un ejemplo de vitalidad extraordinaria de la lengua castellana con relación a la novela.

LO QUE DIJO EL JURADO

Presidido por la escritora Elena Poniatowska, el jurado destacó en la obra del colombiano "sus valores literarios, históricos y filosóficos. Convenimos en que se trata de una lectura interpretativa de los primeros viajes de los europeos en el continente, con una fuerte proyección hacia el presente".

Además de la escritora mexicana, quien no pudo estar presente en la lectura del fallo, el jurado lo conformó la escritora argentina Gabriela Maturo, el ensayista venezolano Humberto Mata, el narrador cubano Miguel Barnet y el poeta venezolano Enrique Hernández De Jesús.

El segundo libro sobre la trilogía de la Conquista, que Ospina (Padua, Tolima, 1954) inició con 'Ursúa' y tiene pensado completar con 'La serpiente sin ojos', se impuso ante 274 novelas, entre las que figuraban otras dos colombianas.

La entrega oficial del galardón, que cumple 45 años y se anuncia cada dos años, tendrá lugar el próximo 2 de agosto en Caracas. El premio consiste en una medalla de oro y 100.000 euros (cerca de $290 millones), además de la publicación de la obra ganadora en una edición que circulará solo en Venezuela.

LOS OTROS FINALISTAS

Las otras seis obras finalistas fueron: 'La Ceiba de la memoria', de Roberto Burgos Cantor (Colombia); 'Bolívar, delirio y epopeya', de Víctor Paz Otero (Colombia); 'El profeta imperfecto', de Fernando Butazzoni (Uruguay); 'Tratado del amor clandestino', de Francisco Proaño (Ecuador); 'Los ojos del huracán', de Berta Serra Manzanares (España), y 'La historia que me escribe', de Fernando Trías de Bes (España).

REACCIONES

"La culminación de un poeta que también piensa y reflexiona sobre la literatura es, naturalmente, la novela. Por ello, nos congratulamos que las intuiciones y atisbos de William Ospina en su lírica, que mira tanto a América como a Europa, y la multiplicidad de sus ensayos se redondeé y se celebre con este premio; que nos permite volver a leer el manantial inextinguible de nuestra literatura, como fueron los cronistas de indias y que todavía alucina y delira con la perpetua búsqueda de El Dorado, nuestro mito fundador, o El país de la canela".
Juan Gustavo Cobo Borda, poeta.


"Estamos muy orgullosos que el premio haya caído en Colombia y en la obra de William. Es el reconocimiento a un trabajo de años y a esa terquedad del escritor por encima del vaivén de las críticas y de las reseñas que a veces se quedan en lo inmediato. A los demás escritores nos queda la lección que esto solo se logra con un proceso riguroso en el oficio".
Nahum Montt, escritor.



eltiempo.com

Una lectora nada común



Por: Juan Gabriel Vásquez

MI AMIGO BILL SWAINSON ME REgaló el otro día un librito de 121 páginas y formato pequeño cuyo autor, Alan Bennett, es uno de los grandes practicantes de un género tristemente menospreciado entre nosotros: la comedia inglesa.


El título en español es el mismo de esta columna, pero la traducción no llega a comunicar todo lo que hay en el original. The uncommon reader es, como se habrán imaginado los lectores, un guiño al título que Virginia Woolf le puso a su portentoso libro de ensayos: The common reader (El lector común) contiene algunas de las anotaciones más agudas sobre el arte de leer y sobre ese otro arte, tan complicado en su tiempo: ser mujer y novelista al mismo tiempo. Pero el libro de Bennett, que entre muchas otras cosas es una extraordinaria reflexión sobre la lectura, tiene como protagonista a una mujer que no era, seguramente, la que tenía en mente Virginia Woolf cuando escribía sus ensayos: la reina de Inglaterra.

