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1.6.10

Un día hay vida

No hay lugar más mítico en la obra de Paul Auster que el cuarto del número 6 de la calle Varick. Allí escribió El libro de la memoria, la segunda de las dos partes de La invención de la soledad, que se inaugura con una frase que ha vencido al tiempo

Paul Auster (Newark, Nueva Jersey, 1947), en su casa de Brooklyn en 1993.foto:ARNOLD NEWMAN.fuente:elpais.com

Enrique Vila-Matas
Camino por la ciudad y lo que pienso va dibujando un trayecto mental construido por mis propios pasos. Es un modo de marchar que sirve para mejor inventar mi soledad, de la misma forma que para el narrador de La ciudad de cristal identificarse con Auster se convertía en "sinónimo de ser útil al mundo". Es también un modo de pensar y guarda cierto parecido con un viaje alrededor de mi cuarto, aunque sólo lo veré como tal si, al llegar a la meta, puedo afirmar que he estado en algún sitio, incluso aun cuando no sepa en cuál. El sitio podría no ser un lugar exactamente, sino un breve momento de La invención de la soledad, por ejemplo. Podría ser ese fragmento en el que Paul Auster celebra, con palabras muy felices, la vida. Es un momento que me recuerda la dedicatoria del Persiles, aquella página póstuma en la que Cervantes nos dejó dicho que amaba la vida. Las palabras de Auster tienen algo de la confesión cervantina:

"Juzga extraordinario que algunas mañanas, poco después de despertar, cuando se agacha para atarse los cordones, lo inunde una dicha tan intensa, una felicidad tan natural y armoniosamente a tono con el mundo, que le permite sentirse vivo en el presente, un presente que lo rodea y lo impregna, que llega hasta él con la súbita y abrumadora conciencia de que está vivo".

La felicidad que descubre el cervantino Auster en ese momento es extraordinaria. "Así es, no volveremos a vagar", recuerdo que escribió Byron. Y ese verso me lleva también a la conciencia feliz de estar vivo y a recordar a todos que la oportunidad de deambular es única, no la volveremos a tener y, por tanto, mejor será que veamos que se abre ante nosotros la posibilidad excelsa de vagar, de perderse quizás al modo de esos héroes austerianos que han buscado siempre su identidad en una vida errante, hecha de innumerables pasos en sus trayectos mentales y urbanos que imitan viajes por cuartos cerrados.

No hay Auster sin la invención de un cuarto cerrado y sin la invención de la soledad en ese cuarto, del mismo modo que no hay soledad sin la escritura, ni escritura sin un lugar. Y quizás, en la órbita austeriana no hay lugar más mítico que el cuarto del número 6 de la calle Varick, aquella buhardilla neoyorquina en la que una sola persona llenaba la estancia y dos la volvían sofocante, lo que no fue inconveniente para que en la habitación cupiera "un universo entero, una cosmología en miniatura que contenía en sí misma lo más extenso, distante y desconocido" y en definitiva el mundo interior de un hombre que iba a ser escritor. No hay habitación más importante en su obra. En ella redactó El libro de la memoria, que es la segunda de las dos partes de ese libro, La invención de la soledad, que se inaugura con una frase que ha vencido al tiempo: "Un día hay vida".

"Un día hay vida. Por ejemplo, un hombre de excelente salud, ni siquiera viejo...". Aquellas palabras han ido gozando de suerte propia y de un destino ciertamente muy fértil. El hombre de excelente salud, ni siquiera viejo, es el padre del escritor. Es alguien que pasa un día y otro ocupándose sólo de sus asuntos y soñando con la vida que le queda por delante. Y entonces, de repente, nos dice Auster, aparece la muerte. El hombre deja escapar un pequeño suspiro, se desploma en un sillón y muere.

Fascina la singularidad de la estructura de La invención de la soledad, ver cómo están tan admirablemente combinadas las dos partes del libro. La primera, Retrato de un hombre invisible, es más famosa que la segunda, quizás porque el tema de la muerte del padre y el enigma de un asesinato ocurrido en la familia sesenta años antes la convierten en una historia perdurable.

"Pensé: mi padre ya no está, y si no hago algo deprisa, su vida entera se desvanecerá con él", escribe el joven Auster. Y ésta es, por cierto, la clase de pensamiento que parece haber acompañado también a Marcos Giralt Torrente en Tiempo de vida, su sorprendente e interesantísima ficción sin invención, su conmovedora y extraña historia en torno a la muerte del padre. De hecho, aunque no se parezcan en ningún otro aspecto más, el final de Retrato de un hombre invisible y el hondo desenlace del de Giralt Torrente son muy parecidos: los dos pensando en el hijo casi recién nacido y preguntándose qué sacará éste en limpio de esas páginas cuando tenga ya edad para leerlas.

El libro de la memoria tiene menos fama que Retrato de un hombre invisible, pero es un bello texto que contiene el germen de toda la obra austeriana y el más poético análisis que he leído nunca en torno a habitaciones de artistas y desamparo. En él, Auster enlaza sutilmente la reflexión acerca de su papel de hijo con su propia paternidad y con la soledad del escritor, y logra así que invención y aislamiento se hermanen en un encuentro doblemente trágico, puntuado por ese inmenso fragmento sobre la felicidad que releo -releer es una forma muy amable de oír la temblorosa verdad que dice que hay vida- siempre que puedo.

Sabemos que en otros tiempos se consideraba que las desgracias de los hombres venían de su incapacidad para quedarse quietos en una habitación. Y también sabemos que hoy en día se ve todo de forma distinta, pues no salir del cuarto es lo que en verdad lo complica todo, muy especialmente si quien se queda encerrado es receptivo y sabe -como sabe Auster- que una habitación es tanto el espacio central del drama humano -"el lugar donde Hölderlin alcanzó la locura y donde Emily Dickinson pensó sus mil setecientos poemas"- como también el sitio donde, por ejemplo, Vermeer conoció "la experiencia de la plenitud e independencia del momento presente". Porque no todo lo que ocurre entre las cuatro paredes de la conciencia es tedio, angustia, pesadumbre, desesperación. Basta pensar -dice Auster- en las mujeres que pintara Vermeer, solas allí en sus habitaciones, pero con la luz brillante del mundo real entrando a raudales por una ventana abierta o cerrada.

A veces, al igual que en su novela La habitación cerrada, la melancolía y sus adláteres son el precio que hay que pagar para un día llegar a ver la luz y constatar que hay vida y, tras un largo encierro en un cuarto de hotel, poder decir, al fin, como el narrador de ese tercer libro de la Trilogía de Nueva York: "De pronto, tumbado sobre la cama y mirando las rendijas de las persianas cerradas, comprendí que había sobrevivido".

Es la luz que, a la larga, encuentra toda persona encerrada. Pascal, sin ir más lejos, entre pensamiento y pensamiento, dio con ella en la noche del 23 de noviembre de 1654 y, pasado el momento de asombro -cuenta Auster, experto en iluminaciones y encierros-, se dedicó a coser en el forro de su ropa todo lo que pudo memorizar del instante crucial. Quería tener a mano cuando lo necesitara, durante el resto de sus días, el registro detallado del éxtasis que le había llevado a la extraña felicidad de estar vivo: su encuentro con el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob y también su encuentro con la certeza de la grandeza del alma humana. Un tipo de certeza que, a decir verdad, se acopla como un guante al ritmo de los trayectos mentales construidos por nuestros propios pasos y termina por acercarnos siempre a la vida. Y la vida, ya se sabe, es la zona más honda de la sufrida calle Varick.

La invención de la soledad. Paul Auster. Traducción de María Eugenia Ciocchini. Anagrama. Barcelona, 1982. Tiempo de vida. Marcos Giralt Torrente. Anagrama. Barcelona 2010.

24.5.10

Amad/odiad a Martin Amis

Su nueva novela es la mejor de su carrera o un bodrio, según quién opine

El escritor británico Martin Amis. foto: Domènec Umbert.fuente:elmundo.es

Martin Amis volvió a la literatura en 1995 con La información, dispuesto a reinventarse.


Después de 23 años cambió a su agente literaria, Pat Kavanagh (la mujer de su amigo Julian Barnes) por Andrew Wylie 'el Cachal', y pasó su dentadura medieval (tan inglesa) por la túrmix fontanera de la ortodoncia. También cambiaría de mujer. Con el Chacal al volante, aumentaron ingresos y adelantos para rentabilizar estas caras remodelaciones. A partir de entonces el 'enfant terrible' de 50 años, hecho un hombre nuevo y más rico, entró de lleno en el tobogán de cerbatanas vespertinas y desayunos atragantados por los tabloides. Una década y media después, Amis sigue paseando (muy seriote) su vida y sus polémicas por las entrevistas promocionales de cada nuevo título. Hasta hoy.

