12.8.16

Tesoros bibliográficos en busca de lectores plurales

El futuro de las bibliotecas privadas. El aura tradicional de los grandes acervos heredados ha declinado. En la Argentina, muchas colecciones se dispersan a falta de una política nacional de patrimonio

Legendarias estanterías en el piso de la calle Posadas. Reunían los patrimonios de Bioy Casares y Silvina Ocampo y muchos tomos de Borges, hoy en un sótano./revista Ñ

En septiembre de 1907, Roberto Payró estrenó, en el Teatro Odeón, su comedia en tres actos El triunfo de los otros , cuyo protagonista, Julián Gómez, es un escritor con talento pero sin suerte, que trabaja a destajo como periodista y ghost writer . Explotado por el sistema, enfermo y apremiado por las deudas, encuentra en la venta a cuentagotas de su querida biblioteca el único modo de subsistencia. Pasan los amigos vividores. Pasan los usureros. Pasa el tiempo y la biblioteca, que durante años había sido erigida con voluntad y esfuerzo, de pronto desaparece. La pérdida de la biblioteca se convierte en símbolo de la destrucción de Julián y su irreversible caída en la locura.
Junto a la quema, ese puede ser uno de los desenlaces más tristes para los libros de un escritor. Una biblioteca personal representa el itinerario de la historia intelectual y hasta sentimental de su propietario y, quizás también, un preciso mapa de sus obsesiones. La polémica ocurrida en mayo en torno de las idas y vueltas de la donación de 250 libros que el filósofo Mario Bunge hizo a la Facultad de Filosofía y Letras reabrió este debate. El rechazo de la donación (en un principio, por carecer de los dos mil dólares para hacerse cargo del flete desde Canadá) más que un argumento parecía una broma. Y entonces, la pregunta se vuelve pertinente: ¿Cuál es el destino de las bibliotecas de los escritores en la Argentina?
No hay una sola respuesta. El historiador Horacio Tarcus, que en 1998 cofundó el Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas (CeDInCI), considera que en el país no hay políticas públicas, de modo que las bibliotecas particulares tienen tres destinos posibles: quedan en manos privadas; se donan o se venden a instituciones del exterior; o se venden en remates, en librerías de viejo o a través de Internet. Es excepcional el caso de las que se preservan en instituciones públicas. Cuando se trata de las grandes bibliotecas de figuras de la vieja élite (esas bibliotecas que forman grandes colecciones, normalmente encuadernadas en pasta y guardadas en antiguos muebles vidriados), pasan de generación en generación. La biblioteca formaba parte ineludible del prestigio y, para sus hijos y nietos, preservarla significa conservar algo de aquel aura perdida. No fue así en todos los casos. Cuando las viejas casonas empezaron a venderse o los hijos eran muchos, las bibliotecas solían terminar en remates para ser desguazadas en lotes. Para Tarcus, uno de los desguaces más crueles de una colección extraordinaria fue el de la colección de Federico “Fico” Vogelius en 1997. Quien fuera en 1973 el fundador de la revista Crisis a su vez había formado su patrimonio comprando las colecciones de Dodero, Santamarina, Carbone y Marcó del Pont. Allí poseía miles de ediciones originales de los más relevantes escritores latinoamericanos, libros de viajeros, periódicos antiguos, la colección etnográfica más completa del país, documentos de la época colonial y los libros con los que se educaba a los niños en el siglo XIX.
Otro rumbo posible que toma el legado bibliófilo de nuestros autores son los institutos europeos y las bibliotecas universitarias de Estados Unidos, adquisiciones que son alternativas formas del márketing. Contra la voluntad del filósofo ítalo-argentino Rodolfo Mondolfo, por ejemplo, su biblioteca se repatrió a Italia mientras que la del historiador Luis Sommi fue embarcada a la antigua Unión Soviética. La extraordinaria biblioteca del jurista Ernesto Quesada, que incluía la de su padre Vicente, se convirtió en uno de los pilares sobre los que se fundó el Instituto Iberoamericano de Berlín al tiempo que la del escritor anarquista Diego Abad de Santillán recaló en el Instituto de Historia Social de Amsterdam. “Pero las bibliotecas y los fondos de archivo de los escritores latinoamericanos tienen un destino seguro en universidades como Harvard o Princeton”, explica Tarcus. “Cuando no se trata de escritores de prestigio, o cuando los descendientes ignoran su valor, las bibliotecas son vendidas a las librerías de viejo: ese fue el destino de la gran biblioteca del filósofo argentino Carlos Astrada, que se desguazó entre varios libreros de la costa atlántica”. Tarcus alcanzó a comprar algunos ejemplares para el CeDInCI, que además de estos está compuesto por colecciones de José Ingenieros, Córdova Iturburu, José Sazbón, Samuel Glusberg y Raúl Larra, entre otros.