Sí, esta reina: la reina Isabel II, la madre de Carlos, la suegra de Lady Di. Un buen día la reina llega a la parte de atrás del palacio, adonde no suele ir con frecuencia, y se encuentra con una especie de gran furgoneta parqueada en la mitad del patio. Es la biblioteca móvil de la Ciudad de Westminster. La reina se acerca, asusta un poco al encargado de la biblioteca, y al final, por puro compromiso —para no ofender a nadie, para que no se diga que esto o que lo otro— acaba por llevarse un libro. El libro no le gusta del todo, pero vuelve por otro, y éste sí le gusta. Es más: le gusta mucho. Este asunto de leer, piensa la reina, tiene su gracia. Y de repente esta mujer, que hasta ahora nunca había demostrado intereses literarios más allá de convertir a algún escritor en caballero del Imperio Británico, comienza a volverse adicta a la lectura, con las desastrosas consecuencias que eso trae: el desinterés por las cómodas frivolidades de su vida y un cambio de perspectiva sobre, bueno, sobre casi todo.

Para la pobre reina, una de las consecuencias de leer es que comienza a volverse intolerante con la jerga vacía de los políticos. Otra es que sus subalternos comienzan a criticarla: los lectores son egoístas, no están disponibles para todo el mundo todo el tiempo. Luego, ya completamente desquiciada, la reina comienza a comportarse de forma sospechosa: lee con un lápiz en la mano, transcribiendo párrafos que le gustan especialmente. Otros sentimientos: tristeza, porque leyendo se ha dado cuenta de todo lo que no sabe; desilusión, porque se da cuenta de que los escritores son unos pesados y no valen mi la mitad de lo que valen sus libros; incomodidad, porque comienza a darse cuenta de detalles como la caspa en el hombro de alguien, por ejemplo, o las manchas de huevo en una corbata, que antes le habían pasado desapercibidos.

Una lectora nada común es, lo repito, una comedia: uno suelta carcajadas y la gente del bus o del café voltea a mirar. Pero esta comedia es, a su manera sin sermones, el mejor alegato a favor de la lectura de novelas que he leído en mucho tiempo. “El atractivo de la lectura, pensó la reina, era su indiferencia: había algo altivo en la literatura. A los libros no les importaba quién los leyera, o si eran o no leídos. Todos los lectores eran iguales, incluida ella”. Un novelista no lo habría dicho mejor.



elespectador.com

4.6.09

William Ospina, premio Rómulo Gallegos

William Ospina
Yo me precio de haber anunciado este premio, por una sencilla razón de pura corazonada.Lo escribí que El país de la canela de William Ospina sería el premio Rómulo Gallegos, y acerté. En buenahora por su obra y su trayectoria. Se impuso sobre 274 novelas de Iberamérica y los seis finalistas (autores y obras de las que que no tenía mayor noticia hasta hoy, por cierto): La Ceiba de la memoria, de Roberto Burgos Cantor (Colombia), El profeta imperfecto, de Fernando Butazzoni (Uruguay), Bolívar. Delirio y epopeya, de Víctor Paz Otero (Colombia); Tratado del amor clandestino, de Francisco Proaño (Ecuador); Los ojos del huracán, de Berta Serra Manzanares (España) y La historia que me escribe, de Fernando Trías de Bes (España). Dice la nota de prensa:




Al leer el veredicto del jurado, alcanzado por unanimidad, la escritora argentina Graciela Maturo destacó la alta calidad de las obras presentadas y dijo del libro laureado que "se trata de una lectura interpretativa de los primeros viajes de los europeos por el continente con una fuerte proyección hacia el presente". "Su excelencia literaria reside en una sólida estructuración de los capítulos y un sólido lenguaje", señaló, antes de destacar respecto a la obra "la ajustada eficacia narrativa así como su capacidad de atraer al lector". Es una obra "inspirada en discursos coloniales, los de Fernando González de Oviedo, admirado maestro del personaje narrador que no escatima crudezas en los aspectos mas criticables y brutales de la gesta hispánica sin caer en burdas simplificaciones", subrayó. "Su mensaje supera dicotomías tales como hispanismo e indigenismo y abarca las contradicciones con espíritu humanista, y asienta una ética de respeto a la cultura del otro", agregó en la lectura del fallo. El pasado 3 de junio, al presentar en la Feria del Libro de Madrid "El país de la canela", que aborda la conquista de América, Ospina declaró que con ella se propuso "recuperar la conciencia de los indígenas sobre lo que fue ese choque cultural". Ello, añadió, para arrojar una mirada más compleja de esos hechos sin "maniqueísmo". Ospina adoptó en su novela la piel de un mestizo, hijo de un español y una indígena, para ofrecer la perspectiva de la conquista de América desde la sensibilidad de alguien que pertenece a los dos mundos. E jurado que eligió la obra de Ospina estuvo presidido por la mexicana Elena Poniatowska y contó con la escritora argentina Gabriela Maturo, el ensayista venezolano Humberto Mata, el narrador cubano Miguel Barnet y el poeta venezolano Enrique Hernández De Jesús.