Con su nueva novela (aún Anagrama no la ha editado en España), La viuda embarazada Amis promete soliviantar a las feministas. Otra vez. Ataca a la revolución sexual de los 70 y a sus agentes. Y lo ha vuelto a decir muy serio. Y los críticos no se aclaran: unos dicen que es su mejor novela en décadas y otros ('The New York Times'), dicen que podría irse al garete y no volver.

Empieza a ser habitual. Según la foto que veamos, Amis parece un dandi o un demacrado de cantina. No queda claro. Por otro lado, se habla de él como un paria que se mete con el islam o con el comunismo para hacer caja, o como una de las grandes figuras de las letras inglesas. Se le ha comparado con Updike o con Nabokov. Por cierto que el ruso también dijo unas cuantas burradas en su edad madura.

¿Decadencia o qué?

Porque, ¿existe una verdadera decadencia en la obra de Amis? ¿O es la envidia? La información misma, ficción sobre celos literarios, provocó disensiones profundas. Por no hablar de Oba el terrible o de terror callejeros, obras más cercanas. El también novelista Tibor Fisher dijo de esta última novela: "Es como si pillaras a tu tío favorito masturbándose en el patio de un jardín infantil". Sin embargo, su visita a los gulag de Stalin en la casa de los encuentros salió bien parada de la crítica.

Sus problemas con las mujeres

Amis, que ganó con sólo 24 años el premio Somerset Maughan (que ya había ganado el viejo Kingsley Amis, su padre) carga, desde entonces, desde El libro de Rachel con una una percha ingrata de misoginia en su estiloso armario. éxitoy niños muertos no ayudaron a aclarar esa mala fama. Y Campos de Londres de 1989, lo dejó marcado. Algún miembro del jurado del Booker Prize le negó el galardón por machito impresentable. Y la cosa aún fue a peor en la segunda mitad de los 90, la era de los tabloides. Una jovencita apareció en el 'Daily Express' cuando La información estaba recién publicada, y aseguró ser la hija de Amis con un ligue pasado. No esperen que 'La viuda embarazada' sea la reconciliación.

Ensayismo reciente

En la 'segunda etapa' del señorito Amis destacan las buenas notas que ha sacado en 'Ensayo, artículo y memoria'. Nos han llegado Oba el terrible experiencia, El segundo avión, La guerra contra el cliché y El infierno imbécil Y mientras tanto crece y crece, en contacto con el corte de manga enardecido de sus titulares, el perfil de parsimonia dandi y de leve mueca reacia en sus fotos. No se ríe ni loco. De ahí el misterio de su mandíbula depurada. En Experiencia dice haber heredado sus malas encías de su madre y sus marfiles complicados del genial papá Kingsley, el borracho con cátedra que desdeñaba el "exceso" de la prosa y el humorismo de foto seria de su hijo.

El mismo Amis da una definición ambigua de sí mismo. "Soy el único novelista hereditario de la literatura angloparlante. Además, como soy un 'workaholic', maniaco y ya bastante adulto, soy el príncipe Carlos de las letras británicas. Para quienes creen que me estoy convirtiendo en Kingsley, relájense: ya soy Kingsley".

10.5.10

La versión definitiva

Hubo un antes y un después en la escritura de esta novela del escritor israelí David Grossman: cuando estaba por terminar la primera versión, su hijo murió en una operación militar en el sur del Líbano

David Grossman, escritor israelí, autor de La vida entera.fOTO;fUENTE:página12.com.ar
Si bien el autor no cambió sus posturas pacifistas, los sucesos llevaron a que La vida entera se convierta en una amplia reflexión acerca de las formas literarias de abordar lo real

David Grossman es, además de un importante escritor israelí, un gran activista por la paz que desde hace años se manifiesta en contra de la guerra como vía de resolución del conflicto entre palestinos e israelíes. En 2006, después de una conferencia en la que junto con Amos Oz y A. B. Yehoshúa instaron al gobierno a aceptar un cese al fuego, apenas dos días más tarde, su hijo Uri, un sargento de 20 años, murió alcanzado por un misil en una operación en el sur del Líbano. Lejos de cualquier revanchismo nacionalista, David Grossman continuó con su tarea pacifista fortaleciendo la profundidad de su discurso en cada entrevista que da a lo largo y ancho del globo.

Sus intervenciones no se limitan a conferencias y reportajes sino que mucho de esa militancia por la paz se filtra en su literatura.

Hay dos entradas muy directas –y es que Grossman no da demasiadas vueltas– a su última novela. La primera, como es lógico, es su título, de una claridad tal vez desconcertante. Alcanza con leer unas pocas páginas para arriesgar que, para Grossman, la vida entera es esa inmensidad, prácticamente imposible de narrar y transmitir por completo en un libro; y es, al mismo tiempo, eso que se pone en juego –y se puede perder– a cada momento, en tan sólo un segundo de violencia. De un humanismo tardío pero inevitable, parece afirmar que cada soldado, cada hijo israelí y cada hijo palestino que se pierde, encierra una inmensidad.

Sin embargo, la novela no se cierra en la guerra. La protagonista de La vida entera se llama Ora, una madre israelí que decide emprender un viaje improvisado después de que su hijo menor es incorporado a las filas del ejército nacional. Divorciada y alejada de su hijo mayor, Ora prefiere escapar de la soledad de su casa antes que sucumbir a la espera constante de las malas noticias, dibujando una línea de fuga que le permitirá revisar su pasado y su lugar en una sociedad que cada día le resulta más extraña. La temática del viaje, con la que Grossman ya había experimentado en otras de sus novelas como Llévame contigo, inscribe a La vida entera en una larga tradición literaria que va desde el Viaje al fin de la noche de Céline hasta la novela inconclusa de Kafka América, y que siempre sirve para poner en juego la posibilidad de escapar a las estructuras sociales que se cierran sobre sí mismas.

Pero el principio de La vida entera es otro: en un hospital en Jerusalén durante la Guerra de los Seis Días, tres adolescentes con una enfermedad infecciosa permanecen olvidados y a oscuras, como el resto de la ciudad, en la sección de cuarentena. Abram, Ilan y la joven Ora empiezan su historia de amistad entre los delirios de la fiebre y los sonidos de la guerra que llegan desde el exterior. Con el salto temporal repentino de esa escena de fiebre y oscuridad a la madurez de Ora, Grossman pone en evidencia uno de los pilares de su novela y deja en claro que está narrando la historia de una generación que vivió y creció en guerra constante. En su viaje, Ora empezará a repasar y rememorar su larga relación con Abram y con Ilan, entre aquella escena de encierro en el hospital y el callejón en el que desembocó su vida en donde lo único que podía hacer era esperar la noticia de la muerte de su hijo en el frente.

La vida entera David Grossman Lumen 806 páginas

En 1987, Grossman publicó El viento amarillo, una colección de crónicas y ensayos a partir de entrevistas a refugiados palestinos que había realizado durante un viaje de dos meses por la Cisjordania ocupada. El libro causó bastante controversia porque en sus análisis e impresiones Grossman preveía, de cierta forma, la primera Intifada que estalló tan sólo seis meses después de su publicación.

Digámoslo: La vida entera tiene un poco más de ochocientas páginas y está escrita con un realismo detallista que en muchas ocasiones resulta verdaderamente agotador. Pero lo cierto es que puesta en relación con el resto de su obra, parece ser una pieza fundamental en la investigación y discusión de las versiones establecidas sobre la realidad de las sociedades israelí y palestina que Grossman viene sosteniendo desde la escritura.

Si fuera de ese contexto bélico, La vida entera parece dueña de una densidad difícil de manejar, en cuanto se acerca un poco la lupa la literatura de Grossman encierra claramente un proyecto político y cultural que intenta poner en juego el relato de las subjetividades por sobre la identidad de una comunidad, rescatar al individuo de la masa. En ese sentido sería válido plantear que la obra de Grossman vuelve sobre la pregunta de la literatura comprometida del siglo XX: cómo construir desde la individualidad, la identidad de una comunidad y viceversa. De esa forma La vida entera parece concederle a la ficción la posibilidad de marcar la lógica de lo real –otra lógica de lo real– en contraste con la psicosis paranoica que rige la guerra cotidiana en donde las vidas se organizan en torno de la relación con el enemigo. "En conflictos largos –dice Grossman en una entrevista para el diario La Vanguardia–, uno es programado para ser un guerrero y ve enemigos por todas partes, la realidad se convierte en un peligro. En una guerra existe una lógica distorsionada, las personas se convencen de que ésa es la única realidad."

La segunda entrada a La vida entera es la nota del autor que cierra el libro en donde Grossman cuenta que comenzó a escribir la novela seis meses antes de que su hijo Uri fuera reclutado y su muerte llegó poco antes de que la terminara. "Lo que más cambió –dice Grossman– fue la caja de resonancia de la realidad en la que fue revisada la versión definitiva." Como si la descripción pormenorizada que caracteriza a La vida entera no alcanzara para afirmar su realismo, con aquella nota Grossman deja en claro que su escritura pretende dialogar constantemente con la realidad. Porque, precisamente, la novela busca una y otra vez poner en escena el peso, el gran peso de lo real y sus definiciones anquilosadas.