“La preservación de bibliotecas importantes debe ser ejercida tanto desde la esfera de las políticas culturales como desde las que preservan archivos como fuente historiográfica”, entiende la ensayista Beatriz Sarlo y da como ejemplo a la Biblioteca del Maestro, donde se encuentran aquellos volúmenes que pertenecían a Leopoldo Lugones: “Muchos de sus libros tienen anotaciones de puño y letra, y ese catálogo nos permite ver qué obras Lugones leía en traducciones y cuáles en su original, un dato decisivo para la investigación”, dice Sarlo.
Visibles o invisibles
En el año 2007, cuando muere el intelectual mexicano José Luis Martínez, comienza en México la tradición por parte del Estado de resguardar y preservar grandes bibliotecas personales de notables hombres de letras del país. La primera colección adquirida fue la de Martínez y luego se sumaron las del último rector de la UNAM antes de la autonomía universitaria, Antonio Castro Leal, la del editor y director del Fondo de Cultura Económica, Jaime García Terrés, la del poeta Alí Chumacero y la del brillante escritor y ensayista Carlos Monsiváis. En su conjunto, forman la memoria bibliográfica y hemerográfica de las letras mexicanas y españolas del siglo XX. Esos espacios, reconstruidos como eran originalmente y convertidos en salas de estudio e investigación, se encuentran en lo que se conoce como La Ciudadela, un edificio construido entre 1793 y 1807 para albergar la Real Fábrica de Tabacos, que tras sucesivas remodelaciones ha pasado de ser fábrica de armas, prisión militar, hospital y cuartel, para convertirse, desde 1946 y por iniciativa de José Vasconcelos, en sede de la Biblioteca de México. Recorrer esas salas es sumergirse en las derivas y fascinaciones de un lector y esa es, precisamente, la experiencia de enfrentarse a cualquier biblioteca.

En la Argentina, algunos que formaron su propia colección (o sus descendientes) deciden a favor de una institución pública. Aunque este destino suele ser resistido, entiende Tarcus, porque allí “no hay garantías de transparencia, ni de pronta catalogación y puesta a la consulta; normalmente, una vez en la biblioteca a la que se han incorporado, pierden su identidad y unidad dentro de un patrimonio mayor”. Tarcus empatiza con los donantes: “Sienten que entregaron un tesoro y no recibieron a cambio ninguna garantía de nada”.
En las precarias condiciones edilicias con las que cuentan algunas instituciones públicas, ciertamente es difícil ofrecer una sala nueva a cada nueva biblioteca particular que se lega, como ocurre en México, aunque esas sean, tan sólo, cinco bibliotecas, pero sí puede ofrecerse a los donantes sellar todos y cada uno de los libros con el nombre de su antiguo propietario y preservar en la catalogación la información de la procedencia. Eso permitiría recuperar la información sobre la totalidad de los libros que formaron una biblioteca particular, lo que puede parecer superfluo para quien busca un libro singular, pero es muy útil para el investigador. Y, desde luego, una garantía para la familia, una forma de transparentar las relaciones entre la institución receptora y los donantes.
Hasta junio de 2016 son 72 los fondos que integran el archivo de la Biblioteca Nacional, de los cuales 56 son personales. No todos están disponibles para consulta. Entre ellos, se encuentran la colección de Alejandra Pizarnik, Antonio Di Benedetto y los fondos de César Tiempo, Bernardo Canal Feijoó, Francisco Soto y Calvo, Rodolfo Puiggrós y David Viñas, entre otros. Aunque se intentó, la fabulosa biblioteca de Bioy Casares (que en vida del escritor ocupaba varios ambientes del departamento de la calle Posadas y que comprende también la de Silvina Ocampo en su totalidad y una par de la del propio Borges) nunca pudo ser adquirida por la Biblioteca Nacional. Según la última noticia, aún permanece en 400 cajas en el subsuelo de un depósito del Banco Central. Son otras las cajas que hoy descansan en la Sala del Tesoro de esta institución. Pero esas 22, que contienen 312 valiosos libros raros y antiguos, no pertenecen a un novelista sino al empresario Lázaro Báez, procesado por lavado de dinero. La Biblioteca se ha convertido en “custodia” de esas ediciones que van del siglo XVI hasta una colección interesante de cartas peronistas. Si Bioy todavía escribiera su diario, el caso sería tema de ironías en la implacable dupla que hacía con Borges.