La novela ganadora, por cierto, cuenta la historia de un español que decide ir a Perú a reclamar una herencia que había sido usurpada a su padre por los Pizarro.

3.6.09

Tres colombianos finalistas en el Premio Rómulo Gallegos

Presidente y escritor Rómulo Gallegos


Mañana se conocerá el veredicto
Siete finalistas compiten por el Rómulo Gallegos
Tres colombianos en el listado

Siete novelas han sido seleccionadas por el jurado como finalistas de la XVI Edición del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, importante galardón literario, cuyo veredicto será dado a conocer el jueves 4 de junio a las 10:30 a.m.

El jurado de esta XVI Edición, integrado por Humberto Mata y Enrique Hernández D' Jesús, de Venezuela; Graciela Maturo, de Argentina; Miguel Barnet, de Cuba, y Elena Poniatowska, ganadora de la XV edición, de México, escogieron entre las 274 novelas participantes a: La Ceiba de la memoria, de Roberto Burgos Cantor (Colombia), El profeta imperfecto, de Fernando Butazzoni (Uruguay); El país de la canela, de William Ospina (Colombia); Bolívar. Delirio y epopeya, de Víctor Paz Otero (Colombia); Tratado del amor clandestino, de Francisco Proaño (Ecuador); Los ojos del huracán, de Berta Serra Manzanares (España) y La historia que me escribe, de Fernando Trías de Bes (España).

Kundera sin prejuicios

Milan Kundera. Fuente: blogsFcom

Difícilmente Milan Kundera volverá a tener el protagonismo que tuvo en la década de los 80 con la novela La insoportable levedad del ser. ¿Por qué se hizo tan célebre esa novela de título tan poco comercial y escrita por un autor tan radical? Quién sabe. Lo cierto es que Kundera no fue mejor ni peor en ese libro que en los otros suyos, y los que siempre lo amaron lo siguen amando hoy en día. Mercedes Monmany, por ejemplo, emocionadísima celebra la aparición de Un encuentro (Tusquets):



Pocos autores o intelectuales de nuestros días son capaces de hablar con esa apasionada libertad, con esa falta de prejuicios con la que habla Kundera en un libro absolutamente original. Una forma que «se vincula a su personalidad de un modo tan indisociable como sus ideas». Lo hizo Malaparte en La piel. Lo hizo también Montaigne en sus Ensayos o, puestos a hablar de escritores salidos del «mundo sepultado de la Europa Central», el Nobel polaco Czeslaw Milosz en su Abecedario (Turner). En estos múltiples encuentros o chispas aparentemente fortuitas y sin conexión ninguna de la Historia, de la política, del arte y de sus representantes tanto marginales y repudiados como oficiales y pretendidamente legítimos de cada momento -ya sea hablando de Salman Rushdie, de Carlos Fuentes y de Philip Roth, de su querido Rabelais, de Schönberg o Iannis Xenakis, de Aimé Césaire y la fundación de la negritud, o de la cruel dictadura de salones reales o virtuales a la hora de enterrar en execrables listas negras a escritores hace nada ensalzados en lo más alto del Olimpo-, Kundera nunca oculta su fascinación y respeto por los invisibles, por los «inutilizables por su apoliticismo» -como Hrabal-, por los despreciados y enviados al basurero de la Historia, por los extranjeros perpetuos que sólo pueden señalar como Patria un viejo exilio prolongado; por los que se colocan en ángulos esquivos más que en iluminados centros; por los vilipendiados a diestro y siniestro que escogieron actitudes «descortésmente no ideológicas» -su admirado Skvorecky-; por los más proclives a ser olvidados, o por esos «escritores bastardos», como el serbio Danilo Kis, que siempre se declararon fuera de cualquier filiación simbólica («no soy disidente ni emigrante») o escena posible que los engullera. O por un «escritor comprometido» como Malaparte, antaño testigo neutral orgulloso de su exactitud, seguro de saber dónde están el mal y el bien, que al final de la Guerra Mundial habla por fin, tan sólo, en nombre del hombre dolido: en nombre del poeta.