21.4.10

Ledesma:"Me dije: ¿sabrías volver a escribir con instinto?"

ENTREVISTA
"Esa lágrima que te regala el entrevistado, la confesión... eso no tiene precio", comenta sobre el periodismo

Francisco González Ledesma, abogado, periodista y escritor.fOTO:ROSER VILALLONGA.fUENTE:lavanguardia.es

"Un clásico y un maestro, de la novela y del periodismo. Francisco González Ledesma (Barcelona, 1927),reciente Creu de Sant Jordi, firmó con el nombre de Silver Kane, casi 400 novelas del oeste. Año 1952. Por cada una -que valía dos pesetas- le daban 150. Ahora, él -que en el ejército fue tirador de primera y oficial de caballería- ha resucitado el nombre convirtiéndolo en personaje. La dama y el recuerdo (Planeta) le ha devuelto, dice, su juventud y la épica del oeste.

Volvió con Silver Kane.
Yo me sentía muy viejo. Tenía la sensación de haber perdido la frescura, la fuerza narrativa. Pensé: ¿sabrías volver a escribir por instinto, como antes? Animalada.

Usted lo creó para sobrevivir.
Totalmente. Yo era un abogado que trabajaba de pasante sin cobrar, hijo de una familia humilde de Poble Sec. Realidad triste. Pero tengo la teoría de que si el mundo en que naces te acaba por gustar, nunca llegas a escribir.

Y se inventó un mundo.
Un mundo pequeñito, con hambre física. Luego llegó el Premio Internacional de Novela y me creía que ya era un hombre. ¡Qué va! Vino la censura y se lo cargó: "Mientras el caudillo viva, usted no publicará". Y así fue.

"Rojo y pornógrafo" rezaba en su ficha.
Les dije: "rojo" lo entiendo, soy un niño que perdió la guerra, pero pornógrafo ¿por qué? Me hablaron de una secuencia -que para mí era una de las más tiernas- donde un chico posaba su mano sobre la rodilla de la chica. ¿Cóomoo? "Pues eso, ya se adivina que quiere subir más", zanjaron.

Su propuesta puede incomodar: chica frágil busca "protección" de hombre duro y tierno.
Sí, van a decir que es machista. Pero es que el mundo del oeste era así, yo llegué a convivir con aquellos indios. Ahora se ha perdido la hombría.

¿Se arrepiente de algo?
Hice muchas tonterías como abogado. Bruguera era cruel y me pedía que el autor de un libro dejara de ser propietario de sus personajes. Y eso con Víctor Mora, con Vázquez, con Peñarroya...

Por eso lo dejó.
No me sentía en paz. Sufrí muchísimo porque aquella gente eran mis amigos. La barbaridad fue aguantar tanto. Me levantaba por la mañana y no quería mirarme al espejo, volvía casa y mi mujer escondía los niños. Siempre le agradeceré que alertara, siempre.

Entonces ustedes eran ricos.
Pues sí, pasé de millonario -tres coches, dos criadas, un piso de 400 metros cuadrados- a libre. Decidí irme de redactor eventual a El Correo Catalán y pasé de cobrar entre medio y un millón al mes a 5.000 pesetas. Dije "basta".

Ya era periodista vocacional.
Sólo le diré que, cuando tenía cinco años, mi tío, un redactor de La Vanguardia, de los baratitos, me llevaba de la mano a ver la rotativa. Y ese ruido me fascinaba.

¿Qué gremio le decepcionó antes: políticos o periodistas?
La política. Yo estaba acostumbrado, en mi barrio pobre, a que la política era puro ideal, el "Visca Catalunya lliure!" era real, y el empleado capaz de ir a la huelga hasta la muerte también.

En Francia le quieren mucho.
Allí la gente vive más en la librería y encuentro afinidades políticas. Porque yo era de izquierdas, ahora ya no sé... Era una persona dispuesta a coger un fusil ¿eh? por defender el ideal de la gente que había visto morir en la calle ¡y ahora los falangistas denuncian a Garzón! No entiendo nada.

¿Qué le hundió moralmente?
Felipe González. Los comunistas iban a la cárcel pero éste no iba nunca, ni con corrupción. Hoy, la política ya no ofrece riesgos. No les creo, ninguno es sincero.

Fue amigo de Adolfo Suárez.
Sí, me recibía en la Moncloa con frecuencia y me decía "cada día me apunto lo que he hecho mal, yo no estoy preparado para ésto". Lo decía con buena fe y con temor. Ahora, el tripartito, no tiene ni categoría política ni humana.

El periodismo le curó, dice.
Fue mi pasión. En una redacción hay gente indeseable y gente maravillosa. Y esa lágrima que te regala un entrevistado, esa confesión en el bolsillo al volver a redacción... eso no tiene precio.

Su hijo ha seguido su estela.
Es mucho mejor que yo.

Díga algo que le rebele.
¿Cosas que me joroban? Yo escribo bien el catalán, muy bien, mejor que el president de la Generalitat, seguro. Pero la primera poesía que me emocionó fue en castellano. Te crías en un idioma y te consideran un escritor enemigo de Cataluña. ¡Eso es una idiotez!

¿En qué o en quién cree?
En personas. Y punto. A algunas las miras a los ojos y te dan ganas de abrazarlas, a otros les miras fijamente y te asustas.

¿Se teme menos a la muerte?
La veo con mucha más naturalidad. Incluso piensas que puede ser útil... Una tontería: he dado mi cuerpo a la ciencia. yo no quiero entierros. Y además, mientras tenga trabajo no me moriré. He pasado horas en autopsias, sé hacer un lazo de ahorcado, estoy familiarizado, incluso me sorprende haber llegado a esta edad: hambre, sufrí tuberculosis.

¡Pero mire a Semprún, 86!
De la necesidad nace el milagro. Un tío que ha estado en Buchenwald, o se moría entonces o ya llegará viejo, ¡y a viejo sabio! Yo tuve suerte: con diez años estar a pico en un refugio. Cuando no podía con los sacos de arena me decían "¡aquí falta un hombre!"... Volví hace poco al Poble Sec y recordé eso, no sé, fue una idiotez, casi lloro... 'aquí no teniu un home, teniu un vell', les dije. Se me había pasado la vida.

9.4.10

"Falsos positivos", en novela

El México de hoy desde la mirada única de Carlos Fuentes, en Adán en Edén


portada.fOTO;fUENTE:vive.in

'Adán en Edén', la novela más reciente de Carlos Fuentes, es muy mexicana, pero podría ser muy colombiana; tal vez por aquello de la colombianización de México, un cliché que poco a poco ha ido haciendo carrera entre los analistas del proceso de violencia, narcotráfico y corrupción que vive ese país.

Lo cierto es que, aunque duela, la realidad nuestra supera la ficción y no deja de ser una tentación para cualquier mente creativa. El filón es grande. Lo sabe, no solo por su gran talento, sino por su profundo conocimiento de nuestra realidad. Ya en una novela anterior y en un alarde de futurismo literario, se había lanzado al agua asegurando que Juan Manuel Santos sería presidente de Colombia en la segunda década del nuevo milenio.

Ahora, el gran escritor mexicano se convierte, probablemente, en el primer autor en llevar los falsos positivos a la narrativa continental. En 'Adá en Edén' registra el siguiente párrafo: "Recuerdo que en Colombia se dio el caso de los llamados 'falsos positivos', o sea ejecuciones extrajudiciales de jóvenes presentados como guerrilleros con el propósito, mortalmente estadístico, de demostrar que la fuerza pública actuaba con eficacia contra la guerrilla. Cuando no se capturaban guerrilleros, se improvisaban cadáveres de jóvenes inocentes y se presentaban como guerrilleros -como eran jóvenes muy humildes, se los devolvían a sus familiares ¿Quién iba a protestar? ¿Quién iba a demandar? Mi jardinero tampoco". Una reflexión que hace Adán Gorozpe, el narrador de libro, un arribista típico, inmoral, corrupto y sagaz. Un hombre que viene del poder económico y se deja tentar por el poder político.

Gorozpe habla de los 'falso positivos' porque esa es una de las estrategias de su rival, el aún más oscuro y tenebroso Adán Góngora, ministro de la seguridad nacional. Góngora es un oficial que, a pesar de estar aliado con los peores mafiosos de su país, se ha convertido en un auténtico héroe nacional por sus logros al combatir el crimen. Sus méritos pasan, obviamente por una gran cuota de 'falsos positivos', atropellos a los derechos humanos y decomisos pactados con los criminales. Cualquier parecido con realidades que todos conocimos es pura coincidencia.