No todas las historias son tristes. La colección de Juan José Hernández y José Bianco, comprendida por 2795 libros, se encuentra disponible en la Universidad Torcuato Di Tella. Un acervo que incluye desde la obra de Cesare Calino, miembro de la Compañía de Jesús, publicada en 1739, el Primer diccionario general etimológico de la lengua española de Roque Barcia publicado en Madrid entre 1881 y 1883 y hasta ejemplares dedicados que pueden trazar el mapa de las amistades culturales de ambos escritores. La biblioteca del crítico Jaime Rest, que compartió junto a Borges la cátedra de Literatura Inglesa y Norteamericana en la UBA, puede consultarse en la Universidad de San Andrés. Está compuesta por cuarenta cajas, donde se encuentran desde cartas hasta libros dedicados por Alejandra Pizarnik, Angel Rama, Bioy Casares y su mujer, Virginia Erhart.
La fotógrafa Sara Facio tiene el proyecto de crear la Fundación María Elena Walsh, donde se reúna tanto la biblioteca de la popular narradora y poeta argentina, abocada a la poesía en español, francés e inglés, como la suya dedicada íntegramente a la fotografía y las artes visuales. La relevancia de sus dueños hizo que estas bibliotecas tengan una trascendencia. Otras todavía permanecen invisibles en el interior de los departamentos. En el ecosistema del libro, los libreros de anticuario se mantienen agazapados y expectantes ante la fortuna posible que los espera.
Javier Moscarola recuerda el día en que una mujer irrumpió en su exquisita librería La Teatral y le dijo que tenía muchos libros para vender. Moscarola sabe –porque suele ocurrirle– que para ciertas personas “muchos” son tan sólo doscientos libros pero otra cosa sería que el volumen de ejemplares ocupara toda su librería. La mujer recorrió con la mirada los estantes, los libros apilados en el suelo, calculó, volvió a mirarlo y dijo: “Ojalá fuera sólo esto”. Moscarola la invitó a sentarse y le pidió que le contara. Era una de los cuatro hijos de Amaro Fernández, dueño de la Compañía General Fabril Editora. “Existe el mito del intelectual que fallece y los hijos no se interesan por su legado y rematan todo –explica Moscarola–, pero no siempre es así: los hijos también son lectores, ya tienen su biblioteca, y de pronto se encuentran con el problema de asimilar la biblioteca del padre o del abuelo. Todos tenemos mil ejemplares pero imaginate que, de un día a otro, tengas que sumar ocho mil ejemplares más. Es imposible. Es una cuestión mucho más lógica de lo que pueda parecer”.
El día en que Moscarola llegó a esa casa conoció el paraíso: eran ocho o diez ambientes frente al Palacio Estrugamou. Moscarola empezó a recorrer esos estantes: libros dedicados a la familia, libros que Fernández había editado en las ediciones originales, las pruebas de tapa, los libros de tipografía que conseguía en Londres para que después desembocara en el trabajo de Fabril. “Era la historia viva de una empresa, la historia intelectual de una persona absolutamente desconocida”. A medida que los hijos se independizaban, Fernández y su mujer, traductora y discípula de Angel Battistessa, ocupaban el vacío con libros. Un ambiente entero estaba dedicado a Shakespeare. No sólo tenían libros en lengua original sino también ejemplares antiguos (como una famosa edición del siglo XVIII ilustrada por Füssli y Blake) y una sección dedicada a crítica shakespeareana con libros que estudiaban tanto la presencia de pájaros como el uso de la coma en la obra del Bardo. Había pequeños tesoros en esos estantes. Los cinco tomos del Diccionario de Autoridades, que entre 1726 y 1739 publica la Real Academia Española, en edición original y en estado impecable. Otros tantos de los poetas John Keats y Mallarmé y sobre sus obras, que Moscarola compró y catalogó para fascinación de expertos.
Entre el menudeo y las joyas
“Vender la biblioteca de un muerto tiene algo de inmoral”, sentencia Salvador Gargiulo, de la exótica librería conocida como Club Burton. “Vender la biblioteca de alguien al margen de la situación tiene, en cambio, algo delictivo, vergonzante”, concluye. A las buenas bibliotecas, explica Gargiulo, un verdadero experto en ediciones antiguas, papeles y grabados, el dueño o sus herederos les ponen un precio. Eso se llama “a paquete cerrado”. La biblioteca del geógrafo Federico Daus, por ejemplo, fue vendida de ese modo y halló inmediatamente comprador. Los libreros suelen rehuir estos convites, confiesa Gargiulo, porque en las casas de remate tienen que pujar codo a codo con grandes coleccionistas y suelen salir perdiendo. Otras bibliotecas van a remate a casas importantes como Naón, Saráchaga o Roldán y, si son extraordinarias (es decir aquellas que contienen libros antiguos), se subastan directamente en Christie’s o Sotheby’s. En 2010 salió a subasta en la Casa Saráchaga, de la calle Juncal, la colección de Bonifacio del Carril, un editor emblemático. En la selección había piezas únicas, lotes deliciosos, como el volumen de Charles Darwin sobre sus impresiones de la zoología en el canal de Beagle, que reúne las observaciones del viajero que acompañó la gira exploratoria del capitán Fitz Roy. El precio que salía a la venta fue de 50 mil dólares. Libros ilustrados, volúmenes encuadernados en finas texturas, algunos del siglo XVI, formaban parte de esta biblioteca que incluía las obras completas de Anatole France impresas en papel de Holanda, ofrecidas con una base de 250 dólares, y una edición del Quijote de la Real Academia Española a seis mil dólares para empezar a hablar. Imposible no admirar ese ejemplar de la Relación de comentarios , de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, impreso en Valladolid en el año 1500. Un rarísimo ejemplar de este libro, considerado el primer relato impreso de un viaje por suelo americano, tuvo una base de 40 mil dólares.