notasmoleskine.com

2.6.09

Tomás Eloy Martínez: "La escritura es una exploración de caminos desconocidos"


REALIDAD Y FICCION."En mi obra siempre traté de unir esos dos grandes ríos que son afluentes de un mismo mar: el periodismo y la literatura", dijo Martínez.



Si se aburriera de escribir, es decir, si dejara de ser quien es, Tomás Eloy Martínez podría -debería- volver a hacer radio. Eso es evidente en la soltura con que ahora -miércoles casi mediodía, en el piso 14 con vista al río de la editorial Alfaguara- el escritor maneja la conferencia de prensa en la que está presentando la Biblioteca Tomás Eloy Martínez, una colección que, como dijo la editora Julia Saltzmann, reúne (casi) toda la obra del autor "sin distinción de géneros, las novelas y el periodismo".

Es decir: es hora de repasar todo lo escrito, lo pensado, lo sentido y el autor de Santa Evita y La novela de Perón elige hablar, primero, del entramado entre literatura y periodismo. La mesa está llena de periodistas, en el centro ponen platos con empanaditas que nadie osa tocar, Martínez -todos le dicen "Tomás"- cuenta por qué se lanzó escribir "uniendo esos dos grandes ríos que son afluentes del mismo mar: la literatura, el periodismo, la realidad la ficción". Es decir: por qué el periodismo, si el chico quería hacer literatura? "Por necesidad imperiosa de ganarme la vida", dice. Claro. Pero ahí el deseo metería la cola y el chico produciría textos "raros". Noticias que parecían relatos, todo mezclado.

Así vinieron las crónicas de Lugar común la muerte (que ahora salen con nuevos capítulos, sobre Augusto Roa Bastos y José Lezama Lima) y La novela de Perón, escrita después de que, en largas sesiones, el General le dictara sus memorias. Y ya estaba pensando en Santa Evita. Pero no quería publicar una atrás de otra: "Si después de Perón salía con Santa Evita iban a pensar que era un peronólogo o, peor, un peronista".

La pasión según Trelew fue algo personal. "Yo era director de la revista Panorama, nos habían ordenado publicar sobre (la masacre de) Trelew sólo la versión oficial. Era tan evidente que esa versión era falsa que dije: 'No puedo cometer esta falta de respeto con el periodismo y ser servil'. Entonces, si bien no desmentí la versión, dije que había que esperar que eso no fuera un acto de terrorismo de Estado" porque si lo era iba a "correr sangre entre los argentinos". Lo echaron. El hombre no se quedó tranquilo: "No me van a desmentir, estoy contando la verdad", pensó. Y se fue a investigar.

Acerca de la situación actual del periodismo, Martínez aseguró que se "rompe la cabeza" al pensar cómo se va a salir del "atolladero en el que se encuentra el periodismo papel", y aunque reconoció que aún no se ha encontrado una salida, está convencido de que la prensa la va a hallar. El recientemente galardonado con el premio de periodismo Ortega y Gasset a la trayectoria, insistió en que "ojalá" se halle "una vía de escape a esta especie de camino cerrado", una "vía de confluencia" entre Internet y el periodismo escrito en el que él ha crecido, apuntó en un encuentro con los medios.

La mañana se fue. Ahí siguen, ya frías, las empanaditas. La figura de Perón vuelve, vuelve.

Perón, Evita... ¿no lo tienta ninguna figura contemporánea?

"No, no hay material novelesco, el último más o menos novelesco y narrable fue Menem. A mí no me tienta ese relato".



revistaenie.com

*Cómo se construye el canon




Los programas de las carreras de letras en las universidades del país plantean discusiones y legitimizan autores; ¿qué criterios se tienen en cuenta? Además, Fogwill, Gonzalo Garcés y Rafael Cippolini explican y cuestionan la función de la Academia.