Los destinos de Góngora y Gorozpe se cruzan porque la esposa del segundo, la hija de un industrioso empresario del sector panificador, se enamora del ministro corrupto, mientras que Gorozpe, se ocupa de ocultar sus infidelidades con la bella Ele, su verdadero gran amor.

La novela no es más que una mirada ácida de las democracias latinoamericanos y sus hipocresías, sus mentiras vestidas de realidades y logros ficticios y sus frecuentes manipulaciones de la verdad y las estadísticas."

A manera de anécdota es curiosa la charla que en un capítulo sostienen el recientemente fallecido Tomás Eloy Martínez y Sergio Ramírez alrededor de las imposturas políticas en sus respectivos países, Nicaragua y Argentina, y como, "descubren", sorprendidos, que ambas se parecen, como la de Colombia y México, lo cual nos lleva al comienzo de todo y convierte a 'Adán en Edén' en una novela urgente."

Adán en Eden
Carlos Fuentes
Alfaguara

18.3.10

DeLillo: "No soy culpable de las teorías conspirativas"

El autor, toda una referencia en Estados Unidos, trata la frialdad de los estrategas de la guerra de Iraq en Point Omega

El escritor Don DeLillo, fOTO: Àlex García.fUENTE:Lavanguardia.es

"A la octava pregunta de sus lectores, Don DeLillo, uno de los discípulos de Salinger en eso de ocultarse de los focos de la fama, consideró que ya era suficiente. "¿Es posible que ahora les diga buenas noches y gracias?".
Si pensó que ese era el final del suplicio tras su lectura en una librería de Brooklyn, el escritor neoyorquino estaba equivocado. De pronto se organizó una cadena humana -salía a la calle- de más de 200 individuos. Todos tenían entre sus manos su última novela, Point Omega, que se centra en el destino de un estratega de la guerra de Iraq. Pero los hubo que cargaron con otras creaciones (Underworld o Libra, en especial) para ampliar la colección de rúbricas de uno de los autores más admirados de la literatura estadounidense contemporánea.

Muchos le consideran uno de los creadores de las teorías de la conspiración por su fabulación respecto al asesinato del presidente Kennedy. Así que resultó inevitable que la primera cuestión de su audiencia fuera en esta línea. "¿Hoy se dan teorías más tabú que la que usted planteó?".

"Mi catalogación como teórico de la conspiración es una exageración. En Libra,desde luego, hay una conspiración sobre el asesinato de Kennedy. Pero no creo que sea una verdadera teoría de la conspiración porque Lee Harvey Oswald es culpable de dispararle en tres ocasiones, aunque sus disparos no mataran al presidente. La gran conspiración hubiera sido que Oswald fuera inocente y su implicación una invención.

No estoy seguro respecto a teorías recientes, como las que rodean los hechos del 11-S. No considero que mucha gente crea que eso fue una operación del gobierno, no le doy credibilidad... Yo no soy el culpable de otras teorías de la conspiración".

Al concluir su respuesta, él preguntó: "¿Alguien más?". Se alzó un mar de manos. Había que aprovechar la ocasión. DeLillo es tan admirado como reacio a dejarse ver en público. No frecuenta ni los medios de comunicación pese a sus novedades editoriales. De ahí que, a principios de este mes, la librería que se apuntó el tanto con su presencia se descosiera por las costuras. ¿Quién dijo que los libros no pueden ser un espectáculo? El agobio era tal que se registró algún desmayo. Esa fue una de las interrupciones que hizo DeLillo. La otra fue para llamar la atención a un espectador que quiso retratarlo. "Hemos quedado que fotografías no", dijo con un tono que sonó tajante.

Point Omega,según su propia definición, se compone de "un prólogo y un epílogo en blanco y negro, y de un cuerpo central en color". Las partes inicial y final son una reflexión sobre una experiencia visual que él tuvo en el MoMA de Nueva York, Psycho 24.Consistía en el pase de la película Psicosis de Hitchcock, a velocidad lenta, por lo que las dos horas de duración se prolongaban un día. El cuerpo central cuenta el retiro en el desierto de un intelectual (Richard Elster) que colaboró con la administración para diseñar la invasión de Iraq. Hasta su refugio acude un cineasta (Jim Finley), que trata de convencerle para que se convierta en el protagonista de su documental. "La guerra crea un mundo cerrado para los combatientes y los conspiradores, los estrategas. Su guerra son acrónimos, proyecciones, metodologías... creen que envían a un soldado a un punto en el mapa". Es la reflexión de Elster, un intelectual que justifica sin sonrojo el envío de jóvenes soldados al matadero de una conflagración innecesaria. Sus argumentos son abstractos, pero, de repente, comprende el sentido de la muerte. Tras presentarse sin aviso, su hija desaparece. Surge el dolor.

Uno de los admiradores le comenta si ha sido intencionado el no profundizar más en la guerra de Iraq. "Viene determinado por la arquitectura de la novela, que es un relato sobre el tiempo y la pérdida".

"Honestamente, no lo sé", replica cuando le interrogan sobre el efecto de su obra en la audiencia. "Trabajo página a página, frase a frase. No pienso en términos largos. Me veo como un escritor de párrafos. Al construir una novela, nunca hago un guión, sólo tengo una idea" .

Explica las razones de pensar en blanco y negro. En Point Omega,la inspiración es una película carente de color. En otros casos, como Underworld, porque son recuerdos de partidos de béisbol vistos en televisión cuando todavía no se había pintado la pantalla. O Great Jones Street (1973) es en blanco y negro porque "vivía en blanco y negro en aquella época".

Otro lector se interesa por su visión de la sociedad actual y la influencia en su tarea. "Ha cambiado mucho. Cuando era un escritor joven, me parecía vivir un tiempo curioso. Me refiero a Nueva York. Era una época medieval.

Liberaron a los ingresados en los psiquiátricos y las calles se llenaron de gente sin techo, que se refugiaba en cajas o en coches. Esto afectó a mi memoria y a la meteorología, siempre gris, frío y oscuro...".

Se toma un respiro. "En el país, en general, los medios de comunicación han adquirido mucha más fuerza, no podemos ver o sentir las cosas independientemente de los medios. Parece que estamos implicados en las cosas incluso cuando se refiere a dos personas comiendo en soledad. Los medios están en todas las partes. Las consecuencias de esto aún no están claras". De su obra sólo considera que, con los años, ha ganado en interés. (Pausa). "...no necesariamente para los lectores, pero sí para mí".

Luz en el ostracismo de Salinger

EXPOSICIÓN

Las cartas del autor de El guardian entre el centeno y nueve cuentos expuestas en Nueva York iluminan como nunca la intimidad de Salinger

27 DE DICIEMBRE DE 1966. "Estoy trabajando en un material que me encanta, pero mi Dios, estoy tan lento, tan vacilante", revelaba Salinger.fOTO;fUENTE:Revista Ñ

"Cuarenta años escondido.

El velo quedó descubierto hoy, cuando por primera vez, las primeras cuatro de las 11 cartas inéditas de J. D. Salinger, autor de culto y creador del mítico Holden Caufield, fueron expuestas en la Morgan Library de Nueva York. Se trata de 11 cartas y bocetos (que aquí se reproducen junto a los anticipos que dieron el New York Times, Wall Street Journal y Time Out) dirgidas a Michael Mitchell, ilustrador de El cazador oculto, que, junto a su mujer Beth, constituyó un trinángulo de amistad sólo roto por Salinger cuando rechazó la posibilidad de entregarles un ejemplar autografiado de la famosísima novela. La timidez de Salinger se lee ya en la firma del remitente que varía desde "J. Salinger", pasando por un escueto "Salinger", a secas, hasta terminar en la anónima dirección donde estuvo recluído el resto de sus días: "P. O. Box 32, Windsor, Vt. 05089", en Cornish, New Hampshire. Sin embargo, la grandeza del autor, que murió el pasado 27 de enero a los 91 años queda subrayada por el curador Declan Kiely, quien eligió exponer las cartas en la misma sala donde se expone la famosa Biblia de Gutenberg.

22 de mayo de 1951
"El público aquí es estúpido como el de Nueva York, pero las producciones son mucho, mucho mejores". Salinger escribía desde Londres, después de apreciar los teatros del West End y compararlos con los de Broadway, en la Gran Manzana. En aquel viaje que lo llevó a Europa tomó unos tragos con una modelo de Vogue ("No fue muy divertido, sin embargo"). En la capital británica aprovechó para verse con Laurence Olivier "un tipo muy querible", pero sometido por su esposa "la bella", Vivian Leigh. Durante alguna fiesta se encontró con el bailarín australiano Robert Helpmann ("un homosexual de aspecto siniestro ") y discutió sobre Kafka con Enid Starkie, el crítico irlandés y biógrafo de Baudelaire y Rimbaud. "Diablos, si me olvido de ti", cerraba Salinger.