Es conocida la historia del barón Jérome-Frédéric Pichon, uno de los grandes coleccionistas del siglo XIX, cuya pasión bibliófila llegó al punto de organizar una subasta para vender sus libros pero una vez terminada no soportó el peso de la ausencia y dedicó los últimos diecisiete años de vida a recuperarlos. Aunque pueda parecer contradictorio, no fue el caso de Borges. Según Félix della Paolera, su amigo no poseía más de mil quinientos libros. Estaban distribuidos entre las estanterías del departamento de la calle Maipú y las dos bibliotecas “Thompson” que conservaba en su dormitorio junto a la cama: allí estaban los 16 tomos de la traducción de Richard Burton de Las mil y una noches , lasSagas en la edición de William Morris, la Naturalis Historiae de Plinio, La Divina Comedia y algunos libros de Schopenhauer. De esos libros Borges no se desprendió jamás. No así con otros. Aquellos que estaban en el living se los prestaba sin problema a sus amigos. Periódicamente, además, expurgaba varios que no le gustaban. En El señor Borges , Fanny Uveda Robledo, que durante más de 30 años trabajó en la casa de Borges, recordó las veces que el escritor pedía que le hiciera un paquete con algunos libros para irse a la librería La Ciudad y dejarlo en cualquier hueco que encontrara. “En otra ocasión salió con otro paquete para la Biblioteca Nacional y paró a tomar algo en un café al paso que estaba en Tucumán y Florida y dejó los libros olvidados, como al descuido, debajo de la silla. Era el método para deshacerse de ellos”. Como señalan Laura Rosato y Germán Álvarez en el estudio preliminar a Borges, libros y lecturas , esta actitud desprendida del escritor, carente de todo fetichismo por el libro en tanto objeto, fue determinante para la donación que hizo a la Biblioteca Nacional antes de abandonar su cargo como director, en 1973.
En junio pasado, esta institución anunció que había adquirido, a través de Mercado Libre y por 25 mil pesos, un ejemplar de Amérika de Kafka con las marcas de lectura que había hecho Borges. Cómo leía el mayor escritor de la Argentina es una de las obsesiones de los especialistas. Todo bibliófilo es un flâneur de librerías de usados y ahora también un explorador ansioso del ciberespacio, donde plataformas como Mercado Libre o Abebooks (o su versión en español: Iberlibro) acercan en una simple búsqueda libros que parecían inhallables. El escritor Luis Chitarroni, uno de esos exploradores de tesoros que aún revuelve mesas y anaqueles polvorientos, confiesa que compró a un precio baratísimo libros muy valiosos que habían quedado flotando por ahí y que habían pertenecido a las bibliotecas de Susana Thénon, para él una de las mejores poetas argentinas, y de ese otro gran poeta que fue Basilio Uribe. Ambos hallazgos los hizo en un lugar como La Teatral.
Ahora, puertas adentro de esa librería, Javier Moscarola trabaja en otro descubrimiento. Hace unos meses Miguel de Torre, hijo menor de Norah Borges y de Guillermo de Torre, separó unos libros de la biblioteca familiar para vender. Había libros firmados por Azorín, Valle-Inclán, Ramón Gómez de la Serna. También otros firmados por el dueño original de los libros. La extraña rúbrica que Moscarola al fin consiguió descifrar pertenecía a Fanny Haslam. La abuela inglesa de Norah, y por supuesto también de Borges. A veces los libros son sorpresas que aparecen de manera imprevista. Saber que un libro está firmado por la abuela de un escritor no deja de ser una efeméride. Un dato de color. Pero cuando se sabe lo que significó esa abuela inglesa para Borges, las lecturas que hizo gracias a ella y cómo se fueron derramando en sus ensayos, cuentos y poemas, entonces esa marca se convierte en algo revelador y el libro cobra una identidad totalmente diferente. “La clave del librero –entiende Moscarola– es acercar ese libro a una institución o una persona que pueda entender su valor simbólico y no tachar la firma. El descubrimiento del objeto y la puesta en valor. Esa es la clave”.