¿ANQUILOSADO? Lo contemporáneo, en la academia, no equivale precisamente a lo nuevo, un término más asociado al discurso periodístico y a la industria editorial.

Por: Osvaldo Aguirre

La enseñanza de literatura argentina en la Universidad tiene mala prensa. En deba­tes recientes, las versiones más críticas señalaron su presunto confinamiento en autores del pa­sado, desvinculada de la actualidad y con un canon propio que rechaza a los escritores de difusión masiva. Pero las polémicas, a veces, con­templan a sus objetos con lentes de aumento. Leer los programas que se imparten, seguir sus reco­rridos, permite otra mirada. En concreto, apreciar la manera en que los problemas del presente y la producción más reciente apare­cen en los contenidos, los textos y las perspectivas que se eligen, los posicionamientos y las críticas respecto de la propia academia y de orientaciones consideradas he­gemónicas.

En general las universidades nacionales cuentan con dos ciclos de Literatura Argentina, uno re­servado al siglo XIX y el otro que avanza desde principios del siglo XX a la actualidad; en algunas (Buenos Aires, Rosario), la ma­teria es anual y la carrera incluye seminarios, por lo que el abordaje de la producción contemporánea puede jugarse al menos en dos instancias; en otras (Jujuy, Patago­nia) es cuatrimestral. Los progra­mas tienen un período de vigencia variable, en cuyo transcurso los profesores introducen reajustes. "Un primer programa de hace tres años –ejemplifica Sylvia Saítta, de la Universidad de Buenos Ai­res– era la violencia en la literatu­ra argentina a partir de situar a El matadero como texto fundacional. Trabajamos también violencia de género, violencia privada, violen­cia institucional y violencia polí­tica. Luego lo fuimos angostando para adecuar mejor los textos a la bibliografía crítica y centrarnos en un problema más específico, el de la violencia política, un tema que se está discutiendo en ámbitos dis­ciplinarios diversos". Este año su cátedra propuso como tema "Figu­raciones de la violencia política en la literatura argentina".

Hay además factores particu­lares, como la evaluación que ha­ce Carlos Gazzera (Universidad Nacional de Villa María): "Parto de la hipótesis de que muchos de nuestros egresados son absorbidos por la docencia y pierden la capaci­dad de indagar, buscar, frecuentar nuevas estéticas. Mi idea es que se vayan de la Universidad con la inquietud de que la literatura argentina sigue viva". De hecho, dedica una unidad a la nueva na­rrativa argentina, en un arco que va desde Juan Forn a Juan Terra­nova, pasando por autores como Guillermo Saccomanno, Leopol­do Brizuela, Gustavo Nielsen y Washington Cucurto, entre otros. La inclusión de autores nuevos es también particularmente visi­ble en el programa de Alejandra Nallim (Universidad Nacional de Jujuy) y en los seminarios de El­sa Drucaroff en la Universidad de Buenos Aires.

Drucaroff sostiene que la litera­tura de los jóvenes ha permaneci­do oculta. "Los últimos escritores visibles como escritores nuevos y jóvenes fueron los del grupo Babel y Biblioteca del Sur, a fines de los 80 y comienzos de los 90 –dice–. Absurdamente, siguieron siendo considerados jóvenes hasta hoy, no porque no hubiera más sino porque los otros, pese a su obra, eran invisibles". En su opinión, la industria editorial tiene una acti­tud ambigua, ya que por un lado publica algunos de esos textos y por otro, en los grandes sellos, los somete a la rutina del merca­do: "Las exigencias de rotación de mercadería en los depósitos no les da tiempo a estos libros, que sólo pueden instalarse por un genuino y persistente boca a boca. Les dan lugar, pero los saldan al año, como mucho, cuando no antes, y les ha­cen prensa con el mismo criterio burocrático con que hacen prensa a todos los libros que publican". En su seminario de 2008, "Políti­ca y Literatura: un marco teórico para leer la narrativa argentina actual", Drucaroff incluyó entre otros autores a Pedro Mairal, Aní­bal Jarkowski, Samantha Schwe­blin, Mariana Enríquez y Marcos Herrera.
"El estudio de la narrativa bien actual debe ocupar en una carre­ra de Letras un lugar de semina­rio, no de materia troncal –sigue Drucaroff–. La academia es un espacio de conservación del saber clásico, canónico, debe tener un sutil equilibrio entre esa fuerza centrípeta y una centrífuga que dé espacio a saberes sobre lo que está ocurriendo".