16 de octubre de 1966
"Tengo diez, doce años de trabajo acumulado por todas partes ... Tengo en especial dos guiones - dos libros, en realidad - que he acumulado durante años y ajustado, y creo que te gustarían". Salinger estaba ahora en Nueva York por llevar a sus hijos al dentista Peggy y Matthew. La familia paraba en la misma y pequeña suite en el Sherry Netherland, donde habían ido los Beatles antes. Peggy, estaba emocionada por ello, y Salinger describiría luego con entusiasmo una descompostura que incluyó vómitos. El escritor señalaba que leía en la cama mientras sus criaturas -"una belleza"-, dormían en la misma habitación. "Pasa por el New Yorker", dijo a Mitchell, a quien extrañaba. Creía haber encontrado por el fin el amor luego del divorcio.

27 de diciembre de 1966
"Estoy trabajando en un material que me encanta, pero mi Dios, estoy tan lento, tan vacilante". Salinger hablaba por primera vez sobre las dificultades de su trabajo: "El truco es trabajar con la decepción, sin pestañear", concluía. "Y esto, creo, es el deber que tenemos ambos". También hablaba sobre la dificultad de encontrar el amor perdido. "No se puede eliminar a una persona, ya que no se puede borrar." Entonces contaba cuán cambiada encontró Manhattan, a la que no amaba más, con la excepción del Museo de Historia Natural. En cambio, se mostraba interesado en explorar Brooklyn, y contaba aquí el sueño en el que encuentraba a un viejo judío, salido del siglo XVIII, quien lo invitaba a su casa para tomar el té o una sopa".

Lugar y fecha desconocidos, 1969
"Perdona ... la obra de arte" es la expresión escrita de puño y letra sobre un billete escrito a mano con una esquina rota. Es la parte más misteriosa de la serie, es probable que sea un dibujo de Matthew o un garabato del que Salinger se avergonzaba. El recorte quizás fuera un mensaje privado que Mitchell, podría haber recortado para llevar consigo. "Creo que sí, viejo", así cierra Salinger el mensaje en el billete.

31 de agosto de 1979
"He tenido que tratar con dos universitarios del demonio que me fotografiaron para su pequeño diario delante del correo, ¡por qué no se van todos al infierno!". Después de hablar con una anciana y una pareja de Biarritz, Salinger, dice de sus hijos: "Matthew está en su segundo año en la universidad, Peggy está casada y vive en Boston. Es un desastre, en cambio, su última visita a la fecha a Nueva York. Debió comer comida india y china, fue a ver el musical Ain't Misbehavin 'al que detestaba. "Demasiado aplaudido, teatral: tremendo". Lo único que lo divertía era viajar en el subte "a través de la ciudad en una noche calurosa de verano".

30 de diciembre de 1983
"Ese estúpido inglés" que sería Ian Hamilton, el erudito que quería escribir su biografía, le provocó una "furia asesina. El estudioso empezó a llamar a sus amigos y familiares por teléfono para preguntarles sobre el autor. "Tú me preguntas si tengo el mismo odio para/con el resto del mundo. Si quieres saberlo, sí y mucho más también", auque luego reconocía que se divertía mucho al ver a John Wayne en la película El Shootist por televisión.

25 de diciembre 1984
"Me siento aislado de cualquier tipo de conversación privada o pública. En todos estos años no he hablado más con casi nadie, excepto con un par de borrachos locales y unos pocos locos que andan por aquí". Decía que no haría nada que no fueran los escritos en los que estaba trabajando ("tengo en la mano los guiones que estoy desarrollando") y le deseaba a su amigo un 1985 que estaría lleno de "integridad y equilibrio".

6 de abril de 1985
"Pido perdón por mis defectos como amigo". Salinger escribió en esa fecha una de las cartas más bellas. La relación con Mitchell y su esposa Beth fue la mejor relación de su vida (el autor describe la relación, como un amor que terminaba), pero ahora sólo sobrevive la amistad por carta. Ese tiempo "parece que no volverá nunca más en la vida." No lo lamentaba, sin embargo decía: "Necesitaba rumiar sin fin, ya no hay alivio", concluía. "Esta frase lo dice todo."

22 de diciembre de 1990
"Ivy Cottage, Coldharbour: Sun and Snow" es el título del paisaje representado en la tarjeta postal. Salinger vuelve a recordar el pasado y abrazar con afecto a Beth y a Mitchell.

16 de diciembre de 1992
"Providencialmente, la parte interior de mi estudio, donde guardaba el trabajo acumulado a lo largo de los años, se salvó del incendio que destruyó la mayor parte de la casa. Salinger también hablaba aquí de su hijo, preguntándose si Matthew no habría sido más feliz al elegir una profesión "menos riesgosa e impredecible que la de los negocios".

30 de enero de 1993
"Una portada de un libro blanco revela mucho más, en realidad, de nuestra amistad de a tres, que cualquier tipo de dedicatoria." Con esta frase Salinger rechazaba la petición de su amigo de que lo dejara tener un ejemplar autografiado de El cazador oculto. Esa respuesta rompió su amistad. Sin embargo, proféticamente, en el sigilo de su vida, Salinger, advirtió: "Y de todos modos, la mayoría de los más verdades es mejor dejarlas sin decir".

Nueva York, 1919-Cornish, Nueva Hampshire, 2010
Escritor
Tres partes tiene la vida de Jerome David Salinger. La primera muestra a un adolescente enfrentado con su padre, un rico empresario judío que quería convertirlo en su sucesor. El cierre de la etapa lo da la Segunda Guerra, donde ve morir a decenas de sus compañeros en Normandía. La segunda fase es literaria, en la que el nombre de Salinger es inseparable de la novela corta de 1951 "El guardián entre el centeno" y la saga de la familia Glass: "Franny y Zooey" (1961), "Levantad, carpinteros, la viga maestra" y "Seymour: Una introducción" (de 1963). Varios de sus "Nueve cuentos" (1953) están entre los mejores de la producción literaria norteamericana. Y la etapa final –que continúa hasta su muerte– se inicia en 1965, cuando se aparta del mundo (no da reportajes ni acepta fotos) y deja de publicar aunque, según se dijo siempre, siguió escribiendo.

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© La Repubblica y Clarín

17.3.10

Martín Kohan: "La literatura importa poco"

ENTREVISTA

Luego del Premio Herralde por Ciencias morales, el escritor publica Cuentas pendientes, una novela donde se anima al humor y es, quizás, su mejor obra. Aquí, habla de su lugar en el mundo intelectual

NARRAR EL HUMOR. "Para mí es imposible empezar a escribir sin un cierto tipo de tono que tiene que estar en el párrafo de arranque", dice el escritor sobre su modo de trabajo.fOTO;fUENTE:Revista Ñ

"Martín Kohan es un tipo gracioso. Detrás de esa pinta de intelectual orgánico híper letrado que le valió muchas veces el mote un poco prejuicioso de "escritor académico", hay un personaje singular de ese pequeño ghetto ilustrado que son las letras argentinas. Se lo podría pensar, en un juego de analogías quizás arriesgado, como una suerte de Woody Allen de la narrativa porteña: la neurosis como bastión estético, la lenta edificación de una obra copiosa, la verborragia, la coherencia interna de una poética. Sus primeros libros (La pérdida de Laura, Muero contento) eran libros que todavía estaban buscando su forma pero que ya destilaban algunas de las obsesiones centrales de Kohan, como la relación entre el intelectual y el mundo popular y la búsqueda de una escritura que diga algo sobre el mundo pero que sobre todo esté diciendo algo sobre el lenguaje. Después, su literatura pareció virar hacia la reescritura en clave contemporánea del nervio central de nuestra tradición: las tensiones entre civilización y barbarie. Dos veces Junio, Museo de la revolución y Ciencias morales fueron libros que atacaron el tópico de la dictadura argentina desde distintas perspectivas, y da la impresión de que en su nueva novela, Cuentas pendientes, ese tema persiste pero como eco, como rémora, de un modo elusivo. Formalmente, el libro es una maquinaria sutil que conjuga algunas de las influencias y afinidades recurrentes en Kohan –Saer, Piglia y otros– pero confiriéndole a su narrativa una libertad que, a lo lejos, trae el nombre de Puig. Por lo demás, ese humor punzante que Kohan ensaya en su vida se vuelve a volcar con fortuna en su literatura. ¿Cómo es volver a narrar el humor?: "Para mí es imposible empezar a escribir sin un cierto tipo de tono que tiene que estar en el párrafo de arranque. Ese tono va a definir si es distante, frío, o si va a tener el juego de proximidad y distancia que necesita el humor. Al definir la relación del narrador con sus personajes, que es lo que un tono decide, estaba la idea del humor. Pero no hay ahí una estrategia de obra. Cada libro va siguiendo el movimiento del deseo de lo que quiero escribir en ese momento. Ahora siento la necesidad de probar otra clase de humor. Mi deseo fue para ese lado".
¿Le resultó complicado usar el humor en una novela con un tema pesado como es, aunque sea tratado lateralmente, el de la dictadura?
No, todo depende de cómo se produzca esa articulación. La posibilidad o no de la risa respecto de ciertos temas es móvil a una escala social. Uno puede hacer el recorrido y ver en qué momentos se abre la posibilidad, dentro de lo sombrío que un tema pueda llegar a ser, de que se abra una distancia más oblicua para la risa. Personalmente no tengo disposición a cancherear con esas cuestiones, sin por eso ir a parar a la elegía o a la solemnidad. Creo que en este caso es posible la risa porque no es ahí donde están los nudos de conflicto. Si un elemento como la represión pasa a ser el nudo del conflicto, la risa no es para mí un gesto posible.
Se puede pensar que a partir de libros como "Los topos" de Felix Bruzzone algo se destrabó para pensar la dictadura desde lo paródico o lo grotesco. ¿Siente que ahí se abrió un campo de posibilidad en la literatura argentina?
Yo creo que es un desplazamiento que se va produciendo por la misma temporalidad. En libros como el de Bruzzone, o en el de Pola Oloixarac [Las teorías salvajes], me parece que esa mirada se coloca más en términos de la militancia que de la represión. Esos libros pueden asumir esa carga de distancia irónica, o incluso de caricatura, porque están pensando más en el plano de las convicciones políticas del militante antes que en la condición feroz del torturado. La risa sobre el centro de tortura me parece que sigue siendo inviable. No es mi posición literariamente, no se me ocurren ideas literarias en ese registro.
¿Y cómo diría que encaró la cuestión en novelas anteriores como, digamos, "Museo de la revolución"?
En aquel momento el dilema literario que se me planteaba era el de la épica, que es una cuestión que pensé mucho en relación a la Guerra de Malvinas. La crisis de la épica de guerra y el desplazamiento al paradigma de la farsa. La literatura argentina siempre eligió contar la guerra –en Los pichiciegos de Fogwill o en La causa justa de Osvaldo Lamborghini– como farsa porque estaba vaciada de épica. En Malvinas, para mí, es clarísima esa ruptura que la literatura produce para narrar. Pero la militancia revolucionaria no tendría por qué funcionar igual que la Guerra de Malvinas, donde la ruptura del paradigma épico es muy productiva.
Volviendo al libro, ¿cómo manejó el verosímil para narrar peripecias de un hombre de ochenta años?
Del mismo modo que se me suele dar la resolución del verosímil en todos los casos: la credibilidad se juega en los detalles. Puro Barthes; la atención a ciertos detalles arma el efecto de lo real. Creo que si los libros que escribo alcanzan la comprensión de una subjetividad es por lo que en sí esos detalles revelan. La novela empieza con el viejo arrastrando las pantuflas. Eso me ayudó a armar ese personaje.
Otro tema importante es la lengua que habla ese hombre. ¿Cómo trabajó el idioma argentino de "Cuentas pendientes"?
En ese punto me parece que una conexión con una experiencia vivida es interesante. Muy a menudo esa conexión se piensa en relación a la trama: pensar que uno toma de la vida la historia a narrar, cosa que a mí no me sucede prácticamente nunca. Y en cambio sí creo en cierto entrenamiento que trato de tener en la captación de esa zona de la experiencia que es la que mí me interesa para la literatura, que es la del lenguaje. No la experiencia del acontecimiento, del anecdotario, o conocer personas interesantes en la vida. Y hay algo de la temporalidad que me llama especialmente la atención, que son las personas que arrastran una lengua que ya no es la socialmente predominante. Puede ser la gente que vive afuera, como le pasaba a Cortázar, que tiene un pequeño descorrimiento con la lengua que se habla. Eso es una cifra de lo que uno quiere hacer en la literatura: correrse un poco de los modos usuales o corrientes de la lengua.
¿Le generó cierta incomodidad escribir los insultos explícitos que pueblan el relato?
No es lo que yo prefiero, pero me parecía necesario. El texto lo pedía, y cualquier otra decisión hubiera sido equivocada para el texto. A mí me gusta más la elipsis, pero acá hubiera dado un efecto equívoco. Porque esas explosiones son justamente esa zona que a este viejo se le escapa de las manos. En ese punto el lenguaje tenía que ser directo. Suavizar eso hubiera sido un un error.
En un momento aparece un escritor en el medio de ese mundo que parecería no mostrarle ninguna afinidad. ¿Cree que puede aparecer una lectura autobiográfica de ese escritor-narrador que irrumpe?
Como la novela iba a jugar con una caricatura de la figura de escritor, me parecía que lo más justo era hacerlo sobre alguien que pudiese ser yo. Tener el gesto canchero del escritor que se burla de otro tipo de escritor no es algo adecuado en mí. Y en esa escena hay algo que me interesa puntualmente, y que ya está en Los cautivos o en Segundos afuera, que es la descolocación del letrado respecto de un mundo que no es letrado. El intelectual que va hacia ese otro mundo. Como me pasa siempre, encuentro todo en El matadero. Ese mundo que atrae y fascina, y que hay que contarlo con una cierta descolocación. Desestabilizar ese principio que supondría que el que sabe domina al que no. ¿Qué se supone que es entender o saber? En esa descolocación el escritor queda siempre fuera de lugar.
Sí, es un corrimiento del lenguaje también. Si pensamos cómo opera la violencia en su literatura, se empieza a armar una línea: la violencia de los cuerpos en "Dos veces Junio", la violencia del poder y el control en "Ciencias morales", y acá la violencia del lenguaje.
Sí, por eso me parecía que las referencias de la sexualidad o de los insultos tenían que ser violentas. Escribirlo directo en Ciencias morales habría sido un error, porque trabajar la sexualidad en un personaje como el de la preceptora del colegio que no se permite a sí misma pensar en su sexualidad sólo se podía hacer con un lenguaje que nunca dijera lo que había que decir. Pero si en este caso la sexualidad tiene que ver con la frustración y las puteadas que ese malestar genera hay que ser lo más directo posible. Y ahí aparece la violencia cuando eso colisiona con la irrupción del escritor y sus presuntos prestigios.
¿El escritor estaría, digamos, descolocado?
Sí, me interesó trabajar eso en el escritor: fuera de qué estas, de qué colocación social. Porque no es la colocación social del escritor sino de la literatura. Hay una gestualidad bastante notoria y ampulosa de respeto y consideración, y un paso más allá el más completo desinterés. Es algo que todos los que están en literatura palpan en cualquier momento. Una reunión de padres de colegio te lo revela inmediatamente, porque aparecen las frases más enfáticas de admiración sobre lo imprescindible que es la literatura en la vida y raspando apenas dos centímetros encontrás que la literatura no le importa prácticamente a nadie. La gente a la que la literatura le importa muchísimo es muy poca, pero el discurso sobre el prestigio literario es muy grande.

Fragmento
Asi escribe: Cuentas pendientes
Tengo para mí que Giménez, tarde en la noche, arrastra los pies cuando entra en la cocina. Está cansado, las piernas sinuosas y como de tela, acechadas por calambres, quebradizas. Pero hay algo más que eso en los pies que no despegan del suelo: calza pantuflas, y si las levanta del suelo al dar un paso se le zafan y se le van. El resultado es un siseo que, en el comienzo de la madrugada, y a no ser por las voces que expide desde el cuarto la televisión prendida, resultaría
perfectamente audible.
En la cocina apretada del departamento de Giménez, hay espacio apenas para dos: para la heladera y para él. El hecho en sí no lo importuna, dado que vive solo, pero para abrir la puerta de la heladera se ve en la necesidad de hacer maniobras complicadas y juegos de cintura que, a su edad, le cuestan y lo agitan. Luego le pasa siempre lo mismo: que se queda parado delante de la heladera abierta y no recuerda en absoluto qué era lo que venía a buscar. En otra época de la vida, a los treinta o a los cincuenta años, habría atribuido el percance a la mera distracción; a esta altura, ya casi en los ochenta, se mortifica pensando en el declive de sus facultades.
Se queda parado delante de la heladera, mirando al interior. La luz en la cara y el golpe del frío artificial parecen sumarse en el esfuerzo por despejarlo y ayudarlo a recordar. ¿Qué fue lo que lo trajo a la cocina, qué clase de intención o de deseo? No se acuerda. Lo aflige una opción impensada: que haya venido de manera automática, por costumbre o por aburrimiento, por pura inercia, sin un propósito definido y sin un claro para qué; y en ese caso no hay ninguna chance de que recuerde la razón que lo trajo porque esa razón no existe
y nunca existió. No pocas veces se vuelve a la cama tal como vino a la cocina, sin servirse nada ni agarrarse nada, ni feta de queso ni vaso de leche, ni pan con manteca ni manzana, sin siquiera saber a ciencia cierta si la expedición a la heladera perdió su objetivo en el trayecto o si nunca lo tuvo y nada perdió.
Antes de darse por vencido y regresar al cuarto, se concede otra oportunidad. Repasa con la vista los estantes de la heladera, sus cajoncitos plásticos y sus recovecos de la contrapuerta, para que el objeto que eventualmente busca se manifieste y se le revele (apela al mismo recurso entre las góndolas del supermercado, aunque empleando más tiempo y más esfuerzo, cuando acude a hacer las compras para él y para su señora). ( Pag. 9 -10).
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16.3.10