El sentido de lo contemporáneo

Lo contemporáneo, en la acade­mia, no equivale precisamente a lo nuevo, un término más aso­ciado al discurso periodístico y a la industria editorial. Amelia Royo (Universidad Nacional de Salta) lo explica: "Cuando decimos con­temporáneo no hablamos de 2009 exactamente, sino de un período 1990-2005, por una cuestión de disponibilidad de material". Pa­ra Mario Goloboff (Universidad Nacional de La Plata) los estudios literarios no sufren los inconve­nientes que pueden encontrar los historiadores al enfrentar el pasa­do reciente. "En nuestro caso, se plantean problemas diferentes del de la actualidad, la novedad, la ori­ginalidad –dice–. Cada obra o cada autor pueden ser vistos como un ciclo cerrado y, a la vez, abierto en sus relaciones con otros textos". Martín Prieto (Universidad Na­cional de Rosario) agrega: "No se trata de que tengamos un regus­to por lo nuevo, sino de que es a partir del presente desde donde obligadamente se construye cual­quier perspectiva histórica. Por lo tanto, la producción contemporá­nea y aún las discusiones coyun­turales tienen su importancia en la conformación de nuestros pro­gramas". Su cátedra cuenta con un blog, dirigido a los estudiantes (http://www.literaturaargentina2unr.blogspot.com/).

Gazzera, en cambio, hace una valoración negativa de las discu­siones actuales: "En los últimos tiempos, en la prensa no hubo debates serios y productivos en torno a la literatura argentina. En su gran mayoría hemos tenido de­bates sobre las susceptibilidades ególatras de algunos escritores y críticos que saben usar a la prensa para vender más libros. Académi­camente hay pocos intercambios. En general, desaparecieron los grandes libros que movían a la discusión intelectual".

Quizá menos visibles que los autores y los títulos, los ejes o los problemas que se proponen son también construcciones del presente y en tanto tales señalan direcciones posibles para aquella discusión. Sylvia Saítta destaca que el desafío no es sólo abordar textos recientes sino renovar las lecturas de obras del pasado. María Elena Legaz (Universidad Nacional de Córdoba) afirma que "en literatura nada está cerrado y no sólo en las obras en que se contextualizan su­cesos contemporáneos cercanos": por eso, su programa "Revolución, guerra, exilio y Literatura Argen­tina" aborda a los escritores canó­nicos desde un ángulo inesperado (el nazismo en los relatos de Bor­ges, Roberto Arlt en sus crónicas sobre conflictos internacionales). Según José Maristany (Universi­dad Nacional de La Pampa), "leer nuevamente Cuentos de la oficina permite descubrir aspectos que no habían sido revisados con anterio­ridad y ver, por ejemplo, hasta qué punto Roberto Mariani se alejaba de un puro realismo y proponía un cuestionamiento que también es, en algún sentido, vanguardista".


Autores y temas

El lugar que antes ocupaba César Aira en los programas ahora pa­rece reservado a Rodolfo Fogwill, y en particular a Los pichiciegos , novela estudiada en varias univer­sidades (Buenos Aires, Córdoba, Trelew, La Pampa). Además de Ricardo Piglia y Juan José Saer, in­corporados a los programas en los años 80, otros autores recurrentes entre los contemporáneos son Juan Gelman, Griselda Gambaro, Osvaldo y Leónidas Lamborghini. Hay elecciones singulares, como las de Darío Canton y Sergio Rai­mondi en Rosario, Jorge Asís en Buenos Aires, Pedro Orgambide en Salta y Osvaldo Soriano y Ro­berto Fontanarrosa en la Universi­ dad Nacional del Comahue.