Tabucchi:"Vivimos el presente absoluto"

ENTREVISTA
"La novela es como una casa que cierras con llave cuando te vas. El cuento es como un apartamento alquilado. Puede que vuelvas y hayan cambiado la cerradura"

Antonio Tabucchi, escritor italiano, autor de Sostiene Pereira.fOTO; fUENTE:Elpaís.com

" Antonio Tabucchi (Vecchiano, 1943) ha escrito un delicioso libro de cuentos, El tiempo envejece deprisa (Anagrama / Edicions 62), y ayer clausuró el ciclo Pensar el futuro en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB). Además, está a punto de salir a la calle El paso de la oca (Anagrama) una recopilación de artículos en la que destripa el presente.

El tiempo envejece deprisa es un homenaje a Nine stories, de J. D. Salinger, "el libro de cuentos más bello del siglo XX". La mayoría transcurren en Europa del Este, en países que se "quedaron congelados", regresaron "con otro calendario" y viven en la nostalgia, no necesariamente de un pasado mejor, como la del judío rumano que, desde Israel, añora su pasado bajo la dictadura de Ceausescu.

Pregunta. En El paso de la oca, hay una dedicatoria a Susan Sontag en la que recuerda que ambos planeaban escribir "sobre los payasos que guían la suerte del mundo". ¿Qué payasos?

Respuesta. La idea del payaso es de Norman Manea, de su libro Payasos. El dictador y el artista (Tusquets). Se basa en los dos payasos clásicos: el blanco y el augusto. El segundo es el artista y el primero el dictador. Manea lo aplicaba a Ceausescu, pero es el símbolo de algunos personajes poderosos que en los últimos años han guiado la suerte del mundo.

P. ¿Estamos ahora peor gobernados que en el pasado?

R. No. Este payaso es un payaso universal, eterno, e inmortal. Desde los payasos que nombraban senador a su caballo hemos tenido muchos payasos en la historia. La idea que queríamos desarrollar con Susan es que podemos entender el payaso en un contexto totalitario, pero el problema es cuando el payaso se produce en democracia.

P. Define sus artículos como "noticias desde la oscuridad que estamos atravesando". ¿Hay luz al otro lado del túnel?

R. Hoy tengo que hablar del futuro. El futuro es una casualidad y en ningún modo es proyectable. En lo que a mí respecta, desde un punto de vista kantiano, el futuro existe en tanto que incluye el pasado. En este momento estamos viviendo un presente absoluto, eterno, y en este presente no veo mucha luz. Veo mucho ruido y mucha oscuridad. No tengo una bola de cristal. El futuro lo predicen los teólogos y los políticos, que repiten eso de: construyamos el futuro.

P. ¿Nos engañan los payasos?

R. Keynes decía que lo inevitable no sucede nunca y otros piensan que lo inesperado tampoco. Hay una confusión de roles. En nuestra sociedad occidental teníamos el periodo del año normal y después el carnaval. Durante el carnaval, los roles se cambiaban y el pueblo se convertía en el payaso, pero con una fuerte carga simbólica. El problema es que hoy en día, Berlusconi, por ejemplo, es al mismo tiempo el dictador y el payaso. Si el poder hace también el carnaval, ¿qué le queda al pueblo? Nada, el papel del espectador.

P. En medio del desierto de la realidad, ¿detecta algún pensamiento que explique el presente y pueda cambiar la realidad?

R. El pensamiento debe estructurar una realidad y exprimir un deseo, una invocación, una evocación. Creo que la única cosa que actualmente puede nutrir una corriente de pensamiento es la ciencia, con toda la ambigüedad que la ciencia presenta. Es curioso que lo diga yo, que soy un escritor, pero la ciencia tiene algo de seguro porque es experimental. Debemos observarlos y controlarlos, pero los científicos, por lo menos, explican el funcionamiento del mundo en términos reales, es decir, de la costra del mundo. Me viene a la mente Martin Luther King que sale a una ventana y dice "I have a dream" [tengo un sueño]; el pensamiento expresado con la palabra. En la ventana de enfrente hay un señor que también tiene un sueño y además un fusil. Y gana.

P. Pero Luther King también ganó. La lucha por los derechos civiles se impuso.

R. Es reversible. En Italia, por ejemplo, este año la Liga Norte organizó unas navidades blancas. Literalmente. Sus militantes salieron a la caza del negro y no dejaron que los negros vieran el cielo. No olvidemos que el fascismo es un invento europeo. Tenemos la patente. Lo inventó Mussolini en 1922 y tuvo mucho éxito. En Italia está en el Gobierno un partido como la Liga Norte, que es declaradamente racista."

5.3.10

El centenario de Eduardo Caballero Calderón

CENTENARIO
Este 6 de marzo se cumplen 100 años del natalicio de uno de los intelectuales más reconocidos en la historia del país

Eduardo Caballero Calderón, escritor, diplomático y periodista.FOTO; fUENTE elespectador.com

"Hace 100 años, el 6 de marzo de 1910, nació en Bogotá uno de los periodistas y escritores con más extensa obra en la cultura colombiana: Eduardo Caballero Calderón. Hijo del general liberal de la Guerra de los Mil Días, Lucas Caballero Barrera, a sus 16 años ya se iniciaba en el oficio de las letras, debutando en las páginas de El Espectador. Dos años después pasó al periódico El Tiempo, donde por muchos años, además de incontables artículos y ensayos, con el seudónimo Swann, publicó una columna que con férrea disciplina lo convirtió en un referente de opinión y análisis durante varios gobiernos y décadas.

Aunque estudió Derecho en la Universidad Externado de Colombia, rápidamente dejó a un lado los asuntos legales y, casi de tiempo completo, se dedicó al ejercicio periodístico y literario. Sin duda alguna, su entorno cultural y familiar fue determinante para adoptar esta decisión. En una de sus obras menos comentadas, pero de significativo aporte para entender los primeros lustros del siglo XX en Colombia, quedó un retrato claro del por qué de su vocación. Memorias Infantiles, publicada por primera vez en 1964, representa una semblanza extraordinaria y hasta inédita de la Bogotá de entonces.

"El corto espacio entre las calles 10 y 14, y las carreras séptima y segunda", donde discurrió su niñez y empezaba "el mundo de los grandes". El Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, el de los Hermanos Cristianos con su Museo de Plantas, el Jockey Club, el Hotel de Maison Dorée, la Imprenta del Diario Nacional, el Salón Samper o el Cinerama de monseñor Valenzuela, entre otros lugares, en una Bogotá de antaño que llegaba hasta los parques de San Diego y La Independencia, y de allí se abría el horizonte por el Camino Real, por donde empezó a crecer la ciudad de hoy.

Y si de aquellos tiempos centenarios Eduardo Caballero Calderón dejó memorables páginas, qué decir de su otra patria chica, el entrañable pueblo boyacense de Tipacoque, tierra de sus ancestros, ubicado al costado occidental del río Chicamocha, a 174 kilómetros de Tunja, a donde su abuela viajaba en cupé, "tirado por un tronco de mulas, con Salvador al pescante". Desde 1940 lo hizo famoso con un libro dedicado a sus peñascos, caserones, capillas y leyendas. En 1968, cuando se tornó municipio, Caballero fue su primer alcalde.

Sería corto cualquier espacio para destacar el aporte de Eduardo Caballero Calderón a Colombia. Sus libros El Cristo de espaldas, Siervo sin tierra, La penúltima hora, Manuel Pacho, El buen salvaje, Caín o Historia de dos Hermanos, entre otros; su paso por las embajadas de Perú, Argentina, Francia, España o la Unesco; su gestión política en la Asamblea de Boyacá o la Cámara de Representantes; pero sobre todo su infatigable misión periodística, al mismo ritmo de su creativo y célebre hermano, Lucas o Klim; e incluso vigente como legado en la obra de su hijo Antonio, hoy columnista de la revista Semana.

Es tan diversa y productiva su obra como su larga vida. Vivió hasta 1993, es decir, 83 años, y nunca dejó de escribir páginas históricas, novelas, ensayos, textos académicos, libretos de radioperiódico o semblanzas de provincia. Sus cenizas se encuentran en la capilla de su casa en Tipacoque, donde también por estos días se realizarán varios homenajes para recordarlo. De cualquier modo, la obra de Eduardo Caballero Calderón perdurará a través del tiempo y su imagen con un cigarrillo entre los dedos y la mirada adusta sigue siendo el símbolo de una dinastía cultural que le ha dado a Colombia nombre ilustre.

Este es el año Caballero Calderón

En el marco del Programa de Recuperación de la Memoria Literaria en Colombia, el próximo 11 de marzo a las 6:00 p.m. en la Biblioteca Nacional de Colombia el Área de Literatura del Ministerio de Cultura lanzará el Año Caballero Calderón con motivo de los cien años del natalicio del escritor bogotano Eduardo Caballero Calderón, autor de novelas como 'Siervo sin tierra' y 'El Cristo de espaldas'.

En el evento habrá una exposición sobre la vida del autor y se realizará un conversatorio en el que participarán escritores como Juan Gustavo Cobo Borda y Ricardo Silva."

La misteriosa figura del lector

Montar una biblioteca es una labor tan sofisticada como trabajar en la trama de una novela, sostiene Matías Serra Bradford*, quien en esta nota se dedica a hacer el elogio de ese personaje enigmático, solitario y exquisito que es el lector

INTERROGANTE. "Es por demás enigmático el personaje que se construye un lector, la imagen que proyecta de sí mismo, dentro y fuera de su biblioteca", dice Serra.fOTO; fUENTE: Revista Ñ

No dejan de asombrar las atenciones y cum­plidos que reciben escritores de toda laya, sabiendo que un lector es mil veces más misterioso –menos evidente– que un autor.

De un lector no quedan huellas, o son muy te­nues: un nombre, un balneario y una fecha en la primera hoja del libro, algunos subrayados arbitra­rios, apuntes en las páginas de cortesía. Pero para conocer a un lector no basta con enterarse qué libro ha leído, ni basta con dos o diez; hace falta un ras­treo de vaivenes y virajes durante años, husmear las particularidades de la constelación que consiguió armar. Entonces, sí, habría "obra" en un lector: la biblioteca personal. En esos estantes se gesta la au­tobiografía, redactada por otros, de un lector, y la tarea que exige montar una biblioteca y cultivarla es de una sofisticación semejante a la de un escritor que trabaja en pos de una trama.

En un lector –cuando oímos esta palabra se da por sobreentendido que se trata de un lector de literatura– interviene la formación de un gusto, que se nutre, precisamente, de los ecos que se originan en la cámara secreta de su biblioteca, el modo en que un libro o un autor conducen a otro, y otro y otro.

En un escritor, en el mejor de los casos, hay un perfeccionamiento técnico; el gusto parece estar definido de antemano y a perpetuidad, por facto­res que están dentro y fuera de lo estrictamente literario.

Es por demás enigmático el personaje que se construye un lector, la imagen que proyecta de sí mismo, dentro y fuera de su biblioteca. (Es mucho lo que se decide antes y alrededor de un libro, y no en él.)

En un escritor, si es mediocre, lo que escribe es su peor autorretrato. Los libros que se publican son una sucesión de fracasos; los que se leen pueden volverse refugios, rescates.

Hay otras comparaciones posibles entre lecto­res y escritores, que desfavorecen a estos últimos una y otra vez. Lo confirma el hecho de que los libros más interesantes –más duraderos– de mu­chos narradores (J.M. Coetzee y Martin Amis, por poner ejemplos actuales) son aquellos en los que se muestran con atuendo de lectores y resultan mejores críticos que novelistas. Fue un lector, en definitiva, oficiando de lector y llevando ese papel hasta el límite, el que refundó la literatura en el siglo XX: Borges.

Es una rara, interminable investigación la que emprende un lector a lo largo de su vida. "Ese mi­lagro de la vida múltiple", anotaba Cristina Campo, "que a fin de cuentas no es otra cosa que la felici­dad a la que aspira el lector". Este no sólo vive todas las biografías que quiere sino que puede ser –en potencia, en su fantasía– todos los escritores que quiere; un autor, en cambio, escribe lo que puede. En un mismo lector, las reacciones y reinvenciones varían al infinito. Un escritor es sólo parecido a sí mismo, irreversiblemente. No convendría, tampo­co, subestimar el poder del recelo de un lector, su indomable sentido de propiedad. De allí que con no poca frecuencia calle sus lecturas y que, al con­trario de la mayoría de los escritores, intente pasar desapercibido.

El enigma del tiempo corre para todos, pero sobre todo para lectores maniáticos: ¿habrá lugar para leer esto y aquello, y esto otro? Y así sucesiva­mente. Secretamente, un lector cree en una vida más larga a medida que obtiene los libros que jura necesitar, o aquellos que considera ideales. Acaso de la falta de tiempo provenga lo que a veces un lector termina por anhelar: sacarse un nombre de encima, dar a un autor por visto, borrarlo. Tal vez el tiempo conjure contra las segundas lecturas, re­huidas, además, por el temor a embarcarse hacia una gran decepción. Un lector de esa estirpe no es sino extremadamente supersticioso, por momentos entregado a la creencia de que mientras lea sucede­rán cosas (fuera del libro) sólo si sigue leyendo. Si un lector así encuentra y acopia tantos libros –esos y no otros– es porque cree en algo (en algo, sobre todo, para sí mismo). No es extraño que a menu­do sienta que ha pasado treinta años leyendo para aprender a leer, para empezar a leer.

Uno de los acontecimientos más usuales y mis­teriosos es que alguien, como se da en la genera­lidad de los casos, deje de leer tan temprano. El motivo por el que una persona, casi por distrac­ción, abandona una herramienta preciosa que lo cautivó durante los primeros años, perdura como una incógnita insondable. Estamos rodeados de lectores-Rimbaud, que han abandonado la lectura poco antes de los veinte años para después consa­grarle su tiempo al tráfico de armas: la televisión escandalosa, el cine catástrofe, los mensajes de texto, el celular recargable. Curiosamente, a veces la deserción es efecto del sismo que producen los buenos libros, de la amenaza de "los grandes li­bros": el caso del lector, digamos, que intentó con Kafka o Paradiso de Lezama Lima, lo abandonó por hastío y creyó que la vida de "la verdadera lite­ratura" le estaba vedada para siempre. Se conocen las consecuencias manifiestas de la lectura, en el Quijote o Madame Bovary . Lo que se desconoce son las secuelas y las derivaciones de la lectura en el común de los mortales, y lo que es imposible de explicar es una adicción que no se parece a ningu­na: la de estar constitutivamente imposibilitado de renunciar a la cacería de libros.

Hay antecedentes notables de plumas que bus­caron ahondar y dilucidar diversas vetas de la ma­teria: Borges, Blanchot, Barthes, y más acá Alberto Manguel y Ricardo Piglia. Pero nada va a superar, como retrato de dos lectores y sus destinos cruza­dos, el Borges de Adolfo Bioy Casares.

La lectura es el último lugar privado. Se pue­den contar sus síntomas y fenómenos exteriores, pero el castillo íntimo de la lectura –ese momento de silencio agazapado entre un animal y su pre­sa– permanecerá inaccesible hasta el fin de los tiempos. A riesgo de plasmar una acrobacia retó­rica impostada, podría confesar lo siguiente: me interesa más saber quién es el otro (por eso leo todo lo que puedo) que saber quién soy (por eso escribo lo menos posible).

*Escritor, traductor y crítico. autor de "La biblioteca ideal"

El Lazarillo de Tormes ya no es anónimo

La paleógrafa Mercedes Agulló cree que su autor es Diego Hurtado de Mendoza



El Lazarillo de Tormes, la biblia de la picaresca española.fOTO.iNTERNET. fUENTE: Lavanguardia.es

Según explica ElCultural.es, la paleógrafa Mercedes Agulló (Madrid, 1925) ha conseguido documentar un hallazgo sorprendente: El clásico Lazarillo de Tormes "no es anónimo, como hasta ahora se ha venido considerando".


Agulló asegura, en un libro que aparecerá en unos días en la editorial Calambur - bajo el título de A vueltas con el autor del Lazarillo -, que Diego Hurtado de Mendoza, "personaje fascinante del siglo XVI", es el autor del clásico castellano.

Los papeles encontrados por Mercedes Agulló, explica ElCultural.es, en la testamentaría del cronista López de Velasco, su albacea, demostrarían que la famosa novela precursora de la picaresca, con una primera edición conocida de 1554, fue escrita Diego Hurtado de Mendoza.

De hecho, Agulló afirma que encontró un documento del poeta y diplomático español en el que anotó un par de líneas que le sirvieron como iniciar su investigación: "legajo de correcciones hechas para la impresión de Lazarillo y su propaladia".
Nueva edición del 'Lazarillo de Tormes' (1882