Martín Prieto, cuya Breve his­toria de la literatura argentina es muy citada en las bibliografías, armó el programa de 2008 en tor­no a la idea de "autores centrales" (Arlt, Borges, Juan L. Ortiz), pivo­tes que reenvían a la actualidad (Salvador Benesdra, Rodolfo Wal­sh, Néstor Perlongher). Marcelo Eckhardt (Universidad Nacional de la Patagonia, sede Trelew) se propone investigar las poéticas "que revolucionaron la literatura argentina". Más que las discusio­nes de la crítica, es una reflexión propia sobre la ficción lo que sos­tiene su recorrido, desde que cita, por toda fundamentación, a Piglia: "Sólo entiende lo que ha vivido, o lo que está por vivir, cuando está escrito. No se narra para recordar, sino para hacer ver".

Con inflexiones diferentes, algunas temáticas son comunes: los cruces de política, violencia y literatura (Buenos Aires, Córdo­ba, Jujuy) y los movimientos de vanguardia (La Plata, La Pampa, Mar del Plata). Al margen de que estas coincidencias puedan aludir a una agenda académica, hay cá­tedras que mantienen diálogos e intercambios.

"Seguimos con mucho interés los programas de literatura argen­tina, sobre todo los de Buenos Aires y La Plata –dice Martín Prie­to–. Tenemos, con sus profesores, mucha afinidad. También con al­gunos de Mar del Plata, de Bahía Blanca y de Santa Fe. En esa línea –Santa Fe, Rosario, Buenos Aires, La Plata, Bahía Blanca Mar del Plata–, están produciéndose y pen­sándose cosas muy interesantes en cuanto a la literatura argentina y su relación con la enseñanza y la Universidad, y no obligadamente en las cátedras de Literatura ar­gentina". En cambio, José Maris­tany no considera imprescindible estar al tanto de otras propuestas, "porque los programas responden en cierta medida a cuestiones que son propias de cada universidad", a saber "qué lugar ocupa esa asig­natura en la carrera de grado; qué nivel de especificidad o de gene­ralidad se intenta alcanzar; si se encuentra al inicio, al medio o al final del plan de estudios; con cuánto tiempo se cuenta para su dictado". Con la misma posición, Marcelo Eckhardt sostiene que la bibliografía historiográfica "es un buen filtro a las modas que algu­nas veces impregnan los progra­mas de literatura argentina".


El canon en cuestión

Hablando de modas, el reconoci­miento de escritores hoy indiscuti­dos como Juan José Saer y Manuel Puig, entre otros, comenzó en las aulas universitarias. Esos adelan­tos apuntan a una cuestión central: el canon de la literatura argentina, y la gravitación de la academia en su definición.
En "La consagración literaria en los tiempos del espectáculo", ponencia en el Primer Encuentro de Crítica y Medios de Comuni­cación (Buenos Aires, marzo de 2008), Alejandra Laera se ocupó de la polémica que produjo la en­trega del premio La Nación a Bo­livia construcciones , de Sergio Di Nucci. Allí sostuvo que la "Carta de Puán", la defensa que hizo un grupo de profesores de la novela acusada de plagio, podía ser leída como una disputa de la academia con el mercado en torno a la legiti­mación de una obra. Donde el ju­rado revocaba una consagración, una parte de la "crítica especiali­zada" ratificaba su valor literario. Los premios literarios tienen hoy un efecto de reconocimiento, al menos entre los lectores: "hasta que no ganó el Clarín, Claudia Piñeiro estaba en el grupo de es­critores invisibles", observa Elsa Drucaroff.

Los docentes de literatura ar­gentina coinciden en señalar que el reconocimiento de un escritor se decide fuera de las aulas y no por su incorporación a un pro­grama universitario. "A veces lo hacen los medios, o el marketing comercial, pero quien legitima y le concede pervivencia a un escritor es el público –dice María Elena Legaz–. Algunos canonizados en el pasado ya no se leen y sus obras están desgastadas, como el caso de Eduardo Mallea; otros siguen leyéndose porque uno encuentra en ellos ese algo fundamental pa­ra reflexionar sobre nosotros como individuos sociales o personales".

En el interior de las universida­des, el problema resurge respecto de los planes de estudio. "Existe un canon que uno no puede evitar porque no se puede desprender de la impronta historicista que tienen los programas de enseñanza", dice Carlos Gazzera. Se trata de "auto­res y textos que son formativos de las series literarias". Pero entre es­tos "autores que tienen que estar sí o sí", como afirma Sylvia Saítta, hay un margen de definición per­sonal: en el caso de la cátedra de la UBA, "armamos un consenso del siglo XX con Jorge Luis Bor­ges, Roberto Arlt, Julio Cortázar, Juan José Saer, Rodolfo Walsh y la poesía como género".

Alejandra Nallim apunta a "desestimar el canon e incorporar otras discursividades y autores no consagrados por la crítica". En con­creto, "trato de agregar un plus a los contenidos mínimos de la asig­natura que están en los planes de estudio, desde allí incorporé obras de teatro desde el nacimiento hasta sus géneros o movimientos sobre­salientes, el género testimonial, la literatura política-erótica, el tango, la literatura de los 90, la literatura femenina, la literatura de viajes y de frontera". Su cátedra de Jujuy tiene otra característica singular: "Llevo una serie de propuestas a los alumnos, ya que son ellos los que eligen la estructura final. A veces he llegado a diez propues­tas programáticas, pero la expe­riencia me enseñó que no debía ofrecer más que dos o tres, para que la elección sea más acotada y reflexiva".

Enriqueta Morillas (Universi­dad Nacional del Comahue) tam­bién asume una postura crítica. "Ni siquiera Cortázar es considera­do debidamente por lo que a veces se llama la academia: en todo ca­so, por las instituciones culturales –afirma–. Cuestiones que tienen que ver con aspectos colaterales o poco literarios inciden en esto: políticos, sociales, estéticos, ins­trumentales, gustos adocenados de nostálgicos de las bellas letras del siglo XIX y primeros años del XX, la prédica de los pontífices de la cultura que se deleitan con un sentido del gusto que va cambian­do a su pesar".
Las alternativas aparecen pa­ra valorizar obras marginadas. Gazzera incluye un homenaje a escritores de Villa María. Amelia Royo estudia la poesía de la autora salteña Teresa Leonardi Herrán: "No es excepcional, casi siempre se incluye un autor del noroeste argentino, o de otra región", ad­vierte. "La ficcionalización del con­flicto Buenos Aires-Interior" es un punto del programa de Morillas. "Buscábamos afirmar nuestra lec­tura de la literatura argentina con particular acento en la visión de la periferia", dice, y explica: "Las hipótesis provienen de la historia, de la política cultural de este país y de lo que se fue afirmando como historia literaria. No obstante, la Historia de la literatura argentina de Rafael Arrieta y posteriormente la de Capítulo que lanzó el Cen­tro Editor de América Latina en los años 60 –que algunos todavía excluyen del canon– ya contie­nen planteamientos que nos han orientado".


Pensar el presente

"Es extraño –observa Martín Prieto–, pero nuestros alumnos llegan con paquetes de lecturas más bien convencionales, como si fueran jóvenes de hace cuarenta o cincuenta años quienes, por otra parte, en general no leen blogs ni suplementos culturales. Por lo tanto, en el transcurso de un año, nos interesa promover no sólo el estudio y la reflexión sino tam­bién la actualización de lecturas, bajo la premisa lamborghiniana: Lean, che".

No obstante, según los docen­tes, los estudiantes muestran un interés especial por la literatura contemporánea. Y también los profesores. Dado el estado inci­piente de la crítica, "hay más po­sibilidades de instaurar modos de lectura de esos textos", dice José Maristany. Según plantea Elsa Drucaroff, los libros recientes tie­nen un plus estimulante: "Leer al­go que se está produciendo prác­ticamente ahora, leer la literatura bien actual es un modo de pensar y discutir el presente". En este punto en que la bibliografía falta, la academia encuentra uno de sus caminos menos seguros, pero más productivos: la apuesta por la nue­va literatura.


*EN COLOMBIA, cuándo se dará un debate así. El bosque de la reelección, no deja ver los árboles. Otros tipo de debates tan importantes como urgentes en la estructura educativa colombiana.¿Estamos autistas?

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